miércoles, julio 01, 2015

La escritura no es cuestión de recetas. Entrevista con Sandro Cohen




La escritura no es cuestión de recetas
Entrevista con Sandro Cohen*
Ariel Ruiz Mondragón
Uno de los grandes problemas del sistema educativo mexicano es el de la lectoescritura. Al llegar al nivel universitario, muchos estudiantes carecen de los conocimientos e instrumentos suficientes para manifestarse apropiadamente a través de la escritura, la cual es muy distinta de la expresión oral. Y en no pocas ocasiones, terminan una carrera en esas condiciones.
Como una forma de resarcir ese grave déficit y como un recurso auxiliar para sus clases, Sandro Cohen (Newark, Nueva Jersey, 1953) concibió hace 20 años su libro Redacción sin dolor, que ahora llega a su sexta edición (México, Planeta, 2014). En él, lo que el autor pretende, según explica en la introducción del volumen, “no es la corrección sino la precisión y la claridad en el lenguaje escrito”.
Sobre esa obra —cuyo éxito es innegable: ha vendido más de 150 mil ejemplares— conversamos con Cohen, quien realizó la maestría en Letras Hispánicas en la Universidad de Rutgers y es doctor por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco; además, fue director editorial de Grupo Planeta, gerente de interés general de Grupo Editorial Patria y fundador de Editorial Colibrí.
Además de la academia y la edición, Cohen se ha dedicado a la poesía, la novela, la crónica, el ensayo y la traducción. Ha publicado una veintena de libros y ha colaborado en los principales diarios y revista culturales del país.

Ariel Ruiz (AR): ¿Cómo surgió la idea de publicar un libro como el suyo, en el ya lejano año de 1994, y ahora de sacar esta sexta edición?
Sandro Cohen (SC): Originalmente había pensado Redacción sin dolor como un libro muy modesto que fuera para mí un auxilio al dar clases de redacción. Yo había buscado afanosamente en todas las librerías un buen libro que me ayudara en la impartición de la materia de Redacción en la UAM Azcapotzalco. No encontraba ninguno bueno que me sirviera. Había muchos, pero de ortografía, de cosas que no me ayudaban mucho, que ponían listas de cosas que no había que hacer y qué es lo que sí había que hacer, pero no enseñaban cómo escribir.
A mí no me interesaban esas listas, porque yo sabía que la escritura no es una cuestión de recetas y que lo difícil es enseñar a escribir. Es muy fácil poner reglitas y eso se hace pasar por un libro de redacción, pero el trabajo difícil es explicar cómo funciona el lenguaje por escrito (porque una cosa es el lenguaje oral, que no nos cuesta ningún trabajo, y otra es el lenguaje escrito, que sí nos cuesta mucho trabajo).
Entonces yo necesitaba un libro que me ayudara a explicar a mis alumnos cómo funciona el lenguaje escrito, cuáles son sus estructuras, cómo se llaman sus partes, cómo puntuar lo que escribimos, cómo usar los acentos. Ese fue mi propósito original, y así salió la primera edición de Redacción sin dolor. En comparación con la sexta edición, pues fue un buen esfuerzo, pero fue algo muy modesto que he tratado de ir enriqueciendo y mejorando a lo largo de todos estos años.

AR: En el libro dice que lo que se pretende no es la corrección, sino la precisión y la claridad. ¿Cuál es la relación entre la una y las otras?
SC: Depende de cómo entiendas qué es correcto y qué es incorrecto. Si a la corrección la entendemos como lo que prescribe la Academia, eso no me interesa tanto como la claridad del mensaje: que el lector entienda lo que el escritor quiso dar a entender. Eso para mí es escribir de manera correcta.
Esto depende mucho del contexto, de quién escribe y quién lee. En la universidad, en mis clases abiertas e incluso en mis clases a empresas, lo que ofrezco es un curso de redacción que maneja la norma culta, no las normas regionales. El problema está en que la gente que siempre ha vivido donde ha nacido y nunca ha salido, ni tampoco lee libros de otro países o de otras regiones dentro de su propio país, no reconoce su propio dialecto. Piensa que lo que ella habla es lo que todo mundo habla, y no es cierto: cada ciudad, cada pueblo, tienen su habla, sus palabras, sus localismos. Además, la gente piensa que no tiene acento, que acento tienen los otros, los de otros países, de otras regiones. En la Ciudad de México dicen que los del norte y los de Tabasco tienen acento, pero los del Distrito Federal también lo tienen, como los de Puebla u Oaxaca.
Como hay acentos también hay palabras que se usan exclusivamente en ciertas partes, mientras que en otras no, o se usan de otra manera. Entonces es muy importante que el redactor se dé cuenta de que hay palabras, frases y giros que no son de la norma culta, entendida como la que se comprende en cualquier parte.
No es necesario privilegiar el español peninsular porque también es regional: se maneja en España, y también allí tiene sus variantes dialectales, ya que el del norte es diferente al del sur.
En todas partes se cuecen habas, pero, por un lado, hay una norma culta que nos ayuda a establecer cuál es la buena literatura, y, por otro, los diccionarios, que son la única otra manera de vivir simultáneamente en todos los países. Viajar ayuda mucho, porque nos sensibilizan en cuanto al idioma (claro, me refiero a viajes a otros países de habla española, en los cuales uno se da cuenta de las diferencias que enriquecen tanto el idioma castellano).

