jueves, octubre 18, 2018

Una apuesta por el poder. Entrevista con Porfirio Muñoz Ledo



Una apuesta por el poder
Entrevista con Porfirio Muñoz Ledo*

Ariel Ruiz Mondragón

 

Uno de los políticos mexicanos más activos de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI lo ha sido Porfirio Muñoz Ledo (Ciudad de México, 1933), quien durante casi seis décadas ha ocupado importantes cargos públicos que le han dado un lugar destacado en la vida pública del país.

Tras pertenecer a la brillante Generación de Medio Siglo de la UNAM y de realizar estudios en Francia, Muñoz Ledo ingresó al servicio público en 1958, donde desarrolló una trayectoria que incluyó responsabilidades como secretario de Estado y representante de México ante la ONU. También ha sido dirigente de importantes partidos políticos, como el PRI y el PRD, además de haber sido diputado y senador.

Se trata de un personaje polémico que ha conocido como pocos el sistema político mexicano y los intentos por democratizarlo en las últimas décadas. Por todo ello tiene mucho qué decir. Para contar parte de su carrera política el político se reunió entre 1987 y 1988 con James W. Wilkie y Edna Monzón para hacer un amplio relato de su vida hasta esa época, que ahora aparece en el libro Porfirio Muñoz Ledo. Historia oral 1933-1988 (Profmex/Debate, 2017).

Acerca de temas que se abordan en ese volumen y más, sostuvimos la siguiente conversación con Muñoz Ledo.

Ariel Ruiz (AR): En el caso de este libro, una suerte de memorias, podría decirse que usted es un coautor.

Porfirio Muñoz Ledo (PML): Es obra de los Wilkie, aunque todo lo que digo es obra mía, pero los autores son ellos (y tienen los derechos de autor, además).

 

AR: ¿Por qué hoy un libro como este, estas entrevistas de historia oral realizadas entre 1987 y 1988? En la introducción usted plantea algunos objetivos: ayudar a armar el rompecabezas del siglo pasado, reabrir el debate sobre la vida nacional y también dice que es un llamado a la insurgencia nacional.

PML: Recibí un ofrecimiento del maestro Wilkie, a quien conocí cuando yo iba a la Universidad de Los Ángeles. Consiguió los créditos para hacerlo porque esto cuesta dinero (viajes, estancias allá y acá), y una vez que los obtuvo acepté.

La intermediaria fue su asistente académica, la que le llamó la atención sobre mí, y que es una pariente lejana, Lisa Fuentes Muñoz Ledo, una espléndida profesora que participa en la obra.

Acepté y empezamos el trabajo. Yo estaba metido en el tráfago del cambio político de 1987-1988, la Corriente Democrática, y eso le interesó mucho a él. Le importaban los momentos clave de la historia de México, y se juntaron varias inquietudes: personalidades sobresalientes, búsqueda de la democracia y ruptura con el sistema. Wilkie hizo una entrevista con Juan Andreu Almazán, por ejemplo, que es interesantísima.

Iba yo, a invitación de los Wilkie, muchos fines de semana a Los Ángeles. Luego él venía a México, a una suite del María Isabel Sheraton, y allí trabajábamos, luego en cafés, en restoranes. Era muy accidentado, pero muy interesante y apasionante.

Las cosas fueron saliendo solas; al principio uno está rígido, pero después se establece una comunicación entre las ganas de saber y las de contar. Él es un hombre muy informado por todos los trabajos que había hecho sobre historia de México, y yo participo de dos maneras: como actor político y como profesor de instituciones políticas de México. Incluso entramos en periodos que yo no viví: hablamos de la educación socialista, un poco del cardenismo, del avilacamachismo, el alemanismo, el ruizcortinismo y López Mateos.

 

AR: Vayamos primero sobre su trayectoria académica. Usted fue parte de la Generación de Medio Siglo.

PML: Teníamos como filosofía prepararnos intelectualmente para después actuar en política, aunque fuese la estudiantil. Fui líder en la Universidad, presidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho de la UNAM. Pero mi generación fue una de escritores y profesores, cuyo hermano mayor fue Carlos Fuentes y el menor Carlos Monsiváis, uno mayor cinco años que yo, y el otro cinco años menor. Allí estuvieron Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Marco Antonio Montes de Oca, Eduardo Lizalde y Juan Bañuelos, por decir algunos nombres.

Fue una generación intelectual, y todos conseguimos irnos primero a Europa y después regresar, pero no sabíamos qué hacer al regreso porque nos habíamos desfasado del régimen político y queríamos cambiarlo.

 

AR: Háblenos de su experiencia europea, en Francia, al estudiar con profesores como Jean-Jacques Chevallier, Maurice Duverger e incluso oír a Raymond Aron.

PML: Para mí era impresionante. El maestro Mario de la Cueva nos había preparado admirablemente para entender las culturas europeas. Fuimos a Francia, Gran Bretaña, Alemania y España, pero la mayor parte a París.

Conocíamos a los profesores que íbamos a encontrar; a mí me tocó como director de estudios el profesor Georges Vedel, quien dejó la cátedra para irse a escribir la Constitución de la Quinta República francesa, de 1958, y me tomó por su cuenta Duverger. Éste me dijo: “No quiero que haga nada de lo que está haciendo; quiero que estudie el sistema político mexicano”. Sus estudiantes éramos como sus esclavos ya que cada uno tenía que investigar lo mismo sobre su país, y así el profesor ampliaba su información. Entonces me metió a algo casi imposible porque había muy poca bibliografía, por lo que me tardé un año en hacer la síntesis de la historia constitucional del país. Fue un trabajo arduo que dio como resultado 200 páginas en francés.

Luego, como ya no tenía beca, me fui a la Universidad de Toulouse, donde fui profesor durante un año. Trabajaba en mis clases y en la noche me dedicaba a hacer mi tesis. Se acabó el contrato de Toulouse, y podría haber renovado pero no podía hacer las dos cosas a la vez. Regresé a París y me prestaron un pequeño departamento; ya estaba yo casado con una francesa. No tenía qué comer; vino la revolución de Argelia y me halló muy delgado, demacrado y con el pelo chino, por lo que me confundían con argelino.

Tuve que regresarme a México, donde nació mi primer hijo. Entonces entré a la universidad a dar una clase de teoría del Estado. Seguí yo trabajando: traduje al francés, con ayuda de mi esposa, la Constitución mexicana (por eso la conozco línea por línea: el que la traduce la conoce de memoria). Luego ya tuve que entrar al gobierno, al que me invitó Jaime Torres Bodet.

Después me fui de consejero cultural a Francia, y hasta después tuve cargo político: el primero que tuve fue en el Instituto Mexicano del Seguro Social como secretario general. Fue no por haber hecho política sino porque mi embajador, el doctor Ignacio Morones Prieto (quien tenía una gran experiencia: había sido secretario de Salubridad, gobernador de Nuevo León, precandidato a la Presidencia), tenía un gran sentido humano, y me tomó mucho aprecio por mi lealtad en el trabajo y por habilidades que él descubrió en mí. Entonces cuando vino al Seguro Social me invitó.

Yo llevaba una vida muy precaria, con una familia que crecía en París, y decidí venirme al instituto. Él no me trajo como un cargo político sino como de confianza, pero me entregó una función, que fue la secretaría general del IMSS, que maneja las relaciones obrero-patronales. Allí empezaron mis experiencias políticas.

Ya después conocí al licenciado Luis Echeverría, fui subsecretario de la Presidencia, secretario del Trabajo, presidente del PRI y todo lo que se sabe.

 

AR: ¿Qué herramientas le dio su conocimiento académico del sistema político mexicano? En el libro menciona que usted estuvo haciendo la gran investigación sobre él.

