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miércoles, marzo 06, 2019

Democracias sumidas en la desigualdad. Entrevista con Carlos Elizondo Mayer-Serra



Democracias sumidas en la desigualdad
Entrevista con Carlos Elizondo Mayer-Serra*
Ariel Ruiz Mondragón

En el siglo XIX Alexander von Humboldt escribió en su Ensayo político del reino de la Nueva España una frase lapidaria: "México es el país de la desigualdad. Acaso en ninguna parte la hay más espantosa en la distribución de fortunas, civilización, cultivo de la tierra y población".
Por supuesto esa situación no es exclusiva de México sino que se extiende por varias regiones del mundo. Ahora, 200 años después de Humboldt, en su libro Los de adelante corren mucho. Desigualdad, privilegios y democracia (Debate, 2017), Carlos Elizondo Mayer-Serra expresa: "América es la región con la peor distribución del ingreso del mundo, donde los de atrás se rezagan más".
En su libro el autor hace una extensa revisión de las condiciones y evolución tanto de la desigualdad como de los privilegios de las élites de nuestro continente, así como su relación con la democracia. Así, encuentra que "los que van adelante corren más rápido y gracias a ello van ampliando sus privilegios".
Sobre ese libro charlamos con Elizondo Mayer-Serra (Ciudad de México, 1962), quien es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Oxford. Ha sido profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (del que también fue director) y del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, ha colaborado en publicaciones como Nexos, Letras Libres, Excélsior y Reforma.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro como el suyo? En la introducción usted dice que la desigualdad se ha vuelto una moda.
Carlos Elizondo (CE): Es claro que la desigualdad ha hecho evidente lo complejo que es tratarla y las onerosas consecuencias políticas de no hacerlo, y porque no hay un texto para México y América Latina en general que trate de entrarle al tema desde la pregunta muy clásica de esa tensión casi inherente a las democracias capitalistas que es partir del principio de “todos somos iguales” y tener mundos muy desiguales.
La democracia debería ser la que resuelve esa tensión mediante políticas públicas que disminuyen la desigualdad. El libro trata de ver por qué eso no ha pasado en América en general, cuáles son sus mecanismos de reproducción en regímenes democráticos y autoritarios, con o sin políticas redistributivas, y cómo en Estados Unidos también hay una élite que ha podido usar las instituciones democráticas para mantener una desigualdad y una exclusión sociales que en otros países de ese nivel de desarrollo no se encuentran.
América es el continente de la desigualdad; para nuestro nivel de ingreso, no encuentras países más desiguales que los de América Latina, y entre los países desarrollados no encuentras ninguna más desigual que Estados Unidos.

AR: Sobre los procesos de Independencia de América Latina, muchas veces inspirados en Estados Unidos, dice usted que sí se instalaron regímenes políticos democráticos e incluso hasta liberales, pero que sólo llegaron a ser democracias muy limitadas. ¿Qué nos queda de esa experiencia?
CE: Una de las paradojas del subdesarrollo de América Latina es que desde el punto de vista de nuestras aspiraciones, capturadas en nuestras constituciones, siempre hemos tenido democracias liberales; el grueso de éstas en el mundo, de larga duración, como en Europa y Estados Unidos, son países con altos niveles de bienestar.
Las Independencias de México y América Latina fueron muy influidas por la de Estados Unidos de la Inglaterra en la época; se hizo un gran esfuerzo para emular esas prácticas institucionales que, para nosotros, explicaban el enorme desarrollo que Estados Unidos había logrado es sus primeros 30 o 40 años de vida. Hemos arrastrado esa ilusión de que bastaba tener una Constitución y unas reglas adecuadas para poder tener unos comportamientos similares a nuestros vecinos de América del Norte.
Pero, a diferencia de África y, más claramente, de India y del este de Asia, las independencias en nuestros países no llevaron al resurgimiento de las élites originarias. En India, cuando los ingleses se retiraron, las élites políticas locales recuperaron el poder. El dato histórico interesante es que en América Latina las independencias fueron capturadas por las élites criollas, que tenían privilegios que no querían perder, por lo que ese espíritu en principio democrático de las constituciones muy rápido fue erosionado por golpes militares y limitaciones al sufragio. Así, en la práctica el siglo XIX fue el de la inestabilidad, primero, y luego de los regímenes oligárquicos, donde una minoría tenía el control económico y político de estos países.

AR: Un proceso diferente al de Estados Unidos, incluso en términos étnicos.
CE: En Estados Unidos los pueblos indígenas fueron menores y totalmente expulsados por la mayoría blanca en el norte; además había un régimen esclavista en el sur, en donde la exclusión era validada por los arreglos constitucionales de la época. La Guerra Civil resolvió eso de forma imperfecta, y hasta la fecha hay una exclusión de la minoría negra, que tiene niveles de bienestar promedio muy por debajo de la mayoría blanca.
La otra gran diferencia es que en los países de América la estabilidad política tomó mucho tiempo. Un asunto sorprendente de Estados Unidos es que se independizó y la regularidad del proceso democrático no se ha interrumpido (salvo en la Guerra Civil) de una forma muy admirable, mientras que en América Latina tuvimos golpes militares y caudillos.

AR: Usted afirma que un régimen democrático liberal requiere un piso de igualdad. ¿Cuál es el límite de desigualdad tolerable en las democracias?
CE: Eso depende de cada sociedad en cada momento histórico. Parece que las sociedades europeas son mucho más intolerantes en sus niveles de desigualdad: un europeo se asombra de que en Estados Unidos no haya acceso universal a la salud, no puede entender cómo un país con ese nivel de desarrollo no puede dar ese derecho y que, por lo tanto, genere una desigualdad muy fuerte entre quienes pueden cuidar su salud y quienes no.
Pero esto va cambiando en el tiempo: las desigualdades tolerables a principios del siglo XX en Europa no lo serían hoy. Pero lo que estamos viendo en los últimos años es que en los regímenes democráticos hay una expresión política de enorme enojo con el estado de cosas, lo que no sólo tiene que ver con la desigualdad, y que tiene como una de sus expresiones la irritación con una élite político-económica que parece que se está quedando con todo.
En el libro discuto por qué en el mundo contemporáneo la desigualdad ha crecido tanto: en parte por la globalización y por el cambio tecnológico, por ejemplo. Los grandes ricos de Estados Unidos son los que inventan un artefacto y logran ser los primeros en tener ese producto (en las economías de la tecnología el primero gana casi todo).
Hay muchos factores que explican la desigualdad, pero sí hay una sensación en muchos sectores sociales, aparentemente mayoritarios en algunos países, que está llevando a hacer de ese uno de los grandes temas de campaña. Hacer propuestas de solución de la desigualdad, que pueden ser correctas o incorrectas (como la visión de Donald Trump del problema de la exclusión social por el TLCAN, que me parece absurda), pero tienen un éxito político que ha llevado a la elección de presidentes o movimientos que parecieran difíciles de creer en el pasado. Allí están decisiones como la salida del Reino Unido de la comunidad europea, que parecía un tema que ya había sido discutido.

