jueves, mayo 01, 2014

Enfrentar el horror del anonimato y el silencio. Entrevista con John Gibler




Enfrentar el horror del anonimato y el silencio
Entrevista con John Gibler*
Por Ariel Ruiz Mondragón
Ante las numeralias fúnebres, la explotación descontextualizada del morbo y el silencio cómplice, es necesario que el periodismo relate no sólo las historias de las víctimas sino también los orígenes políticos, sociales y económicos de la actual situación de violencia y de delincuencia que padece el país, y que muchas veces rebasan sus fronteras.
En un pequeño pero intenso y revelador libro titulado Morir en México (Oaxaca, Sur + Ediciones, 2012), el periodista estadounidense John Gibler reúne cinco reportajes en los que presenta un variado panorama de una sociedad que ha sido asaltada por el crimen organizado y el narcotráfico, y defraudada por el gobierno. Además, presenta cómo se originó en Estados Unidos la estrategia de la “guerras contra las drogas”.
El año pasado Replicante charló con Gibler, quien es un reportero independiente que vive en México desde 2006. Estudió en la London School of Economics y ha colaborado en diversos medios impresos estadounidenses y mexicanos, como Left Turn, Z Magazine, In These Times, Common Dreams, Yes! Magazine, ColoLines, Democracy Now!, Milenio Semanal y Contralínea.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy publicar un libro como el tuyo?
John Gibler (JG): Yo empecé a reportear el libro en 2010, pero tuve la idea de hacerlo en 2008, cuando estaba terminando otro libro, México rebelde, que es de ensayos y crónicas sobre movimientos sociales, historia, migración y rebelión. Mientras yo estaba reporteando ese libro el país estaba sufriendo todas las consecuencias de una mal planteada guerra contra el narcotráfico. Viajando por el país veía los periódicos, escuchaba las historias de una nueva ola de violencia e impunidad, y me dije: “¿Cómo enfrento eso como reportero? ¿Cómo lo cuento?”.
Primero fue el horror, el asombro, lo cual también es importante: no acostumbrarnos a tanta muerte, saña, crueldad e impunidad. La capacidad de asombrarnos o, como dice Cristina Rivera Garza, sentir el dolor, es importante. Duele este país que sufre una política fracasada.
Entonces empecé a escribir el libro como un esfuerzo para enfrentar el horror, mirarlo a la cara, buscar sus raíces históricas y políticas. En un libro puedes hacer lo que no puedes en una columna o una nota periodística de tres mil caracteres: puedes tomar el tiempo de leer 20 libros sobre la historia de la política antinarco de Estados Unidos, de antropología, de sociología, de ciencia política e ir tejiendo ese contexto histórico-político en un trabajo para que tenga una profundidad más allá de una simple mirada al presente.
Si ves toda esa violencia, toda esa saña, parece imposible, absurda: ¿de dónde viene? Hay unas tendencias peligrosas de pensar que la respuesta se encuentra únicamente en la historia de este país, por lo que uno de los propósitos del libro es argumentar que no. México tiene una posición en la geopolítica de una guerra contra el narcotráfico que empezó en Estados Unidos, y hay que ir al nacimiento de esa política y ver dónde y por qué surgió, y cómo los políticos estadounidenses la han ido sustentando tras 40 años de fracaso rotundo.
Entonces uno de los propósitos del libro fue ofrecer al lector mexicano una mirada crítica desde el lado estadounidense escrito por un estadounidense. A lo mejor los mexicanos no saben tanto el contexto racista de la guerra contra las drogas dentro de Estados Unidos, cómo ha sido un arma para oprimir pueblos afroamericanos, chicanos y asiáticos, y cómo a nivel regional ha sido un arma de control imperialista para meterse en los asuntos de países como Colombia, Panamá y ahora México.
