sábado, junio 22, 2019

Vivir en la sociedad de la desinformación. Entrevista con Marc Amorós Garcia





Vivir en la sociedad de la desinformación
Entrevista con Marc Amorós Garcia*
Ariel Ruiz Mondragón
Con el advenimiento del mundo virtual una vieja práctica comunicativa adquirió dimensiones extraordinarias, lo que ha tenido consecuencias cada vez más graves no sólo para el periodismo sino para la sociedad entera: la fabricación y difusión de fake news, información falsa.
“Amigos y amigas, no hay duda de que estamos dejando de ser una sociedad de la información para adentrarnos en la sociedad de la desinformación. En la sociedad de la información falsa”, advierte Marc Amorós Garcia en su libro Fake News. La verdad de las noticias falsas (México, Plataforma Actual, 2018).
El apogeo actual de las noticias apócrifas es analizada, de forma por demás divertida y didáctica, por Amorós Garcia, quien recorre los diversos recovecos del problema desde las trampas del cerebro hasta la utilización de fake news por los gobernantes, sin dejar fuera las transformaciones recientes del periodismo debidas al cambio tecnológico.
Sobre el libro conversamos con Amorós Garcia, quien es licenciado en Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Creador de contenidos audiovisuales, ha dirigido programas de en Movistar +, La Sexta y TVE, además de colaborar con Antena 3, Tele 5, RNE, RAC 1 y Cadena Ser.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro como el suyo?
Marc Amorós Garcia (MAG): Porque creo que las fake news son un fenómeno que ha irrumpido con fuerza desde la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, que es un fenómeno global que nos afecta como usuarios y consumidores de información. Creí necesario hacer un libro que abordara el fenómeno para explicarlo y hacerlo comprensible a todo el mundo, y que invitara a la reflexión sobre qué tipo de información consumimos hoy.

AR: Al principio del libro hace una afirmación: “No hay duda de que estamos dejando de ser una sociedad de la información para adentrarnos en la sociedad de la desinformación, en la sociedad de la información falsa”. ¿Cuáles son las características de esta nueva situación?
MAG: Desinformación ha habido siempre, lo que pasa es que nunca había tenido tanto impacto y recorrido como ahora. En juego tenemos un elemento nuevo: las redes sociales. Este es un primer elemento clave de esa sociedad de la desinformación que sufrimos: las redes sociales permiten la difusión y la viralización casi a escala mundial, en un espacio-tiempo muy veloz, de todo tipo de información falsa. Antes esta existía pero estaba muy acotada o controlada, bien porque no salía de reductos, de círculos cerrados de amigos, de vecinos, o quedaba muy circunscrita dentro de las fronteras de los países.
Ahora la información falsa viaja más allá de esos límites, se crea en otros sitios e impacta en las sociedades.
Por lo tanto tenemos, por un lado, el elemento de las redes sociales como creador y difusor de fake news, y por el otro una gran libertad y facilidad de acceso a todo tipo de información.
Nos encontramos en una sociedad en la que ya no estamos informados sino que sufrimos una sobreinformación que, como personas, somos incapaces de digerir. Nos empacha la cantidad de información que recibimos, por lo cual tenemos que hacer una búsqueda selectiva. Pero se cuela mucha información falsa: el cerebro lo que hace es ir a buscar la información que le da la razón; es decir, confirma su opinión. Por ello nos estamos construyendo información a la medida, y descartamos toda la que nos dice lo que no queremos oír.
Esa situación nos lleva a una sociedad que cree estar muy informada, pero que en realidad está muy confirmada. Es una sociedad que confirma su opinión mediante la información que selecciona y consume, por lo cual estamos desinformados.

AR: Menciona una encuesta que señala que 86 por ciento de los españoles tienen problemas para distinguir entre la información falsa y la verdadera. Y parece que en ello toma parte el cerebro. ¿A qué se debe esta dificultad?
MAG: Se juntan varios factores. El primero es el consumo digital de información, que nos lleva a un consumo hiperveloz e hiperinmediato. Apenas leemos más allá del titular y sólo consumimos información a partir de cuatro inputs que se presentan a un simple golpe de vista.
El desarrollo de la información pierde importancia para nosotros como consumidores porque a lo que nos llevan las redes sociales es a vivir unos tiempos hiperinmediatos: creemos tenemos que consumir muy rápido. Es el fenómeno McDonalds de la información.
Tenemos un cerebro que es vago per se, que sólo consume información a golpe de titular y que busca hacernos felices, por lo cual lleva muy mal la contradicción y pretende situarnos en nuestra zona de confort. Así, cuando el cerebro va a buscar información aplica lo que neurólogos, sociólogos y sicólogos llaman sesgo de confirmación, que es: voy a buscar aquella información que dice lo que yo quiero oír.
Es muy difícil luchar contra esta voluntad cuando se accede a una información que confirma nuestra opinión; deja de ser importante o pasa ser relativo si la información es falsa o no porque tenemos la razón, porque seguramente nuestra opinión es lo más importante que tenemos y no podemos estar equivocados.
El cerebro tiene otro mecanismo que hace peligrosas las informaciones falsas: lleva muy mal hacer back up de información. Tenemos un disco duro que almacena muchos datos, pero que no los sabe ordenar bien; por ello, cuando más adelante intentamos recuperar una información que vagamente nos suena, decimos: “¿Esto dónde lo leí, lo vi, lo oí? Esto era así”. Cuando el cerebro recupera esa información autorrellena los huecos de memoria, porque no permite la falla. El cerebro no está programado para fallar sino para acertar, por lo cual da una trama de veracidad a una información que sólo recordamos vagamente, pero negamos esto último porque lo que siempre buscamos es autoafirmarnos frente a nosotros mismos, y a la comunidad.
Hace muchos años, Ignacio Ramonet decía que informarse cuesta porque requiere de un ejercicio y de una voluntad. Yo creo que ahora mismo lo requerimos más que nunca porque, ahora con las redes sociales, pocos estamos dispuestos a hacerlo.

