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jueves, julio 18, 2013

La profundidad del humor. Entrevista con Guillermo Espinosa Estrada

 
 La profundidad del humor
Entrevista con Guillermo Espinosa Estrada*
Por Ariel Ruiz Mondragón
El humor y una de sus principales vertientes, la comicidad, han registrado diversas concepciones y formas de practicarse a través de todas las épocas, las que han quedado registradas cuando menos desde los tiempos bíblicos y hasta la época de las sitcoms norteamericanas y de las redes sociales.
Una buena reflexión en la que se mezclan la historia, la literatura y el humor es el conjunto de ensayos que Guillermo Espinosa Estrada (Puebla, 1978) nos presenta en el libro La sonrisa de la desilusión (México, Tumbona Ediciones, 2012), en el que a través de su álter ego, William Thornway, nos presenta una concepción moderna del humor y la risa que está muy vinculada con sus contrapartes: la tristeza y el llanto.
Replicante conversó con el autor, quien es doctor en Lengua y Literatura Hispánica por la Universidad de Boston; ha sido profesor en las universidades de las Américas e Iberoamericana, ambas en Puebla, así como en el Departamento de Estudios Humanísticos del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. Ha colaborado en revistas como Luvina, Letras Libres, Casa del Tiempo y Tierra Adentro, entre otras.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué publicar hoy un libro sobre lo cómico, sobre la risa, sobre el humor?
Guillermo Espinosa Estrada (GEE): Es una buena pregunta; de hecho, un par de reporteros me han preguntado que en un país como el nuestro, con tantos problemas, qué significa reír. Creo que en un contexto como el nuestro, reír termina por ser una evasión muy sana, y en ese sentido sería interesante leerlo desde ahí.
En Estados Unidos los ratings de las sitcoms (comedias de situación) siempre suben cuando hay crisis económicas y desempleo; las series de drama, por ejemplo Los Soprano, son las más importantes cuando la economía está bastante solida. Entonces, creo que la comedia es una forma muy sana de evasión, y en el caso particular de mi libro siento que, desde mi perspectiva como autor, es un poco ahistórico, bastante alejado de la realidad. Es un poco solipsista hablar de la risa y de cosas que hacen reír, y creo que peca de cierto narcisismo o incluso miopía ante un mundo que se cae a pedazos a nuestro alrededor; el narrador decide no voltear a ver eso y mejor ver una película, un cuadro que lo aleje, de alguna manera, de lo que lo circunda.

AR: Eso es interesante, porque hay interpretaciones que nos das de quienes piensan que la risa es subversiva, y que rompe con los poderes establecidos, por ejemplo Darío Fo o, pienso yo, Umberto Eco en El nombre de la rosa; pero también hay otra vertiente que considera conservadora la comicidad, y que es un poco lo que tú dices: evasión de la realidad. ¿Cuál de las dos vetas prefieres: la subversiva o la conservadora?
GEE: Lo que dices es muy cierto: hay posturas que dependen de la ideología de cada individuo y que tienden a posicionarse en un lugar del espectro político. Yo, como académico y como alguien que esta interesado en estudiar la risa, trato de alejarme de eso y ver que las dos posturas son tanto correctas como equivocadas. Cuando estaba haciendo mi tesis de doctorado, descubrí que Tres tristes tigres, novela de Guillermo Cabrera Infante bastante cómica, para Ángel Rama era la primera gran manifestación literaria de la Cuba castrista, ya que rompía con el lenguaje monótono de la dictadura de Fulgencio Batista; pero para Emir Rodríguez Monegal, quien era su enemigo y que daba clases en Yale, completamente de derechas, era la primera manifestación de una dictadura de izquierda y cómo el lenguaje tratada de subvertir esa dictadura. El mismo libro le servía a los dos críticos como un ejemplo de cómo el humor era subversivo, pero manifestaba posturas completamente opuestas.
Entonces, creo que eso se debe a que en el humor y en la comedia hay mucha ironía, y ésta es inasible: es decir algo pero que significa lo contrario, y todo depende de cómo lo vamos a tomar. Yo creo que está mal considerada la comedia como algo subversivo, porque muchísimos géneros son profundamente conservadores: la comedia, por ejemplo, tiende a restablecer el statu quo, su final feliz lo hace. Pero, por otro lado, sí puede ser subversiva; por ejemplo, en el libro hay un chiste sencillamente impublicable o es imposible de decir debido a lo soez que es por su escatología.
Yo creo que el humor es un buen termómetro de cierta visión del mundo; por ejemplo, durante la Guerra Fría existía esta postura del humor como algo subversivo o como algo conservador. Pero creo que en el siglo XXI, por lo que he leído, el humor ahora es sinónimo de nihilismo y de cierta indiferencia carente de valores: el que ríe es porque es indiferente a la decadencia contemporánea.
Entonces, el humor como que va marcando esas tendencias ideológicas en diferentes momentos de la política y de la historia.