PML: Una metodología. Duverger me dijo: “Siga el índice de mi libro Derecho constitucional e instituciones políticas”, que es una obra gigantesca. ¿Cómo yo, de estudiante, podía hacer eso, pero relativo a México? Era una inspiración. Duverger es el análisis, antes de Sartori, de la influencia de la vida pública en el derecho y viceversa. Esa fue la especialidad cuando yo estaba en París trabajando con él en el Instituto de Estudios Políticos: se reformaron los estudios de posgrado y se creó una especialidad de derecho constitucional en ciencia política, a la que el profesor acudía. Me inscribí allí para hacer el doctorado. Pero tuve que regresar a México.

 

AR: Más adelante estuvo en El Colegio de México, incluso cuando salió de la ONU en los años ochenta.

PML: Sí, estuve en el Colmex desde que regresé a México; me invitaron Daniel Cosío Villegas, luego Silvio Zavala y después trabajé con Víctor Urquidi. Cuando yo dejaba el gobierno y tenía paréntesis, volvía al Colegio.

Me invitó Urquidi a ser profesor adscrito a la presidencia del Colmex para acudir a viajes y hacer cursos en el extranjero. En los periodos que no hice política volví a ser profesor, como en 1978, que para mí fue crucial.

 

AR: ¿Cómo vinculó esa trayectoria académica con su carrera política?

PML: A mí me sirvió mucho. Yo conocía el sistema político, entonces era un magnífico asesor. El licenciado Echeverría me tenía una gran estimación porque yo tenía el conocimiento de la historia, de lo que había que hacer y de la necesidad de la renovación del lenguaje político de la revolución.

Claro que mis conocimientos académicos me fueron utilísimos en la política.

 

AR: Usted destaca mucho a Mario de la Cueva.

PML: Fue mi mentor.

AR: ¿Cómo ayudaron a formar a los políticos él o Jaime Torres Bodet, por ejemplo?

PML: Eran muy distintos. Don Mario era un gran maestro, creador y promotor de generaciones. Él fomentó la revista Medio Siglo, que pagó la Facultad. La hicieron él junto a un grupo de estudiantes después de un concurso de oratoria, y de allí hizo la directiva de la revista y luego los círculos concéntricos que se generaron con los nombres que ya te he dicho.

De la Cueva era maestro de tiempo completo. Nos invitaba a su casa, nos enseñaba música sinfónica en los aparatos de entonces y hasta a hacer martinis. Le gustaba todo lo que es el magisterio.

 

AR: ¿Torres Bodet?

PML: Era otra cosa: un gran poeta, desde luego, y también un gran funcionario. Le encantaba la precisión; no era el maestro que se da, sino el hombre que piensa, que transmite, a través de discursos, grandes lecciones civiles. Él me invitó porque me había conocido en París y habíamos discutido la reforma educativa con el embajador. Acudí a ciertas reuniones con él y empezamos a platicar; me tomó mucho aprecio, y sobre todo le gustaba platicar conmigo sobre las reformas de la universidad francesa del 56.

Cuando vine a México él se enteró y dijo: “Lo voy a meter en educación superior para que le pongamos aire a esto (con muchas dificultades porque la UNAM era muy pesada en la época del doctor Ignacio Chávez y no querían mayores reformas). Yo era partidario de un año de propedéutico, como lo habíamos ganado en la Asociación Nacional de Universidades, pero la decisión final vino en contra nuestra.

 

AR: ¿Y su relación con Daniel Cosío Villegas?

PML: Fue fantástica. Un día un amigo mío, Arturo González Cosío, lo invitó a dar una conferencia donde él trabajaba (creo que en Carros de Ferrocarril, en Ciudad Sahagún), y nos fuimos en un Renault. Íbamos platicando en el camino, y yo había leído en Francia un gran libro de Cosío Villegas, La Constitución de 1857 y sus críticos, y nos quedamos a discutir el tema del presidencialismo mexicano. Y de allí pa’l real: me invitó a comer, volvimos a platicar, etcétera. Como funcionario me tocó dar el decreto de escuela libre universitaria al Colmex y discutimos mucho los planes de estudio. Tuve con él una relación muy estrecha, muy afectuosa.

Fui intermediario entre él y Echeverría; organizamos reuniones en su casa, y de allí salió la segunda serie de la Historia Moderna de México, y fui el representante del fideicomiso.

 

AR: Me llamó la atención que usted participó en la elaboración de varios planes de estudio. ¿Cuáles fueron sus principales ideas de reforma del sistema de educación?

PML: El tema era la rigidez del sistema universitario de México que había en la UNAM y el Poli; entonces se tenían los planes de estudio de la una o del otro (la Universidad Iberoamericana puso los de la UNAM, por ejemplo). Había que darle vida: innovación educativa siempre ha sido mi lema. Publiqué un pequeño estudio en México: 50 años de revolución sobre la historia de la educación superior en el país, y descubrí que, como presidente, Emilio Portes Gil había tenido un decreto de escuelas libres universitarias, para que en la Secretaría de Educación nada más revisaran los planes y les dieran libertad. Sobre esa base le dimos el decreto al Colmex y al ITAM para generar otros planes de estudio con competencia e innovación educativas.

Si la educación se rigidiza, se va a pique.

 

AR: Torres Bodet tuvo una influencia más allá de la educación: participo, por ejemplo, en la redacción del texto del artículo tercero constitucional donde se da la definición de democracia.

PML: Él lo hizo; está en sus Memorias, donde cuenta cómo el presidente Manuel Ávila Camacho, para superar la educación socialista con el texto de Narciso Bassols (no el de Cárdenas, quien nunca habló de educación socialista), quien lo había hecho como secretario de Educación de Abelardo Rodríguez en 1933. Había que darle otro giro sin romper principios fundamentales, en aras de conversaciones con la Iglesia (que traicionó a Torres Bodet, por cierto, porque sacó un manifiesto contra él a pesar de lo que había negociado con ella y con los líderes de la izquierda: con el propio Bassols y con Lombardo Toledano, quien fue el autor de la frase “Toda la educación que el Estado imparta será gratuita”, que luego modificó Zedillo).

 

AR: En el libro usted reivindica la educación socialista…

PML: No hubo educación socialista, al contrario. Mis padres eran maestros, y yo veía los libros; nunca aterrizaron en el aula porque eran muy rígidos, muy dogmáticos. Por ejemplo, recuerdo un capítulo sobre el modernismo en literatura, y entonces eran la United Fruit y el modernismo, un asunto marxistoide, ni siquiera marxista.

Lo que hubo fue una educación nacionalista y con sentido social, pero no socialista. Fue lo mejor de la Revolución mexicana.

 

AR: Hablando del nacionalismo: usted menciona en el libro que si hay algún valor que usted ha reivindicado y ha permanecido en usted es ése, muy vinculado con Latinoamérica y con el tercermundismo. ¿Cómo se ha vinculado al nacionalismo con el autoritarismo y la democracia?

PML: Hablo de un nacionalismo democrático, pero también ha sido un gran pretexto de las dictaduras, de la derecha; por ejemplo, el nacionalsocialismo, el fascismo de Mussolini, Stalin y los regímenes posrevolucionarios, que eran muy nacionalistas pero muy duros hacia adentro. Eso cambia con la historia, y los países tienen que abrirse. No hablo del neoliberalismo ni de la globalización, sino de los derechos humanos. Todo ese tránsito me tocó en Naciones Unidas: ¿cómo abrimos a México a la crítica internacional? El nacionalismo de los países pobres no tiene por qué ser autoritario sino libertario.

 

AR: Usted dice que la historia mexicana tiene dos vertientes fundamentales: las culturas autoritaria y libertaria. ¿Ésta ha predominado alguna vez?

