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lunes, octubre 30, 2017

La manipulación de las fuerzas armadas. Entrevista con Ana Lilia Pérez





La manipulación de las fuerzas armadas

Entrevista con Ana Lilia Pérez*

Ariel Ruiz Mondragón


Muy discutido ha sido el papel que se le ha otorgado al Ejército mexicano en la lucha contra la delincuencia organizada, fundamentalmente en la guerra contra las drogas. En efecto, han menudeado las polémicas sobre aspectos tan diversos que van desde su escasa preparación para asumir tareas de seguridad pública hasta la constitucionalidad de su intervención.

En su libro Verdugos. Asesinatos brutales y otras historias secretas de militares (México, Grijalbo, 2016) Ana Lilia Pérez toma el asesinato de dos migrantes centroamericanos a manos de un soldado mexicano para desarrollar críticamente algunos aspectos de la actuación de las fuerzas armadas en los últimos años. Pero no se limita a esto, sino que recupera desde las escuelas donde son formadas, hasta su utilización por los últimos titulares del Poder Ejecutivo, así como importantes antecedentes de algunos militares con el narcotráfico.

Sobre ese libro conversamos con la autora, quien es licenciada en Periodismo por la UNAM, además de que ha realizado diplomados en la Academia Mexicana de la Historia, la Universidad José Martí, de La Habana, y el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Ha colaborado en medios como Esquire, CNN, El Financiero, La Jornada, Milenio, Excélsior, Contralínea, Cambio, Variopinto y Newsweek en español. Autora de cuatro libros, ha obtenido premios como el Nacional de Periodismo del Consejo Ciudadano, Leipziger Medienpreis y Golden Victoria.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro tan crítico como el suyo sobre el Ejército en la guerra contra el crimen, especialmente el narcotráfico?

Ana Lilia Pérez (ALP): Primero quiero comentar que este libro es un proyecto de bastantes años que comencé a partir de la investigación que hacía sobre el asesinato de dos migrantes centroamericanos, que está narrado en el último capítulo. A partir de que tuve conocimiento del crimen de un militar que asesinó a sangre fría a dos menores de edad centroamericanos comencé a investigar el caso; era el año 2003, y el director de una organización internacional que da protección a niños en situación de calle en diversos países buscaba llevar al Estado mexicano ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para que se juzgara en instancias internacionales la actuación de estos militares, tanto del soldado que asesinó a estos migrantes como de quienes llevaron una parte del proceso judicial y que al final quedó en impunidad.

Entonces comencé a investigar este caso y a reconstruir cómo había ocurrido el crimen; fue un amplio trabajo de campo, labor que me llevó lo mismo a Centroamérica que a diversas áreas de México, incluida la zona donde fueron asesinados estos migrantes. Así reconstruí desde distintas perspectivas este caso y los diversos ángulos que hay en torno a este crimen.

Pero me di cuenta de que hay un ángulo que merece mucha atención, que es la situación mental del militar que los había asesinado, un cabo que tenía un nivel bajo dentro del Ejército, y que, sin embargo, tenía encomendada la vigilancia de los pertrechos de todo el batallón. Él podía disponer, como lo hizo, de las armas y de las municiones con las cuales asesinó a estos migrantes; él estaba en servicio cuando lo hizo, lo que pude comprobar a pesar de que en aquellos tiempos el Departamento de Estado de Estados Unidos le envió un documento al entonces presidente Vicente Fox, en el que pedía información sobre este caso. El gobierno mexicano respondió que el militar no estaba en funciones; sin embargo la investigación periodística que realicé demuestra todo lo contrario: el propio militar manifestó que había escuchado la orden de salir a ejecutar una misión, que consistía en matar personas, y que él a quien iba a matar en esos momentos era a su familia, que vivía en una zona muy cercana al campo militar.

Reconstruir esta historia me hizo pensar mucho en el destino, porque por diversas circunstancias aquella madrugada estos migrantes, que iban rumbo a Estados Unidos, habían sido bajados del tren presionados por los vigilantes. Tuvieron muchas circunstancias adversas esa noche, que los llevaron precisamente a dormir en ese descampado donde se encontraron con el militar. Algo muy importante: cuando este los estaba asesinando a sangre fría, a quienes estaba mirando no era a un grupo de migrantes o de personas extrañas que dormían, sino a los compañeros del batallón, quienes constantemente lo humillaban y lo maltrataban. Fue un momento en el que él supuso que estaba atacando a quienes lo habían agredido a él de manera reiterada. A mí me hace pensar entonces en este ángulo de la situación mental de los militares y qué tan frecuente era este tipo de casos.

Eso me llevó a una investigación mucho más amplia y a considerar un dato duro que se incluye en el libro: cada año más de 400 militares en México son atendidos por afectaciones mentales. Después escruto cómo estas afectaciones mentales tienen que ver con la propia estructura militar.

Me planteé el libro como un compromiso con aquellos menores que fueron asesinados impunemente. Yo quería contar la historia de su vida y la tragedia de su muerte porque no obtuvieron justicia, para que se haga conciencia de que este tipo de casos no pueden continuar.

Invito a los lectores a revisar este libro donde yo cuento información que, espero, contribuya también a que pensemos cómo vamos a recomponer las instituciones en este país.

 

AR: ¿Cuál es la lógica con la cual se ha educado a estos militares que han participado en esta guerra contra el narcotráfico desde los años setenta? Menciona usted desde el Colegio Militar hasta la escuela kaibil, pasando por la Escuela de las Américas.

ALP: Hablamos de modelos de milicia que tienen, incluso, influencia de las fuerzas armadas estadounidenses; por ejemplo, de grupos especializados en contrainsurgencia y antimovimientos sociales. Son fuerzas que se crearon a partir de la llamada Escuela de las Américas, que desde los años cincuenta hasta los setenta fue una de las escuelas militares más polémicas a nivel mundial, y que se encontraba en Ciudad de Panamá.

Para esta investigación conocí lo que fue la vieja Escuela de las Américas, pero ya convertida en un área distinta; pero sí tiene todavía influencia en el modelo de milicia que se enseña a nivel internacional. ¿Dónde se aplica? En años más recientes se ha trasladado a las escuelas de las propias bases estadounidenses, a donde se envía a militares de todo el mundo, incluidos mexicanos, a recibir este tipo de adiestramiento.

