sábado, agosto 01, 2015

La política del hambre. Entrevista con Martín Caparrós




La política del hambre
Entrevista con Martín Caparrós*
Por Ariel Ruiz Mondragón

En un reporte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), fechado en septiembre de 2014, se informó que 805 millones de personas todavía sufren subalimentación crónica, que significan 100 millones menos que la década anterior. Son seres humanos que a diario tienen que enfrentar la carencia de alimentos en su mesa, muchas veces sin éxito: cada día mueren 25 mil personas por causas relacionadas con el hambre. Lo perverso es que, al mismo tiempo, gracias a los avances técnicos y tecnológicos, la agricultura mundial puede alimentar a 12 mil millones de personas, casi el doble de la población actual.
El estado actual de ese problema es tratado por Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) en su más reciente libro, El hambre (México, Planeta, 2014), una suerte de gran reportaje de 600 páginas en las que el autor no sólo relata las dramáticas vivencias cotidianas de personas a las que les falta alimento, sino que intenta comprender y explicar las diversas aristas de ese problema mundial.
Para realizar su investigación el escritor y periodista argentino viajó por Níger (“comer la bola de mijo todos los días es vivir a pan y agua. Pasar hambre”), India (“el décimo país más rico del mundo —y el primero en cantidad de desnutridos”), Bangladesh (“Hijos de madres malnutridas, cada año 110.000 bebés se mueren cuando nacen: uno cada cinco minutos”), Estados Unidos (“el hambre Usa (sic) consiste en eso: no en no tener comida; en no tener la propiedad —el derecho a disponer como te plazca— de esa comida”), Argentina (país en el que miles de sus habitantes están condenados a revolver basura para buscar comida), Sudán del Sur (“un país que no tiene, por ahora, más de cien kilómetros de asfalto, que no tiene tendido de electricidad, que no tiene agua corriente ni cloacas”) y Madagascar (donde grandes inversionistas acaparan las tierras productivas a costa de las comunidades).
De esa forma, el amplio recorrido de Caparrós lo llevó desde pequeñas comunidades agrarias miserables, pasando por las villamiserias y basureros donde apenas se sortea el hambre, hasta la Bolsa de Chicago, en donde se hace dinero, mucho dinero (y se decide el destino de miles de personas) con la especulación en el negocio de los alimentos.
Sobre las causas del hambre, Caparrós destaca en su libro que la falta de comida ya no es una de ellas: “El mundo produce más comida que la que necesitan sus habitantes; todos sabemos quiénes no tienen suficiente; mandarles lo que necesitan puede ser cuestión de horas.
“Esto es lo que hace que el hambre actual sea, de algún modo, más brutal, más horrible que el (sic) de hace cien años o mil años”.
Y remata: “Más que nunca, no comer es la consecuencia de un mercado mundial que dirige, concentra, excluye: hambrea”.

Sobre ese libro conversamos con Caparrós, quien es licenciado en Historia por La Sorbona; ha dirigido publicaciones como El Porteño, Babel, Página/30 y Cuisine & Vins, además de que ha colaborado en medios como The New York Times, Le Monde, El País y Le Nouvel Observateur. Ha publicado 25 libros y que ha recibido los premios Internacional de Periodismo Rey de España (1992), Planeta Latinoamérica (2004), Herralde de Novela (2011) y en dos ocasiones el Konex (2004 y 2014).






Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir hoy un libro como el suyo? Usted dice en las primeras páginas que “es un fracaso” sobre el “mayor fracaso del género humano”, y más adelante afirma que de parte suya hubo falta de valentía e incluso llega a hablar de cobardía.
Martín Caparrós (MC): Quizás tiene que ver con la frase que puse al empezar el libro: “Inténtalo de nuevo y fracasa mejor”. Estoy a favor de esa idea, que trato de desarrollar al final: lo que vale la pena es intentar las cosas sin que tengas ninguna garantía de que vayas a conseguir el resultado. A veces se obtiene, a veces no, pero no hay que depender del resultado sino hacer las cosas que uno cree que no puede dejar de hacer porque se sentiría peor si no las hiciera. Y este libro, obviamente, era un problema del tamaño de 900 millones de personas que no comen. Imagínese qué importancia puede tener un libro que yo publique sobre eso.
Sin embargo, sabiendo que es una pequeñísima gota de tinta en el mar, lo quiero hacer porque me importa haberlo hecho. Me importa intentarlo aunque sea para fracasar.

AR: ¿Qué cobertura le han dado los medios de comunicación a este problema? Recuerda que en la Inglaterra del siglo XIX Friedrich Engels y a William Stead sí le dieron relevancia. Pero también destaca que, por ejemplo, los diarios lo abordan cuando se trata de desastres espectaculares como las hambrunas. Pero la lucha cotidiana de la gente más pobre que está luchando por apenas sobrevivir no aparece en los periódicos.
MC: Lo que pasa es que en el siglo XIX los hambrientos formaban parte de las sociedades más ricas: había hambre en Inglaterra, por ejemplo, después de la Revolución Industrial, cuando era la sociedad más rica de su tiempo. Los obreros no siempre conseguían comida suficiente, como cuenta Engels en ese texto sobre las clases laboriosas en ese país.
La diferencia es que ahora, en general, los hambrientos están tan perfectamente excluidos que ya no forman parte de nuestro paisaje cotidiano ni son una amenaza directa. Están fuera; están, si acaso, en las periferias de las grandes ciudades o en zonas rurales alejadas. Aunque estén a 100 kilómetros de aquí, ya no están incluidos dentro del aparato productivo.
Es mucho más fácil cerrar los ojos a esos excluidos, no contar sus historias y no hacerles caso. El mecanismo más habitual de este problema no es la explosión de la hambruna, cuando miles de personas se quedan súbitamente sin nada de comer, sino esta hambre sostenida y silenciosa que dura vidas y generaciones, y que mata porque produce cuerpos tan debilitados que cualquier enfermedad que a otra persona no le haría nada, a alguien que sí está desnutrido le resulta fatal. Esto es muy poco espectacular, y entre esto y el hecho de que quienes lo sufren están excluidos de nuestras sociedades, pues los medios muy cómodamente pueden no ocuparse del asunto.

