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martes, abril 17, 2018

La frustración de los milagros. Entrevista con Ugo Pipitone




La frustración de los milagros

Entrevista con Ugo Pipitone*

Ariel Ruiz Mondragón

En distintas etapas de su historia México ha tenido la gran promesa de alcanzar una prosperidad que permita a sus habitantes lograr el bienestar social y un gobierno democrático que cuente con instituciones eficaces en la resolución de los problemas colectivos.

La esperanza de que eso ocurra se ha encendido al inicio de cada sexenio, con la ascensión de un nuevo personaje a la Presidencia de la República, en quien se depositan grandes expectativas de transformación. Sin embargo estas han terminado en decepción: los sueños de la esperanza han engendrado los monstruos de la frustración. Así, los problemas fundamentales permanecen casi sin cambios.

Sobre cuatro episodios emblemáticos (los gobiernos de Miguel Alemán, Carlos Salinas, Vicente Fox y Enrique Pela Nieto) de esa cíclica historia trata el libro Un eterno comienzo. La trampa circular del desarrollo mexicano (México, Taurus, CIDE, 2017), de Ugo Pipitone.

Sobre ese recorrido de decepción conversamos con el autor, quien es graduado en Economía y Comercio por la Universidad de Roma, además de contar con estudios de posgrado en el Instituto de Investigación de Economía Aplicada con especialización en Economía Internacional, en Italia. Profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, ha escrito 15 libros.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir y publicar hoy un libro como el suyo, en el que son analizados cuatro gobiernos, cambios sexenales que, como usted dice, “exorcizan una renovada impotencia”, esa “renovación de una confianza que será cíclicamente defraudada”?

Ugo Pipitone (UP): En el caso de México hay un contraste entre la aparente renovación de la política y la continuación de elementos que se reproducen en el tiempo, aunque sea en forma distinta. En cada sexenio hay la impresión de que el país desarrolla la esperanza de poder enfrentar con eficacia sus problemas para descubrir después, al final de cada gobierno, que éstos permanecen sustancialmente intactos.

¿A cuáles problemas me refiero, que caracterizan de manera muy específica a México desde hace décadas, y yo diría que desde hace varias generaciones? El primero es la muy aguda desigualdad social. A pesar de nuestra pretendida herencia revolucionaria, somos uno de los países más desiguales del mundo, más que la India con todo y castas, que China y, quizá con la única excepción de Sudáfrica, de la gran mayoría de los países africanos. Esto debería obligarnos a una reflexión, que es lo que intento hacer en el libro.

El otro elemento de continuidad que no es roto por la renovación de las esperanzas sexenales es la mala calidad de las instituciones, entendidas como administración pública. La frecuencia con que ocurren en este país episodios de corrupción, clientelismo y patrimonialismo en el terreno de las instituciones da como resultado su escasa credibilidad social.

Yo diría que la mala calidad institucional y la desigualdad social son dos heridas que México renueva en forma distinta, lo que explica el título, “un eterno comienzo”. Da la impresión de que estamos frente a un país que se mueve en círculos, que no puede desarrollar la capacidad para enfrentar eficazmente esos dos graves lastres.

 

AR: En el libro usted pone acento en la alta segmentación social y la baja calidad institucional. ¿Cómo se han relacionado ambos aspectos?

UP: Debo partir de una constatación: los dos problemas están interrelacionados. No es que lo diga yo: lo están desde el punto de vista de la observación estadística. Si nosotros hacemos un ejercicio de secciones cruzadas a nivel internacional, y para cada país indicamos su calidad institucional y su nivel de desigualdad, encontramos que los países más desiguales al mismo tiempo son países con baja calidad institucional. Por el contrario, los países con mayores niveles de equidad social son los países con mayor calidad institucional. Para ser explícitos, entre los países más desiguales del mundo y con peor calidad institucional están México, Nigeria, varios países latinoamericanos, Rusia, etcétera.

En el otro extremo encontramos a países que representan una frontera en términos de equidad social: en ninguna otra parte del mundo encontramos una mejor distribución del ingreso y al mismo tiempo mejor calidad institucional. Me refiero a países como Holanda, Suecia, Dinamarca, Bélgica, etcétera.

El punto es que cuando los dos fenómenos (mala calidad institucional y aguda desigualdad social) se presentan conjuntamente, se plantea el problema que usted me propone: cuál es la variable dependiente y cuál es la variable independiente, cuál es la causa y cuál es el efecto. Yo no sabría darle una respuesta a esa pregunta.

Creo que probablemente las explicaciones son distintas en los diferentes países, y quizá incluso son distintas en el mismo país por distintos periodos históricos. El punto es: la mala calidad de las instituciones favorece la mala distribución por el hecho de que el Estado es dominado, o propende a serlo, por sectores sociales de carácter oligárquico que tienden a reproducir sus propios privilegios, sus redes clientelares y a través de eso refuerzan la desigualdad. Entonces la desigualdad conspira en contra de un espíritu de interés colectivo, lo que favorece un escaso control por parte de la sociedad sobre las instituciones y permite a estas ser escasamente eficaces y recorridas por la corrupción.

Yo diría que el problema está abierto; no le busco una solución en el libro, pero sí planteo la copresencia y la codeterminación de esos dos aspectos, cuando menos en el caso de México.

 

AR: Uno de los rasgos que ha sido apreciado como virtud del régimen político mexicano ha sido la estabilidad política. Sin embargo, en el libro usted menciona que no ha sido precisamente lo mejor, sino que ha resultado hasta dañina para el crecimiento y el bienestar. ¿Cuáles son los efectos negativos que ha tenido la estabilidad y a qué se han debido?

UP: La estabilidad es, ciertamente, un valor positivo, sobre todo si uno lo compara con el contexto latinoamericano, que se caracterizó en parte del siglo pasado por la inestabilidad social, golpes de Estado (como en Brasil y Chile) y en algunos casos guerras civiles (la guerrilla en Colombia).

En esta perspectiva, evidentemente la estabilidad es un valor positivo; sin embargo, en la medida en que consolide un mismo grupo dirigente en el control del poder político se corre el riesgo (que creo que en México ha ocurrido y con él vive) de aislar a ese grupo de la sociedad, de permitirle volver cada vez más sofisticado el sistema de control, de penetración de la sociedad, de tal manera que ésta no pueda ejercer una presión ni control sobre sus propias instituciones.

Eso ha desarrollado en el sistema político una forma de autoritarismo populista o de populismo autoritario, cualquiera que sea el término dominante de ese sistema binario. Octavio Paz lo decía de una manera muy clara cuando insistía sobre la simulación como rasgo dominante del sistema político mexicano, una especie de sistema cortesano revolucionario que reviste de cinismo el reconocimiento explícito de los problemas: la pobreza extendida —que abarca en la actualidad a la mitad de la población—, la criminalidad organizada y la descomposición de la capacidad del Estado para hacer frente a esos problemas. Es la consolidación de un grupo político hegemónico que se ha encerrado en una especie de impunidad, resultado de su capacidad cada vez más sofisticada de manipulación de la sociedad.