PML: México ha tenido muy pocos momentos en que ha ganado la cultura libertaria. Un investigador acaba de escribir en un ensayo que México ha tenido solamente tres momentos de democracia: de 1867, que es la restauración de la República, a 1872, cuando es la muerte de Benito Juárez; de 1910, con el triunfo de Francisco I. Madero, hasta el golpe de Estado de Victoriano Huerta, que son tres años, y luego de 1997 a 2002, que es cuando le quitamos el poder al Ejecutivo, tomamos la Cámara de Diputados, hicimos una vía electoral limpia; cuando logramos la autonomía de la Ciudad de México y la alternancia en el poder. Pero entonces eso lo echó por la borda el papanatas de Vicente Fox, un tipo primitivo, aldeano, concupiscente.

 

AR: En su análisis del sistema político mexicano me llamó la atención que usted se remonta a la época precolombina para explicar algunos fenómenos…

PML: Era mi curso. Di varios, también en la Escuela Normal Superior, que era Instituciones políticas de México, y se me ocurrió darla desde las civilizaciones indígenas. Luego, cuando fui al Colmex, dije: “Pues la voy a dar igual”.

Yo analizaba primero la civilización mesoamericana brevemente, para saber si había Estado o no, y el nivel de desarrollo de los aztecas, mayas y olmecas. Luego entraba al análisis de las instituciones de la Colonia, que son definitorias para la historia de México: Hernán Cortés todavía vive —si dicen que Zapata aún vive, pues él también.

Entonces examinaba cómo se formaron las instituciones de la Colonia porque el virreinato es el antecedente inescapable del presidencialismo mexicano. En el siglo XVI, en los 30 primeros años, en el régimen de los Austrias se configuran los grandes valores y tendencias del sistema político mexicano.

Lo libertario ha roto con estructuras, pero se han vuelto a imponer: Juárez terminó con algunas, pero llegó Porfirio Díaz; la revolución terminó con otras, pero llegaron el régimen posrevolucionario y el PRI. Siempre volvemos a las andadas.

Recientemente, ¿qué nos ha pasado? Fox hizo un fraude brutal, más que los de los presidentes del PRI: impuso a Calderón y luego, con maniobras increíbles que ahora están a la luz pública, como Odebrecht, se financió la campaña de Enrique Peña Nieto, un presidente ilegítimo. ¿Y ahora cómo remontamos esto? Es el tema de las elecciones de 2015 en el Estado de México y Coahuila. Este 2018 es el año crucial para la historia de México: recuperamos la democracia o el país se puede descarrilar.

 

AR: Usted habla de que hay un sedimento autoritario de la historia del país. ¿Cuál es su principal manifestación hoy?

PML: Una que nace con el caudillismo, como lo dice Luis Cabrera en las “Causas de la Revolución mexicana”, su famoso ensayo. Él habla del caudillismo, del peonismo, del fabriquismo, del financismo internacional, de todos los factores de poder, lo que ahora llamamos “poderes fácticos” y que están sobre las instituciones.

El gobierno de México administra una red de intereses que son superiores a él, y es la fachada de ella.

 

AR: Hay una parte donde usted comenta lo siguiente: “Ahora me doy cuenta de la parte negra del sistema en el que participé, y lo voy a decir: hicimos muchas cosas por el país pero le hicimos un daño enorme que fue la castración política”.

PML: Ella es el presidencialismo, y yo estoy a favor del parlamentarismo, que, como todo mundo sabe, creo que va a ser muy difícil instaurar en México. El primero es, como se ha vivido en México, un régimen esencialmente autoritario. Yo estoy por el segundo, que permite repartir las responsabilidades; pero con los partidos políticos que tenemos, ¿cómo pasar al parlamentarismo? Son cuestiones que no están resueltas aunque están planteadas.

 

AR: ¿Cómo fue el presidencialismo mexicano?

PML: Son muy distintos. Hay que distinguir por periodos históricos: de la Constitución de 1824 a la de 1857 no hubo presidencialismo sino el país de un solo hombre: Santa Anna, que fue un vector que tuvo que ver con los hacendados, los militares y la Iglesia. Fue un personaje que se movió en todos los planos en un país desarticulado y eso lo hizo el factótum hasta la revolución de Ayutla de Juan Álvarez, que condujo a la Constitución de 1857. Ésta no pudo entrar en vigor y generó dos guerras: la de Tres Años y luego la de intervención extranjera, y no lo pudo hacer.

Y es que un asunto es hacer constituciones y otra hacerlas cumplir, lo que también ocurrió con la de 1917: Álvaro Obregón tuvo que dar marcha atrás con las compañías mineras en los Tratados de Bucareli, que después Cárdenas revirtió. La del país es una historia muy dramática la del país.

 

AR: ¿Después que pasó con la institucionalización del presidencialismo?

PML: El México posrevolucionario diseñado por Cárdenas inició un ciclo histórico con Ávila Camacho, que es la transición, y luego con Miguel Alemán, elegido como el cachorro de los dos anteriores. Pero éste se fue muy del otro lado y se abrió otro ciclo con Adolfo Ruiz Cortines, que ya es el tercer periodo posrevolucionario (el primero fue diseñado por Obregón, el segundo por Cárdenas y el tercero por él), hasta que vinieron el 68, Tlatelolco, y la apertura del sistema. Así como Ávila Camacho es un periodo gozne, José López Portillo lo fue también: fue un presidente con formación académica, con otras características, con ciertos aspectos tecnocráticos aunque seguía siendo nacionalista. Pero perdió piso porque no tenía experiencia política; fui su jefe de campaña, fui secretario de Estado y lo conocí muy bien.

 

AR: En México ha habido cambios políticos, especialmente a partir de 1988. ¿Cómo ha cambiado el presidencialismo mexicano?

PML: Han perdido poder las instituciones, y han venido siendo una fachada. El presidencialismo mexicano ya no existe ya, sino una red de intereses con una máscara de poder (Peña Nieto es definitorio en esto).

 

AR: Otra parte importante del sistema lo fue el partido. ¿Cómo le veía usted en sus análisis?

PML: El partido era una parte del sistema, no el sistema. Éste era administrativo, otro financiero y la parte del partido. Yo digo que nunca fui militante del PRI sino funcionario público.

El día que comenzó su campaña López Portillo nos fuimos en un autobús a Querétaro, y me dijo: “Porfirio: ¿usted tiene credencial del PRI?”. Le dije que no. “Es usted presidente del partido”, y le respondí: “Pues me nombró el Presidente de la República delante de usted. ¿Y usted?”. “Yo tampoco”.

Entonces ni el jefe de campaña ni el presidente del PRI ni el candidato eran miembros del PRI porque no eran miembros de esa rama, la que hace alcaldes, regidores, diputados locales y federales, gobernadores, toda esa línea. Pertenecíamos a una burocracia ilustrada.

 

AR: Usted comenta que como presidente del PRI intentó hacer algunas reformas democráticas.

PML: Allí están los libros que tengo. Hicimos una comisión para democratizar el partido, de la que Rodolfo González Guevara fue el secretario, y él estaba por la afiliación individual. El primer problema del PRI era el corporativismo, y sigue siéndolo. No hay afiliación individual, es mentira; los sectores no la quieren: la CTM quiere contar con su aparato y dice que tiene cinco millones de miembros, aunque tenga dos, y la CNC dice que tiene 10 millones aunque tenga cuatro, y la CNOP dice que tiene cuatro millones aunque tenga uno.

La influencia de los sectores ha venido disminuyendo pero no ha desaparecido.

 

AR: ¿Cómo ha cambiado el partido en las últimas décadas?

PML: El partido se sometió completamente al sistema a partir de que se traicionó a sí mismo. Esto fue a partir de Miguel de la Madrid, y de allí vino la Corriente Democrática. Él hizo del partido una cosa de nada: nombró a su compañero de escuela Adolfo Lugo Verduzco, que era experto en derecho mercantil, como presidente del PRI, ¡por favor! Y trató al partido como si fuera su empleado, y entonces nosotros reaccionamos en nombre de las viejas tradiciones del partido, del cardenismo, etcétera.