AR: Usted señala que la desigualdad en América ha permanecido casi constante durante el siglo XX. Hubo revoluciones, autoritarismo, dictaduras, transiciones a la democracia…
CE: Hubo reparto de la tierra.
AR: ¿Por qué diversos regímenes, especialmente la democracia, no han logrado revertir la desigualdad?
CE: El problema de América Latina ha sido tener Estados muy frágiles. Si uno ve la desigualdad de España antes de los impuestos y los gastos, no es tan distinta a la mexicana. Pero después de que entró el Estado español para cobrar impuestos y gastarlos en una serie de asuntos, la igualdad mejoró muchísimo, porque es un Estado competente tanto en su capacidad de hacer lo que promete y de ser coherente con el objetivo de generar un piso más parejo para todos. Un ejemplo claro es su sistema educativo e incluso el de salud. La inseguridad le cuesta más a los pobres que a los ricos porque lo poco que pierden puede ser muchísimo para ellos porque tienen menos oportunidades de protegerse.
Si el Estado es más eficaz genera una sociedad más pareja, y valida y legitima mejor el orden de cosas. Pero en América Latina, México en particular, no fue un Estado totalmente incompetente, que no provea seguridad; aunque en principio le da acceso a la salud a todos, sabemos que la capacidad de las entidades públicas para proveer ese servicio es muy bajo. Por ejemplo, la diferencia entre una escuela pública y una privada cambia de forma importante la trayectoria de la gente.
En ausencia de un Estado eficaz, ¿qué pasa cuando llegan a América Latina los autoritarismos de izquierda? Pues se apropian de una parte de los recursos, los distribuyen entre sus bases sociales, en general del nivel de ingreso más bajo; roban mucho en el camino y generan una burguesía atada al nuevo Estado distributivo. Pero, en ausencia de capacidades estatales, no mejoran la educación ni la salud, e incluso deterioran la economía. Así, hoy Venezuela debe ser más igualitaria que en el pasado, pero porque todos se volvieron más pobres. Esa no es la forma de igualdad que nosotros queremos tener.
Lo que se ve en América Latina, con Estados que hacen muchas cosas para tratar de paliar la desigualdad, pero luego las crisis económicas y el mal uso de esos recursos no permiten sostener esas estrategias, como en el caso brasileño. Mientras esto se lleva a cabo no se generan realmente bienes y servicios públicos que, a mi juicio, son lo único que en el tiempo te puede mejorar la desigualdad. No es dándole dinero a los sectores A, B y C como se puede resolver, sino proporcionándoles capacidades, capital humano y oportunidades para que se puede generar un piso más parejo.
Pero ¿cómo construyes en el mundo global, de capitales muy móviles, una capacidad de recaudar más de quienes más tienen, sin generar una fuga de capitales que te deje peor que antes? Eso lo discuto en el libro.

AR: Usted pone el acento en instituciones sólidas con burocracias competentes. Dice que ha habido ciertas condiciones para construirlas, como la guerra. ¿Qué ha ocurrido al respecto en América Latina?
CE: Es un argumento muy importante que no siempre tenemos presente. Cuando uno ve históricamente el desarrollo del Estado, el aumento de sus capacidades está muy asociado con tener un ejército victorioso, lo cual requiere de enormes competencias logísticas y de otro tipo, así como de financiamiento del esfuerzo militar. Si uno ve a Prusia, su gran éxito fue la construcción de una burocracia que les permitió tener un ejército y unas finanzas públicas eficaces que permitieron unificar a Alemania y derrotar a Francia.
En Europa sobrevivieron históricamente los Estados eficaces, mientras que los más ineficaces fueron absorbidos por sus vecinos. En América hubo muy poca guerra: pasada la de Independencia, que fue costosísima y que destruyó muchas capacidades burocráticas porque expulsaron a los españoles, fueron destruidas muchas prácticas de un Estado relativamente eficaz, y luego nos la pasamos peleando entre nosotros. Las amenazas externas fueron serias, como la de Estados Unidos, pero se resolvieron tristemente con la pérdida de la mitad del territorio.
El argumento de Fukuyama es que la mayoría de las democracias exitosas primero fueron regímenes autoritarios muy exitosos. Cuando el imperio japonés fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial y se transformó en una democracia, ya tenía unas capacidades burocráticas que casi les permitieron derrotar a Estados Unidos. Cuando empezó la transición política impulsada por la derrota bélica, ese Estado democrático tuvo capacidades burocráticas. También el Estado español de Franco era razonablemente eficaz.
En el caso mexicano, el Estado priista era muy competente en un sentido, pero nunca desarrolló capacidades burocráticas eficaces en salud y en educación, y jamás hemos tenido una policía que funcione. En cambio, España tenía una policía, la Guardia Civil, que funcionaba con fines autoritarios durante el régimen de Franco, y luego sirvió con fines democráticos.
Construir burocracias eficaces desde la democracia es muy complicado porque la propia disputa electoral obliga a generar prácticas clientelares, a gastar dinero, etcétera. La nota reciente de cómo se va a usar buena parte del dinero para la reconstrucción de los daños del sismo, y que será en reparto de dádivas con fines electorales, es un ejemplo dramático de cómo no construyes capacidades para mejorar la situación de la gente de forma más permanente.
Estados Unidos es de los pocos países que llegaron a ser democráticos sin fuertes capacidades burocráticas; pero las fueron construyendo, en parte por la necesidad de enfrentar una serie de conflictos bélicos (la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo), lo que les generó una capacidad de recaudación y de gasto que sostuvieron al terminar el conflicto, y que le permitió financiar el Estado de bienestar, que generó un piso más parejo durante 40 años.

AR: ¿Chile es un caso así después de la dictadura?
CE: Sí es un país con mayores capacidades burocráticas, que ha logrado crecer mucho más en promedio que el resto de América Latina y que ha logrado eliminar la pobreza extrema. Aunque sigue siendo una sociedad muy desigual, todos mejoraron, incluso los pobres.
Hay una tensión en ciertos momentos de la historia entre crecimiento e igualdad: la China de Mao era muy igualitaria, mientras que la actual es muy desigual, en la que todos crecieron, pero más ciertos grupos sociales.
Esto vuelve la discusión más complicada porque las sociedades más pobres pueden ser igualitarias, y puede ser que haya un reyezuelo por allí que tiene muchas cosas, pero los demás son pobres y son más parejos. Se puede igualar más fácilmente hacia abajo que hacia arriba.

AR: Sobre la desigualdad en el mundo usted da un dato impresionante: el uno por ciento de la riqueza del mundo está concentrado en los países desarrollados, y que además concentra a su vez el 15.7 por ciento del ingreso mundial, que puede llegar hasta el 28 por ciento por los capitales ocultos. Dice que los ricos han ganado más de 1988 hasta 2008. Las grandes transiciones a la democracia vienen de los años ochenta. ¿Hay alguna relación entre esa concentración de la riqueza y las transiciones democráticas?
CE: Yo pienso que son caminos independientes porque ese dato se refiere a los ricos mundiales, y muchos de ellos lo son en regímenes que ya eran democráticos, varios en Europa y Estados Unidos. El número mayor de los nuevos ricos están en un régimen autoritario desde antes, y que lo sigue siendo, que es China. Entonces yo dudo que la variable explicativa sea la democracia.
Buena parte de la literatura que cito en este segmento parece mostrar que la globalización probablemente ayuda a entender este proceso de creciente desigualdad, pues porque hoy quien gana tiene una capacidad de expandir sus ventajas por todo el mundo, lo que ha generado una concentración del ingreso muy importante. Un ejemplo claro es Facebook: cuando no existía, quien lo creó y lo desparramó por todo el mundo tuvo una capacidad de concentrar ingreso.

