miércoles, marzo 13, 2013

Una generación sin opciones. Entrevista con Humberto Padgett y Eduardo Loza


  Una generación sin opciones
Entrevista con Humberto Padgett y Eduardo Loza*

por Ariel Ruiz Mondragón

El “bono demográfico”, que auguraba buenos tiempos para el país debido a que la mayor parte de su población estaría en una edad productiva, se ha convertido en una pesadilla: la carencia de oportunidades educativas y laborales que brinden expectativas de un mejor futuro ha generado que alrededor de ocho millones de jóvenes mexicanos se encuentren sin escuela ni empleo. En muchos casos, a esto hay que añadir la pobreza en la que muchos de ellos viven, así como el auge de la delincuencia y de una cultura del prestigio conseguido a través del consumo, lo que ha dado como resultado que muchos niños y adolescentes se sumen a las filas del crimen, y pronto se conviertan en menores infractores que van a dar a los consejos tutelares para menores, que antiguamente fueron las llamadas “escuelas correccionales”.
En Los muchachos perdidos. Retratos e historias de una generación entregada al crimen (México, Debate, 2012), libro donde se combinan los trabajos periodísticos del reportero Humberto Padgett y del fotógrafo Eduardo Loza, se presentan, sin concesiones, las historias de vida de varios menores infractores que se encuentran recluidos en las correccionales del Distrito Federal, las opiniones de especialistas en el fenómeno de la delincuencia juvenil y las imágenes del cautiverio de los jóvenes.
Sobre diversos temas que se tratan en el libro Replicante sostuvo una charla con los autores, en la que se abordaron desde los problemas para realizar el libro hasta las perspectivas de futuro de los jóvenes.
Loza estudió periodismo en la UNAM, y ha recibido un par de menciones honoríficas en el Premio Nacional Rostros de la discriminación y también en dos ocasiones ha sido seleccionado en la Bienal de Fotoperiodismo de Cultura y Espectáculos. Ha sido fotógrafo de Cuartoscuro y El Universal, y actualmente es editor de fotografía de Emeequis.
Padgett estudió Periodismo y Comunicación Colectiva en la UNAM y fue becario de investigación en el programa Prensa y Democracia, de la Universidad Iberoamericana. Autor de dos libros anteriores, fue reportero de Reforma y actualmente de Emeequis. Apenas el pasado 28 de marzo pasado recibió el Premio Internacional de Periodismo Rey de España, del que en 2010 había obtenido una mención honorífica. Otros premios que ha alcanzado son los siguientes: en dos ocasiones el Nacional de Periodismo; el Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez; el Iberoamericano de Periodismo Joven; el Nacional Rostros de la Discriminación, y el de la Federación Internacional de Periodistas, entre otros.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir publicar un libro como el suyo?, ¿por qué este tema?
Humberto Padgett (HP): Porque en general la atención que se le ha dado al narcotráfico y en general a la cobertura del crimen organizado está más relacionada con el aspecto policiaco, y se dejan de dar algunas explicaciones que nosotros creemos importantes para decir qué es lo que está pasando.
Nosotros pensamos que los hechos no ocurren en la nada, que no son elementos aislados los que te colocan en momentos emergentes, como el que un muchacho de 14 años en Morelos asesine con la violencia y con la crueldad con que se dijo en un abordaje muy oficialista y que a veces se decantaba hacia una posición más amarillista y de asombro, como si ese muchacho hubiera nacido en otro planeta, cuando es consecuencia de una serie de procesos sociales, económicos y políticos complejos que nosotros intentamos explicar a través de los especialistas pero, sobre todo, a partir de los contextos e historias de vida de los chavos con los que nos involucramos para poder hacer Los muchachos perdidos. En ese sentido, son ellos los que dicen por qué las instituciones no son algo que para ellos sea representativo de sus propias vidas, por qué las alternativas que se han planteado como únicas valederas para el ascenso social, como la educación y el trabajo legal, no se convierten en posibilidades para que ellos alcancen sus aspiraciones. Aquí hay un problema aspiracional, pero al mismo tiempo también el fenómeno propio del crimen organizado como el hecho social contemporáneo más relevante en México; la conjunción de estos elementos es lo que nos permite decir “esta es una generación en riesgo de perderse”, y es a lo que alude nuestro libro.
Eduardo Loza (EL): Al final también son historias de chavos, de esta parte de los jóvenes que también existen, de los que están en las correccionales a fin de cuentas; muchos otros andarán en la calle delinquiendo, pero también hay que conocer su vida.

