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lunes, agosto 24, 2015

Sexo con humor. Entrevista con Antonio Garci




Sexo con humor
Entrevista con Antonio Garci*
Por Ariel Ruiz Mondragón
Una de las obsesiones humanas, pese a ser una actividad que no ha dejado de ser censurada y estigmatizada, es el sexo. Se trata de un tema que ha sido abordado de muy diversas formas, estudiado desde distintas disciplinas y expresado por las artes.
Ahora, aprovechando el impulso que al tema le han dado un libro y una película de moda, Antonio Garci lanza su cuarto a espadas en su libro Las 50 sobras de Garci. El sexo nunca había sido tan divertido (México, Diana, 2015), una suerte de novela en la que se da paso a diversas anécdotas de la historia de la sexualidad. La conclusión: no hay sexo sin humor.
Sobre tan espinoso y placentero asunto Etcétera conversó con Garci, quien estudió Comunicación Gráfica e Historia del Arte en la UNAM. Ha sido guionista y autor de una decena de libros, además de que ha colaborado en medios como El Financiero, La Revista de El Universal, Cambio, Maxim y Teleguía. En 1995 ganó el Premio Nacional de Periodismo en la categoría de Caricatura, además de que ha ganado otros como el International Salon of Press Drawings de Porto Alegre, Brasil (1996), el de Caricatura Domingo Pérez Piña, de Campeche, y el de Periodismo de la Asamblea de Representantes del Distrito Federal (1999).

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir hoy un libro sobre el sexo, un tema tan divulgado como controvertido?
Antonio Garci (AG): Justamente por lo mismo: porque está de moda. El asunto de hacer una parodia es que para que sea exitosa tienes que hacerla con algo que sea una gran referencia, que pueda ser conocida por todos. En este caso, Las 50 sobras de Garci son una parodiota de Las 50 sombras de Grey, que es, en parte, en lo que está inspirado mi libro.
La otra fuente de inspiración es una nota que le dio la vuelta al mundo: la historia de un líder del PRI en el Distrito Federal que había montado una red de prostitución con dinero público, y que en lugar de ser proxeneta era prixineta.
Esas dos fuentes son las que me inspiraron, aunque la obra finalmente termina siendo otra cosa.
La estructura está hecha así: como en Las mil y una noches, hay una chica que es una de las edecanes del partido (que es una cosa que se parece mucho al PRI pero que no es el PRI sino como un PRI de similares). Llega al Ministerio Público (MP) porque tienen que hacer una denuncia todas las muchachas después de que se descubre todo, pero ella está exactamente en contra de todo lo que dicen las demás. Ella, como Scherezada, empieza a contarle al MP algunas de las hazañas que tuvo que hacer con el señor G, que es el que la contrataba, que la instruyó y la formó. Se llama Rosa Mesa Alegre.
Cada una de esas hazañas da pie a otra parte del libro que es diferente: una pequeña monografía contada con humor sobre casos muy raros, locochones, extraños, freaks del sexo. Entonces, quien se engancha en la historia de folletín y en la parodia mala leche de Las 50 sombras de Grey allí tiene para entretenerse bien. Quien quiera los datos duros o una cosa más científica como por el morbo de “ay, no es posible que esto sí haya pasado”, tiene las fichas para entretenerse. Además, a quien le aburra cualquiera de las dos cosas, el libro está lleno de caricaturas, y puede ver un montón de monos de sexo, lo que siempre es muy divertido.

AR: En esta suerte de novela vinculas dos temas aparentemente muy distintos: Las 50 sombras de Grey y el affaire de Cuauhtémoc Gutiérrez. ¿Cómo hiciste esta amalgama tan rara?
AG: Estoy muy contento con la mezcla porque tiene como un swing diferente: por un lado, la posibilidad de hacer una historia paralela le da al lector mucho más suspenso, y, además, quienes quieran el relajo de la novela van a irse allí. Creo que están bien complementados porque de repente paso de la ensoñación de la novela y de los chistes de situación a los datos duros sobre temas bastante raros sobre el sexo —y mira que me faltaron un montón porque de esos no te la acabas.
Entonces era padre: intercalar esos temas en los capítulos novelados, porque estos me daban pie para entrar sabroso al tema. Me pareció que es un poco la lectura que puedes tener con los hipertextos de internet, que de repente tienes una palabra a la que le puedes picar y que te amplía mucho la información. Eso es, más o menos, lo que ocurre en el libro.
A mí me gustó mucho experimentar con este formato, y si tengo oportunidad yo creo que lo voy a volver a usar porque está muy chido.

AR: Ya que eres un estudioso del sexo, ¿por qué crees que siga tan estigmatizado si, como dices allí, tiene una historia de 390 millones de años, desde los placodermos?
AG: ¿Cómo es posible que no haya pasado de moda? En el libro comento un poco lo que es la historia jurídica de la sexualidad, que es quizá el tema más importante de toda la obra, porque además todo ocurre en un MP. El sexo, como cualquier otra actividad que hacemos, está regulado por leyes, y hay las que lo promueven, lo limitan o de plano lo prohíben, dependiendo de la época. Justamente el libro hace referencia a la historia de la sexualidad de la humanidad desde muchas culturas: aborígenes de Australia, cómo le ponían en el México prehispánico, la tradición cristiana mediterránea —que es de la que abreva nuestra cultura— y un montón de otros pueblos. Lo que es un hecho es que nunca pasará de moda.
Por otro lado, nuestra especie es la más sexual de todas las que existen. Nosotros básicamente podemos tener relaciones sexuales con quien sea y cuando sea, y eso es algo que no tiene ningún otro animal, que tiene que esperarse a una época y ciertas condiciones para que se dé un apareamiento; si no, nada. Para nosotros no hay tal.