 

AR: Después menciona a Jorge de la Vega Domínguez como dialoguista.

PML: Él venía del sistema, e incluso, en la época del 68 fue nombrado para el diálogo. Es un hombre de diálogo, cordial, pero del sistema, y él no pudo más. Sabía que teníamos la razón, pero lo vencía el Presidente de la República. Eso está contado en las memorias de De la Madrid. Llegamos a un momento de impasse con De la Vega; le dije: “Pídele nuevas instrucciones a De la Madrid, dile que estamos pensando en esto”; me respondió: “No quiere cambiar”. “Entonces consíguenos una audiencia con él”. Narra De la Madrid cómo Cuauhtémoc lo fue a ver y yo después también —porque nos quiso ver por separado—, y no accedió. No quería que hiciéramos una corriente dentro del PRI ni tampoco que le quitáramos el derecho al dedazo. Además sabía que criticábamos acerbamente su política económica.

 

AR: Usted habla de que hubo un rompimiento de los equilibrios en el PRI, de cómo Miguel de la Madrid y una camarilla financiera, el grupo de la Secretaría de Hacienda, se apoderó de los cargos públicos. ¿Cómo afectó esto al PRI?

PML: Él lo fue cambiando e implantó la tecnocracia; ante había un equilibrio que describo en el libro. El banquero Rodrigo Gómez era muy amigo del doctor Morones Prieto porque nacieron en Linares, Nuevo León, el mismo año; iba a jugar dominó con él cuando pasaba a París, y un día jugué con ellos y le pregunté: “¿Cómo convivían los financieros con la Revolución?”. Me dijo: “La Revolución respetaba a los financieros para no tener problemas, y nosotros la respetábamos. Sabíamos que éramos un brazo de ella”. Pero se quedaron con el poder.

Fue un error histórico de López Portillo, que me lo reconoció cuando nos veíamos muchos años después. Un día me dijo: “Porfirio, mi gran error fue haberlo sacado de Educación”. Días después, con su familia, me comentó: “Mi error fue no haberlo hecho presidente de México. Le entregué el poder a la reacción”. Le respondí: “Yo se lo quise decir, pero usted nunca me entendió”.

 

AR: ¿Cuál fue la influencia de los grupos financieros en el PRI? Usted habla de ellos desde la época de Antonio Ortiz Mena.

PML: Tenían su papel. Ortiz Mena los controlaba de buena manera en nombre del equilibrio; después Echeverría acabó con el desarrollo estabilizador, y tenía diálogo con el sector financiero, que eran los banqueros, aunque tuvo más problemas con el Grupo Monterrey.

Fui presidente de la Comisión Nacional Tripartita y yo tenía a los banqueros (a Espinosa Iglesias, a Legorreta) sentados allí, y dialogábamos. Lo que pasó es que se vinieron las crisis económicas y ellos tomaron gran poder. Fueron imprevisiones del gobierno las devaluaciones del 76 y del 82, una política económica equivocada y le dieron poder a los financieros. Se desesperó López Portillo y nacionalizó la banca, que luego De la Madrid la regresó no a sus legítimos dueños sino a los inversores extranjeros.

Luego Zedillo, con el Fobaproa, le pagó todas las deudas a los banqueros para que vendieran a los extranjeros.

 

AR: En el libro dice que usted tuvo tres orientaciones en la vida pública: la de insertarse en el sistema para cambiarlo desde adentro…

PML: Que es lo que hicimos, que es lo de López Mateos cuando, con motivo de la Revolución cubana, habló de extrema izquierda dentro de la Constitución. Yo entré con un grupo de jóvenes, y la generación se dividió en dos: fueron la revista El Espectador y el Movimiento de Liberación Nacional, y los que entramos al gobierno para crear la izquierda dentro del gobierno, el ala progresista. Estaban Alejandro Carrillo Marcor, Emilio Uranga, Enrique Ramírez y Ramírez…

 

AR: ¿Qué pudo usted cambiar del sistema?

PML: Era una carrera por dentro que desembocaba en la Presidencia de la República; al no llegar a ésta pues no cambió el sistema. Transformé cosas: el sistema laboral, hicimos los salarios más altos de la historia de México… Si cambié muchas cosas en mi esfera de competencia: el discurso de la Revolución (con Echeverría fui el jefe del equipo de asesores del Presidente y cambiamos por el discurso tercermundista), por ejemplo.

Pero al no llegar a la Presidencia no cambié el sistema.

 

AR: ¿Cuál fue el legado ideológico que le dejó la Revolución mexicana?

PML: Siendo un estudiante de Derecho en la Preparatoria 4 me dieron un seminario de Revolución mexicana, y luego en Toulouse, en Francia, lo di de nuevo para que los estudiantes de Letras pudieran explicar la novela de la Revolución. Entonces yo me metí a estudiarla muy a fondo. Soy un admirador de los hermanos Flores Magón, conozco a los precursores, la obra de Andrés Molina Enríquez, etcétera.

 

AR: ¿Cómo define el progresismo?

PML: La lucha por la justicia social. Pero no la dan: imagínese estos gobiernos, de salarios infames. Alfonso Navarrete Prida, quien pasa a ser secretario de Gobernación, ¿que hizo de la Secretaría del Trabajo? Una oficina del Banco de México, y no sube los salarios porque éste no quiere. Entonces son esclavos de la tecnocracia.

 

AR: La segunda vertiente de su actividad es la carrera internacional. ¿Cuál es su evaluación de ella?

PML: Yo desde joven tenía la visión internacional porque había estudiado en el extranjero. Luego me conecté con grandes personalidades de la socialdemocracia: tuve relación con Willy Brandt, Olof Palme, François Miterrand, Bruno Kreisky, Felipe González y, desde luego, con Enrique Tierno Galván.

Me inserté en la Internacional Socialista, que era la socialdemocracia a la que yo aspiraba y que tenía su equivalente en México. Luego se pudrió con el PRI, se abarató y se volvió una frase nada más.

Yo tuve una vocación internacional en todos los cargos que ocupé: cuando fui secretario del Trabajo luché y fui presidente de la Organización Internacional del Trabajo, y conocí a grandes personalidades.

Mi salida natural tras los cargos políticos en México era irme al servicio exterior; yo no había aceptado una embajada porque era una salida lateral. Pero cuando entró Jorge Castañeda padre en la Secretaría de Relaciones Exteriores me lo encontré en Washington, y me dijo: “¿Quieres entrar”, y le dije que sí. “Déjame hablar con el presidente”. López Portillo me dio Naciones Unidas, y allí los paré de cabeza: fueron seis años haciendo todas las travesuras del mundo. Fui presidente del Consejo de Seguridad, participé en negociaciones muy importantes, relancé el orden económico internacional, fui presidente del Grupo de los 77, etcétera.

 

AR: También participó en, por ejemplo, la Carta de los Deberes y Derecho Económicos de los Estados.

PML: Eso fue una frase de un discurso. Echeverría me pidió que preparara uno, para lo cual hicimos reuniones en Oaxtepec con los subsecretarios de Hacienda y de Industria y Comercio, Gustavo Petricioli y Eliseo Mendoza, respectivamente, para no estar contra ellos y tener una posición común del gobierno. Entonces hicimos una lista de demandas que íbamos a presentar en la ONU en Santiago de Chile, y el discurso no tenía un final.

Se me ocurrió decir, como una frase, como una idea general, que todas esas demandas podrían integrar una carta de derechos y deberes económicos de los Estados. La vio Salvador Allende y le dijo a Echeverría: “Yo voy a promover esta idea”, y lo hizo Chile procesalmente. Entonces me dijo Echeverría: “Ve a hablar con el presidente Allende porque quiere promoverla y explíquele de qué se trata”. Le dije: “Pues trata de nada; se trata de una frase, y la podemos convertir en un documento internacional”.