AR: ¿Cómo ha cambiado la lengua española en los 20 años desde la primera edición de Redacción sin dolor? Por ejemplo, la versión más reciente del Diccionario de la Real Academia Española ya incluye algunos regionalismos.
SC: La lengua en sí no ha cambiado nada: es la misma, con la misma gramática y la misma sintaxis, e incluso las reglas de ortografía han cambiado muy poco.
Lo que sí ha cambiado mucho es el léxico: hay nuevas palabras y nuevas frases, y muchas palabras han caído en desuso (por ejemplo, ya nadie habla de floppy, que estaba de moda hace 20 años, y el CD-ROM es cada vez de menor importancia).
Palabras van y palabras vienen, y siempre han venido y se han ido. Esto no es novedad en ningún idioma. Tenemos que acostumbrarnos a la idea de que el idioma es un blanco móvil: nunca se está quieto.
El trabajo de personas como yo, a quienes nos interesa escribir sobre el idioma y enseñar cómo utilizarlo bien, es siempre tener la oreja parada para detectar los cambios. Claro, como uno vive en cierto lugar pues se da cuenta a lo largo del tiempo cómo algunas palabras se transforman. Voy a poner un par de ejemplos: hace 30 o 40 años en México nadie usaba la palabra “chico” para referirse a personas jóvenes, sino que eran “chavos” o “muchachos”. Decir “es un chico” causaba hilaridad, literalmente. Hoy en día, todo el mundo habla de chicos y chicas como sinónimo de chavo, que ahora ya casi no se usa.
El segundo: hace 30 o 40 años la palabra “güey” era muy ofensiva. Si alguien se la decía a otro, era para armas tomar, muy agresiva, pero ahora todo el mundo la dice, y al mejor amigo le llamamos así, e incluso ya tiene su propia grafía: “wey”. Además, su pronunciación se ha suavizado mucho.
En cuanto a la norma culta, el peligro radica no en palabras como “wey”, sino en las palabras de todos los días que tienen sentidos diferentes en diversas partes, de lo que no se da cuenta la gente. Por ejemplo, el verbo “ocupar”: ocupamos el departamento en diciembre, lo vamos a desocupar en enero, me ocupo en esto, me ocupo de lo otro, etcétera. Pero en el Valle de México ocupar es sinónimo también de usar: “¿Vas a ocupar el vaso?”. Yo me río: ¿cómo voy a ocupar un vaso si está muy chiquito? Entre las acepciones de ocupar en el diccionario no está la de usar. Además, en el norte de Guadalajara ocupar también es sinónimo de necesitar: ocupo ir al banco, ocupo ir al súper. Recuerdo que una vez hablé a un call center, me contestaron y resultó que estaba en Monterrey. Me dijeron: “¿Qué ocupa saber?”. Al principio no entendí lo que me estaban preguntando, y ya luego me aclararon: “¿Qué necesita saber?”. Fue allí donde me cayó el veinte de este cambio de léxico: es la misma palabra pero con otro sentido.
Y la gente no se da cuenta de que su manera de usar la palabra es local. Pero si uno está escribiendo y sus lectores van a estar en internet, uno no escribe solamente para el vecindario sino para todo el mundo. Entonces tiene que saber que sus palabras tienen sentidos universalmente reconocidos.
Todo depende de qué se trate: si es un poema, no viene al caso lo que estoy diciendo, ya que viene de lo más íntimo y no se aplica en estas cuestiones de corrección y de la norma culta. Pero si es un cuento o una novela, que debe ser real, comprensible, debe tener el sabor de la realidad local. Entonces se requiere cierto tino de parte del novelista o del cuentista para dar este sabor local sin hacer que sea incomprensible para alguien de fuera.

AR: Allí también aparece el problema de las traducciones…
SC: Sí, exacto: si se traduce local, solo sirve la traducción para esa parte. En la medida en la que se pretenda que la traducción pertenezca a la norma culta, tendrá más aceptación, pero no existe un español completamente neutro. ¿Quién dice qué es lo neutro? Es un estira y afloja.

AR: En el libro hay un debate y diálogo con la Real Academia Española y con la Asociación de Academias, porque a veces, efectivamente, sí sigue sus recomendaciones, pero en otros casos no.
SC: Tengo menos divergencias ahora que antes. Eso significa que para mí la Academia ha mejorado en relación con cómo estaba hace 30 años. Creo que se ha querido modernizar, a volverse más descriptiva que esencialmente normativa.
Por naturaleza, los diccionarios son normativos, pero también son descriptivos. Tienen que recoger las palabras con las acepciones que la gente usa, no sólo de España sino de América. Es importante que refleje cómo una palabra, por ejemplo “ocupar”, se usa en España, en diferentes regiones de ese país y de México, y cuáles son las acepciones de norma culta. Ese sería el diccionario ideal, pero al diccionario académico, con todo y que se ha modernizado un poco, le falta muchísimo, ser más imparcial y más científico.
Al de la Real Academia le ha costado mucho trabajo dejar de ser un diccionario peninsular, porque es un punto de partida y un enfoque. Se le ha querido agregar lo panhispánico, lo cual se agradece, pero no deja de ser una protuberancia cuando, de origen, el diccionario debe ser neutro.
Entonces, la primera acepción debe ser universal, y luego poner en la lista todas las acepciones locales, y no las que mandaron de alguna academia sino hay que investigar cómo se usa una palabra en todos los países. Pero esto requiere dinero e implica un esfuerzo no sólo en horas-hombre sino dinero para pagar y financiar esas investigaciones.
Afortunadamente mucho ya se puede hacer por internet y por correo, y yo mismo hago investigación por Facebook, donde tengo más de 33 mil lectores en la página Redacción sin dolor.