AR: Le dedicas un capítulo  a los ritos de iniciación sexual. ¿Cuál te llamó más la atención?
AG: Algunos que practicaban en el norte de México. Los frailes evangelizadores decían que los naturales de las Californias eran los más sencillos salvajes, simples y silvestres de estas tierras. Tenían un juego que era una especie de “las trais” pero con final feliz. Cuando veían que los chamacos estaban en la edad de la punzada organizaban un juego de correr uno tras otro, y el hombre que lograra pellizcarle un pezón a una mujer la podía considerar su esposa y podía gozar de ella el resto de la noche.
Hay otras complejísimas, como en Nepal, en Katmandú, donde está la diosa Kumari. Es la tradición de los dioses vivientes, y hay personas que encarnan a la divinidad, y los reyes mismos descendientes directos de Krishna. Kumari es una niña de 12 o 13 años que es escogida y encarna a la diosa durante un año completo. El día en que le toca cambiar de periodo, cuando viene la nueva Kumari, todas las niñas de su generación son desfloradas en una piedra sagrada y ya se les considera mujeres.
Este tipo de transiciones tienen un gran sentido porque ayudan muchísimo a que las personas asuman que han cambiado y que han muerto el niño y la niña que eran y que ahora son hombres y mujeres. Es como el cambio de pantalón corto a pantalón largo, ese tipo de sutilezas que parecen un poco memas pero que sí son importantes.
Hay otro padrísimo: entre los aztecas, para comprobar que su mujer era pura y casta, el macehual la llevaba para que se la cogiera el sacerdote. Este le hacía el amor y ya después decía: “Efectivamente, era virgen. Ya puedes irte con ella”. Esto se parece muchísimo a cualquier trámite que hacemos en México, a cualquier certificación, como la verificación del carro.

AR: Veo que el sexo también es una cuestión de lenguaje. Haces referencia, por ejemplo, al sadomasoquismo, y mencionas que algún diccionario lo define como “práctica”, mientras que el diccionario de la Real Academia Española dice que es una perversión. También comentas el fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) respecto a la palabra “puto”, el cual fue impugnado por la Academia Mexicana de la Lengua. ¿Por qué esas divergencias?
AG: El lenguaje ahora es un gran problema porque desde que las democracias pusieron la moda de lo políticamente correcto ha sido un gran problema decir palabras que antes no tenían mucha bronca, porque como que se vuelven como una carga que te condena.
Ahora la gran censura la ejercen las buenas conciencias liberales. Entonces pasan cosas como con la palabra “puto”, que es la única que está prohibida oficialmente por la SCJN como delito: decir esa palabra es un delito. Si eso no es una censura, no hay otra cosa que lo pueda ser. Te tienes que amparar para poder decirla, si quieres escribir en el baño “puto el que lo lea”, y ya no hablemos de los que dicen “¡eeeeeehhh, puto!” en el estadio porque en México es delito. Que, como con otras muchas leyes, no pase absolutamente nada, es otra cosa.
Pero como bien decían varios escritores y gente que sí utiliza el lenguaje académico: no pueden prohibir la expresión ni la creación limitando el uso de una palabra, por más connotaciones negativas que tenga. Eso es peor de aberrante que todo lo demás.
Varios escritores mandaron cartas impugnando a los jueces de la SCJN por lo que habían hecho. El gran problema es que justamente lo hicieron con los de la SCJN, y en términos legales no hay más allá, no tenemos otro tribunal. Lo único que les tenemos que agradecer es que con la ley que impusieron queriendo conciliarse con “las buenas conciencias” no hayan podido operar ningún tipo de censura y castigo. Pero eso no nos quita que un día se les ocurra que tienes que pasar a verificaciones y te tienes que lavar con jabón.
También tengo un capítulo dedicado al sexo y la política, que tienen mucho que ver porque ambas son artes de la seducción, en las que el lenguaje es el caballo de batalla que te hace ganar en esas arenas. Y ya lo dice el refrán: “Verbo mata carita”. Es absoluto, y en eso la política y el sexo son iguales.
Entonces abundo sobre los temas del lenguaje y política cuando se mezclan, que es eso justamente.

AR: Hay otra parte del libro que trata sobre el masoquismo. En ese sentido, ¿hasta dónde puede llegar la violencia en el sexo? Dices que la vida conyugal desarrolla el síndrome de Estocolmo.
AG: Todos los hombres casados lo desarrollamos. Incluso hay un chiste muy mala leche que dice que todos los que estamos casados tenemos una relación sadomasoquista, solo que ya sin sexo.
Lo más subversivo del fenómeno de las parejas sadomasoquistas es que todas las cosas que se hacen perfectamente califican, si se las llevas a los de Amnistía Internacional, como tortura. Por la décima parte de lo que hacen cualquiera de nosotros va al bote. Y ahorita que está la cosa de la igualdad de género y la equidad, no solo es un crimen sino que es abominable. Sin embargo, entre ellos así se llevan.
¿Qué pasa con la figura de violencia intrafamiliar en las parejas sadomasoquistas? La perspectiva que a mí me llama la atención y que me divierte es qué pasaría si hubiera marchas como la del orgullo homosexual pero de sadomasoquistas: si nos los reprimieran los granaderos se encabronarían o terminarían frustradísimos. Van a decir: “Pégame, pégame, soy tu esclavo”. Entonces a la mejor el Estado  termina jugando el rol del amo.
Esas supuestas transgresiones y disciplinas se hacen no por disciplinarse ni nada, sino por tener chance de volver a transgredirlas y volver a ser castigados verdaderamente en el fondo de su corazón. Está muy locochón porque un montón de parámetros que tenemos de lo que está bien y lo que está mal quedan totalmente fuera de lugar con los sadomasocos. Es lo más interesante, lo más subversivo de este grupo.