AR: ¿Cuál es la responsabilidad de los medios de comunicación tradicionales en esta situación? El libro es también una suerte de reivindicación del periodismo, aunque hace algunos señalamientos muy críticos sobre la velocidad, la necesidad del clic, la prisa por ganar la novedad, el peso de las imágenes e incluso el modelo de negocio.
MAG: Quiero pensar que los medios de comunicación son víctimas del fenómeno, que nunca son partícipes; lo que pasa es que si miramos atrás, de un tiempo a hoy viven inmersos en una gran crisis que irrumpió cuando floreció el negocio digital y empezó el consumo de información a través de internet. Entonces entraron en una crisis basada en su modelo de negocio.
Ahora los medios de comunicación están instalados en una cultura del todo es gratis en internet. Parece que nadie está dispuesto a pagar por la información porque es gratis, cuando por la que ofrecían los medios de comunicación tradicionales siempre se ha pagado de una forma u otra.
Los grandes creadores de noticias están ahora en una política en la que intentan monetizar la creación de esa información porque cuesta dinero, pero no encuentran fórmulas que sean efectivas. Antes, más allá de lo que pagaba el usuario o el comprador de un periódico, la publicidad era el gran medio de financiación de los medios de comunicación. Ahora en internet por un banner no se paga más que céntimos si lo comparamos con lo que se pagaba por una página en un periódico. Claro, en esta crisis los medios de comunicación intentan monetizar su trabajo en internet, y aquí es donde caen en la dictadura del clic y del refresh.
Entonces hay dos dictaduras: primera, hay que generar impacto para que la gente haga clic y eso reporte ingresos y, segunda, hay que refrescar constantemente la portada del periódico para que haya tráfico y para que la gente venga y venga. En internet la buena información no se premia, lo que sí ocurre con el tráfico.
Entonces los medios de comunicación están atrapados: hay que generar más noticias que nunca, producirlas gratis y de forma que llamen mucho la atención, en un océano donde hay muchos más competidores que antes. Todavía están navegando en aguas bastante turbias y turbulentas.
Cada uno de los medios de comunicación, en aras de fidelizar una audiencia, ha ido apostando por un segmento ideológico del mercado, por lo que han ido cocinando la información para contentar a los suyos. Volvemos a lo mismo: el sesgo de confirmación del cerebro.
Si yo creo un periódico enfocado en mi segmento de mercado, y quien me compra es de cierta ideología, pues voy a darle a los lectores la información enfocada en que se reafirmen sus opiniones. Esto lleva a una tergiversación de la información, que puede ser de plastilina y puedes amoldarla. Pero la información debe ser fiel a la realidad y no mezclarla con prejuicios o con opiniones. El periodismo debe basarse en hechos y no en opiniones.
Yo creo que de un tiempo a hoy los medios de comunicación tradicional han ido diluyendo esa barrera hasta encontrarnos en este escenario, que seguramente era impensado pero que ahora es real. Ahora hay que ver cómo recuperamos la confianza social que hemos perdido por estas prácticas.

AR: También ha surgido el llamado periodismo ciudadano, que es mencionado en el libro. La gente se pone a reportear desde que le toca testimoniar algún hecho, pero desconoce las reglas del periodismo. ¿Qué ventajas y desventajas observa en el periodismo ciudadano?
MAG: Es maravilloso en tanto consigue acercar al periodismo a lugares y realidades a las que muchas veces le es difícil llegar. Pero volvemos a uno de los fundamentos de la práctica periodística: toda fuente de información es válida siempre y cuando un periodista pueda refutar con datos la información de esa fuente.
Sin ningún tipo de filtro periodístico no hay forma de garantizar que una persona nos está diciendo algo que realmente sea contrastable, fiable y confiable. Así cada quien puede decir lo que quiera.
En el caso Watergate en Estados Unidos, por ejemplo, fue una fuente anónima la que facilitó a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein toda la información sobre el presidente Richard Nixon y sobre la praxis del Partido Republicano que ellos pudieron comprobar, contrastar y denunciar en su medio. Si no hubiera habido ese trabajo periodístico detrás, simplemente se hubiera tratado de una persona anónima que dijo tal cosa.
Si tú me acusas a mí de algo y yo digo que no es verdad, pues resultaría que es tu palabra contra la mía mientras no haya nadie que investigue qué pasó para dar datos fiables, confiables y contrastables que definan los hechos.
El periodismo ciudadano está muy bien para acceder a lugares y a historias que antes no se alcanzaban, pero siempre que le apliquemos un filtro periodístico; si no, ocurre que hay hechos inesperados, por ejemplo, que son mal informados. En Barcelona hubo un atentado en las ramblas hace un par de veranos, y durante un buen rato en televisión se estuvo informando que había terroristas que se habían encerrado con rehenes en un restaurante turco (del que incluso se dio el nombre), se detalló qué tipo de armamento llevaban e incluso se llegó a informar que estaban negociando con la policía. Pero en ese sitio no hay ningún restaurante turco con el nombre que se indicaba, y no había ni terroristas encerrados ni ningún rehén. Al principio de la cobertura informativa de ese atentado, como los periodistas no podían acceder al lugar de los hechos, lo que hicieron muchas emisoras de radio fue abrir el teléfono para que ciudadanos que habían estado en las ramblas llamaran y contaran lo que habían vivido y visto.
Eso está muy bien porque permite conocer la realidad más de cerca, aunque no a través de los ojos de un reportero; pero hay que tener cuidado cuando el periodismo ciudadano es el amparo para que cada cual difunda la información que quiera. Esto ya sucede en redes sociales, pero habría que llamarle de otra forma. Para que exista periodismo ciudadano debe haber una voz anónima o no periodística que informe de algún asunto, pero que luego pueda ser comprobado y refutado por un filtro periodístico.

AR: ¿Quiénes producen las fake news? En el libro se ve que sus productores van desde adolescentes de Macedonia hasta Estados.
MAG: Las puedes hacer tú en tu despacho. Hay creadores de fake news que lo hacen a título individual con un ánimo de lucro, de intentar ganar dinero mediante la fabricación y la difusión de información falsa. Luego hay quienes, a partir de ello, montan una empresa dedicada a conseguir colocar las historias falsas en las conversaciones de redes sociales; y que puedan llegar a ser trending topic en un país.
En México tenemos el caso de Carlos Merlo y su Victory Lab. Me parece poco inteligente hacer ostentación de esa praxis porque (afortunadamente para él) todavía no es penada y perseguida, pero algún día lo será. Ellos se jactan de poder colocar cualquier historia en trending topic en cuestión de horas, y realmente lo consiguen. Presumen que son capaces de llegar a ser tan influyentes como para decantar la balanza electoral en favor o en contra de algún candidato.
En Estados Unidos hubo el caso de Cambridge Analytica, una empresa que se dedicó a la difusión de anuncios falsos en Facebook durante la campaña electoral entre Trump y Clinton. Pero en el mundo hay muchas más empresas que se dedican a ello.
Entonces hay adolescentes y ciudadanos que a nivel particular se dedican a esto para ganar dinero, y luego hay grandes empresas que, con el acceso a datos de redes sociales, fabrican contenidos a la medida y la mayoría falsos, para intentar incidir en el pensamiento de un determinado sector de la población.