Hablé con Allende; Echeverría me dejó un mes en Santiago de Chile, en contacto directamente con Clodomiro Almeyda, y sacamos lo de la carta. Pero fue como una idea; de allí pasó a Ginebra, donde comenzaron a trabajar un documento, y luego pasó a Naciones Unidas. Pero lo generó la sociedad internacional; lo que hicimos nada más fue presentar la idea. La carta no es obra nuestra sino de la comunidad internacional.

 

AR: En el libro menciona a varias de las personalidades internacionales que usted conoció. ¿Cuáles fueron los tres que más le impresionaron?

PML: Fidel Castro era un tipo excepcional, y es obvio: fue el tipo más grande de América Latina en la segunda mitad del siglo XX, el más influyente, lo que es innegable.

De los europeos, el más impresionante era Willy Brandt: tenía firmeza, claridad de ideas y una gran sencillez como hijo de obreros, como exiliado en Noruega. Un hombre simple, de gran autoridad, que decía las cosas con una gran calma, que pensaba y daba tres o cuatro frases muy orientadoras. Un hombre de enorme visión de futuro.

El más salidor era François Miterrand, un hombre extremadamente brillante. Tuve una gran relación personal con él. Inteligencia, tremenda inteligencia y un sentido monárquico de la vida. Era socialista monárquico (en el sentido de los franceses, y ellos, aun los republicanos, son monárquicos, aunque guillotinaron a sus reyes).

 

AR: La tercera vertiente: ser el fundador de un movimiento de oposición, lo que ejemplifica con Vicente Lombardo Toledano. ¿Cómo le fue como político opositor?

PML: Esa es la parte que no está en este libro. Logramos lo que pudimos. Al no ganar en 1988 fue una reversión; pero luego, gracias al movimiento zapatista y a la crisis de 1994, replanteamos al gobierno la reforma electoral y logramos un primer órgano electoral autónomo aún con participación del gobierno. Después vino la negociación de 1996 con Zedillo; para llevarla en paz, negocié con él, antes de que asumiera el poder, que haríamos una gran reforma electoral. Fue el segundo momento de democracia en México.

 

AR: En el libro comenta que en sus cursos destacaba que cuando se alcanzara el paso evolutivo a la transmisión del poder por la vía democrática, ese día cambiaría la historia de México…

PML: Y no cambió. Yo siempre dije a mis alumnos que el gran libro de historia de México es Evolución política del pueblo mexicano, de Justo Sierra, publicado en 1910, donde él dice que nunca ha cambiado el poder de un bando a otro por la vía pacífica. Desde que Vicente Guerrero le ganó las elecciones a Gómez Pedraza en 1828 siempre ha habido fraude electoral. Eso dice él, y si hasta 1910 no había habido transmisión democrática del poder, pues hasta 1988 tampoco hubo. Había sido el régimen de la Revolución con diferentes disfraces, caras y orientaciones.

Entonces yo estoy juntando los dos tiempos, y México no ha cambiado. Pero el día que cambie el poder por la vía pacífica se hace la democracia.

Por eso el gran fracaso de la historia de México se llama Vicente Fox: fue un momento dramático echado a perder por él, un hombre sin ninguna formación (el “alto vacío”, como le llamaba yo en Guanajuato).

Ahora estamos frente a una elección definitoria: si hay fraude electoral, no sé qué pueda pasar en México; si hay elecciones libres, hay una posibilidad de componer al país.

 

AR: Para finalizar: en una parte del libro dice usted que de niño, leyendo libros de historia, definió su vida como estar en esos libros. Dice que usted no ha aspirado al poder ni a la riqueza sino a la historia…

PML: Sí he apostado al poder, a la riqueza no…

AR: ¿Cómo ve su propia figura en la historia?

PML: A mí lo que más me importa es que yo no he robado jamás ningún centavo ni he dejado robar. Creo que se puede controlar la corrupción porque yo, en todo cargo público que he tenido, la he impedido, en monstruos como la Secretaría de Educación. Si he salido de ellos es por combatir la corrupción.

No tengo dinero sino mi casa, y se acabó.

Tengo 60 años de vida pública, y no me he hecho rico. No ha sido mi objetivo. No he hecho un solo negocio ni directo ni indirecto, ni mi familia ha estado metida en negocios. Mi principal capital es no tener capital. Ese es el fondo.

En lo demás he sido congruente. Ese es mi legado.

 

*Entrevista publicada en etcétera, núm. 208, marzo de 2018.

jueves, agosto 23, 2018

Medio siglo de vida periodística cultural. Entrevista con Huberto Batis



Medio siglo de vida periodística cultural

Entrevista con Huberto Batis*

Ariel Ruiz Mondragón

 

Sin lugar a dudas, uno de los personajes más legendarios, reconocidos y provocadores del periodismo de nuestro país lo es Huberto Batis, extraordinario promotor y animador de publicaciones y programas que son referentes indispensables para conocer la cultura mexicana.

Con una labor que ya tiene alrededor de medio siglo, Batis (Guadalajara, Jalisco, 1934) ha sido editor y director de revistas y suplementos culturales de gran relevancia de nuestro país, entre los que podemos destacar Cuadernos del Viento, la Revista de Bellas Artes y Sábado. Además, fue investigador en instituciones como El Colegio de México y la UNAM. Por su importante labor recibió la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2010.

Etcétera sostuvo una animada conversación con el maestro Batis, quien relató libremente episodios de su vida en las publicaciones culturales.

 

AR: ¿Cómo se inició en el periodismo cultural?

HB: Toda mi vida, desde estudiante, me he dedicado a hacer revistas literarias, porque no había dónde publicar cuentos y poemas; nos publicaban un cuento y un poema cada año, aunque nos pedían que hiciéramos reseñas de libros o de cine, por lo que nos convirtieron en críticos cuando éramos muy jóvenes a ignorantes.

Sin embargo, eso formó un espíritu de examen y de exigencia, que hoy no veo por ninguna parte; los jóvenes dejan pasar todo, no les importa y no hay una actitud crítica.

Yo comencé con una revista en mimeógrafo cuando era estudiante de secundaria en Guadalajara; luego, cuando estaba en la preparatoria de los jesuitas publicaba cuentos en la revista del Instituto de Ciencias de Guadalajara, y también lo hacía en los periódicos de esta ciudad El Informador y El Occidental. También publiqué en otras revistas de la Ciudad de México textos que enviaban mis amigas: les daba poemas, los mandaban y los publicaban en la Revista de la familia, que era una publicación que compraban las muchachas para tejer y cortar vestidos. Pero hasta esa revista tenía una sección literaria y estaba abierta a publicar los poemas que sus lectores de provincia mandaban; fíjate nada más qué maravilla.

Después, cuando entré en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, hacíamos una revista a máquina que se llamaba Folklore, pronunciada a la alemana y que no tenía nada de folclórica; nos parecía bonito el nombre. Posteriormente llegué a Letras y a Difusión Cultural, y conocí a Carlos Valdés, a Juan García Ponce, a Juan Vicente Melo, a Inés Arredondo, a José de la Colina, a José Emilio Pacheco, a Carlos Monsiváis, etcétera. Todos publicábamos en la Revista de la Universidad de México o en los Cuadernos de Bellas Artes, que dirigía el doctor Elías Nandino, poeta de Jalisco que era un epígono de los Contemporáneos, un poeta homosexual que era médico de Lecumberri para poder ligarse allí a los presos, y que murió de noventa y tantos años.

Valdés y yo hicimos la revista Cuadernos del Viento; editábamos en papeles de colores porque nos vendían remesas de papel bond más barato, pero eran pliegos grandes y de colores. Entonces, podías encontrar un número en verde, azul y en amarillo; sólo el último número lo hicimos en papel blanco, como se debe. La revista duró siete años, fíjese nada más qué proeza, de 1960 a 1967. En este año mis maestros Agustín Yáñez (quien dirigía la Secretaría de Educación Pública) y José Luis Martínez (director del Instituto Nacional de Bellas Artes), me invitaron a hacer la Revista de Bellas Artes, donde duré seis años.

