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domingo, enero 14, 2024

El ensayo como defecación de ideas Entrevista a Laura Sofía Rivero*

 


El ensayo como defecación de ideas

Entrevista a Laura Sofía Rivero*

Ariel Ruiz Mondragón

 

Montaigne, padre del ensayo, llegó a afirmar que sus textos eran “los excrementos de un viejo espíritu, a veces duros, a veces blandos y siempre indigestos”, recuerda Laura Sofía Rivero al inicio de su libro Dios tiene tripas. Meditaciones sobre nuestros desechos (Fondo de Cultura Económica, Tierra Adentro, 2021), una reunión de 11 ensayos en los que el acto de defecar sirve para realizar una serie de reflexiones que implican a la cultura (desde la alta hasta la popular, de lo mundano a lo ritual), el aspecto social, el factor sanitario e incluso lo político, en no pocas ocasiones salpicadas de buen humor.

Los textos de Rivero en este libro tratan, desde muy diversas vertientes, un aspecto oculto y casi hasta prohibido de mencionar, pese a ser una necesidad humana natural y universal, que es el de defecar, excretar: hacer caca, cagada, mierda, materia fecal, deposición, excremento, boñiga, suciedad, porquería, popó, “del dos”, heces, inmundicia, etcétera.

Acerca de ese libro conversamos con Rivero (Ciudad de México, 1993) una de las más notables ensayistas mexicanas actuales, quien estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, y ha colaborado en publicaciones como Punto de partida, Revista de la Universidad de México, Nexos, Letras Libres, Tierra Adentro, Este País y La Palabra y el Hombre. Autora de tres libros, ha ganado certámenes y premios como el Dolores Castro (2016), el Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz (2017), el de la Juventud Ciudad de México (2018), el Estatal de la Juventud (2019) y el Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez (2020), el que obtuvo con Dios tiene tripas.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué un libro como el tuyo, sobre el acto de defecar y muchos de los elementos que lo acompañan, desde los olores y los ruidos hasta las extrañas costumbres que lo rodean?

Laura Sofía Rivero (LSR): Para mí, a la hora de escribir era importante tratar de seguir el ejemplo de los autores y autoras que más leo: tratan de hacer literatura con los temas que parecerían menos literarios o menos dignos de reflexión. Curiosamente, a la hora de hacer este texto lo que quería también era poner en relevancia cómo, por el tabú que nos implica, por el desagrado que nos suscitan estos temas escatológicos, dejamos de lado otras reflexiones sobre temas como la desigualdad social, la ecología, la higiene y la salubridad, que están íntimamente relacionados con estos tópicos.

Curiosamente, cuando el libro obtuvo el galardón en 2020 empezó la contingencia sanitaria y pensé que era un gran momento para hablar de la relación con nuestra suciedad y la higiene, en el que justo estaba en la discusión pública cómo nos vinculamos con nuestros gérmenes, con nuestros desechos, y las implicaciones incluso culturales y sociales que tiene todo ello.

 

AR: ¿Por qué a un acto tan natural, una experiencia humana tan compartida y, como dices, universal, se le ha intentado ocultar, se le ha llamado de “mal gusto”?

LSR: Pues creo que son dos factores: por una parte, que arrastramos inconscientemente otras ideas respecto a nuestro cuerpo que provienen de otras épocas, cuando se separaban mucho las partes racional y sensorial de nuestra existencia, porque la primera era la dignidad humana y la segunda era nuestra bestialidad, nuestra animalidad.

Creo que esa división entre lo que pensamos que es mucho más importante que nuestro cuerpo y las repercusiones que ello tiene en nuestra vida cotidiana, esa idea cultural con la que hasta ahora vamos cargando, tenía otros motivos y es de otro contexto.

Por otra parte, pienso que nos gusta hablar de nuestro cuerpo cuando lo vemos desde sus aspectos más gratos, como el erotismo, o cuando nos permite incluso hasta victimizarnos o mostrar lo sublime que puede ser, pero no nos gusta hablar de él cuando nos produce vergüenza o desagrado porque tratamos de esconder nuestra vulnerabilidad. En una época en que alimentamos tanto nuestro ego y estamos preocupados por dar una imagen pública perfecta, mucho menos vamos a querer voltear a ver esta vulnerabilidad humana, esta fragilidad que, además, es algo inherente a nuestro paso por el mundo. Considero que, particularmente por eso, en estos momentos tendemos a ser muy públicos con una intimidad quizá intelectual que vertimos en redes sociales, pero muy pudorosos con aspectos que, de hecho, ni siquiera decidimos y que, como bien lo mencionas, son una experiencia humana compartida: nadie se puede saltar esta relación con sus propios desechos.

 

AR: En uno de los primeros ensayos del libro dices que la suciedad es un problema del lenguaje. ¿Cuál es la dificultad al respecto?

LSR: Al ser un tema tabú, evidentemente tratamos de evitar las palabras que nos hacen nombrarlo: es un tema innombrable, y cuando lo hacemos tendemos a hacerlo a través del humor y de la risa justo porque ya hay un hálito de secreto en toda esta reflexión. En un ensayo que no viene en Dios tiene tripas sino que publiqué antes, hice una especie de catálogo al rescatar una encuesta que hice entre mis amigos de cómo le llaman al acto de defecar, y encontré más de cien expresiones diferentes. Entonces hice un ensayo titulado “La nutria tiene cosquillas”, que es una recopilación de todas esas maneras que tenemos de aludir a la defecación, y es un problema de lenguaje precisamente porque tratamos de eludir las palabras que designan el acto en su manera más evidente, más pura, incluso hasta médica, por pudor.

 

AR: En la primera parte citas a Montaigne y describes cómo encontraba el vínculo de la defecación con el ensayo. En ese sentido, explícanos ese lazo.

LSR: Primero que nada, creo que toda escritura es un poco una excreción en el sentido de que, aunque no resulta rotundo o evidente ni es visual, cómo al escribir estamos también excretando ideas, porque justo valoramos mucho más esa catarsis mental que la natural a la que estamos sujetos todos los seres humanos. Pienso que por eso mismo también Montaigne, en uno de sus ensayos, hace esa comparación: cómo escribir es también una expulsión y, aunque de la vida intelectual, sigue siendo ese mismo ejercicio.

Por otra parte, también es una suerte de reflejo de cómo nuestra vida intelectual va cambiando día a día. Él decía que uno de los conocidos que tenía mostraba su retrato a través de sus desechos, exponiendo cómo cambiaban día a día, y él hacía la comparación: yo también, al escribir, voy a mostrar cómo cambio día a día, voy a mostrar mi retrato en la escritura, y por eso dice: “A veces mi vida intelectual está indigesta; a veces mis pensamientos están un poco estreñidos”.

Me parecía muy divertido que el propio padre del ensayo ya encontrara un vínculo que no se había rescatado antes, quizá porque nos resulta desagradable hablar de estos temas, y quería tomarlo como un punto de partida para mi libro.

 

AR: Dedicas una parte del libro, muy divertida, a lo que es la latrinalia, en la que en los baños públicos se reúnen la inspiración, el tiempo y el espacio para que la gente escriba. ¿Qué relevancia tiene este tipo de escritura? Haces hasta una especie de clasificación de estos textos.

LSR: Me parece también divertido escribir no solamente buscando un lenguaje elegante para hablar de estos temas desagradables, sino traer a colación otras voces de la cultura popular que a veces tampoco se consideran meritorias de aparecer en un ensayo. A mí me gustan mucho los ensayistas que combinan el registro erudito con la vida de todos los días.

Me parece que los grafitis en los baños públicos son un tipo de escritura que tiene lectores cautivos, muchos más que nosotros los escritores de libros. Quizá uno puede publicar un libro y nadie lo lee, pero si escribe en un baño público ya tiene un lector que lo va a leer sólo porque es usuario. Me gustaban esas estrategias que utilizan las personas que escriben en los baños públicos: colocar los grafitis a la altura de los ojos de las personas y hacer alusiones. Me parecía divertido no darlo por sentado y comenzar a reflexionar un poco más al respecto de ello casi como si uno hiciera una taxonomía literaria pero de esta vida popular.

