domingo, abril 03, 2016

Neoliberalismo: éxito ideológico, fracaso real. Entrevista con Fernando Escalante


Neoliberalismo: éxito ideológico, fracaso real
Entrevista con Fernando Escalante Gonzalbo*
Ariel Ruiz Mondragón
Pese a que el ascenso y auge del neoliberalismo ocurrió en los años ochenta del siglo pasado, su elaboración intelectual procedía cuando menos de medio siglo antes, cuando en 1938 se realizó el Congreso Lippman, que dio origen a la Sociedad Mont Pélerin, en la que se agruparon varios pensadores que dieron origen a esa doctrina, que ya planteaba una nueva relación entre Estado y mercado, la política y la economía.
La crisis económica de los años setenta, el declive del Estado de bienestar y la inestabilidad política y social que se vivió en amplias regiones del mundo son, entre otros, los factores que le abrieron la puerta al neoliberalismo. Así, “en menos de diez años, el mundo cambia por completo”.
Quien afirma lo anterior es Fernando Escalante Gonzalbo, autor de Historia mínima del neoliberalismo (México, El Colegio de México, 2015), quien realiza en este libro una descripción de la trayectoria de este, como él lo llama, programa intelectual y político, movimiento cultural que ha engendrado “la ideología más exitosa de la segunda mitad del siglo XX, y de los años que van del XXI”.
Etcétera conversó con Escalante Gonzalbo (Ciudad de México, 1962), quien es doctor en Sociología por El Colegio de México. Ha sido profesor en el Centro de Estudios Internacionales de esa institución, así como en la UNAM, el CIDE, la FLACSO, el ITAM, la Universidad de Chicago, el Instituto de Estudios Políticos de París y el Instituto Universitario Ortega y Gasset, de Madrid.
Autor de una decena de libros, ha colaborado en publicaciones como Vuelta, Nexos, Nueva Sociedad, Public Culture, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, Estudios Sociológicos e Istor, así como en los diarios El Universal, Milenio Diario, La Crónica de hoy y La Razón.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy escribir una historia de lo que usted llama “programa intelectual y político”, “movimiento cultural”, “la ideología más exitosa del siglo XX”, que ha transformado el mundo en los últimos 40 años?
Fernando Escalante Gonzalbo (FEG): El primer motivo, desde luego, es que el tema es importante. El neoliberalismo, al ser un programa intelectual y político muy ambicioso, muy extenso, normalmente ha tenido en los últimos tiempos una imagen muy borrosa porque la palabra “neoliberal” se nos ha convertido en un adjetivo para descalificar cualquier cosa, y entonces parece que no tiene contenido real.
El propósito del libro es, en primer lugar, restaurar la comprensión del fenómeno del neoliberalismo y mostrar la amplitud de su programa, porque hay algunas políticas económicas inspiradas en su modelo, pero hay también una sociología, una idea del derecho, una antropología, una idea del Estado neoliberales, que son las ideas dominantes en todo el mundo.
Por eso es importante ver de dónde vienen y cómo se estructuran intelectualmente las instituciones, leyes, planes y políticas que están vigentes hoy en casi todo el mundo.

AR: Podemos empezar con la idea antropológica del neoliberalismo: usted menciona que Hayek le quiso dar un fundamento biológico, lo cual llega hasta la psicología evolucionista, y creo que también atraviesa el posmodernismo. ¿Cuál es la concepción neoliberal de la naturaleza humana?
FEG: Ciertamente, como dice usted, es Friedrich Hayek quien lleva el programa neoliberal a un mayor alcance y amplitud. Tiene una visión de la evolución de la humanidad que articula y que trata de engarzar en un mismo programa intelectual, fallido en algunos asuntos pero enormemente interesante por su ambición.
Puesto en términos muy simples, la antropología neoliberal supone, por decirlo con la expresión de Margaret Thatcher, que la sociedad no existe sino sólo los individuos, que estos son libres y racionales, y que todo lo que sucede en el orden social es producto de las decisiones de individuos racionales que eligen y prefieren. De allí se deriva una enorme cantidad de asuntos: si uno admite esto, se da origen a un tipo de instituciones, políticas, leyes y demás, algunas recomendables y otras no, y hay determinadas cosas que desaparecen, y eso también es importante.
Si sólo hay individuos racionales que optan libremente, entonces la existencia de un interés público resulta, por lo menos, dudosa. Lo público resulta, de inmediato, sospechoso, porque sólo hay individuos.
Desde luego hay muchas otras derivaciones de la antropología neoliberal, pero la matriz básica es esa: la idea de que lo único que existe, lo único que tiene entidad son los individuos, libres y racionales, y que tienen el propósito, por lo tanto, de siempre maximizar su utilidad.