También es cierto que hay una excepción a la regla que hemos tenido después de más de 70 años del mismo partido en el gobierno: en los primeros 12 años del siglo dos presidentes de México provenían de otro partido y, sin embargo, fueron incapaces de desmantelar el sistema político priista. Este es dominado por dos elementos que han continuado, incluso con el PAN en el gobierno: un presidencialismo aislado de la capacidad de control de los otros poderes del Estado, y una organización social de bases corporativas que no se entiende si son una forma para expresar necesidades de la sociedad o para controlarla e impedir la expresión de sus intereses reales.

 

AR: En su libro usted destaca el presidencialismo, y también a los presidentes, como un importante factor para que las cosas sigan igual. En ese sentido, ¿cómo se han combinado la institución presidencial y el carácter personal de estos presidentes para dar el resultado de una continuidad que no permite crecer al país?

UP: Es un fenómeno que debería ser objeto de estudio y de observación. Hay que reconocerlo: el sistema político mexicano se ha basado en el presidencialismo, sobre una visión y una centralidad presidencial anómala. Al presidente en este país se le reconocen rasgos carismáticos y proféticos que no le hacen bien ni a la pluralidad ni a la democracia, ni tampoco a la capacidad de un país de mirarse en el espejo y de reconocerse en sus virtudes y, sobre todo, en sus problemas irresueltos. En ese sentido el presidencialismo ha sido y continúa siendo un espejo deformado, en el cual el país se refleja y no puede reconocerse a sí mismo de manera medianamente decente.

El otro problema del presidencialismo es que ha renovado sexenalmente una promesa que finalmente ha quedado incumplida. En el libro reflexiono, aunque sea de manera ensayística, rapsódica, digamos, sobre cuatro ciclos presidenciales que prometían milagros, cambios radicales en la vida económica y social del país, y que finalmente quedaron en frustraciones colectivas.

En primer lugar, Miguel Alemán, quien a mediados de los años cuarenta con la industrialización parecía haber descubierto la clave de la modernización de largo plazo de México, la clave para que la sociedad mexicana alcanzara niveles de bienestar parangonables con Estados Unidos. Después de 40 años Carlos Salinas de Gortari reconoció que el proyecto no tuvo los resultados deseados, y prometió con la apertura comercial y con las privatizaciones un nuevo milagro, que, otra vez, no se cumplió.

El tercer intento, en el 2000, siempre en nombre de un presidencialismo de valor casi mesiánico, fue el de Vicente Fox, quien, sin embargo, no tuvo la capacidad de hacer grandes cambios. En medio de agudísimas dificultades (recordemos que Fox gobernó el país teniendo tanto al PRI como al PRD en contra: una especie de Santa Alianza para impedirle gobernar), y si a eso añadimos sus propias debilidades, timideces e incapacidades, otra vez falló el sueño de encontrar las raíces, los mecanismos, los resortes para construir una economía más dinámica y una sociedad más justa.

Finalmente, desde 2012 Enrique Peña Nieto propuso reformas económicas que debían modernizar al país, y sin embargo otra vez (para volver al tema de la simulación de Paz) no se reconoció la centralidad del problema de la criminalidad organizada, de la descomposición, de la escasa coherencia interna, de la poca confiabilidad de las instituciones públicas mexicanas, y al final de su sexenio (al cual nos acercamos), otra vez en nombre del presidencialismo entramos en una nueva fase de frustración.

El presidencialismo es la eterna encarnación de un comienzo frustrado en el camino. Parece que cada cierto ciclo de años este país renueva sus esperanzas sin la capacidad de llevarlas a un cumplimiento medianamente decente. Mientras tanto el Estado funciona mal, o experimenta fenómenos de clara descomposición, como sigue siendo dramáticamente evidente en algunas partes del país (Tamaulipas, Guerrero y Veracruz, por ejemplo), y continuamos con altísimos niveles de desigualdad social.

Asimismo, el presidencialismo ha sido a los largo del siglo XX una forma de encubrir esos problemas.

Para concluir, eso me hace pensar (yo sé que le voy a decir una aparente barbaridad) en algo similar a un porfirismo renovado: a finales del siglo XIX Porfirio Díaz encarnaba al presidente y había llevado al país (aunque este no lo quisiera) a su modernización. Era el encargado personal, en virtud de su prestigio, de hacerlo. Desde entonces hemos repetido ese sueño con sus consiguientes frustraciones. Me da la impresión de que no tenemos una clave para salir del problema.

 

AR: Quiero ir ahora sobre los presidentes que analiza en el libro. Usted comenta que Miguel Alemán marcó el cambio del reformismo revolucionario a la revolución institucionalizada, con la industrialización y con el control corporativo de la sociedad. ¿Cuál fue la herencia del gobierno alemanista? ¿Qué es lo que pervive de él?

UP: Cuando Alemán, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, llegó al gobierno, se había agotado el momento de mayor dinamismo reformador de la Revolución mexicana, y lo había hecho al interior de contradicciones que el propio Lázaro Cárdenas no había sabido resolver.

¿A qué me refiero? A que el ejido colectivo era una gran idea, pero para su implementación requería de una administración pública eficaz. El sistema de crédito ejidal era una pieza esencial para que funcionara, pero fue una cueva de corrupción inagotable. La nacionalización del ferrocarril y la creación de Pemex dieron origen a empresas dentro de las cuales la corrupción y el liderismo sindical (dos fenómenos muy entrecruzados hasta la actualidad) habían bloqueado el potencial que estas medidas audaces de Cárdenas podían implicar.

Cuando Alemán llegó al gobierno lo hizo sobre el agotamiento de este empuje reformador. La clave era socialmente neutra; así, mientras Cárdenas ligó explícitamente el progreso de México a una opción de clase, de que el Estado mexicano estaba del lado de los campesinos y de los trabajadores, Alemán convirtió la industrialización en una especie de deus ex machina de clave universal que resolvería todos los problemas, incluso los que él, como representante del sistema político priista, no podía reconocer.

El resultado del sexenio de Alemán fue, sin duda, una importante aceleración de la industrialización, pero que fue una industrialización protegida que no podía ser exitosa en el largo plazo. No lo podía ser por una razón muy sencilla y muy clara: si el factor dinámico para la industria del país era un mercado interno protegido, se requería de un mercado en el cual mayores grupos de población llegaran progresivamente a niveles de consumo más altos.

Sin embargo, durante el sexenio de Alemán una parte muy importante de la población mexicana (me refiero al campesinado) estaba condenada al abandono, a una subsistencia precaria. No podía ser exitoso un sistema de industrialización protegida cuando más de la mitad del mercado mexicano no podía acceder al consumo moderno. Ese sistema de industrialización protegida lo conservamos hasta tiempos de Salinas; en él evidentemente se crearon elementos de freno de la economía pero al mismo tiempo de control corporativo.