Por lo anterior, heredé la revista Cuadernos del Viento a un grupo de jóvenes, quienes ya no se pudieron coordinar para seguir haciéndola, pese a que ya habíamos consolidado un sistema de patrocinios, de anuncios de las instituciones que nos permitía incluso regalar la revista. Al principio la vendíamos y al final la regalábamos porque cobrar era un problema, no porque no quisieran dar el dinero sino porque teníamos que andar por todas partes; no había el sistema de depositar en una cuenta de banco o de hacer un giro, por lo que cobrábamos de mano en mano. En la Universidad esto era fácil, y mis compañeras me ayudaban a vender. El poeta, escritor y narrador Jorge Arturo Ojeda, quien fue discípulo e imitador de Juan José Arreola, me ayudaba a vocear la revista en la Facultad de Filosofía y Letras, y la vendía o la regalaba.

Llamó mucho la atención lo que habíamos logrado tantos años, y por eso me dieron la revista institucional; fue una especie de tentación para los jóvenes y todos seguimos publicando en la Revista de Bellas Artes. Juan García Ponce era el director de la Revista Mexicana de Literatura; antes de él la hacían Antonio Alatorre y Tomás Segovia, pero la habían fundado Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes. Esa revista se acabó más o menos igual que Cuadernos del Viento, en 1966.

En ese entonces nos peleamos en buena lid Juan Vicente Melo y yo; él escribió en la Revista Mexicana de Literatura un artículo que se llamaba “Lo que el viento se llevó”, en el que se burlaba de nuestra revista, y nos decía que cómo podíamos publicar a tan malos escritores, como los nacos de José Agustín, Gustavo Sainz, René Avilés Fabila, etcétera. Yo le contesté que esos nacos también eran escritores y que eran importantes —y lo han sido. Pero había un clasismo terrible en ese tiempo: había una “aristocracia del espíritu”, como le llamaban, y que era la pedantería de nuestros maestros, de Jaime García Terrés, de los González Casanova, hasta de Rubén Bonifaz Nuño y no se diga de Octavio Paz.

Había una distancia entre Paz y la naquiza; allí están su pelea con Monsiváis y las críticas que le hizo José Joaquín Blanco. Todavía hay algo de eso recientemente en Proceso, en la entrevista que le hizo Rafael Rodríguez Castañeda a Enrique Krauze, en la que el primero está preguntando otra vez lo mismo.

 

AR: ¿Esa distinción ha seguido?

HB: Krauze ha heredado la revista Vuelta, que cambió de nombre y la hizo distinta, Letras Libres, en la que todavía hay problemas; por ejemplo, Enrique Serna escribió una reseña sobre mi trabajo como editor y la llevó. Cuando salió el número, Krauze y Gabriel Zaid por poco se mueren del ataque, y llamaron a Serna y le dijeron que no lo podían publicar por haberse ocupado de mí, y Enrique les mentó la madre. Pero luego en dos o tres números lo volvieron a admitir.

Pero Serna se fue a Nexos, donde aún tienen la misma actitud de la pelea continua con Vuelta, y tenemos a Carlos Fuentes unido a las gentes de Nexos haciendo conferencias y coloquios de intelectuales, porque ellos están excluidos de lo que hacían Paz y Krauze en Televisa. Se marcan esas diferencias.

 

AR: Para continuar con su trayectoria, ¿qué pasó después?

HB: Te quiero contar que, siendo un niño de 19 o 20 años, publiqué mis primeros artículos en México en la cultura, de Fernando Benítez. No me llevó nadie, ni fui recomendado; envié los textos, simplemente aprovechando la coyuntura periodística de la muerte de algunos pintores o escritores, y Fernando era increíble para eso: inmediatamente le daba lugar a la actualidad, al informe fresco. Publiqué con él desde los 20 años en México en la cultura, y luego en La cultura en México en Siempre!, hasta que chocamos por un conflicto terrible que hubo en la UNAM entre Gastón García Cantú y Melo en la Casa del Lago. El primero acusó al segundo de “homosexual” y de “borracho”, y entonces lo defendimos un montón de sus amigos y compañeros, y terminamos renunciando a la Universidad. En ese entonces García Cantú era director de Difusión Cultural, y le tuvimos que renunciar a Javier Barros Sierra, quien nunca entendió de qué se trataba el conflicto estúpido con Gastón, quien era un dizque liberal del siglo XIX, y de quien se decía que se ocupaba en contar las lentejuelas al vestido de la china poblana. Decía Benítez que lo había encontrado en la Biblioteca Palafoxiana; era, yo creo, sacristán o algo así. Se lo trajo a México, y García Cantú escaló hasta llegar a Difusión Cultural y luego al Instituto Nacional de Antropología e Historia, donde fundó un grupo de intelectuales muy fuerte: Monsiváis, Pacheco y muchos jóvenes.

Benítez, por su parte, le dejó el suplemento de Siempre! a Monsiváis; los otros, los que nos peleamos con Benítez porque no quiso publicar nuestros artículos en defensa de Melo, nos retiramos y nos quedamos en la Revista de Bellas Artes un tiempo. También trabajamos en el Comité Olímpico escribiendo artículos; yo fui el coordinador editorial de las publicaciones, y me llevé a Pepe Revueltas, a Alí Chumacero, a Augusto Monterroso, a Emilio Carballido, a Melo, a García Ponce, a José de la Colina. Todos escribimos de la Olimpiada Cultural, cuando inventaron esa doble Olimpiada.

Luego cada uno se dedicó a su obra; mi generación se enfermó mucho, todos murieron jóvenes, de 50 o 60 años. Tuvieron enfermedades terribles: Melo, cáncer en el cerebro; Inés Arredondo, operaciones tremendas en la columna vertebral que la inmovilizaban; Juan García Ponce, esclerosis múltiple. Luego decían: “El único sano es Batis”, e Inés respondía: “Pero ése está de manicomio, está peor que todos”. Bueno, esa locura nos permitió vivir.

 

AR: Pero en los años setenta se fundaron varias publicaciones culturales importantes.

HB: De repente ocurrió la tremenda expulsión de los escritores de Julio Scherer de Excélsior, de Jorge Ibargüengoitia y también García Cantú, por ejemplo, y fundaron Proceso. De allí después se salió García Cantú y regresó a Excélsior, en primera plana, con su mujer, la señora Martha Robles. Entonces nosotros quedamos un poco al garete, y fue cuando Manuel Becerra Acosta fundó el unomásuno. Llamó a Benítez para dirigir el suplemento de cultura, Sábado; Fernando tenía ganas de influir en el diario mismo. Su sueño era dirigir un periódico, y pues le dejaron el suplemento cultural. A Colina y a mí, que antes habíamos pasado un rato en el suplemento de El Heraldo de México, con Luis Spota, nos llamó Benítez y nos dijo: “No tengo amigos escritores; no tengo a Monsiváis, a García Cantú, a José Emilio Pacheco” (no los tenía porque estaban en Proceso). Agregó: “Hay que apurarnos a hacer algo con ustedes, que son unos pendejitos”. Nos veía con mucha distancia.

Entonces Colina y yo le metimos candela al suplemento, que empezó muy bien. Él traía materiales de Vuelta: traía colaboraciones de Paz, de Zaid, de Krauze, de Julieta Campos, de García Ponce, mientras que yo traía textos del lado académico, de la Universidad. Así que mezclamos un poco los escritores, digamos, por la libre, con los de la academia. Resultó una buena mezcla.

Yo les aposté siempre a los jóvenes, y Benítez también. Decía él que el suplemento era una escuela, y decíamos: “Tráete a tus niños y hacemos un suplemento”. Allí duramos 25 años.