AR: El neoliberalismo ha presumido de su cientificidad; en ese sentido, tiene una suerte de epistemología propia que, como usted señala, obedece a un modelo de la física del siglo XIX. Así, como usted comenta en el libro, el mercado ofrece una forma singular de conocimiento. ¿Cuáles son las consecuencias de estas concepciones?
FEG: El programa neoliberal se apoya y se monta en una idea de la ciencia que es la que domina en nuestro sentido común, una muy estrecha de lo que es la ciencia, basada, además, en ciencia del siglo XIX, no en la del XX. Esta última es, en todas las disciplinas (físicas, biológicas o sociales), un conocimiento de lo complejo y de la indeterminación, que incluye la consideración del tiempo, y es una ciencia mucho más sofisticada que la del XIX, cuando se pensaban procesos mecánicos (hoy sabemos que todos los procesos son orgánicos; que todos están relacionados entre sí; que acontecen en el tiempo y que, por lo tanto, tienen un decurso catastrófico; que no son reversibles, etcétera).
Pero hay una idea de la ciencia que supone que modelos matemáticos relativamente simples pueden representar adecuadamente la realidad. El programa neoliberal —que se define originalmente en 1938— adopta esta idea de la ciencia, y eso tiene consecuencias sobre el modo en que se aproxima a la realidad, porque su intención es elaborar proposiciones cada vez más abstractas y porque la idea es que el conocimiento científico debe aspirar a establecer leyes de validez universal. Esto, insisto, es la ciencia del siglo XIX, que no tiene nada que ver con la ciencia de hoy.
Pero para establecer leyes de validez universal tenemos que elevarnos a un nivel de abstracción enorme: si la ley que descubro sobre el comportamiento humano debe tener una vigencia igual en Noruega y en Nigeria, tengo que hacer abstracción de muchas cosas para poder poner qué es lo que tienen en común los noruegos y los nigerianos, y además los chinos y los mexicanos. Es algo tan abstracto que difícilmente es relevante hoy para un científico social.
Para la mayor parte de las ciencias sociales de hoy es evidente, por ejemplo, que no es irrelevante que un acontecimiento haya sucedido antes o después de la Segunda Guerra Mundial, antes o después de la Revolución Mexicana. Tampoco es lo mismo si algo sucede en Acapulco o en la Ciudad de México, en el desierto de Sonora o en la tierra caliente de Michoacán.
Las ciencias sociales modernas van incorporando cada vez más datos de contexto para hacer un conocimiento cada vez más complejo. Por lo tanto, el nivel de abstracción en el que se mueven las ciencias sociales de hoy es mucho más bajo porque tenemos que dar cuenta de fenómenos históricos, cultural y geográficamente situados.
El programa neoliberal, en cambio, lo que pretende es liberarse de todas esas características concretas para plantear leyes idealmente universales y, por lo tanto, abstractas. Esa es su epistemología y tiene muchas consecuencias, porque tiene que hablar de individuos racionales sin hacerse cargo de que ese individuo vive en México, tiene tal nivel de ingresos, tiene cierta educación y vive en el contexto de este sistema político. Hay un costo de esta ambición de cientificidad a través de la abstracción, por llamarle de algún modo, y es que se pierde mucha capacidad explicativa.