 

AR: También refieres la forma de los excrementos, y dices que incluso hay un sitio en internet llamado ratemypoo, en donde la gente califica sus defecaciones. ¿Qué nos dicen de la gente sus excrementos e incluso los baños? Estos los tratas en un ensayo muy divertido sobre las fiestas.

LSR: Aunque nos desagrade hablar de esto, nuestros desechos tienen un valor médico fundamental, y muchas enfermedades, muchas cosas que nuestro cuerpo nos quiere decir nos las comunica a través de los desechos. Entonces es curioso que aunque nos resulten desagradables, asquerosos, debemos tener un vínculo con ellos porque son una fuente de información sobre nosotros mismos y sobre nuestra salud.

Por otra parte, los lugares que destinamos para nuestro aseo, como los baños personales de las casas, también son un espejo de nuestras vulnerabilidades, de cómo nos concebimos a nosotros mismos, de qué cosas queremos cambiar. Comento por allí que a veces uno se mete al baño íntimo de alguna persona y comienza a hacer una especie de retrato de ella por el tipo de champú que usa; en el baño es palpable todo lo que queremos cambiar de nosotros, de lo que nos preocupa de nuestra apariencia sólo al ver los aditamentos que tenemos para cambiar nuestro cuerpo o nuestro arreglo.

 

AR: Al respecto, ¿cómo se expresa en ello la desigualdad social? Hablas en el libro del jabón, del papel higiénico, y de que hay millones de gentes que no tienen acceso a ellos, por ejemplo. También mencionas que sólo el 20 por ciento de los mexicanos nos lavamos bien las manos (lo que espero haya cambiado con la pandemia). ¿Qué nos dicen esos aspectos de la sociedad?

LSR: En un principio pensé que el tono humorístico iba a resultar un poco cansado después de un ensayo tras otro, pero a la hora de hacer la investigación me di cuenta de que este tema iba muchísimo más allá de ese sorprendernos de la vida cotidiana, y que era un tema que estaba íntimamente ligado con la desigualdad social porque el contacto con nuestros desechos se hace mucho más palpable en ambientes de pobreza. Comento por allí que la segunda causa de muerte infantil es la diarrea, y también comento que el 19 de noviembre es el Día Internacional del Baño Público, del Retrete, y eso es porque una gran cantidad de personas en el planeta no tienen acceso a los baños públicos, a los servicios sanitarios.

Creo que no hablamos de esos temas fundamentales justo porque, como es un tabú, nos da asco y hay que anularlos, y dejamos de lado la repercusión social tan importante que tienen estos temas porque finalmente son nuestra manera de comprender nuestro paso por el mundo, nuestra visa. Entonces, al ser ineludibles, sí me parecía importante poner de relevancia no sólo los aspectos humorísticos sino todo aquello que puede ser incluso hasta trágico de cómo hay condiciones diferentes cuando nos relacionamos con nuestra suciedad aunque es una experiencia humana compartida porque no hay ningún ser humano en toda la historia que no haya pasado por esto. Todos lo vivimos de manera diferente, dependiendo del contexto y de las situaciones que nos rodean.

 

AR: Vamos sobre la parte del humor: ¿cómo ha sido usada la defecación en lo cómico, en lo satírico? El libro tiene una parte humorística al respecto y muchas expresiones sobre ese acto van por allí.

LSR: Como es un tema que es más cercano a los ambientes populares o de una clase baja por el vínculo estrecho que se tiene con los desechos humanos y con la suciedad, una manera de lidiar con esas tragedias es la risa. Eso lo noté, por ejemplo, al hacer la investigación cuando me encontré con un libro llamado El beneficio de las ventosidades, de Jonathan Swift, un ensayista que me encanta y que tiene esa veta humorística al acercarse a este tema.

Me parecía importante, por una parte, recuperar el humor, dado que permite empatía y que sea un poco más grato, más llevadero hablar de estos temas. Lo traté, por otra parte, porque el humor también es una herramienta de la crítica, por lo que me permitía pasar de este tono humorístico a uno un poco más trágico o más preocupante, y también era un gran mecanismo como para traer a colación no sólo las voces eruditas sino las voces populares.

 

AR: ¿Cuál ha sido el aspecto histórico de las heces en relación con el poder? Pones ejemplos de figuras como la de un Thomas Jefferson afectado por la diarrea, recuerdas que el retrete fue inventado por la reina Isabel I y mencionas el escusado que le regaló Ben Affleck a Jennifer López.

LSR: Como el sanitario y los temas soeces, escatológicos, nos enfrentan con nuestra vulnerabilidad, las figuras de poder tratan de ocultarlo particularmente. Me pareció relevante justo para tratar de lograr una especie de igualdad en el libro, de democratizar esa experiencia y hacer notar que todos estamos inmiscuidos en ella porque es una necesidad humana básica, y por ello traer esas figuras y ponerlas rodeadas de perlas en un trono de oro (que de ahí viene) o triunfando en Hollywood, en ambientes donde para nada los humanizamos. Me parece justo que estos temas ayuden a humanizar a los mármoles, a las estatuas, y que era parte fundamental de mostrar esta parte democrática de una necesidad humana básica.

 

AR: Hablas de que el acto también ha tenido sus manifestaciones artísticas, por el ejemplo el Manneken Pis. Que yo recuerde no son tantas esas expresiones, pero ¿cómo ha sido llevada la excreción al arte?

LSR: Es cierto que los desechos, por ser grotescos y sucios, no los consideramos dignos de las altas esferas, mucho menos de las altas expresiones artísticas pues han tenido un valor marginal en la literatura y en las artes. Creo que por eso los desechos han tomado un lugar predominante en expresiones artísticas vanguardistas, que es justo el afán de sacudir, de provocar, de mostrar otros aspectos de la cultura que no son los más homogéneos o canónicos. En la literatura lo que me llamó mucho la atención es que muchas veces las obras canónicas humanizan a sus personajes a partir de sus propios desechos o de sus excreciones. Pensé, por ejemplo, en Remedios la Bella, de Cien años de soledad, una figura casi etérea pero que es mostrada con su varita de caca ensuciando las paredes, y entonces uno se sorprende.

Pienso también en el Quijote: uno se compra su figura en donde se ve totalmente heroico, como si fuera el Amadís de Gaula, pero en realidad al leer el libro te das cuenta de que muchas veces se le humaniza a través de las excreciones, como en la aventura de los batanes, cuando el miedo lo hace enfrentarse con su propia suciedad, o como el episodio del bálsamo de Fierabrás, donde Sancho le vomita a él y se ve envuelto en el vómito de su escudero, y regresa la vomitada después del bálsamo asqueroso que habían tomado.

Uno piensa a veces en el arte o en la literatura canónica desde la parte humana, pero para muchos autores, incluso clásicos, como ocurre con Rabelais en Gargantúa y Pantagruel, otra obra que trae a colación estas escenas, es una manera de acercarnos y humanizar sus personajes.

 

AR: Otro ensayo que me llamó la atención es de una pareja que en su primera cita se enamora porque hablan de sus borborigmos y de sus flatulencias, y mencionas incluso a un científico que fue roomie tuyo con una experiencia particular al respecto. ¿Cómo ayudan esos ruidos y olores del cuerpo a la convivencia?

LSR: Creo que cuando uno empieza a enamorarse idealiza mucho a las personas, pero enamorarse también implica compartir una intimidad no sólo desde el erotismo, desde lo grato, sino compartir una intimidad que a veces a nosotros mismos nos avergüenza. Pero ya estar en una misma casa o en una relación de pareja hace que las personas nos tengan que ayudar cuando estamos enfermos, que tengan que escuchar cosas que para nada pensaríamos que en una primera cita serían dignas de compartir.

Más que resolver la pregunta, la dejo allí para que cada lector se haga su propia respuesta y fabrique su solución personal a qué es más importante: ocultar esa parte íntima o compartirla. ¿Propicia el amor o lo acaba? La verdad es algo que no me siento digna de responder, pero sí al menos digna de poner otra vez sobre la mesa para que cada quien se formule su propia respuesta personal.

 

AR: ¿Qué tanto el acto de defecar es un acto de purificación y hasta de dignidad humana? Citas a Mircea Eliade sobre rituales al respecto, por ejemplo.