AR: Usted viajó por lugares muy pobres del mundo. ¿Cuáles fueron los riesgos que usted corrió al hacer esta investigación? Usted cuenta en el libro cuando estuvo enfermo en Níger, cuando estuvo en peligro de ser agredido en los basureros de Argentina, un terremoto en Bangladesh, por ejemplo.
MC: Fueron riesgos infinitamente menores que los que corre todos los días cualquiera de las personas que me contaron su historia. Son riesgos muy controlados, aunque, obviamente, todo puede salir mal de pronto y puedes joderte, como también te puede salir mal usar la avenida Revolución.
Pero no es importante el tema de los riesgos, al menos a mí no me lo resulta. No creo que un trabajo periodístico sea mejor o peor porque el que lo hace corre riesgos; me parece que es mejor o peor si consigue contar lo que quiere contar, si consigue entender lo que quiere entender. Los riesgos no tienen ningún mérito.

AR: Hay un dato que usted menciona que es relevante: los alimentos sólo ocupan el 6 por ciento de la economía mundial, 10 veces menos que los servicios, pero de aquellos depende el resto de la economía. ¿Por qué se le da tan poca atención si es la estructura de todo lo demás?
MC: Es una explicación compleja porque lo que pasa es que, en general, los productores de alimentos suelen no ser los países más ricos, o no son los sectores ricos de los países más ricos. Llevamos unos cuantos años, 30 o 40, en los que los precios de los alimentos habían bajado mucho porque se producía mucho, más que nunca. Entonces dejó de ser atractivo para los grandes capitalistas invertir en ellos, y prefirieron invertir en tantas otras cosas, que, además, efectivamente producen beneficios mucho más importantes: industrias de punta, servicios, bancos, especulación.
La producción de alimentos es modesta en cuanto a sus retornos, pero en cualquier caso esa tendencia cambió porque ahora está la idea relativamente nueva de que no va a ser fácil expandirla más y por lo tanto ha llegado a una especie de techo, y eso ha hecho crecer bastante los precios. Entonces eso ha hecho que vuelva a ser atractivo para grandes capitales este tipo de negocio y, por otro lado, ha hecho que mucha gente no pueda comprar comida porque los precios subieron.
Entonces, aunque últimamente hubo un cambio en cuanto a la consideración que tiene el negocio alimentario en el mundo, sigue siendo una parte menor porque, efectivamente, toda la industria, tanto de grandes máquinas como de tecnologías de punta y demás es mucho más eficaz generando plusvalía.

AR: Usted describe algunos efectos perversos que tuvieron los cambios técnicos y tecnológicos, por ejemplo la Revolución Verde, que llevó a muchos campesinos de los países más pobres a ser todavía más pobres…
MC: Es un doble movimiento: la Revolución Verde consiguió multiplicar la producción agraria por mucho, y gracias a esa mejora técnica ahora el mundo produce más alimentos que los que se necesitan, lo cual no hace que todos tengan los alimentos que requieren porque hay un grado de apropiación de esa riqueza muy fuerte por parte de los más ricos. Pero por primera vez en la historia el mundo produce más alimentos de los que necesita, y eso es un dato muy fuerte.
Al mismo tiempo, la Revolución Verde efectivamente fue usada en muchos lugares para expulsar campesinos, concentrar producciones agrarias de mayor superficie, con más máquinas, menos mano de obra y con más beneficio para las corporaciones que las tienen. Pero esto no es culpa de la técnica sino de todo el mecanismo político y económico que usa esas técnicas.
Creo que lo mismo pasa con las semillas transgénicas, que son muy eficaces para producir alimento, pero cuyo problema grave no es el eventual daño que pueden hacer a los suelos (lo cual tampoco está del todo probado; en última instancia habría que elegir si uno prefiere que el suelo esté dañado o que se mueran millones de personas porque no tienen comida), sino que esa eficacia y ese incremento de la producción no benefician a todo el mundo sino al señor Monsanto o a cualquiera de esas grandes corporaciones.
Entonces, una vez más, el problema no es la técnica sino cómo se usa, quién se beneficia de ella. Eso se constituye, insisto, en un problema político: quién tiene el poder de decir usa esas semillas, que está muy bien, pero no hay ninguna razón para que usted sea el que se lleve todo el beneficio, que pertenecen a todo el conjunto de las personas, y todos tendrán el derecho de plantarlas, a usarlas, a mejorarlas.