AR: ¿Cuál es la relación del neoliberalismo con la democracia? En términos teóricos usted repasa, por ejemplo, las tesis de la democracia económica, y hace una declaración fuerte: las decisiones básicas de la economía están fuera del círculo democrático. Y no está de más mencionar la visita de Hayek al Chile de Augusto Pinochet, cuando planteó que la dictadura podía autolimitarse para que hubiera libertad económica.
FEG: Es una relación problemática desde un principio. La verdad es que para el programa neoliberal la democracia no es necesaria. Esto es así desde un principio, desde las primeras discusiones en que se definió el programa neoliberal en el Coloquio Lippman, realizado en París en 1938.
La idea es que los liberales clásicos del siglo XIX habían dado prioridad a las libertades políticas: de expresión, de asociación, de manifestación, de voto, etcétera. El problema es que si uno privilegia las libertades políticas, tarde o temprano termina por demandar algo así como el Estado de bienestar; es decir, para que la gente pueda participar en política y expresarse, para que su opción de votar sea real, debe tener un mínimo de educación, de seguridad económica, de salubridad para hacerlo. Por lo tanto, si nos importa mucho la libertad política tendremos que sacrificar algunas libertades económicas: que el Estados intervenga, que regule la economía, que establezca la educación y la salud públicas, etcétera.
Entonces, dicen los neoliberales, si privilegiamos las libertades políticas terminamos subordinando las libertades económicas y lo que hay, a la distancia, es el totalitarismo. Lo hay que hacer es privilegiar las libertades económicas, la de mercado concretamente, y ponerla fuera del alcance de la democracia porque, dicen, si uno le pregunta a la gente, ésta siempre va a querer que le den más dinero y vivir sin trabajar. Por lo tanto, la tendencia natural de la democracia es a destruir la economía porque la gente siempre le demandará irracionalmente más de lo que puede darle. Así, lo que hay que hacer es situar las decisiones básicas de la economía fuera del alcance de las decisiones democráticas, mayoritarias.
A los neoliberales no les importa demasiado la democracia, y pueden vivir muy bien con regímenes dictatoriales. Lo que les preocupa es que las libertades económicas queden fuera del juego democrático porque, según ellos, es el único modo de garantizar que el mercado funcione, y porque las libertades económicas son la garantía de todas las demás.

AR: También hay una distinción que usted hace con el liberalismo clásico: el asunto del Estado. Como usted explica, para los neoliberales es básica la intervención del Estado. ¿Hasta dónde ha llegado la dicotomía que planteaba Hayek entre el Estado y el mercado, cuestión en la que, como él mismo reconocía, no se podía llegar a los extremos? Usted cita aquella pregunta que le hizo Keynes de dónde está la línea entre uno y otro. En términos reales, ¿cuál ha sido la frontera entre Estado y mercado en el mundo neoliberal?
FEG: En esto es normalmente fácil confundirse porque la retórica neoliberal es muy antiestatista; en la práctica, los neoliberales no son enemigos del Estado, no quieren desaparecerlo y no quieren debilitarlo. Lo que quieren es reducir lo público, no el Estado, lo cual es diferente. Son muy conscientes de que necesitan el Estado para crear, defender, preservar, mantener y expandir el mercado, y lo usan, sistemáticamente, para expandirlo y defenderlo.
¿Por qué? El argumento está muy claramente expuesto por Karl Polanyi en su clásico La gran transformación: las relaciones de mercado, sobre todo con esas dos mercancías ficticias que son la tierra y el trabajo, destruyen los vínculos sociales porque la lógica del mercado es absolutamente implacable. Si dejamos actuar solo al mercado termina destruyendo la naturaleza, las relaciones sociales, y, por lo tanto, las sociedades se defienden del mercado y crean formas de colaboración, cooperativas, de intervención pública; crean, por ejemplo, sindicatos para defenderse del libre mercado, y hace falta (esta es la postura neoliberal) que activamente el Estado rompa esas formas colectivas de defensa. Es decir, quien está indefenso y necesita ser protegido por el Estado es el mercado, y hace falta que éste intervenga para extenderlo, incluso en zonas en las que sería muy difícil que existiera. Al Estado le corresponde crear aunque sea simulacros de mercado, que todo sea como si fuese un mercado.
Entonces los neoliberales necesitan siempre al Estado para producir mercados y para defenderlos.