AR: Como expresas, tuviste el proyecto de hacer lo que llamas “el libro de la comicidad absoluta”. ¿Por qué hoy investigar la risa? ¿Cuál es su importancia en el mundo de hoy? Yo lo pondría en dos planos: el individual y el colectivo.
GEE: En el colectivo, yo diría que hay que investigar la risa porque hoy todo es chistoso: los políticos quieren hacernos reír, cómprate una playera y tiene un eslogan ingenioso, todos queremos ser chistosos en las redes sociales. Existe una frivolidad generalizada: todos tenemos que ser un poco cómicos y está muy mal visto tomarnos en serio. Esto a mí, como estudioso del humor, me afecta, me molesta un poco porque creo que pocas cosas son más serias que el humor. Una cosa es ser serio y otra ser aburrido; tal vez no debemos ser aburridos, o no siempre, pero no siempre tenemos que ser chistosos, frívolos y ligeros. Creo que por eso es importante restablecer el significado original o más profundo de la palabra “humor”, la cual no sé por qué es sinónimo de chistoso cuando no necesariamente es así. El humor es una forma muy particular de reír, que creo que esta más asociada al llanto que a la risa; entonces, yo estoy preocupado como escritor por restablecer al vocablo “humorismo” toda esa profundidad que tiene, y que siento que nuestra comicidad contemporánea está siempre subvaluando.
En un aspecto muy personal, yo escribí el libro tratando de encontrar las respuestas de por qué me obsesiona tanto esto, de por qué pensarlo, y no sé si llegue a ellas escribiéndolo. Pero creo que tiene mucho que ver con la evasión de la realidad de la que hablábamos antes. Creo que hablar de la comedia y del humor para mí es una forma de no pensar en otras cosas que probablemente serían más dolorosas o más interesantes con respecto a mi propia vida. Entonces trato de divertirme o divergir mi mente en estas cosas cómicas para no pensar en otras. Eso es, a un nivel muy personal, el origen de mi obsesión.

AR: Sobre las redes sociales: una de las cosas que me gustó más del libro es la crítica del optimismo, lo que llamas “felicidad a ultranza”, y que yo prefiero denominar “buenaondismo recalcitrante”. Pero ¿por qué esa crítica al optimismo y a la felicidad, si, por ejemplo, la risa es un estado de felicidad muy efímero pero muy gozoso?
GEE: Yo creo que el ensayo sobre Norman Rockwell, que es donde critico el optimismo y la felicidad a ultranza, en la escritura del libro tuvo un lugar muy importante: yo quería que mi narrador tuviera un marco narrativo donde le fuera muy mal y, eventualmente, asumiera su desgracia o su patetismo con cierto optimismo al final. Entonces, era importante esta diatriba en contra de lo que es ser feliz porque él tenía esa necesidad de hallar de nuevo la felicidad.
Mas la verdad es que es un texto un poco lejano a mi propia idea de la vida como autor, porque sí soy una persona que busca o que está convencido de que la felicidad es posible, aunque tal vez sí estoy en contra de la felicidad programática de “piensa positivamente y las cosas se te darán”. Pero creo que trato de ver la vida con los ojos de una persona muy ingenua, algo de lo que mi narrador está completamente distanciado o incluso en contra de ello. Pienso que es de los ensayos en los que, yo como escritor, comulgo menos con mi narrador personaje.

AR: Ahora que mencionas la ingenuidad: hay muchas partes del libro en las que hablas de la infancia, así como de cuando las personas pierden su niñez, cuando las cosas que nos parecían muy cómicas de pequeños, como adultos ya no nos resultan así. ¿A qué se debe esta transformación?
GEE: Creo que tiene que ver con esta ingenuidad en la mirada que paulatinamente se va haciendo irrecuperable, y se convierte en una especie de paraíso perdido que no podemos rescatar. Ese ensayo sobre la comedia del pastelazo tiene la hipótesis de que sólo teniendo un hijo tal vez podamos recuperar esta risa.
Probablemente aquellas cosas nos dejan de hacer reír porque uno va dándose cuenta —o eso fue lo que descubrí haciendo ese ensayo: me gusta hacerme una pregunta para la cual no tengo respuesta y escribir para encontrarla— de la gravedad de lo que encierran. Cuando terminé el ensayo fue cuando escribí un párrafo que dice: “Es que la comedia del pastelazo en realidad no es tan chistosa”. Abundan mucho los golpes y las humillaciones, y al niño puede hacerle reír porque probablemente no ha experimentado eso; pero después de un par de golpes y de humillaciones, ya no nos podemos reír tanto de los Tres chiflados o de Chaplin —aunque éste es tan humorista que siempre te va a hacer sonreír porque pierde y te vas a reír. Pero si lo piensas dos veces, lo que le pasa es horrible, y si a ti ya te pasó algo parecido, pues ya es trágico.
Entonces, yo creo que tiene que ver con eso: entre más experiencia de vida tengas, más te va a costar reírte con un señor que se resbala; hay que ser muy insensible para después reírse de eso.