AR: Acerca de las entrevistas que usted hizo para el libro, me atrajeron un par de ellas que contrastan por la forma en que abordan el asunto de la producción de alimentos y sus beneficios. Por un lado está Vandana Shiva, quien defiende los cultivos tradicionales y ataca las formas modernas de producción, y por el otro un corredor de Bolsa de Chicago que se dedica a especular (lo cual también ya hacen máquinas electrónicas) con los alimentos y decide desde allí el futuro de miles de personas.
MC: Yo no lo sabía y me impresionó eso de las máquinas que hacen inversiones todo el tiempo y que van ganando grandes cantidades de dinero sólo haciendo operaciones de segundos o milisegundos, lo cual me pareció delirante, la especulación más pura que uno se puede imaginar: no hay ningún objeto ni nada en el medio, sino pura tecnología al servicio de producir dinero con dinero con dinero con dinero...
Son distintos aspectos del asunto, pero a mí me sorprende cómo muchas veces la izquierda se ha vuelto tan conservadora en el sentido de reivindicar tradiciones, como estas agrarias, de viejas formas de cultivo que no alcanzaban para que comiera ni la mitad de la población. En la India la gente se moría de hambre en serio con esas viejas formas tradicionales; entonces, ¿cómo puede ser que ahora las reivindique? No alcanzarían para alimentar pero ni a la mitad de la población de mil 300 millones de personas. Me hizo gracia que encontré esa frase de Marx en la que habla de la India en su época tradicional y dice que es el país más reaccionario del mundo, más autoritario, más esclavista; entonces ese es el tipo de sociedad que cierta izquierda reivindica.
Yo no lo entiendo; creo que hay una especie de reacción frente a los cambios técnicos que los llevan a pensar que todo tiempo pasado fue mejor, cuando se suponía que el papel básico de la izquierda consistía en pensar cómo van a ser mejores los tiempos que vienen, lo que han abandonado en muchos casos.

AR: En el asunto del hambre hay un coctel muy rico y variado, en el cual hay varios aspectos culturales: por ejemplo, usted destaca algunos prejuicios, como el machismo, cierto nacionalismo, la resistencia a la medicina moderna, el respeto a las tradiciones, a la religión. Muchos de sus entrevistados, incluso en la situación desesperada en la que se encuentran, no quieren rebelarse contra el orden imperante…
MC: El hambre es uno de esos focos en el que uno puede pararse y desde allí mirar una cantidad de fenómenos distintos; en este caso parece como más legítimo porque la mayoría de estos fenómenos sociales están atravesados por este problema. Y para retomar solamente algo de lo que decía, está la cuestión de la religiosidad de los hambrientos, que me impresionó mucho. Buscaba ateos y no los encontraba, a ver si alguien me decía “yo no creo en Dios, no creo en nada, yo lo que quiero es conseguir la comida que necesito”, o lo que sea que dijera. Pero no, todos sacaban a relucir algún Dios. Por supuesto, no hay ninguna idea tan bruta como la hindú del karma, en la que el problema es culpa tuya: si te va mal es culpa tuya, porque en una vida anterior pisaste una cucaracha. Pero la verdad eso es como un refinamiento perverso.
Pero no por eso hay que menospreciar la habilidad del islam o de la Iglesia católica para convencerte de que no puedes hacer nada, que tienes que soportar lo que te toca; como decía la Madre Teresa de Calcuta, “qué bonito ver cómo sufren los pobres”, “cómo soportan los pobres su destino”, una cosa así.

AR: ¿Qué relación ha habido entre los regímenes políticos y los países donde hay hambre y donde ha habido hambrunas? Hay ejemplos en el libro: por ejemplo cuando usted recuerda el caso de Ucrania bajo Stalin, El Gran Salto hacia Adelante de Mao Tse-Tung, hasta llegar al Consenso de Washington.
MC: Eso es tremendo, yo no lo tenía tan claro; es otra cosa que descubrí trabajando para este libro: cómo las más grandes catástrofes, las hambrunas del siglo XX, fueron todas causadas por un régimen político autoritario: Stalin en Georgia en los años veinte, Hitler en Europa del Este en los cuarenta, Mao en China a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, caso en los que murieron millones de personas.
A mí siempre me incomodó esa idea de asimilar Stalin a Hitler o a Mao, pero en esto hay que reconocer que los efectos que produjeron son muy parecidos, y entre los tres se llevan el podio absoluto de las catástrofes del hambre del siglo XX. Son ejemplos de cómo un gobierno con todo el poder a su disposición puede hacer desastres absolutos.
En cambio, para mirar un poco del otro lado, digo por allí que no estoy para nada de acuerdo con esta idea tan famosa de Amartya Sen de que la forma de evitar el hambre es la democracia. Debería ver que su propio país, la India, es el que tiene más hambrientos del mundo y es, al mismo tiempo, la mayor democracia del mundo. Simplemente comparar dos frases simples sobre su país desmiente esa supuesta genialidad del señor Sen.

AR: Uno de los casos más extraordinarios, bárbaros y salvajes que también recuerdo fue el de los jemeres rojos en Camboya…
MC: También hubo una gran cantidad de muertos, pero como es un país más chiquito no podían competir con China, con la Unión Soviética o con Europa del Este, pero también hicieron lo mismo.