AR: Llamó mi atención que los neoliberales hayan sido tan críticos de las burocracias, pero siempre y cuando fueran estatales. En el libro recuerda que Hayek nunca consiguió una plaza permanente en la Universidad de Chicago, y él sí peleaba por tener su puesto protegido, fuera de la presión exterior. En este sentido, ¿cómo funciona la burocracia en el neoliberalismo?
FEG: Desde luego que hay burocracia en el neoliberalismo. De hecho, hay una burocratización neoliberal del mundo, e incluso hay varios libros dedicados a estudiar el fenómeno. Lo que sucede es que se cambian los criterios de su funcionamiento: se ponen estándares de rendimiento, criterios de evaluación, sistemas de contraloría, etcétera. En general, el propósito detrás de esa transformación es que la burocracia funcione en todo lo posible como si fuese un mercado, lo cual transforma su naturaleza: en lugar del sistema tradicional en el que los puestos de funcionarios son inamovibles, tienen una plaza que es definitiva y una serie de criterios políticos para actuar, se prefiere que sus ingresos dependan de incentivos asociados con la productividad, que nunca tengan seguro su nivel de ingreso, que compitan entre sí las diferentes dependencias, por ejemplo. Es crear mercados dentro de la burocracia.
En eso cambia mucho el funcionamiento: como la burocracia, por mucho que uno quiera, no puede ser un mercado, lo que se hace es crear mecanismos de supervisión y de auditoría para que pueda funcionar como si lo fuera, que sea eficiente. Hay una hipertrofia de los sistemas de auditoría y una tendencia a recurrir a subcontrataciones, licitaciones, contratación de empresas externas, etcétera. Se trata de que la burocracia ya no se enfrente a la tarea de resolver los problemas sino de que contrate a alguien que los resuelva: simular, entonces, un mercado.
Entonces, por ejemplo, en lugar de que el transporte público esté a cargo de funcionarios de una empresa pública, se saca a licitación y a concurso. Se simula un mercado, pero no lo es: para los clientes reales del transporte público o de la recolección de basura, la relación es con un único proveedor, viven un monopolio. Lo que pasa es que quienes simulan que existe un mercado son los funcionarios que contratan a las empresas, y teóricamente las empresas compiten entre sí para ofrecer un mejor servicio. En la práctica lo que se hace es crear un mercado político.

AR: Allí hay un asunto interesante: muchos teóricos neoliberales no rechazan el monopolio. Usted dice que para ellos el libre mercado funciona incluso cuando no es libre. ¿Cómo explican este asunto del monopolio?
FEG: Dentro de la tradición neoliberal hay corrientes, concepciones y programas distintos. Hay, en particular, una rama derivada de la obra de Milton Friedman y de Richard Posner, para quienes los monopolios no son un problema. El argumento es el siguiente: si el mercado produce un monopolio será porque éste es la solución más eficiente, y lo que nos debe preocupar es la eficiencia. Eso siempre será mejor que intentar regular contra los monopolios. Entonces el enemigo no es el monopolio sino la regulación antimonopólica, porque ésta sí interfiere el mercado.
Es un argumento bastante problemático, esa vertiente del neoliberalismo sostiene que hay que dejar que el mercado funcione, y que si produce resultados monopólicos no hay problema.