 
AR: Recupera en el libro una frase de Mark Twain: “Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada”. Al respecto, ¿cómo ve los esfuerzos de diversas organizaciones por combatir las fake news?
MAG: En esa labor creo que toda idea es bienvenida, más que nada porque es un fenómeno que nos afecta como sociedad y, por lo tanto, hay que luchar, no rendirnos.
Por un lado están los medios de comunicación tradicionales que intentan recuperar el fact checking, la verificación de datos como una herramienta que haga visible su lucha contra este fenómeno. Es interesante y necesaria, y es una buena herramienta para que poco a poco el periodismo recupere la confianza social.
Luego está lo que las plataformas tecnológicas hacen (o dicen hacer) para luchar contra las fake news. Tenemos casos más avanzados, como el de Google, que tiene una parte de noticias muy desarrollada, con unas herramientas cada vez más interesantes y más potentes para intentar facilitar el chequeo de la información, para determinar rápidamente en qué medios ha salido y cuál ha sido su cobertura (si solo sale en un medio o en varios, si ha salido a nivel mundial o no). Así ayudan a un mejor consumo de la información.
Después están las tecnológicas del lado oscuro, que son el mundo Facebook, WhatsApp y Twitter, que no son nada transparentes y que dicen luchar contra las fake news. Facebook creó un war room para intentar luchar contra la información falsa en Estados Unidos, que cuando lo publicitan se ve una sala con 12 personas y sus ordenadores. Pero en una red social que tiene 2 mil 200 millones de usuarios en el mundo, con esa docena de empleados no van a poder luchar contra la información falsa ni en una décima parte.
En esa lucha WhatsApp también intenta reducir la capacidad de compartir una misma información en grupos sociales. Sea como fuere, no deja de ser maquillaje porque no son transparentes en el uso de los datos que hacen ni en a quiénes les facilitan el acceso a ellos, y en la difusión de información falsa tampoco lo son a la hora de determinar su procedencia y su intención.
Ellos se escudan al decir que no son medio de comunicación, que simplemente son escaparates, plataformas donde la gente vierte los contenidos que quiere. Pero esto no es verdad cuando Facebook no permite, por ejemplo, publicar un desnudo: para esto sí tienen filtro, pero para otros asuntos no lo hay.
Hay un juego un poco perverso que las tecnológicas mantienen: no hay que olvidar que a Facebook, Twitter y WhatsApp lo que les interesa es el tráfico en la red social, que es lo que les reporta ingresos y les genera beneficios. Luchar contra las fake news, que es un negocio tan jugoso y que les garantiza tanto tráfico, es un poco ir contra su propio sustento.
Entonces tienen un discurso con mucha significación, pero en realidad hay poco trabajo confiable. Facebook anunció hace meses la creación de un comité de periodistas que lucharía contra este fenómeno; el pasado diciembre el jefe de ese organismo salió y dijo que se sintió engañado por Facebook porque la empresa en realidad no quiere luchar contra las fake news y denunció que no les dejaron hacer absolutamente nada.
Hay trabajos de otras tecnológicas, como Apple y Google, que intentan dar herramientas para que sea el propio usuario quien empiece a discernir qué tipo de información consume. Apple tiene una sección de noticias que durante la campaña electoral estadounidense del pasado noviembre creó un equipo de periodistas para garantizar la confiabilidad de toda la información que se difundía a través de esa app.
Son herramientas que empiezan a ser interesantes para luchar contra las fake news. Pero al final del camino siempre estamos nosotros, y nadie va a hacernos el trabajo al ciento por ciento. Debemos ser conscientes de qué tipo de información consumimos y queremos consumir porque el último filtro lo vamos a aplicar nosotros.
A nivel personal hay que hacerse la pregunta de si queremos estar informados, y si es conforme a nuestras opiniones. Son asuntos distintos, aunque parezcan iguales.

AR: ¿Qué le parecen las posturas de los gobiernos sobre las fake news? En el libro se muestran los casos de Alemania, donde se ha intentado legislar al respecto, y declaraciones del Parlamento europeo. Pero también hay un dato: hay 30 Estados que fabrican información falsa.
MAG: Entrar a legislar este fenómeno es delicado, más que nada porque inmediatamente entramos en atentar contra principios que creo que son básicos en toda sociedad democrática y que nos han costado muchos años conseguir, como son los derechos a la información y a la libertad de expresión. Entonces intentar legislar qué se puede decir y qué no, qué noticias se pueden publicar y cuáles no, a mí me remite a épocas más oscuras y afortunadamente superadas (quiero pensarlo así).
Lo que ocurre es que la desinformación tiene muchas caras y formas: puede ser por opacidad (dar muy poca información) o por sobreabundancia informativas, que es lo que ocurre. Lo que buscan los gobiernos o los partidos políticos a los que les interesa hacer uso de esta comunicación política es crear demasiada información para que haya confusión y volvamos a estar al principio de la calle, a que todo se establece a partir de nuestro criterio porque iremos a buscar sólo la información que nos dé la razón.
Estamos muy preocupados porque hay elecciones europeas en mayo, y la Unión Europea quiere legislar la difusión de noticias falsas; entre otras medidas, está trabajando en la creación de un detector europeo de información falsa en la red, que no ha prometido presentar en marzo. Veremos en qué se basa esa herramienta o sistema.
Luego están por la labor de obligar a las plataformas tecnológicas a reportar cada mes cómo están luchando contra las noticias falsas; por ejemplo, cuántos perfiles falsos han detectado en la red social que funcionan como bots cacareadores de información. Es una primera medida en la que no confío mucho porque las tecnológicas van a encontrar la manera de presentar un informe lleno de datos que no nos van a decir nada pero que van a significar que ellas luchan contra algo contra lo que no pueden (ni quieren hacerlo mucho).
El camino es interesante en tanto penetre en la sociedad la idea de que difundir mentiras en redes sociales no puede ser algo impune. Pero puede ser también de que sale gratis y sin ningún tipo de problema, como el mensaje social que se transmitió por el escándalo de Cambridge Analytica, que cuando estalló lo primero que hizo fue cerrar y desaparecer, y nadie ha ido a pedirle cuentas a sus directores. Sólo nos hemos conformado con una aparición de Mark Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos y en el Parlamento Europeo, con unas explicaciones un poco difusas y vagas. Esto no es un buen camino; cuando estalle un escándalo de este tipo se tienen que pedir cuentas, y hay que hacerlo bien porque es una cuestión preocupante.
Ahora en Francia, por ejemplo, durante las últimas semanas ha habido una serie de manifestaciones de los llamados chalecos amarillos para mejorar condiciones laborales y sociales. El secretario de Economía Digital del gobierno ha dicho que sospecha que hay grupos de extrema derecha muy bien organizados en redes sociales y ultraconectados entre sí que utilizan la difusión de información falsa para denigrar la imagen pública del país en el mundo.
Entonces ya estamos viendo cómo desde organizaciones de fuera de un país se utiliza un escándalo para que a través de la difusión de información falsa se ataque la imagen de ese país. Eso es algo que iremos viendo; lo vimos con las elecciones Trump-Clinton con todo el caso del Rusiagate, también lo vimos en el caso del brexit, en el proceso independentista de Cataluña hay indicios que apuntan a esta injerencia extranjera, que es un fenómeno que existe.
El caso Bolsonaro también es analizable: llegó al poder gracias a una notoria instrumentalización de las redes sociales.
Existe la sensación de que la ultraderecha a nivel mundial está utilizando las fake news como elemento propagandístico y para legitimar y propagar un discurso que antes era acallado por los medios de comunicación tradicionales. Ahora las redes sociales se los saltan y por eso muchos partidos van a hacer campaña en las redes sociales, que es donde los aquellos filtros no existen.