AR: Un caso de los que relata le tocó de manera familiar, que fue el del gueto de Varsovia creado por los nazis. ¿Cómo lo recuerda?
MC: Yo eso lo escuché mucho después; yo nací 16 años después de eso, y mi abuelo, que era el hijo de la bisabuela Gustava, que aparece en el libro, nunca quiso hablar de eso. Es algo que los familiares fuimos reconstruyendo después por distintos medios.
Me impresiona haber tenido una relación de sangre con una de esas grandes hambres del siglo, y también me impresiona mucho la historia que cuento sobre los médicos judíos que sabían que estaban condenados porque estaban en el gueto y que los iban a matar. Aun así, decidieron hacer algo para un futuro que no verían: estudiar a sus pacientes, sabiendo que iba a ser difícil reunir tantos casos sobre desnutrición, para dejar a quienes pudieran retomarlo algún saber que les permitiera trabajar sobre casos semejantes en el futuro. Esto me emociona.

AR: Es una situación desesperante en la que viven 800 millones de personas, pero tras sus viajes y su extenso relato, ¿dónde encuentra la esperanza para resolver este problema?, ¿en dónde encontró humanidad, la que usted reivindica?
MC: En muchos lugares, movimientos que se van apareciendo y que se van juntando; hay algunos que consiguen algo, otros fracasan. Pero una imagen que ahora me viene a la cabeza es la de una chica en un pueblito de Madagascar, en donde una empresa se instaló y les están sacando sus tierras de cultivo. Los hombres tratan de convencerse de que no importa mucho, que, bueno, de todas maneras pasaría, etcétera; ella, que en su condición de mujer no tendría derecho a hablar, los increpa y les dice que si no se dan cuenta de que se van a quedar sin comida y sin agua. Es ella, la mujer, la que tendría que quedarse callada, la que intenta despertar a sus vecinos, a sus amigos.
Una chica como esa es una de tantas personas o situaciones que me dan la esperanza.

AR: ¿Cuál es la relación del hambre con la violencia? Históricamente parece haber una relación con revueltas y revoluciones, que viene cuando menos de la Revolución Francesa hasta la Primavera Árabe. Pero también anota que en su recorrido encontró mucha gente que, a pesar de su situación desesperada, no tenía ninguna intención de rebelarse y que más bien acepta el maltrato y el engaño.
MC: Me parece que no siempre las mismas causas producen los mismos efectos; si no, la vida de las sociedades sería tan mecánica como el ascensor que sube y baja. En muchos casos la gente que tiene hambre sufre, al mismo tiempo, una especie de recorte de sus posibilidades que le impide imaginarse de otra manera, pensar cómo hacer para salir de esa situación, porque, entre otras cosas, junto con el hambre viene muy fuerte el discurso de que la única solución es que traigan una bolsa de granos, que no hay solución fuera de eso.
Pero de vez en cuando ese malestar difuso llega a una especie de masa crítica que cristaliza este tipo de revueltas. Muchas veces tampoco llegan a nada después, son simplemente una revuelta, una explosión de cólera que a veces hasta voltea un gobierno pero no es capaz de construir otro. Pero a veces sí; es como una acumulación de efectos que de vez en cuando llegan al punto en el que realmente cambian algo. Muchas veces no llegan a ese punto: fracasar de nuevo, fracasar mejor.

AR: Es interesante la crítica que usted hace al final del libro: estamos viviendo en un mundo en el que ya no hay proyectos y lo único que tenemos es la defensiva: los indignados, la antiglobalización. Usted plantea que ya hay que pasar de la defensa al ataque, y para hacerlo hay que tener propuestas, un proyecto. ¿Qué ideas, por vagas y preliminares, pueden comenzar a dar forma a ese proyecto?
MC: No lo sé suficientemente. Digo al final del libro que a mí me gustaría buscar una forma moral de la economía, que produzca una distribución mayor de los bienes y del poder, pero que no sabemos cuál es la forma política que acompañaría o sustentaría esta forma de la economía.
Creo, a muy grandes rasgos, que eso tiene que relacionarse con la idea de la distribución del poder, y que hay formas que avanzan cada vez más para hacerlo. Estos sistemas de delegación llamados democracia tenían todo su sentido hace 100 años, cuando consultar las voluntades populares era muy complicado, y entonces había que hacerlo cada tanto y producir delegados que supuestamente las llevaran a cabo pero que nunca lo hacían. Ya no hay ninguna razón para que esto sea así, porque estamos en condiciones técnicas de autogobernarnos de algún modo, de tener delegados que consulten cada una de sus decisiones importantes, por supuesto.
Creo que esa sería la tendencia que me gustaría encontrar: formas en que el poder se disemine y todos pudiéramos ejercer nuestra parte de poder en vez de entregárselo a un sector pequeño de hombres fuertes económica y políticamente.

AR: Justamente al final del libro hay un par de ideas que usted desarrolla para intentar resolver el hambre: la vanguardia y la rebeldía. ¿Qué significado les atribuye hoy?
MC: Hace muchos años hice una crítica muy intensa a la idea de vanguardia, de que hay un grupo que supuestamente sabe más que los demás qué es lo que todos necesitan. Es una idea que me parece que fue muy dañina durante todos los procesos de rebeldía de la última parte del siglo XX, porque en general lo que hizo fue terminar en este tipo de regímenes muy autoritarios, de los que creían que sabían lo que había que hacer y hacían que todos hicieran lo que ellos creían.
Fui parte de eso y fui muy crítico, pero al mismo tiempo me pregunto (y esa es mi perplejidad actual, por eso tengo más preguntas que respuestas) que si por definición la mayoría piensa lo que está aceptado (y lo aceptado es esto que vivimos), cómo se hace para cambiar esas ideas si no es porque hay un pequeño sector de inadaptados que quieren pensar distinto. Y eso es lo que llamábamos “vanguardia”: ese sector de inadaptados que buscaba más allá.
El desafío, entonces, como digo en el libro, sería encontrar alguna forma de aceptar que pensar distinto no te da derecho al poder, no te da derecho de conducir a nadie. Si acaso a proponer, pero no a mandar.
No es fácil porque, en general, es difícil declinar el poder cuando uno cree que tiene algún derecho a tenerlo. Pero sería una de las premisas básicas para poder pensar en forma distinta los cambios políticos.