AR: Uno de los asuntos más interesantes es que donde inicialmente se adoptó el neoliberalismo como una política general no fue en ningún país central, de donde eran sus grandes pensadores, sino en un país de la periferia: en Chile, en 1975. ¿Por qué ocurrió esto?
FEG: En realidad el triunfo de las ideas neoliberales se produjo a lo largo de la década de los setenta. Era un programa que había estado desarrollando sus posibilidades conceptuales y prácticas en los 30 años anteriores, y en los años setenta fue cuando en el espacio público internacional comenzó a ganar la batalla.
Es un poco engañosa la historia porque identificamos el neoliberalismo en el momento de su auge, en los años ochenta, cuando en Estados Unidos gobernaba Ronald Reagan y en Inglaterra Margaret Thatcher. Para ese momento ya había triunfado, pero la década importante para la historia del neoliberalismo es la anterior, cuando el primer gran ejemplo de políticas neoliberales que funcionan fue Chile.
La dictadura de Pinochet no era en principio neoliberal sino un gobierno autoritario que no tenía un programa económico claramente neoliberal. Fue solamente unos años después cuando dentro de su gabinete gana el ala neoliberal. Según es fama (difícil saber si sea cierto o no), hubo una reunión de 45 minutos entre Milton Friedman y Pinochet, en la cual el economista persuadió al general de que sus recetas eran las que Chile necesitaba. Sea verdad o no, el hecho es que se envió a un equipo de economistas de Chicago a trabajar con sus colegas chilenos formados en la Universidad de Chicago en los años anteriores, y que tenían ya una presencia consolidada en Chile.
Entonces desarrollaron un esquema neoliberal, que tuvo altibajos: hubo algunos momentos en que, efectivamente, las recetas neoliberales produjeron un auge de la economía chilena, lo cual fue utilizado como ejemplo. Desde entonces hemos vivido en buena parte de la periferia bajo la constante presencia del modelo chileno. Eso es, por supuesto, especialmente engañoso: ha sido exitoso a ratos y en otros un fracaso, ha tenido auges y recesiones, como todos los modelos, pero siempre la idea es que es el modelo de una política neoliberal exitosa —que lo ha sido en algunos temas, sin duda.
Es importante porque la inmensa mayoría del mundo vive en la periferia, y porque el modelo de los países centrales con economías desarrolladas que funcionan bien no dice gran cosa. La idea de que hay un país que era subdesarrollado y que se ha desarrollado gracias al neoliberalismo es enormemente atractiva. No vende mucho en el espacio internacional decir que Alemania es exitosa y que adoptó políticas neoliberales. Esa es la importancia del modelo chileno.

AR: Pero ¿cuál es la medida del fracaso neoliberal en la periferia? Usted es muy crítico con, por ejemplo, los Tigres asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán). ¿Qué pasó en ellos?
FEG: Sucede algo con las políticas neoliberales de manera más o menos sistemática: en cuanto se liberaliza un mercado, se permite el ingreso de nuevos capitales, se desregula y se permite el movimiento de empresas diferentes, normalmente hay un primer periodo de auge. Eso es absolutamente lógico y natural, pero lo que sucede después no está tan claro.
Siempre que se produce una liberalización rápida también se produce un crecimiento económico rápido, engañoso pero real; entonces esas economías, las que sean, se pueden proponer como modelo. Allí están los ejemplos de Lituania, Letonia y Estonia, que eran socialistas, se liberalizaron, abrieron su bolsa de valores, desregularon, liberalizaron su mercado financiero y entraron en auge. Es verdad, pero lo que no se dice es que unos cuantos años después ese auge se convirtió en una burbuja, ésta pinchó y esos países entraron en recesión. Normalmente eso sucede.
Entonces, el éxito de las políticas neoliberales, como el de cualquier política económica, nunca es constante, pero como siempre hay algún país al que le está yendo bien es usado como ejemplo.
Hubo un tiempo en que el gran modelo eran los Tigres asiáticos, pero hoy nadie se acuerda de ellos porque sus resultados fueron catastróficos: en todos los casos hubo especulación financiera, caída del producto, endeudamiento, aumento del desempleo, crecimiento de la pobreza, etcétera.
Esos países hoy no son modelo, lo fueron en los años noventa, y a finales de esa década nos olvidamos de ellos y los países bálticos y de Europa oriental ocuparon su lugar. También ahora ya nos olvidamos de que están en una recesión profundísima, de que los países bálticos, por ejemplo, han expulsado al 10 por ciento de su población en los últimos seis años porque no tienen modo de emplearla.
Entonces los auges son temporales, igual que los de otros modelos económicos, pero es indudable que los del neoliberalismo son transitorios, como lo ha explicado muy bien Hyman Minsky con su hipótesis de inestabilidad de los mercados financieros: cuando comienza a crecer un mercado financiero con expectativas de crecimiento de la economía, inevitablemente se tiende a lo que los legos llamamos burbujas financieras, y ese es un esquema que a mediano plazo produce inestabilidad y termina, tarde o temprano, pinchando la burbuja y provocando una recesión.