Otra de las escuelas donde más se aplica este tipo de directrices es la llamada escuela de kaibiles, o Centro de Entrenamiento Kaibil, en el Petén, en Guatemala. A nivel internacional los propios militares le llaman “el Infierno”, por las condiciones físicas de la zona donde se ubica este plantel, un trecho muy amplio del municipio del Petén, fronterizo con la zona sureste de México. Está enclavado en una selva agreste que tiene ríos llenos de cocodrilos y animales propios de ese tipo de ambiente natural, en la cual se entrena a los militares para las pruebas de fortaleza y sobrevivencia. Entre las pruebas de este curso de especialización, que dura más en promedio 60 días, están cruzar ríos llenos de cocodrilo y preparar a los militares para que puedan “dominar la noche”, como le llaman ellos. ¿Qué significa esto? Que ellos van a poder perseguir todo lo que se mueve y todo lo que hay a su alrededor en una oscuridad completa, sin que el enemigo o que la persona a la que están vigilando y que van a atacar pueda percibir que ellos están allí.

Este modelo de entrenamiento es, más de la mitad, una cuestión psicológica. La manera en que se impone este tipo de entrenamiento es algo sobrehumano, porque se ponen pruebas extremas, y no todos los que están entrenándose en estos centros son capaces de soportarlas. De ellos se deriva el reducido número de militares que cada año pueden graduarse como kaibiles.

Algo que debe llamar la atención es que, después de Guatemala, el país que tiene el mayor número de kaibiles es México.

¿Qué ha pasado con estos militares? En el caso de México hay muchos militares de estos grupos de élite que, en vez de servir al propio Ejército, como es su función y para lo cual se les prepara, están reclutándose con el crimen organizado.

 

AR: La historia que hace en el libro comienza con el general Humberto Mariles, en 1972, aunque hay menciones desde tiempos de Díaz Ordaz y, por supuesto, llega hasta el gobierno de Enrique Peña Nieto. En este periodo ha habido en el país un proceso de democratización. ¿Qué ha ocurrido con este y el Ejército?, ¿qué papel tuvo éste en la democratización y cómo ha cambiado?

ALP: No entiendo a qué le llamas este proceso de democratización…

AR: Por ejemplo, a gobiernos de varios partidos, a gobiernos divididos…

ALP: Ese es un planteamiento interesante porque suponemos que en el cambio de la democracia mexicana, en las transformaciones que ha habido con el cambio de estafeta hacia gobiernos de oposición, con Vicente Fox, después con Felipe Calderón y ahora con el regreso del PRI, algo debía pasar con las fuerzas armadas. Sin embargo éstas han sido utilizadas a modo del gobierno en turno. Para ellas no han impactado los cambios que ha habido en los colores del partido en el gobierno, porque las fuerzas armadas, para la mala fortuna de ellas mismas y en detrimento de la propia institución, han sido utilizadas en México a criterio del Ejecutivo federal.

En el papel de la estructura formal, el Ejecutivo federal tiene la función de comandante supremo de las fuerzas armadas. Sin embargo, en México hemos visto cómo se ha utilizado al Ejército en algunos casos para amedrentar disidentes, para hacer el trabajo sucio en algunas ocasiones. Eso lo vimos desde Tlatelolco en 1968 y se ha visto de manera reiterada en entidades como Guerrero, que han estado prácticamente militarizados desde aquellos años sesenta y setenta, y se sigue viendo a partir de la llamada guerra contra las drogas, que no fue más que la estrategia fallida de un presidente que sacó a los militares a las calles sin que previamente se hiciera un análisis de la situación que tenían las fuerzas armadas en esos momentos, ni tampoco el papel que desempeñarían en estas funciones que competen a las fuerzas de seguridad pública y no al Ejército. Es decir, sigue la manipulación que se ha hecho de las fuerzas armadas.

A esta manipulación la identificó como uno de los factores que han impactado de mala manera a las fuerzas armadas, porque este manejo se ha hecho de manera discrecional por parte de los altos mandos.

Creo que ni siquiera el presidente ha respetado el papel que deben tener las fuerzas armadas en la sociedad, y esto ha ido en detrimento de la propia institución pero también de la ciudadanía, porque hemos vistos casos de violencia extrema en la cual se ha vinculado a los militares con afectaciones a sectores de la sociedad civil sin que se aplique la justicia de manera transparente. Las fuerzas armadas siguen teniendo una especie de fuero en el país.

 

AR: Relata en su libro muchos casos de abusos de militares, que van desde el robo hasta asesinatos pasando por secuestros y extorsiones. Al respecto, ¿qué tan eficiente ha sido la propia justicia militar? Por allí recupera algunos casos que sí fueron juzgados; por ejemplo, se anota que de 1990 al 2011 alrededor de 500 militares han sido dados de baja por mala conducta.

ALP: No ha habido mucha transparencia en este tema. La historia central del libro, que es la del crimen de Delmer y José David, es un ejemplo de cómo la justicia militar protege a sus propios integrantes y se maneja con criterios muy distintos de los de las autoridades civiles. En este caso, por ejemplo, la autoridad militar decía que el soldado estaba trastocado mentalmente; las autoridades civiles decían que no, que tenía perfecta conciencia del crimen que había cometido, que lo había hecho con todas las agravantes y que tenía que ser sujeto a purgar una condena que le impuso un juez civil. Pero hubo criterios encontrados, como ocurrió recientemente en otros casos como el de Tlatlaya, en el que la autoridad civil llegó a una determinación, y la militar a otra totalmente opuesta.

Entonces en el caso de cómo se han tratado los crímenes militares no ha habido claridad, sino una aplicación discrecional de la ley, a criterio de la autoridad militar únicamente, sin que se rindan cuentas a la ciudadanía. Esto lo vimos durante muchos años, hasta que se habló de esta reforma en la que se trató de eliminar el fuero militar. Se supone que esto cambió en años recientes; sin embargo, ya en la aplicación efectiva vemos que continúa de la misma manera.

Creo que esto ha provocado y fomentado también la impunidad que alienta que miembros de las fuerzas armadas sigan incurriendo en actos ilegales, puesto que suponen que no se les va a aplicar la ley por este fuero del cual gozan los militares.

Pienso que este es otro de los factores que ha hecho que la propia institución se vea afectada.

 

AR: Otra historia que está en el libro es el de las torturas que se practican al interior del Ejército. ¿Cómo ha ocurrido esto? Parece ser muy grave.