*Entrevista publicada en Este País, num. 287, marzo de 2015.

viernes, julio 17, 2015

México: la frontera entre el miedo y la esperanza. Entrevista con Alfredo Corchado





México: la frontera entre el miedo y la esperanza
Entrevista con Alfredo Corchado*
Ariel Ruiz Mondragón
Por múltiples razones muchos mexicanos han tenido que abandonar su país e ir a buscar un mejor horizonte de vida en Estados Unidos, el que les ha negado su propio país. Así ocurrió con la familia del periodista Alfredo Corchado, originario de San Luis de Cordero, Durango, cuyo padre trabajaba en los años sesenta en California en los campos de algodón y de tomate.
Tras una tragedia familiar, su madre decidió que su familia tomara el camino rumbo al norte: “Tengo que darles a ti y tus hermanos una oportunidad real de triunfar en la vida. Tengo que darles una vida de oportunidades que yo nunca tuve”, recuerda Corchado en su libro Medianoche en México. El descenso de un periodista a las tinieblas de su país (México, Debate, 2013).
El periodista se educó en Estados Unidos y posteriormente regresó a nuestro país para hacer la cobertura de diversos hechos para la prensa norteamericana, especialmente a partir de 1994. Sobre ellos escribió: “Yo estaba decidido a no enfocarme en el narco ni el crimen sino de escribir de otros temas de la vida real: inmigración, educación, economía, entretenimiento. Trataría de acercar a mis dos países. Pero sin darnos cuenta, todos nos habíamos vuelto reporteros de la nota roja, como le dicen en México”.
En su libro —en el que amalgama su historia familiar con el relato de la trama política del crimen organizado en México— el autor recrea el periodo en el que vivió bajo la amenaza permanente de grupos delictivos debido a su trabajo periodístico, en especial por una nota de 2007 en la que denunciaba un pacto de paz entre las autoridades mexicanas y cárteles del narcotráfico. El libro concluye cuando dio la noticia de la aprehensión de Miguel Ángel Treviño Morales, El Z-40, quien sería el principal responsable de los amagos en su contra.
Replicante platicó sobre el libro con Corchado, quien egresó de la Universidad de Texas en El Paso en 1987. Posteriormente ha trabajado para el Dallas Morning News, El Paso Herald-Post y The Wall Street Journal. Ha recibido varios premios por su labor, entre los que destacan el Maria Moors Cabot de la Universidad de Columbia, y el Elijah Parrish Lovejoy por la Universidad de Colby.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro como el suyo? ¿Por qué estas historias bajo la advertencia de su padre y los reclamos de sus hermanos? ¿Por qué no reportear mejor turismo, como varias personas se lo sugirieron?
Alfredo Corchado (AC): Tengo 20 años en México como corresponsal. Nací en México, soy nativo de Durango, y para mí los últimos 20 años han sido como tener un asiento en la primera fila de, quizá, los tiempos más turbulentos y transformadores de México.
La pregunta es: ¿podía hacer una historia de dos países como un mexicoamericano (aunque me siento muy mexicano)?, ¿podía ayudar a los norteamericanos a entender lo que está pasando en México y hacia dónde va?
Era una manera de sanar, quizá como terapia. Siempre estás entre la esperanza y el miedo; para mí es como ser un migrante más que se fue a otro país. Es el poema de lo trágico y bello de mi México, de nuestro México, de lo bueno y lo malo.
Entonces todo fue un proceso para entenderme a mí pero también para comprender a mi país.

AR: El libro nos presenta un juego muy interesante: cómo relaciona su historia familiar con la historia de México, la de este país que vive “entre la esperanza y el miedo”. ¿Qué problemas y qué posibilidades le abrió este juego para narrar su historia?
AC: Cuando me pidieron el libro, una cosa que les dije fue: “No quiero escribir otro libro sobre el narco”. Se me hacía que el narco no da la altura de lo que es México, y qué mejor que escribir sobre mi familia, la que de alguna manera representa al mexicano que se fue pero que nunca se ha ido porque sigue añorando, sigue con la nostalgia, continúa queriendo y adorando a su país.
Y también creo en la esperanza de que podemos ser mejores como mexicanos, de que no es necesariamente cosa de la cultura o solamente de nuestra historia, sino de que somos una gente todavía en pie de lucha. A pesar de lo que ha pasado, creo que hemos vivido los peores momentos de México, pero también que a través de lo malo, de lo negro, también hemos visto lo mejor de México, y eso, de manera muy personal, lo veo en mi familia, en mis padres. Mi papá, que se fue de bracero, con 25 centavos en la bolsa, con el tiempo pudo tener su propia casa, su propio negocio; mi mamá sacrificó todo lo que adoraba de su país por darnos una vida mejor. Para mí eso es parte del espíritu mexicano.
El narco, el crimen organizado, es el telón de fondo; pero para mí esto siempre ha sido como una historia de familia, una historia de amor, de cómo nos reinventamos como migrantes en la frontera, ni aquí ni allá. Estamos así: constantemente reinventando quiénes somos.