AR: ¿Cómo contribuyen a esta sociedad de la desinformación los enfrentamientos de los gobernantes con la prensa? Por supuesto, el caso paradigmático es el de Trump, quien dice que quienes crean las fake news son los medios de comunicación, mientras que su gobierno ofrece hechos alternativos y responde con datos que muchas veces no se sabe de dónde proceden.
MAG: Contribuyen a desinformarnos cada vez más. Trump es un showman que sabe articular muy bien un discurso ante los medios de comunicación, a la vez que a sus partidarios les dice que no se fíen nunca de lo que dicen los medios de comunicación, con lo cual consigue estar siempre en el ojo del huracán y en boca de todo el mundo.
En Estados Unidos ha habido tres grandes temas sobre los cuales se han fabricado la mayoría de las noticias falsas que han circulado en los últimos dos años: miedo a la inmigración (que ha sido un gran caballo de batalla para el presidente norteamericano), el temor a la pérdida de derechos adquiridos (cuando uno ya tiene algo, el miedo a perderlo es algo que también funciona muy bien) y estar a favor o en contra de Trump.
La mayoría de las noticias falsas que se fabrican y se difunden en Estados Unidos son por el último tema antes mencionado. Cuando alguien consigue polarizar un discurso gana siempre, porque cuando entre la opción A y la opción B no hay escala de grises y posibilidad de matices sólo se confirman dos visiones: los partidarios de A siempre lo serán porque ya están argumentados y son informados para que la opción B sea siempre descartada. De esa forma estamos en una sociedad que cada vez está más proclive al enfrentamiento.
Bolsonaro hace exactamente lo mismo en Brasil: una de sus primeras medidas ha sido eliminar la Secretaría de Diversidad para transmitir la idea de que todos tenemos que ser iguales, y lo ha hecho al decir que lo hace porque los gobiernos anteriores tenían el foco metido en formar personas con mentalidad e ideología comunista.
Volvemos a lo mismo: justifica una acción contra un enemigo (en este caso es la ideología de izquierda). Por ello ha prometido hacer una purga de funcionarios con ideas afines a la izquierda. Cuidado porque es un presidente que llega a un gobierno y dice que va a despedir a personas que piensen diferente a ál. Esto remite a dictaduras y a épocas más oscuras (en Europa recuerda prácticas fascistas). Esto es alarmante y preocupante.
El otro día en un tuit Trump deseó buen fin de año a todo el mundo, incluso a los medios de comunicación falsos. ¡Y lo dijo tal cual! Es que él abandera esa lucha para que sus votantes crean que realmente crean que hay una gran cantidad de información falsa, que siempre es la que ataca a Trump. Pero luego tenemos al relator de la libertad de expresión de las Naciones Unidas, que en un informe dijo que el principal creador y difusor de noticias falsas en Estados Unidos es Trump. Entonces éste lucha contra algo que genera: es el artífice de ellas y a la vez quien las combate.
Esto forma parte de una estrategia muy estudiada con la que Trump pretende erigirse como una persona honesta que busca siempre la verdad para sus votantes, para sus fieles, porque van a creer en esa imagen. Pero, por otro lado, lo hace para que los suyos piensen que es honesto y todo lo que les diga se lo van a creer; si es verdad, fantástico, y si es mentira, también. Es la fabricación de información conveniente (no siempre verdadera) y de la fidelización que lo tiene como el garante de la verdad y la honestidad porque él, más que nadie, lucha contra las noticias falsas.
Es un poco complicado de explicar pero en el fondo es un círculo vicioso y virtuoso que le da mucho rendimiento a Trump. Este ha recuperado el tema del muro en la frontera para luchar contra la inmigración. Lleva dos años de gobierno, y del muro se ha hablado poco, al menos que yo haya podido seguir. Cuando llegaron las elecciones del pasado noviembre hubo una caravana de inmigrantes que cruzó México, e hizo creer que es lo más peligroso que se ha acercado a Estados Unidos en los últimos tres siglos. Eso polarizó la campaña, y resultó que a Trump le quitó la mayoría republicana en el Senado, por lo que se ve obligado a trabajar con los demócratas. Recuperó el tema del muro y su financiación para escenificar que los demócratas son quienes no le dejan construir un muro. Es una información tergiversada, que deliberadamente falsa difunde con una simpleza muy grande para que los suyos vuelvan a estar instalados en este mensaje, que le dio éxito en la campaña de 2016.
Trump está ya en clave 2020, y tiene dos años en los que tiene que luchar contra los demócratas; entonces cuanto antes los tiene que poner en la diana de que son los enemigos del país porque no quieren construir un muro. Y es lo que está haciendo con la tergiversación de la información.

AR: ¿Qué efectos sobre la democracia tiene esta sociedad de la desinformación? Por ejemplo, se ha destacado el papel de las fake news en importantes votaciones como las del brexit, el acuerdo de paz en Colombia y las elecciones de Trump y Bolsonaro.
MAG: No sé exactamente qué incidencia tienen. La democracia se fundamenta en la libre opinión de las personas en el ejercicio de una votación para elegir un gobierno; en ese tipo de decisiones hay dos grandes pilares: primero, los creyentes, por lo que hay gente que ya sabe que va a votar a tal partido porque así lo ha hecho siempre y su preferencia es invariable, y luego los indecisos, que una vez votaron en un sentido y a la siguiente cambiaron, que se basan en impulsos y por infoxicación (la intoxicación informativa que sucede alrededor de los procesos electorales).
Cada vez más estamos viendo que cuando se acerca un proceso electoral la información política deriva de emociones y no de hechos. Hay que apelar a creencias, y entonces la emoción se revela como la herramienta principal a la hora de la toma de decisiones. Esto lo saben quienes fabrican noticias falsas que apelan a una emoción para que la razón quede de lado. Esto los hace capaces de alimentar campañas de desinformación para atacar al contrincante, a la oposición o al otro partido para descalificarlos.
En Estados Unidos, por ejemplo, se llegó a inventar que Hillary Clinton y su jefe de campaña tenían una red de pederastia infantil en el sótano de una pizzería de Washington. Hubo un tipo que fue armado con rifles de asalto a averiguar por su cuenta si allí había niños atrapados; llegó y el local no tenía ni sótano.
La fabricación de este tipo de información nos infoxica; claro, muchos no lo saben porque les dicen “se está investigando que Hillary Clinton tiene esto”. Puede parecer muy marciano, pero si al final sólo recibes ese tipo de información ocurre lo que decía Goebbels: “La mentira mil veces repetida acaba siendo verdad”. Estamos en este paradigma.
¿Cómo nos afectará? No lo sé. A nivel individual nos afecta en el sentido de que si la infoxicación cada vez es mayor, nuestra toma de decisiones se verá adulterada por acceso a una información sin calidad y basada en hechos que no existen.
Lo que estamos viendo a partir de la elección de Bolsonaro en Brasil es que la información falsa está siendo capaz de mutar como un virus. He sabido que en Facebook hay mucha información falsa, y que esta muta de red social y se va a WhatsApp. Muchas de las noticias falsas se constituyen ahora de manera más visual: son memes, frases escritas, videos manipulados y sacados de contexto.
Todavía no ha llegado lo que llaman el deep fake, que ya permite, con software, la fabricación de videos absolutamente falsos en los que puedes verme a mí, con expresión facial y con expresión vocal diciendo algo que nunca he dicho. Y uno lo cree. Esto se construye mediante inteligencia artificial.
En Reino Unido hay una consultora en innovación que vaticina que una de las crisis que vamos a tener este año a nivel internacional será por un video deep fake que se viralizará y acabará generará un serio conflicto diplomático.
Lo que sabemos es que la tecnología ya está al alcance de muchos, y por lo tanto la difusión de videos cada vez será mayor.