A esto hay que añadir lo que ocurrió hacia el final del periodo de Alemán: el nivel de corrupción pública. Se trató verdaderamente de un saqueo impune de recursos públicos que dejó un mensaje político devastador justamente por su impunidad, porque desde entonces resultó claro el mensaje: ser corrupto no significa ser perseguido. Tuvimos una familia presidencial que se enriqueció de manera escandalosa y no hubo ninguna consecuencia. A partir de allí la corrupción se convirtió en una especie de pecado original, que el sistema priista ha llevado hasta la actualidad en términos de escasa credibilidad social y de muy baja coherencia interna del sistema en términos de administración pública.

 

AR: El siguiente intento modernizador que usted analiza es el de Carlos Salinas, en el cual, según comenta, se dio una mezcla entre la tecnocracia y la demagogia, entre el liberalismo económico y la vieja nomenclatura política. ¿Cómo pudieron convivir estos aspectos que incluso nos pudieran parecer contradictorios?, ¿cuáles fueron los resultados de esta modernización?

UP: Salinas tenía dos elementos a su favor, uno personal y el otro colectivo, social. El primero era su encanto carismático, su inteligencia, y además de eso su diabólica habilidad política. Estamos hablando de un animal político en el sentido griego clásico: se sabía mover muy bien y con un pedigrí académico que, además, le daba un prestigio desacostumbrado en el mundo priista.

En el otro lado Salinas tenía a su favor el cansancio después de años en que había resultado evidente el agotamiento de un modelo de desarrollo, y el cansancio frente a la crisis de los años ochenta, de la deuda externa, la austeridad, las privatizaciones, etcétera.

La sociedad mexicana vio en Salinas una doble capacidad y lo hizo beneficiario de una apuesta: por un lado, que con él el país pudiera encontrar un nuevo mecanismo de desarrollo económico, y, por el otro, una renovación del sistema político. No ocurrió ninguna de las dos cosas en el largo plazo: ese es el triste balance final de este sexenio.

Aparte de algunos éxitos que se revelaron transitorios, como el control de la inflación, con Salinas, sin embargo, el sistema fue capaz de renovar, cuando menos, si no su estructura política, si su forma, los mecanismos y la ingeniería del control social. En esto no hubo ningún cambio ni sustantivo ni marginal, aunque sí fue capaz renovar su estrategia económica.

La reforma completa, plena, fue, justamente, lo que hoy tenemos como objeto de discusión: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Ahora quiero anotar que en los últimos 20 años, durante esta fase de experimentación de la nueva estrategia abierta al comercio internacional, México ha sido el país de menor crecimiento del producto interno bruto per cápita de América Latina, con la mayor excepción de Venezuela. Así que incluso el TLCAN, que en general era una opción obligada, no dio los resultados esperados. Dicho en pocas palabras: al final de un largo ciclo histórico nos encontramos con una economía que no cumple los requerimientos que podrían esperarse de ella en términos de bienestar, de creación de empleos, de fortalecimiento de la economía regional y local, ni tampoco tenemos una política de mayor transparencia, de mayor equilibrio entre los poderes, etcétera.

A la conclusión de varios ciclos presidenciales, México sigue enfrentado a problemas en términos de dinamismo económico, de equidad social y de calidad del Estado.

 

AR: El siguiente proyecto de modernización fue la llegada de Vicente Fox a la Presidencia de la República. Usted hace una anotación muy fuerte sobre él: dice que fue una pieza esencial en el tránsito mexicano desde la voluntad de cambio a la nostalgia de aquel régimen que le habían dejado atrás. ¿Cómo se dio este desencanto con la democracia?, ¿qué fue lo que pasó con Fox?, ¿por qué falló al cubrir la expectativas?

UP: Ese es un tema de actualidad sobre el que todavía nos hace falta mucha reflexión, mucho estudio, revisión de archivos, de documentos, y nos falta perspectiva histórica. Pero yo no puedo de dejar de reconocer dos aspectos que son sobre los que insisto más en el libro: uno es la excesiva confianza del presidente Fox en los automatismos virtuosos asociados al cambio del partido del gobierno. Parecía pensar que era suficiente quitar al PRI del camino para que el futuro de México se abriera en forma luminosa. Evidentemente las cosas eran mucho más complejas, y Fox fue un extraordinario candidato a la Presidencia para convertirse en un muy mediocre presidente.

¿Por qué mediocre? Porque se trató de una presidencia muy mediática que anunciaba programas muy ambiciosos pero después no tenía la capacidad para darles continuidad y consistencia en el tiempo. Insisto: tuvimos un candidato brillante y un presidente mediocre, con graves defectos de coherencia y de consistencia personal.

El fracaso de esa transición anunciada no se resuelve solamente en la personalidad del presidente: también hubo una sacra alianza entre PRI y PRD. El primero consideraba que el gobierno del país era un derecho casi de nacimiento, y que la llegada de otro partido al gobierno era prácticamente una traición a la historia revolucionaria mexicana. Entonces, para el PRI había que hacer cualquier cosa que fuera posible para subsanar esa afrenta intolerable.

Por su parte el PRD consideraba que una transición que no ocurriera por la izquierda no sería una verdadera transición.

Esas dos fuerzas políticas se coaligaron en el Congreso para hacerle la vida imposible a la reforma fiscal, para lo que crearon un clima político que recordaba mucho a la República Restaurada en tiempo de Benito Juárez: un clima de enfrentamiento, de guerrilla parlamentaria continua en un contexto en el cual el presidente no tenía todas las luces de su lado ni un proyecto verdaderamente consistente ni la capacidad para enfrentar los problemas.

Considero que esos dos problemas terminaron por coaligarse y crear un contexto en el cual la transición en realidad traicionó sus propias expectativas y el país se mantuvo embarazosamente demasiado igual a sí mismo. Los mexicanos terminaron por pensar que, con o sin PRI en el gobierno, las cosas en realidad no habían cambiado mucho. El país volvió otra vez a esa especie de cinismo de escasa confianza en sí mismo, de autoironía, de autosarcasmo, pero sin una apuesta real, audaz sobre su capacidad de reconstruirse, y allí se agotó el intento de abrir un nuevo camino en la historia de México.

 

AR: Hay una anotación que usted hace en la parte dedicada a Fox en donde dice que la transición democrática no había representado un valor añadido en el desempeño económico. Para usted, a grandes rasgos, ¿cuál ha sido la evaluación económica de la transición democrática?