AR: ¿Cómo se hizo el libro? ¿Cuáles son las principales dificultades que enfrentaron para hacer su investigación?
HP: Encontrar funcionarios públicos excepcionales que estuvieran dispuestos a abrir las puertas a cambio de nada; es decir, que el asunto no pasara a favorecer su agenda propagandística sino convencerlos y que ellos estuvieran al tanto que lo que queríamos hacer es periodístico y a final de cuentas socialmente correcto: darle voz a un grupo social que nunca la ha tenido, que siempre ha sido estigmatizado y que se ha planteado siempre en clichés, como el de que el joven tiene, por esencia, proclividad a la delincuencia, y más si esa juventud se desenvuelve en medio de la pobreza.
No es tan sencillo; entonces, el primer asunto fue convencer a las autoridades. Ya estando en las correccionales, detectar a los chavos y hacer una selección que fuera lo suficientemente representativa de lo que nosotros queríamos describir; luego, plantearles la idea a los chavos y convencerlos de que el resultado del compartimento que ellos nos dieran de sus vidas sería tratado con respeto, con absoluta honestidad, y que nada se haría a espaldas de ellos.
El siguiente asunto tuvo que ver con el tono: no hacer apología del delito, por un lado, y, por el otro, no ponernos a realizar juicios morales sobre los hechos de su vida, sino plantearlos de tal manera que el lector llegara a los juicios que considere pertinentes si esa es la intención de quien lea Los muchachos perdidos.
En el aspecto fotográfico, Lalo asumió un reto complejo que creo él te puede decir.

AR: Sí, porque a veces es más fácil convencer a las personas de hablar que de dejarse fotografiar.
HP: Hago un paréntesis: otro reto fue asumir que en una sola obra desarrollaríamos dos discursos distintos y que ninguno estaría sometido al otro. El reportaje escrito tendría su propia vida, y el ensayo fotográfico tendría su propia dinámica, en un esfuerzo de, por lo menos, plantear una alternativa, no sé si rechazar la propuesta generalizada de los editores de que la imagen quede sometida al texto. Nosotros dijimos “No”, y lo hicimos desde el principio.
EL: En los primeros acercamientos con los chavos teníamos nuestras reservas para con ellos y cómo iban a reaccionar ante la cámara; sí era un problema, al menos yo tenía como un temor de cómo lo iban a tomar. Al final, ellos fueron superparticipativos. Lo hemos platicado, y concluimos que son chavos a los que les gusta salir en las fotos, en grupos o individualmente.
Accedieron muy bien. Fue esto que decía Humberto: nada es a escondidas; ésa fue una de nuestras premisas. No hay una sola foto que haya sido tomada a escondidas, no hay una sola letra de Humberto que haya sido obtenida por engaño, ninguna declaración de los chicos llegó con nosotros por una treta que les planteáramos. Siempre la cámara estuvo a la vista; este fue el sentido de realizar la investigación de manera honesta. En el momento en que llegamos con ellos y nos dimos cuenta de que estaban reaccionando muy bien a la cámara, dijimos: “Uta, está increíble”. Ellos mismos nos invitaron a sus espacios, a sus dormitorios, nos permitieron tomarles fotos en sus talleres e incluso ya en sus cuerpos, en sus momentos o espacios más íntimos, como cuando se abrían quitándose las playeras para mostrarnos sus tatuajes y sus marcas.
Ese fue un reto para los dos cuando estuvimos en el campo con ellos. Ese acercamiento fue maravilloso, y fue lo que nos dejó concluir un proyecto planteado con una dificultad evidente para todo periodista, pero pues creo que se logró bien. Al final, aquí está el resultado.
HP: Lalo no lo dice, pero trabajó también, y desde el inicio, con la decisión de que no habría artificios ni fuegos artificiales. Creo que son dos ideas cercanas, pero en realidad pudieran tener sus distancias, al menos en sus perspectivas. No entró con luces, no los puso en la media sombra para que se desdibujaran y empezaran a diluirse en la oscuridad, como en esa clase de dramatizaciones: la realidad ya es muy dramática.
En ese sentido, también fue un reto que el texto estuviera desprovisto, lo más posible, de figuras literarias, y que en el lenguaje estuvieran siempre presentes ellos mismos, porque también de eso están hechos, de una manera de nombrar las cosas y de relatar sus vidas; las palabras, que no buscamos, fueron las que ellos decidieron utilizar para expresar su existencia y sus experiencias. Entonces, ese fue el otro rollo: el respeto a su lenguaje como una reivindicación de su existencia.