AR: Eso es muy interesante: usted nació en Durango pero se fue muy joven a Estados Unidos. En su labor profesional ¿cómo diría que se expresan esas dos identidades? En el libro dice que es corresponsal extranjero en México, pero también le dicen que se ve muy mexicano. ¿Qué ocurre con esto cuando dice que en nuestro país hay un antinorteamericanismo tan acendrado?
AC: Yo creo que de niño siempre estaba a la búsqueda de la identidad. Obviamente, después de tantos años en Estados Unidos el reto es mantener el lenguaje; cualquier persona en esas condiciones va a perder un poco del lenguaje. Pero yo siempre estaba obsesionado por tratar de recuperar algo que me quitaron. El libro es, de alguna manera, tratar de buscar la identidad de quiénes somos.
Cuando te das cuenta, a través de la escritura de este libro, de que ahora somos 35 millones de mexicanos en Estados Unidos, y que quizá ya no tenemos que buscar lo que es nuestro, nuestra casa, nuestro hogar, sino que hay un México aquí y un México allá. Es algo que he visto en los mexicanos allá: ya son no tan nacionalistas como cuando llegué, ni yo tan idealista o quizá con tanta nostalgia. Como que ya es uno mucho más real aquí y allá, y somos un México, tanto aquí como allá, que está tratando de encontrar nuestro poder político en ambos lados de la frontera.

AR: Expone una inquietud, que es que finalmente buena parte del futuro se comparte entre los dos países…
AC: Es buen punto porque quizá lo que más me ha marcado a mí es el hecho de haberme quedado en la frontera, haberme criado en El Paso, Texas, y ver cómo uno vive en una ciudad que es una de las más seguras no sólo en Estados Unidos sino en el mundo, y estás al lado de Ciudad Juárez, que es la ciudad más violenta de México y de Latinoamérica —y hay gente que dice que del mundo, aunque no lo creo—. Pero esa es la paradoja de que estás entre dos mundos, pero también es como un espejo y una reflexión de quiénes somos y quiénes podemos ser.
Hay una muchacha que entrevisté en Ciudad Juárez que me decía: “Podemos ser mejores; allá está el ejemplo”. No significa necesariamente que el mexicano quiera ser como el gringo, pero también podemos ser un país mucho más tranquilo, donde el Estado de derecho sirva, que pueda jugar un papel muy importante para el futuro de México.
No todo es culpa del gringo; claro, hay una demanda impresionante de droga, y hay armas que mandan de allá para acá que no se deben enviar, no es justo. Pero a través de los años cubriendo este país he conocido bastantes mexicanos, y la situación es mucho más compleja que culpar siempre al norteño; también nosotros tenemos que construir nuestro propio país. Creo que vivir en la frontera te hace reflexionar sobre eso.

AR: El libro comienza y termina con una amenaza de muerte de El Z-40 contra usted. ¿Cómo ha determinado esta situación su trabajo? Hay una parte en donde dice: “Otra vez me había acercado demasiado a la noticia”. Relata otros peligros que ha pasado, como un abuso policiaco, un intento de secuestro y diversas amenazas. ¿Cómo se trabaja así?
AC: Creo que por el hecho de que el crimen organizado nunca ha sido mi pasión —porque a mí me han importado otros temas, como la relación bilateral, la migración, la música y el arte de México, me encantaba cubrir Cuba— no entendía yo lo profundo del problema del narco, y quizás fue por ser tan ingenuo que no marqué mis límites como reportero, de lo que debo y no debo hacer. Por ejemplo, el cubrir Ciudad Juárez y poder identificar que había un grupo que se llamaba La Línea; en ese tiempo hubo gente que me dijo “esa es invención tuya, no hay tal cosa”, y años después se dieron cuenta de que sí la había.
Pero por no entender lo noticioso del momento y cubrirlo me podía dar cuenta después de que quizá mi mamá tenía razón de que había un motivo de por qué había sacrificado todo para, en mi caso, darme un futuro mejor.
Entonces gran parte del libro es este debate entre mamá e hijo, y ver que mi madre vivió una etapa muy diferente, cuando sí pude experimentar los privilegios de México. Pero luego tuvo que sacarnos, y luego regresé y me di cuenta de que estaba poniendo mi vida en riesgo, de que vivía entre el miedo y la esperanza, lo que a final de cuentas me llevó a decir “quizá mi mamá tiene razón”.