LSR: Es una reflexión que surge desde el mismo hecho de pensar que la palabra “escatología” tiene dos acepciones: por una parte como la ciencia divina de la reflexión sobre aspectos sacros y, por otra, la manera de designar los desechos, la podredumbre, lo sucio. Entonces me parece también muy llamativo que en una misma palabra converjan mundos que parecerían no tocarse: el de lo divino y el de lo absolutamente mundano.

Me llamaba mucho la atención cómo a partir de estos temas soeces se podía hacer una suerte de conexión entre dos mundos que aparentemente no se tocan, y por eso también elegí como título la cita de Milan Kundera que hace notar esos vínculos insospechados entre dos mundos que parecerían aparte.

Definitivamente nuestra relación con la suciedad nos lleva a figurarnos cómo purificarnos, cómo hacer una limpieza que muchas veces va más allá de aspectos plenamente sensoriales, y sí creo que hay también una línea rectora en el libro de preguntarnos por cómo nuestra relación con lo más sensorial es también, en algunos casos, divina, mítica, una pequeña religiosidad que no sé si ameritaría llamarse como tal pero por estar tan cercana al menos al campo de la purificación tiene también algo sumamente ritual.

 

*Entrevista publicada en Purgante, 1 de abril de 2023.

lunes, junio 05, 2017

Excélsior, un espejo del Estado mexicano. Entrevista con Arno Burkholder





Excélsior, un espejo del Estado mexicano

Entrevista con Arno Burkholder*

Ariel Ruiz Mondragón

Uno de los principales diarios de la historia de México lo ha sido Excélsior, que el próximo año cumplirá un siglo de existencia. Ese proyecto periodístico, surgido de la iniciativa de Rafael Alducin y que apareció en las calle en marzo de 1917, cuando el constitucionalismo surgía triunfante de la Revolución mexicana, nos aporta buenos indicios de lo que fue la prensa mexicana durante el siglo XX, mucho de lo cual aún vivimos.

Son seis décadas de la historia de ese importante diario las que son abordadas en el libro La red de los espejos. Una historia del diario Excélsior, 1916-1976 (México, Fondo de Cultura Económica, 2016), de Arno Burkholder, en el que, como dice el propio autor al inicio de la obra, se rescata “el surgimiento de Excélsior, sus conflictos con el Estado, la consolidación del periódico y la gestación de muchos problemas que provocaron el estallido de 1976”.

Sobre ese libro Etcétera conversó con Burkholder, quien es doctor en Historia por el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, con un posdoctorado en la Escuela de Graduados en Administración Pública y Política Pública del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. Ha sido profesor en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, en el Instituto Mora y en el ITESM; en el Centro de Cultura Casa Lamm es coordinador académico de la maestría en Historia de México. Miembro de la Red de Historiadores de la Prensa y el Periodismo en Iberoamérica, ha colaborado en publicaciones como Historia Mexicana, Secuencia, 20/10 Memoria de las Revoluciones en México, Relatos e Historias en México, Emeequis y Chilango.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy un libro sobre Excélsior, una historia enfocada en su funcionamiento, como dice, pero también sobre su relación con el Estado?

Arno Burkholder (AB): Primero: ¿por qué una historia? Necesitamos conocer nuestro pasado. Como historiador estoy convencido de que conocer el pasado nos permite entender nuestro presente. A pesar de que hace relativamente poco acaba de transcurrir el siglo XX, lo cierto es que sabemos poco sobre él. Nos falta entender muchas cosas que ocurrieron en esa época. Sí tenemos material, pero de historiadores sobre el siglo XX todavía nos falta muchísimo.

En específico, Excélsior es un periódico que va a cumplir cien años: ha estado desde la firma de la Constitución de 1917 hasta la visita de Donald Trump hace unos meses. Le ha tocado vivir muchos acontecimientos, ha influido en la vida de este país; allí se formaron generaciones de periodistas, que después llevaron ese conocimiento a otros diarios y por eso también ha influido. Es uno de los pilares de nuestra prensa, y por eso es necesario conocerlo.

Había que hacer una historia de Excélsior, así como hay que hacer las de todos nuestros diarios, para entender nuestra prensa y comprender cómo ha influido en nuestra vida nacional.

 

AR: En el comienzo del libro se señala el declive de la prensa porfiriana, pero también la continuidad que marcaron los periodistas de El Imparcial que fueron a dar a Excélsior. ¿Cuál fue la continuidad con la prensa porfirista que marcó Excélsior en las primeras iniciativas de Rafael Alducin y José de Jesús Núñez y Domínguez?

AB: Un Estado siempre necesita una prensa, lo que es una característica de cualquier Estado contemporáneo. Cuando al fin Venustiano Carranza y su grupo ganaron la Revolución mexicana, cuando contuvieron a Zapata y derrotaron a Villa, se quedaron con la capital y pudieron establecer las bases de lo que hoy es el país, y decidieron que necesitaban una nueva prensa. Ya no podían contar con El Imparcial ni con lo que quedaba de la prensa porfiriana, pero tuvieron que recurrir a los periodistas que se formaron durante el Porfiriato. Todos ellos tenían experiencia, que iba desde saber cómo se cubría una nota, cómo se escribía, cómo se establecían las relaciones con las fuentes de información a todos los niveles y, al final, cuáles son las relaciones que un periódico debía tener con un gobierno.

Eso vino directamente desde el Porfiriato. Considero que hay un know how periodístico, una forma de hacer las cosas que en la prensa mexicana se consolidó en El Imparcial y que se mantuvo gracias a El Universal, Excélsior y los periódicos que les siguieron durante el siglo XX. Ese nexo fue fundamental.

Tengo la impresión de que Excélsior y su gran competidor, El Universal, son un gran puente histórico: de un lado estaban El Imparcial y la tradición periodística del siglo XIX, que fue muy compleja, y del otro lado están un montón de medios, empezando por Proceso, y de allí hasta la prensa electrónica que tenemos actualmente.

Hay una continuidad histórica muy interesante, en la que también se ve la relación tan compleja entre la prensa y el Estado: la primera no tiene muchos lectores y necesita el apoyo del segundo para sobrevivir, y un Estado que considera que debe tener medios y que éstos deben ayudarle. Así se establecieron relaciones de complicidad que vienen de muy antiguo y que siguen hasta hoy.

 

AR: Al respecto hay una anotación muy interesante: dice que en los años 1916-1917 había una necesidad de este periodismo, al que llama “periodismo empresarial”, en el que son fundamentales la colaboración con el Estado, la obtención de beneficios económicos y enfocarse a la clase media. ¿Cómo ha influido esto en el ejercicio periodístico?

AB: Estos periódicos surgieron, sí, con la intención de informar, de ser creadores de opinión en la sociedad mexicana, y también como negocios. Esto lo tenía muy claro Rafael Alducin, y es lo que lo llevó a considerar el tipo de público que estaba buscando. Desde el primer número de Excélsior lo dijeron: queremos enfocarnos a la clase media y que ayude a la reconstrucción del país luego de la Revolución mexicana.

Por ello fue el tipo de publicidad con el que llenaban sus espacios: salas de cine, tiendas departamentales, ropa, agencias de viajes, automóviles, bienes raíces, lo que podían consumir las clases media y alta ya desde esos años.

Por otro lado estaba la relación con el poder: los periódicos siempre van a necesitar el dinero del Estado para sobrevivir, porque la venta directa en las calles, por suscripción y de espacios publicitarios no les alcanzaba. Entonces el Estado siempre tiene que darles dinero, primero con Carranza, quien les consiguió papel barato y, por supuesto, les dio dinero a sus periodistas. De eso se acusó a Excélsior muchas veces.

Luego vino la gran consolidación con Lázaro Cárdenas, quien fue quien institucionalizó la relación entre el gobierno y los periódicos mediante los apoyos que les daba Nacional Financiera, la Secretaría de Hacienda, el Departamento Autónomo de Prensa y Propaganda y Productora e Importadora de Papel, S. A., lo que ayudó a que los periódicos en México sean empresas muy pobres de empresarios muy ricos.

Es un muy buen negocio tener un periódico, siempre y cuando entiendas que tu primer cliente es el Estado. Si quedas bien con éste, él te va a dar papel a un precio mucho menor que el del mercado, le va a dar dinero a tus periodistas para que no tengas que pagarles un gran salario, te va a perdonar las deudas que tengas y la vas a pasar bastante bien. Eso te va a hacer un empresario con mucho dinero aunque tu negocio se esté cayendo.

