martes, mayo 29, 2007

El chiste, forma de protesta no subversiva. Entrevista con Samuel Schmidt


El chiste, forma de protesta no subversiva *
Entrevista con Samuel Schmidt


Ariel Ruiz Mondragón
Las formas que adoptan la inconformidad, el malestar y la resistencia frente al uso y abuso que del poder político hacen sus detentadores, son muy variadas: van desde casi silenciosos reclamos de escasa repercusión hasta reacciones violentas que buscan cambiar el estado de cosas por la vía de las armas.

Una de esas formas, que podríamos situar entre los extremos señalados, es la de un recurso bastante gozoso: la utilización del humor, cuyo principal producto es la risa. Entre las expresiones del humor se encuentran, entre otras, la caricatura, la sátira y un ejercicio verbal que implica gran ingenio y capacidad de síntesis: el chiste.

Los chistes ridiculizan a personajes y situaciones de los más diversos ámbitos, y la política no podía ser excepción. Desde hace ya algún tiempo el politólogo Samuel Schmidt ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a la recopilación y análisis de los chistes políticos, y como resultado de ello el año pasado publicó un par de libros: En la mira. El chiste político en México (México, Taurus) y Chistes étnicos. La risa de todos contra todos (México, Punto de Lectura).

Acerca de esos libros sostuvimos un intercambio virtual con el autor, con quien tratamos los siguientes temas: el chiste como reclamo y las respuestas que obtiene, su carácter político y su origen elitista, la forma que entiende y expresa la política, su entendimiento como forma de participación, el chiste como autocrítica societaria y su lugar en la cultura política democrática.

Samuel Schmidt es politólogo, autor de más de siete libros y coordinador de otros dos. Ha colaborado en diversas publicaciones periódicas, tales como La Crisis, Milenio diario, El Heraldo de Chihuahua, La Opinión de Los Ángeles, Siempre! y La Crítica, además de dirigir el semanario El Reto.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir y publicar estos libros de y sobre el humor?

Samuel Schmidt (SS): ¿Por qué no? Uno investiga sobre temas que le parecen importantes y termina escribiendo libros y no falta una editora que se aviente a publicarlo.

Por otra parte no me veo escribiendo un libro para no publicarlo.

AR: A lo largo de En la mira, usted señala que los chistes políticos muestran las zonas y temas de malestar que el pueblo tiene respecto de la actuación del gobierno y de los políticos. Más allá de despostillar la imagen de éstos, ¿alguna vez han logrado provocar una reacción de éstos en torno a los problemas planteados en los chistes? ¿Han sido atendidas esas inquietudes sociales?

SS: Los chistes no son pliegos petitorios a los que deben responder los políticos.

AR: Usted afirma que el chiste político tiene elementos de resistencia, que puede considerarse una forma de rebelión aunque no busca derrocar gobiernos, sino corregir sus errores. ¿Tiene contenidos realmente subversivos, que de alguna manera busquen cambiar el estado de cosas, o más bien termina siendo conservador, sobre todo en su función terapéutica de desahogo de frustraciones políticas por la cerrazón y la manipulación políticas que enfrenta el ciudadano?

SS: El chiste envía mensajes sobre los temas que le molestan, y la gente de alguna manera podría esperar que se hagan correcciones, aunque hay problemas como la corrupción cuya importancia estructural difícilmente enfrentaría una respuesta.

El chiste no es subversivo. Es una forma de protesta que no intenta subvertir el orden público. Aunque sin duda que tiene un gran poder catártico. Y por eso en efecto no atenta contra la estabilidad.

AR: El origen de la mayor parte de los chistes políticos lo ubica usted en una elite urbana, con alta escolaridad y en pleno uso de las tecnologías de comunicación modernas, por ejemplo. En ella están políticos, académicos, líderes de opinión, etcétera. De allí que usted habla, en clara referencia al folklore, más bien de un elitelore. En ese sentido, ¿cómo es que quienes no pertenecen a esa elite terminan contando y adoptando esos chistes?

SS: Yo hablo del elitelore y sostengo que el chiste circula gracias a las elites. Las elites no viven aisladas y su información “baja” a los otros niveles, los que toman lo que les conviene o les interesa.

AR: Como postula, el humor expresado a través del chiste político puede ser una vía de conocimiento de la historia, del acontecer y de la cultura de la política. Pero también el chiste simplifica necesariamente las situaciones. En este sentido, ¿no se convierte con ello en un obstáculo para una mayor comprensión de la política?

SS: El chiste no simplifica las situaciones, lo que simplifica es el mensaje. No interfiere con la política ni con su comprensión, y en cambio aporta una visión alternativa para entender a la política o para atacar a los políticos. Lo que sin duda es bastante más sano y justo que lo que hacen los políticos con la sociedad y la política.