UP: No me da la impresión de que haya habido cambios fundamentales. Hubo algún crecimiento económico, sin duda, pero también es cierto que el sexenio coincidió con momentos difíciles de la economía internacional. El TLCAN no cumplió las promesas que estaban asociadas a él, ni hubo iniciativas importantes en el terreno de la recuperación de la economía local y regional, lo que hubiera implicado una acción pública mucho más consistente en dos terrenos estratégicos que, desde mi punto de vista, fallaron: uno, en el terreno de la agricultura y de la pequeña y medianas empresas ligadas al desarrollo rural y local; otro es la reforma fiscal propuesta por Fox, que por lo menos era un intento para dotar al Estado de una mayor capacidad de gasto público.

Los dos intentos de reforma fiscal que propuso Fox fueron boicoteados tanto por el PRI como por el PRD, y sin un apoyo especialmente entusiasta de su propio partido. El resultado es que no hubo resultados, que a final de cuentas México no encontró ni en el terreno de la política (salvo en el cambio del partido en el gobierno) ni en el terreno de una nueva perspectiva económica de alto crecimiento, de mayor capacidad de distribución. No hubo en realidad cambios sustantivos. El milagro anunciado, en el cual muchos creyeron (tanto así que votaron por él) no se materializó.

 

AR: Sobre el regreso del PRI al poder, usted dice que podría parecer como una necesidad de refugio paternalista, una predisposición, una especie de “autoritarismo democrático”. ¿La vuelta del PRI ha sido un retroceso en términos democráticos?

UP: No podría darle una respuesta contundente. Ciertamente lo mínimo que podemos decir es que no fue un acto de audacia política del pueblo mexicano. En el 2000 hubo, en el voto a favor de Fox, una apuesta sobre el futuro; en el 2012 ciertamente no tuvimos una audacia política.

Entendámonos: Peña Nieto llegó a la presidencia con el 38 por ciento de los votos; o sea, por mayoría relativa que es una minoría social que fue suficiente para llevar al PRI al gobierno. Digamos que hay una especie de refugio, de búsqueda de una seguridad en un contexto de gran turbulencia. El país no estaba creciendo como se había esperado, y además estaba envuelto en un problema de criminalidad devastador con episodios sistemáticos de una crueldad solamente comparable en la historia contemporánea de México a lo que sucedió durante la Revolución mexicana.

Frente a una criminalidad sin frenos, sin control por parte de las instituciones, México buscó su propia seguridad en el retorno del PRI, como si este fuera una garantía de orden, del restablecimiento de la ley. En esos años, que van desde 2012 hasta la actualidad, se ha demostrado que ese era un sueño: los problemas que Fox heredó y dejó a las sucesivas administraciones siguen irresueltos: la desigualdad y la debilidad institucional.

La criminalidad es una especie de temblor que, si el edificio estuviera construido bien, no tendría mayores afectaciones; pero estaba mal construido, y hoy tiene varias grietas frente al reto de una criminalidad poderosa.

El edificio institucional mexicano está revelando, frente a ese temblor exógeno, todas sus fallas. Tenemos que ponernos el problema y reconocer su existencia, el que, insisto, viene de la desigualdad pero también de la mala construcción institucional.

 

AR: Sobre ellos usted hace otro apunte interesante: el sistema político mexicano garantizó por un largo trecho la estabilidad institucional pero no su calidad. ¿Por qué estuvieron divorciados estos dos aspectos, por qué la estabilidad no fue utilizada para la construcción de instituciones?

UP: Quizá porque las instituciones encontraron una forma fácil de obtener la estabilidad social, que fue la fórmula del nacionalismo revolucionario, esa combinación retórica pero efectiva de presidencialismo y corporativismo. Durante décadas las instituciones no enfrentaron un reto por parte de la sociedad que las obligara a renovarse, a mejorarse. Entonces la propia estabilidad terminó por ser un factor de estancamiento y autosatisfacción de las instituciones, que no se sintieron obligadas a ser más transparentes, a dar resultados mejores en términos económicos porque habían encontrado la fórmula para conservar la estabilidad social sin renovarse.

Pero esa estabilidad favoreció, por ejemplo, la corrupción y el liderismo sindical (que es un aporte revolucionario; para decirlo con toda la triste ironía del caso, es una contribución de México a la historia mundial contemporánea: en pocos países del mundo hay sindicalistas millonarios como los que hay en nuestro país).

Lo anterior no es sino un ejemplo; pero recordemos también la famosa parábola de Hank González: “Un político pobre es un pobre político”. Es una frase de un cinismo inalcanzable que ningún político decente debería atreverse a formular; en México no solamente fue dicha sino que encarnó un espíritu de una clase media que encontró en la política una forma rápida e impune de enriquecimiento sin cuestionamiento social.

Todo esto ha contribuido a conservar un sistema que hoy presenta toda su fragilidad frente a retos para los cuales no tiene respuestas, que son los que le he mencionado. El más dramático y cruel es el de la criminalidad: somos un país que vive en el miedo, por el que ya no deja a sus hijos salir a la calle a jugar futbol. México está engarrotado en el temor a sí mismo, en el asesinato, en el secuestro, en los robos, los asaltos, y por un sistema político que no es capaz de reconocer la gravedad de la situación, y mucho menos tiene la capacidad para convocar a la sociedad civil a un examen crítico abierto.

 

AR: Allí hay un problema que quisiera que usted desarrollara: ¿a qué se debe esta debilidad de las presiones sociales, organizadas e independientes?

UP: Un problema que veo es que el sistema de un partido en el gobierno a los largo de muchas décadas implicó su capacidad, de sus varias organizaciones campesinas, obreras, de clases medias, etcétera, de penetrar la sociedad civil, la que solo marginal, ocasional y localmente tenía la capacidad para manifestar su angustia, su malestar, sus necesidades. Incluso, en muchas ocasiones ese malestar se canalizaba mediante los propios mecanismos reproductores del sistema político.

Si razonamos en términos clásicos, de la Ilustración, la sociedad civil es la sociedad libre de curas, militares y políticos. En el caso mexicano, dejando de lado a los militares y los curas, tenemos una sociedad civil penetrada, contaminada por la política. Entonces en realidad no lo es, o no puede serlo de manera plena, y en ese sentido no solamente no ejerce una fuerte presión sobre el sistema político para forzarlo a su propia renovación, sino que no puede ni reconocerse a sí misma como tal.

 

AR: Quiero concluir con una pregunta: ¿cómo emprender la reconstrucción institucional? Al final del libro usted cita ejemplos históricos, incluso de países asiáticos y europeos. ¿Y qué fuerzas políticas, sociales e incluso culturales encuentra que puedan impulsarla?

UP: Honestamente no tengo una respuesta. Pero lo peor no es que yo no tenga una respuesta sino que no la veo madurar. La historia tiene eso de fascinante: es muy a menudo el nacimiento imprevisto de lo nuevo, que a veces no se anuncia: ocurre.