 

AR: Hay otro mecanismo que señala que surgió con Cárdenas: las “igualas”. El intercambio no era gratuito. Los años veinte fueron una etapa muy crítica de Excélsior con los gobiernos de Obregón y Calles, pero luego vinieron las “igualas”, por las que los periodistas llegaron a sacar más dinero que de su sueldo. ¿Cómo afectó esto el desarrollo del periodismo?

AB: Como los periódicos no tenían lectores había que buscar otras fuentes de dinero. La tradición de pagarle muy poco o nada a los periodistas por su trabajo es antiquísima en este país. Quizá el primero que lo dijo claramente fue un gran empresario del siglo XIX llamado Ignacio Cumplido, que tenía el periódico El Siglo Diez y Nueve: “Yo me imagino a mi periódico como un gran balcón en el que permito que los que escriben se suban en él, y a través de sus opiniones los vea toda la sociedad. Al subirse al balcón mis escritores van a conseguir los contactos necesarios para encontrar trabajos que les permitan ganar dinero. Por esa razón yo siempre les pago muy poco, porque al final yo les estoy haciendo un servicio al permitirles que todo el mundo los conozca”.

Así es como hicieron carrera, entre otros, Guillermo Prieto y Manuel Payno, quienes ganaban miserias en El Siglo Diez y Nueve, pero gracias a lo que escribieron rápidamente encontraron chamba en el Ministerio de Hacienda, lo cual les permitió construir una gran carrera en el servicio público, amén de lo que hicieron como escritores.

Esa política se mantuvo durante el resto del siglo XIX y durante gran parte del XX. El periodista siempre ganó muy poco; pero no todos fueron Prieto o Payno, ni todos alcanzaron los contactos para llegar tan alto como esos dos señores. Así, a los periodistas les pagaba un mexicano que consideraba que una forma muy buena de controlar a los periodistas era darles dinero: ganaban muy poco, entonces había que completarles. A esto se refiere “la iguala”, “el embute”, “el chayo”, “el sobre” y otros nombres que ha tenido. Así, había que darles un sobrecito a los periodistas porque, pobrecitos, no tenían dinero, y además había que permitirles que estuvieran cerca de las fuentes.

Hace varios años yo escuchaba a un periodista muy famoso decir que en el medio todos los periodistas eran conocidos como “los Cenicientos”, porque en la mañana desayunaban con el Presidente, en la tarde estaban con un secretario de Estado y en la noche podían reunirse con un industrial de mucho dinero, pero tenían que irse a casa antes de las 12 de la noche para que no les cerraran el Metro.

Para la empresa la “iguala” era muy conveniente porque no tenía que invertir en los sueldos de los periodistas, y funcionaba. Pero la prensa sí desarrolló otro mecanismo para que los reporteros ganaran dinero pero sin que le costara al periódico: ponerlos a vender publicidad. Cubrían fuentes que iban a querer comprar anuncios en el periódico. Si vendían espacios publicitarios ganaban un porcentaje (esto variaba en Excélsior, 10 u 11 por ciento).

En el caso de Excélsior, durante los años sesenta y setenta eso permitía que los periodistas ganaran mucho dinero; me lo platicó Miguel Ángel Granados Chapa: la verdadera entrada de dinero estaba en vender espacios publicitarios.

Eso quiere decir que trabajar en el periódico era muy importante porque permitía tener los contactos con el poder, y era el sitio donde escribir cosas que mantuvieran estas relaciones para hacer el gran negocio de vender contratos publicitarios. De esto es de lo que en realidad vivían estos periodistas, a quienes también se les permitía tener muchos otros negocios distintos. Por esto se entiende una frase muy clásica de la prensa mexicana: “A mí no me den, pónganme donde hay”.

Así, para estos periodistas (pienso en un Carlos Denegri, por ejemplo) no había ningún problema en ganar una miseria como reportero de Excélsior, porque tenían los contactos que le permitían ganar centenas de miles de pesos y darse una gran vida.

 

AR: Hay una parte donde relata que Julio Scherer quiso modificar estas prácticas. ¿Qué ocurrió con ese intento?

AB: Scherer es una figura muy fascinante y muy compleja, que viene de esta tradición periodística mexicana de los años cuarenta, cuando él ingresó a Excélsior, y conocía todo esto. En 1968, cuando llegó a la dirección del periódico, tendió a hacer cambios fundamentales en el periódico.

Scherer detectó que había un nuevo público y que había que acercarse a él. Era un público que cuestionaba mucho a estos periodistas: allí estaban las manifestaciones del 68 que pasaban cerca de la “Esquina de la información”, y a Excélsior y a El Universal les gritaban “prensa vendida”, lo que a Scherer le enojaba mucho.

Él se vio como parte de una nueva generación y decidió que había que hacer cambios. Los más importantes, por los que lo recordamos, estuvieron en la planta editorial: contrató un montón de gente que criticaba al gobierno. Pero además intentó, aunque no lo logró, hacer cambios en un punto, por una parte tan importante y por otra tan abandonado, del periodismo mexicano: los reporteros, los que consiguen la información.

La tradición periodística mexicana no es de reporteros sino de columnistas, que son los importantes, cuando deberían ser los primeros porque son los que consiguen la información. Pero esto no pasó. Scherer los conocía a todos, y sabía perfectamente que todos tenían negocios, que vendían publicidad y que aparte tenían otros negocios: su gerente general, Alberto Ramírez de Aguilar, tenía un negocio de venta de agua destilada para los hospitales, Manuel Mejido tenía un negocio de contrabando en la frontera, etcétera. Todo mundo tenía negocios, y Scherer sabía que surgían porque estos reporteros tenían el control de las fuentes más importantes, especialmente la Presidencia de la República, que dejaban muchísimo dinero.

Quedaba claro que lo que Scherer quería era también controlar la redacción, y por eso amenazó a reporteros con quitarles esas fuentes en las que habían trabajado durante décadas. Cuando llegó a la dirección, al primero que recortó fue a Carlos Denegri; éste, como lo cuenta en una anécdota Guillermo Ochoa, llegó a meterse al despacho de Scherer a pedirle que le diera otra vez su espacio para poder seguir escribiendo. Esto debió haber sido por 1969. Scherer sí le dio el espacio a nuevos periodistas, y de allí vienen Carlos Marín y José Reveles, que allí empezaron su carrera.

Parece como si Scherer hubiera intentado, a largo plazo, también hacer un cambio en los reporteros, pero no lo logró. Era meterse en demasiados problemas, significaba poner en su contra también a la redacción del periódico, y Scherer no quería eso. Entonces al final, amenazada, pero dejó a gran parte de la antigua planta. Los reportajes y notas de Excélsior no eran tan escandalosas o tan críticas con el gobierno como sí lo eran las columnas. Los reporteros nunca llegaron a ser tan importantes como los columnistas: Daniel Cosío Villegas siempre estuvo encima de cualquiera de los reporteros, aunque éstos llevaran información muy importante.

Scherer intentó ese control pero no lo consiguió, y se enfocó más en los columnistas, que fueron la base de su periodo como director.

 

AR: A lo largo del libro se aprecia la gran vinculación del régimen de la Revolución mexicana con la prensa: hubo una fase de gran inestabilidad, de 1917 hasta principios de los años treinta; luego una era de estabilidad hasta los años sesenta, que se rompió en 1968, cuando comenzaron los problemas entre el gobierno y Excélsior. ¿Cómo se vincularon el régimen de la Revolución y el diario?

AB: Son profundamente coincidentes. Ese es uno de los asuntos que más me asombraron de la investigación: la prensa necesita al Estado y el Estado necesita a la prensa. Entonces los momentos de crisis del Estado lo son también de la prensa.

En el periodo 1916-1934, por ejemplo, el nuevo Estado apenas estaba naciendo, no había relaciones claras e institucionales; sí había reparto de dinero por parte de políticos, pero también fue un periodo de mucha violencia. Eso se observaba en los periódicos: no había una relación clara con el gobierno, no estaban establecidos los límites como sí los había marcado Porfirio Díaz.