*Entrevista publicada en etcétera, 25 de febrero de 2019.

martes, abril 16, 2019

Un litigio político-literario: el boom contra la Revolución cubana. Entrevista a Rafael Rojas*



Un litigio político-literario: el boom contra la Revolución cubana
Entrevista con Rafael Rojas
Ariel Ruiz Mondragón

Casi de manera simultánea, entre finales de los años cincuenta e inicio de la década de los setenta, coincidieron un par de procesos, uno cultural y otro político: el boom de la literatura latinoamericana y la Revolución cubana. Ambos se desarrollaron y vincularon en el contexto de la Guerra Fría.
Si bien en un primer momento los escritores que formaron parte de ese movimiento literario respaldaron al gobierno emanado de la revolución triunfante encabezada por Fidel Castro, con el transcurrir de unos cuantos años las fricciones literarias y enfrentamientos políticos se multiplicaron y profundizaron. Curiosamente, se trató, en buena medida, de una lucha entre corrientes que se identificaban con la izquierda.
La historia de ese encuentro, discusiones, disputas y rompimientos en un ámbito donde se entrecruzan la literatura y la política, la presenta Rafael Rojas en su libro La polis literaria. El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría (México, Taurus, 2018), cuya peculiaridad, dice el autor, “quisiera ser el intento de rearmar el concepto de revolución en algunos de los novelistas protagónistas del boom.
Rojas (Santa Clara, Cuba, 1965) conversó con Etcétera a propósito de su libro. Él es doctor en Historia por El Colegio de México y profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas. Autor de al menos 20 libros, ha colaborado en publicaciones como Nexos, Letras Libres y La Razón. Ha obtenido varios premios: el Matías Romero (2001), el Anagrama de Ensayo (2006) y el Isabel de Polanco (2009).

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro como el suyo, de ensayos en los que describe el desarrollo del boom de la literatura latinoamericana desde fines de los años cincuenta hasta principios de los setenta, en paralelo con la Revolución cubana y en el contexto de la Guerra Fría?
Rafael Rojas (RR): Primero, porque hace medio siglo fue la aparición de aquellas grandes novelas como Rayuela, Cien años de soledad, La casa verde, Conversación en La Catedral, Cambio de piel y La muerte de Artemio Cruz, por ejemplo.
También son 50 años de las grandes polémicas ideológicas y políticas que cruzaron la relación entre el boom, la Revolución cubana y las revoluciones latinoamericanas, así como con las diversas opciones socialistas que se manejaron en la izquierda de la región.
Medio siglo es un tiempo suficiente como para hacer balances y revisar los límites y los legados de aquel fenómeno. Además se han acumulado estudios que permiten una mirada diferente a la relación entre el boom, la revolución y la izquierda.
Por otro lado, para este libro tuve la posibilidad de acceder a ciertos archivos, especialmente a la correspondencia entre los principales escritores, que está alojada en la biblioteca Firestone, de la Universidad de Princeton, y en el caso de Gabriel García Márquez, en la Universidad de Austin, en Texas.

AR: Sobre esto último, ¿qué ventajas y limitaciones tuvo al recurrir al género epistolar?
RR: Una de las ventajas, como anotábamos en una conversación previa con los editores, es el tono un poco confesional y a veces profético que tiene la correspondencia. Eso se imprime en el libro y lo hace más entretenido a pesar de ser un ensayo académico que está escrito con los elementos propios del lenguaje en la categoría de la historia intelectual. La correspondencia le da una mayor intimidad, y creo que el lector lo agradece.
Pero también tiene sus límites: los posicionamientos de los actores al calor de la correspondencia no siempre reflejan con exactitud la manera en que cada uno de los grandes novelistas del boom asumía simpatías políticas o sus prioridades desde el punto de vista estilístico o ideológico.

AR: Por supuesto, en el centro del libro está Cuba y su política cultural. En el epílogo del libro usted anota que entre el triunfo de la Revolución cubana y el inicio de los años setenta vivió un proceso en el que pasó del nacionalismo revolucionario a un socialismo no alineado, para finalmente ubicarse en el socialismo real, en la órbita soviética. ¿Cómo se manifestó esto en su política cultural, y más específicamente en sus literatos?
RR: En la política cultural ese vaivén se reflejó muy claramente, porque al principio hubo un clima de cierta apertura y tolerancia a distintas modalidades de la izquierda; estaban, por ejemplo, los viejos comunistas cubanos anteriores a la revolución que seguían la línea de Moscú. Pero surgió una nueva generación de socialistas con ideas más cercanas a la Nueva Izquierda, que creo que era el horizonte en el que se movían los autores del boom; ninguno de éstos, ni Gabriel García Márquez ni Mario Vargas Llosa ni Carlos Fuentes eran comunistas prosoviéticos, sino que fueron muy críticos de los regímenes burocráticos (como les llamaban ellos) del socialismo real, del bloque soviético. Defendían más bien los nacionalismos revolucionarios, la descolonización y los socialismos democráticos del Tercer Mundo.
Añado que hubo también una nueva generación de escritores cubanos, los que estaban nucleados alrededor de Lunes de Revolución, que dirigió Guillermo Cabrera Infante, que siguió más o menos esa línea ideológica.
Claro, a medida que el gobierno cubano fue pasando de una posición a otra hasta acabar, ya a finales de los años sesenta, alineado con el bloque soviético, buena parte de esa generación cubana joven fue quedando fuera del sistema. Fueron marginados dentro, y otros, la mayoría, salieron: Cabrera Infante, Severo Sarduy y Calvert Casey acabaron en el exilio. Otros acabaron subordinados a un Estado con nuevas reglas del juego para los intelectuales, muy parecidas a las de la Unión Soviética y otros regímenes de los socialismos reales.
Eso se refleja muy bien en la evolución entre los años 1959 y 1971, y me parece que en la relación con el boom también: si se observa bien, entre 1959 y 1966, cuando estalló la polémica entre Casa de las Américas y la revista Mundo Nuevo había muy buenas relaciones entre el poder cultural cubano y los novelistas del boom. Todos viajaron a Cuba, fueron publicados y tenían buena relación. Pero a partir de 1966, justo cuando el gobierno cubano comenzó a moverse hacia el socialismo no alineado, muy radical de los años 1966-1967, muy en la línea guevarista, y luego a partir de 1968, más claramente alineado con la Unión Soviética, las relaciones se complicaron.
Cada vez hubo más tensiones: la primera fue en 1966, con aquella polémica en la que Fuentes acabó demonizado por las autoridades cubanas después de la reunión del Pen Club en Nueva York (en la que también participaron Pablo Neruda, Vargas Llosa y varios escritores norteamericanos), y del primer número de Mundo Nuevo, revista dirigida por Emir Rodríguez Monegal.
Esa fue la primera fricción, pero después vinieron otras; por ejemplo, el rechazo de todos los escritores del boom, incluido Gabo, al apoyo del gobierno cubano a la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968. Posteriormente, en 1971, la reacción generalizada, aunque manifestada de manera distinta por cada uno de ellos, contra el arresto del poeta Heberto Padilla y su confesión autocrítica ante la comunidad literaria y artística de la isla.