Eso es: enfrentar el horror, buscar y elaborar una visión histórica de dónde vienen esa política y esa violencia, y su relación con las fracasadas guerras contra insurgentes de la Guerra Fría. Allí empieza mucha de la violencia que vemos, de la que nos preguntamos: “¿Por qué son tan crueles?, ¿por qué tan teatrales en su manera de ejecutar a alguien?”. Eso tiene una historia concreta, y viene de los entrenamientos de cuerpos contrainsurgentes en los años de las dictaduras militares. Y no es accidente que las fuerzas del crimen organizado se nutran principalmente de policías y soldados que han tenido un entrenamiento que viene de esa cultura de la Guerra Fría.
Por otro lado, como muchos de mis colegas los compañeros periodistas mexicanos, me atrevo a decir: quisimos enfrentar el anonimato de las víctimas, las que en esos largos años 2008, 2009 y 2010 constantemente veías en las portadas de revistas y periódicos, en las pantallas de televisión, como simples bultos de muerte, sin nombres, sin biografías, sin historias. Ya no eran seres humanos, sino colgados, enlonados, encajuelados, encobijados; hasta el lenguaje violento les robaba su propia humanidad, y yo veía que ese anonimato de las víctimas de cierta manera protegía la impunidad del gobierno.
Cuando Felipe Calderón salió diciendo que el 90 por ciento de las víctimas estaban involucradas en la delincuencia, ¿cómo obtuvo esa información? ¿De dónde viene esa cifra, si los datos del Senado dicen que 95 por ciento de los homicidios relacionados con el crimen organizado ni siquiera se investigan?
Entonces es obvio que se está culpando a los muertos de su propia muerte. Es el anonimato de esa violencia lo que se tiene que combatir también. Cuando yo estaba reporteando este libro no había pasado todavía la desgracia de Morelos cuando mataron a siete personas, entre ellas el hijo del poeta Javier Sicilia, que convirtió su dolor profundo de padre en una expresión de dolor nacional, social, y fue uno de los momentos yo creo que más fuertes para romper ese anonimato de las víctimas.
Y justamente de un trabajo periodístico mexicano excelente saco el título, que viene de un cartón de Antonio Helguera publicado en La Jornada que reproducimos en el libro como una especie de epígrafe: hay un dibujo de un panteón, y en todas las tumbas, en lugar de tener nombres y fechas de vida y muerte de las personas enterradas, está escrito: “Quién sabe en qué estaba metido”, “¿Qué hacía a esas horas?”, “Ya la debía”, “Fue un pleito de pandillas”, “Era puta”, “Vestía provocativamente”. Es esa lógica nefasta de culpar al muerto de su propia muerte.
Yo quise hacer un trabajo de crónica, de elaborar historias que derrumban esa tendencia insidiosa del anonimato, de la muerte, de la culpabilidad de la víctima. Entonces, ese era el propósito principal: enfrentar el horror, no acostumbrarnos a esa violencia, buscar poner las historias de vidas reales de las víctimas en un contexto histórico-político de análisis y combatir el anonimato de la muerte.
También es un trabajo que busca ser una especie de homenaje a los periodistas mexicanos que están viviendo y sufriendo esa violencia, porque mi mirada principal en los trabajos de reporteo fue justamente ir y acompañar a periodistas mexicanos, citarlos largamente en su propios pensamientos, reflexiones y análisis, y retratar cómo es su vida intentando informar en ese contexto de impunidad y violencia. Entonces vienen perfiles de Ríodoce, de Javier Valdez e Ismael Bojórquez; de Primera Hora, un periódico de nota roja de Culiacán; de Ernesto Martínez, el fotógrafo del Diario de Juárez, y dos reporteros de Milenio que sufrieron un “levantón” en Reynosa y afortunadamente sobrevivieron.

AR: En el libro dices que las narcoguerras actuales datan del periodo de la transición democrática, entre 1994 y 2006. En este sentido, ¿cuál ha sido el efecto del proceso democratizador en la delincuencia organizada, especialmente en el narcotráfico?