AR: Me interesó un señalamiento que usted hace sobre los teóricos de la democracia: al contrario de los que pronosticaban, sí hubo estabilidad, sobre todo en América Latina; pero, por otro lado, eso no tuvo mayor efecto sobre la desigualdad. ¿Cómo se dio este efecto doble?
CE: ¿Por qué las democracias, contra lo que se esperaba, resultaron estables, pero no mejoraron la desigualdad? ¿Por qué esa aspiración liberal desde nuestra primera Constitución, ya muy claramente a partir de Benito Juárez, no ha generado los beneficios para la igualdad?
En la Revolución francesa se pensaba que la libertad por sí misma, al quitarle los privilegios a los aristócratas, mejoraría la situación. Se esperaba que en el momento en que se establecieran la universalidad de derechos y la libertad para todos, se generaría igualdad. Esto coincidió con la expansión del capitalismo, y éste es desigualador por definición: los capitalistas exitosos tenían una capacidad de acumular que no tenían el pequeño comerciante o un señor feudal. Entonces hubo una explosión de la desigualdad que generó una tensión entre democracia y desigualdad muy importante.
Pero ese no es el verdadero problema en América Latina, sino la estabilidad política, porque sin ella no hay crecimiento. A lo mejor estamos en ese mundo de relativa igualdad porque todos son pobres.
América Latina tuvo un primer ciclo de enorme inestabilidad política en la primera mitad del siglo XIX, y luego, en la segunda mitad de ese siglo, aparecieron capacidades estatales y se logró estabilizar políticamente la región, muchas veces con una concepción en principio democrática, pero, como en el caso del Porfiriato, apropiándose en la práctica del voto de la gente de distintas formas, generando una autocracia personal y dándole un enorme espacio a las oligarquías para crecer mucho más.
¿Cuál es la tensión fundamental entre democracia y capitalismo? Que se piense que en una sociedad pobre, que se siente excluida y maltratada por una élite, la democracia sea un régimen donde gobiernen las mayorías, expropien todo lo que puedan a las minorías y luego dejen un desorden. Entonces siempre ha habido, desde el punto de vista de las élites económicas, el temor de que si llega al poder quien promete distribuir, vaya a acabar expropiando a quienes tienen, lo cual por supuesto al expropiado no le gusta, lo que termina por generar un enorme costo en términos de bienestar económico para todos porque eso ahuyenta las inversiones.
Esa tensión fue permanente durante la Guerra Fría en América Latina: en cuanto llegaba un régimen democrático con objetivos distributivos (como en el caso de Salvador Allende), venía un golpe militar que “resolvía” el problema con las élites económicas, pero que generaba un problema muy serio por la falta de respeto a los derechos humanos y también porque los regímenes autoritarios no son estables.
Cuando se da la transición en América Latina en los años ochenta, la salida de estas dictaduras de América del Sur, que además resultaron económicamente muy malas administradoras de su país (salvo la chilena después de la crisis horrenda de los primeros 10 años de Pinochet), se logró tener un crecimiento bueno, alto, con baja inflación, etcétera.
Entonces pasó el temor de qué iba a pasar si ganaban los Lula, los Kirchner, los candidatos que prometen una mayor distribución y una mayor inclusión.
No pasó en parte porque la Guerra Fría era la que justificaba este tipo de apoyo de la élite norteamericana a las de América Latina para respaldar los golpes. Incluso en Venezuela ha habido una expropiación brutal de los empresarios nacionales e incluso de compañías extranjeras, y Estados Unidos no ha intervenido. Hubo un golpe fallido por ahí, pero no claramente impulsado por los estadounidenses.
Lo que sucedió en América Latina entonces es que las democracias se volvieron estables en ausencia de la Guerra Fría, pero también se debió a una maduración de los propios sistemas políticos, a sociedades más informadas y a instituciones electorales más sólidas. Así se dio la alternancia cuando el elector no estaba contento.
¿Por qué no mejoró la desigualdad? Brasil y Venezuela mejoraron un rato. Sí tiene algunas virtudes que un gobierno diga “voy a gastar más en los pobres, a tratar de tener más foco en lo que gasto, a subsidiar menos a empresarios amigos y a bajar la corrupción”, etcétera. El problema es que con Estados incompetentes esto no es sostenible porque se acaba por erosionar las bases del crecimiento económico (como en el caso venezolano y parcialmente con el segundo Lula) y, además, no es permanente nada de lo que hicieron. Si no tienes un Estado que funcione, todas estas cosas se colapsan, como le pasó al gobierno de Brasil.
Es muy interesante que la única región del mundo que mejoró la desigualdad en los primeros 15 años del siglo XXI fue América Latina, tanto los países gobernados por la izquierda, como Brasil, como por gobiernos neoliberales de derecha, como México. Eso tiene que ver con fenómenos más profundos: la expansión de la educación, los salarios son menos desiguales, programas de distribución focalizados, etcétera. Esto palió un poco la desigualdad en algunos países, pero cuando se administra mal se vuelve a entrar en una crisis macroeconómica, que a los que suele dañar más es a los pobres. Una de los problemas que parecía que habíamos evitado en América Latina de los años ochenta para acá, era la mala administración macroeconómica; pero el boom de commodities permitió financiar políticas insostenibles, lo que reventó con consecuencias horrendas en Venezuela, sin que el gobierno caiga, pero también en Brasil, donde el gobierno sí cayó por un asunto de corrupción.

AR: Usted recuerda que, desde las Independencias, para América Latina el gran modelo democrático era Estados Unidos. ¿Cuál ha sido su influencia en el desarrollo político del subcontinente, desde como modelo hasta como, en el caso mexicano, una válvula de escape de la presión social?
CE: Nuestro modelo no es el de los Estados distributivos eficaces europeos, sino el de una democracia eficaz desde el punto de vista de la gobernabilidad, que ha logrado coexistir con altos niveles de desigualdad y de exclusión social en ciertos sectores étnicos, en particular hispanos y negros.
Por otro lado, para la élite española el modelo era el francés, y así fue gestando su democracia: un Estado que recauda y gasta mucho, pero razonablemente bien, en bienes y servicios que se vuelven parte de las expectativas de los ciudadanos. En México no tenemos eso; es muy curioso, pero ni en Estados Unidos hay un movimiento mayoritario a favor del acceso universal de la salud, sino al contrario: Trump ha ganado las elecciones con el discurso opuesto. Pero en España o en Francia es inimaginable que hoy alguien dijera: “Voy a quitar el acceso universal a la salud porque es muy caro”.
En México nadie está prometiendo acceso universal a la salud, en parte porque institucionalmente lo tenemos y porque todos sabemos que es solo un derecho en el papel, por lo que el ciudadano está acostumbrado a que eso lo tiene que resolver de su bolsillo.
Aunque hubo esfuerzos de los gobiernos de Fox y Calderón por un Seguro Popular para quienes no están inscritos en el IMSS y el ISSSTE, el ciudadano no se lo acaba de creer y no lo demanda, e incluso lo paga por fuera.
Nuestro modelo democrático es uno donde eso no te lo resuelven, y no hay una demanda social. Eso ha sido una primera influencia negativa de la democracia de Estados Unidos.
La segunda es que ha sido una válvula de escape; lo que trato de argumentar es que es más complicado que antes pues el que aquí no tenía espacios pues se podía ir. Pero eso ha cambiado y ahora tiene implicaciones como irse a Estados Unidos, construir un patrimonio y regresar con un piso mayor, o ya quedarse allá y financiar a los familiares que se quedaron acá por un tiempo, etcétera.
También las élites se pueden ir. ¿Qué hacían las élites francesa o inglesa cuando ganaba un movimiento de izquierda en su país? Pues no se iban corriendo, sino trataban de negociar, de ver cómo llegaban a un acuerdo porque en su país tenían sus actividades y era donde querían seguir viviendo. Las élites de América Latina, a la menor presión política, se van. Hemos oído de tantos mexicanos ricos decir que “si gana López Obrador, me voy”; un inglés no estará diciendo “si gana Corbyn, me voy”. No, dicen: “Vamos a ver cómo negociamos con este señor porque en este país vivimos”.
Asimismo, Estados Unidos es una válvula de salida fácil para las élites, que allí viven mientras la situación mejora para sus intereses. Eso ha generado una reacción de las élites de América muy particular: se cruzan en Miami y llevan mucho dinero a Estados Unidos.