Luego, desde principios de los años treinta y hasta 1968 ya hubo un Estado consolidado, sin un peligro real a su subsistencia porque se acabaron las sublevaciones y comenzó a invertir mucho en obra pública. Para difundir todo eso necesitaba una prensa, por lo que empezó a apoyar a los periodistas.

En esos años a los periódicos les empezó a ir bastante bien: Excélsior logró estabilidad interna, se convirtió en una cooperativa, y tuvo a sus dos grandes dirigentes, Rodrigo de Llano y Gilberto Figueroa. Así, de 1932 a 1963, todo estuvo relativamente tranquilo en el diario.

Pero en Excélsior empezó un periodo de crisis en 1963, que siguió hasta 1976, por circunstancias estrictamente internas. Eso se vinculó con la crisis del Estado mexicano, que empezó justamente en 1968 y que en 1976 estalló en la gran crisis económica. En medio estaban los problemas con los empresarios, con la Iglesia, la guerrilla, la postura de México en el exterior y una actitud del Estado de reaccionar en lugar de volver a proponer, como lo había hecho en esos años.

Todo eso quedó claro en Excélsior: dependía muchísimo del Estado mexicano, y por eso las crisis de éste le pegaron, además de las crisis que tenía a su interior.

 

AR: En las crisis del diario, incluso en su formación, fue clave el papel de los políticos poderosos: Carranza apoyó a Alducin en los inicios; al inicio de la década de los treinta Plutarco Elías Calles ayudó a los trabajadores a convertir la empresa en cooperativa; en la crisis de 1965 Gustavo Díaz Ordaz estuvo a favor de Manuel Becerra Acosta, y luego vino la de 1976, en la que siempre se ha dicho que intervino Luis Echeverría. ¿Cómo participaron estos políticos en la vida interna de la empresa y después cooperativa que fue Excélsior? Parece que, finalmente, eran los grandes árbitros de las disputas internas.

AB: Hubo muchas relaciones micro entre los periodistas de Excélsior y los políticos, y arriba hubo una enorme relación entre los que dirigían el periódico y el poder más importante: la Presidencia de la República. Siempre necesitaron el respaldo del árbitro final, porque el Estado mexicano, a partir de 1916, volvió a construirse así: uno en el que el poder más importante tenía que ser el Presidente de la República. Fue un proceso que costó mucho trabajo, que no se consolidó en 1916 sino hasta años más tarde.

Había que retomar a este presidente-caudillo que fue Porfirio Díaz, pero había que institucionalizarlo para que lo que importara fuera el cargo y no la persona que lo ocupaba. Así, con el que había que hablar era con el señor Presidente de la República.

Cuando el Estado estuvo en crisis quedó claro que las relaciones con el Presidente podían ser muy complejas. Los primeros años de Excélsior con Carranza, de 1917 a 1920, fueron de crecimiento porque el Estado mexicano estuvo dispuesto a apoyarlo: permitir que surgiera, darle dinero e información para que la difundiera entre la sociedad.

En el periodo 1920-1928 empezaron los problemas porque los hijos políticos de Carranza, los sonorenses Álvaro Obregón y Calles, no querían a Excélsior. Era una generación que se considera revolucionaria, y que vio a Excélsior y a quienes lo hacían como los restos del Porfiriato. Luego estos revolucionarios, además de tener el poder, empezaron a vincularse con la nueva iniciativa privada mexicana, lo que los hizo tremendamente ricos, lo cual se consolidó en los años de Miguel Alemán. La Presidencia era todavía una institución muy débil, cuando ni Obregón ni Calles llegaron al poder realmente por elección sino porque tenían poder político y militar. Entonces la relación con Excélsior era muy difícil, además de que en medio estuvo la guerra cristera.

Excélsior no era un periódico oficial sino oficioso, que sabía que tenía que llevarla bien con el Estado, pero que, además, necesitaba al público de clase media, que en su mayoría era católico y que no estaba muy contento con lo que estaba pasando. El diario tuvo que equilibrar entre los dos, lo que le ocasionó tremendos problemas, los que al final estallaron con el asesinato de Obregón en 1928, cuando Calles casi le echó la culpa de azuzar a los enemigos del régimen.

En el periodo 1928-1932 Excélsior intentó ser tremendamente complaciente con el Estado, y eso estuvo a punto de ocasionar su desaparición porque tampoco funcionó. Los cambios vinieron en el momento en que el Estado se consolidó con Lázaro Cárdenas y el periódico ya era una cooperativa que no dependía de las organizaciones sindicales, que podía negociar directamente con el Estado y que tenía claro que sí tenía que cuidar a su público pero también la relación con el poder. Eso le dio estabilidad, que llegó después con Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos, la cual empezó a romperse con Díaz Ordaz.

El periódico siempre buscó al árbitro supremo, y éste tenía claro que aunque fuera una cooperativa, un supuesto gobierno de trabajadores, los que importaban eran los que mandaban: quien controlaba el periódico y el que controlaba la cooperativa. Entonces había que hablar con De Llano y con Figueroa. Tan importante era esto que cuando ellos dos se murieron en 1962-1963 empezó la crisis, porque no hubo forma de que dentro de Excélsior volvieran a surgir líderes con ese poder al interior y al exterior.

Entonces el gobierno de la República, que necesitaba que el periódico estuviera en paz, tuvo que intervenir: apoyó al grupo que se quedó en 1965, respaldó a Scherer y lo abandonó en 1976 para intentar que Excélsior volviera a ser un periódico estable. Esto era lo más importante: el Estado mexicano necesitaba que el diario fuera estable en su interior para que siguiera funcionando y sirviendo a los intereses del poder.

 

AR: ¿Cómo se conjuntaron las dos crisis: las muertes de De Llano y de Figueroa en 1962-1963, con la formación de los grupos políticos al interior del periódico: el de Últimas Noticias, orientado hacia el anticomunismo y la derecha, y por otro lado el grupo renovador de Scherer, de tendencia hacia la izquierda?

AB: Excélsior era un periódico en el que había muchas opiniones. Eso es muy interesante: siempre vemos con desprecio a la prensa mexicana de los años treinta hasta 1976, y pensamos que fue una prensa vendida en la que todos opinaban igual. No es cierto: al interior de los periódicos había muchos grupos con distintas opiniones, y en Excélsior era claro: había grupos de una derecha muy radical, vinculados con los cristeros; había grupos de derecha moderada, que consideraban que debería haber un mayor acercamiento con Estados Unidos; había grupos de izquierda moderada, profundamente católica, que seguían creyendo que la Revolución mexicana estaba viva, que era un proceso institucional y que lo que había que hacer era depurar a sus miembros, y hacia finales de los años sesenta empezó a surgir una incipiente izquierda que empezaba a considerar que debería haber cambios radicales en el Estado.

Había muchas opiniones, lo que ya sabía y utilizaba De Llano; si bien era tremendamente institucional y progobiernista, consideraba que era necesario que el periódico fuera variado, por lo que presentaba distintas opiniones, primero para no comprometerse con nadie, y luego para poder decir que eran una prensa que utilizaba la libertad de expresión y que era libre e independiente.

Estos grupos, cobijados por De Llano y Figueroa, se quedaron allí durante décadas. Cuando Excélsior surgió como una cooperativa, una de sus metas era educar a sus trabajadores para que aprendieran a convertirse en los dueños de su empresa, y como tales participaran en la toma de decisiones para que todo mundo pudiera compartir los beneficios.

Al final eso nunca ocurrió. Excélsior rápidamente consolidó una división tripartita en la que lo más importante era lo que pasaba en la redacción, luego seguía la administración, que es la que manejaba el periódico, y al final el pueblo llano: talleres. De allí surgieron una serie de liderazgos, pero entre 1932 y 1963 todo mundo entendía que las voces importantes eran las de sus dos pontífices: De Llano y Figueroa. Y el periódico caminó; después de haber pasado por las crisis de los años veinte, los trabajadores de Excélsior vieron que, para empezar, ya estaban cobrando un salario, lo cual los tranquilizó; luego, que les tocaban más estímulos económicos si hacían otros trabajos, y después les permitieron tener negocitos particulares porque éstos no sólo eran de los periodistas sino a todos niveles; luego podían meter a la familia y podían aspirar a reservaciones de hoteles más baratas, viajes, compras de trajes y de alcohol. Podían hacer un montón de cosas.