ALP: Así es. A partir de la guerra contra las drogas la Comisión Nacional de los Derechos Humanos comenzó a recibir muchas quejas y denuncias, algunas de las cuales generaron recomendaciones en contra de las fuerzas armadas mexicanas, en las que se denunciaba la tortura como una mecánica para la obtención de confesiones de civiles. Pero encontramos también casos de militares que denuncian haber sido objeto de torturas por parte de sus propios mandos y compañeros. Se ve como una práctica común dentro de las fuerzas armadas.

También documento cómo hay otro tipo de prácticas de acoso y de tortura sistemática que se aplican con el pretexto de que son parte del entrenamiento militar, y que se practican en las instalaciones castrenses. Son prácticas muy asociadas a la dinámica de la vida militar y se ven como algo común; sin embargo, ¿qué ocurre cuando incluso se llega hasta el crimen contra las personas de quiénes están obteniendo una confesión? Esto ha ocurrido y en casos muy graves.

Hace poco se ha difundido un video en el que se ve a militares que torturan a una mujer para sacarle una confesión; es una práctica que se ha denunciado y que ocurre dentro de las propias instalaciones militares, lo que merecería la mayor atención no solo del secretario de la Defensa sino de los miembros de la sociedad civil. Debe plantearse, si esa es la mecánica que usan los militares, qué tanto habrá afectado a personas que hoy están en prisión acusadas por la Secretaría de la Defensa Nacional.

 

AR: Otro tema que no es tan tocado en el libro pero que creo importante son las condiciones laborales de los soldados.

ALP: Ese es otro elemento en el que también se debe poner cuidado porque los militares tienen salarios muy bajos en México; incluso con los incrementos que se les hicieron durante el gobierno de Felipe Calderón aún son muy bajos, y es precisamente este factor el que, según dicen los militares, los lleva a reclutarse con el crimen organizado. Esto pasó, por ejemplo, con muchos miembros del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales que fueron reclutados por los Zetas; esto ha pasado también con los kaibiles, quienes regresan a sus tropas a percibir salarios muy bajos. Entonces siempre lo que perciben debe cuidarse, porque esto puede generar que se recluten con el crimen organizado, como lo han hecho.

 

AR: Algo que llamó mi atención es que, cuando menos desde la Guerra sucia, muchos militares más bien están entrenados para la guerra contrainsurgente; sin embargo, se han ido a la guerra contra el narcotráfico. Una figura emblemática es Miguel Arturo Acosta Chaparro. ¿Cómo ha enfrentado el Ejército ese paso de la lucha contrainsurgente a la lucha contra las drogas?

ALP: Creo que las fuerzas armadas mexicanas no estaban preparadas para que se les sacara a las calles para las tareas de combate al narcotráfico, porque desde el momento en que eso se hizo el crimen organizado ya había infiltrado las estructuras del Ejército. No es algo nuevo: en México lo padecemos cuando se supo de los Zetas, exmilitares y militares que habían pedido su baja temporal y que desertaron de las fuerzas armadas para reclutarse como guardaespaldas del Cártel del Golfo, de Osiel Cárdenas Guillén. Al poco tiempo crearon su propia organización criminal que hoy, a solo unos cuantos años, es uno de los cárteles más violentos y mejor organizados a nivel internacional.

Considero que cuando el gobierno decidió que los militares se iban a hacer cargo de las tareas de combate al narcotráfico se ignoró esa parte tan delicada que era si militares se estaban reclutando con el crimen organizado, como ya lo estaban haciendo. Entonces esto sí tiene que ver con una parte económica: a los soldados les resultaba mucho más redituable reclutarse con el crimen organizado, pero también con el desencanto que muchos tenían de las propias estructuras de las fuerzas armadas, donde se habla de un código militar y de una ética que a veces no se cumple. Estos son elementos que no consideró el presidente Calderón cuando llevó a los militares a estas tareas contra las drogas, además de que no se capacitó a los militares para la vinculación que tendrían con la sociedad civil en estas nuevas tareas que se les estaban encomendando, lo cual explica también el fracaso de la llamada guerra contra las drogas.

Lo podemos ver con números duros: la Procuraduría General de la República (PGR) tiene una lista de los cárteles y organizaciones criminales que operaban antes de que se diera la guerra contra las drogas, antes de que se sacara a los militares a las calles; si la comparas con la lista actual de la propia PGR, son exactamente los mismos cárteles con sus escisiones más nuevos grupos que han surgido. Con esto podemos medir el fracaso, aunado también al poder que en la actualidad han alcanzado a nivel internacional las organizaciones criminales mexicanas —que pude documentar muy bien en mi libro Mares de cocaína—, y también lo podemos percibir en el nivel de violencia que vive el país. A pesar de que hay estados donde los militares han permanecido años, esto no ha bajado el nivel de violencia ni la inseguridad ni la criminalidad ni el tráfico de drogas.

 

AR: Un asunto muy interesante es el papel de algunos militares en los cárteles. Menciona varios casos: el Metro con Amado Carrillo, Jesús Gutiérrez Rebollo, los Zetas. ¿Cómo ha sido infiltrado el Ejército por las bandas, especialmente por narcotraficantes que llegan a hacer su propio grupo? ¿Cómo han ayudado los militares a los cárteles?

ALP: Un grave problema que tenemos es el gran nivel corruptor de las organizaciones criminales, y que la sociedad misma es proclive a esa corrupción. En este país es mucho más fácil caer en prácticas corruptas que negarte a ellas; es decir, es un sistema que está corrompido, donde las estructuras del crimen han logrado permear fácilmente por el factor económico. Esto ha pasado con las fuerzas armadas también: los traficantes han logrado corromper sus estructuras al atraer a los propios militares, que no sólo les ayudan a reclutar a otros miembros sino a operar la propia criminalidad al interior de las fuerzas armadas. El caso más visible lo tenemos en los Zetas.

Cuando yo hablé con expertos en temas de delincuencia organizada a nivel internacional, yo les comentaba el caso de los Zetas; personas que, por ejemplo, durante años combatieron a organizaciones como la Cosa Nostra, en Italia, me decían que esa historia de los Zetas era la más increíble que pudieran haberse imaginado: ¿cómo era posible que un grupo de élite de un Ejército de pronto se convirtiera en un cártel? Esto habla del nivel de deterioro que hay en las propias instituciones mexicanas.