Los radares pobres que tengo no me permiten detectar novedades que me permitan algún grado de optimismo a corto o mediano plazo. Déjeme decirlo de manera muy sencilla: del PRI no espero novedades, porque ha sido una eterna novedad desde hace casi un siglo y ha eternizado la desigualdad y la corrupción del sistema político mexicano. Del PAN, de la derecha mexicana, tampoco, porque ha demostrado, con los dos presidentes que ha tenido, timidez, incapacidad de reformas. Hemos visto, a la hora del gobierno, una derecha timorata, temerosa, sin audacia, sin capacidad de proponer al país grandes objetivos e instrumentarlos.

Por otro lado, de parte del PRD veo una especie de PRI de izquierda, una visión presidencial y corporativa del nacionalismo revolucionario revisitado, como si los problemas de este país pudieran enfrentarse con la lógica y la cultura política de los años treinta, con esa mezcla de presidencialismo y corporativismo.

Por parte de Morena lo que veo es la aparición en México de una cultura de populismo latinoamericano: el jefe carismático que anuncia una nueva profecía, como si la honestidad y la buena voluntad del presidente fuera la clave resolutiva de los problemas de México. Eso verdaderamente me parece, para decir lo mínimo, primitivo. Me parece una forma políticamente muy arcaica y que entrega a la moralidad de una persona la capacidad para resolver problemas que se han acumulado por lo menos durante todo el siglo XX.

Estos requieren una lucidez que no tienen la izquierda ni la derecha ni el PRI (que, como decía sabiamente Luis Echeverría, no es de izquierda ni de derecha sino todo lo contrario, lo cual es absolutamente cierto: es un partido de poder y punto). No veo de ninguno de estos sectores ni la capacidad analítica ni la voluntad democrática para crear grandes convergencias sociales proyectadas al México que los mexicanos merecen, que es uno con instituciones medianamente confiables y no tan escandalosamente desigual como el que hemos heredado.

En México nos vendría muy bien desprovincianizarnos un poco, no mirarnos como si fuéramos un caso único en la historia universal, y comenzar a intentar aprender de la historia económica y política de otros países (lo cual es extraordinariamente complejo). Estoy pensando en China, en los países del oriente asiático y en los que llegaron tarde a la modernidad a través de fórmulas democráticas, como los países escandinavos, como Suecia o Dinamarca, que hace poco más de un siglo eran profundamente atrasados, y que en materia de la política o de la economía tienen mucho que decirnos. Claro, todas esas cosas tenemos que procesarlas en el contexto de nuestra historia, que sin duda es única, como la de cualquier país, pero no tanto que no podamos aprender de otras experiencias.

Concluyo: México está obligado a aprender hoy en un contexto internacional único y de extraordinaria dificultad. Con la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos estamos obligados a aprender en el momento más incómodo y más dramático de nuestra historia reciente. No tenemos otras opciones sino acelerar nuestro proceso de aprendizaje para encontrar alguna posibilidad de salida a un contexto internamente dramático, y desde el punto de vista exterior especialmente hostil. Es el momento en que hay que tomar decisiones y reconocer la gravedad de los problemas.

 

*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 199, junio de 2017.

 

 

miércoles, octubre 16, 2013

Los problemas de una democracia clientelista. Entrevista con Luis Carlos Ugalde


Los problemas de una democracia clientelista
Entrevista con Luis Carlos Ugalde*
Por Ariel Ruiz Mondragón

Mucho se ha comentado sobre las continuidades, las taras y la escasez de cambios que ha traído el régimen democrático a México. Tal vez buena parte de ello se deba a que las expectativas de transformación que se abrieron con la llegada de la democracia fueron exageradas, pero también a la ausencia de proyectos de cambio, lo que mantiene estancado al país.
Una buena síntesis y análisis de los déficits que tiene nuestra democracia, así como algunas ideas para remontarlos, son presentadas en Por una democracia eficaz. Radiografía de un sistema político estancado, 1977-2012, de Luis Carlos Ugalde, libro sobre el que Este País sostuvo una conversación con el autor.
Ugalde (Distrito Federal, 1966) es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Columbia. Ha sido profesor en diversas instituciones de educación superior, como el Instituto Tecnológico Autónomo de México, el Centro de Investigación y Docencia Económicas, así como las universidades de Harvard y Georgetown. Fue Consejero Presidente del Instituto Federal Electoral entre 2004 y 2007. Actualmente es director general de Integralia Consultores.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy escribir un libro como el suyo? ¿Cuáles son los principales motivos?
Luis Carlos Ugalde (LCU): Porque durante muchos años he tenido dos frustraciones respecto a la democracia mexicana: la primera es que no ha cuajado y que ha dado pocos resultados; es decir, es una desilusión con la realidad. La segunda, quizá más aguda, es la frustración con las explicaciones parciales, limitadas y triviales sobre esa realidad que no funciona. Al leer libros que tratan de explicar por qué la transición mexicana no ha dado los frutos esperados, me parece que la mayor parte de las lecturas, artículos o libros que he leído tienen una interpretación bastante superficial de las cosas, generalmente centrada alrededor del voluntarismo; es decir, esta idea de que la voluntad política o la naturaleza bondadosa o maldita de los actores es lo que explica el desarrollo de la historia. Pero claramente el desarrollo de la historia y los frutos limitados de la transición mexicana a la democracia no tienen que ver mucho con la voluntad sino más bien con factores estructurales de la realidad política e histórica mexicana, y tratar de explicar estos factores estructurales es lo que me llevó a mí a escribir este libro.

AR: Su libro me parece el relato de una difícil y trunca implantación del liberalismo en México, que va desde la legalidad, el estado de Derecho y la igualdad ante la ley hasta la economía de mercado. ¿Por qué ha sido tan complicada la implantación del liberalismo en nuestro país?
LCU: Porque somos una sociedad antiliberal. Podemos irnos hasta el origen del Universo pero sólo vayámonos 500 años atrás y veamos cómo fue fundada la Nueva España: se hizo básicamente sobre la diferenciación social. Cuando llegaron los españoles se establecieron dos tipos de mexicanos: la república de los indios y la de los españoles, aunque dentro hay otras clasificaciones: los eclesiásticos, las fuerzas armadas, los comerciantes.
Cuando se diferencia una sociedad se genera claramente el mayor problema del antiliberalismo, que es la desigualdad. Además, después, cuando México nació a la vida independiente, la prioridad no fue la igualdad sino el orden.
Por lo tanto, en el desarrrollo histórico de México ha habido, primero, la diferenciación, y después el orden, y ninguno de estos dos propósitos tiene que ver con la sociedad liberal.
Siempre es útil hacer una comparación con las sociedades liberales y cómo surgieron; siempre el caso es nuestro vecino, Estados Unidos, que surgió con base en el principio de igualdad. Fueron 13 colonias de nuevos pobladores con una sed de progreso con base en el mérito, y que fundaron una de las sociedades y de las democracias más liberales que hay en el mundo por el principio de la igualdad para protegerse frente al Estado. Este principio los hizo construir una Constitución para limitar el poder del Estado.
En México es el Estado de la Nueva España y luego el del México independiente los que quisieron imponer, desde arriba, estabilidad y orden, y eso es el principio más antiliberal que puede haber.
En realidad los primeros síntomas del liberalismo político en México empezaron a surgir en los años setenta y ochenta del siglo pasado. O sea, llevamos como 40 o 50 años con este experimento. En el siglo XIX sí hubo impulsos modernizadores liberales, pero, como narro en el libro, la realidad era antiliberal, y entonces estos impulsos se quedaron en poesía. Ese es el problema.