DUALIDADES Y CONTRADICCIONES
AR: Pero hay un choque entre los textos y las imágenes: los primeros son historias duras, a veces terribles, y las segundas son muy limpias. ¿A qué se debe esto?
EL: Es que al final eso es lo que existe allí adentro. Hay un contraste entre las historias particulares de los muchachos, con los espacios. Es cierto eso que tú mencionas: sí son lugares limpios, todos los que hay en las correccionales lo son, y los chicos también. Son muy aseados, cuando menos se bañan una vez al día, si no es que dos o tres, y tienen la ropa limpia.
Sí hay ese contraste, pero tiene que ver también con dos cosas: con el estigma que tenemos para con la gente que está recluida, y otra con las cárceles para adultos, que es donde sí vemos que hay problemas con los hacinamientos: cuando caminamos por los pasillos de los dormitorios de las cárceles para adultos, se ve mucha ropa colgada en las rejas, y están los relatos de los reclusos mayores de edad que cuentan que en las noches pasan las cucarachas por encima de ellos que cuando están dormidos en el piso, y otros duermen amarrados a las rejas.
En estas fotografías hay color: están las mantas de Winnie Pooh y del Hombre Araña, las que allí conviven con el altar a la Santa Muerte y el altar de san Judas. Hay una mezcla de cosas que al final creo que es lo que hace más rico todavía este tema. Tenemos historias de chavos asesinos, pero a los que de pronto ves jugando…

AR: Hay también imágenes de sus talleres, en el patio…
EL: Sí, de varios talleres, de sus actividades deportivas, sus dormitorios y algunos retratos particulares; había algunos que se juntaban para que les tomáramos una foto en grupo, y a muchos de los entrevistados les hacíamos un retrato.
Pero sí es cierto este contraste de color con sus vidas propias.

AR: ¿Y tú cómo ves esto, Humberto?
HP: Es una condición dual y contradictoria todo el tiempo: sí es el niño asesino que tiene en su cama, en su “tumba” (como ellos todavía les dicen porque son losas de cemento con un colchón encima) a Spider Man. En este caso específico, es el pequeño que a los 16 años tenía 18 homicidios. Esto te habla de la dualidad, de que aún sigue siendo un niño, que no se desprende todavía de eso, y en su espalda tiene, en un lado, un ángel, y del otro el ala de un demonio.
Otro elemento contradictorio es cómo estos chavos se encuentran en reclusión (al menos aquí en la Ciudad de México), pero por primera vez dotados de una serie de derechos una vez que pierden el derecho a la libertad: adquieren el derecho a alimentarse tres veces al día, tienen acceso a la salud y a la educación, e incluso tienen derecho, como decía Lalo, a bañarse hasta tres veces al día, cuando vienen de colonias en donde pueden pasar meses sin que de la llave de la regadera de sus casas aparezca una gota de agua.
Entonces sí, es una dualidad que es siempre, en ese sentido, igual. Es lo que nosotros podemos interpretar y podemos sentir; es qué tanta contradicción puede haber en la idea de un hombre que piense a su hijo de cinco años asesinado por una inyección de ácido para batería de carro en el corazón, y cuál podría ser la impresión e idea de ese hombre sobre que su hijo adolescente asesinara de esa manera a otro niño.
Entonces, en ese sentido es un trabajo que busca asomarse a todas las contradicciones de lo que somos.

REINSERTAR EN UN PAÍS CON LAS MISMAS DEFICIENCIAS
AR: ¿Buscaron el testimonio de alguna de las víctimas de los actos de estos muchachos que están en la correccional?
HP: Metodológicamente nos circunscribimos a chavos que fueron acusados y que están sentenciados, y que además de estar sentenciados admitían el delito que se les imputa. La excepción es un asunto en el que abordamos la mala condición del sistema judicial que opera contra un muchacho que, según nosotros entendemos, es inocente, pero que, a través de un proceso viciado que relata su propia madre, es culpable. Entonces, es víctima, en el sentido de tu pregunta, de un sistema que también es caduco, y que hace muy poco, además, por entender a estos chavos, al igual que los sistemas educativo, laboral o político.