Ese es el caso más visible y el que mejor ejemplifica hasta dónde se puede llegar en el nivel corruptor dentro de las fuerzas armadas. Pero me di a la tarea de buscar los antecedentes que había de militares implicados en el tráfico de drogas, y me encontré el caso del general Humberto Mariles, quien fue una gran figura a nivel internacional porque fue el primer medallista olímpico para México, un caballista muy afamado. Fue detenido en París con maletas cargadas con heroína, que se procesaba en Marsella y que traía para México aprovechándose de su fama. Autoridades del propio gobierno que eran sus amigos personales le habían facilitado documentos diplomáticos para viajar. Él iba por el mundo como representante de la diplomacia mexicana, como un enviado del presidente. ¿Qué le garantizaba viajar de esta manera? Por ejemplo, que su equipaje no era revisado y tenía prácticamente paso libre en los aeropuertos, y él mismo decía que gracias a eso podía pasar sus cargamentos. Hice esta investigación, una parte en París y otra en la Ciudad de México, y me encontré los expedientes que integró la Policía francesa sobre este caso cuando lo detuvieron y lo metieron a una cárcel, donde murió, y encontré también el expediente que armó la Dirección Federal de Seguridad en México, donde documentaban las relaciones no sólo del general Mariles en la élite política mexicana sino en redes de tráfico de drogas y de tratantes de blancas.

El caso de Mariles reúne todos los elementos de por qué se fomenta la criminalidad en el país. Era protegido del propio sistema y aprovechaba esa protección que tenía para su beneficio personal con estos negocios. Creo que es un antecedente muy notorio de este tipo de vinculación de militares de alto rango en el crimen organizado.

 

AR: Hay una cifra en el libro: de 1990 a 2011 hubo 345 mil bajas del Ejército, entre las que hay un número grande de desertores. ¿Qué pasa con estos?, ¿a dónde van a dar?, ¿por qué no se les da algún tipo de seguimiento?

ALP: El por qué es lo que nos tendrían que explicar el secretario de la Defensa o los altos mandos de las fuerzas armadas porque el planteamiento que yo hago es que hay una falta de atención a lo que está ocurriendo con los desertores, qué es lo que los lleva a dejar las fuerzas armadas. En el libro planteo cómo esa falta de cuidado ha llevado a saber el destino de esos militares hasta que se encuentran implicados en acciones criminales. Algunos casos los relato en el libro, pero creo que este es otro punto débil de la autoridad: no llevar un seguimiento de las personas a las que preparó tan bien en cuanto a estrategias, de uso de armas, por ejemplo, y que no se sabe al final dónde las van a aplicar. Debería tenerse mucho cuidado porque en este país hemos visto cómo hay desertores preparados como grupos de élite que se están vinculando con el crimen organizado.

Los mandos de las fuerzas armadas deberían analizar por qué están ocurriendo las deserciones y a dónde va a parar cada desertor.

 

AR: ¿Ha visto algún aspecto positivo de la intervención del Ejército en la guerra contra el crimen? Hay algunas crónicas de comunidades que efectivamente se han sentido seguras, y ha participado en detenciones de narcotraficantes, por ejemplo.

ALP: Yo no lo veo como algo positivo, y no me refiero sólo al Ejército. ¿De qué sirve invertir tanto dinero público en hacer fuerzas especiales, en crear la gendarmería, si sus elementos no están trabajando con la finalidad de acabar con la criminalidad sino que también caen en la corrupción? Considero que se deberían revisar los niveles de confianza de los miembros de las fuerzas armadas y de las policías. Es un criterio que se debe aplicar parejo.

Supongo que habrá comunidades que digan que para ellas el Ejército les ha garantizado seguridad, lo cual me alegraría mucho, pero creo que si hablamos en términos generales con datos duros, no sabes de un resultado positivo, y no es algo que yo esté suponiendo. Incluso se han escuchado voces de militares que en estos años han dicho que el Ejército no está hecho para estas tareas contra las drogas.

Es evidente que no ha impactado de manera positiva este combate al crimen organizado. Lo vemos también frente al indicador internacional de que los cárteles mexicanos han tenido ahora un papel relevante a nivel internacional que hace años no poseían y que hace unos años tenían los grupos colombianos.

Entonces tenemos a los militares en las calles en estas tareas antidroga, pero resulta que los cárteles tienen mayor poderío y fuerza a nivel internacional. Esto quiere decir que algo está fallando.

 

AR: Hay otra parte del libro en la que usted recuerda cuando en Tamaulipas dos agentes norteamericanos, de la DEA y del FBI, y un periodista, José Luis, fueron a buscar a Osiel Cárdenas, al que enfrentaron. Había quien le decía al reportero que agarrara el billete del narco, “todos lo están agarrando”. ¿Qué ha pasado con la prensa en estos casos de vinculación con el narcotráfico?

ALP: Con el nivel de corrupción de los cárteles y de criminalidad que impera en muchas regiones de México, los periodistas tenemos una labor de muy alto riesgo. Querer documentar lo que ocurre en algún lugar, sobre todo lo que tiene que ver con el crimen organizado y a quién beneficia, quién está detrás de las redes de criminalidad, los agentes del Estado que participan en esas redes de corrupción, es el mayor riesgo para el periodista. Eso es algo del trabajo que yo he hecho durante varios años.

Creo que en este país tiene un costo muy alto contar ese tipo de verdades. Por eso tenemos periodistas que han sido acosados, asesinados o que han tenido que salir del país. Por mi propia experiencia puedo decirte que en este país es más peligroso ser un periodista honesto que un periodista corrupto, y eso es lo que te coloca en una situación de riesgo. Cuando escribes sobre dinero criminal recibes muchas presiones de todo tipo, y el periodistas que se niega a aceptar cualquier tipo de soborno se vuelve más peligroso, y también está poniendo en un riesgo permanente su vida.

Yo no podría decir que alguien, para garantizar su tranquilidad, deba aceptar o no dinero del narcotráfico, porque esa es una cuestión personal. Yo no lo haría y me he rebelado a caer en malas prácticas, pero para mí ha tenido un costo muy alto.

Yo entiendo muy bien ese caso que relato en el libro porque el periodista empezó a tener presión cuando se negó a caer en este tipo de actividades criminales, porque el periodista que acepta un soborno de un narcotraficante es cómplice también de esas redes criminales y se convierte en parte del problema. Los periodistas debemos decir no a cualquier intención, por mínima que sea, de corrompernos, porque si los periodistas defendemos la verdad también debemos defender la ética como un principio básico del periodismo.

Pero, desgraciadamente, cuando en este país defiendes la ética o los principios periodísticos y el derecho de la sociedad a estar informada con la verdad, te colocas en una situación de riesgo. Entonces son posiciones personales y riesgos que tomamos los periodistas cada día.