AR: Hubo otro hecho político menos resaltado en el libro pero que también tuvo sus consecuencias: el triunfo electoral de Salvador Allende en Chile. En el libro recuerda que José Donoso y Rodríguez Monegal comentaban que en esa época se acabó el boom. ¿Qué pasó tras esa victoria del socialismo democrático, que finalmente fracasó por el golpe de Estado de Augusto Pinochet?
RR: Hay un capítulo del libro que se llama “Vía chilena”, dedicado a Donoso y a Jorge Edwards, pero también a tratar de reconstruir el enorme entusiasmo que provocó el gobierno de Unidad Popular y Allende entre los escritores del boom, especialmente en la revista Libre, que fue una continuación de Mundo Nuevo, en la que tuvo un protagonismo enorme la idea del socialismo chileno.
Ellos sometieron a discusión la idea de socialismo democrático en un momento en que la mayoría tenían una visión crecientemente crítica del socialismo cubano, al que veían burocratizado por la vía soviética, y entonces apareció una opción diferente: llegar al socialismo por el camino electoral, manteniendo un orden constitucional, que era la vía chilena que se ganó la simpatía de todos estos escritores.
Es verdad que en esos momentos, en 1972 y 1973, muchos de los críticos, especialmente Rodríguez Monegal y Donoso, empezaron a decir que ya se había acabado el boom. Creo que esto tuvo que ver con ese desplazamiento del paradigma desde el punto de vista político, que fue de la Revolución cubana al socialismo chileno, pero tuvo también estuvo relacionado con la emergencia de nuevas generaciones de escritores en América Latina, que comenzaron a desafiar el canon del boom.
También hay que recordar que un poco después, en 1973-1974, aparecieron las principales novelas de dictadores: Yo, el Supremo, de Augusto Roa Bastos; El recurso del método, de Alejo Carpentier; El otoño del patriarca, de García Márquez, entre otros. A mí me parece que ya después la crítica reconoció que ese momento también debía incluirse dentro del boom porque es un periodo protagónico de los escritores de esa generación.
Lo que encontré en la investigación es que el origen de los proyectos de esas novelas estuvo en la correspondencia: a principios de 1967 en la convocatoria que lanzó Fuentes para hacer un libro colectivo de relatos sobre dictadores.

AR: En ese periodo había dos opciones: por un lado las dictaduras, fundamentalmente de derecha, y por el otro la revolución. ¿Cuál fue la relación entre las primeras y el boom?
RR: Había una relación de enemistad abierta. Todos los escritores del boom eran críticos de las dictaduras latinoamericanas, y escribieron sus novelas de dictadores buscando alegorías históricas para denunciar el ascenso del autoritarismo en América Latina. En algunos casos creo que los llevó a una visión equivocada de entender que la historia política latinoamericana estaba marcada esencialmente por el autoritarismo. Desde el punto de vista histórico eso es algo cuestionable, no es así porque ha habido también tradiciones liberales, democráticas, republicanas en América Latina desde el siglo XIX. Pero evidentemente eso era parte de un posicionamiento contra las dictaduras de derecha.
Yo no creo que haya habido tal relación; lo que es curioso, y que se menciona en el libro aunque no se estudia porque no es su tema, es que una de las plataformas más importantes de lanzamiento del boom fue el mundo editorial español bajo una dictadura, la de Francisco Franco, especialmente el de Barcelona, que le sirvió como trampolín a muchos de estos escritores para acceder no sólo al mercado iberoamericano sino al atlántico a través de las traducciones.

AR: Sobre este último punto, usted también dice que lo del boom también fue una disputa por el mercado de lectores. ¿Cómo fue esta batalla?
RR: Hay muchos estudios recientes que han enfatizado que el boom fue una operación comercial. Es una tesis que yo no comparto del todo, como se puede ver en la introducción, pero tiene su parte de razón porque, en efecto, hubo una gran operación comercial en torno a él. Pero yo creo que sus orígenes son estéticos y políticos a la vez; surgió y fue realmente impresionante que en pocos años aparecieran esas novelas tan ambiciosas, tan complejas, que marcan una distancia clarísima con la novela regional previa, con la generación anterior. Eran muy ambiciosas en el sentido de que estaban buscando alcanzar nada menos que la modernidad literaria de América Latina, y lograr, a través de la novela, una representación cultural abarcadora del ser y la historia de la región.
Cuestiono un poco esa idea de que el boom fue estrictamente una operación comercial; creo que no debemos descuidar la gran renovación estética que representaron esas novelas, pero tampoco debemos descuidar el hecho de que había un contexto político (la Guerra Fría) que explica la identidad generacional que marcó a todos aquellos autores. Por supuesto que su vínculo con la Revolución cubana fue fundamental, pero no sólo por la simpatías sino también por el desencanto y la crítica. De allí la necesidad, por parte de cada uno de ellos, de construir un concepto propio de revolución, de izquierda y de socialismo.