AR: En el libro también habla de un fenómeno que se ha extendido en las últimas décadas, al que llama “la edición de escritorio”, que casi ha jubilado a tipógrafos, editores y, yo añadiría, a correctores de estilo. ¿Cuáles han sido las consecuencias de esta edición prácticamente indiscriminada?
SC: Hay mucha gente que no se acuerda —o no estaba viva— de cuando no había edición de escritorio. Antes las publicaciones se hacían en imprentas que tenían un equipo de preproducción que incluía formadores, diseñadores de edición, fotógrafos, correctores, aparte de un proceso que era más robusto de lo que es ahora. Hoy ponen a una secretaria y le dicen: “Haz el libro”. ¿Y qué sabe? Lo mínimo, muchas veces más que su jefe, pero no para hacer un libro.
Hacer un libro es un oficio noble desde hace siglos, y de repente desaparecieron saberes muy importantes: los del diseñador, del tipógrafo, del corrector, del formador… Ahora no hay tipógrafos, los linotipistas no sé qué se hicieron (desaparecieron, yo creo), quienes eran el corazón del asunto ya que sabían todas las reglas y eran trabajadores altamente calificados. No creo que les hayan pagado de acuerdo con su alto grado de conocimiento, porque sí sabían dónde iba el punto en relación con los paréntesis, las comillas, si era una cita textual con dos puntos, etcétera.
También los editores de antes sabían esto y sabían marcar los libros correctamente. Eran una comunidad reducida, pero que tenía el encargo del cuidado de las ediciones. Había especialistas en la rama y hacían sus manuales de estilo. Pero llegó la computadora personal y la posibilidad de diseñar y diagramar libros en ella, y jubilaron a los tipógrafos y a los diseñadores, y todo este trabajo recayó en personas que no saben lo que están haciendo, lo cual provocó un caos.
Yo viví ese caos, y fue desastroso. Por ejemplo, la regla de la colocación del punto en relación con comillas y paréntesis tuvo que rehacerse, porque no había manera de que todo el mundo entendiera cómo se hacía antes porque era una regla compleja y había que tomar en cuenta varias cosas para saber dónde iba el punto. El editor se aprendía la regla, e incluso los tipógrafos, con mucho gusto, siempre la explicaban porque era su momento de brillar como catedráticos en la formación de libros.
Pero luego uno se dio cuenta de que nadie pela ya esa regla, nadie la conoce y entonces hacen las cosas como se les ocurre, sin ninguna consistencia. Me imagino la discusión al interior de la Academia antes de la Ortografía de 1999, que fue cuando empezó a poner orden: “Va a estar imposible que todo el mundo entienda la regla como venía antes porque es demasiado compleja. Tenemos que simplificar”.
¿Cómo lo hicieron? Si es el final del enunciado o de la proposición, y termina con comillas o paréntesis, el punto va a ir fuera; si hay signo de interrogación y no viene ni paréntesis ni comillas, no hay punto; pero si cierra con comillas ahora sí va el punto. Signo de paréntesis: si no hay, no va segundo punto porque está incluido en el signo, pero si viene el signo y después paréntesis vamos a agregar otro punto. Esa es la nueva norma, que es muy sencilla y muy fácil de explicar y de enseñar.
Hay inconformidad de parte de los puristas conservadores, pero cuando yo vi la regla en 1999 dije: “Dios bendito”, porque era un caos, y era preferible una regla sencilla. Pero hay gente que hasta la fecha ni idea tiene de esto y ponen el punto como sea. Ahora este tema está tipificado ya en la ortografía, y la autoridad se impone y si uno no quiere seguir eso es que se declara en rebeldía, pero ya no puede ser por ignorancia. Y hay más, pero no importa porque no afecta el contenido, el mensaje es el mismo. Lo único que se gana es claridad y consistencia, porque la gente se confunde.

AR: ¿Cuáles son los mayores problemas que encuentra en los periódicos respecto a su escritura?
SC: Se reflejan los mismos problemas en la prensa que en el resto de la población, tal vez en menor medida, pero allí están. Y hay problemas específicos del periodismo que no existen en la población en general, como, por ejemplo, la percibida necesidad de utilizar, a ultranza, la sinonimia cuando no hace falta. Si yo estoy hablando de problemas de agua, la palabra “agua” se va a repetir, no tengo que decir “el vital líquido”. Es sumamente chocante que hablen así porque es antinatural y mamón, lo cual no tiene por qué estar en un periódico (además, no es el único vital líquido, porque también está la sangre, que tiene el mismo mote).
Por otro lado, hay un desconocimiento bárbaro de la sintaxis. No es que haya una sola sintaxis correcta: según el sapo es la pedrada. A mí me desquicia, por ejemplo, el periódico Reforma: uno de sus encabezados se refería a la Casa Blanca del presidente Enrique Peña Nieto, y decía algo así como “Critican mansión en el extranjero”. Yo pensé que ahora Peña Nieto tenía una mansión en el extranjero, pero no: en el extranjero critican su mansión. Ellos, no sé por qué (nadie me ha podido dar una respuesta lógica), siempre quieren iniciar sus encabezados con un verbo conjugado. No lo entiendo, porque tampoco está en su manual de estilo, el que he leído de pe a pa y es respetable. Es una regla inamovible en Reforma y causa un sinfín de problemas.
Pero no se entiende de sintaxis no sólo en los encabezados sino en los escritos: la ampulosidad periodística es sólo comparable con la de la burocracia. En el periodismo hay que escribir claro y directo. Esa es la meta: claridad, precisión y decir las cosas con la menor cantidad de palabras posible, no preocuparse por una sinonimia cuando no viene al caso (aunque, claro, hay otras palabras que se pueden sustituir fácilmente sin llega a los extremos del “vital líquido”).
Otra cosa que no dominan los periodistas es la puntuación: usan grabadora, llegan a la redacción o a su casa, y ponen textualmente lo que dijo la figura pública. Muy bien, no tergiversaron su mensaje, pero, ¡momento! Sí lo tergiversaron porque no supieron puntuar y el lector tiene que interpretar lo que quiso decir el personaje porque no pudo ser lo que se escribió, porque no tiene sentido. La gente, para empezar, cuando habla no usa punto y coma. Este es un recurso muy antiguo, pero es del lenguaje escrito, y las citas textuales son del lenguaje oral. Entonces, en las citas textuales no veo por qué debemos usar punto y coma, para empezar. Debemos usar comas y puntos, y si somos muy abusados, podemos usar dos puntos, que son muy diferentes del punto y coma, pero son muy útiles en las declaraciones.
Hay que conocer para qué sirve cada signo, cuál es su propósito y cómo usarlos, y los periodistas actuales no tienen la menor idea ni siquiera de cómo usar una coma: desconocen la coma del vocativo, la elíptica y apenas conocen la serial, y eso porque Dios es grande. A veces usan correctamente las comas parentéticas, para aislar información incidental, pero muchas veces no: ponen la primera coma o la segunda, pero no las dos. Entonces no se entiende.