AR: Mencionas ejemplos históricos, especialmente algunos casos de la Biblia, como “El libro de Jonás” y las notas de Ibsen, por ejemplo. Pero también estableces que hay una comicidad moderna a partir de Cervantes. ¿Cuáles son, a muy grandes rasgos, las diferencias entre el humor premoderno y el moderno?
GEE: Como varios escritores han señalado, el humor es la risa que surge ante la adversidad, o, más bien, esta sonrisa de resignación que surge ante la adversidad, y está plasmada mejor que nada en la tradición hispánica en El Quijote, y entre los anglosajones en Shakespeare; ambos son autores tan contemporáneos que murieron el mismo día.
Entonces el hecho es muy datable: es una sensación que nace a principios del siglo XVII. Creo que la diferencia de ese humor con el premoderno —que fue, por ejemplo, el de la comedia clásica de Aristófanes, Plauto, etcétera— se debe a cierta delicadeza. Bioy Casares lo designa como “buena educación”; él dice que el humor es una forma de la buena educación porque es no molestar a tu interlocutor con tus penas, y es una forma de sobrellevarlas amablemente sin parecer demasiado trágico o patético. Él, que es uno de los grandes exponentes del humor, lo entiende así: ante lo terrible, hay que comportarnos con cierta dignidad.
Lo que pasó en la comedia premoderna es mucho más brusco, rudo, grosero en un sentido de grotesco, de situaciones mucho más bochornosas o una forma de reír menos delicada. La comedia clásica no tiene remilgos: toma un personaje y lo va a golpear hasta el cansancio. Entre eso y Cervantes, yo creo que hay una gran dosis de misericordia: éste puede golpear mucho a su Quijote, pero hay un momento en donde no puede más porque se va a sentir identificado con el personaje, y va a compadecerse de él. Es allí donde aparecen los momentos más hermosos del libro, que consisten en comprender al personaje más que en burlarse de él. En la comedia clásica hay poca comprensión; hay más sorna y castigo que empatía.
Entonces, creo que la empatía y la misericordia son aspectos de este parteaguas entre esas dos formas de reír que yo menciono en el libro, y que muchos otros autores también distinguen.

AR: Una de las cosas que más me atrajo del libro es que no te limitaste a hacer escarnio burlesco de la literatura sino también de la música. Hay un par de textos dedicado a músicos: a Mastropiero y a Grieg, además de que haces referencia a la comedia musical. A partir de ellos, ¿cuál es la relación entre la música y la comicidad?
GEE: En el índice tentativo del libro yo sabía que, por ejemplo, tenía que escribir algo sobre la comedia musical, la comedia romántica y las comedias de situación norteamericanas. Como que tenía géneros muy claros, y cuando no tenía el género sabía que debía tener un ensayo sobre la parodia, pero no sabía qué obra o qué fenómeno cultural me iba a servir. Eventualmente, en la escritura resultó que Mastropiero era el gran paródico y que era perfecto para escribir un ensayo sobre la parodia. Creo que una vez se menciona la palabra, pero todo lo que hace Mastropiero, o todo lo que yo hago que haga, es porque también es una forma de manipular los datos que Les Luthiers me dan, porque muchas de las obras que menciono no existen y ellos las inventaron para su propio personaje. Entonces, era perfecto para hablar de la parodia, y que es esta copia grotesca, un poco burlesca, que termina siendo el mejor homenaje del original. Entonces yo por eso escogí a Mastropiero.
Luego está el ensayo sobre Grieg. La verdad es que lo que pasa con la música es que es un lenguaje que depende mucho de nuestras emociones y de nuestra subjetividad; entonces, yo creo que de esta pieza muchas personas van a decir que no tiene nada que ver con la risa, que no es chistosa o que es más trágica que cómica; pero yo sabía que ahí estaba esa mezcla de lo alegre y de lo triste. Mientras lo escuchaba, sabía que se relacionaba con lo tragicómico, y entonces ya me inventé toda una historia donde hay un supuesto matrimonio, un supuesto divorcio y una boda, y que es la forma de enmarcar esta pieza en el contexto del libro.