JG: Excelente pregunta. Vemos que también hay transiciones que coinciden con la época de la “transición democrática” (entre comillas, porque la vamos a cuestionar), y también viene el Tratado de Libre Comercio (TLC). O sea, en los mismos años en que empieza la transición democrática, se firma y entra en vigor el TLC, se levanta en armas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y se cambian las relaciones entre los grupos del crimen organizado y del narcotráfico. Esas cosas van de la mano: hay un esfuerzo de la clase política por cambiar la estructura de poder político y la estructura de la economía, y contra las corrientes de rebelión que son los zapatistas.
Vemos que en estos años cambió la economía formal de este país de manera increíble: la economía rural desalojó a millones de mexicanos, campesinos y trabajadores hacia la creación de un ejército de mano de obra barata “ilegal” en Estados Unidos (en el otro libro cito a unos excelentes académicos mexicanos, Raúl Delgado Wise y Rodolfo García Zamora, de Zacatecas, que han hecho unos estudios excelentes de todo ese cambio económico y el impacto que tuvo en el campo en la fuerza laboral tanto en México como en Estados Unidos).
Entonces me parece que va un proceso paralelo en la economía informal, y no sólo de ella: en el caso concreto de las sustancias ilícitas, cambian de la misma manera en que Wal Mart entra a México y Carlos Slim se convierte en el hombre más rico del mundo. Ahora hablamos del Chapo Guzmán: el cártel de Sinaloa es como un Wal Mart del tráfico de drogas, porque lo que estamos viendo es una impresionante concentración de riqueza. También la parte de la supuesta guerra entre grupos del crimen organizado, según cuentan varios analistas con quienes he hablado y entrevistado, empieza porque el cártel de Sinaloa va de conquista: se lanzó a Acapulco en 2006, cuando mandó a los Beltrán Leyva (cuando eran todavía sus aliados) a enfrentar a los del cártel del Golfo, que en ese entonces todavía estaba aliado con Los Zetas; va a Juárez a conquistarla y a quitársela al cártel de Juárez o La Línea.
Yo creo que esos son procesos paralelos a los cambios económicos. Y justamente en esos años, de 1994 a 2006, también vemos un crecimiento impresionante en los movimientos sociales. Uno pensaría que viene 2000 y ya se manifiesta la transición, que ya está hecha. Yo me acuerdo que en este año yo estuve aquí como observador electoral, y había trabajado antes en algunas asociaciones de derechos humanos, y la mayoría de los extranjeros que llegaban aquí decían: “Ya llegó la democracia, ya estuvo; bienvenido México”. Yo recuerdo, por ejemplo, personas en Guerrero que decían: “Pero están bien idiotas. ¿Cómo piensan que van a desterrar 71 años de una cultura política en un día? No, eso es una cosa muy bien construida que no se va a ir de un día para otro”.
Justamente en ese primer sexenio de la transición democrática ya plena, de Vicente Fox, 2006 fue un año de rebelión: Oaxaca, La Otra Campaña, Atenco, Pasta de Conchos, Sicartsa y, obviamente, el proceso electoral y después todas las movilizaciones en contra del fraude.
Entró Calderón a la presidencia durante una profunda crisis política, con una legitimidad muy débil, y sus primeras acciones fueron mandar el Ejército a la calle a una supuesta guerra. Yo lo veo como un esfuerzo por fabricar en los medios, con las imágenes de la guerra y un Ejército en las calles, una percepción de legitimidad y, a la vez, de manera preventiva apagar los movimientos rebeldes, de organización política.
Con esa guerra tenemos que el consumo de drogas en este país ha aumentado; la violencia relacionada con el crimen organizado explotó: secuestros, trata de blancas, extorsión y asesinatos. También hubo violencia política: defensores de derechos humanos enterrados en las noticias de los muertos diarios, y el asqueroso “ejecutómetro” de los periódicos de nota roja.
Entonces, con un supuesto esfuerzo por endurecer el estado de Derecho, vemos una impunidad desbordada, que no nació en 2006 con Felipe Calderón, sino que es algo que lleva todo el siglo XX en su construcción, pero que se profundiza y se expande de una forma brutal. Hablamos ahora de 80 mil asesinatos relacionados con el crimen organizado en los últimos seis años y, otra vez según cifras oficiales, no se investigan el 95 por ciento. Es una tasa de impunidad con calidad de excelencia.