AR: Sobre las élites, especialmente las oligarquías, usted dice que son las que tienen la capacidad de orientar a su favor las políticas públicas y la elaboración de leyes. Usted anota que tuvieron que ser democráticas hasta que se vieron obligadas, pero también les otorga crédito en las transiciones. ¿Cuál ha sido el papel de las élites locales en el desarrollo de las democracias? Si bien fueron actores, también parece que las han limitado.
CE: Las élites siempre le tienen miedo a la democracia: ¿cómo crees que todos somos iguales? ¡Qué horror! Eres élite para tener privilegios, no para ser iguales. Cito el caso de Filipinas e Indonesia: las élites pueden decir que las democracias son más fáciles porque son más comprables, porque necesitan ganar ciertos señores y les dan dinero para que ganen.
Las élites de América han tenido ambigüedad en el tema de la democracia; pero lo que digo es que en general prefirieron no tener que lidiar con un señor electo por las mayorías, pero muy pronto se dieron cuenta de que tampoco era el fin del mundo y que incluso tenía ventajas. Además, los regímenes autoritarios también se volvían riesgosos.
Pongamos el caso mexicano: ¿cuándo surgió la revuelta democrática de los empresarios mexicanos, que culminó con el éxito de Fox? Con la crisis de 1982, con la nacionalización de la banca, con el surgimiento de un PAN mucho más dinámico, con un Manuel Clouthier que se alimentaba de las clases medias enojadas con la crisis económica y que terminó con la victoria de Fox algunos años después.
Como que esa parte de la élite dijo: “Estos señores del priismo no son confiables, no saben administrar. Vamos a tener que hacerlo nosotros y ponerle límites a estos abusivos”. En Brasil fue parecido: se empezaron a dar cuenta de que las élites militares eran también corruptas, muy invasivas e intolerantes, y fueron encontrando la democracia como un espacio donde aprendieron a negociar, a poner límites.
Obviamente, la burguesía venezolana no logró contener las actividades expropiatorias de Chávez y de Maduro, pero en el resto de América Latina ha logrado un equilibrio, con muchos espacios para defender sus privilegios. Hay un punto central: que el Estado de derecho no funcione. Hay unas tensiones permanentes entre las élites: quieren un Estado de derecho que funcione, para que haya certidumbre, pero también les encanta que la Procuraduría no las meta a la cárcel cuando cometen abusos.
Probablemente, salvo Chile y Colombia en algún sentido, no hemos logrado transitar a un pacto entre las élites para que el que haga trampa se vaya a la cárcel. En México, un político o un rico con recursos y con buenas redes, mediante el amparo y una manipulación de los procesos penales y criminales en general, puede mantenerse en libertad toda la vida.

AR: Sobre el caso mexicano, me llama la atención lo del estancamiento económico: dice que en los años ochenta se vivía el paso a la democracia, y que México todavía tenía que vivir otra crisis, la de 1994, para que cayera el PRI. ¿Cuál ha sido la vinculación entre los procesos económicos y la democratización?
CE: Una de las grandes virtudes de los gobiernos hegemónicos del PRI fue su eficacia económica durante varias décadas, lo que es una paradoja muy interesante porque ella generó a las clases medias que luego iban a ser sus críticas. Pero mientras la economía funcionó más o menos bien, sus críticos estaban más o menos contenidos; pero fue con las crisis de 1982 y de 1994 cuando despertó una parte de la sociedad mexicana, que dijo “estos señores no saben administrar”, y sus vicios (falta de respeto a la ley, corrupción, etcétera) se volvieron muy significativos para grupos sociales. Fue entonces cuando vinieron los liderazgos de Clouthier, Fox y Cuauhtémoc Cárdenas.
Fue en las crisis económicas donde las bases de legitimidad y los apoyos del PRI se fueron estrechando. Entonces se fue construyendo un régimen de control del proceso electoral como parte de la negociación entre el PRI y las oposiciones.

AR: Hay un señalamiento clave en su libro: “En México el poder político ha sido un mecanismo para hacerse rico”. Aquí ya hablamos de la corrupción, sobre la que dice que ha sido “el cemento del sistema”. ¿Cómo esa condición ha modelado la democracia mexicana?
CE: Hay que tener claro que parte de nuestra élite empresarial no es más que hijos de gobernantes exitosos, como el caso de Miguel Alemán, que hoy es un empresario que ya “legitimó” el origen de esos recursos. Pero más generalmente está el tema del dinero y elecciones: quienes tienen recursos financian elecciones y esperan algo a cambio. La red de corrupción de Odebrecht es eso. Es una empresa de América Latina que entendió cómo se hacía en Brasil, y decidieron llevar su modelo al resto del continente. Escogió a quién tenía que financiarle la campaña, y le cobraban una vez que hubiera ganado. Eso es lo que vuelve la tensión entre democracia y élites económicas muy complicada: para ganar, los políticos requieren dinero, y quienes los financian luego cobran algo a cambio.

AR: Entre los riesgos para las élites usted destaca la inseguridad. ¿Cómo ha afectado políticamente a la región este asunto? Cita usted un caso en Brasil, donde en Sao Paulo los ricos han construido una ciudad amurallada aparte.
CE: América Latina es la región más desigual del planeta, y también la de más violencia. La causalidad de ésta no es clara, pero parecería sugerirse que los países más desiguales tienden a ser más inseguros. Países violentos como Brasil, México, Venezuela y Colombia están en el conjunto de los muy desiguales, pero también Chile es muy desigual y tiene niveles de criminalidad muchísimo más bajos. Pero en promedio la región es así.
Ante ese riesgo, las élites no han presionado mucho para construir las instituciones que contengan la inseguridad, y han preferido pagar guaruras, levantar bardas y vivir en un mundo aparte.
Las élites de América Latina viven en sus burbujas, y cuando se cansan de éstas se van a vivir un rato a Estados Unidos en barrios caros y seguros, donde la seguridad no depende de un guarura.
La pregunta importante, a la que en México no hemos tenido buena respuesta, es en qué momento las élites consideran que lo que necesitamos es tener instituciones que funcionen.
En Nuevo León vimos que, durante la crisis de seguridad del gobierno de Rodrigo Medina, hubo un momento en que la élite económica de Monterrey, una de las más importante de México, empezó a ver cómo la inseguridad estaba generando un daño muy fuerte en sus capacidades de hacer negocios y de continuar su vida normal en Monterrey. Entonces presionaron a los gobiernos federal y estatal para construir instituciones que pudieran contener esa situación, con bastante éxito. Pero lo peor es que esto no ha sido sostenible porque llegó el nuevo gobierno y lo echó para atrás. La presión de esa élite se fue para atrás y permitió a los gobiernos dejar de concentrar su esfuerzo.
¿En qué momento el enojo con la inseguridad hará que la élite y segmentos importantes de la población presionen al gobierno para ahora sí invertir bien en instituciones? Curiosamente no parece ser un tema de campaña.