AR: Usted se ha dedicado a la enseñanza de la redacción durante más de 30 años. En el libro anota que la política educativa no le ha dado el valor suficiente a la escritura. ¿Cómo ve la situación en estos años?
SC: Las escuelas son un desastre. Lo sé porque doy primer año de universidad, y sé cómo llegan los alumnos a ella: muy mal. La mayoría no sabe qué es un adjetivo, qué es un adverbio, y mucho menos sabe cuál es la diferencia entre sujeto y predicado. El núcleo del predicado, ¿qué es eso? ¿Es un animal exótico? Si hablo de oraciones subordinadas les da urticaria, no saben de qué estoy hablando.
Yo pregunto: ¿cómo quieren que alguien escriba bien si no sabe lo que está haciendo? No es cuestión de hablar: el habla es natural en todo ser humano, pero la escritura no es natural, no es parte del ser humano: se puede ser perfectamente humano sin saber leer y escribir. No quiere decir que uno sea culto, pero es humano. Seamos honestos: yo puedo ser analfabeto y ser muy humano, incluso puedo tocar instrumentos musicales sin saber leer y escribir. Claro, tampoco podré leer partitura y entonces mi repertorio será limitado a lo que me han enseñado en carne propia y por imitación, porque la partitura es otro lenguaje.
Entonces la lectura y la escritura, como formas antinaturales de expresión, requieren un proceso de aprendizaje. No es “enchílame otra”, como las escuelas piensan que lo es, que es tan natural escribir como hablar. Es un error de pensamiento muy grave porque los maestros terminan diciéndoles a los niños que escriban como hablan. Pero son dos lenguajes diferentes, que lo único que tienen en común son las palabras y la gramática, y todo lo demás es diferente.

AR: ¿Cuál es la relación de la lectura con el aprendizaje de la escritura?
SC: Uno puede aprender a escribir leyendo lo que está bien escrito porque uno deduce las reglas. Si uno pone atención, deduce con el tiempo las reglas de la puntuación y de la sintaxis. ¿Por qué la gente “encabalga” tanto? Porque no se fija en lo que lee y entonces pone como, coma y coma, y es una pausa, ¿no?
¿Cuál es el problema? Porque los maestros de la escuela dicen: “La coma es una pausa”. Lo primero que digo a mis alumnos es “olvídense de que la coma es una pausa: no lo es. Puede coincidir o no”. El origen de la coma, en efecto, era la vírgula, que usaba la raya diagonal para indicar, a los que leían los sermones, los mensajes bíblicos, dónde debían hacer pausa, porque la escritura era muy nueva, y entonces había que llevarlos de la mano. Eso después se convirtió en coma, pero esta adquirió muchos usos gramaticales y sintácticos que nada tenían que ver con la pausa per se, y pueden coincidir con la pausa o no.
Entonces, si enseñan estas reglas idiotas, ¿cómo quieren que los chavos escriban bien? Pero no saben que son reglas idiotas porque nunca aprendieron: no leen.
Si uno lee a los buenos escritores (claro que habrá discrepancias), uno más o menos va a dominar el uso del punto y de la coma, que son los más importantes. Es el 90 por ciento del boleto, y el otro 10 por ciento va entre dos puntos y punto y coma y, si quieres agregarlas, las comillas, los paréntesis, las rayas. Pero yo doy brincos cuando los alumnos ya dominan la coma y el punto y cuando no encabalgan.
Yo les digo a mis alumnos: con una cuartilla sé si la persona sabe escribir o no. No necesito más, porque si no ha encabalgado en 250 o 300 palabras, es que no lo va a hacer. Sabe cuándo termina una idea gramatical, y cuando se inicia la siguiente porque puso el punto y seguido. Si no hace eso, no sabe escribir. No importa lo demás: si la mayúscula, si la minúscula, que la cursiva, que la redonda, que la bastardilla y que la tía que lo parió. No me interesa: si no encabalga, va bien. Con eso ya está del otro lado porque lo demás cae en su lugar. Pero si salen encabalgando no sólo habla mal de ellos sino de mí también.