AR: En una parte del libro comenta que los anteriores movimientos literarios latinoamericanos habían sido hechos por poetas, pero a partir del boom fue por novelistas. ¿Por qué se dio este fenómeno?
RR: Las figuras hegemónicas eran poetas, desde Rubén Darío en el modernismo, y en las vanguardias Neruda, César Vallejo y Jorge Luis Borges. Éste era un narrador, aunque el grupo de Sur estaba integrado por poetas, pero entonces también empezaba una narrativa heterogénea.
Yo creo que hubo una transformación cultural que no sucedió únicamente en América Latina sino que era mundial: la consagración de la novela como el género literario moderno por excelencia. América Latina llegó a ese fenómeno en los años cincuenta y sesenta, cuando emergió el boom. Todos estos escritores lo asumieron de manera deliberada. El documento en el cual tendría que plasmarse esa llegada a la modernidad era la novela, y por eso tenía que ser tan integradora, tan ambiciosa e incluso ser total, con pretensiones ontológicas. Lo que intentaban hacer era escribir nada menos que el ser de América Latina: su historia, su pasado y su presente. Fue una generación literaria que asumió la novela como el género que le era propio.
Eso tiene sus implicaciones desde el punto de vista de la historia de la literatura, pero también desde la historia de la cultura latinoamericana.
También recordemos que la novela fue el género que por su circulación global, su capacidad de viajar en distintas lenguas a través de traducciones y de redes editoriales, mundializó la literatura latinoamericana. Creo que esto fue muy importante, e implicaba un cambio respecto a las tradiciones anteriores.
Por supuesto que también hay una historia mundial del modernismo y de las vanguardias, pero nunca a los niveles de transterritorialidad y de viaje que lograron las novelas del boom.

AR: Me llaman también la atención las influencias no latinoamericanas de los escritores del boom: algunos vivían en Europa, adoptaron algunas teorías como el estructuralismo y el posestructuralismo, Fuentes recuperó la obra de C. Wright Mills.
RR: En corrientes del pensamiento estético y político mencionas algunas, aunque hay que hacer distinciones; por ejemplo, todo el pensamiento de la Nueva Izquierda, de Wright Mills en Estados Unidos y la New Left Review inglesa fue muy importante para Fuentes; el existencialismo francés fue fundamental para Vargas Llosa, pero no el posestructuralismo (cuando se defendía de críticos como Óscar Collazos y Roberto Fernández Retamar, que decían que los autores del boom estaban embelesados con las ideas del grupo Tel Quel, de Philippe Sollers, Julia Kristeva y Roland Barthes, el peruano decía con razón que él y Fuentes no tenían nada que ver con eso. Era una relación más bien epidérmica).
Quienes sí tuvieron una relación muy estrecha con el estructuralismo y el posestructuralismo fueron Rodríguez Monegal, el crítico uruguayo fundamental del boom y director de la revista Mundo Nuevo, y escritores como Sarduy.
También hubo otros escritores, como García Márquez, que se mantuvieron muy ajenos al debate de ideas y a las corrientes teóricas, filosóficas e ideológicas predominantes en aquel momento.


AR: ¿Cómo influyó el liberalismo en los escritores de los que habla en el libro? Usted habla de la revolución en el caso de Octavio Paz (al que usted dedica una parte del libro aunque no pertenece al boom), que en los años noventa retomó a Francois Furet, por ejemplo, y también está el caso muy emblemático de Vargas Llosa. ¿Cómo era considerado el liberalismo en aquellos años?
RR: El liberalismo tenía muy poca presencia en los años decisivos del boom, que estuvieron marcados por la idea de la revolución, del socialismo y los diversos marxismos como el de la Nueva Izquierda, que no era el soviético sino el de los existencialistas, de la New Left Review y de Wright Mills, que tuvo mucho peso en las discusiones durante los años sesenta y setenta.
El liberalismo aparece entre los escritores del boom muy tardíamente, en los años ochenta, y por supuesto que no en todos. Con razón mencionas a Vargas Llosa y a Paz; a éste decidí incluirlo porque era, entre todos los intelectuales latinoamericanos, el más respetado por los escritores del boom. Muchas de sus ideas expuestas en El laberinto de la soledad y de los ensayos de los años sesenta y principios de los setenta, acerca de la literatura, de la autonomía estética del escritor y del compromiso del intelectual, eran seguidas muy de cerca por Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa e incluso por García Márquez en un momento.
Lo que sucedió es que con las transiciones a la democracia y la crisis del socialismo real en Europa del Este, algunos de estos intelectuales, emblemáticamente Paz y Vargas Llosa, se acercaron al liberalismo, no al neoliberalismo, que es algo que hay que distinguir. Estoy hablando de la aproximación de los años ochenta; ya después, en los noventa, tal vez hubo, sobre todo en el caso de Vargas Llosa, un acercamiento al neoliberalismo. Sin embargo, esto no ocurrió en Paz, quien siempre tuvo una visión muy crítica del imperio del mercado y del hecho de que pudiera llegarse a una situación en que se redujera la esfera pública por obra de las privatizaciones. Creo que esto fue una preocupación genuina de Paz al final de su vida.

AR: Su libro relata varios tránsitos, da cuenta de muchos cambios. Uno de ellos es el de la revolución a la democracia. Incluso con todas sus ambigüedades, la aceptó, por ejemplo, García Márquez. ¿Cómo fue ese paso?
RR: Las transiciones a la democracia de fines del siglo XX cambiaron las posiciones y las reglas del juego. Eso fue lo que hizo que en los años noventa envejeciera tan aceleradamente el boom y la idea del intelectual comprometido. Como sabemos, todas las impugnaciones que aparecieron en las nuevas generaciones, como la de Roberto Bolaño, así como las críticas a la sobrerrepresentación intelectual y cultural de las figuras de los narradores del boom como intelectuales públicos, estuvieron ligadas con las transiciones a la democracia. Los que vivían para entonces (porque Cortázar apenas pudo ver el principio), acabaron identificados con ella.
Creo que tienes mucha razón al mencionar el caso de García Márquez, pero él fue un escritor que, como intelectual, en los años ochenta y noventa defendió las transiciones a la democracia en la región. Ni hablar de Fuentes, Paz y Vargas Llosa, que fueron intelectuales protagónicos de esos tránsitos.

AR: Para volver a lo literario: ¿cuál era el canon literario que deseaba la burocracia cultural cubana? Porque, como se ve en el libro, por un lado, rechazaba la innovación que representaba el boom, pero, por otro, no quería tampoco el barroquismo ni el neobarroquismo de José Lezama Lima, por ejemplo.
RR: Hay una lista de escritores que menciona Roberto Fernández Retamar en su ensayo “Calibán”, quienes son autores de un realismo socialista cubano, quienes vivían en la isla, como Lisandro Otero, Jesús Díaz y otros.
En el caso de la literatura latinoamericana, hubo un primer momento en que el canon cubano fue bastante parecido al que proponían otros críticos, como el uruguayo Ángel Rama, que se fue a favor del realismo social de escritores como el argentino David Viñas y el venezolano Salvador Garmendia.
Con esa tendencia la primera novela de Vargas Llosa tenía mucho que ver, como ocurre con La ciudad y los perros y Conversación en La Catedral, que fueron las novelas del boom mejor recibidas por la burocracia cultural cubana en los años sesenta.
Pero todo eso cambió: por ejemplo, La casa verde fue una novela que no gustó mucho a la burocracia por su barroquismo y otros elementos más, y no la publicó pese a que en ese momento Vargas Llosa no tenía todavía conflictos con el gobierno cubano. Cuando apareció Conversación en La Catedral ya había fricciones porque el escritor peruano había repudiado el apoyo de Cuba a la invasión soviética a Checoslovaquia y directamente había criticado a Fidel.
Pero, en efecto, fue un choque entre un canon y otro.