AR: El mejor ejemplo es la crisis de 2008, que parecería una refutación del neoliberalismo. ¿Cómo sobrevivió entonces esta doctrina?
FEG: Yo creo que el neoliberalismo salió fortalecido luego de la crisis de 2008, contra lo que quisiéramos pensar, por varias razones: la primera es que el predominio de las ideas neoliberales en el espacio académico en el mundo es tal que, cuando vino esa crisis, realmente no había alternativas.
Por otro lado, el predominio de los intereses del capital financiero es de tal magnitud que es muy difícil modificar el conjunto básico de reglas en las que se apoya el modelo neoliberal. Hay una regla básica para el funcionamiento de todo el esquema, que hizo evidentes sus problemas con la crisis de 2008, pero que no va a cambiar: la libertad irrestricta de circulación de capitales. Si se permite que el capital se mueva a donde quiera, entre todos los países, y que haya un sistema de paraísos fiscales que permita evadir impuestos y esconder el dinero en el momento que sea, el capital financiero tiene autoridad sobre el conjunto de la economía. Entonces, si se crean las condiciones legislativas, fiscales y regulatorias para que sean atractivas para los inversionistas, el capital llega; pero, por ejemplo, en cuanto eso cambia y se quieren cobrar más impuestos, se pone una legislación de protección ecológica más estricta o se pide que haya una responsabilidad social de las empresas, el capital se va.
Esa libertad absoluta del movimiento de capitales es la pieza básica para que todos los Estados tengan que disciplinarse y seguir las mismas políticas favorables a las empresas. Nadie puede salirse porque la amenaza absolutamente real es la fuga de capitales. Esa regla no va a cambiar, por lo cual el poder del capital financiero sobre el conjunto de la economía tampoco.

AR: Parece que se hace realidad aquello que decía Margaret Thatcher: “No hay alternativa”. Usted comenta que no hay otros programas políticos y ni siquiera una crítica articulada del modelo neoliberal. ¿A qué se debe esto?
FEG: En el periodo de auge del neoliberalismo éste era un programa enormemente atractivo. Esto lo trato de describir en el libro: parecía explicar y tener respuesta para muchas cosas, por lo que se empezó a desarrollar en las escuelas de economía, sociología, filosofía, etcétera.
Parecía que estaba resolviendo todo y que ofrecía, finalmente, una ciencia, algo que, definitivamente, era la ciencia de lo social. Ese fue el atractivo del neoliberalismo.
Entonces en todos los centros de investigación comenzó a predominar el modelo neoliberal con todas sus variantes y peculiaridades. Siguen existiendo otras tradiciones de pensamiento pero que fueron, durante muchos años, relativamente marginales. Además, el espacio que ocupó de manera muy eficiente el programa neoliberal fue el de las consultorías, las empresas de asesoría, lo que los norteamericanos llaman think thanks (tanques de pensamiento), que producen un conocimiento prêt á porter, para cualquier problema. Lo pueden hacer de una manera que otros programas intelectuales no, porque en el nivel de abstracción en el que se mueven todos los problemas se plantean de la misma manera: pueden entenderse en términos de mercado y la solución más eficiente será la libre competencia. En el libro muestro casos extremos, desde la tolerancia religiosa hasta el orden familiar, las relaciones de parentesco, todo se puede imaginar como si fuese un mercado y siempre se puede ofrecer como solución la libre competencia.
Esas empresas de consultoría ofrecen recetas para resolver cualquier problema mediante el mercado. Aportan algo que los políticos agradecen mucho, y que la mayor parte de los académicos no estamos en condiciones de ofrecer: respuestas prácticas y rápidas. Si le preguntan a un grupo de investigadores serios cómo resolver el problema de la educación en México, van a decir: “Hay toda esta investigación acumulada, hay una enorme complejidad, y vamos a necesitar seguramente años de discusión, análisis, prueba, etcétera”. Mientras, una empresa neoliberal dice: “Tu problema es que el sindicato está monopolizando la educación. Lo que necesitas es libertad de mercado, competencia en la educación”. Es una respuesta fantasiosa, que no tiene mucho sentido, pero que se ha dado y que se ha adoptado en algunas partes.
Entonces ese espacio entre la academia y la política, que ocupan las asesorías y las consultorías, esta abrumadoramente dominado por el programa neoliberal.
Esa es una de las razones por las cuales en 2008 y cuando nos hizo falta, no había alternativa.