AR: Dice que en la democracia también se pierde la confianza en las élites por la impunidad, la corrupción y la desigualdad. Es entonces cuando aparece el populismo, al que usted define como una forma de llegar al poder. ¿Cuál ha sido su relación con la democracia?
CE: Dice López Obrador: si me acusan de populismo porque creo que hay que mejorar las condiciones del pueblo, bienvenido que me digan populista. Yo digo que se trata de un movimiento que construye un régimen donde esa promesa de redistribución no viene acompañada con las capacidades de hacerla sostenible, y es mucho más una distribución de dádivas, favores y dinero para construcción de redes clientelares, que la construcción de Estados competentes que le den salud, educación, etcétera, a la gente para mejorar sus condiciones.
En América Latina los gobiernos de izquierda han puesto énfasis en lo primero y no en lo segundo. Pero también hay populismos de derecha, como Trump, que es un poco la misma historia: hace promesas con instrumentos que no sabemos si sirven para resolver el problema; por ejemplo, financiar a la industria del carbón no va a resolver el problema del desempleo en Virginia porque es un problema que tiene que ver con el cambio tecnológico y otros asuntos. Pero las propuestas populistas tienen terreno fértil cuando en una democracia las élites han sido insensibles o no han tenido las capacidades de atender las demandas de los que se quedan excluidos. Por ejemplo, Hillary Clinton llamó "canasta de deplorables" a una parte del electorado que apoyaba a Trump; no, un político debe entender por qué están enojados los ciudadanos y canalizar su enojo con propuestas creíbles que mejore las condiciones de vida de los excluidos.

AR: Hacia el final del libro usted señala que frente a diversos problemas, como los efectos de la tecnología sobre el empleo, América no ha resuelto el asunto de tener un mínimo piso de bienestar para todos sus ciudadanos, por una parte, ni, por la otra, tampoco mecanismos para contener el creciente poder de las élites. ¿Cuáles son las perspectivas? ¿Para tener mejores políticas redistributivas el autoritarismo puede ser una vía?
CE: Hay una tentación autoritaria. La democracia perdió legitimidad en los últimos años en el mundo, y en México más. Si le preguntabas a los mexicanos si la democracia es la mejor forma de gobierno, antes el mismo porcentaje decía que sí, pero ahora anda por el cuarenta y tantos por ciento, y hay otro porcentaje mayor que está a favor del autoritarismo.
El modelo chino parece volverse un modelo muy atractivo: de repente algunos señores fueron capaces de llevar a su país a un nivel mucho más alto. Pero eso requirió de limitaciones de las libertades, lo que seguramente no aceptaríamos en América Latina; cuando se han impuesto ha sido a unos niveles de represión que no han sido sostenibles en casi todos los países.
Si bien la salida autoritaria parece atractiva, la historia muestra que por cada régimen autoritario eficaz hay uno ineficaz, y éste es capaz de hacer tanto daño que quién sabe si queremos darle todo ese poder a alguien para que se equivoque sin mecanismos de autocontención.
En mi libro Por eso estamos como estamos cito el caso de la China de Mao, un fenómeno autoritario muy eficaz con un gobernante que tenía ideas un poco extrañas, y que en los años cincuenta sintió que tenía que producir acero como primer paso para el desarrollo industrial de su país. Impuso unas metas de producción altísimas, y como era una sociedad disciplinada empezaron a hacerlo; pero en el camino destruyeron la agricultura: fundían los implementos agrícolas para cumplir con sus cuotas, y nadie informaba de lo que estaba pasando. Entonces, cuando se dieron cuenta hubo una hambruna que mató a más de 50 millones de chinos.
Así, un autoritarismo equivocado se volvió un horror.
Entonces, con las capacidades institucionales de América Latina, yo prefiero una democracia fallida que no cumpla sus objetivos, que un autoritarismo fallido que se equivoque en qué quiere y acabe peor. Para mí eso no es una solución.
Tenemos que crear Estados competentes, lo que ni a la izquierda ni a la derecha les ha interesado hacer. La izquierda prefiere crear redes clientelares: ¿cuánto tiempo lleva gobernando la izquierda la Ciudad de México? Desde 1997. ¿Qué tanto mejoraron las capacidades burocráticas de la capital? Muy poco. No tenemos un gran sistema de salud o un mejor transporte público resultado de estos gobiernos de izquierda. Se ha logrado mantener muy eficazmente en el poder pero mediante apoyos, y eso es lamentable. Ojalá que cambie, pero no se ve otra perspectiva.

*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 212, julio de 2018.

domingo, abril 17, 2016

El purgatorio oligocrático. Entrevista con Ricardo Raphael


El purgatorio oligocrático
Entrevista con Ricardo Raphael*
Ariel Ruiz Mondragón
Entre los aspectos que permanecen casi intocados pese al proceso de democratización que ha vivido el país, se encuentra el de sus élites económicas. Éstas han logrado no sólo acrecentar sino legitimar su poder, del que hoy hacen gran ostentación. Eso se debe a una cultura del privilegio que, merced a la corrupción y la impunidad, ha reforzado aspectos como la desigualdad y la discriminación.
La figura que encarna esa suerte de régimen moral es la del mirrey, a la que Ricardo Raphael define como “tribu urbana que desde mediados de la década pasada comenzó a ser síntoma vergonzoso de la ostentación mexicana dentro y fuera del territorio nacional”. Añade: “Es el sujeto que mayor privilegio obtuvo con el cambio de época y por ello el régimen actual puede ser bautizado como Mirreynato”.
Raphael ha dedicado un libro a observar ese fenómeno y lo que expresa de la realidad actual del país: Mirreynato. La otra desigualdad (México, Temas de hoy, 2014), sobre el cual conversamos con el autor, quien es maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia; maestro en Administración Pública por la Escuela Nacional de Administración de la República Francesa, y candidato a doctor en Economía Política y Políticas Comparadas por la Universidad de Claremont. Ha sido profesor en el CIDE y el ITESM, y además ha colaborado en medios como El Universal, Sin Embargo, Canal 11, Enfoque y Proyecto 40. Es autor de al menos cuatro libros, y coautor de otros tres.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué publicar hoy un libro como el suyo? Al final del volumen usted escribe que busca “mostrar un retrato de una época y una generación donde algunos de nuestros vicios más envilecidos decidieron hacer erupción al mismo tiempo”.
Ricardo Raphael (RR): Es un libro que pretende dar a conocer algo que suponemos que no ha sido conocido, informado y discutido suficientemente. Tengo muchos años, desde la academia y también desde el periodismo, de dedicar mi tiempo a estudiar la desigualdad y la discriminación. Me tocó participar en un par de reportes, uno en 2001 y otro en 2010, y he dado clases sobre esos temas, por lo que conozco más o menos los argumentos. Pero siempre se queda uno con la sensación de que esas conversaciones están encerradas en el claustro académico o en el conocimiento de muy pocos.
Tras esa acumulación de datos, libros, argumentos e ideas, me surgió la necesidad de compartir con la comunidad a la que pertenezco mis hallazgos, observaciones y reflexiones, y Mirreynato es una versión para público amplio del trabajo que me ha tocado hacer.
No basta solamente el propósito: también hay que tener los puentes de comunicación con los distintos públicos. Soy un curioso observador de la prensa nacional, de las revistas de sociales, de espectáculos, de la política (que ahora es más espectáculo que política), en fin. Ahora lo que hago es colocar una serie de episodios de nuestra época como un fresco, y una vez que los pongo al servicio del lector, explico de dónde vienen: el episodio de las ladies de Polanco, del señor Miguel Sacal, de la Lady Profeco, del Niño Verde, las fotos de club social, la revista Quién, etcétera.
En esa exploración he descubierto que en realidad todas esas piezas son síntomas, como la roncha del sarampión, y que en concreto ese personaje, el mirrey, en sí mismo no dice mucho, pero puesto en su contexto nos explica un régimen.
Por eso bauticé al libro Mirreynato: un régimen moral que ha beneficiado a estos personajes y que, de alguna manera, relata o exhibe estos días tristes, violentos y desiguales que nos ha tocado vivir en esta época. Por eso son retratos de una generación.