AR: Dices que Mastropiero copia palabra por palabra.
GEE: Que es una copia de Pierre Menard, al que yo usé como un molde en el que luego metí todo lo de Mastropiero.

AR: Pero a raíz del último escándalo de Sealtiel Alatriste y sus plagios, me pareció formidable encontrar en tu libro una parte donde dices que “la mímesis se convierte en mímesis al cuadrado”, y parece que también te lo piratearon o que es una muy grande coincidencia.
Por otra parte, me da la impresión de que la comedia como género, el humor y la risa son aspectos muy volátiles del ser humano; hablas, por ejemplo, de la evanescencia, de la evasión de las realidades, e incluso de que el comediante es el que vaga por el mundo. Entonces ¿la comicidad es un asunto ligero y volátil?
GEE: Sin duda; es algo muy inasible, muy volátil, muy difícil de encapsular. Los grandes teóricos sobre la risa y el humor, como Bergson, Freud, Schopenhauer e incluso Kant, tienden a cometer errores garrafales en los que suelen ser sus peores libros. Los de Freud y Bergson con pésimos, aunque este último tiene muchísima popularidad. Esto se debe a que la estrategia del filósofo, que es hallar conclusiones muy sólidas, suele fracasar cuando se trata del humor porque éste cambia con el tiempo. Ya hay que ser realmente un erudito para reírse con Aristófanes, aunque éste probablemente aún nos haga reír. Pero hay un libro de chistes del siglo III después de Cristo y que menciono en el libro, que se llama El Filogelos; bueno, pues un inglés lo puso en un bar de stand up como parte de un juego; nadie se rió con sus chistes sino se rieron de su fracaso. Entonces, todos estos intentos por encontrar ese secreto, esa esencia de la comicidad suelen fracasar, porque también un buen chiste hoy aquí, no lo es mañana en Estados Unidos; por ejemplo, el de las Torres Gemelas con el que el humorista Gottfried empezaba una rutina en Nueva York, por el que fue completamente abucheado. Bueno, no era un pésimo chiste pero sí un pésimo lugar para decirlo.
Hay algo que también tiene mucho que ver con lo subjetivo: hay gente que no se ríe con El Quijote y no se va a reír nunca con Shakespeare, y está bien; también hay personas, como yo, que nos reímos de todo. Entonces, es muy subjetivo y por eso se entiende que todos los sistemas para entender a la comicidad terminen fracasando. Creo que eso justificó, al inicio de la escritura, una aproximación tan subjetiva, de inventar un personaje con mi nombre o muy parecido a mí, que se acercara de una forma subjetiva a lo que lo hacía reír a él, y que es como una forma de cubrirme las espaldas. Si eso no te hace reír a ti, bueno es porque tú te ríes de otras cosas.

AR: Hay un proyecto inacabado, que es la biblioteca Scriptorum Comicorum, que reuniría todo el humor, que comenzó en diciembre de 1994. ¿Por qué concluyó esa idea tuya de llegar al libro de la comicidad absoluta, en el que se juntarían todos los libros de la risa?
GEE: Bueno, ese proyecto es una broma desde el inicio, que nunca sucedió aunque siempre he querido llevarlo a cabo. Por eso me fascina la onda digital, ya que aunque sea digitalmente podríamos tener ese acervo de todo lo que es chistoso. Yo lo que quería era crear este libro utópico, y que la metáfora —que tendría que ser subterránea al ensayo— es que ese libro sería la garantía de que existe la comicidad absoluta, de que hay un lugar o un texto en el que todo eso puede ser compendiable y ahí esta lo chistoso. Pero esa certeza, esa garantía de absoluto tendría que verse cuestionada cuando el narrador se enamora, y eso hace que su visión o que sus lecturas le muestren que todo lo que es chistoso pierde el sentido si no está acompañado de lo triste. Entonces, como que es un proyecto muy ideal y de alguien muy obsesionado con el tema, pero que tendría que descubrir, sólo tras una experiencia o un desencanto amoroso, que la risa sólo tiene sentido cuando se contrasta con su contraparte que es el llanto.
Yo creo que por eso fracasaría el proyecto: porque es algo que solamente alguien muy joven y muy ingenuo podría llevar a cabo; pero alguien con cierta cantidad de fracasos tendría que darse cuenta de que esa sólo es una mitad del mundo, que es como el día, pero que éste no es nada sin la noche. El narrador tendría que descubrir ese juego de contrastes.