 

AR: ¿Qué escritores jóvenes recuerda de entonces?

HB: Los alumnos míos entonces eran Guillermo Sheridan, Adolfo Castañón (fíjate, ahora es un académico de la Lengua) y Marcelo Uribe (que dirige Era), entre otros. Yo tenía un taller de revistas literarias en la Facultad de Filosofía y Letras, donde fueron mis alumnos. Todos terminaron haciendo muy buenas cosas. A Sheridan ahora le van a dar el Premio Benítez en la FIL de Guadalajara; él fue mi candidato durante cinco años y finalmente logré que ganara. ¿Qué méritos tiene? Nada menos que haber hecho la Revista de la Universidad con Hugo Gutiérrez Vega, con Arturo Azuela. Pero pues tú sabes que los directores son los que menos chambean en una revista; los de la redacción son los que llevan el peso.

 

AR: ¿Cómo se hizo usted director de Sábado?

HB: Pues por default cuando Benítez decidió irse por la ruptura entre Becerra Acosta y Carlos Payán, Héctor Aguilar Camín y Miguel Ángel Granados Chapa, quienes se fueron a hacer La Jornada. Benítez decía: “Tenemos que irnos para allá, porque aquí no quedó nadie”; pero pues nadie era un montonal de gente, 450 personas. A él se lo ganaron, y se fue.

Entonces yo dije: “Yo me quedo”, y bajé a dirigir Sábado. Me tocaron muchos años muy buenos, de gran libertad, sobre todo cuando Becerra Acosta fue expulsado de México por Carlos Salinas, por Beltrones (quien fue el testaferro de Fernando Gutiérrez Barrios en Gobernación), a quien mandaron a echar a Becerra de México.

Entonces me quedé con Sábado. Y lo llevé a su ruina, porque acabaron cerrándomelo y quitándomelo los sujetos siniestros que llegaron después de Luis Gutiérrez, quien me apoyó enormemente. Llegó un tal Manuel Alonso, que había sido jefe de prensa de Salinas de Gortari, y el miserable viejo acabó con Sábado diciendo que era una porquería pornográfica y cochina. Y nos lo quitaron. Vino Mauricio Montiel, también de Guadalajara, como yo, quien había hecho suplementos allá, y vino con la consigna de acabar con todos los de Sábado, de no publicarle a nadie. Pero él nada más salvó a Guillermo Fadanelli y a mí; nos dijo: “Ustedes pueden seguir publicando”. Se tuvo que hacer un suplemento sobre todo con plumas extranjeras. Hizo un suplemento de muy buen nivel, pero el nuestro se murió.

 

AR: Pero siempre estuvo en Sábado.

HB: Octavio Paz vino del extranjero después de su pelea con Gustavo Díaz Ordaz por la matanza de 1968; él era el embajador de México en la India, y renunció; fue el único que alzó la voz. Se quedó en Estados Unidos a vivir de dar conferencias.

Ahora Krauze, en la entrevista de la que hablamos, dice que Scherer salvó a Paz porque se lo trajo a México, y le dijo: “Haz una revista cultural de Excélsior”, y le dio a hacer Plural, y de esa manera lo libró de andar rodando por el mundo dando conferencias. Entonces Octavio se centró, y vino y se rodeó precisamente del grupo de escritores al que yo pertenecía; nos llamó, a mí también. A mí me llamó Kazuya Sakai, que era su jefe de redacción, y me dijo que Paz quería que escribiera con él, que abandonara a Benítez y a Sábado. Yo le dije: “No, estoy más a gusto con Benítez; yo con Paz no sé de qué se va a tratar”, aunque fuera un gran nivel. Sabía que era dictatorial y que los textos los corregía, y rechazaba lo que no le convenía a él según su criterio.

Con Benítez era una cosa totalmente libre, plural y seria; podíamos publicar todo, incluso a la gente de Vuelta y de Nexos —éstos se habían apoderado de unomásuno. Entonces de repente Paz decretó que el unomásuno era un periódico de izquierdas, y que se iban a salir de allí; le dijo a Colina que se saliera, y nos invitó a hacer un suplemento en El Universal bajo la dirección de Eduardo Lizalde. Yo no me fui, me quedé; Colina sí se fue, y lograron hacer un muy buen suplemento. Después de El Universal, Miguelito Alemán le dio un suplemento en Novedades, y allí Colina estuvo también más de 20 años, pero con un grupo reducido de escritores fijos; tenía muy poco espacio, y no tenía la garra que tenía el Sábado. En éste llegamos a vender 32 páginas; imagínate la enorme cantidad de publicidad, mientras que a él en Novedades le daban ocho páginas. Estaba jodido por completo.

 

AR: ¿Cuál es el gran legado que Sábado dejó al periodismo cultural?

HB: Yo no sé si dejó un legado, pero todos los que escribían en Sábado están escribiendo por su cuenta en alguna parte, y han triunfado, como Serna y Sheridan, que son mis gallos en primerísimo lugar; Alberto Ruy Sánchez, que es un gran escritor y que además editó la revista Artes de México, increíble. Sheridan se quedó en Vuelta; Octavio Paz le dejó la Fundación Octavio Paz, y luego él se rebeló a las pillerías de la señora Mari-Jo, viuda de Paz, que estaba desapareciendo los tesoros de la Fundación, de la biblioteca de Paz, enviándolos a Princeton. Sheridan la denunció y le quitaron a la señora la Fundación y ésta se acabó. Nomás le dejaron que dé honoríficamente el premio Octavio Paz; la fundación se la dejaron a este señor Miguel Limón Rojas, que fue secretario de Educación.

Conseguí tener una plantilla de jóvenes reseñistas de primera, como Marco Antonio Campos, a los que ves escribiendo también donde pueden, porque los escritores tradicionales pues encuentran su lugar siempre. Ahora están en el suplemento que está haciendo Gutiérrez Vega en La Jornada. Este suplemento ha pasado por tantas manos, y no le atinan; por ejemplo, cuando era revista y la dirigía Roger Bartra era extraordinaria, pero era más de sociología, tecnología, menos de literatura.

 

AR: ¿De las actuales, qué publicaciones le gustan?

HB: A mí me gusta mucho el suplemento de Milenio, que hace José Luis Martínez Sánchez, que es un poco lo que hacía yo en Sábado, muy abierto. Muchos de mis colaboradores están allí con él, entre ellos Xavier Velasco, que era mi crítico de rock y que ahora es un escritor de éxito, un gran novelista que anda por todo el mundo haciendo un ruido tremendo.

Me gusta el de Gutiérrez Vega, que a veces es pesado, y luego también las firmas fijas, estos escritores de textos chiquitos que a los que les dicen “te voy a publicar una cuartilla a la semana”, y acabas infectado porque son un poco parásitos, ¿no? Gente que hace muy buenos textos, y luego los reúnen en libros, pero cosas muy pequeñitas. La poesía, al contrario, es el gran problema: los poetas no tienen lugar en ninguna parte.

Por supuesto, leo con gran tedio Nexos: qué barbaridad, qué cosa tan pesada; cuando la hizo José Woldenberg, peor. Por fortuna, Aguilar Camín regresó para salvarlos.

Pero Letras Libres es igual; yo la compro para leer a Sheridan, a Serna, a Hugo Hiriart (que escribió muchísimo con nosotros en Sábado, gran escritor). Éstos están fijos en Letras Libres, pero luego está el refriteo continuo de tanta cosa que hay allí desde hace 30 o 40 años, y allí siguen firmes.

 

AR: ¿Cómo le ha ido con la censura?

HB: En la revista Vuelta, por ejemplo, a García Ponce no le publicaron unos artículos en donde polemizaba con Mario Vargas Llosa. Éste había escrito sobre erotismo, y García Ponce le ponía una revolcada tremenda; pero Zaid y Krauze convencieron a Paz de no publicar eso.