 

AR: Pese a todo, el Ejército aún es una institución muy respetada y hasta temida. A grandes rasgos, de los casos que ha visto, como el de Ricardo Olvera, Tlatlaya y los hechos de Iguala, ¿en general, cómo ha cubierto la prensa estos hechos del Ejército?

ALP: En algunos medios este tipo de coberturas todavía es visto como tabú, lo cual considero un error porque hacemos figuras intocables. Pienso que, en un afán por defender la verdad, los medios de comunicación deben abordar este tipo de temas, impliquen a quien impliquen, porque al final quien está siendo afectada es la sociedad, y ellos son parte de esta, así como los militares.

Creo que el que no se cubran estos temas amparándose en esa figura de intocables no es una cuestión de respeto sino de solapar asuntos que a todas luces son ilegales, y los medios de comunicación tienen un papel muy relevante para también tratar que las instituciones de este país se recompongan. Ocultar la verdad no es una manera de contribuir a esto.

 

AR: ¿Cuál es el futuro del Ejército, especialmente el deseable? Esto si tomamos en cuenta que, efectivamente, no está preparado para hacer tareas de Policía, y también que las policías tampoco están preparadas para hacer su trabajo. No va a ser fácil sacar a los militares de las calles.

ALP: Es cierto que es muy dramática la situación que tenemos en México porque si un ciudadano se encuentra con que es víctima de una acción criminal en las calles y ve a un policía y a un militar, yo no sé en quién confiaría; yo, en ninguno por las malas experiencias que he tenido con ambos.

Pienso que el gran drama para la sociedad mexicana es que la mayoría no creemos en los representantes del Estado: se ha perdido la credibilidad en la clase política y en los funcionarios.

Es un panorama muy dramático pero real. No podemos cerrar los ojos a esta realidad porque cuando lo hacemos sigue ahí, pero nosotros la ignoramos y eso es lo que hace que la situación se deteriore aún más.

Yo estoy convencida de que la situación en este país se recompondría si cada uno hiciera el trabajo que nos toca desde nuestro ámbito: los militares el trabajo que les corresponde como parte de una milicia; los policías, el que les toca sin caer en las corruptelas; el ciudadano, el que le toca hacer cada día; los periodistas, realizando nuestra labor de manera ética, y que cada uno de esos elementos de la sociedad diga no a las prácticas corruptas.

Estoy convencida de que el principal problema que tenemos en México es la corrupción en todos los niveles. El día que cada uno de nosotros digamos “No” a las prácticas corruptas, al tráfico de influencias, y que cumplamos con nuestra labor de manera ética, responsable, consciente, y que además nos preocupemos del otro como parte de la sociedad, ese día tendremos un país mejor.

Yo no veo que haya una recomposición de otra manera. Esperar que los cambios provengan de las esferas de gobierno es un error que los ciudadanos ya no podemos repetir, porque la clase política mexicana, que está muy deteriorada y que no hace bien su trabajo, no está a la altura de las necesidades de la sociedad.

 

*Entrevista publicada en Horizontum, 9 de junio de 2017.

miércoles, febrero 03, 2016

Las cartas de navegación de las drogas. Entrevista con Ana Lilia Pérez*


Las cartas de navegación de las drogas
Entrevista con Ana Lilia Pérez*
Ariel Ruiz Mondragón
Según un informe de 2012 de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, alrededor del 80 por ciento del volumen del comercio mundial y más del 70 por ciento de su valor son transportados por mar. Algo similar ocurre en el ámbito del tráfico de drogas ilegales, especialmente de la cocaína.
Sin embargo, pese a sus dimensiones, el trasiego de narcóticos por vía marítima ha sido muy poco investigado, pese a la indudable importancia que tiene para las organizaciones criminales internacionales, que la usan para conducir grandes volúmenes de sus mercancías hasta los sitios más recónditos.
Recientemente Ana Lilia Pérez publicó su libro Mares de cocaína. Las rutas náuticas del narcotráfico (México, Grijalbo, 2014), para cuya investigación se sumergió en las complejas y vastas redes delictivas que constituyen rutas clave para sus actividades.
Sobre ese libro conversamos con la autora, quien es licenciada en Periodismo por la UNAM, además de que ha realizado diplomados en la Academia Mexicana de la Historia, la Universidad José Martí, de La Habana y el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Ha colaborado en medios como El Financiero, Milenio, La Jornada, Excélsior, Esquire, Contralínea y Variopinto. Autora de cuatro libros, ha ganado diversos premios nacionales de periodismo, como los otorgados por el Club de Periodistas de México (2008, 2009 y 2010), el Consejo Ciudadano y el Pagés Llergo (2010). En 2012 ganó el Leipziger Medienpreis y a inicios de octubre de 2015 el Golden Victoria para la Libertad de Prensa, que otorga la Asociación de Editores de Diarios y Revistas Alemanas.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy publicar un libro como el suyo? ¿Cuál es su relevancia?
Ana Lilia Pérez (ALP): Creo que este libro es revelador en muchos sentidos: por primera vez se está hablando de un fenómeno que hace posible la operación de las mafias a nivel mundial. En toda la región de América tenemos todos los días muchísima información de la operación de grupos criminales, sobre todo en México al ser un país con organizaciones delictivas que se han destacado internacionalmente por su nivel de operación y de violencia, lo que significa un gran reto.
Hay mucha información y muchos libros sobre narcotráfico, pero ninguno había hablado sobre el tráfico de drogas a gran escala por mar, que es un mundo aparte, muy diferente en su mecánica a la que emplean las organizaciones criminales en tierra. La marina es la infraestructura que hace posible que entre el 70 y 80 por ciento de las drogas se muevan por todo el mundo. Es la infraestructura de operación real, efectiva, de las organizaciones criminales a nivel internacional, y en ella actualmente los cárteles mexicanos tienen preponderancia: hablando en términos genéricos, son los que dan la patente de corso para el tráfico de cocaína, que es la droga de principal consumo a gran escala.
Es un libro que contiene información inédita en muchos sentidos, lo que fue el objetivo principal de este libro. Yo tuve acceso a ese ámbito náutico, y creo que es muy importante que la sociedad mexicana conozca esta información, pero también que los gobiernos reflexionen sobre el hecho de que en los niveles de violencia y criminalidad que se viven hoy en México tienen responsabilidad todo aquellos países a los que los criminales mexicanos llevan sus mercancías y donde operan.
La realidad, que han reconocido las autoridades entrevistadas para este libro, es que los cárteles mexicanos han logrado un nivel de expansión inédito e inaudito dentro del mundo de las organizaciones criminales. Creo que es tiempo de que se reflexione que si se pretende hacer un combate real al crimen organizado se debe hacer de manera global.
El libro, cuyo tema es inédito, nos hace reconfirmar que, en muchas ocasiones, la realidad supera a la ficción: hemos vivido muchas veces engañados suponiendo que el crimen opera de una manera, y el nivel de operación que tiene va muchos más allá de lo que podemos pensar.