AR: También hablas mucho de la religión, especialmente de la católica, del apocalipsis. En este sentido, ¿cómo ha moldeado la religión católica nuestra concepción de la comicidad?
GEE: Creo que de una forma decisiva. Lo que nos distancia de la comedia clásica es la Iglesia católica. Como te digo, todavía nos podemos reír de Aristófanes, pero no de toda su obra porque hay unas cosas que ya nos quedan muy lejanas.
Creo que la Iglesia católica, con toda su complejidad, ha tenido momentos muy cómicos. Hay un gran libro que toda la gente que está interesada en este tema conoce de memoria: el de Batjín sobre el carnaval medieval, y que sirve para entender la obra de Francois Rabelais. Allí se aprecia cómo en la Baja Edad Media la Iglesia católica se daba muchas licencias para hacer reír a sus feligreses, como el sábado de gloria, el carnaval, las gárgolas, y cómo todo lo que era ridículo y grotesco era parte de Dios. Luego la Iglesia se fue aburguesando y todo aquello empezó a ser marginado y tachado como “restos de paganismo”, por lo que hubo que eliminarlos. Pero esto es bastante moderno aunque esté sucediendo en el siglo XV y que ya esté lejísimos de nosotros; pero hubo quince siglos donde todo aquello era permitido. Entonces, la Iglesia católica siempre tiene ese resabio de paganismo o de carnaval medieval que le es inherente.
Por otro lado, creo que lo que permite que Cervantes haga una nueva forma de reír es precisamente lo que te comentaba hace rato: esa misericordia y esa compasión que no puede concebirse en Occidente sin el Nuevo Testamento, que es como la idea de ver algo triste y compadecerte antes de hacer escarnio de ello. Hay un buen chiste que menciono en el libro: los legionarios de Roma ponen en la cruz de Jesús: “Aquí está el Rey de los Judíos”, y por eso le ponen una corona de espinas. Es una forma muy premoderna de reír, pero alguien moderno no puede reír ante eso, aunque sea un buen chiste; y no es porque sea el hijo de Dios sino porque ese mismo libro, ese testamento nuevo, sencillamente expone otros valores que tienen que ver con la risa moderna, que es la quijotesca, triste o compasiva.

AR: Para terminar: tú hablas de la comedia romántica, de la comedia musical, de las sitcoms, en las cuales finalmente el amor está de trasfondo. ¿Cómo se vinculan en la modernidad la idea del amor con la del humor, entendiendo éste como comicidad?
GEE: Creo que son muy profundas. Como que todos los textos de amor efectivo son de desamor, y el desamor y la desilusión son la mejor materia para hablar del humor. Cuando empecé a escribir el libro hubo un momento en que dije: “Yo quiero escribir un libro de ensayos de amor”. Luego fue natural que la historia de amor fuera de amor fracasado, y creo que esa es la mejor excusa para reflexionar sobre la pérdida (incluso de los padres) o sobre la desilusión, que son temas que se prestan mucho para poder hablar del humorismo. La pérdida del ser amado es la mejor excusa para abordar el tema del humor, desde mi perspectiva. Entonces yo creo que por eso aparece en varias ocasiones y con varios géneros.

*Entrevista publicada en Replicante, agosto de 2012.