AR: Usted anota que las elites económicas han escapado a un escrutinio riguroso. Pero lo curioso es que al mismo tiempo los mirreyes son un síntoma vergonzoso, como usted dice, de la ostentación. ¿Por qué al mismo tiempo que las elites escapan a la vigilancia se da esta ostentación?
RR: Se lo explico con una frase del libro: en los años ochenta y noventa, muchos personajes de estirpe corrupta, de fortuna hecha al amparo del poder, habrían logrado la portada de la revista Proceso para exhibirlos; hoy es la revista de sociales la que les da portada.
Pasamos de un régimen en el que los corruptos eran exhibidos en Proceso a otro donde los corruptos son exhibidos en las revistas de sociales. Ese es el fenómeno; pero no le estoy respondiendo el por qué, ya que cuesta trabajo hacerlo.
Me parece que en el pasado el rico y ostentoso buscaba ejercer su veleidad, su frivolidad lejos del ojo público. Se subía a su carro último modelo para recorrer el freeway 10 en Estados Unidos, para visitar Miami, para ir a Nueva York, pero no se subía a su BMW último modelo para embarrárselo en la cara a la población miserable de una colonia pobre. Eso es lo que ha cambiado: estamos en una época en la que la exhibición, la ostentación se nos ha vuelto indispensable.
Me explico esto por dos motivos: primero, porque ocurrió una competencia en redes sociales para ver quién tenía más; el segundo, porque ostentar paga: eres bien visto porque vives en una época en la que nadie te va a juzgar por dónde obtuviste el dinero para esa ostentación. Simplemente por traer ropa, una bolsa de moda y tener una casa fastuosa la gente te va a respetar; inmediatamente se construye un halo de impunidad en el que la consecuencia de tus actos se va a mitigar.
Entonces estamos en una época en la que la ostentación vale la pena porque es directamente proporcional a la impunidad: mientras más ostentas, más impune eres. Esto sí cambió, y creo que allí va parte de la explicación.
Cierro con una anécdota: me cuenta Luisa María Serna, la primera editora de la revista Quién en los años 1998-99, que cuando llevó las cámaras a fotografiar a los ricos y famosos, estos le decían: “No nos gusta tener la cámara y el video en nuestra casa, en nuestra intimidad”. Hoy es todo lo contrario: se mueren de ganas por exhibir.
¿Qué cambió de 1998 a la fecha? Se descubrió que la ostentación te da un halo de impunidad, no importa cuál sea el origen de los recursos con los que la estás pagando. En ese momento te proteges frente a ese infierno que son los pobres, los miserables de los primeros pisos de la construcción social.

AR: Es el paso del junior al mirrey. En el libro dice usted que su tesis principal es que el mirrey es el sujeto que mayor privilegio obtuvo con el cambio de época. En este sentido, ¿qué pasó con nuestro proceso democratizador que dio lugar a este personaje rico, privilegiado, discriminador?
RR: Mi versión optimista de los hechos es la que ofrece la Biblia: entre el infierno y el cielo hay un lugar que se llama purgatorio. Éste es el mirreynato. Somos una democracia, ya no vivimos en el régimen de partido único. Entonces ¿dónde vivimos? En esta especie de régimen amoral que yo bautizo mirreynato porque ha beneficiado sobre todo a los mirreyes.
¿Por qué pasó que un régimen que desigualaba por autoritario, ahora, cuando el poder se ha multiplicado y los poderes local y nacional se han dispersado en varios partidos, se mantuvo al mismo tiempo una suerte de aristocracia? Voy a ser más justo: de oligocracia, los peores, los que se sacaron el premio de la Lotería, que cada elección plebiscitan su poder, van a las urnas y le dicen a la gente “vota por mí para que me garantices mi poder, mi impunidad, mi corrupción”. ¡Y allí vamos y votamos para garantizarlas!
El dinero se volvió pieza clave del nuevo régimen porque te permite tener impunidad, enriquecerte, ganar elecciones y nadie te persigue: todo junto. Cuando una democracia basa el ejercicio plural de la voluntad ciudadana en quién tiene dinero y quién no lo tiene para ganar los cargos de elección, para conquistar el poder, deja de ser una democracia y se vuelve una oligocracia plebiscitaria, que es lo que estamos viviendo.
Cabe decir que mucho de ese dinero que se utiliza para ganar el poder no proviene del esfuerzo empresarial, innovador, inteligente, industrioso, sino del hurto del erario, de la corrupción de los recursos que eran públicos y se volvieron privados; es decir, que buena parte de la política democrática se está financiando con dinero de los contribuyentes que se volvió privado y que regresó a lo público por la vía de las campañas.
Eso es lo que está pasado: es el purgatorio mirreynal, y explica muchos otros de los elementos del sistema. Pero yo creo que, sobre todo, la corrupción explica por qué no dimos el paso del sistema de partido único al democrático. Ese purgatorio se debe, sobre todo, a la corrupción.

AR: En el libro hay un capítulo sobre la corrupción y otro sobre la impunidad; usted afirma que justamente el mirreynato es “la etapa superior del alemanismo”. ¿Por qué en el México actual se ha llegado a estos niveles de corrupción y de impunidad cuando, evidentemente, del alemanismo para acá se han fundado instituciones como la Auditoría Superior de la Federación, la Secretaría de la Función Pública, institutos de transparencia, ha habido gobiernos divididos, una mayor independencia del Poder Judicial, por ejemplo, cuya función ha sido (o debería ser) combatir la corrupción y la impunidad?
RR: El alemanismo era un régimen muy parecido a este, pero en un país chiquito, porque la población era mucho menor, no había fuentes tan grandes de petróleo, porque la riqueza mexicana no era tanta y estábamos en la cola de los países desarrollados; ahora somos la economía 13 del mundo y entonces el pastel es grandísimo, y la impunidad y la corrupción han hecho enormes todos los defectitos del alemanismo. Allí está parte de la explicación de por qué el “corruptito” ahora es un “corruptote”, pasando por estadios intermedios, como fue, por ejemplo, al hankgonzalismo.
En esa lógica cabe ver la transición: yo tengo la impresión (no es una hipótesis científica) de que lo que ocurrió en medio es que si bien ha habido una presión social muy fuerte por la transparencia, la pluralidad, la rendición de cuentas, tenemos del lado de la oferta, es decir, de quien gobierna, todavía mucho poder para esquivar el rayo láser de la transparencia, la luz que iluminaría el castillo opaco, la rendición puntual de cuentas responsable, no como una abstracción.
Muchos gobernantes han logrado hasta ahora esquivar este impulso igualador ciudadanizante; no sé hasta dónde lo logren, pero puede ser que parte del enojo que vemos es que todavía salen bien librados. Pero hay un empuje social que terminará arrasando con este purgatorio mirreinal. Lo creo sinceramente, aunque no sé cuánto tiempo tarde; supongo que el tiempo dependerá de cuánta energía hay del lado ciudadano para enfrentar estos elementos asimétricos discriminadores desigualadores.
El problema es que parte de la demanda también está influida por el mirreynato; es decir, los ciudadanos también gozamos o caemos en la ostentación y con eso nos protegemos del otro: hacemos la fiesta de 15 años en el pueblo para presumirle a los otros, a los que no tienen para hacer una celebración con mil invitados.
Si la impunidad nos beneficia, no nos quejamos de ella; la corrupción, si nos salpica, no nos enoja tanto; para marcar distancias, somos discriminadores con la mujer, con el indígena, etcétera. No nos importa hacer cosas chuecas o estar en el narcotráfico si ello nos puede llevar a los pisos de arriba.
El empuje social que puede transformar el mirreynato también está influido por sus valores. ¿Qué podríamos hacer? Yo no estoy pidiendo que tomemos la Bastilla ni que le cortemos la cabeza a Luis XVI, sino que revisemos al mirrey que todos llevamos dentro y a ese sí le cortemos la cabeza, porque entonces vamos a tener un empuje social capaz de derrocar al régimen al que hago referencia.