Yo creo que toda esa brutalidad de la guerra nos muestra el fracaso de la supuesta transición. Dice Diego Osorno en un texto que se llama “Generación Zeta” que él empezó como reportero en el 2000, reporteando sobre política, sobre corrupción, o sea, cosas de que sí se iba a concretar una transición democrática; pero a los dos sexenios él dice que es una “necropolítica”: el tema es la muerte, una violencia desbordada que no viene de la nada, y ni siquiera es una violencia que tenga que ver con unos cuantos “malos”, no: es una violencia político-económica que va de la mano con el TLC.
O sea, toda esa violencia de los llamados “cárteles”, los miles de mexicanos desplazados hacia la explotación laboral en Estados Unidos, los golpes económicos en el campo y en la ciudad, el fracaso del sistema electoral con tanta denuncia de fraude, muestran que no era todavía una transición democrática sino más bien un reacomodo del poder político, unas luchas internas feroces de la mafia política, y afortunadamente todavía hay una viva cultura de rebeldía. Hay muchas historias (aunque no se habla tanto de ellas) de gente que no se deja y que se sigue organizando, desde Cherán en Michoacán hasta los zapatistas, que siguen construyendo la autonomía en Chiapas. Va un dato curioso: en estos años de tanta ejecución, tanta violencia criminal e impunidad, creo que tal vez el único territorio íntegro que no las ha sufrido es el zapatista. En seis años no ha habido una sola noticia de un colgado en los Altos de Chiapas, de un encajuelado en la Selva Lacandona. Es decir, donde existe una construcción de autonomía indígena, de una búsqueda real de otra manera de manejar el poder político, no ha pasado esa violencia.

AR: Hay un juego que haces, un poco metafórico, sobre el ruido y el silencio. ¿Cómo están imbricados el ruido, esta conversión de un cuerpo lastimado, destrozado, en los medios, con el silencio generado en la sociedad por el miedo que genera la guerra contra el crimen organizado?
JG: Menciono el caso de Reynosa en 2010: yo estaba en el Distrito Federal, y todos los colegas, de repente, estaban hablando de aquella ciudad: “Parece que hay balaceras diarias, que los niños ya no van a la escuela, que una mujer subió a YouTube un video de cuerpos en la calle y después la fueron a sacar y la mataron”. Historias, pero de vox pópuli. Es un ruido donde hay un montón de gente hablando pero no de una forma pública: ningún periódico, ningún canal de televisión transmitió qué estaba pasando en esas calles en esos momentos, y había un montón de gente hablando en la casa, en la cantina, en la calle, pero a escondidas. Pero en los medios de comunicación no había discusión; ibas a ver los periódicos de Tamaulipas y nada; veías la televisión nacional, y nada.
Entonces justamente van dos reporteros de televisión para ver qué pasa allí, y en cuestión de días los “levantan” en la calle. Afortunadamente sobreviven, los sueltan, y en horas se van. Es un ejemplo concreto de cómo el silencio es una acción para proteger la impunidad.
El silencio es una obligación cuando una empresa multinacional lleva negocios de una mercancía ilegal: si vendes coca, no puedes andar por las carreteras de cuota con un supertráiler que diga “La coca del Chapo, 100% calidad”. Esto tiene que ser invisible ante los ojos del Estado. Eso quiere decir que no puede haber un debate, una información, un seguimiento de ese mercado. Se puede dar un seguimiento de, por ejemplo, dónde está comprando acciones Carlos Slim, y lo puedes debatir en los espacios públicos porque es todavía la economía pública; pero cuando el mercado es ilegal, no hay nada de discusión, no puedes decir dónde es mejor pasar la droga.
Entonces el silencio es un requisito del mercado, del negocio y también de la política, porque ésta es parte de ese mismo mercado. ¿Quiénes son los mayores capos de la historia? Son generales, policías federales, unos cuantos judiciales, que vienen de adentro del Estado porque ¿quién tiene el poder de controlar esos flujos de mercancía de manera “invisible” ante los ojos del Estado? Pues el mismo Estado.