jueves, marzo 28, 2013

Las raíces humorísticas de la nación mexicana. Entrevista con Antonio Garci


Las raíces humorísticas de la nación mexicana
Entrevista con Antonio Garci*

por Ariel Ruiz Mondragón

En ocasión de las celebraciones por el Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución, ambas mexicanas, ocurrió todo un boom de libros dedicados a explotar el amplio mercado que se abrió en torno a esos procesos históricos. Así, nos vimos inundados de reediciones de obras clásicas, nuevas investigaciones, refritos, versiones para legos, desmitificaciones, novelas, cuentos, etcétera.
Una de las vetas que más éxito tuvo fue la de las versiones humorísticas que se presentaron sobre diversos hechos históricos, entre las que descolló el libro Pendejadas célebres en la historia de México, de Antonio Garci, quien, al contrario de muchos otros, con un poco de investigación histórica, nos relató con ánimo jocoso varios episodios de la vida nacional.
Ante la insuficiencia de espacio del primer volumen para tratar tantos asuntos, el año pasado Garci presentó un segundo volumen con la misma intención lúdica: Más pendejadas célebres en la historia de México (México, Diana, 2011), obra sobre la cual Replicante conversó con el autor.
Garci estudió Comunicación Gráfica e Historia del Arte en la UNAM, y se ha desempeñado como caricaturista y escritor durante más de 20 años, y ha publicado al menos siete libros. Colabora en El Financiero.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir este libro, sobre todo después de que ya paso la gran fiesta del Bicentenario y también si tomamos en cuenta el antecedente de Pendejadas célebres en la historia de México?
Antonio Garci (AG): En todo el primer libro no metí ni la mitad de lo que encontré, y se habían quedado pendientes un montón de artículos; algunos los había terminado y otros los había manoseado nada más, pero allí estaban. Pero por el tamaño que tenían, nunca pude meterlos todos; entenderás que meter todas las pendejadas sería una obra inabarcable, y olvídate de que no hay nadie que la lea, sino que nadie podría cargar tal libro. El punto es que sí había en el tintero cualquier cantidad de cosas; de hecho, en este nuevo libro también me volvieron a quedar pendientes varios capítulos que ya no pude meter.
Como el libro tuvo muy buena acogida —sin albur—, el editor se animó a hacer el segundo tomo de esta saga, y así fue como apareció. Mi idea es que si todo sale bien, hagamos actualizaciones cada año y puedan seguir con las pendejadas del 2011, del 2013, así como hacen la Enciclopedia de México, como un almanaque, como el calendario Galván.
Este no es un libro de historia sino de humor. La única promesa que yo les hago es que se van a reír mucho si lo leen, y ésa es la única intención. Yo no quiero educarlos, no quiero que aprendan historia de México, que se vuelvan buenos ciudadanos, que odien o adoren al régimen, o tirar propaganda a favor o en contra de alguno. Nada de eso. La verdad, es un libro que está hecho para que la gente se divierta, y si de paso aprenden historia de México, es un daño colateral, porque esa nunca fue la intención.

AR: ¿Cómo estableces la vinculación entre la historia y el humor? ¿De dónde surgió tu interés por la historia?
AG: Yo soy caricaturista, que es realmente lo que hago, y un poco es esa deformación de oficio: en todos lados estás buscando el chiste, las tres patas del gato o las chichis de las víboras. En el caso de este volumen, surgió de que hice un libro que era una parodia de los libros de autoayuda, que se llamó Por qué las mujeres aman a los pendejos, en el que hice un capítulo de algunas anécdotas históricas que me sabía y que, según yo, debían de estar en el “Salón de la fama de las pendejadas”. Eran inconcebibles, algo que, de verdad, no podías creer que hubieran hecho, y que además lo hubieran hecho así. Cuando empecé a hacer ese capítulo me di cuenta que sólo el capítulo era un libro completo, que empezaba a crecer y a crecer y no acababa. Se trata de anécdotas que eran de todos lados; en ese sentido, México es un país autosuficiente en pendejadas y no necesitamos importarlas de ningún lado, y de hecho ningún país requiere hacerlo porque todos son autosuficientes en esta materia. El mundo entero tiene pendejadas nacionales, y ningún país necesita mandarlas a hacer a China, lo que ya es mucho decir.
Empecé a sacar este libro porque quería que fuera mi modesta contribución a los festejos del Bicentenario, y me di cuenta de que había puños de pendejadas donde pusiera la mirada. Conté tres mil fichas de cosas que yo pudiera considerar como tales; puedes decir: “¡Ay, güey, es mucho!”, pero si piensas que en donde abras al azar un libro de historia de México, pones el dedo y aparecen 10 pendejadas, pues ya no está tan canijo.
La bronca fue seleccionarlas, eso sí fue muy difícil, y ya elegidas, decidir todavía el segundo recorte, porque ya había rebasado lo que se podía meter en una primera edición. Este libro fue justamente hecho con casi todos los artículos que quedaron pendientes en la primera, más otros que tuve que empezar a investigar. Pero me volvió a pasar lo mismo: me quedé con muchos que no pudieron entrar.