AR: ¿Por qué esa cultura ha permeado tanto, incluso entre los sectores más desfavorecidos, los de los pisos más bajos del edificio social?
RR: Por miedo. ¿Por qué el de hasta arriba está aterrado de los que viven en los primeros pisos? Porque sabe que allí la vida puede ser muy difícil, que la violencia que se vive por obra de la desigualdad es grandísima. El de hasta arriba está aterrado de descender, es su peor pesadilla; lo que la señorita que se enfrentaba a Drácula sacándole la cruz y diciéndole “¡cruz, cruz, conjuro!”, lo hacen los más ricos al ostentar el coche, la fiesta, la bolsa Louis Vuitton. Es una forma de conjurar, por todos los mitos y realidades posibles, el descenso social. Eso le va pasando a los demás, y está horrorizado de lo que implica ser pobre en este país porque es dolorosísimo.
Para el que vive hasta abajo es muy difícil ascender. El problema es que en este país vivir en los pisos bajos es vivir bajo la línea no de pobreza sino de humanidad. Mientras el país no resuelva esa línea y que uno puede caer en desgracia porque pasó un ciclón, porque te cayó una enfermedad y tuviste que pagar mucho dinero, y no hay una red social que te recoja, vivir en el último escalón te dará mucho miedo. Por lo tanto todos reproducimos lo que vemos arriba: impunidad, corrupción, desigualdad, con tal de que no nos suceda eso.
Creo que un país desigual es el que provoca esto; por eso mi insistencia en que la peor de las violencias en México es la desigualdad. Si la redujéramos, si combatiéramos la discriminación, daría menos miedo estar abajo y entonces sería menos necesario ostentar, corromperse y ser impune.

AR: Algún día hubo la idea de que el Estado cumpliera un papel igualador, pero como usted muestra en el libro, ha sido muy ineficaz en esa tarea, un fracaso. ¿Por qué ha fallado el Estado mexicano en esa labor? Su origen es una revolución social…
RR: El Estado mexicano tiene dueño. Cuando se fundó el rey vendía el puesto de juez, de notario, de alcalde, y quien llegaba a ese puesto lo asumía como parte de su patrimonio (como hoy lo hacen los notarios; hay concursos en el Distrito Federal, pero en el resto del país es “abro una notaría y ese es mi negocio, mi patente de corso”). Le pregunta puntual es: ¿cómo llegamos, en pleno siglo XXI, a que al general al que le entregan una zona militar, el presidente municipal, el diputado, el juez, el secretario de Estado, asuman ese cargo como parte de su patrimonio?
El fenómeno de la lady Profeco es impecable: la Procuraduría Federal del Consumidor era patrimonio de la familia, y la hija o el papá podían dar instrucciones. Está clarísimo que seguimos con la privatización; ¿por qué no se volvió parte de lo público? El Estado tendría que ser parte de lo público, no de lo privado (por cierto, esa es la definición de corrupción: cuando algo que es público es arbitrariamente vuelto privado: cuando a la Policía, al Ejército, al juez lo pones al servicio de lo privado, se produce la corrupción).
Allí regresamos al alemanismo, que es el momento en que el régimen de la Revolución, que se pretendía igualador, cambia de bando. Entonces se vuelve legítimo que el presidente que va a concesionar por primera vez la televisión se quede con la televisora, y se le aplaude que se quede con medios de comunicación. Está el caso de Mario Vázquez Raña: su primer socio en los soles fue el presidente Luis Echeverría. Eso es muy raro; hay algo allí que no está bien, y nadie lo dijo. Es más: cuando el panismo llegó al poder a nivel federal y el perredismo lo alcanzó en el DF reprodujeron ese mal; es decir, algo que sólo era de los priistas resultó de toda la clase política, porque la principal fuente de ingresos de este país, el principal método de ascenso, es robar del arca pública, y es aceptado.
No hemos roto con la Colonia: la hemos reinventado una y otra vez. No sé si me equivoque, pero quiero suponer que esta degeneración será la última. Este libro quiere mostrar que ahora no es el virreinato sino el mirreynato, y que es posible derrocarlo si lo vemos de frente.

AR: Usted destaca que esto tiene mucho que ver con las lógicas de la economía de mercado; señala, por ejemplo, que el Ministerio Público era un instrumento de control político, a muchos se les hace muy difícil aumentar los salarios mínimos, lo cual es una decisión política, lo mismo que cambiar la educación. ¿Por qué no se toman estas decisiones políticas, para lo cual se ponen de pretexto la productividad, la eficiencia económica, etcétera?
RR: Porque hay discursos, como el de la corte, de Palacio, para mantener el poder de quien lo pronuncia; da narrativas no solamente completas sino invulnerables. Por ejemplo, “no me subas los impuestos porque no estoy dispuesto a pagar las casas de los políticos”; entonces los políticos dicen: “Yo no reformo las leyes para combatir la corrupción”. Y ese es el arreglo de los que viven en el penthouse. Ese discurso es impecable, nada más que mientras tanto, abajo, la inversión en educación, en salud, en infraestructura, en capital humano sigue siendo precaria. Y, claro, como los poderosos están protegidos con este discurso son invulnerables.
El tema del salario mínimo es escandaloso: está probado que una gente bien pagada es más productiva que una que no lo es; primero págale bien y luego va a ser productiva. Lo contrario no existe; sin embargo, tienen la desfachatez de denunciar como demagogo incrementar los salarios. Es el discurso de la élite. ¿Cuándo cambia eso? Pues cuando hay otros personajes que no provienen del penthouse, que ascienden política, social o económicamente y empiezan a tomar decisiones. El problema principal es que la representación política en México sigue estando mediada y definida desde el penthouse. No hay representación indígena; la representación de las mujeres ha crecido en la Cámara de Diputados, pero no está en las regidurías, en las presidencias municipales, en los congresos locales. El sur-sureste mexicano no tiene el poder político que el noreste o noroeste mexicanos. Esta democracia no ha repartido la representación como se merecería; algo falló, los partidos, inclusive los de izquierda, se dedicaron a proteger al penthouse. Allí estamos atorados; necesitamos cambiar la representación en el penthouse, por lo menos en el político. Así cambiaría el discurso, y entonces empezaríamos a ver la caída del mirreynato.
Ha cambiado algo del 2000 para acá, tengo que decirlo: lo suficiente para salir del infierno, pero no lo suficiente para salir del purgatorio.