AR: El periodo principal que usted aborda es el que se ha llamado “la transición democrática”. Sobre esta que llama tercera modernización, usted dice que económicamente arrancó en 1982 y políticamente en 1977. ¿Cómo fue la relación entre ambos procesos, el de liberalización económica y la democratización política? Porque pareciera ser muy desigual y hasta contradictoria.
LCU: Cuando necesitas modernizar la economía requieres establecer principios de innovación, de mérito y de igualdad. Si quieres negociar un tratado de libre comercio con Estados Unidos tienes que estandarizar las leyes internas y entras en una relación de reciprocidad con base en la igualdad de la ley. Entonces, cuando México trató de modernizarse económicamente, de abrir su economía, esto significó que empezó a haber sectores en la economía que requerían el Estado de Derecho: leyes más homogéneas y aplicables, y una cultura de la innovación y de la meritocracia. Esto necesariamente empieza a generar externalidades positivas en la educación, en la política.
Digamos que hubo un efecto de transmisión muy lento, pero empezó a haberlo. También la modernización económica generó más opciones de decisión a los consumidores; contar con ellas porque se tenía más oferta de bienes y servicios a un mejor precio y más acceso a bienes de consumo fue ampliando el panorama de la libertad de elección del consumidor, lo que claramente comenzó a generarle la necesidad de también tener la libertad de elección política.
Entonces son procesos que se van comunicando, y es claro que no puede haber una economía de mercado sustentable que no tenga un sistema liberal en lo político. Creo que van de la mano, esa es la teoría. Sí hay ejemplos, como China, donde ha habido una apertura y liberalización económica con un sistema político restringido, pero a la larga no es sostenible y menos en un país como México, que no es un país hegemónico como aquél.
Lo que sí es sostenible es que puedes tener pluralismo clientelista, y ese es el gran problema. Entonces, uno de los problemas de la discusión sobre la transición a la democracia en México es que se focalizó en el tema del pluralismo pero no en el del clientelismo, y éste es uno de los grandes errores de muchos que han estudiado el tema de la democracia mexicana.

AR: Sobre esto hace usted una distinción muy útil entre lo que es el sistema político y el régimen político. El sistema político no ha cambiado aunque ya vivamos en una democracia de baja calidad, dice usted. Pero considero que la democratización sí ha traído algunos cambios. ¿Cuáles diría que son las principales transformaciones que el cambio de régimen político ha generado en el sistema?
LCU: En términos políticos hay varios impactos de la democracia electoral: primero, en cuanto a la libertad individual en materia política; segundo, respecto a los derechos humanos; tercero, sobre la restricción al abuso de poder; cuarto, en el equilibrio de poderes, y quinto, en la percepción y la sensación ciudadana de que tiene más control sobre sus vidas y sobre su bienestar.
Esto último lo quiero resaltar mucho porque creo que es uno de los impactos más importantes de la democracia mexicana: el empoderar emocionalmente a los ciudadanos. Esto tiene que ver con la idea de que los ciudadanos sienten que son más dueños de su destino, y eso genera un bienestar subjetivo que ha sido medido en la última encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) sobre felicidad: una muestra que los mexicanos hoy son más felices que hace una generación.
Una de las explicaciones que se han dado a estas menciones de la felicidad es que la libertad de elección en materia de consumo de bienes y servicios en materia política te da una sensación de que estás mejor como persona, y eso es muy importante.

AR: En los procesos de modernización ha habido ideologías legitimadoras, como el positivismo y el nacionalismo revolucionario. ¿Qué ha ocurrido con la narrativa de la tercera modernización, que arranca en 1982, como usted señala? ¿Por qué no ha terminado de cuajar?
LCU: Porque se deslegitimó en los años noventa no sólo en México sino en el mundo en vías de desarrollo la idea del progreso a través de la economía de mercado. Esto fue un desenlace muy perjudicial porque todo el mundo comenzó a comprar la idea de que había que progresar económicamente mediante la liberalización de la economía y a través del llamado Consenso de Washington.
Todos compraron la idea y comenzaron a implementar las recetas del Consenso de Washington, y en los noventa se vio que había pocos resultados. En muchos países hubo crisis económicas en esa década; en México eso ocurrió en 1995, y en ese momento los detractores del gobierno y del régimen político, los miembros radicales de la oposición y de la izquierda denostaron este modelo porque era una manera de atacar al PRI en el poder. Esto tuvo un impacto muy profundo. Esa es la primera razón del fracaso de la narrativa de la modernización económica.
Posteriormente vino el fracaso de la narrativa del pluralismo político, a fines del gobierno de Vicente Fox, cuando el encanto de la alternancia no dio los resultados esperados por las características individuales del presidente y porque fue un gobierno que generó pocos cambios; fue complaciente con los pecados heredados de los regímenes del siglo XX. Básicamente mantuvo y acrecentó el poder de los grupos clientelistas, mantuvo los mismos niveles de corrupción, y entonces el pluralismo empezó a perder el encanto porque no daba resultados.
Luego, después de un proceso electoral muy complejo, vino el gobierno de Felipe Calderón y sucedió lo mismo. Sólo un minuto antes de que terminara su gobierno mandó una iniciativa de reforma laboral muy importante, pero en los años anteriores navegó básicamente con los mismos asuntos heredados de un sistema clientelista.
La narrativa se diluyó, y luego hemos tenido un personaje muy elocuente y también muy falaz, Andrés Manuel López Obrador, que construyó una narrativa de la mafia del poder y que equiparó al sistema con el PRIAN, y levantó una falacia que ha sido útil para que muchos grupos de la sociedad caricaturicen y simplifiquen la realidad. Entonces, todo se ha prostituido en el discurso.
Creo yo que es posible que la narrativa de la democracia como una vía de progreso se pueda retomar en los próximos años, si es que este ánimo reformista del gobierno de Enrique Peña Nieto se mantiene y se logran transformaciones importantes. A lo mejor esto logra recuperar la legitimidad de la narrativa de la democracia porque creo que es útil tenerla.