AR: Hay partes del libro en que usted afirma que el chiste político es una forma de participación, que de alguna manera llega a sustituir la participación electoral, por ejemplo. También establece que la participación abierta fortalece el consenso y la legitimidad, mientras que formas subterráneas como el chiste erosionan esos elementos. Además, tomando en cuenta que al dar una imagen fundamental si no es que puramente negativa de prácticas, valores y personajes de la política (en muchos casos muy justificada), ¿no también a la vez de causar risa ahuyenta al ciudadano de una participación política más efectiva y relevante?

SS: ¿Por qué asumir que el chiste no es una forma de participación efectiva y relevante? Tal vez no lo sea para los políticos pero sin duda que lo es para los ciudadanos.

Le hizo mucho mejor al país la parodia de Martita Según que los estropicios de Martha Sahagún. Y nunca he oído que Raquel Pankowski tenga que dar explicaciones sobre sus acciones.


AR: En su libro hace usted un recuento de las características que diversos autores han atribuido al mexicano: tortuoso en su comunicación, es mentiroso, desconfiado, incrédulo, envidioso, no acepta culpas, abusa del poder cuando lo tiene, carece de credo democrático, etcétera. Si así fuera, ¿no se parece demasiado el mexicano a los políticos de los que se burla a través de los chistes? ¿En los chistes hay algo de autocrítica societaria?

SS: Si la hay; al reírse de los chistes por los mismos males que él tiene, el que cuenta chistes está tal vez reconociendo que es parte de un sistema con serias fallas. Pero tal vez la mejor síntesis sea el aforismo de Jerzy Lec, “Odio a mi enemigo porque se parece tanto a mi”. La versión nacional es “Odio al político porque se parece tanto a mi”.

AR: Sobre los chistes étnicos, que también tienen mucho de políticos. A mí me parece que en muchas ocasiones ayudan a reforzar estereotipos discriminatorios de tipo racial o de clase, por ejemplo. Usted cita chistes norteamericanos de mal gusto sobre los mexicanos, otro de desprecio hacia los indígenas, y en Chistes étnicos hay algunos muy fuertes sobre (o más bien contra) los iraníes. En su opinión, ¿cuál es la frontera entre un chiste gracioso y hasta cierto punto inofensivo, y uno que sea una agresión que refleje y promueva prejuicios discriminatorios? Esto evitando, por supuesto, la censura por consideraciones políticamente correctas.

SS: No hay frontera entre el chiste grosero, agresivo y ofensivo. Esa es la finalidad del chiste. La condición de ser políticamente correcto está bien para aquellos que llevan cargando su culpa, para los que se quieren reír el chiste es un gran mecanismo.

El chiste seguramente no volverá racista a nadie, aunque el racista seguramente no podrá reír, porque lleva una inmensa cantidad de odio dentro de si.

AR: En alguna parte del libro usted establece una correlación entre chistes políticos y democracia: a mayores libertades democráticas, mayor florecimiento de chistes. Pero estos se han cimentado mayoritariamente en condiciones de corrupción, autoritarismo, cierre de canales de participación abierta, falta de transparencia, el centralismo y personalismo en el ejercicio del poder, elecciones no competitivas y fraudulentas, etcétera, en las que, bien que mal, ha habido avances aunque sea precarios. En esa dirección, y tras lo dicho en su libro, ¿considera usted que los chistes políticos puedan contribuir a generar una cultura política democrática entre la ciudadanía?

SS: Los chistes son resultado de una cultura política y como factor transgresor refuerzan una cultura de la oposición y enfrentamiento a la imagen sacrosanta de los políticos.

Sería pecar de optimista pensar que una forma de resistencia, como el chiste, lograra dar al traste con la corrupción y la historia de abuso sobre la que se sienta la política. Pero no deja de ser un remanso de libertad el poder agredir a los políticos, desnudarlos, -aunque sea a escondidas- parea solaz social. Esto NUNCA podrá lograrlo la política y mucho menos como la conocemos.

AR: Para finalizar, por favor díganos qué chiste político le parece que sea el más representativo de la concepción que la sociedad tiene de la política mexicana.

SS: Le llega un telegrama a un presidente municipal en la Sierra de Guerrero que dice: “Movimiento telúrico, trepidatorio localizado en su zona. Envíe informes”.

Después de siete largas semanas llega la respuesta:

“Movimiento sofocado. Telúrico muerto, Trepidatorio y quince cabrones más se dieron a la fuga pero los seguimos de cerca. Mientras tanto no enviamos informes porque hubo un temblor de la chingada”.


* Texto publicado en la revista Replicante, Núm. 11, mayo-julio de 2007. Reproducido con permiso del editor.

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