AR: El concepto que atraviesa todo este libro es el de “pendejada”, en el que agrupas a hechos tan diversos como la Güera Rodríguez como la madre de la Patria, el blanqueamiento de Porfirio Díaz y su catálogo pantone o las aventuras de los metrosexuales. ¿Cómo defines tu categoría historiográfica?
AG: Pues como una pendejada, hay que decirlo por su nombre; hay una manera políticamente correcta de llamarla: “errores humanos”, como cuando en los noticieros dicen: “Chocó un tren con otro”, y las causan se atribuyen a un error humano. Pero cuando cometes eso, es una pendejada.
Esos son datos duros, porque yo no invento nada. Si el lector se toma la molestia de revisar lo que pongo para que vea que no lo estoy choreando, se va a dar cuenta de que, efectivamente, sí ocurrieron las pendejadas, aunque todos prefiramos voltear para otro lado y fingir que nunca pasó. Sí ocurrieron, como cuando expropiamos a Santa Claus para que fuera Quetzalcóatl quien nos trajera los regalos de Navidad; y hay muchas más, como la ciudad obrera, la locura que era el panal socialista, que, si la hubieran llegado a realizar, la Ciudad de México sería otra.
Hay en el libro una intención de, a vuelo de pájaro, mostrar un panorama histórico de estas anécdotas, desde la Independencia o lo más antiguo hasta llegar a la vida actual, para tener una visión de todo. Pero podría especializarse, como pendejadas deportivas o políticas, que las podría hacer de este año y llenas un libro.
Me gustaría subrayar que no quisiera que se pensara que lleno un libro de pendejadas porque yo soy muy inteligente. La verdad es que yo soy muy, muy pendejo, y suelo hacer muchas pendejadas todo el tiempo, lo que me permite ser una autoridad moral para poder ver dónde hay pendejadas. La gran paradoja es que esto ocasiona que no tenga la más remota idea de lo que escribí.
Pero lo morboso del libro, lo que a mí me gustaría que ocurriera y creo que sí se cumple, es la expectativa que genera mientras lo lee la gente, y que diga: “¡Ay, güey, esto no es cierto, no es verdad! ¡No puede ser, no!”, que vaya de asombro en asombro de cosas que realmente ocurrieron.

AR: Hay algunas que, diría yo, son casi leyes que mencionas, algunas constantes históricas; por ejemplo, al principio mencionas que el país ha creído que todo se puede arreglar con cambios en la Constitución. ¿A qué se debe esto?
AG: A un entusiasmo latinoamericano, a que nunca nos preocupamos de que una ley que hacemos, así sea jodidísima, realmente funcione, que se respete y que se cumpla. Es mucho más fácil que cambiar todo decir que con una nueva Constitución todo se va a arreglar, desde la impotencia, la eyaculación precoz, la caída del cabello, la miopía, el cáncer y hasta que te pelen las viejas.
Es como un gran entusiasmo, pero no sólo mexicano: lo ves en Latinoamérica, como en el caso de la Constitución bolivariana que sacó Hugo Chávez, y en algunos años más seguramente van a sacar otra Constitución que, ahora sí y de verdad, nos va a sacar el buey de la barranca.
Ves a países que no tienen, en mi opinión, unas leyes ni modernas, ni justas, ni muy bien hechas, pero cuyo único secreto es que han logrado que sus leyes más o menos funcionen, y con eso se las han arreglado. Los gringos no han hecho ninguna reforma en la Constitución desde que hicieron su independencia en el siglo XVIII, sino algunas enmiendas, y ahí se la llevan. Ese es el chiste: que hagas una, aunque sea mala, pero que se respete.

AR: Más adelante dices, creo que en el capítulo dedicado a la banda del carro rojo, que siempre es posible violar cualquier disposición oficial cumpliéndola, todo es cuestión de encontrar el modo. ¿A qué se debe que queremos resolverlo con leyes?
AG: Pregúntale a cualquier abogado: cualquier cantidad de tranzas absolutamente legales, incluso delitos totalmente legales, se pueden hacer siempre y cuándo estés bien asesorado. En el libro hay varios casos, y de hecho, uno de los capítulos es una compilación de este tipo de vueltas constitucionales o legales para poder hacer cosas. Pero si tú o yo las hacemos, nos meten al bote; si las haces bien asesorado, ya haces una empresa.

AR: Me gustó la parte donde criticas que algunos digan que el gatopardismo es mexicano porque cambia todo para que todo siga igual. Pero tú postulas una ley histórica contraria.
AG: Yo digo que aquello es una pendejada; siempre que han querido hacer eso, lo que han logrado es que todo cambie, y allí pongo los ejemplos. Creo que es un gran error histórico; efectivamente, muchos lo han intentado, pero el resultado ha sido fatal para los que lo han logrado: Salinas quiso que todo siguiera igual, puso el IFE y ya nunca jamás volvió a ser igual, tan así fue que perdió la Presidencia el PRI; la cantante Alejandra Guzmán se inyectó un aditivo en las nalgas para que siguieran igual de bien como siempre las había tenido, y lo único que consiguió es que se le fuera todo a la goma; hicimos la Independencia para que todo siguiera igual que antes de la Constitución de Cádiz, y mira en lo que terminó.
La moraleja, entonces, es que si ustedes son de un talante reaccionario y quieren que todo se conserve, no muevan nada. Ésa es la única lección.