AR: Menciona el dato de que entre el 70 u 80 por ciento de la cocaína que circula en el mundo es transportada vía marítima. Esto ha sido muy desatendido por las autoridades. ¿Por qué?
ALP: Las autoridades son las que nos lo deberían decir. Se habla de operativos en México y de la detención de algunos renombrados traficantes que han sido encarcelados, pero las organizaciones criminales mantienen a flote sus negocios.
A mí me llamó muchísimo la atención que, al entrevistar a funcionarios del área de inteligencia de gobiernos europeos, ellos me comentaban que, a pesar del nivel de preponderancia que tienen los cárteles mexicanos, no haya un trabajo en conjunto con el gobierno mexicano para tratar de atajar los negocios de estas mafias. Por ejemplo, en el seno de la Unión Europea se vio que era necesario frenar el flujo de drogas vía marítima porque de esta forma es como se mueve la mayor parte de las drogas. En un trabajo de inteligencia conjunta, autoridades de varios países de Europa se unieron para hacer investigaciones por mares y puertos de todo el mundo.
Yo decía: “Si en mi país se libra una guerra contra las drogas, ¿cómo no hay colaboración con estas autoridades?, ¿cómo no hay un trabajo de inteligencia?”. Yo no me puedo explicar más que por la corrupción el hecho de que los cárteles mexicanos hayan logrado el nivel de expansión que tienen, una capacidad que los lleva a proveer de drogas los puntos más recónditos del Pacífico, Australia, los países africanos, de Europa del Este, y a tener asociaciones criminales con organizaciones rusas e italianas, por ejemplo.

AR: Algo que llamó mi atención es que aún destaca a los Arellano Félix. Al contrario de muchos comentaristas, usted dice que siguen teniendo un gran poderío, en buena medida por el control de las rutas que pasan por Tijuana y Ensenada.
ALP: Es un tema muy interesante. Si revisas los discursos oficiales de la última década, encuentras declaraciones que hablaban del desmantelamiento total de la red de los Arellano. Hay informes muy recientes del gobierno estadounidense en los que se considera a esa banda como una de las organizaciones que mayor nivel de operación tienen aún en el ámbito marítimo.
Refiero la manera en que operaba la banda de los Arellano porque fueron ellos los primeros mexicanos en organizar perfectamente su red de tráfico de drogas. La historia oficial es que El Mayel era un operador que fue detenido y que allí se acabó la historia. En realidad, los Arellano eran estrategas que dominaron perfectamente el ámbito náutico: reclutaron capitanes y tripulaciones enteras. No sólo organizaron este ámbito sino que además fueron los que impusieron el derecho por el uso de mares.
Hay informes, incluso los últimos del gobierno mexicano, donde se señala que algunos grupos asociados a los Arellano siguen operando. ¿No que había quedado desmantelada esa red?
En la actualidad ni uno solo de los cárteles mexicanos ha sido desmantelado por completo; al contrario, se habla de muchas ramificaciones que han ido surgiendo.
Otro grupo, por ejemplo, es el de los Beltrán Leyva, quienes, a pesar de que algunos están muertos y otros encarcelados, siguen operando en el ámbito náutico.
Lo que ocurre en el ámbito marítimo está ajeno a los gobiernos pero también a la sociedad en su conjunto, a pesar de que es el que hace posible el comercio internacional. Es un eje principal de la economía de todo el planeta y, sin embargo, ha estado al margen de la vigilancia de los países en muchas regiones. Tan es así que algunos puertos son identificados prácticamente como narcopuertos, en los que quienes mandan son los traficantes.
Aquí también debemos agregar que la operación de los traficantes vía marítima no se limita únicamente al tráfico de drogas sino también de armas, y ponen en circulación otros productos para lavar dinero (allí están los casos de la Familia Michoacana y de los Caballeros Templarios, que desde el puerto de Michoacán mandan mercancías a la ruta Asia-Pacífico, que es una de las más importantes para el comercio internacional). Lo mismo ocurre en las regiones de Europa y Asia; yo cito el caso de los traficantes de Oriente Medio que tejen la heroína en los finísimos tapetes persas.
En el ámbito marítimo es donde ha habido una innovación tremenda, por ejemplo en mandar un contenedor de chile piquín con cocaína. Parecería una locura, pero lo que ocurre es que la cocaína se separa mediante un proceso químico. Todo tiene una lógica en este ámbito: mandar un cargamento de una mercancía a granel implica que si una autoridad quiere revisarla deberá tener una infraestructura muy buena para hacerlo. En muchos lugares las autoridades no se arriesgan a esas revisiones porque implican costos muy altos y detener una embarcación puede significarles demandas multimillonarias.
En este negocio hablamos de muchísimo dinero que está en circulación todo el tiempo. y es un ámbito del que los traficantes han sabido sacar muy buen provecho.

AR: Dice que allí participan desde los pescadores hasta jeques, banqueros, navieros, armadores…
ALP: Está el caso de la gente de la FIFA, que también aprovechaba…

AR: También hay políticos y autoridades. ¿Cómo están imbricadas las partes legal e ilegal?
ALP: Es que en el ámbito marítimo, a pesar de las regulaciones, de los avances en normas y de infraestructura, la ley que impera es la del siglo XV, de la piratería, de los corsos, de los traficantes, del naviero que va a transportar lo que le deje más ganancias. Por eso encontramos a gente de todo tipo que ha visto en el tráfico de drogas un negocio mucho más redituable que tener dinero en un banco o en la Bolsa de Valores.
La cocaína es la mercancía más redituable que existe: compras un kilogramo de cocaína en países productores, como Perú y Colombia, en 700 u 800 dólares, y un solo gramo lo puedes vender en ese mismo precio si lo llevas a lugares como Australia. En México vemos en un mapa las Islas Marshall, en el Pacífico, y pensamos que es un lugar muy lejano; pero resulta que desde ese lugar los traficantes mexicanos traen los barcos para mandar cocaína en tiburones a sitios como Progreso o Estados Unidos.
Esto nos lleva a concluir que para los traficantes el mundo es mucho más pequeño que para el resto de nosotros. Ellos sí han sido visionarios e innovadores en el ámbito marítimo.