AR: Al final del libro usted aporta algunos parámetros para construir una opción al neoliberalismo. ¿Hoy cómo estamos al respecto?
FEG: Cuando sometí mi libro a dictamen en El Colegio de México, uno de los dictaminadores me pidió que agregara algunas páginas mirando al futuro precisamente para decir si se puede pensar una alternativa. A eso corresponden las últimas páginas, donde intento plantear los parámetros para una opción.
No tenemos una solución, no está claro cuál va a ser la alternativa, pero sí sabemos algunas cosas y a partir de allí hay que empezar a pensar.
Lo primero es que la aplicación estricta del modelo neoliberal ha fracasado. Hay que reconocerlo sin ambages, lo cual no significa que uno quiera volver a un modelo del pasado. Es un dato: el modelo neoliberal produjo, en el mundo, menos crecimiento que el desarrollista e intervencionista de los 30 años anteriores, una peor distribución del ingreso, mayor concentración del ingreso, mayor desigualdad, y no produjo el desarrollo de ninguno de los países de la periferia. Es decir: fracasó, no cumplió las promesas que había hecho.
Si tomamos como punto de partida el dato de que fracasó no nos queda más remedio que pensar una alternativa, y entonces, en lugar de insistir en desarrollar más el modelo, debemos dedicarnos a pensar en las fallas y en cómo corregirlas.
Segundo punto importante para pensar una alternativa: la modificación de ese esquema mental, esa epistemología que quiere soluciones abstractas y universales, y hacernos cargo de que el conocimiento de lo social es complejo y que, por lo tanto, tiene que desarrollarse con plena conciencia de la historia, de la geografía y de la cultura, y producir, entonces, un conocimiento mucho más local, apropiado para cada una de las situaciones.
Finalmente, dado que culturalmente el neoliberalismo básicamente es un gran movimiento de reducción de lo público en beneficio de lo privado, sabemos que la alternativa será el desarrollo de lo público nuevamente, lo cual no quiere decir lo estatal sino reconocer que hay intereses públicos (la ecología, la salud, la educación, el transporte), que hay responsabilidades y problemas públicos que deben resolverse de manera pública, es decir, deliberativa, dialogante, en espacios públicos, considerando que todos tenemos intereses compartidos que no va a resolver el mercado.
Ese es el punto de partida, que creo que ya está bastante generalizado: sabemos que el modelo fracasó, que debemos tener un pensamiento más complejo y que tenemos que recuperar la dimensión pública de la vida social.

AR: En el libro hay algunas menciones a México. Pero ¿cómo ha evolucionado en nuestro país el neoliberalismo?
FEG: El caso mexicano es absolutamente típico: se ha producido el desarrollo igual que en el resto del mundo. Tiene su inicio en la década de los treinta, y los años oscuros para el neoliberalismo son los del predominio del modelo desarrollista que entró en crisis en los setenta, y por lo tanto las soluciones neoliberales comenzaron a adoptarse en los años ochenta, como en todo el mundo. Produce auges y caídas, crecimiento y crisis de la economía en 1995, en 2000, como en todo el mundo, y ha fracasado, en general, en crecimiento, en reducir la desigualdad, en promover la distribución de la riqueza, como en todas partes.
Se publicará próximamente en el Fondo de Cultura Económica un libro de una profesora de la Facultad de Economía de la UNAM, María Eugenia Romero, que es una historia del neoliberalismo en México, que comienza con quien fuera el ministro de Hacienda de Pascual Ortiz Rubio, Luis Montes de Oca, quien entabló correspondencia con Ludwig von Mises, y lo invitó a México y vino en 1942. Hubo un grupo de empresarios, banqueros casi todos, que se articuló alrededor de Montes de Oca, y que comenzó a ensayar soluciones, a crear instituciones educativas y a pensar en la alternativa neoliberal desde el momento cardenista, cuando había la broma de que la Escuela austriaca de economía la formaban Von Hayek, Von Mises y Von Montes de Oca.
Desde entonces ya había una presencia mexicana en el neoliberalismo, cuya historia en nuestro país es ejemplar de lo que sucede en todo el mundo.



*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 181, diciembre de 2015.

1 comentario:

Claudio Stern dijo...

Felicidades a Fernando, ex-colega del Centro de Estudios Sociológicos y colega de El Colegio de México. La síntesis que se presenta en esta entrevista es MUY CLARA. Buscaré el libro. Felicidades también al entrevistador, que suscitó dicha síntesis.
Claudio Stern.