AR: Usted aborda aspectos como la aún escasa rendición de cuentas, la fragilidad fiscal, la corrupción, el clientelismo, la impunidad y la falta de legalidad. Todas estas taras que viene arrastrando nuestra democratización ¿qué efectos han tenido sobre la economía?
LCU: Creo que el que arrastremos estos vicios sistémicos, como el clientelismo, la fragilidad fiscal y un Estado de Derecho vulnerable, lo que hace es que se limiten las capacidades y el potencial de desarrollo económico. Cuando se quiere una economía que funcione en pleno empleo en su máxima capacidad, esto se logra más fácilmente cuando se tiene certeza jurídica y cuando el mérito es lo que guía las relaciones en una sociedad.
Cuando el Estado de Derecho es vulnerable y hay corrupción e impunidad, esto eleva los costos de transacción de la economía. La corrupción es el mejor indicador de la falta de un Estado de Derecho; hace poco el Inegi mostró una encuesta reciente de cuántas empresas mexicanas han sufrido delitos de corrupción o de violencia, y el dato es que cerca de 40 por ciento de las empresas han tenido los impactos negativos de un sistema de Derecho frágil. De tal forma hay un costo económico muy grande y la corrupción es una de las causas claras.
Si tuviéramos un Estado de Derecho y ese 40 por ciento de impuesto que las empresas tienen que pagar para poder navegar en una economía sometida a la corrupción no existiera, aquellas serían más competitivas.
Además, una economía que convive con el clientelismo como método de intercambio político es una que está sometida no a la ley del más talentoso sino a la ley del más influyente y no puede progresar. Por eso la reforma educativa es tan importante: porque introduce el tema del mérito y no el de la negociación como un método de progreso individual en la sociedad, lo que en México no existe.
En la economía hay sectores muy avanzados, sobre todo los que venden al extranjero, porque están sometidos a reglas de intercambio internacional; pero en la economía informal y en la de servicios hay muchos sectores basados en la ley del intercambio y del influyentismo. Como también acaba de decir el INEGI, el 60 por ciento del empleo en México es informal, y esa economía es a partir de intercambios clientelistas: taxistas piratas, vendedores ambulantes, etcétera.

AR: Otro aspecto que me parece importante es el subnacional, que usted menciona varias veces, y que es el atraso de las entidades y los gobiernos locales respecto a las responsabilidades que ha tenido que asumir la Federación. ¿Por qué hay esta disparidad tan notable entre las exigencias de transparencia que hay a nivel federal, con las de los estados?
LCU: Lo que está pasando a nivel local es que, primero, la competitividad electoral es muy limitada, salvo en cuatro o cinco entidades donde efectivamente hay una enorme competitividad. Si uno observa los últimos 15 años, el PRI tenía en muchos lugares una hegemonía electoral, y eso conduce al gobierno unificado, lo que lleva a la falta de controles, lo que genera poco contrapesos.
Pero aun en aquellas entidades donde ha habido alternancia el fenómeno de un sistema político que no ha cambiado se ve como nunca: en Oaxaca, Puebla y Sinaloa, las tres alternancias festejadas en 2010, vemos que los vicios sistémicos se mantienen. En Oaxaca el clientelismo se ha potenciado porque el problema no es qué partido gana sino una sociedad acostumbrada al clientelismo más arcaico, y porque ahora más grupos clientelistas se sienten dueños del gobierno porque piensan que llevaron a un gobernador a la primera alternancia política; pero lo que hay en ese estado no es alternancia sino un sistema clientelista que se está arraigando más y más.
Lo que está pasando a nivel local es que, finalmente, el sistema sigue siendo el mismo, con un problema que no existe a nivel nacional, que es que en el ámbito estatal los gobernadores han sido capaces de cooptar, por medios de diversa índole, al sector empresarial, a los medios de comunicación, al Poder Legislativo y al Poder Judicial. Y cuando los gobernadores (algunos, no todos) son capaces de hacerlo, incluso por medio del dinero, los contrapesos desaparecen.
A nivel local se observa una sociedad que, como yo narro en el libro, es bastante apática y además clientelista. Si vas a Oaxaca observas ese fenómeno: 70 por ciento de la población pertenece al magisterio, o vive de un familiar que es maestro o que vive del gobierno.
¿Qué ocurre a nivel nacional para que esto sea diferente? A nivel agregado el país sí tiene un sector empresarial más fuerte, tiene partidos políticos más vigilantes, ha tenido la fortuna de tener en dos gobiernos a funcionarios públicos profesionales, lo que ha ayudado mucho. Y en el ámbito nacional hay más medios de comunicación independientes, y eso genera claramente los incentivos correctos para que haya más rendición de cuentas nacional. Pero en muchos de los estados la situación es bastante preocupante.

AR: En cuanto a transparencia hay otro sector muy atrasado que usted menciona: el Congreso. Uno pensaría que debería estar a la vanguardia en la materia, pero no es así. ¿Qué ha pasado con el Congreso mexicano en este aspecto? ¿Por qué ha ocurrido esto?
LCU: Porque la narrativa democratizadora del siglo XX se contruyó a partir de forjar dos demonios, uno el PRI y otro el presidencialismo; entonces, cambiar a México era destruir el presidencialismo y al PRI. Ese es el simplismo que yo critico en el libro.
Entonces se “acabó” con el PRI (entre comillas, porque ya vimos que no fue el caso), y, segundo, se intentó cortar las alas, las manos y los pies al presidencialismo, como si eso fuera democratizar.
Y sí, se fue acotando el presidencialismo, y qué bueno. Pero entonces nadie se fijó que había que vigilar al Congreso. Entonces la narrativa fue cercenar el presidencialismo y eso no incluyó al Congreso, que era el salvador de la patria que iba a cercenar al Ejecutivo.
Nadie le pidió cuentas: durante los dos gobiernos de la alternancia panista en realidad los presidentes jamás se convirtieron en un factor para exigir cuentas al Congreso. Pero la verdad es que ¿quién le exige cuentas al Congreso? Nadie. El Ejecutivo no quiere pelearse con el Congreso y no le dice nada; el Poder Judicial no quiere pelearse con el Congreso porque puede correr a los ministros de la Corte, y los ciudadanos son bastante apáticos en el tema . Y como no tenemos reelección tenemos un sistema de impunidad institucionalizado.
Esto es muy grave, y esto no va a cambiar, o va a tardar mucho en hacerlo.