AR: Hablando de la política, ¿cómo se practica en ella el sadomasoquismo?
AG: Yo pensaba que el sistema que vivíamos, tan atroz, de trámites que no se pueden hacer, estaba hecho para que nos volviéramos corruptos, porque si lo hacías por la buena era imposible, y si lo hacías por la vía de la corrupción las cosas se podían. Esta forma de tener que volvernos corruptos para poder sobrevivir era un plan, según yo cuando era conspiranoico. Pero luego, cuando tuve oportunidad de conocer países que son infinitamente más corruptos que nosotros (y mira que nosotros somos algo brutalmente corrupto), me di cuenta de que no era aquella la intención: se lograba, pero no era el fin. Incluso si piensas que lo hacen porque nos odian, es poco: ningún rencor merece tanto esfuerzo para chingar a alguien. Entonces llegué a la conclusión de que no, que nuestros trámites son así porque nuestros gobernantes son sádicos: en la mente sienten un enorme placer viéndonos sufrir con las pendejadas que inventan para que las hagamos y que sea como la piedra de Sísifo nuestra vida burocrática. Esa perspectiva me hizo pensar que hay una dosis sádica en todo esto.
La explicación conspiranoica del libro de por qué razón el PRI estaba creando un grupo de edecanes sexoservidoras es que se trataba de un programa piloto para tomar el poder y ya nunca irse. Si ahorita mismo a todo el mundo lo tienen en ese asistencialismo que lo que busca es generar clientelas de votantes leales por una despensa, por unas viles chanclas o un tortillero, ¿qué lealtad no generará que te den un masaje con final feliz?

AR: Hay algunas referencias a los medios de comunicación en tu libro, por ejemplo a Aristerca y al linchamiento en las redes sociales. ¿Cómo observas que el sexo es tratado en los medios de comunicación y en redes sociales?
AG: Comento que antes el linchamiento lo ejercía en cierta medida la autoridad: te entregaba a la perrada para que hiciera de ti lo que quisiera: que te empalara, se burlara, te emplumara, te escupiera. Era parte de las penas públicas. A eso se dedican ahora las redes sociales, eso es un hecho: los que te trolean ahora antes eran los que te colgaban el sambenito, te echaban toneladas de caca, te pateaban en la calle o te aventaban verdura podrida.
En mi libro las peripecias van sucediendo y termina por ser una especie de comedia romántica, y a los personajes principales les pasan una serie de cosas, entre ellas las redes sociales, que son, además, los lugares donde la pornografía se difunde a puños. Yo soy de la generación cuando el agua era gratis y la pornografía era de paga. Eso ha cambiado totalmente, y nomás por eso celebro esfuerzos como los de Las 50 sombras de Grey, que intentan que la gente vuelva a pagar por el porno, aunque sea soft. No importa, porque esa industria está condenada. Y no dudes que ahora el porno sea gratis porque lo subsidien los políticos con las de programas estilo Solidaridad, Progresa, etcétera.

AR: ¿Cómo ha transformado la tecnología la sexualidad? Allí hablas de internet…
AG: El cibersexo, los teléfonos inteligentes para ponerle…

AR: Propones el bíper…
AG: Sí, para usarlo como supositorio. Es increíble que a todas las cosas que inventamos para comunicarnos siempre les encontramos una aplicación para coger. Cuando salió el teléfono y por primera vez las personas, a través de una operadora (estoy hablando de 1900) podían comunicarse con otra, tenían que pasar por un intermediario: una operadora. Había cuatro teléfonos, que generalmente manejaban hombres que tenían negocios importantes. Tenían que llamar a una central manejada por una operadora que generalmente era una mujer, y esta transfería la llamada. Se generó un escándalo porque se descubrió que el teléfono era usado por los hombres para hablar con una mujer que no conocían, le empezaban a coquetear y a arrimar el camarón, y a decirle “oye, reina, tienes muy bonita voz”, y finalmente se conocían y ligaban. Muchas sociedades de madres de familia se opusieron al teléfono porque podía ser el origen de que sus maridos conocieran a otras viejas y las dejaran, lo que era básicamente el primer gran problema. Otro era que los hombres solteros, es decir, sus hijos, pudieran andar hablando con quién sabe quién, que quién sabe qué cosas traía. Pero te juro que ni a Graham Bell ni a Marconi se les ocurrió que esa madre pudiera servir para andarle buscando chichis a las culebras.
Esa es la gran maravilla del ser humano: en todo le encontramos chichis a las culebras y después hacemos quesos, yogures con la leche que sacamos de esas chichis.
Por supuesto, ahora que estamos hipercomunicados y con tantas aplicaciones y movidas, doy una pasada por todos los gadgets que se han hecho con este fin.
Ahora hay una invención japonesa: el teléfono para relaciones sexuales en tiempo real.