El silencio también es urgente para proteger la impunidad: cuando tu objetivo es no buscar justicia, tienes que apagar toda investigación. Cuando matan a alguien no puedes ni preguntar quién era, qué hacía, porque el objetivo es silenciar.
Tomemos el caso de Humberto Márquez Compeán, que es una persona que fue fotografiada custodiada por marinos, esposado, ileso, sin una sola herida, sin un rasguño en la cara; a las 12 horas el mismo fotógrafo, también de Multimedios en Monterrey, lo capta muerto, tirado en un terreno baldío, encobijado. La típica “narcoejecución”, el teatro de la muerte. Pero ¿quiénes lo mataron? Si 12 horas antes estaba bajo la custodia de la Marina, ésta tiene que responder; hasta la Comisión Nacional de los Derechos Humanos salió mucho tiempo después responsabilizándola. Pero la impunidad es: “No hacemos nada, a ellos se los llevó la policía municipal y no hay papel ni registro de nada”. No importa porque son instituciones que están protegiendo la impunidad y el silencio es necesario.
El caso de Compeán no creo que sea un caso tan aislado; lo extraño de ese caso es que de repente hay una voz, la del reportero de Multimedios, que rompe el silencio con las dos fotos cuando él ve que ese es el mismo compa detenido antes. Ese ser humano estaba aquí, detenido, y aquí está encobijado y muerto a seis kilómetros de la base naval. ¿Qué onda?
Yo, jugando con esas metáforas en el libro, también parto del homenaje a los reporteros que no se han rendido ante esa brutalidad, violencia e impunidad; es contrastar la voz con el silencio. Éste es un actuar de quienes quieren proteger la impunidad y esa economía ilegal y violenta.
Pero cuando hablas en un espacio público se rompe el silencio oficial, y esa voz es, creo, urgente para toda esa cadena de acciones necesarias para asombrarnos, sentir el dolor, entender de dónde viene y buscar alguna respuesta, algún tipo de acción de resistencia, de ir en contra de esa ola de impunidad.

AR: En este sentido ¿qué te parece la cobertura que los medios han hecho de estos hechos delictivos? Por ejemplo, hay una parte donde citas que “muchos de los muertos terminarán en portadas de periódicos amarillistas, junto a deportistas y frondosas mujeres”.
JG: Ha habido de todo: lo clásico de la nota roja que existe desde hace décadas, desde los grabados, una cultura que se ve obligada a reportear esa realidad pero sin la capacidad de investigar o de profundizar más allá de la muerte o del asesinato por las mismas condiciones de inseguridad. También hay casos como el esfuerzo, hace dos años, de Televisa y TV Azteca de hacer un pacto, que también es otro error para mí: es buscar no discutir qué está pasando en este país.
Entonces, por un lado extremo tienes las fotos de cuerpos destrozados, fotografiados a todo color, que es un horror sin contexto, sin biografía, sin humanidad sino simplemente muerte, y por el otro hay medios que dicen “ya no vamos a hablar de eso”, como si ya no existiera; es como decir a la ciudadanía: “Ya no se preocupen de esto; sigan comprando, sigan yendo a su chamba y no hay bronca”.
También hay perspectivas como la de Calderón, quien en algunas pláticas hasta dio a entender que estaba culpando a los medios de la existencia de la violencia, como si los medios la hicieran en lugar de reportearla. En algún momento dijo que si él fuera periodista nombraría a su periódico Balance, con todas las noticias malas de un lado y las buenas del otro. Para mí esa es una visión muy simplista: no se trata de “buenos” y “malos” sino de profundizar en qué está pasando, de denunciar cosas injustas, además de celebrar cosas que dan aliento, que dan esperanza.