AR: ¿A cuántos centros fueron para realizar este trabajo? ¿En todas hay buen trato?
HP: A todos los que existen en la Ciudad de México, que son el Quiroz Cuarón, San Fernando, Periférico, Periférico II y Niñas. Son cinco, y en ellos hay buenas condiciones pero no necesariamente buenos resultados, y creo que esa es una diferenciación que hay que hacer.
Estos chavos finalmente regresarán a un barrio en el que se les exigirá que vuelvan a ser lo que eran antes de irse, y a una ciudad y a un país en el que se encontrarán con las mismas deficiencias laborales y educativas, que se hallarán de nuevo con las circunstancias de que el consumo es la medida del éxito y en las que la violencia es cada vez más un vehículo para poder ostentarse como exitoso.
Ésa es una condición: tenemos al “Farías”, que es un chavo que nosotros incluimos en el libro por su condición de multireincidente, como un chavo que finalmente llegaría a una cárcel para adultos porque no tenía otra manera de poder hacer las cosas; ya tenía un daño mental evidente, relacionado con su consumo de drogas pesadas durante la mayor parte de su vida, y que cuando llegara a la prisión para mayores le tendría que ir mal por la manera en que allí se vive. Finalmente lo que pasó con “El Farías” es que murió; otro ejemplo es Christopher, “El Ligas”, quien era el estandarte de que el sistema podría ser efectivo y reinsertar al menos a uno de estos chavos, pero murió.

AR: Pero en un accidente de motocicleta.
HP: “El Eso”, que pertenecía a una banda de asaltantes a cuentahabientes, está en prisión, y así puede haber otros ejemplos del estilo. A lo que me refiero es que a este paréntesis en la vida de estos chavos, y al esfuerzo (que creo honesto) que hacen la mayoría de los funcionarios públicos que en estos momentos los están atendiendo, los trascienden las condiciones del país. El problema está, pues, más allá que enfocarse en los chavos que están en reclusión. El esfuerzo debería ser dirigido, y no vemos que esté siendo así, a los chavos que están en libertad y que viven en los barrios populares de las ciudades.

AR: Pero en el libro hay un par de casos que van en sentido contrario: el de Sergio, quien mató a la amante de su padre, y que, como mencionan ustedes, podría estar en la preparatoria de paga; el otro es el de “La Nena”, quien tenía afecto y oportunidades en la vida, y que prefirió irse al narcomenudeo. ¿Qué nos dicen estos casos que no están vinculados con la pobreza?
HP: Sin que ellos se hayan relacionado entre sí en libertad y seguramente no lo harán en reclusión y después de ésta por sus trayectorias de vida, tenemos que hay chavos que descomponen su perspectiva de vida y las expectativas sociales que sobre ellos hay porque venden drogas; el problema es que hay chavos vendiendo drogas a chavos, y es una situación complementaria, “sinérgica”, como se diría ahora.
La Nena”, efectivamente, no tenía razones para delinquir; pero es una chava que, pensamos, muestra cómo esta posición actual de la economía basada en que el éxito reside en la ostentación de la riqueza da como resultado que una chica completamente consciente del daño que ocasiona vendiéndole drogas (las que, como ella dice entre paréntesis, “afortunadamente yo nunca utilicé”) a otros chavos con el propósito de acumular riqueza. Ella sí tenía una relación más activa con el delito.
En el otro caso hay dos condiciones: una, que es un muchacho que experimentó (dice él) por primera vez con las drogas, y que tuvo en ese momento un brote sicótico; otra, lo que los neurocientíficos encontraron es que hay chavos que, independientemente del medio en que se han desarrollado, tienen propensión al delito y, sobre todo, a la violencia en que se hayan desarrollado, en una ausencia total de empatía.
El libro pretende ser multidisciplinario en ese sentido: tenemos la voz del antropólogo, del sociólogo, del administrador público y también de la persona que desde la neurociencia dice: “Hay chavos que, además, tienen esta condición y que posiblemente no estemos atentos a este fenómeno está también ocurriendo, y parece ser que es el caso de Sergio”.
Parecieran ejemplos, a su vez, diferentes por los propósitos y por las condiciones de vida de cada uno, pero que se vuelven complementarios. Esta chica está allí porque vendía droga, y este chico, se entiende, porque la consumía.