AR: Hay una parte dedicada a las religiones y su concepción de la sexualidad, que van desde santa Teresa de Ávila hasta el ayatola Jomeini. ¿Cuál es su preferida?
AG: El que me gusta es el del orgasmo a través de la experiencia mística. Hay algunas pruebas de sensores térmicos que muestran que a las personas místicas, cuando están sumidas en un gran trance espiritual, se les encienden ciertas partes del cerebro. Y a las personas que están sumidas en un orgasmo se les prenden las mismas. Esto como que medio prueba el punto, y es una puerta por donde colarse. Por allí me metí para hacer varias analogías entre experiencias místicas que son colindantes con las sexuales. Allí vienen los versos de santa Teresa de Ávila que, si los lees, dices: “Es que está teniendo un orgasmo”. Y hay muchas místicas que han experimentado orgasmos, hablando clínicamente, mientras están rezando.
También está el caso de las monjas que supuestamente tenían el milagro de sentir en su lengua el prepucio del Niño Jesús. Esta adoración del Santo Prepucio fue prohibida hasta principios del siglo XX, porque justamente traía unas desviaciones sexuales, las que la Iglesia, en lugar de volverlas místicas, convirtió en motivo de preocupación.
A la luz de la psicología sí se veía muy raro que anduvieran metidos en esas cosas. Pero viene la anécdota de cómo Bernini hizo la estatua del éxtasis de santa Teresa, que es una de la piezas culminantes de la escultura barroca. Bernini, para lograr captar los momentos de éxtasis espiritual, tal y como los tenía santa Teresa, fue con mujeres a ver cómo hacen el amor (o él mismo se los hacía)  y cuando tenían el orgasmo trataba de captar justamente la expresión y el momento. Entonces ese arrobamiento místico es también sexual, y allí lo pongo.

AR: Otra parte interesante es la que dedicas a Wilhelm Reich. En ese sentido ¿cómo ha sido utilizado ideológicamente el sexo?
AG: Muchos grupos políticos del siglo XX han usado el sexo como bandera. Lo de Wilhelm Reich es extremo, pero los nazis tenían la onda de que estaban muy conscientes de que los arios eran muchos menos que el resto de los seres humanos. Si querían tener una población de arios lo suficientemente grande como para dominar al mundo, tenían que ponerse a coger como locos. Entonces ponerle era un deber del partido. Los de las SS desarrollaron una especie de granjas de arios donde a algunos los ponían como sementales con 8, con 10, con 20 o con las mujeres que fueran. De las prisioneras que iban agarrando en lugares conquistados, decían: “Esta como que tiene cara de que sí es de nuestra rodada”, y las llevaban a aquellas granjas para tener y tener hijos. Esto se hizo de maneras sistemática e industrial.
También tenían encuentros de juventudes y juntaban grupos de adolescentes y los llevaban al bosque a pasear. Tras terminar de pasear, todos los muchachos y muchachas terminaban haciendo el amor por Hitler. No es que les gustara o que les anduviera la punzada sino que tenían la obligación de procrear hijos arios. Les decía su mentor: “Muchachos: ya están aquí, ya saben lo que tienen que hacer para salvar Alemania”, y órale.
En el caso de Reich, a él se le ocurrió que la revolución proletaria para emanciparse del yugo burgués no iba a venir ni por las armas ni por el adoctrinamiento marxista sino por el sexo. Entonces comenzó a organizar unos clubes sexuales que se llamaban sexpol, sexo política del proletariado, que, básicamente, era una dorada de píldora muy densa para decir “encuérense y vamos a coger”. Él participaba y e inducía a sus seguidores, así como comuna hippie pero con el puño izquierdo levantado.
Así era la cosa, y operó durante bastante tiempo hasta que los soviéticos se espantaron. En aquella época, si no tenías el aval del Partido Comunista soviético ya no eras oficial.
Luego Reich intentó venderle esa onda a Trotsky, y vino a México a decirle: “¿Qué cree? ¿Quiere usted regresar a Rusia, quiere ser el dirigente del movimiento comunista mundial? ¡Póngase a coger, yo le digo cómo!”. El pobre Trotsky, que estaba todo atormentado porque, como le andaba poniendo ya con Frida Kahlo, no sabía si eso era heterosexualismo o bestialismo, dudaba espantosamente de su condición sexual. Pero también lo mandó a la goma, y Reich se fue dando retumbos hasta que finalmente abandonó lo del sexpol pero no lo del sexo.
Emigró a Estados Unidos e hizo el orgasmatrón, una máquina que podía medir el alma y otras condiciones humanas a través de los orgasmos. Fue con el aparato por todo ese país, y entre las personas que convenció para que se metieran a su aparato estuvo nada menos que Albert Einstein. Le dijo que él podía demostrar la teoría de la relatividad si se hacía ciertas jalaciones allá adentro y tenía un orgasmo dentro de su aparato. Y allí fue Einstein (al que, además, le encantaba coger, pero ¿a quién no, la verdad?).
Finalmente descubrieron que la máquina era un garlito que no servía para nada, lo demandaron y, para salvarse de la cárcel, se metió él mismo a un manicomio. Con eso demostró que no estaba nada loco, porque era eso o pagar dos millones de dólares. Así cualquiera dice “sí estoy loco”, y así se escapó de la cárcel y de la multota.