Entonces García Ponce renunció a Vuelta; pero no lo dejaron ir, siempre dejaron su nombre allí, pero nunca volvió a publicar. Pero se vino a Sábado. Su artículo sobre Vargas Llosa se publicó en Sábado, y Vargas Llosa le contestó y se extrañó mucho de que García Ponce no estuviera en Vuelta. Fíjate que pieza gané: García Ponce escribió cada mes un gran ensayo o un gran cuento, y además se leía Sábado de arriba a abajo; era muy crítico, y guiaba mucho, me decía lo que le parecía todo. Lo veía una vez a la semana, y me decía: “Estás loco: pinche Sábado, está horrible”.

Creo que cuando hay alguna ideología y unas líneas políticas, pues estamos perdidos. Fíjate, una gran época del suplemento de La Jornada fue cuando lo hicieron Juan Villoro y Ricardo Cayuela, fue una estupenda época; sin embargo, los maltrataron, los regañaron, les censuraban todo. Carmen Lira es una comandanta terrible, y pues tuvieron que dejarlo. No hicieron escándalo, pero pues esa fue la razón por la que se fueron: muchas cosas no se las permitían publicar.

Siempre ha sido eso: en El Día había un suplemento estupendo, El Gallo Ilustrado, el que en una época dirigió Emmanuel Carballo, al que también coartaron: la señora Socorro Díaz le impidió publicar una cosa mía, por lo que Carballo dijo: “Están jodidos”. Se sacó los textos del periódico e hizo un libro que se llamó Lo que Cuadernos del Viento nos dejó, una especie de memorias que hice yo de esa época. A Carballo le había parecido hacer todo un suplemento con eso, y Socorro Díaz le dijo: “De ninguna manera, eso no se puede”. ¿Por qué? Porque yo, maestro de Filosofía y Letras, cuando murió el director de El Día, Enrique Ramírez y Ramírez, dije: “Ha muerto el señor pleonasmo” (así le decía Benítez). Entonces entre mis alumnas estaba la hija de aquél, y salió llorando del salón; hubo un montón de escuinclas que me dijeron: “Pelado, miserable, se está usted burlando del papá de nuestra amiga”.

Por esa razón Carballo dejó de hacer el suplemento, porque Díaz dijo: “No, este cuate se burló de don Enrique Ramírez y Ramírez”. Luego Carballo me invitó a hacer un programa en Radio UNAM cuando Fernando Curiel era director de Divulgación Cultural; entonces tuvimos una época muy buena al aire, sin censura, y decíamos un montón de majaderías, y tuvimos mucho éxito. Pero cambió la política y llegó un señor Galindo a dirigir Radio UNAM; entonces, en una ocasión me preguntó Carballo en el programa: “¿Qué te parece la Revista de la Universidad”. Le dije: “Pues es una revista familiar”; “¿Cómo familiar?”, “Sí: dirige Julieta Campos, la gobernadora de Tabasco; luego, le pone dentro a la revista un suplemento que escribe su marido, Enrique González Pedrero”. Ellos han engendrado un hijo que escribe de vampiros, que se llama Emiliano, y yo un día le puse “González Campos”, y por poco se muere de la ira, porque me dijo “no quiero deberle nada a mis padres”. Además, era novio de una muchachita muy linda, hija de Manuel Barbachano Ponce, y era poeta y también publicaba en la revista.

Además, dije que cuando Julieta Campos venía de Tabasco a la Ciudad de México a alguna junta o cena con Octavio Paz, antes se iba a peinar a Nueva York, y después ya venía. De eso me enteré y creo que lo dijimos.

Otro pecado muy grande que nadie nos perdonó fue que hablábamos bien de Elena Garro; eso ya era el colmo. Decir que era una gran escritora no lo podían tolerar. Así que el señor Galindo recibió órdenes y nos dijo que nuestros programas ya no iban a ser en vivo, que los íbamos a grabar y que ellos lo iban a censurar. Entonces Carballo le dijo: “Es usted el Cavernario Galindo”, y nos fuimos y nunca regresamos.

La censura está en todas partes, no te permiten decir nada. Por ejemplo, Vicente Leñero publicó Los albañiles, y ni a Carballo ni a mí nos gustó y lo criticamos; sin embargo, Joaquín Díez-Canedo lo mandó a España y le dieron un premio importantísimo. Entonces pasamos a ser unos alacranes ponzoñosos que están en el pantano esperando a que los escritores aparezcan para hundirlos y picarlos. Eso ocurrió en los años sesenta; pero hace poco le entregaron la medalla de Bellas Artes a Leñero, junto con José Agustín, y estuvo a punto de repetir que el mundo está lleno de alacranes terribles. Da un poco de tedio que se hagan eternos esos pleitos.

Yo, por ejemplo, escribí una nota sobre De perfil, de José Agustín; Luis Spota, que no sé por qué razón lo odiaba, la publicó en el suplemento y la ilustró con un burro de perfil, lo que indignó mucho a José Agustín.

En casi todos los libros aparezco lleno de insultos, hecho famoso por ese burro que publicó Spota, del que ni siquiera fui el responsable. Pero yo creo que a mí sí me gustaba el libro; La tumba me gustó mucho, que nosotros le celebramos a José Agustín enormemente, como lo hicimos con Gazapo, de Gustavo Sainz. Con éste he llevado una buena amistad toda la vida, aunque casi no puedo seguirlo porque escribe un libro anual, grandes libros, todos en nuevos estilos, experimentos tremendos, lo mismo que José Agustín. Qué trabajadores son.

A mí me dijo en una ocasión Pablo Soler Frost que su mamá, la filósofa Elsa Cecilia Frost, y su papá, Martí Soler, habían ido a una comida de intelectuales, y que allí había salido a colación Sábado, y que todos habían decretado que era una porquería inmunda, que había que acabar con él y que tenía los días contados. Esto era porque nosotros permitimos mucha libertad y que se peleara la gente; en los desolladeros permitimos que hubiera opiniones encontradas sobre una misma cosa, y toda esa búsqueda de libertad pues no te la perdonan tampoco. En Vuelta puedes encontrar un artículo de García Terrés donde dice: “Ya es hora de acabar con el diario de los de-batis”. Lo publicó Paz, y yo dije: “Pues ya me llevó la chingada”.

Pero pues todavía vivimos unos años, hasta que llegó el señor Alonso con su cimitarra y nos cortó la cabeza. Y acabó con unomásuno también: como no ganó Francisco Labastida, ¿quién se lo iba a pagar? Entonces se lo vendió a un personaje de Arturo Montiel, el del Estado de México, Naim Libiem Kaui, quien llegaba y nos decía: “Si ustedes creen que salen a buscar la noticia, están muy equivocados; ¡ustedes tienen que salir a buscar lana, y si no la traen, ni vengan!”. Hicimos una huelga, la que ganamos legalmente; nos dijeron “allí está el edificio, están las máquinas y a ver qué hacen”. Dijimos que sería bueno volver a echar andar el periódico, y no, ya es imposible.

 

AR: ¿Tiene algún proyecto?

HB: Ya estoy al final de mi vida, tengo 77 años (aunque quiero decirte que Benítez vivió hasta los noventa, y murió trabajando, escribiendo, haciendo periódicos y revistas). Yo quisiera hacer algo en internet porque es el nuevo camino. Veo que casi todos los escritores tienen su blog y todo mundo tiene su revista personal, y eso es una maravilla. Lo que es impresionante, por ejemplo, es que Sheridan escribe un artículo en Letras Libres, y le contestan y no tienes ni tiempo de leer los insultos que le mandan. Es impresionante que la gente pueda opinar y responder; pero todavía nos falta algún método para poder leer a tanta gente.

 

*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 133, diciembre de 2011.