LA GANANCIA, EN EL TRANSPORTE
AR: En el libro se observa que los primeros traficantes de droga contemporáneos eran colombianos, como Carlos Lehder y Diego Montoya. ¿Cómo fue que los colombianos fueron desplazados por los mexicanos en el control de los mares?
ALP: Allí encontramos también una de esas ironías: con el famosísimo Plan Colombia, que fue uno de los más duros para el combate al narcotráfico y se llegó a la detención de renombrados capos. Esto fue una veta de oportunidad para traficantes mexicanos.
Desde tiempos de los Arellano Félix, por ejemplo, ellos ya enviaban a sus operadores a mercados como el peruano, que es uno de los principales proveedores de cocaína. También comenzaron a tener operación directa en puertos colombianos.
También hago referencia a cárteles colombianos de los años ochenta, como el de Cali, o el del Norte del Valle en los noventa, porque muchos de los proveedores de esos cárteles, a pesar de estar huyendo de la DEA, seguían operando en el ámbito marítimo: se trasladaban a otro país y desde allí tendían sus redes, en sociedad con los cárteles mexicanos.
Los grupos mexicanos fueron haciéndose poco a poco también de sus propias embarcaciones y de las rutas de operación. Tan es así que ahora mismo, en zonas del Caribe, muchas de las embarcaciones pesqueras que se emplean para traficar droga son propiedad de cárteles mexicanos. Yo cito muchos casos de operadores de cárteles que se han asentado en distintos países de la región.
Uno de los factores principales que lleva a que los mexicanos tengan también un nivel de operación mucho más efectivo, es que en el gran negocio de las drogas la mayor parte de la ganancia está en su transporte y en su distribución, no tanto en su producción.

AR: Llaman también la atención los efectos sociales que tiene la llegada de las bandas delictivas. En el libro relata el caso de Buenaventura, Colombia, donde se hace un tráfico gigantesco por el que entra mucho dinero, por lo que uno pensaría que debería haber cierta prosperidad. Pero no: dice que es una comunidad más bien pobre. Por el Plan Colombia también se dio la ocupación de los territorios de la Amazonia, por lo que ha habido conflictos con los pueblos indígenas. ¿Cuál es el impacto social que han tenido las actividades de los narcotraficantes en esos ámbitos?
ALP: Eso es muy importante porque hemos hablado del dinero criminal: los banqueros ganan con el dinero negro del narcotráfico, pero éste y la operación del crimen organizado no sólo traen muerte, como vemos en México, sino una degradación social asociada.
Buenaventura es identificado como uno de los puertos de mayor operación del narcotráfico. En el libro se citan casos de navieros que operan desde allí, y cuyo negocio principal es el tráfico de drogas. Sin embargo, en ese lugar, donde se mueve tanto capital, el dinero no tiene ningún beneficio para la población local sino al contrario. La única aspiración de la gente que está en la pobreza total es buscar integrarse al barco de un traficante porque es el que ofrece más dinero, y al pescador lo pueden detener porque siempre va a ser el eslabón más débil.
En esos lugares se crea un círculo vicioso y hay un clima de violencia. Está el caso tan claro de Ciudad del Carmen, en México, que es una isla que es el sostén de la economía de todo un país, y donde ves las calles sin asfalto, que es una triste realidad.
Cito un caso muy dramático: una tripulación que vive traficando un cargamento de millones de dólares, pero que no puede comer más que carne de perro engordado con ratas. Esa es una realidad. Es como en el negocio de las drogas vía terrestre: el dealer de la calle es el que más expone, y no sé de cuánto serán sus ganancias, pero es el eslabón más bajo dentro de las estructuras criminales. Igual ocurre en el ámbito marítimo.
En África hay pueblos que hasta hace una década no sabían siquiera lo que era la cocaína. La operación de los cárteles mexicanos en esas regiones, en lugares muy depauperados, donde los traficantes ofrecen pago en especie, ha enviciado pueblos enteros. Ahora se reconoce a Guinea como el primer narcoestado del mundo, y eso es efecto del nivel corruptor que tiene el crimen organizado.

AR: Algunas personas han trabajado para combatir el narcotráfico por la vía marítima. En el caso de Europa usted habla de los inicios de Baltasar Garzón, de Paolo Borsellino y de Giovanni Falcone. ¿Qué se puede rescatar de la herencia de estos tres jueces?
ALP: En Europa se identificó el problema creo que antes que en América (en esta región la información es prácticamente inédita). Allá Garzón, como juez de instrucción, comenzó a recibir expedientes de navieros gallegos implicados en el tráfico de drogas asociados con latinoamericanos. Por su oficina pasaron traficantes de todo tipo.
Creo que ha habido grandes figuras que han intentado combatir a las mafias, como los jueces Falcone y Borsellino, que son héroes en Italia. Cuando hice este trabajo de investigación entrevisté a quien entonces era el alcalde de Palermo, quien fue uno de los pocos políticos o funcionarios públicos que le plantó cara a la mafia y que aceptó ser la parte acusadora contra más de 400 mafiosos de la Cosa Nostra, en tiempos en que esta tenía el control total de las calles de Sicilia y que ejercía un nivel de violencia que replicaron los cárteles colombianos. Esa fue una de las experiencias más interesantes para esta investigación: contar y documentar cómo han mutado las mafias para pasar de ese nivel de violencia extrema y de querer hacerse visibles, a ser una mafia más sofisticada, corporativa, que hoy opera en sociedad con la mafia mexicana, que es socia de la Cosa Nostra y de la de Calabria para los embarques de coca que envían a ese país.
También fue una gran experiencia ver cómo en lugares como Corleone, que ha sido identificado como la cuna de la mafia, una de las acciones del gobierno fue incautar los bienes de la mafia y entregárselos a sociedades cooperativas que hoy los explotan en beneficio de la sociedad. Hablo de fincas o tierras que eran propiedad de capos y que ahora están siendo puestas a producir por los lugareños.
Eso es intentar regresarle un poco a la sociedad de todo lo que la mafia le quita, porque ésta le roba no sólo con prácticas como el derecho de piso sino también la tranquilidad. Esta degradación es un daño a la sociedad.
Entonces pude ver directamente esas experiencias de países que pasaron por situaciones como las que hoy vivimos en México y ver que sí puede haber alguna salida, que puede haber personas que sí busquen combatir a la mafia de manera real. Eso debería ser una gran lección para otros gobiernos: que se determine que sí hay manera de combatir al crimen organizado, pero no es con enfrentamientos, con policías en las calles, sino con mucha inteligencia financiera y ponerla en práctica para combatir a las mafias.