AR: Se habla mucho del asunto de la pobreza, pero hay otro aspecto tan o más fuerte que es el aspecto aspiracional; en el libro se dice que de los muchachos recluidos “sólo la quinta parte admitió que empezó a robar por necesidad”. Como también se lee en el libro, varios de ellos declaran que querían tener el pantalón de moda, el celular, los tenis de marca, “naves, dinero, vicio”, el Rólex, los tequilas, el whisky. ¿Cómo se vincula la situación de pobreza con la aspiración del consumo e incluso del prestigio social?
EL: En la mayoría de los casos los chavos son del barrio, y tienen esta condición económica de pobreza; pero también en los barrios los niños van creciendo y observando a ese vendedor de droga adulto que lleva muchos años en el negocio, o a ese ladrón “exitoso” que roba en grande, y que cohabitan en su colonia con los chavos. Ése es precisamente uno de los factores que tienen estos jóvenes: van creciendo y van viendo que aquéllos sí la armaron, no como, muy probablemente, sus padres, quienes tienen un trabajo honesto y que con el salario que ganan no les alcanza para mucho. Pero sí ven a estos vecinos que van ganando más dinero, que tienen una camioneta, que son los héroes de la cuadra, y pues seguir ese ejemplo es lo que al final les da dinero, que los puede hacer conocer un poco más el mundo y empezar a ser los ejemplos del barrio y los héroes a seguir; ya no se diga de aquellos que ven en la tele, como “El Chapo” Guzmán y ese tipo de delincuentes muy famosos que, a todas luces, son millonarios.
Tiene que ver la condición de pobreza, pero también este rollo aspiracional de llegar a ser como aquéllos para tener este tipo de cosas: la ropa de marca, la camioneta. Alguno de los chicos nos contó cómo quisiera tener una tumba cuando muera, y que la banda esté tocando allí.
HP: Ninguno quiere ser como Felipe Calderón; si acaso, lo que nos dicen es que quieren ser como “El Chapo”. No existe esa otra figura que haga un contrapeso supuestamente positivo, porque de los políticos tienen, además, una idea si tú quieres básica, estereotipada pero difícil de contradecir en la práctica: que la verdadera rata está en la política. Lo que ellos hacen es, de alguna manera, llegar al permiso que les valida tener el comportamiento delictivo y todos los beneficios que en este país ofrece la impunidad.
Ése es otro aspecto: la facilidad que tienen de poder hacer todo lo que hacen sin que haya un castigo. A todos estos chavos les pregunté si tenían alguna relación o que hubieran sido antes detenidos (antes de la detención que los tenía presos en ese momento), y si habían tenido algún acuerdo corrupto con algún policía o con algún juez, y todos dicen que no. Uno de ellos dice: “No, yo no trabajaba con la Policía porque en ella no puedes confiar. Ésa es la que te sabe el corrido y cuando tiene necesidad de presentar a alguien, te agarra, te presenta y ya te chingaste”. Es decir, la Policía ni siquiera es confiable para delinquir de su mano.

EL CHAPO” GUZMÁN COMO PARADIGMA
AR: Hay una frase de Alonso Lujambio, entonces secretario de Educación Pública, con la que ustedes polemizan, que es que el ingreso a la delincuencia es una elección. Ustedes dan datos del bono demográfico, el que en lugar de ser aprovechado lo estamos viviendo como desgracia por la cantidad de jóvenes que ni estudian ni trabajan, que, según la cantidad que aportan, es de ocho millones de jóvenes. ¿No hay siquiera una parte de elección en los jóvenes para integrarse a la delincuencia? De otra manera, ¿no tendríamos a muchos más jóvenes dedicados al crimen?
HP: Nosotros nos colocamos en el extremo del extremo, y tenemos chavos que no sé si en el discurso de Lujambio hayan sido considerados como personas que desde la primera infancia tuvieron contacto con la violencia intrafamiliar; resulta que los mexicanos nos decimos asombrados con el grado de violencia que ejercemos en contra de nosotros mismos cuando, según cifra oficial, al menos en 60 por ciento de las familias mexicanas se ejerce la violencia intrafamiliar.
Yo no sé si Lujambio haya estado en condiciones de decir lo que dijo cuando afirmó que era una opción moral incursionar en el crimen, si atendemos a que estos chavos, al menos los que están en este extremo, tuvieron relación con las cárceles desde antes de que les imputaran algo porque allí iban a visitar a su padre, a su madre o a ambos. Yo no sé si Lujambio estaba pensando en la declaración de Ernesto Cordero cuando dijo que una familia mexicana vive con seis mil pesos mensuales; yo no sé si Lujambio estaba pensando en que estos chavos van una y otra vez viendo publicidad por la vida en que se les dice que la reivindicación de su existencia está dada en la “trocota” tremenda, en la mujer de tales características, en conocer el antro que está de moda que está en Acapulco, cuando la expectativa salarial de esos chavos es de dos salarios mínimos.
Es decir, habría que tratar de entrar en el razonamiento de por qué Lujambio dijo lo que dijo; en esas mismas circunstancias un subsecretario de Gobernación (el que murió en la caída del helicóptero con Francisco Blake Mora) había dicho que no había jóvenes insertados en la delincuencia organizada. Me parece lastimoso.
Tenemos que el 60 por ciento de la población penitenciaria del país tiene menos de 30 años, y que se ha duplicado el número de arrestos de jóvenes relacionados con delitos contra la salud. Si pudiéramos meternos al análisis estadístico (y digo “si pudiéramos” porque no son cifras que la Procuraduría General de la República, el Sistema Nacional de Seguridad Pública o la Policía Federal estén en condiciones de dar), te daría para saber a que quinquenios poblacionales pertenecen los 50 mil muertos admitidos en lo que va de la actual administración; pero creo que nos encontraríamos sí o sí con que son jóvenes menores de 30 años la mayoría de ellos, sin duda.
Nos deberíamos poner a pensar en el dicho de Lujambio cuando tenemos que discernir si su discurso propagandístico le da razón a esta estrategia anticrimen que se basa en la idea de que “las drogas no lleguen a tus hijos”; bueno, pues tenemos que se duplicó el consumo de mariguana y cocaína, tenemos más poliadictos (es decir, cada vez más personas consumiendo dos o más drogas ilegales al mismo tiempo) y que se ha disparado también el consumo entre la población joven.
Creo que el señor Lujambio era heredero de la silla que ocupó José Vasconcelos, ni más ni menos. Es que se nos olvidan estas cosas. No hubo ningún muchacho que nos dijera “quiero ser como Lujambio”, y todos nos decían que querían ser como “El Chapo”.