AR: En el libro hay un tema muy interesante y muy desconocido que es la historia de Alfonso Herrera López.
AG: Esa historia me conmovió. El zoológico de Chapultepec lleva su nombre porque él fue el que lo inventó y fue uno de los mexicanos más brillantes que jamás hayan existido. Con sus poquísimos medios, con los penosos recursos que tenía en la Preparatoria Nacional, en San Ildefonso, logró sintetizar por primera vez, en 1905, la vida artificial. Fue algo que todavía hoy dices “¡guau!”. Logró crear bacterias mezclando sustancias que existían, y con eso sacó su hipótesis: dijo que recreaba las condiciones de nuestro planeta hace no sé cuántos miles de millones de años, antes del inicio de la vida, y entonces, al sacar por primera vez vida de esa forma, lo publicó. Estaba orondo, feliz. Por lo mismo que él hizo, muchos años después un soviético recibió el Nobel y un gringo también, el primero porque lo enunció como teoría y el segundo porque, después de hacerlo como teoría en los años cincuenta, lo hizo en su superlaboratorio de la Universidad de Massachusetts. Pero las dos cosas ya las había hecho Herrera antes, en su cacerola con su mechero en San Ildefonso.
A Alfonso Herrera le pasó que cuando dio a conocer su descubrimiento se le echaron encima y lo quisieron matar, le quemaron la casa, lo corrieron de la chamba y se volvió un leproso social. Ya nadie quería volver a verlo porque había hecho vida artificial.
Allí cuento la historia de todo lo que le pasó por pasarse de listo.

AR: Finalmente ¿cuál es la relación entre el humor y el sexo?
AG: El humor tiene una cosa muy valiosa: es una incorrección, siempre y necesariamente. Es como un trastorno de la lógica y está en la fronterita de lo que debe ser y lo que no, y siempre la debe traspasar. Pero tiene una ventaja: esta forma de traspasar es legal, es aceptada por todos, y somos felices porque nos hace pensar y decir cosas que de otra manera no podemos decir. Hay cosas que son muy terribles, muy canijas, de las que de la única forma que podemos hablar es con humor. Hay cosas que son tabú que, sin humor, no son abordables, de plano.
Creo que el libro tiene una gran ventaja, porque el sexo es un tema que siempre nos genera angustia. Entonces, tratar temas con humor es siempre padre, y además en casos tan delicados y controversiales como el de las relaciones sadomasoquistas, por ejemplo. Ve este tema desde la perspectiva del humor, sin andar calificando si está bien o si está mal, y nada más por subrayar cosas absurdas y divertidas es una buena manera de acercarte a él.
Entonces el humor es como la gran herramienta de defensa y de aproximación. Es como tu tanque para entrar a lugares de fuego cruzado y que no te pase nada.
Fundamentalmente, la verdad es que este es un libro de humor. La única propuesta y lo único que yo busqué es que cuando la gente lo leyera se riera mucho. Si además les sirve para conocer el último círculo de la sexualidad extrema o para purgar sus demonios, o lo que sea, sería una ventaja adicional que yo nunca busqué.


*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 173, abril de 2015.

jueves, marzo 28, 2013

Las raíces humorísticas de la nación mexicana. Entrevista con Antonio Garci


Las raíces humorísticas de la nación mexicana
Entrevista con Antonio Garci*

por Ariel Ruiz Mondragón

En ocasión de las celebraciones por el Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución, ambas mexicanas, ocurrió todo un boom de libros dedicados a explotar el amplio mercado que se abrió en torno a esos procesos históricos. Así, nos vimos inundados de reediciones de obras clásicas, nuevas investigaciones, refritos, versiones para legos, desmitificaciones, novelas, cuentos, etcétera.
Una de las vetas que más éxito tuvo fue la de las versiones humorísticas que se presentaron sobre diversos hechos históricos, entre las que descolló el libro Pendejadas célebres en la historia de México, de Antonio Garci, quien, al contrario de muchos otros, con un poco de investigación histórica, nos relató con ánimo jocoso varios episodios de la vida nacional.
Ante la insuficiencia de espacio del primer volumen para tratar tantos asuntos, el año pasado Garci presentó un segundo volumen con la misma intención lúdica: Más pendejadas célebres en la historia de México (México, Diana, 2011), obra sobre la cual Replicante conversó con el autor.
Garci estudió Comunicación Gráfica e Historia del Arte en la UNAM, y se ha desempeñado como caricaturista y escritor durante más de 20 años, y ha publicado al menos siete libros. Colabora en El Financiero.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir este libro, sobre todo después de que ya paso la gran fiesta del Bicentenario y también si tomamos en cuenta el antecedente de Pendejadas célebres en la historia de México?
Antonio Garci (AG): En todo el primer libro no metí ni la mitad de lo que encontré, y se habían quedado pendientes un montón de artículos; algunos los había terminado y otros los había manoseado nada más, pero allí estaban. Pero por el tamaño que tenían, nunca pude meterlos todos; entenderás que meter todas las pendejadas sería una obra inabarcable, y olvídate de que no hay nadie que la lea, sino que nadie podría cargar tal libro. El punto es que sí había en el tintero cualquier cantidad de cosas; de hecho, en este nuevo libro también me volvieron a quedar pendientes varios capítulos que ya no pude meter.
Como el libro tuvo muy buena acogida —sin albur—, el editor se animó a hacer el segundo tomo de esta saga, y así fue como apareció. Mi idea es que si todo sale bien, hagamos actualizaciones cada año y puedan seguir con las pendejadas del 2011, del 2013, así como hacen la Enciclopedia de México, como un almanaque, como el calendario Galván.
Este no es un libro de historia sino de humor. La única promesa que yo les hago es que se van a reír mucho si lo leen, y ésa es la única intención. Yo no quiero educarlos, no quiero que aprendan historia de México, que se vuelvan buenos ciudadanos, que odien o adoren al régimen, o tirar propaganda a favor o en contra de alguno. Nada de eso. La verdad, es un libro que está hecho para que la gente se divierta, y si de paso aprenden historia de México, es un daño colateral, porque esa nunca fue la intención.