Pero, a la vez, hay toda una generación de reporteros mexicanos que sí se han enfrentado a esa realidad de forma muy digna: menciono a Marcela Turati, quien tiene un enfoque impresionante sobre el impacto de la violencia en quienes la sufren; en Ciudad Juárez también hay reporteras como Sandra Rodríguez y todo el equipo de nota roja del Diario; en Sinaloa están los compañeros que entrevisto en el libro, como Javier Valdez, Ismael Bojórquez, Ernesto Martínez, Marcos Santos; basados en el Distrito Federal Diego Osorno, Alejandro Almazán y Alejandro Sánchez. Es toda una generación de reporteros que yo creo que sí han asumido la responsabilidad, la necesidad y la urgencia de echar otra mirada distinta a esa violencia a través de la crónica, la que muchas veces te da otro tipo de espacio que el de la nota diaria, que es mucho más corto y escrito con prisas.
Hablamos de la realidad; para citar otra vez a Cristina Rivera Garza, “nos tenemos que doler por esa realidad”, enfrentarla, no simplemente reproducir la sangre y la violencia, buscar contar qué está pasando y por qué. Hay ejemplos de reporteros que sí se han enfrentado de manera muy digna y fuerte a esta situación.

AR: Hay una parte del libro en donde describes el gran éxito de la economía del narco, e incluso hay una afirmación de que ha contribuido de forma importante a salvar al capitalismo global en la crisis actual. ¿Se puede combatir a esa economía cuando parece ser hasta necesaria para la reproducción del sistema?
JG: Subvertirla. Esa lógica del combate es una farsa, un teatro, porque el Estado no lo está haciendo sino que la está sosteniendo. La ilegalidad es la que hace a la mercancía tan lucrativa. Si en verdad quieres combatir la violencia relacionada con el crimen organizado y el narcotráfico, tienes que cambiar la estructura del mercado.
Ya dejemos de hablar como moralistas, de “buenos” y “malos”, de que si fumas tal cosa eres un malvado y si te colocas una placa de policía eres un bendito de Dios. No, las cosas no son en blanco y negro; hablamos en términos duros de política económica. Esta situación es un mercado multinacional muy lucrativo que, según la Organización de las Naciones Unidas, genera entre 300 y 500 mil millones de dólares cada año. La industria global de los refrescos genera unos 180 mil millones, y en este país no hay una tienda que no los tenga. La droga es más del doble, y entonces es un mercado muy fuerte y que trabaja con dinero en efectivo: cuando el capital especulativo está en crisis, el dinero líquido es vital.
Entonces, si queremos subvertir la violencia hay dos pasos básicos: primero, cambiar la estructura del mercado, legalizar, regularizar y poner el presupuesto del Estado no en fracasados esfuerzos policiacos y militares, sino en iniciativas de salud pública, de educación ante los daños reales de ciertas sustancias que sí son desastrosas y muy dañinas (las metanfetaminas, la piedra, la cocaína, aunque el alcohol y el cigarrillo siguen matando más que todas las drogas ilícitas).
Lo segundo es que pienso que los problemas más fuertes son los más profundos de nuestra estructura económica y política: lo que estamos viendo del narcotráfico es una parte normal del capitalismo, en lugar de ser una falla dentro de éste. Veamos que los cambios en el mercado ilegal de las drogas son totalmente paralelos, corresponden a los cambios del mercado legal de agricultura, construcción, venta en tiendas. Entonces, creo que tenemos que ir más a fondo de por qué hay tantos seres humanos que quieren consumir esas sustancias (no porque son unos flojos, unos malos o porque las sustancias son tan buenísimas; no, es porque viven en condiciones de miseria, de trauma, de violencia, que viene de una economía política que no ha podido velar por el bienestar de la mayoría de los seres humanos).
Vivimos en una cultura económica y política violenta de por sí, y los cambios que necesitamos yo creo que sí son mucho más profundos que simplemente legalizar las sustancias, que es un primer paso, pero luego vas a ver que Carlos Slim va a ser el dueño de todas las licencias de importación y exportación de marihuana de este país, y va a haber campesinos pizcando la hoja por salarios de miseria. Entonces esto no cambia.
Lo que es brutal es que en un mismo país existan Polanco y Metlatónoc. Esa es la violencia profunda. Si queremos hacer deveras cambios profundos tenemos todos que cambiar cosas básicas de la estructura de nuestra política económica.