AR: También observo la historia del “Moreno”, un muchacho que delinquía, se enamoró, lo ayudó la familia de su novia y estaba recuperado; pero un día se encontró a un viejo amigo, quien le dijo: “¿Mil pesos en una semana, pudiendo ganar 30 o 40 varos en un día?”. ¿Cómo se compite contra eso? Ningún sistema educativo te da para eso.
HP: Que no necesariamente le estaban diciendo la verdad al “Moreno”, porque hay chavos que matan por 200 o 300 pesos, por nada. La gran minoría de los casos terminarán como “El Chapo” Guzmán; pero la absoluta minoría de esos chavos terminarían como Emilio Azcárraga, como Carlos Slim o como Ricardo Salinas Pliego. No hay manera de competir.
Reiterando: son chavos defraudados en ambos mundos, si los quieres distinguir no de acuerdo al principio de la ley, sino al principio de la aplicación de la ley, que son cosas diferentes.
A estos chavos, además, ¿quién les va a llorar?, ¿quién se va a preocupar por ellos? Decíamos: “Hay chavos que les venden drogas a chavos”, y también podemos decir: “Son chavos matando a otros chavos”. ¿Cuál es la respuesta que después de tres años tiene la mujer que confrontó a Felipe Calderón en Juárez, y que le dijo: “Ustedes dicen que mis hijos eran delincuentes; si hubieran asesinado a los suyos estaría buscando a los asesinos debajo de las piedras”?

AR: Y aunque hubiesen sido delincuentes, tendrían que buscar a sus asesinos…
HP: Sí, claro, es un principio de legalidad y de certeza. ¿Por qué un chavo puede aspirar a hacer una carrera técnica? Tenemos el sistema educativo mexicano, que está atendiendo a alrededor del 27 por ciento de su población en nivel superior, que es cada vez más insuficiente, lo sabemos; el compromiso de Calderón era de que terminaríamos con el 30, a través de las universidades técnicas. Okey, tú pregúntale a un chavo: “¿Te late una vida en que estés haciendo todos los días de tu vida lo mismo en una maquila, en una situación seudoprofesionalizada, ganando tres mil pesos mensuales?”. Es difícil que un muchacho admita esto.
Ahora, también hay una idea romántica y cursi de ellos acerca de revestirse de todos los símbolos de poder que la delincuencia organizada da. Ve las imágenes de las personas que resultan ejecutadas, los narcomenudistas que son asesinados por el cártel contrario, y te vas a dar cuenta de que tampoco es así; o sea, no se defiende esa propuesta criminal sino lo que tratamos de explicar es porque los jóvenes son tan lábiles ante esa propuesta.