*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 171, febrero de 2015.

viernes, junio 12, 2015

La conexión Irán-Contra-Narcos. Entrevista con J. Jesús Esquivel*




La conexión Irán-Contras-Narcos
Entrevista con J. Jesús Esquivel*
Ariel Ruiz Mondragón

Un caso que causó gran conmoción no sólo en México sino en Estados Unidos fue el secuestro, tortura y asesinatos del agente encubierto de la Administración para el Control de Drogas (DEA, por sus sigla en inglés) Enrique Camarena Salazar, y del piloto Alfredo Zavala Avelar, en febrero de 1985. El escándalo generado fue mayúsculo a nivel internacional.
Debido a lo anterior el gobierno norteamericano inició una profunda investigación llamada Operación Leyenda, así como una intensa persecución de los responsables de aquellos homicidios, para lo cual recurrió incluso a actividades ilegales.
Como responsables de aquellos hechos fueron muy pronto capturados dos líderes del Cártel de Guadalajara: Rafael Caro Quintero (quien fue liberado en agosto de 2013) y Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto.
Si bien entonces se denunció el contubernio entre los narcotraficantes y el gobierno mexicano, quedaron muchos cabos sueltos. Ahora se ha ahondado en una línea de investigación periodística: la participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) en aquellos hechos.
En su libro La CIA, Camarena y Caro Quintero. La historia secreta (México, Grijalbo, 2014), J. Jesús Esquivel profundiza en ese tema basado en diversos documentos y en cuatro testimonios clave: los de tres testigos protegidos en Estados Unidos, policías mexicanos que estaban al servicio del Cártel de Guadalajara, y el de Héctor Berrellez, quien encabezó las investigaciones de la DEA sobre el asesinato de Camarena Salazar.
De esas indagaciones se derivan algunas hipótesis: la participación directa del agente de la CIA Félix Rodríguez en los crímenes, y la existencia de una conexión entre Irán, los contras de Nicaragua y los narcos mexicanos propiciada por esa agencia.
Replicante conversó con el autor, quien es licenciado en Periodismo por la Escuela Carlos Septién. Ha colaborado en medios como Televisa, TV Azteca, El Sol de México, Notimex, el Instituto Mexicano de la Radio, Voices of Mexico y actualmente en Proceso. Es autor del libro La DEA en México.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir hoy un libro como el suyo, sobre todo porque son hechos que ocurrieron hace 29 años?
J. Jesús Esquivel (JJE): Porque uno de los principales actores de esos acontecimientos de 1985, quien fuera el responsable de una fricción en la relación bilateral porque fue acusado directamente del asesinato de Enrique Camarena Salazar, Rafael Caro Quintero, hoy se encuentra libre. Esa libertad provocó una gran molestia y una reacción crítica del gobierno de Estados Unidos contra el de México, ya que asegura que tal vez pudo salir de la prisión por corrupción, mientras que el gobierno mexicano dijo que fue por errores procesales. Pero está claro que los abogados de este hombre simplemente acertaron en su solicitud de apelación, que los argumentos tenían sustento porque Kiki Camarena no era diplomático.
El tema vuelve a nacer. Proceso logró conseguir información relacionada con él, y aparecieron nuevos actores: la CIA como participante en el secuestro, tortura y asesinato de Camarena, aunque no como autora del homicidio pero sí como corresponsable.
Fue el 7 de febrero de 1985 cuando se detuvo a Camarena Salazar, agente de la DEA, para interrogarlo en una casa en Guadalajara, controlada por los principales cabecillas del Cártel de Guadalajara.

AR: Buena parte del libro está sustentada en las declaraciones de tres testigos protegidos, a los que en el libro se les llama José 1, José 2 y J33. ¿Qué tan confiables le parecen sus declaraciones? Como se lee en el libro, fueron, al mismo tiempo, policías y criminales, delincuentes que finalmente fueron premiados por el gobierno de Estados Unidos.
JJE: En primer lugar, me costó demasiado trabajo que el gobierno estadounidense accediera a que yo los entrevistara. Yo no sabía en realidad a quiénes iba a entrevistar, y le restas credibilidad a este tipo de gente, pero quieres saber qué te van a contar. Además, me cuentan que uno de ellos fue el jefe de seguridad de Ernesto Fonseca Carrillo, y él en sus narraciones habla en primera persona: “Es que fuimos, y estábamos, y me decía…”.
Héctor Berrellez, el director y supervisor de Operación Leyenda, me decía: “Este era el hombre de más confianza de Fonseca Carrillo”. A J33 lo arrestaron junto con él después de que se descubrió todo lo de Camarena.
Algo que le da sustento a sus declaraciones (de las que no te puedo dar ninguna garantía de que sean ciento por ciento verídicas) es que, a diferencia de lo que se hace aquí en México, los testigos protegidos firman un contrato con el Departamento de Justicia de Estados Unidos, en el que se les hace una advertencia por parte de la Fiscalía Federal: cualquier declaración que hagan se va a investigar para comprobar si es cierta (que aquí es lo que no se hace); si es mentira, además de quitarles el estatus de testigos protegidos los van a meter a la cárcel porque cometieron muchos delitos.
Sus testimonios se han utilizado para muchos juicios en Estados Unidos, en Cortes federales. Algo han de estar diciendo de verdad, porque si no casi 30 años después no serían testigos protegidos de Estados Unidos con un estatus de residencia permanente, con la asistencia económica y con la garantía de que toda su familia directa se encuentra con ellos.
Otra cosa que quiero decir ante todo esto es que Estados Unidos les perdonó todo tipo de crímenes. Obviamente, cuando hablé con ellos nunca me dijeron “yo maté”, “yo participé”; ellos sólo fueron testigos, pero Berrellez me dijo: “J1 era especialista en manejar el cuerno de chivo y era un hombre muy temido”, y agregó: “Mataron a mucha gente”.
La razón por la cual a mí sus declaraciones se me hacen muy interesantes y valiosas para este libro es para poder hacer, sobre todo, una descripción de cómo operaban los narcos en esos años —que no hay mucha diferencia de cómo operan hoy.
De todo lo que está en el libro tanto hay documentos como las grabaciones, que están disponibles para quien las quiera. Pero tuve que eliminar muchas cosas muy interesantes, muy graves, muchos nombres e incidentes, pero que no pude corroborar; de otra manera, se hubieran publicado.