Si el periódico caminaba, ¿para qué se iban a meter en problemas? Eso, más la mano dura de De Llano y Figueroa, permitió su consolidación. Cuando el Estado mexicano vio eso decidió apoyar a los dos, que Excélsior podía estar tranquilo y que podía contar con su respaldo. No había problema, todos estaban bien.

Pero pasaron los años, y cuando se murieron De Llano y Figueroa quedó claro que la cooperativa no sabía gobernarse a sí misma, que aunque tuviera un documento con las bases constitutivas con los pasos a seguir, nadie confiaba en ellas y que lo que necesitaba era alguien que la gobernara. Un cooperativista muy famoso me lo dijo de esta manera: “De repente se nos murió el papá y no supimos qué hacer”. Entonces empezaron a aparecer varios que querían ocupar ese cargo, y cada quién tenía sus ideas.

Entonces se dividieron: estaban los que venían del sinarquismo, y estos “jóvenes” de los años cuarenta que ya para los años sesenta eran importantes. No había forma de negociar entre ellos, que fue lo más impresionante. Estaban tan divididos, tan marcadas sus opiniones que se pelearon por Excélsior, y al final el que tuvo que decidir fue el árbitro supremo. Si ya no estaban los papás porque se murieron, tuvieron que recurrir al que mandaba en el país: el Presidente de la República, Díaz Ordaz.

Allí lo que quedó claro es que esta organización que supuestamente intentaba ser un modelo democrático nunca lo fue, y en eso se parecía muchísimo al país, donde había una Constitución que desde 1917 señalaba un montón de cosas que supuestamente iban a construir este país como una democracia, y en la realidad nos volvimos un sistema autoritario, paternalista, antidemocrático, en el que la voz del presidente de la República era la más importante.

 

AR: ¿Por qué en 1965 Díaz Ordaz se decantó por la izquierda con Manuel Becerra Acosta, y no con la derecha?

AB: Esa es una pregunta muy interesante que tiene mucho que ver con el enorme desconocimiento que aún tenemos del sexenio de Díaz Ordaz; pensamos en éste y de inmediato surge Tlatelolco, pero ocurrieron muchas cosas en ese sexenio. Es cierto que era un hombre muy influido por la derecha mexicana, especialmente la de Puebla; también era un hombre profundamente institucional, muy marcado por la tradición paternalista autoritaria que viene del cardenismo.

Díaz Ordaz, como secretario de Gobernación de López Mateos y ya luego como Presidente de la República, era un hombre que se dio cuenta de que había muchos grupos de poder en el país, y que la Presidencia de la República tenía que encontrar la forma de controlarlos a todos, lo cual se le hizo tremendamente difícil. Eran los años sesenta, en los que en este país había una división muy clara: por un lado estaba el Movimiento de Liberación Nacional, con un montón de intelectuales bajo la sombra del general Lázaro Cárdenas; por el otro, dentro del PRI había un movimiento mucho más cercano a la iniciativa privada, en el que estaban Abelardo Rodríguez y Miguel Alemán. En la Iglesia mexicana, además, ya se empezaban a señalar diferencias entre los grupos más conservadores, muchos vinculados al arzobispo primado de México, al incipiente poder de los Legionarios de Cristo, y los grupos que se vincularon con el pensamiento de Juan XXIII, la Teología de la Liberación y el Concilio Vaticano II.

Esto quiere decir que en el México de los años sesenta ya había el germen de profundas divisiones que estallaron en los años setenta.

Yo creo que este contexto sirve para entender por qué Díaz Ordaz tomó su decisión. Tenía dos posibilidades: los periodistas muy antiguos de Excélsior, pero que él sabía que venían de una raíz profundamente católica y derechista, que estuvieron en la guerra cristera y fueron sinarquistas, que recuerdan el caso de José Elguero, un gran columnista de Excélsior que apoyó a los cristeros, al que el gobierno de Calles expulsó del país.

Del otro lado estaba un grupo que también tenía una enorme legitimidad en Excélsior porque tenía al frente al gran Manuel Becerra Acosta, fundador del diario, y que estaba convencido de que la Revolución estaba viva, pero que al mismo tiempo era de apertura. Sí eran muy católicos, pero les interesaba un catolicismo adecuado a los tiempos que corrían.

Para 1965, cuando pasó todo esto, el país vivía la huelga de los médicos, el primer gran levantamiento guerrillero en Chihuahua y la crisis de Carlos Madrazo en el PRI. A mí me parece que en ese ambiente Díaz Ordaz debe haber preferido a este grupo de apertura pero dentro de la Revolución, más que al otro que tenía una marcada tendencia proderechista que podría favorecer las posturas más conservadoras de la Iglesia y de la élite empresarial mexicana.

No hay que olvidar que, en algún momento, a Díaz Ordaz se le ocurrió que al PRI había que ponerle un cuarto sector, además del obrero, campesino y popular: los empresarios, pero éstos se negaron. Estaban muy contentos por ser aliados del PRI, pero ser priistas era otra cosa y no le entraron.

En este ambiente de tantas posturas políticas, yo creo que en 1965 Díaz Ordaz prefirió al que le permitiera la estabilidad en Excélsior, un compromiso con la Revolución institucionalizada y, al mismo tiempo, una cierta apertura, una ligera modernidad. Esto para el Estado mexicano en esos años pintaba muy bien porque le iba a permitir (insisto, era el inicio del gobierno de Díaz Ordaz) mostrarse como renovador pero también nacionalista, cuidando los principios fundamentales de la Revolución mexicana, que para Díaz Ordaz en esos años eran imprescindibles. Esa fue una apuesta muy delicada que al final a Díaz Ordaz no le gustó.

 

AR: Un asunto interesante de la sucesión de 1965 es que el grupo de Becerra Acosta sí logró hacer alianzas con sectores importantes de talleres, que fueron los que finalmente le permitieron ganar. ¿Cómo se rompió esa alianza con Scherer? Usted llega a hablar del Olimpo del grupo dirigente, que descuidó a los trabajadores de talleres. ¿Cómo pesó esto en 1976?

AB: Ese es un punto importantísimo. Cuando pensamos en un periódico pensamos en los periodistas, en los reporteros y especialmente en los columnistas; pero se nos olvida que un periódico lo hace mucha más gente, y la de talleres era fundamental porque al final son los que manufacturaban el periódico, de ella dependía que estuviera listo en la madrugada y que rápidamente se pudiera vender.

Fueron los trabajadores de talleres los que habían tenido una participación importantísima en la creación de la cooperativa de Excélsior, que nació prometiéndoles a todos los trabajadores que volviéndose cooperativistas se iba a acabar la incertidumbre de los años veinte e iban a tener dinero. Estos cooperativistas aceptaron, y por eso no se integraron a las organizaciones sindicales que ya existían y que querían absorberlos. En los primeros años de la cooperativa ellos fueron los que ganaron menos dinero, y muchas veces se encontraron con que había que darle dinero a Excélsior para que sobreviviera.

Entonces cuidar a los cooperativistas era fundamental, y allí el gran papel fue el de Gilberto Figueroa, quien se convirtió en la mamá de la empresa porque era el que consentía a todos: cada 18 de marzo, día de la fundación de Excélsior, era el que se encargaba de hacer una enorme comida donde había un montón de viandas, mucho chupe y los mejores artistas de la época. Por supuesto había rifas para que los trabajadores estuvieran contentos. También se encargaba de dar reconocimientos y medallas a los cooperativistas más importantes, y éstos, cada que tenían un problema, sabían que había que buscar a don Gilberto. Era cuestión de ir a su despacho, ver la forma de colarse, hablar con él y decirle: “Oiga, écheme la mano; fíjese que tenga tal problema”, y don Gilberto normalmente decía que sí.

Eso quería decir que al interior de la empresa Figueroa tenía un enorme poder porque los cooperativistas confiaban en él y sabían que aunque De Llano controlaba el periódico la empresa como tal se mantenía firme. Los cooperativistas confiaban en ellos, y esta confianza se mantuvo hasta que los dos murieron.