AR: También hay algunos casos en los que ves cómo se comportan las familias de estos jóvenes: señalas que hay personal de las correccionales intentando convencer a los familiares para que no pasen drogas, por ejemplo; hay otra historia en donde dices que al principio los familiares se espantan porque sus chicos entraron a la delincuencia, y que después terminan hasta dándoles la bendición cuando salen a “trabajar”. ¿Qué nos pueden decir de las actitudes de las familias al respecto? Por ejemplo, cuando ven que la hermanita ya trae zapatos nuevos.
EL: O que ya hay un refri y una estufa en la casa. Ese es un fenómeno que se libra muy rápido en las familias: las madres, los padres se dan cuenta de que está llegando dinero a la casa, que al final es un adolescente del que ya no le está costando la escuela al papá, que ya no podía pagarle los pasajes y los libros, aunque sean escuelas de gobierno. Las carencias empiezan a verse cubiertas en muchos sentidos. Son chavos que empiezan a llevar mil, dos mil pesitos, y de pronto empiezan a ganar más dinero por hacer más trabajos de ese tipo. El papá al principio se molesta, pero después pues se encuentra con que están resolviendo cosas inmediatas: la comida, el vestido, los enseres en la casa…
Eso es muy común: lo vemos en todos los barrios, en la ciudad y, seguramente, en el país. Se están resolviendo problemas económicos de inmediato. Ésa es una parte muy importante.
Las familias, después, generalmente apoyan a los chavos cuando caen en la “corre”, aunque algunos otros son olvidados porque estaban solos en la ciudad. Los que vienen de familias, al final los padres saben que van a regresar: la pena máxima para los menores de edad en el Distrito Federal es de cinco años, hayan hecho lo que hayan hecho. Entonces, al final es un asunto solidario, al final, y que hace que las jefas, sobre todo, estén yendo a llevarles alguna cosa en la visita.
Pero al final, lo que hemos visto cuando salen los chavos, como decía Humberto, es que son reclamados por el barrio y por la necesidad. Por eso, desgraciadamente en la mayoría de los casos de estos chicos su futuro es salir de la correccional para ingresar al poco tiempo a las cárceles para adultos.
HP: Hay situaciones, algunas admitidas por el gobierno: las remesas que envían los mexicanos que están en Estados Unidos (que están en supuesta recuperación) ascienden a entre 22 mil y 23 mil millones de dólares anuales, como reconoce el gobierno, y que sí funcionan para algunas comunidades y para resolver algunos asuntos inmediatos, como pagar escuela y salud.
Lalo y yo lo hemos visto porque hemos trabajado juntos el tema de migrantes. Hemos trabajado también el asunto de la pobreza urbana y conocemos desde adentro los barrios más pobres de la Ciudad de México. Éstos no son chavos que necesariamente vengan de la pobreza alimentaria, que son personas que viven de la calle, como allí aclaramos. En aquellos barrios el medio de vida es el comercio informal, y en él tenemos al menos 12 millones de personas; el gobierno dice: “Sí, sin el comercio informal estas personas no la harían”. Según el Departamento de Estado y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el narcotráfico mexicano genera ganancias, solamente en Estados Unidos, de 30 mil millones de dólares, más que las remesas. ¿Dónde está ese dinero?
¿Existen beneficios sociales inmediatos en las familias que tienen ingresos por esta vía? Necesariamente sí. Esto es algo que no se reconoce, pero quítale esos 30 mil millones de dólares a ese ingreso total que tiene el narcotráfico, y en consecuencia sus familias, y yo no sé qué pasaría.
Hay distintas maneras de ver el asunto, pero están la historia inmediata y el número macro, que coinciden en decir: “Sí se resuelven algunas cosas”; pueden ser algunas bastante pueriles, como tener 200 pares de Converse. Pero no hay un juicio moral sobre este asunto; o sea, efectivamente “La Nena”, con el resultado de la venta de “piedra”, no le estaba ayudando de ninguna manera a su familia o al hermanito para que dejara de vender chicles, o esas cosas. Lo que también te dice esa historia, más allá del cuestionamiento moral que es algo en lo que nosotros no nos entretenemos, es en el rollo de cómo se construyen esas vidas a través de la aspiración.