AR: Para retornar a la violencia: en el libro presentas testimonios como el de El Pepis, que da una idea de cómo se ha ido normalizando y arraigando la violencia, y se menciona que ya es un estilo de vida convivir con la delincuencia. ¿Qué hacer ante esta adaptación al fenómeno, de comenzar a verlo como algo cotidiano e insalvable?
JG: Esto nos lleva, otra vez, a considerar cuáles son los problemas más profundos. Por un lado nos muestra qué tan difícil va a ser cambiar, pero yo creo que si los morros, los chavos, los plebes (como les dicen en Sinaloa) se síenten tan atraídos por el fajo de billetes, la imagen del AK-47 o la fusca, la camionetota, es porque no existe una cultura, otra, de un camino de vida. Sus caminos son ser jodido, migrante (y jodido allá) o narco. Si dices: “Sufro en una casa de cartón, arriesgo el pellejo cruzando el desierto para que me maten narcos, la migra o los pinches rancheros racistas gabachos, y si no es ninguno de ellos va a ser el sol pizcando naranjas a 47 grados. ¿Esa es la vida, ese es el camino? ¿O vivo cinco o 10 años de rey, con mi fajo de billetes, morra, camionetota, bla, bla, bla?”.
Yo creo que esa cultura se puede arraigar tanto, y otra vez nos muestra una enfermedad social, una ausencia de otros caminos. Lo que urge son programas de educación sobre los peligros reales de esas sustancias, de todo el mercado del narcotráfico. Pero si a un morro de 13 años le dices: “Mira, aquí hay un centro de deporte, hay un financiamiento de fondos públicos para que tú puedas estudiar artes marciales, beis, basquet, lucha, ping pong o lo que sea”, ¿para qué va a ir buscando que lo maten en tres años? Si hay un ofrecimiento, una fuente de opciones de otras cosas, yo creo que sería muy distinta la cultura. Algo así pasó en barrios negros de Estados Unidos, donde se habían cerrado todas las puertas y había políticas funcionalmente racistas que llevan décadas o siglos. Entonces ¿qué vas a hacer?, ¿simplemente quedarte con los brazos cruzados y que los blancos te discriminen?, ¿o vas a agarrar la piedra de cocaína, venderla y juntar más lana que los pinche blancos, y andar con tu cultura del gánster, del hip hop? La lógica racista es pensar que los negros o los mexicanos son así, lo que para mí es una cosa nefasta.
La reflexión creo que más urgente y que nos puede llevar a una salida de toda esa violencia es decir: “¿Por qué existen esas culturas de glorificar la violencia donde no hay otras opciones?”. O sea, es una cultura de desesperación porque ¿qué otra cosa hay? Es, de cierta forma, también terrible y con algo de resistencia, porque dices: “Pues no voy a dejar que simplemente me discriminen, me excluyan; voy a buscar mi propio camino”.
Por eso digo que las respuestas más profundas a los problemas que enfrentamos van a ser largas, lentas y de transformación profunda de la sociedad, de la economía, de la política.

AR: Sobre la sociedad: destacas algunas experiencias de la sociedad civil en busca de justicia y de seguridad, como la del Frente Cívico Sinaloense. ¿Qué resultados han dado esas organizaciones?
JG: Primero, hay muchas experiencias de esas resistencias que son urgentes. Yo creo que todas esas luchas han servido muchísimo para combatir, primero, esa lógica violenta de culpar al muerto de su propia muerte. Está Alma Trinidad, en Culiacán, Sinaloa, quien sale a las calles a exigir justicia por una matanza donde cayó su hijo; está Luz María Dávila, que se enfrenta al presidente Calderón en Ciudad Juárez (“usted no es bienvenido aquí, no le doy la mano”) después de la masacre de Villas de Salvárcar, cuando éste dijo que eran unos pandilleros y sucede que nada que ver, que eran deportistas; está la lucha de Javier Sicilia, y todos los familiares de víctimas que se juntan y se suman a ella, uno de cuyos resultados ha sido justamente provocar un cambio de conciencia entre la gente de que no todos los muertos son narcos, y que, aun si lo fueran, no merecen la muerte violenta que sufrieron, eso no merece la impunidad que cubre todo.