De 1963 a 1968 el periódico estuvo en una cierta incertidumbre, especialmente los trabajadores de talleres. Sí conocían a la generación de derechistas (Bernardo Ponce, Enrique Borrego y demás), y a Octavio Colmenares, que era un trabajador de mucho tiempo antes, pero conocían más a Manuel Becerra Acosta y sabían que podían confiar un poco más en él. Entonces en ese periodo la empresa se sostuvo.

Llegó 1968 con Scherer, quien nunca tuvo una relación cercana con los cooperativistas; sus relaciones en el periódico eran con la redacción, con la dirección y con los grupos de poder afuera de Excélsior. Nunca fue alguien que los cooperativistas vieran como una de los suyos. De allí vinieron las broncas.

En estos cambios Scherer empezó a impedir que los cooperativistas siguieran metiendo a sus familiares a trabajar, y eso ya no les gustó; comenzó a considerar que había muchos trabajadores que ya deberían retirarse, lo que tampoco les gustó, y comenzaron a ver que Scherer tenía problemas con la iniciativa privada y luego con los gobiernos de Díaz Ordaz y Echeverría. Eso les preocupó mucho.

En 1972 vino el boicot de publicidad privada, del que la dirección de Scherer quedó muy golpeada. Eso los cooperativistas lo vieron con pavor porque a ellos la política en sí no les importaba mucho, no estaban muy enterados de los acontecimientos porque muchos de ellos apenas habían terminado la primaria, pero lo que sí sabían era que necesitaban su dinerito y su trabajo seguros hasta el día en que se retiraran o se murieran. Eso les preocupaba, y es lo que les empezó a pegar. Vieron todos los conflictos que tenía Excélsior, especialmente con Echeverría, y luego el asunto de Paseos de Taxqueña, predio en el que les habían prometido que todos iban a tener casa y nunca les quedó muy claro cómo se estaba manejando ese asunto.

Esa falta de comunicación entre la dirección de Scherer y los talleres, ese vacío fue rápidamente llenado por Regino Díaz Redondo, quien sí entendió que había que cuidar a los cooperativistas: era el que bajaba a talleres, platicaba con los trabajadores, les llevaba pancita los domingos para que estuvieron contentos. Así empezó a hacer una red de lealtades.

Díaz Redondo sí entendió que el poder en Excélsior estaba en los trabajadores de talleres, quienes al final eran los que iban a las asambleas e iban a votar por el que les gustara.

Scherer pudo haber sido un periodista muy conocedor, muy importante, muy culto, pero estaba lejos de los trabajadores, y por eso a su grupo le llamo el Olimpo: estaban en la cima, hablaban con el Presidente y con las personas importantes, mientras en talleres decían ¿qué va a pasar con nosotros? Y por eso éstos se acercaron a Regino, que fue quien les garantizó que, pasara lo que pasara, su trabajo estaría seguro, que la empresa seguiría y ellos podrían seguir adelante como habían estado hasta que se murió Figueroa.

 

AR: Ya saliéndonos un poco de los límites del libro, que concluye en aquel episodio: ¿qué pasó después, con Díaz Redondo? Habla usted de decadencia, y lo cierto es que se volvió a entablar un vínculo muy fuerte entre los gobiernos y el periódico hasta que fue echado en 2002.

AB: Díaz Redondo logró darle al periódico, en su interior, una estabilidad que había perdido desde 1963: su dirección tuvo problemas y fue muy cuestionada, pero haber permanecido allí desde 1976 hasta principios del 2000, cuando lo corrieron, fue algo que ni Scherer pudo hacer. Sí hubo un gobierno en Excélsior.

A Díaz Redondo le tocó gobernar Excélsior en un momento en que el Estado mexicano entró en una tremenda crisis: López Portillo heredó los problemas de Echeverría, la crisis económica y la profunda desconfianza de sectores muy importantes del Estado. Intentó limitar el gasto, establecer un gobierno racional y de repente se encontró con que México se ganó la lotería con los pozos petroleros. Empezó con gastos y gastos, y eso llevó al final a una crisis todavía peor en 1982. Al gobierno de Miguel de la Madrid le tocó encontrar a México como si hubiera perdido una guerra: no había dinero, lo que quería decir que también había que recortar los apoyos a los periodistas.

Carlos Salinas de Gortari intentó modernizar al país, y ya no le servían los viejos medios porque, además, el periodismo cambió. Cuando Scherer salió de Excélsior ocurrió un acontecimiento inaudito en la prensa mexicana: al periodista que se peleaba con el poder o con el Presidente, lo único que le quedaba era retirarse durante algún tiempo, irse a provincia a encerrarse, esperar a que el sexenio terminara y contar con aliados políticos para saber cómo podía colocarse. Scherer no hizo eso sino que aprovechó que el gobierno de Echeverría en 1976 estaba en una condición espantosa y que tenía muchos enemigos; para el 20 de noviembre de ese año (la fecha es importantísima: el día de la Revolución mexicana y antes de que terminara el sexenio de Echeverría) sacó la revista de política más importante de este país en el último cuarto del siglo XX: Proceso, pensada en sus primeros números para pegarle a Echeverría y echarle la culpa de lo que pasó en Excélsior.

Ese fue un cambio brutal, porque quiere decir que el Estado ya no tenía todas las capacidades para controlar la prensa porque apareció Proceso. Luego Scherer también se respaldó en el siguiente Presidente de la República, que resultó que era su primo, José López Portillo, quien lo dejó hacer. También tuvieron una relación muy complicada, e incluso López Portillo le quitó publicidad con Francisco Galindo Ochoa, pero al final Proceso se volvió profundamente crítico, lo que no hacía Excélsior, y sobrevivió, que es lo más impresionante.

El Estado mexicano estaba en una crisis terrible; no por nada fueron los años ochenta cuando en realidad comenzó a crecer el enorme monstruo del crimen organizado. Esto también provocó que empezaran a surgir otros medios que ya no querían tener una vinculación con la antigua prensa mexicana, la de los años treinta a los setenta. Así surgieron Vuelta, Nexos y unomásuno, hijo de Excélsior que quería ser su antítesis: tenía toda la experiencia de éste y tenía muy claro que quería ser totalmente diferente. Becerra Acosta junior sabía perfectamente cómo se hacía un periódico, y tenía muy claro que no quería ser eso que fue Excélsior. Por eso hizo este periódico en formato tabloide, con un nombre inusitado para la historia de la prensa mexicana. Las fotos, los trabajadores que tenía, involucrar a otros columnistas, el diseño, todo tenía que ser distinto. Entonces fue un periódico brutalmente revolucionario, hasta que terminó muy mal con Salinas de Gortari, cuando Becerra Acosta incluso se tuvo que ir a España.

Luego los problemas del Estado mexicano llevaron a que esta sociedad necesitara información económica, y surgieron El Economista y El Financiero porque la gente necesita entender qué demonios estaba pasando con la crisis económica. Luego, en los años noventa, vino el gran golpe del norte del país: Reforma. Lo        que querían estas publicaciones, de Proceso a Reforma (y me iría hasta Milenio) era desligarse de Excélsior y de la prensa anterior a 1976. Todas ellas, directa o indirectamente, reclaman su fecha de fundación el 8 de julio de 1976, y consideraban que esa tenía que ser su prensa.

Excélsior no podía hacer eso sino al contrario: se deshizo de su director, de todos los columnistas y de un montón de reporteros que prefirieron irse. Tenía que llenar esos huecos y no podía volverse un medio crítico del gobierno: lo necesitaba porque venía de toda esta tradición de apoyarse en el Estado. Entonces de 1976 al 2000 Excélsior se volvió un periódico profundamente gobiernista, un diario que necesitaba el respaldo del gobierno, pero éste estaba en crisis y que, además, conforme comenzaban a cambiar las cosas, necesitaba estar en la prensa. Salinas de Gortari necesitaba una prensa sí de oposición, pero que al mismo tiempo le permita convencer a la sociedad mexicana de que el proyecto neoliberal y del Tratado de Libre Comercio era lo que nos convenía. Por eso apareció Reforma, aunque terminó peleándose con él.

A Salinas no le gustaba La Jornada, tremendamente crítica, pero entendió que como estaban las cosas el país necesitaba una voz de izquierda radical, ni modo.