AR: En el libro hace referencia a los casos de América, África, Oceanía y África, pero casi no encontré referencias a Asia. ¿Qué pasa en este continente?
ALP: Asia debe ser un foco de interés principal para los gobiernos de todo el mundo, primero porque allí operan los puertos más importantes y también porque en ellos se hace transferencia de armas para las mafias mexicanas y desde allí se embarcan indocumentados que trafican las organizaciones criminales. En los últimos años se ha sabido también de la operación de grupos vinculados a organizaciones criminales mexicanas que han colocado en Asia lugares para el refinamiento de la cocaína y, en sentido contrario, para enviar heroína hacia México.
Los precursores químicos que se utilizan para la industria de las drogas vienen de Asia, y una de las rutas principales que se usa es la Asia-Pacífico, la que yo describo.

AR: En el libro se recogen algunas declaraciones acerca de la disputa por los puertos: un policía alemán dice que hay menos violencia que por las vías terrestre y aérea. ¿Cómo se pelean estos espacios?
ALP: A diferencia de lo que ocurre en tierra, en la vía marítima incluso encontramos grupos antagónicos que se asocian para transferir las drogas. Los traficantes no están peleándose por el paso de la droga: sus esfuerzos están enfocados en buscar la ruta más segura para enviarla. Incluso hay muchos casos en que esos grupos se asocian para usar una misma embarcación, y entonces recurren a esta estrategia de identificar sus propios cargamentos.
Los traficantes también buscan reducir los costos; es decir, se opera a un nivel mucho más sofisticado y corporativo. No encuentras dos grupos rivales que se agarren a balazos, nada de eso ocurre. Ha habido, sí, muertes, brotes de violencia, que se han generado sobre todo cuando hay la pérdida de algunos cargamentos en alta mar por cualquier circunstancia, como la sospecha de un cártel de que quien estaba encargado de llevar la droga lo traicionó. Por eso es que una de las medidas de protección es exigir en prenda a una persona: hay navieros que se quedan empeñados con los cárteles mientras sus barcos entregan la droga que se les encomendó. Esto es algo que ocurre con frecuencia.
Pero en este ámbito náutico los cárteles lo que buscan es mayor ganancia con menos costo, por eso es que incurren en asociaciones que en el ámbito terrestre parecerían impensables.

MÁS ALLÁ DE LOS GOBIERNOS
AR: ¿Qué tienen que hacer las autoridades tanto nacionales como internacionales para dar la batalla en un ámbito tan extenso como el mar?
ALP: Por lo que he visto en otros países y tras entrevistar a los mayores expertos en este ámbito, lo primero es que la autoridad reconozca que existe esta industria paralela, que la ley de la selva impera allí. Necesitamos que se vea cuál es el ABC de la gran infraestructura marítima que emplean las organizaciones criminales. Creo que una buena primera medida sería hacer ese trabajo de inteligencia para identificar cuáles son éstas y los grupos legales que colaboran con ellas. Es claro que las mafias no usan barcos pirata sino legales, porque si un barco está legalizado, tiene sus documentos y su identificación, esto les facilitará la operación porque es más difícil que una autoridad los revise. Esto les da más seguridad porque su operación está montada dentro de la misma estructura legal.
Lo primero es que esto sea identificado, y para ello se requiere trabajo de inteligencia; si no, entonces el llamado combate al crimen organizado será una simulación. De nada sirve que saques a un batallón a combatir a un grupo de traficantes en tierra si por la vía marítima se mueven los grandes flujos de droga, que es la gran ganancia de los traficantes. Además, muchas veces las mulas o los cargamentos que los traficantes mandan por la vía terrestre son detenidos porque ellos mismos los delatan para cubrir las cuotas de incautaciones. Mientras estos decomisos muy menores se hacen, la droga circula libremente por mares y puertos.

AR: En este tráfico marítimo y su combate, ¿tienen que ver algo los regímenes políticos? Encontramos en el libro desde democracias en diversos grados hasta teocracias como Irán. ¿Hay alguna diferencia?
ALP: Ninguna. Yo planteaba en el libro que en este ámbito los traficantes, sean de la nacionalidad que sean, están mucho más allá de cualquier gobierno y de cualquier ideología. Están muy por encima, incluso, de las normas de la política: operan en países socialistas, capitalistas o de las ideologías más diferentes, como Estados Unidos, Venezuela, los rusos o gobiernos más neoliberales, por ejemplo.
En este ámbito marítimo las mafias están más allá de cualquier gobierno: es el real libre mercado.

AR: Para la realización de este libro ¿qué riesgos corrió?, ¿sufrió algún tipo de amenazas o amagos?
ALP: Es un tema muy delicado, en el que tienes que andar con mucho tiento por el crimen organizado. No vas y buscas entrevistar a un traficante que declaradamente lo es, o a uno preso. Estás indagando a muchos delincuentes de cuello blanco, a empresas respetables, un ámbito aparentemente legal. Detrás de eso está el verdadero crimen organizado, y eso es mucho más peligroso que entrevistar a un narcotraficante declarado, porque a veces no sabes con quién estás hablando. Por supuesto que los criminales no van a querer que la información se conozca.
Creo que todas las investigaciones que he realizado han implicado muchos riesgos…

AR: Al principio del libro dice que por sus anteriores trabajos tuvo que dejar el país…
ALP: Sí, el tipo de investigaciones que yo hago han implicado siempre un riesgo. Pero son retos que uno siempre tiene que ir enfrentando día con día. Considero que, en comparación con los colegas de otros países, los periodistas mexicanos podemos decir mucho más que vivimos al filo del peligro. Esa es una realidad para el periodista mexicano, y no sólo para el que cubre temas declaradamente peligrosos. En este país ha habido muchos periodistas víctimas. Nuestro país es identificado como el más peligroso para ejercer el periodismo a nivel internacional.
Antes de la realización de este libro, por otras investigaciones periodísticas tuve amenazas de todo tipo. Creo que mi definición de seguir trabajando en estos temas, que es importante que se conozcan, también impulsa al periodista a seguir adelante.


*Entrevista publicada en Replicante, 3 de noviembre de 2015.