AR: Uno de los aspectos más interesantes del libro es que destaca que el caso Camarena estuvo insertado en un juego geopolítico que, por supuesto, va mucho más allá del Cártel de Guadalajara. Se trata de un triángulo, digámoslo así, Irán-Contras-Narcos. ¿Cómo describe ese contexto internacional?
JE: A nosotros los mexicanos el caso Camarena nos despertó del letargo que teníamos y descubrimos de pronto el narcotráfico. Pero cuando hablamos de Camarena y la DEA nos encerramos en esa burbuja de esos años, en el puro narcotráfico; pero en esos mismos años ochenta Ronald Reagan estaba más inmerso en evitar que la Unión Soviética influyera en la región. Estaban las guerras civiles y las revoluciones en Centroamérica.
A la CIA, como la agencia de inteligencia de Estados Unidos más importante, el narcotráfico no le importaba absolutamente nada; el objetivo que tenía era evitar a toda costa que los soviéticos tuvieran influencia y presencia en el hemisferio.
¿Cuál es un factor importante para poder actuar en esos años con el escándalo de Irán y los Contras de Nicaragua? ¿Cómo les iban a hacer llegara estos las armas de Estados Unidos? México comparte una frontera enorme con ese país. Entonces la CIA operaba en México con Félix Rodríguez —que históricamente ha sido una especie de mercenario en el hemisferio, cuya carrera incluye la captura del Che Guevara, por ejemplo—. Este cubano, con las relaciones que tenía con el gobierno mexicano, contactó con el Cártel de Guadalajara. Supongo yo que a sus líderes les ha de haber hecho una propuesta fenomenal a cambio de que le ayudaran con toda su estructura criminal para pasar ilegalmente las armas de Estados Unidos y llevarlas hasta Nicaragua.
Por ejemplo: “¿Qué les parece si aprovechamos sus contactos en Colombia, con Juan José Esparragoza, El Azul, para, en esos mismos aviones que trasladan las armas, subcontratados por la CIA a un conocido narcotraficante hondureño, Juan Ramón Matta Ballesteros, nosotros les ayudamos a pasar cocaína de Colombia a Estados Unidos, y cada quien su ganancia?”.
Pero ocurre que en Guadalajara había un agente que creía en su trabajo: Camarena. No estoy diciendo que haya sido honesto, pero estaba para combatir el tráfico de drogas, y sabía el nivel que tenía el Cártel de Guadalajara. Les propuso a sus jefes en la Ciudad de México, de acuerdo con toda la investigación de Operación Leyenda, que en lugar de seguir persiguiendo tanta droga (mariguana en esos años), había que cortarle la vena del dinero al cártel: “Hay que pegarles donde les duele”, decía. Entonces desarrolló operaciones e investigaciones, y fue entonces cuando descubrió la mano de la CIA.
En aquellos años el cártel no estaba dedicado al tráfico de cocaína sino a la heroína, en menor medida, y a la mariguana.
Cuando se dieron cuenta de lo que había hecho Camarena, estuvieron de acuerdo en que se le “levantara” para interrogarlo. En el libro se describen las reuniones previas al secuestro y quienes participaron. La intención no era matarlo, según el propio Berrellez, sino más que nada saber a quién ya le había dicho en Estado Unidos que la CIA estaba metida en el narcotráfico, para parar esa información.
Entonces ya estaba un escándalo internacional, el Irán-Contras, y ahora iba a ser México-Contras. Pero se les pasó la mano golpeando a Camarena: Caro Quintero le asignó la “calentadita” a uno de sus sicarios más violentos, El Güerón, que, como describo allí, le brincó con las rodillas sobre las costillas en varias ocasiones, lo quemó, lo pateó, lo reventó. Se les pasó la mano, y de allí que cuando Fonseca Carrillo llegó a la casa se molestó porque sabía lo que se les iba a venir encima.
Ese conflicto de intereses me deja en claro que, casi 30 años después, no sabemos el papel de la CIA, y que lo que quería hacer el gobierno de Estados Unidos era utilizar al cártel como chivo expiatorio para que nunca se supiera el asunto de los contras y el trasiego de drogas.

AR: Esas operaciones de la CIA habrían sido ordenadas por las más altas esferas del gobierno norteamericano, incluyendo al presidente Ronald Reagan. Pero ¿cómo fue esa situación contradictoria del gobierno norteamericano?, ¿porque se estaban enfrentando dos de sus agencias, la DEA y la CIA? ¿Por qué ese gobierno no planteó una política coherente y uniforme para ambas agencias?
JE: Muy fácil, creo yo: en ese entonces la DEA no era lo que es ahora, no tenía la misma estructura que ahora. Tenía apenas 12 años de haber sido creada. Por su parte, la CIA ya tiene una historia bastante larga y, como lo ha demostrado la historia mundial, sobre todo lo que hicieron en Guatemala y Chile, los objetivos políticos están muy por encima de un problema de salud pública, como es el consumo de drogas. Y no es primera vez que el gobierno estadounidense o los sistemas de espionaje de Estados Unidos eliminan a quienes estorban, sin importarles que sean de su misma nacionalidad, de su mismo peso de investigación. Entonces para ellos los agentes de la DEA no eran más que policías antinarcóticos.
Es muy fácil discernir cuáles eran las prioridades de Washington, sobre todo de gente como Reagan, que le había declarado totalmente la guerra a la Unión Soviética.
Entonces los intereses políticos estaban por encima de un problema de salud pública. A la CIA no le importaban los mexicanos ni el Cártel de Guadalajara, ni los políticos ni los militares, porque sabía que eran demasiado vulnerables y que con dólares los podían tener a sus órdenes.