AR: Señala que uno de los tres momentos definitivos que vivió acá fue la llegada al poder de Vicente Fox en el año 2000. ¿Cuáles son los resultados y las consecuencias de este proceso democratizador en los temas que aborda, especialmente el narcotráfico y la seguridad? Hay varias opiniones que recoge y que son muy críticas.
AC: Lo han dicho muchos reporteros y analistas mexicanos, pero yo creo que el vacío de poder que dejó la llegada de la democracia a México, ya que el poder por mucho tiempo estuvo centralizado ya sea a través del PRI o del DF, de Los Pinos, etcétera. Era un poder muy centralizado, y fue después del 2000 que entre mientras más débil se volvía el PRI más veías subir lo malo. Pienso que esto empezó en la época del presidente Ernesto Zedillo, cuando empieza a haber el miedo que empezó aquí, en la Ciudad de México, y luego se extendió a otras partes del país.
Pero fue muy evidente después de que entró Fox; me acuerdo que estaba en Nuevo Laredo creo que en 2004 o 2005, y había pleitos entre narcos, con metralletas, con pistolas muy poderosas, y muchos se preguntaban: “¿Y dónde está el gobierno para controlar?”. Veías cómo llegaba el control del narco a municipios, a cuerpos policiacos, a tus colegas periodistas; o sea, ya no era de plata o plomo, era “yo soy el que controla toda esta región y ya”. Ya no había opción, y eso fue en gran parte resultado de la democracia; aunque hay cosas buenas, creo que eso fue lo más negro que vimos.

AR: Me gustaría que ejemplificara con Ciudad Juárez porque, como relata en el libro, en los años ochenta vio una “revolución popular en Juárez”, la elección de gobernador de Chihuahua en la que participó Francisco Barrio en 1986. Sin embargo, 20 años después más bien relata los horrores que allí ha habido, desde las mujeres asesinadas hasta el multihomicidio de Villas de Salvárcar. ¿Qué pasó con aquella esperanza en esa ciudad y ese estado, al que llega a llamar “el laboratorio de la democracia”?
AC: Creo que Juárez refleja mucho el país. Creo que es casi imposible como reportero estar cerca de gente con tanta esperanza, con tanto entusiasmo, con tantos sueños y no poder reflejar eso en lo que uno siente. Pienso que en aquellos momentos había tanto idealismo en Ciudad Juárez acerca de lo que un cambio representa, que a final de cuentas yo creo que también, como ha ocurrido en México, los demonios andaban sueltos.
Pero te digo: Ciudad Juárez quizá sea el peor ejemplo de México, pero también para mí ha sido lo mejor del país porque ves cómo la gente se ha levantado y sigue en pie de lucha. Lo de Villas de Salvárcar creo que a todos nos marcó: fue un punto muy clave en la ciudad y en el país. Muchas personas que perdieron a sus hijos en ese hecho tuvieron la opción de buscar asilo político en El Paso, en Estados Unidos, e incluso hubo gente que lo intentó y pasó la frontera pero que después de reflexionar dijo: “¿Sabes qué? Mejor nos quedamos en México, y con la sangre de nuestros hijos vamos a formar comunidad”.
Hoy Juárez no es perfecto, le falta muchísimo pero ha mejorado bastante. En gran parte hay un debate si es por un pacto que hicieron los narcos o si la sociedad civil de veras ha cambiado; yo creo que ha sido por ambas cosas. Lo veo en la ciudad: veo gente muy comprometida a pesar de los horrores, de las decepciones, del miedo. Sigue allí, en pie de lucha.

AR: Hay otra parte del libro, cuando viene la amenaza que refiere: la medianoche en México, donde justifica el título del libro, cuando sentía que el país le había traicionado. ¿Por qué sentía esto?
AC: Por lo que hablábamos: quizás la influencia norteamericana, la mentalidad gringa que me llevó a la idea de que si México llegaba a una democracia va a ser un país mucho mejor. Quizá a largo plazo lo sea, pero en ese momento me sentí traicionado no solamente por México sino por mí mismo por pensar así, por llegar a esa mentalidad. Y lo digo: hay momentos en que maldigo mi idealismo norteamericano, mi mentalidad gringa, y me hace reflexionar de que no todo pasa de esta manera. Son historias y situaciones muy diferentes.

AR: Quiero volver al aspecto profesional: cuenta varios asuntos, entre ellos, al final, la captura del Z-40 que le reveló su contacto en Estados Unidos y que tuvo que verificar con otras fuentes. ¿Cómo se verifica la información en este contexto de mentiras, filtraciones y manipulaciones? Por allí le dice Ángela: “¿Cómo vas a seguir una historia, cómo esperas llegar a la verdad si no puedes confiar en nadie?”.
AC: Preguntar como reportero y seguir preguntando, tener confianza y tener fe en lo que sientes, en lo que sabes, así como tener fuentes en ambos lados de la frontera. Para mí ha sido clave tener fuentes en Washington, en el Distrito Federal, en la frontera, pero también en ambos gobiernos y seguir checando la información.
Llega un momento —y siempre sucede cuando uno cubre este tema— en que desconfías de ti mismo, de quien te da información, pero al final de cuentas tienes que creer en tus instintos periodísticos y seguir preguntando porque siempre va a haber dudas.
No creo que haya una verdad definitiva, pero siempre estás buscando esa luz que te lleve hacia las respuestas que uno también tiene como reportero.
Te lo voy a decir: Ángela tiene toda la razón.

AR: Y tiene otra clase de contactos, como La Paisana…
AC: Fíjate que eso es clave, porque creo que el hecho de haberme criado en El Paso, en la frontera con Ciudad Juárez, me ayudó mucho como reportero porque hubo fuentes que conocía yo desde hacía años y que a final de cuentas me ayudaron después cuando lo necesité. Pero también entendí el mundo de tinieblas, de fantasmas que es, y fue por eso que les prometí a mis padres que nunca iba a cubrir el narco, porque era algo que nunca llegas a entender totalmente y siempre en el que la motivación es el dinero.
Pero gracias a gente como La Paisana o informantes como ella pude entender que pude quizá medir mis pasos mucho más cuidadosamente de lo que antes pensaba.