AR: También están los choques entre el compromiso político y la libertad del literato. Usted menciona, por ejemplo, que uno o varios de los autores del boom podían condenar el sometimiento y la dependencia de América Latina, y al mismo tiempo exigir la libertad artística.
RR: Tiene toda la razón. Todos son escritores nacionalistas y, podemos decir, antimperialistas. El ejemplo que siempre me viene a la mente, que es el más tangible, más ilustrativo, es el de Mundo Nuevo. Si uno revisa su línea editorial, se ve que se oponía a la guerra de Vietnam, estaba en contra del intervencionismo norteamericano, en el norte de África y en América Latina, en contra de las dictaduras militares, a favor de la independencia de Puerto Rico, etcétera. Es decir, apoyaba el repertorio descolonizador o independentista, y, al mismo tiempo, era defensora de la libertad de expresión, de información.
Eso era un asunto muy importante; para García Márquez, por ejemplo, era más importante lo que él llamaba la libertad de información que la de expresión. Él era periodista, y venía de formarse en esa profesión bajo regímenes autoritarios en Colombia, como la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. Por ello expresó en La Habana, en su último discurso en Casa de las Américas: es fundamental avanzar en la libertad de información, de prensa.
Para ellos eso no era contradictorio, y no lo era para toda la Nueva Izquierda, sino que era un elemento más. Me preguntabas del liberalismo, y es allí donde podemos verlo: no eran liberales, pero tenían ese componente.
Pero desde el punto de vista occidental hay un elemento liberal en aquella Nueva Izquierda, que pasaba por una defensa muy celosa e insistente de la libertad de expresión.

AR: En algunos de los autores del boom, especialmente en García Márquez, se nota la influencia de su ejercicio periodístico en su obra literaria y en sus opciones políticas.
RR: El caso de García Márquez es el más emblemático porque fue un periodista profesional, y creo que su posición sobre Cuba es mucho más compleja de lo que se quiere presentar tanto en medios oficialistas como en los detractores de la Revolución cubana. En ambos espacios a veces predomina una idea muy simple, monolítica de la relación de García Márquez con Cuba. Se entiende que él era un leal acrítico del socialismo cubano, pero no fue así. Cuando uno revisa su obra periodística encuentra que también hay una faceta muy crítica, muy cuestionadora en el periodismo de Gabo sobre Cuba.
Diría que en los otros casos no tenemos experiencias de profesionales del periodismo, sino la necesidad del novelista, en la Guerra Fría, de recurrir al ensayo para posicionarse pública y políticamente sobre los temas decisivos del momento: la revolución, el socialismo, las dictaduras. Eso lo tenemos en todos: Fuentes en Tiempo mexicano y Nuevo tiempo mexicano, Cortázar en muchísimos de sus ensayos, en La vuelta al día en 80 mundos, en su libro sobre Nicaragua; en Vargas Llosa no sólo en sus estudios literarios sobre García Márquez sino también en sus posicionamientos políticos a través de sus artículos. Se volvieron ensayistas precisamente durante el boom por una necesidad de hacer transparente su posicionamiento público.

AR: ¿Qué ocurrió con los escritores cubanos identificados con el boom, como Cabrera Infante y Sarduy (Lezama Lima no era de esa generación, pero se incluye en el libro)?
RR: Por su poética literaria cada uno de los tres tenía necesariamente afinidades con el boom, aunque por zonas distintas: Lezama por el lado del neobarroco, que era una de las vetas que interesaban a Rodríguez Monegal y Cortázar; Cabrera Infante por la novela urbana (Tres tristes tigres tiene una conexión muy fuerte con las primeras novelas de Fuentes; ellos fueron muy amigos desde los primeros años de la revolución), y Sarduy también por el neobarroco como una derivación más radical del trabajo con las figuras alegóricas, con personajes que no lo son sino que son conceptos o alegorías y por una labor con el lenguaje que está ligada con el posestructuralismo.
Cada uno por su lado colonizó una zona del boom, y fueron naturalizados por los principales artífices del boom, especialmente por el crítico central, Rodríguez Monegal, y por Fuentes. Su recepción por los otros fue más dispareja: por ejemplo, Vargas Llosa mostró interés en Paradiso, pero hizo una lectura muy limitada, prejuiciada, que le rechazaron tanto Cortázar como Rodríguez Monegal. Además, que yo sepa nunca mostró interés por Sarduy, aunque sí por Cabrera Infante.
Fuentes fue el que tuvo una recepción más completa de los escritores cubanos del boom, la cual fue muy diplomática, a veces un poco superficial, no va a fondo, como Rodríguez Monegal. Cortázar nunca se interesó en Sarduy, pero tuvo muy buena relación epistolar con Cabrera Infante, a quien admiraba. Sin embargo, su gran lectura fue Paradiso, de Lezama Lima, que fue lo que realmente le interesó.
Pero esos escritores cubanos fueron marginados e incómodos para el poder cubano, y fueron bien recibidos por el núcleo del boom, lo que agregó un mayor conflicto.
Paradiso fue una novela muy mal recibida en Cuba y fue confiscada por la burocracia cultural cubana; Sarduy fue un escritor exiliado en París, mientras que Cabrera Infante lo estaba en Londres, con posiciones muy críticas contra el régimen cubano.
Que esos escritores fueran reconocidos por el boom generó mayor malestar e incomodidad en la burocracia cultural de la isla desde finales de los años sesenta. Allí hubo otra disputa: la lucha entre la burocracia cultural cubana y el núcleo del boom por la literatura de la isla. Mientras el grupo del boom canonizaba a tres escritores cubanos, la burocracia reaccionó diciendo “estos no son los autores cubanos que valen, sino estos otros: Otero, Carpentier”, etcétera.

AR: ¿Cuáles son las lecciones que nos deja esta experiencia del boom con el régimen cubano?
RR: Veo que lo que nos expone la experiencia de Cuba es, más bien, el agotamiento de proyectos de esa naturaleza tanto en la literatura como en la política en el mundo globalizado en que vivimos hoy. Al cabo de medio siglo nos queda muy lejos aquella experiencia en un contexto de fragmentación de la identidad latinoamericana, de fuertes localizaciones en el sentido de ir a lo local en cada campo intelectual. Creo que ha quedado descontinuada o cancelada la experiencia de un tipo de escritor que aspira a una novela ontológica total que dé cuenta del ser de América Latina, y que al mismo tiempo asume funciones de representación intelectual y política.
Por otro lado, sigo pensando que la experiencia del boom nos deja la lección de la articulación fundamental entre autonomía intelectual y crítica, que son dos conceptos que vimos muy presentes entonces y que aún tienen validez en nuestros días.

*Entrevista publicada en etcétera, agosto de 2018.