AR: ¿Cómo estableces la vinculación entre la historia y el humor? ¿De dónde surgió tu interés por la historia?
AG: Yo soy caricaturista, que es realmente lo que hago, y un poco es esa deformación de oficio: en todos lados estás buscando el chiste, las tres patas del gato o las chichis de las víboras. En el caso de este volumen, surgió de que hice un libro que era una parodia de los libros de autoayuda, que se llamó Por qué las mujeres aman a los pendejos, en el que hice un capítulo de algunas anécdotas históricas que me sabía y que, según yo, debían de estar en el “Salón de la fama de las pendejadas”. Eran inconcebibles, algo que, de verdad, no podías creer que hubieran hecho, y que además lo hubieran hecho así. Cuando empecé a hacer ese capítulo me di cuenta que sólo el capítulo era un libro completo, que empezaba a crecer y a crecer y no acababa. Se trata de anécdotas que eran de todos lados; en ese sentido, México es un país autosuficiente en pendejadas y no necesitamos importarlas de ningún lado, y de hecho ningún país requiere hacerlo porque todos son autosuficientes en esta materia. El mundo entero tiene pendejadas nacionales, y ningún país necesita mandarlas a hacer a China, lo que ya es mucho decir.
Empecé a sacar este libro porque quería que fuera mi modesta contribución a los festejos del Bicentenario, y me di cuenta de que había puños de pendejadas donde pusiera la mirada. Conté tres mil fichas de cosas que yo pudiera considerar como tales; puedes decir: “¡Ay, güey, es mucho!”, pero si piensas que en donde abras al azar un libro de historia de México, pones el dedo y aparecen 10 pendejadas, pues ya no está tan canijo.
La bronca fue seleccionarlas, eso sí fue muy difícil, y ya elegidas, decidir todavía el segundo recorte, porque ya había rebasado lo que se podía meter en una primera edición. Este libro fue justamente hecho con casi todos los artículos que quedaron pendientes en la primera, más otros que tuve que empezar a investigar. Pero me volvió a pasar lo mismo: me quedé con muchos que no pudieron entrar.

AR: El concepto que atraviesa todo este libro es el de “pendejada”, en el que agrupas a hechos tan diversos como la Güera Rodríguez como la madre de la Patria, el blanqueamiento de Porfirio Díaz y su catálogo pantone o las aventuras de los metrosexuales. ¿Cómo defines tu categoría historiográfica?
AG: Pues como una pendejada, hay que decirlo por su nombre; hay una manera políticamente correcta de llamarla: “errores humanos”, como cuando en los noticieros dicen: “Chocó un tren con otro”, y las causan se atribuyen a un error humano. Pero cuando cometes eso, es una pendejada.
Esos son datos duros, porque yo no invento nada. Si el lector se toma la molestia de revisar lo que pongo para que vea que no lo estoy choreando, se va a dar cuenta de que, efectivamente, sí ocurrieron las pendejadas, aunque todos prefiramos voltear para otro lado y fingir que nunca pasó. Sí ocurrieron, como cuando expropiamos a Santa Claus para que fuera Quetzalcóatl quien nos trajera los regalos de Navidad; y hay muchas más, como la ciudad obrera, la locura que era el panal socialista, que, si la hubieran llegado a realizar, la Ciudad de México sería otra.
Hay en el libro una intención de, a vuelo de pájaro, mostrar un panorama histórico de estas anécdotas, desde la Independencia o lo más antiguo hasta llegar a la vida actual, para tener una visión de todo. Pero podría especializarse, como pendejadas deportivas o políticas, que las podría hacer de este año y llenas un libro.
Me gustaría subrayar que no quisiera que se pensara que lleno un libro de pendejadas porque yo soy muy inteligente. La verdad es que yo soy muy, muy pendejo, y suelo hacer muchas pendejadas todo el tiempo, lo que me permite ser una autoridad moral para poder ver dónde hay pendejadas. La gran paradoja es que esto ocasiona que no tenga la más remota idea de lo que escribí.
Pero lo morboso del libro, lo que a mí me gustaría que ocurriera y creo que sí se cumple, es la expectativa que genera mientras lo lee la gente, y que diga: “¡Ay, güey, esto no es cierto, no es verdad! ¡No puede ser, no!”, que vaya de asombro en asombro de cosas que realmente ocurrieron.