No existe pena de muerte en México oficialmente, pero la lógica subconsciente del sexenio de Calderón ha sido pena de muerte por la sospecha de estar involucrado en el narcotráfico.
En muchos casos los logros son más cotidianos, de sobrevivir con ese dolor, de hacer algo público con ese dolor personal tan profundo —que yo ni siquiera puedo imaginar— de perder un hijo, de los familiares de los desaparecidos, lo que debe ser simplemente un dolor desgarrador, diario, de cada minuto.
Los logros a veces son muy pequeños, pero también a veces muy grandes: provocar un cambio de conciencia, y ojalá de veras surja un movimiento o muchos para combatir y enfrentar toda esa máquina de impunidad.

AR: Mercedes Mouriño, del FCS, te hizo una pregunta que ahora te hago yo: ¿quién es responsable de lo que está pasando en México?
JG: Hay muchos responsables. Yo empiezo y ubico una primera responsabilidad en el gobierno de Estados Unidos por ser el principal motor de la política de prohibición total y moralista de las sustancias ilícitas, y también por ser el país que lanzó y sigue aferrado al fracaso rotundo de una llamada “guerra contra el narcotráfico”, mientras es el país que más consume esas sustancias, y donde los consumidores son menos protegidos: se tienen menos recursos de servicios de salud para enfrentar lo que debe de ser un asunto de salud pública, y nomás lanzan una política policiaca-militar. Esto ocurre no por accidente ni porque son unos idiotas sino porque es a propósito para que así el mercado sea más fuerte, y así también la policía se puede usar como pretexto de control social racializado en Estados Unidos y neoimperialista a nivel internacional.
Una segunda responsabilidad recae sobre la clase política mexicana, muy concretamente sobre la administración de Felipe Calderón por mandar al Ejército y la Policía Federal a las calles pero sin ningún plan; y no importa si lo tuvieran porque desde la llegada de Estados Unidos esa política de guerra está fracasada, es absurda. Entonces, reproducirla aquí es simplemente entrarle a ese mismo juego estadounidense de enmascarar un asunto de salud pública como un asunto militar, y usar esa máscara para todo tipo de represión política, económica, mientras la economía de las drogas sigue funcionando a madres.
En otro nivel, más difícil de discutir y elaborar, una cierta responsabilidad la tenemos todos, que es la de acostumbrarnos a esa violencia e impunidad.

AR: Concluyo: en la elaboración de este libro ¿te has sentido en peligro, has corrido riesgos?
JG: La verdad, los que más corren riesgos entre los periodistas son los que viven, reportan, publican y llevan sus niños a la escuela y que viven en la misma ciudad o zona donde reportean. Sabemos de la terrible lista de periodistas asesinados en los últimos años, y la gran mayoría son de los periódicos regionales y que publicaban sobre asuntos de gobierno: corrupción y participación en secuestros por parte de policías, de funcionarios relacionados con el narcotráfico. Esos son los que corren los riesgos mayores.
Más allá de eso, en una crónica que escribió Alejandro Almazán dijo: “Es un peligro estar vivo”. En este contexto no sabes de dónde puede venir un atentado. Cuantísimos de los que han sufrido esa violencia no estaban metidos en nada; llevas el coche de tu mamá al taller mecánico para que le arreglen el freno de mano y terminas acribillado, o vas a una fiesta con tus compañeros de la escuela a celebrar una victoria de tu equipo de futbol, y resultan 17 asesinados.
Entonces el peligro es estar vivo. Tristemente creo que los peligros son sociales, son algo que nos ha tocado a todos, pero en el ámbito periodístico los que corren los mayores peligros son los compañeros de las regiones, no las personas que viven en el DF, aunque también hay casos, y mucho menos personas como yo, que venimos de otros países.

*Entrevista publicada en Replicante, junio de 2013.

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