NO HAY OPCIONES
AR: ¿Conocen la situación de otras correccionales en el país e incluso a nivel internacional, para establecer alguna comparación con el DF?
HP: En el norte están peor, y lo que tenemos en otros países que tienen situaciones económicas más equilibradas es que los chavos son sancionados de manera más grave más al principio de sus vidas. Tenemos antecedentes en Australia, en Inglaterra y en Estados Unidos de sentencias que se les dan, como si se tratara de adultos, a niños de 10 años o menos.
Lo que vemos es que entre más equilibrada sea una economía, más tiende a este tipo de fenómenos. ¿Por qué países emergentes que tienen una muy inequitativa distribución del ingreso, como Rusia, México y China (en ese orden), tienen, a su vez, los grupos criminales organizados más poderosos del mundo? ¿Por qué en Estados Unidos también ocurre el problema? Es el país más rico del mundo, pero tiene, a su vez, 50 millones de pobres, la sexta parte de su población. Entonces, estos chavos son resultado de situaciones de economías altamente desequilibradas.

AR: ¿Conocen algún caso de éxito de alguno de los muchachos que conocieron en la correccional?
HP: Lo buscamos; le pedimos a la autoridad sólo uno…
EL: No, no lo tienen. Christopher, “El Ligas”, era el prototipo. Ateniéndonos a la versión, nosotros platicamos con su madre, y nos dijo que él estaba de verdad tratando de acomodarse bien en la economía formal, pero no lo logró por un accidente, a fin de cuentas. Al final la calamidad es terrible; a la mejor los otros chicos pierden la vida en una balacera, pero Christopher murió en un accidente de moto. Él era el caso emblemático de éxito que tenían las autoridades.
HP: Nos decían que un valet parking por allí… Bueno, teníamos un chavo que jugaba futbol americano y por su talento había sido identificado por los visores del Tec de Monterrey para que se incorporara a alguno de sus equipos con la beca más alta. Y esa parecía ser la gran historia del éxito, porque en realidad era un cambio de mundo. Entre la realidad del barrio de Iztapalapa y la partida hacia un mundo en el Tec de Monterrey, pareciera ser que ese solo talento le daba entrada a una especie de pasadizo dimensional en el que abandonaba el quinto mundo y se internaba en el primero, allí donde las mediciones de la ONU dicen que hay pedazos de México donde se vive como en Alemania, Suiza o Inglaterra.
Aquel chavo era esa promesa; salió libre y tenía que continuar su tratamiento en externación, yendo a visitas con el sicólogo, a terapias familiares y grupales; pero en algún momento dado desapareció, hasta que lo encontraron y le dijeron: “Oye, ‘Nopal’ (así le decían), ¿qué onda, cabrón? Está el banquete servido”. Dijo: “No, no quiero, no encajo, no me gusta el mundo”. Y está preso en una cárcel para adultos. No quiso hablar con nosotros. Poco después de que lo intentamos, abandonó por completo todo contacto con las autoridades y llegó a la “grande”, en un mundo que medio conoce, en el que también hay criminales, en el que se vive el día a día con la posibilidad real de que va a ser el último, a diferencia de las prisiones para chavos.
A final de cuentas, la conclusión, más allá de las anécdotas y de los ejemplos específicos, es que nosotros encontramos que la falta de recuperación no está en los individuos sino en el grupo social que en este momento debería estar sacando al país del marasmo económico en el que se encuentra, pero no es así.
Bajo esta ruta, los muchachos perdidos de este momento serán, dentro de 30, 40 o 50 años, los viejos perdidos de entonces.

AR: Hay una cita de Héctor Castillo Berthier en donde éste dice que “se trata de jóvenes encabronados” por la falta de oportunidades. En otra parte del libro otro especialista dice que no tienen inquietudes políticas, y menos por cómo es la política de este país. ¿Cómo canalizar ese enojo?
HP: Te respondo con una pregunta de compa a compa: ¿y cuáles son las opciones? Lo qué decíamos: van a regresar y los va a estar esperando el hermano del chavo al que mataron, y si logran matarlo, habrá un hermano menor que irá a buscar al otro, y así se irán acabando. Lo decía con mucha claridad Óscar Galicia: como si les estuviéramos dando opciones, cuando no se las estamos dando.
EL: No hay opciones, y pues, como ya se ha dicho, si no vamos a mejorar o a hacer óptimas las condiciones económicas y educativas de este país para beneficio de su sociedad, pues está perdido el futuro; sí es fatalista, y a mí no me gusta que concluyamos en ese sentido, pero es que no hay otro. A fin de cuentas, son las señales e indicadores que tenemos. Sí puede ser que nuestros muchachos estén perdidos.


*Entrevista publicada en Replicante, abril de 2012.

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