AR: Hay algunas que, diría yo, son casi leyes que mencionas, algunas constantes históricas; por ejemplo, al principio mencionas que el país ha creído que todo se puede arreglar con cambios en la Constitución. ¿A qué se debe esto?
AG: A un entusiasmo latinoamericano, a que nunca nos preocupamos de que una ley que hacemos, así sea jodidísima, realmente funcione, que se respete y que se cumpla. Es mucho más fácil que cambiar todo decir que con una nueva Constitución todo se va a arreglar, desde la impotencia, la eyaculación precoz, la caída del cabello, la miopía, el cáncer y hasta que te pelen las viejas.
Es como un gran entusiasmo, pero no sólo mexicano: lo ves en Latinoamérica, como en el caso de la Constitución bolivariana que sacó Hugo Chávez, y en algunos años más seguramente van a sacar otra Constitución que, ahora sí y de verdad, nos va a sacar el buey de la barranca.
Ves a países que no tienen, en mi opinión, unas leyes ni modernas, ni justas, ni muy bien hechas, pero cuyo único secreto es que han logrado que sus leyes más o menos funcionen, y con eso se las han arreglado. Los gringos no han hecho ninguna reforma en la Constitución desde que hicieron su independencia en el siglo XVIII, sino algunas enmiendas, y ahí se la llevan. Ese es el chiste: que hagas una, aunque sea mala, pero que se respete.

AR: Más adelante dices, creo que en el capítulo dedicado a la banda del carro rojo, que siempre es posible violar cualquier disposición oficial cumpliéndola, todo es cuestión de encontrar el modo. ¿A qué se debe que queremos resolverlo con leyes?
AG: Pregúntale a cualquier abogado: cualquier cantidad de tranzas absolutamente legales, incluso delitos totalmente legales, se pueden hacer siempre y cuándo estés bien asesorado. En el libro hay varios casos, y de hecho, uno de los capítulos es una compilación de este tipo de vueltas constitucionales o legales para poder hacer cosas. Pero si tú o yo las hacemos, nos meten al bote; si las haces bien asesorado, ya haces una empresa.

AR: Me gustó la parte donde criticas que algunos digan que el gatopardismo es mexicano porque cambia todo para que todo siga igual. Pero tú postulas una ley histórica contraria.
AG: Yo digo que aquello es una pendejada; siempre que han querido hacer eso, lo que han logrado es que todo cambie, y allí pongo los ejemplos. Creo que es un gran error histórico; efectivamente, muchos lo han intentado, pero el resultado ha sido fatal para los que lo han logrado: Salinas quiso que todo siguiera igual, puso el IFE y ya nunca jamás volvió a ser igual, tan así fue que perdió la Presidencia el PRI; la cantante Alejandra Guzmán se inyectó un aditivo en las nalgas para que siguieran igual de bien como siempre las había tenido, y lo único que consiguió es que se le fuera todo a la goma; hicimos la Independencia para que todo siguiera igual que antes de la Constitución de Cádiz, y mira en lo que terminó.
La moraleja, entonces, es que si ustedes son de un talante reaccionario y quieren que todo se conserve, no muevan nada. Ésa es la única lección.

AR: Hay algunas metáforas del país que son enseñanzas: por ejemplo, la del Zócalo, que es un basamento que se quedó casi en proyecto.
AG: Sí, es como la gran metáfora del país. El Zócalo es una obra inconclusa, pero ahí que va a estar; ya tenemos la pura base, pero el día que lo terminemos pues no te la vas a acabar. Fíjate esa gran expectativa que era el Zócalo, la única obra de algo que jamás se concluiría, que incluso jamás se proyectó, que es lo más canijo; nada más era como “ahí va a estar, próxima inauguración”. Esa obra terminó siendo el nombre del sitio, y de hecho nadie conoce ese sitio con otro nombre que no sea el Zócalo.
AR: Y ahora hubo una gran bronca porque no se terminó en dos años la Estela de luz, para festejar el Bicentenario; paradójico, porque el Zócalo no se ha terminado en siglos.
AG: ¿Qué te preocupas? Esta obra se une a una gran cantidad de monumentos que no se hicieron, proyectos inconclusos que nada más se anunciaron, igualito que el Zócalo. No se logró llevar a cabo en los tiempos establecidos, y quedó como que iba a ser del bicentenario pero casi la inauguran en el tricentenario.

AR: Nuestra historia está llena de muchas de estas obras incompletas. También es muy metafórico que el himno que cantamos está cortado, tanto, que sólo cantamos el 30 o 40 por ciento.
AG: Sólo se canta el 40 por ciento de las estrofas originales.

AR: ¿No es una característica del país el que todo lo deja a medias? Hace algunos años algunos se quejaban del águila mocha.
AG: Desde que me acuerdo, no ha habido una sola administración que no haga recortes. ¿Por qué no van a recortar el himno? La verdad, la selección de las estrofas oficiales del himno que cantamos es buena: son, por mucho, las mejores. Creo, además, que la duración que tiene el himno es correcta, porque más tiempo pasarías del fervor patriótico a los besos, y de allí a la pachorra. Creo que fue correcto hacer eso; incluso la nueva versión sintetizada, donde nada más se cantan dos estrofas oficialmente en lugar de cuatro, y que es la común que escuchas en las estaciones de radio cuando se acaba el día, en la ceremonia civil en la escuela, también es mejor.
Si me apuras un poco, vamos a llegar al día en que cantemos nada más el coro y fin; será suficiente para que no haya bronca de que en algún partido se les olvide. Pero, la verdad, nadie se lo sabe; todo el mundo se ensaña con Coque Muñiz, pero es injustísimo. No me digas que hay alguien que se pueda saber el himno nacional completo; si tienes las estrofas oficiales, no puedes tener al mismo tiempo las estrofas prohibidas o recortadas, y si a eso le sumas que de cualquier manera la versión oficial que cantamos es editada, pues menos. Nadie se lo sabe.