AR: Hay la idea de que en México nos faltó una liberalización económica más amplia porque en la comunidad global se debe ser muy productivo, competitivo e innovador; sin embargo, en nuestro país sigue habiendo, como usted dice, una cultura del privilegio: las grandes empresas no se distinguen por la innovación, las grandes fortunas no son por haber inventado algo sino porque se aprovecharon las relaciones con el poder. ¿Qué costos han tenidos para el país estas dos realidades?
RR: ¿Cuál es la principal energía de una unidad económica? El esfuerzo humano; uno pone el capital, pero éste, puesto en una mesa, no va a ningún lado, a menos que haya una intención humana que lo mueva para que produzca más riqueza.
Capital y recursos humanos se vuelven clave; ahora, si además le metemos un poco de tecnología, entonces tiene usted riqueza; es decir, el esfuerzo es pieza clave para producir riqueza. ¿Qué ocurre en una economía en la que se quita el esfuerzo? Le quita la intencionalidad y la economía crece poco; los que tienen el capital se protegen para no perderlo, el recurso humano se desperdicia y entonces se tiene una economía mediocre. Ese es el caso mexicano.
El día que empezamos a despreciar la cultura del esfuerzo dejamos de producir la riqueza que mereceríamos tener. Este país puede ser Inglaterra o Alemania, lo dice todo mundo; en 2025 podríamos estar allí, siempre y cuando la cultura del esfuerzo sea la premiada, y no la del privilegio. ¿Por qué se dio la Revolución francesa? Porque la burguesía, que estaba en ese momento esforzándose, se enojaba mucho porque los señores nobles y feudales estuvieran casi sin hacer nada; derrocaron a la monarquía y la nobleza justamente para poner en el centro la cultura del esfuerzo.
Aquí me salgo del tema económico y paso al tema político: la democracia está fundada en el principio de la cultura del esfuerzo. ¿Qué nos ha pasado en México? Que el desplazamiento de la cultura del esfuerzo como valor central nos tiene en una economía mediocre, en el purgatorio mirreinal.

AR: Llamó mi atención que la cultura del privilegio en México se construye a partir de conocidos, de relaciones; usted menciona el ejemplo de las escuelas privadas, a las que llama no centros de conocimiento sino de conocidos. ¿Cómo construyen los mirreyes esas relaciones y cómo se expresan en el poder, en el gobierno y en las empresas privadas?
RR: La discriminación sólo se explica por el nepotismo: yo discrimino en función de cuánto se parece o se distancia de mí. Esta es una sociedad en la que el nepotismo juega fuertemente: 80 por ciento de las empresas son familiares. El hombre más rico de este país nombra a sus yernos y a sus hijos para dirigir su empresa como si fuera una tienda de la esquina, no importa que haya mejor gente en el mercado, no importa que la cultura del esfuerzo coloque a los mejores; no, coloco a los próximos, quienes deben parecerse físicamente a mí, deben pensar como yo, de subordinarse a mi propia cultura, y eso construye relaciones nepóticas.
¿Cuál es la consecuencia? No tienes a los mejores jugando y, por lo tanto, no importa ser mejor ni esforzarse: lo que importa es tener relaciones para que alguien te reconozca como propio. Entonces, si me invitas a tu fiesta, si me parezco a ti, me vas a dar trabajo. Voy a la escuela para que me reconozcas, a la mejor físicamente no, pero fuimos a la misma escuela, conocimos a la misma gente, compartimos novia, o fui tu cuñado. Esos elementos ayudan a consolidar la relación nepótica: te voy a invitar a trabajar si estudiaste en la misma escuela que yo o que mi hermana; las escuelas se vuelven el club social donde tejes relaciones que te van a dar un mejor empleo. Allí doy datos durísimos que comprueban la hipótesis.
Si yo vivo en el penthouse puede ser que tenga un buen trabajo; pero si tengo buenas relaciones, voy a tener buen trabajo con muy buen ingreso; si vivo en la planta baja y no tengo relaciones, voy a tener más trabajo y, además, un mal ingreso. Está claramente ligado, y esto se debe a lo primero: mientras el nepotismo y el privilegio sean más importantes que el esfuerzo, vas a tener una sociedad que reproduce al infinito esta dinámica.

AR: La educación ya no sirve como vía de movilidad social…
RR: Déjame precisarlo: sí sirve de una generación a otra. Si tú estudias, es probable que a tu hija le vaya mejor que a ti, pero no nos está sirviendo para ascender en la misma vida. Estudiar para ti a los 18 años difícilmente te va a llevar a los 50, a los 60, a tener cierto futuro y fortuna. Eso es lo que se nos descompuso; en el México del siglo XX sí ocurría. Ahora lo único que está demostrando es que si estudias, si acabaste la primaria, puede ser que tu hija termine la preparatoria; si acabaste ésta, es probable que tu hija llegue hasta la universidad o a un posgrado.
Entonces sí sirve entre generaciones, no dentro de la misma generación, por lo menos así lo dicen los estudios en la materia.

AR: En las escuelas privadas se encuentra esta cultura del privilegio; usted comenta que es un desperdicio pagar miles de dólares por una educación ineficiente; esto, para no hablar de los pisos más bajos de la sociedad mexicana. Y presenta usted un dato dramático de México: el 42 por ciento de los estudiantes de secundaria quiere seguir estudiando, el 15 por ciento desea trabajar y el 39 por ciento quiere ser nini. En ese sentido, en la reproducción del mirreynato, ¿qué papel desempeña el sistema educativo?
RR: Yo no juzgo a esos muchachos: así están las reglas del juego. ¿Qué está pasando con las escuelas? Lo respondo con un artículo formidable de Anel Guadalupe Montero Díaz, publicado en SDP, justamente a propósito del libro. Ella es maestra de primaria, y allí cuenta que les preguntó a los niños de su salón qué quieren ser de grandes, y ninguno contestó conceptos, sino dijeron “yo quiero tener la camioneta del presidente municipal”, “quiero tener guaruras”, “deseo tener el cuerpo de Anahí”.
En casa y en la escuela estamos poniendo como modelo aspiracional al mirrey. Por eso es importante denunciarlo y derrocarlo; no es modelo el del niño exitoso que llegó a ser ingeniero cuando se volvió adulto, el del investigador que se ganó el Nobel, el que se esforzó e hizo una fortuna porque inventó una nueva tecnología. No: el modelo es el del que hizo negocios con el gobierno, el que transó, y es el que estamos reproduciendo, dentro y fuera de las escuelas. Por eso cabe también esperar que nos vamos a tardar mucho en derrocar el mirreynato.

AR: Al final del libro habla de las aspiraciones del país, y dice que no son candidez sino un halo de esperanza; menciona denominadores comunes para la comunidad y la convergencia. Para salir del mirreynato, ¿cuáles son algunos de ellos?
RR: Lo que le diría es que este es un libro de diagnóstico sobre una enfermedad; los libros de diagnóstico no hablan de las cosas buenas, y lo lamento mucho: me hubiera gustado hacer también un segundo tomo de las cosas buenas mexicanas, pero no están aquí.
El último capítulo sí adelanta por dónde: por la reconstrucción de la confianza. La perdimos entre nosotros, a pesar de que uno se topa todos los días con mexicanos muy valiosos y de que todos los días yo me siento muy contento por el tipo de habitante de mi ciudad y de mi país.
Pero hay una cosa que no alcanzo a responderme: ¿por qué habiendo tanto mexicano valioso, este país no suma todo ese talento y se convierte en lo que tiene que ser? Por desconfianza. Sabemos que es valioso el otro, pero al mismo tiempo tememos que sea el infierno. Yo sí apuesto porque construyamos el diálogo de otra manera. Cito a Sartre: el día que dejemos de pensar que el infierno es el otro y que más bien lo traemos dentro, entender que al mirrey lo traemos dentro, lo derrocaremos y a la mejor construimos una relación de confianza que nos ofrezca una comunidad mejor que la que nos ha tocado vivir. Allí dejo sembrada la esperanza.
Necesitamos vernos con dignidad y con respeto gobernantes y gobernados, ricos, pobres y clase media; eso implicaría reducir el miedo que nos tenemos. Aquí lo dejo pero por allí tendría que ver el segundo tomo de este libro si algún día lo construimos.
Este es un diálogo que lo que quiere es abrir la conversación, quizá de manera un poco radical porque va a las raíces del problema, pero sobre todo es un libro que quiere conversar. No da recetas sino aprovecha la escucha y la palabra de muchos para salir del purgatorio.



*Una versión más corta de esta entrevista fue publicada en Este País, núm. 299, marzo de 2016.