AR: Otra parte interesante del libro es el reclamo que hizo al investigador de Estados Unidos en el sentido de que lo usó, y su respuestas fue que usted también lo usó a él. ¿Cómo utilizan los diversos bandos (policías, bandas, etcétera) a la prensa? Hace un rato mencionaba que hay periodistas metidos en el narcotráfico.
AC: Al final de cuentas es una guerra de información: quien tiene la mejor información puede tener la ventaja contra su rival, y la prensa puede desempeñar en ello un papel muy importante. Hay reporteros mexicanos con una valentía increíble; yo creo que lo poco que he aprendido ha sido de mis colegas que de veras no tienen protección en México. Hay gente que se la juega; yo, en cambio, tengo la opción de subirme al avión e irme fuera del país. Pero aprendes de tus colegas, y también aprendes de lo malo que hay entre ellos. Imagínate vivir en una oficina donde no puedes confiar completamente en todos tus colegas porque algunos de ellos están vendidos o están promoviendo a un cártel contra otro. Es una realidad que a mí me costó mucho trabajo entender: que había y hay cárteles que utilizan a reporteros como voceros. Eso da escalofrío.

AR: En el libro expone cómo se mandan mensajes a través de la prensa. Después de la transición democrática, ¿cuáles son los márgenes de la libertad de prensa en México? Ramón, de El Mañana, dice que “con el PRI estábamos censurados pero teníamos suficiente libertad para creernos que estábamos practicando periodismo de verdad”. ¿Se ha avanzado en ello con la transición política?
AC: Es muy interesante Nuevo Laredo y todo Tamaulipas, porque en las últimas elecciones a mí me impresionó mucho el hecho de que ciudades como Nuevo Laredo, quizá Ciudad Alemán y otras en la frontera cambiaron de partido, del PRI al PAN. Hablé después con Ramón después, y le dije: “¿Qué representa esto para Tamaulipas, para la creencia en la democracia?”. Y me decía (cuando hablamos de esto fue hace un año, más o menos): “Mira, la gente ya está harta de la censura; estamos hartos de vivir bajo el control, y quizá es tiempo de cambiar de partido, a ver si esto cambia la situación”. Nosotros ya pasamos ese proceso en 1986, en los noventa con el cambio en la Ciudad de México y en 2000 con la llegada de Fox, pero hay gente que aún cree que quizá un cambio de partido puede cambiar la situación.
Para mí eso es impresionante, y nuevamente dice muchísimo del mexicano el tratar de crear competencia política entre partidos. Eso también refleja mucho a la sociedad civil. El hecho de que no tengan miedo de votar a otro partido yo creo que dice muchísimo del mexicano que se la está jugando.
Lo último que tengo de El Mañana es que estaban tratando de, poco a poco, dejar la censura, de reintegrarse a la sociedad, como dicen ellos, y poder reportar en los noticieros de Nuevo Laredo. También eso nos da un poco de esperanza como periodistas.

AR: En las historias que relata hay aspectos muy oscuros; pero ¿dónde encuentra la esperanza de México? ¿Por ejemplo, en los padres a los que les mataron a sus hijos en Ciudad Juárez y se quedaron a construir comunidad?
AC: Creo que hay muchos lugares como Ciudad Juárez: en Coahuila, en Nuevo Laredo, en la Ciudad de México. Yo creo que lo importante es ver cómo en muchas comunidades están dejando el paternalismo, el de “el partido todo resuelve” y están exigiendo cuentas.
También en mis colegas periodistas, el hecho de que cuestionan, preguntan; ya no es como cuando llegué a México hace 20 años, de que lo que decía la versión oficial era la verdad. Ahora hay periodistas que siguen cuestionando a la autoridad; los medios sociales, Twitter, veo Milenio, Reforma o El Universal, y traen un video de un oficial haciendo algo malo, y mientras más expones eso, mejor.

AR: Es lo que hizo usted, como relata en el libro…
AC: Exacto, y no funciona en todos los casos: con mi amigo Samuel tenía mucho miedo; pero digo, ves esto y te sigue dando esperanza.

AR: ¿Cómo observan los medios de Estados Unidos el problema del narcotráfico en México?
AC: Yo creo que durante mucho tiempo entre los norteamericanos había poco interés, mucha apatía. Pero con el paso de los años, por ejemplo, yo creo que en el norte de Texas las personas están mucho más informadas del peligro que el narcotráfico es no sólo para México sino también para ellas. Pero creo que tenemos que hacer algo que no hemos hecho bien como corresponsales en Estados Unidos: no hemos explicado bien las estructuras de cómo funciona el narco en ese país. Nos hemos dedicado quizá demasiado a México, y obviamente una ciudad como Dallas tiene más drogadictos, muchas más armas, mucha más demanda para la droga, pero no hay las consecuencias que hemos visto en México; por ejemplo, no hemos visto cabezas en las autopistas. Pero eso nos deja un espacio mucho más grande para tratar de explicar cómo es que funciona el narco allá, quiénes son los líderes, cómo se conecta un cártel de Sinaloa con el de Chicago. Poco a poco estamos sacando más información, pero creo que nos falta mucho más para educar a la población norteamericana.

*Entrevista publicada en Replicante, 3 de enero de 2015.