AR: Claro, y es un proceso de edición desde los juaristas.
AG: Sí, claro. La historia completa del himno nacional es una locura. Tuve la gran suerte de contar con el apoyo del Instituto Mexicano de Derechos de Autor, los abogados Larrea, Gabriel y Manuel, quienes tienen un expediente enorme de cosas insólitas sobre derechos de autor, y entre ellas estaba el himno nacional. Lo quizá más morboso, tremendo y fuerte que puede tener el libro es la evidencia de que está registrado en Estados Unidos a nombre de un gringo, un judío norteamericano llamado Edward B. Marks. Este cuate no sólo tiene registrado el himno mexicano sino todos los himnos, y pasa la charola a todas las embajadas cada vez que es su día nacional para que le paguen. Solamente no registró los himnos de Estados Unidos y de Israel. ¿Las razones? Yo creo que fue porque su editora no tiene cara para cobrar regalías por el himno gringo, y la otra es que como es de Israel, porque a los paisanos no se les puede hacer eso.

AR: Hablas bien del himno nacional. Te diría que una de las grandes ventajas de nuestro himno es que es bailable.
AG: Sí, es bailable. Hay muchas cosas que no puedes hacer con el himno nacional, porque de verdad su ley es minuciosa hasta detalles tan quisquillosos que abruman. Una de las cosas que desde luego jamás puedes hacer en México con el himno es bailarlo; es anatema, e incluso es bote inconmutable. No puedes bailarlo bajo ningún motivo; a todos los que han intentado hacer versiones bailables del himno nacional en México les ha ido de la fregada: a Pérez Prado, a un grupo de rock que meten por ahí unos punketos, a mi supercuate Fernando Rivera Calderón. Eso lo impide el Estado mexicano, pero de verdad a rajatabla.
Pero resulta que el himno, como lo hizo un catalán, Jaime Nunó, es una sardana, que es el baile nacional de Cataluña. En el libro viene un muy bonito blog del Consulado mexicano en Cataluña, donde los mexicanos ponen sus comentarios de un 15 de septiembre, cuando se fueron a celebrar en un pueblo: estaban azorados de ver cómo, en cuanto empezó a sonar el himno, ellos se pararon firmes, con el brazo en el corazón y a hacer los honores; pero se pararon los catalanes y se pusieron a bailar, ya que es un ritmo bailable. Hay que aprender sardana; la bronca que no sabemos bailarla.

AR: También hay otra bonita historia que se cuenta: la de la banda del automóvil gris, que defines como “agrupamiento formal policiaco destinado a robar”. ¿Crees que hizo escuela? ¿Fundó una tradición?
AG: Yo creo que fue la primera vez que, formalmente, una institución policiaca fue creada para ir a robar casas; creo que antes lo hacían, pero de manera soterrada, informal. A la banda del automóvil gris la hizo la revolución, con todos los saqueos la volvió institucional. En una locura esa historia, cuya película fue el primer gran éxito de taquilla del cine nacional; fue como un reality show, ya que fue hecha con los mismos protagonistas, y el mismo policía encargado de la investigación actuó haciendo el papel de sí mismo, en una saga real de muchos episodios. La verdad, ya que conoces esa historia, es una locura: no hay guionista que pueda hacer lo que realmente les pasó a estos delincuentes, y aún hoy que tenemos grandes sagas de delincuentes que han hecho cosas descomunales, se las sigue llevando la banda del automóvil gris. Es de risa loca la tragedia que les pasó a estos cuates, que fueron ojetísimos y que además fueron usados por el maldito sistema.

AR: Otra metáfora del país que a mí me gusta la del blanqueamiento de Porfirio Díaz.
AG: Hubo una época, incluso, en que fue una política de Estado blanquear a los mexicanos. Juárez tenía la intención de que se promoviera la emigración de pobladores del norte de Europa, que los eslavos vinieran de Rusia y se asentaran en lugares como Oaxaca o Chiapas, porque decía que el gran problema de todos esos pueblos indígenas era que no se instalaban en la vida nacional moderna justamente porque les faltaba ese componente europeo. Entonces la onda era blanquearlos; su teoría era: “Vamos a poner unos rusos al lado de unos tojolabales, los dejamos unos años y a fuerza se van a mezclar y ya con eso vamos a sacar al país del subdesarrollo”. La bronca es que nadie quiso venir a México; ahí les falló, pero la idea era la de la raza cósmica de José Vasconcelos.

AR: Ya para concluir: ¿crees que algunas de las que tú llamas “(p)utopías mexicanas” podrá alumbrar el futuro de este país?
AG: Somos un país de (p)utopistas. Todos los mexicanos tenemos nuestro gran proyecto, aunque sea de la colonia. El problema no es que nos falten sino que las hacemos, y todo queda bastante más gacho de como lo habíamos encontrado. De cualquier manera, ya una vez que la estableces te genera la intención de hacer otra (p)utopía para acabar con la que hiciste. En todo caso, creo que es más humano que mexicano.


*Entrevista publicada en mayo de 2012 en Replicante.