AR: Al final de libro usted dice que buena parte de la documentación de la Operación Leyenda es top secret. Pero, tras el crimen, ¿qué pasó con la relación de la CIA con el gobierno mexicano? Porque afirma que la CIA penetró las más altas esferas del poder en México, pero que después ya no lo hizo. ¿Por qué?
JJE: Ya no fue tan obvio. Este caso provocó que la manera de operar de los agentes de Estados Unidos, fueran de la DEA, la CIA o el Pentágono, fuera más cuidadosa y más sensible a esa percepción de que en México los extranjeros, sobre todo agentes, están haciendo cosas ilegales.
La CIA nunca va a salir, sigue estando en México. Felipe Calderón le abrió más todavía las puertas con las oficinas bilaterales de inteligencia bajo la Iniciativa Mérida. A la CIA no la metes a tu casa a platicar; cuando te das cuenta, ya sabe de qué color usas los calcetines.
No vamos tan lejos: lo de la balacera en Tres Marías, ¿cuánto tiempo tiene que pasó? Fue en agosto de 2012. La CIA sigue estando aquí. Yo no sé qué tan enlazada está ahora la relación, por ejemplo, con Gobernación, con el Cisen, que, se supone, son sus contrapartes. Lo que sí te puedo decir es que las agencias de inteligencia están en México y no se van a ir.

AR: Manuel Buendía decía que en México estaba la oficina más importante de la CIA fuera de Estados Unidos.
JE: Berrellez da la versión de que a Manuel Buendía lo mató la CIA porque estaba ya descubriendo el hilito de la CIA con el tráfico de drogas del Cártel de Guadalajara.

AR: Buena parte del libro es la historia personal de Héctor Berrellez, quien investigó el caso hasta donde pudo. ¿Qué tan válida es esa investigación cuando incurrió en actos abiertamente ilegales, como fue el caso de Humberto Álvarez Machain?
JE: Berrellez, como supervisor de Operación Leyenda (que, además, era secreta), tuvo a su disposición los recursos necesarios, lo que quisiera; muchos dentro de la DEA ni siquiera sabían cómo estaba operando. Yo le pregunté precisamente sobre la recopilación de información y testimonios, los interrogatorios, de pagar tanto dinero incluso para llevarse a personas para que en Estados Unidos declararan y se escondieran. A Guillermo González Calderoni él se lo llevó para allá.
Berrellez reciclaba mucho a los agentes de Operación Leyenda para evitar la fuga de información. Es imposible poder decir que toda la documentación y reportes que él logró recopilar sean ciento por ciento verdad, pero han de ser muy delicados; si no fuera así, el 90 por ciento de toda esa información que recopiló e investigó, como él asegura, el gobierno federal de Estados Unidos y el Departamento de Justicia no la tuviera, hasta la fecha, como clasificada. Él dice: “Yo estoy casi seguro de que nunca la van a desclasificar”.
Asumo (porque eso no me lo quiso contar) que es porque hay nombres de políticos, de funcionarios de ambos lados de la frontera y de agentes que, si lo que vemos da asco, lo que está en esos documentos a la mejor nos mata de un infarto.

AR: Está la frase atribuida a Camarena: “Hay que pegarles en donde más les duele, en el aspecto financiero”. En ese aspecto, como se dice en el libro, la Operación Padrino fue muy exitosa no sólo en México sino en América Latina. ¿Por qué no se siguió con ese plan?
JE: La Operación Padrino se paró cuando mataron a Camarena. Pero ahora son más sofisticados: el Departamento del Tesoro se encarga de hacer eso con bienes y cuentas bancarias de los capos. Recientemente se hizo una nuevamente, relacionada con la gente de Don Neto. Ahora se hace de otra manera más eficaz, con mayor alcance, incluso a nivel internacional.
Sonaba mucho dinero cuando empezaban con la Operación Padrino; estoy seguro de que hay cientos de operaciones secretas para confiscar dinero, que llevan a cabo la DEA, aduanas y todas las agencias que hay ahora. Pero aquella operación se paró aunque fue muy efectiva hace 30 años; imagínate, 100 millones de dólares hace 30 años era muchísimo dinero, y ahora es lo que gasta cualquier capo para irse a tapar una muela donde quiera. Pero en aquel momento sí le pegaron muy fuerte al cártel.
Pero las operaciones para cortarles la vena del dinero a las organizaciones criminales siguen vigentes.

AR: En el libro se da cuenta del fin de muchos de sus protagonistas mexicanos: terminaron como testigos protegidos, algunos fueron a la cárcel, otros muertos. Por el lado de la CIA hay dos casos interesantes que son los del cubano Félix Rodríguez y el de Harrison. ¿Cómo acabaron ellos?
JE: Harrison terminó en Estados Unidos, en California; él no aceptó el estatus de testigo protegido. Habló ante los fiscales, estuvo (hasta donde tengo entendido) viviendo como seis meses en una casa que le pagaba el Departamento de Justicia, y después los mandó a la fregada. Es el típico gringo que se va a vivir a cualquier lado y que es un espía, deja de serlo y le vale gorro estar durmiendo en la calle. Nadie sabe si todavía está vivo o no, porque tenía un problema muy grave con las drogas y con el alcohol.
Félix Rodríguez está en Miami; ya habló y dijo que esto no es cierto, que él es un santo. Sin embargo, tiene dos libros en los cuales él mismo habla de su papel de casi como un Rambo de la CIA en América Latina.