Excélsior y El Universal se quedaron viejos. No había espacio para ellos: eran oficialistas, duros, venían de una tradición muy antigua, no habían cambiado con el Estado mexicano. Esto llevó a que, conforme pasaba el tiempo, éste los comenzó a ver cada vez con más desprecio: a Ernesto Zedillo le importaba mucho más lo que se publicaba en Reforma o en la revista Milenio, que lo que dijera Excélsior.

En el año 2000, cuando Vicente Fox llegó al poder, decidió que esos medios no le importaban y que se rascaran con sus uñas. Le importaban la modernidad, los medios bonitos, el Milenio diario y otras cosas. Entonces Excélsior estaba en una situación espantosa: ya no tenía a los anunciantes ni el prestigio ni las firmas de antes, y empezó a perder dinero. Esto llevó, en gran parte, a que a principios del siglo XXI hubiera otra rebelión en su interior, por la cual se fue Regino Díaz Redondo. Los cooperativistas otra vez estaban espantados porque todo se estaba derrumbando, y el Estado ya no funcionaba como antes. Eso llevó a los que yo llamo “años del coma”, de 2002 a 2006, cuando Excélsior estuvo perdido: tuvo varios directores que duraron muy poco tiempo, no tenía dinero como antes, perdió anunciantes y el diario se hizo cada vez más chiquito.

Buscó alguna solución, y la única que quedó fue vender el periódico. Pero ¿cómo venderlo? ¿Qué hacer con la cooperativa? Aparecieron distintos compradores, hubo mucho más incertidumbre en el diario, y al final quien ganó fue el nuevo conglomerado llamado Grupo Ángeles; Olegario Vázquez Raña se separó de su hermano Mario, quien ya tenía desde los años setenta El Sol de México. Habían creado un enorme negocio primero con la mueblería Hermanos Vázquez, luego el de hoteles, especialmente el Camino Real, y de hospitales. Excélsior se volvió una opción en un momento en el que otra vez el país volvió a surgir el proyecto de las industrias multimedia (que son muy antiguas: el primer Excélsior lo fue porque tenía periódico y radio, alguna vez pretendió hacer cine y después hizo noticieros en televisión). Grupo Ángeles quería ser multimedia, y por eso compró estaciones de radio, creó Grupo Imagen, y de allí lo que siguió fue agarrarse este periódico, que prácticamente estaba a punto de morir.

Pero no podía ser el Excélsior de antes, y lo primero que había que hacer era terminar con la cooperativa. Los cooperativistas hasta hoy reclaman que muchas cosas que les habían prometido no se las dieron. Había que hacer un nuevo Excélsior, uno que fuera privado y muy curioso, porque quería ser joven, diferente, pero que estaba muy influido por el pasado; entonces necesitaba agarrarse de algún referente histórico. Rafael Alducin quedaba demasiado lejos, y de esta generación su referente histórico es, paradojas de la vida, Julio Scherer. Entonces este nuevo Excélsior hace lo que no hacía el de Regino: recordar el 8 de julio, decir “pues de allí venimos”, aunque este periódico haya sido el que expulsó a Scherer. Pero esta generación de periodistas que tenemos, con Pascal Beltrán del Río al frente, formado en Proceso, dijo “mi referente es ese”.

Referente número dos, que no les gusta pero ni modo: Reforma, que es el que representa el periodismo mexicano joven de los años noventa. Entonces es un periódico al que, a partir de que se convierte en una empresa privada, le ha costado mucho trabajo reposicionarse. Creo que tenía razón Jorge Fernández Menéndez cuando dijo: “Nos hubiera salido más barato fundar un nuevo periódico que rehacer este”.

No es todavía el periódico más importante, como lo fue en sus años, aunque sí es un periódico visualmente muy bonito, creo que hasta más que Reforma, pero al que también le cuesta mucho trabajo desligarse de su pasado, y a veces tiene una línea mucho más gobiernista que otros periódicos.

La historia pesa, y más aún cuando no la conocemos.

 

AR: Sobre la red de espejos: en esta, dice, pesan más las imágenes que la realidad. Y habla también de que en esta historia la sociedad está ausente; en otra parte señala que también muchas veces los lectores de periódicos no han salido a defender a los periodistas, por ejemplo. ¿Cuál ha sido la relación de Excélsior con la sociedad, qué ha pasado con sus lectores?

AB: Una parte importante, pero no numerosa, de los lectores del Excélsior de Scherer se fueron a Proceso. Para 1976, bien o mal Excélsior era un periódico consolidado, ya había generaciones que lo habían leído. Era un público que venía, cuando menos, desde los años treinta, que estaba acostumbrado a lo que le daba el periódico.

Era un público que, como actor social, pues estaba formado por el nacionalismo revolucionario, y participar en política significaba entrar al PRI; e incluso a los partidos de oposición, siempre y cuando sostuvieran al PRI. La oposición dura no tuvo espacios: estaban, por ejemplo, el Partido Comunista Mexicano y, peor aún, los movimientos guerrilleros de los años setenta.

Estaban otros grupos de oposición de derecha, a los que el Estado no veía con gusto pero que más o menos tenía que soportarlos. La verdad no teníamos un público que estuviera acostumbrado a cuestionar a sus medios y a participar en política. Cuando ocurrió 1976 creo que había un grupo pequeño pero importante que dijo: “Yo no vuelvo a leer Excélsior, me voy a leer a Scherer”, y creo que de ese grupo se nutrieron los periódicos que vinieron después, más una nueva generación a la que ni el Excélsior de Regino ni tampoco El Universal le decían absolutamente nada en esos años. Eran diarios feos, viejos, que no tenían nada qué decir, y allí podríamos incluir también a Novedades, a El Heraldo de México, a El Nacional: no tenían nada qué decir, o así se veía. La onda era, primero, leer unomásuno y luego La Jornada.

Sobre la prensa de los años ochenta, considero que entre los que se fueron con Scherer y los nuevos pasaba una cosa: que había lectores que ya podían volver a vincularse con sus periódicos, que se vuelven hasta una seña de identidad; caso específico: La Jornada. En los años ochenta había que traerla en el morral; en los noventa, cuando uno ya era neoliberal, trasnacional y usaba traje y corbata, había que leer Reforma.

Considero que actualmente el desarrollo de las redes sociales está permitiendo que este público participante, que siempre ha sido muy chiquito, pueda expresarse más. En los años sesenta el que quería expresar su opinión en un periódico tenía que escribir al correo del lector, y a veces se publicaba. En 2016, si estoy inconforme con algún asunto le mando un tuit a mi periodista favorito; a lo mejor lo lee, a lo mejor no, pero sé que esa información va a llegar. Ahora es mucho más común que estos periodistas sí escuchen a sus lectores por lo que les llega en Twitter.

Esto no quiere decir que ahora tengamos enormes públicos de lectores comprometidos. Seguimos teniendo muy pocos lectores, lo que, además, ahora es un problema, porque ahora están totalmente diversificados. Leemos poco en papel, mucho en línea y cosas distintas. Pero sí veo que en este público, a pesar de que tiene estos problemas, hay ganas de participar, de comentar a los periodistas. Esto el periodista no lo puede ignorar. Cuando un periodista recibe, por lo menos, 500 tuits quejándose de algo, lo tiene que tomar en cuenta, le guste o no, porque es el público.

Actualmente se ven cambios enormes: Televisa, por ejemplo, tiene estos cambios de conductores de noticieros, pero además ahora se le ocurre transmitir directamente en Facebook y transmitir cápsulas específicas para los que están allí. Ya no es que el público televidente vaya y se siente ante el aparato para verlo; ahora agarro mi teléfono, mi tablet, la veo, y de inmediato comienzo a comentar. Allí hay cambios brutales para el periodismo, sea en papel (que allí va a seguir) o en línea.

Pienso que ahora podemos tener un público mucho más participativo; ojalá siga siendo así y que sea mucho más, porque para la cantidad de problemas que le vienen al país en los próximos años necesitamos una sociedad que esté muy consciente de que tiene que participar. Si durante el siglo XX nos acostumbraron a que Papá Gobierno nos resolvía todo y no teníamos que preocuparnos, ahora es fundamental que la sociedad entienda que eso ya se acabó y que la única manera de resolver los problemas está en una sociedad que participe. No hay otra manera.

 



*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 193, diciembre de 2016.