AR: Hay otro actor que también usted menciona: los medios de comunicación. ¿Cuál es su papel en nuestra democracia?
LCU: No voy a generalizar, pero sí creo que en general los medios de comunicación son otro claro ejemplo de un poder real de influencia que no se ha modernizado, que no se ha profesionalizado y que, en muchos casos, ha agravado sus vicios y su dependencia del poder político.
Me explico: una democracia requiere información independiente para poder analizar el desempeño de los gobiernos y exigirles cuentas. Ese medio se llama prensa, radio, televisión. Durante el siglo XX, que gobernó el PRI, se acusó que el gobierno controlaba los medios de comunicación; hubo alternancia en el 2000 y ese control se diluyó. Pero se trasladó ahora a los gobernadores, y muchos de los medios de comunicación han encontrado en la “extorsión” un medio de sobrevivencia bastante redituable. ¿A qué se refiere esto? A que los medios de comunicación en el ámbito local, sobre todo la prensa escrita, han encontrado en la publicidad del gobierno y en la cobertura de campañas políticas un medio fantástico de negocio. Entonces celebran convenios de publicidad con los gobernadores y venden publicidad durante las campañas electorales, y así han encontrado un medio de intercambio con el poder público.
Entonces, tenemos que muchos medios de comunicación locales solamente responden al interés económico de vivir de los presupuestos, y por eso es que en los gobiernos locales no tenemos mucha crítica: la prensa escrita está básicamente cooptada.
Este fenómeno se ha agravado muchísimo en los últimos años. Los propios candidatos y los gobernadores te dicen en privado que tienen que destinar cantidades enormes de dinero para poder cubrir esta cuota a la prensa local. Lo mismo sucede con muchas radiodifusoras locales y con muchas repetidoras de televisión.
De tal forma que tenemos medios de comunicación cada vez más adictos al dinero público, y por lo tanto cada vez menos independientes. Y eso te lleva a una dinámica muy perversa: la prensa mexicana es reproductora de discursos oficiales y de actos políticos. ¿Por qué? Porque los políticos pagan a la prensa, y quieren ver sus fotos y sus discursos repetidos en las primeras planas. La prensa mexicana está repleta de discursos de políticos y de declaraciones de políticos, y esto no tiene ningún fin educativo ni de reflexión colectiva, y por lo tanto la prensa está contribuyendo muy poco a la reflexión de la gestión del poder público.
La única manera de solucionar ese problema de una prensa de baja calidad es cortar el financiamiento público legal e ilegal. Mientras haya tanto dinero del gobierno financiando medios de comunicación vamos a tener una prensa de poca calidad y de poca independencia.

AR: Al final del libro usted se pronuncia por un gobierno eficaz, lo cual requiere un presidente fuerte. ¿Hasta dónde debe llegar la fuerza del presidente?
LCU: Es un problema discursivo, porque de lo que se trata es de que el Ejecutivo esté sometido a un sistema de rendición de cuentas y que no pueda abusar del poder. Yo lo que digo es que necesitamos un Ejecutivo fuerte para fijar una agenda de gobierno para poder negociar en una situación de igualdad con el Congreso y para poder frenar los ánimos clientelistas de éste.
Eso significa poner la agenda, tener poder de veto para poder frenar los excesos del Congreso y liderazgo político para poder generar convencimiento de su agenda. A eso me refiero y es perfectamente democrático. Yo creo que por eso necesitamos un presidente fuerte.
Considero que el sistema presidencial mexicano tiene la iniciativa preferente, que está muy bien, pero se tiene que fortalecer su capacidad de veto. Con esas dos características se puede generar un sistema presidencial bastante equilibrado.

AR: Quiero concluir con la idea de que detrás de un votante debe haber un contribuyente. Para profundizar la democracia e incluso en la gobernabilidad, ¿cómo debe ser la relación entre el ciudadano y la asunción de sus responsabilidades fiscales?
LCU: Quitándonos del contexto mexicano, un ciudadano es aquel que tiene obligaciones y derechos, y aquí nada más tenemos derechos pero no tenemos obligaciones. Eso es una trampa retórica. Como en el siglo XX el poder y el presidente eran tan abusivos de sus prerrogativas, el ciudadano vivía indefenso; con la democratización éste dijo: “Ahora quiero todos los derechos. pero sin obligaciones”. Entonces, ya que hay muchos derechos ciudadanos (y qué bueno que así sea) ahora hay que ponerles obligaciones, y la principal es pagar impuestos.
Primero hay que generar un sistema de igualdad, de que todos tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones, y la obligación principal es pagar impuestos. Podemos discutir cómo logramos que esos impuestos se gasten bien, pero como ciudadanos debemos pagarlos; si no logramos esa condición mínima inicial de la obligación universal de pagar impuestos, no vamos a poder construir ciudadanos completos. Cuando tenemos esa obligación, nos sentimos empoderados para exigir en qué se va a gastar y a exigir cuentas.
Uno de los problemas de los gobiernos locales, que menciono una y otra vez, es que como el gobierno local no recauda de sus ciudadanos, no se siente obligado a rendirles cuentas. Como muchos ciudadanos no pagan un impuesto (más que al consumo); como los vendedores ambulantes no pagan impuestos de nómina, de seguridad social, sobre la renta, entonces están en un mundo de libertad y de complacencia; por eso la educación en México es tan bien valorada por muchos mexicanos: como no sienten que la pagan, por lo tanto la calidad ínfima de ésta no les afecta mucho y sienten que es un privilegio tener educación aunque sea de mala calidad.
Entonces por eso es tan importante este tema de las obligaciones fiscales. El gran problema es que la trampa retórica de la justicia social que enarbolan la izquierda mexicana y López Obrador es una bomba que hay que desactivar, porque supone que pagar impuestos es un acto de agravio social.
Lo que es un acto de agravio social es que el gobierno gaste mal los recursos, pero no lo es que la gente pague de manera proporcional a sus posibilidades, por supuesto.

AR: Termino: usted dice que estamos en el sistema político mexicano en una zona de confort que probablemente necesite de un gran shock, y usted presenta una agenda. ¿Cómo hacer estos cambios de gran profundidad que propone cuando a vastos sectores políticos y sociales este orden les conviene mucho, y cuando un 80 por ciento de los ciudadanos desconfían de los otros y del gobierno, donde hay una vetocracia?
LCU: En el libro digo que las crisis siempre ayudan a mejorar; puesto de otra manera: hay quienes ven las crisis como un fatalismo y hay quienes las ven como una oportunidad. Yo creo que las crisis pueden ayudar a salir del confort; cuando hablo de una crisis no hablo de violencia ni de que la economía se colapse, sino básicamente de que la fuente de confort principal, que es el dinero público, se reduzca para repartir mejor las prioridades del país. No lo deseo, pero podría ayudar, porque cuando hay muchos recursos, como actualmente, a nadie le interesa reformar.
Otro tema del que hablo es el del liderazgo presidencial. Quiero decir, como a lo largo del libro, que el sistema político está estancado porque poco ha cambiado en los últimos 10 o 15 años; pero también creo que en los últimos meses en México está habiendo algunas transformaciones que sí pueden mejorar el sistema político. Entonces, si hay una dosis de liderazgo político, como el que estamos viendo de Enrique Peña Nieto y de otros actores políticos como el PRD, los que, sumándose, están generando una dinámica que puede provocar cambios transformadores. No debemos descartar el tema del liderazgo, que también es una fuente de cambio.
¿Qué tan larga va a ser esta secuencia transformadora? ¿Será un parteaguas lo que hemos visto en las últimas semanas y lo que podamos ver en los próximos meses? No lo sé, pero puede ser una fuente de transformación muy relevante.

*Entrevista publicada en Este País, núm. 266, junio de 2013.