AR: ¿Cómo cubrieron este caso los medios? Porque J33 habla de la forma en que lo presentaron con Jacobo Zabludovsky como el autor del crimen, y más adelante cuenta que Fonseca Carrillo pagó a varios medios para que cubrieran su huelga de hambre.
JJE: Ellos eran los dueños de todo en esos años. El tema del narcotráfico era básicamente nuevo para los mexicanos, aunque, por ejemplo, en Sinaloa todo el tiempo ha habido narco.
A mí me sorprendieron ese tipo de cosas, y lo que me dejó en claro es que no tenían límite: con dinero baila el perro, y hacían bailar a todo mundo. También se observa el contubernio, que hasta la fecha sigue vigente, entre el gobierno y algunos medios de comunicación, sobre todo los electrónicos. No hace mucho que Genaro García Luna hizo todo un show.
Acuérdate que la prioridad de México en ese momento con el caso Camarena era decirle a Estados Unidos: “¡Estamos tras ellos! Los estamos capturando y ya no nos estén fregando. Ya no den a conocer casos de corrupción. Vamos a detener a todos los responsables”.
24 horas era el noticiero más importante del país, que veía mucha gente; ahora J33 se acuerda aquel episodio y le da risa. Ya le habían dado su “calentada”, pero ese día lo maquillaron, lo peinaron y se lo presentaron a Jacobo; fueron sus cinco minutos de fama, como dice él.
Yo creo que a un extranjero leyendo este tipo de cosas, le daría risa, pero ese es nuestro México. Han pasado 30 años y seguimos igual.
Lo anterior demuestra que el periodismo de investigación sigue siendo un recurso importante para entender lo que pasa en una sociedad tan pateada como la mexicana.

AR: ¿Qué herencias nos dejó este caso? Hay varios aspectos, pero quiero empezar por el de las propias bandas de narcotraficantes, porque parece que este caso fue el que hizo estallar el Cártel del Guadalajara, de donde se derivaron muchos otros grupos.
JE: Quedó desmantelado ese cártel. Varias de las cabezas fueron capturadas: Félix Gallardo, Caro Quintero, Don Neto e incluso El Azul. Pero personajes que yo considero más tácticos, como El Azul, quien siempre se manejó en la sombras, en el trasfondo (para aparecer estaban el atarantado de Caro Quintero o el violento de El Cochiloco, que terminó abatido a tiros por el Ejército), se regresaron a su tierra, a Sinaloa, y utilizaron a la gente que quedó en la estructura de esos años, como son los casos de El Mayo y El Chapo (éste en aquel momento no era nadie). Hicieron una reestructuración después de este caso y aparecieron varios cárteles: Sinaloa, el Golfo, Juárez, Tijuana, en los que todos son sobrinos, parientes y amigos hasta la fecha.
Yo creo que este Cártel de Guadalajara fue una especie de matriz del crimen organizado en México, y ahora todo mundo intenta todavía emular la manera de operar de estos tipos.

AR: Han pasado muchas cosas desde 1985 hasta ahora; ha habido un proceso de transición democrática, por ejemplo. ¿Cómo ha cambiado el combate al narcotráfico con la democratización del país?
JJE: Estamos al inicio de un nuevo gobierno, el regreso del PRI, y va a ser muy interesante de qué manera esta estrategia, como dice Peña Nieto, sin tanta participación de Estados Unidos abiertamente, transforma este combate. Yo creo que la prioridad en este momento es que se nos regrese a los mexicanos la tranquilidad, que no haya violencia. En nuestro cerebro siempre supimos que se movían drogas, pero no había violencia; bueno, había violencia entre los narcotraficantes y ni nos enterábamos.
En estos años, lamentablemente, y en los seis que gobernó Felipe Calderón, México sufrió un cambio enorme: la violencia. Y México se acostumbró a los muertos: los mexicanos ya no nos sorprendemos por las masacres. Ya nos acostumbramos a los muertos, y eso creo que nada tiene que ver con la lucha contra el narcotráfico.
Se regresa la pregunta: ¿qué está haciendo Estados Unidos para reducir el consumo de drogas? Nada concreto, porque los objetivos de Washington (y regresamos al caso Irán-Contras) están ahora en el Medio Oriente, en Irak, en Afganistán, en Siria, en Israel, y no en el tema de salud pública, lo cual, estoy seguro, ningún político lo va a decir abiertamente en Estados Unidos. Pero si usan drogas, que se frieguen los que usan drogas, y si hay daños colaterales, pues son en México y en América Latina, que no les interesan.
Yo creo que el gobierno mexicano debería ser más táctico para combatir el trasiego de drogas. No se va a acabar porque cambian las modas de las drogas que consume el mercado: la cocaína fue muy popular en los ochenta, después la mariguana, el crack, la heroína, ahora las metanfateminas, y nuevamente la heroína. Si algún día a algún gringo se le ocurre darle una mordida a una mesa y dice “con esto estoy high”, les vamos a vender mesas.

AR: En México el periodismo se ha convertido en un oficio peligroso. Al hacer esta investigación, ¿corrió riesgos, sufrió alguna amenaza?
JJE: No quiero ser grosero, pero de ese tema no me gusta hablar. Aquí hay muchos “héroes periodistas”, y yo no quiero ser uno de ellos. Quiero ser un simple tecleador.
Lo que sí te digo es que, por los lamentables incidentes que han ocurrido, para cualquier reportero es peligroso cubrir el narcotráfico, pero que es igual de peligroso cubrir a los políticos corruptos que también han mandado cometer delitos contra los que nos dedicamos a esto de la tecla. Pero en lo personal no me gusta decir ese tipo de cosas: ya hay muchas anabeles y sanjuanas.

*Entrevista publicada en Replicante.