AR: Hay algunas metáforas del país que son enseñanzas: por ejemplo, la del Zócalo, que es un basamento que se quedó casi en proyecto.
AG: Sí, es como la gran metáfora del país. El Zócalo es una obra inconclusa, pero ahí que va a estar; ya tenemos la pura base, pero el día que lo terminemos pues no te la vas a acabar. Fíjate esa gran expectativa que era el Zócalo, la única obra de algo que jamás se concluiría, que incluso jamás se proyectó, que es lo más canijo; nada más era como “ahí va a estar, próxima inauguración”. Esa obra terminó siendo el nombre del sitio, y de hecho nadie conoce ese sitio con otro nombre que no sea el Zócalo.
AR: Y ahora hubo una gran bronca porque no se terminó en dos años la Estela de luz, para festejar el Bicentenario; paradójico, porque el Zócalo no se ha terminado en siglos.
AG: ¿Qué te preocupas? Esta obra se une a una gran cantidad de monumentos que no se hicieron, proyectos inconclusos que nada más se anunciaron, igualito que el Zócalo. No se logró llevar a cabo en los tiempos establecidos, y quedó como que iba a ser del bicentenario pero casi la inauguran en el tricentenario.

AR: Nuestra historia está llena de muchas de estas obras incompletas. También es muy metafórico que el himno que cantamos está cortado, tanto, que sólo cantamos el 30 o 40 por ciento.
AG: Sólo se canta el 40 por ciento de las estrofas originales.

AR: ¿No es una característica del país el que todo lo deja a medias? Hace algunos años algunos se quejaban del águila mocha.
AG: Desde que me acuerdo, no ha habido una sola administración que no haga recortes. ¿Por qué no van a recortar el himno? La verdad, la selección de las estrofas oficiales del himno que cantamos es buena: son, por mucho, las mejores. Creo, además, que la duración que tiene el himno es correcta, porque más tiempo pasarías del fervor patriótico a los besos, y de allí a la pachorra. Creo que fue correcto hacer eso; incluso la nueva versión sintetizada, donde nada más se cantan dos estrofas oficialmente en lugar de cuatro, y que es la común que escuchas en las estaciones de radio cuando se acaba el día, en la ceremonia civil en la escuela, también es mejor.
Si me apuras un poco, vamos a llegar al día en que cantemos nada más el coro y fin; será suficiente para que no haya bronca de que en algún partido se les olvide. Pero, la verdad, nadie se lo sabe; todo el mundo se ensaña con Coque Muñiz, pero es injustísimo. No me digas que hay alguien que se pueda saber el himno nacional completo; si tienes las estrofas oficiales, no puedes tener al mismo tiempo las estrofas prohibidas o recortadas, y si a eso le sumas que de cualquier manera la versión oficial que cantamos es editada, pues menos. Nadie se lo sabe.

AR: Claro, y es un proceso de edición desde los juaristas.
AG: Sí, claro. La historia completa del himno nacional es una locura. Tuve la gran suerte de contar con el apoyo del Instituto Mexicano de Derechos de Autor, los abogados Larrea, Gabriel y Manuel, quienes tienen un expediente enorme de cosas insólitas sobre derechos de autor, y entre ellas estaba el himno nacional. Lo quizá más morboso, tremendo y fuerte que puede tener el libro es la evidencia de que está registrado en Estados Unidos a nombre de un gringo, un judío norteamericano llamado Edward B. Marks. Este cuate no sólo tiene registrado el himno mexicano sino todos los himnos, y pasa la charola a todas las embajadas cada vez que es su día nacional para que le paguen. Solamente no registró los himnos de Estados Unidos y de Israel. ¿Las razones? Yo creo que fue porque su editora no tiene cara para cobrar regalías por el himno gringo, y la otra es que como es de Israel, porque a los paisanos no se les puede hacer eso.

AR: Hablas bien del himno nacional. Te diría que una de las grandes ventajas de nuestro himno es que es bailable.
AG: Sí, es bailable. Hay muchas cosas que no puedes hacer con el himno nacional, porque de verdad su ley es minuciosa hasta detalles tan quisquillosos que abruman. Una de las cosas que desde luego jamás puedes hacer en México con el himno es bailarlo; es anatema, e incluso es bote inconmutable. No puedes bailarlo bajo ningún motivo; a todos los que han intentado hacer versiones bailables del himno nacional en México les ha ido de la fregada: a Pérez Prado, a un grupo de rock que meten por ahí unos punketos, a mi supercuate Fernando Rivera Calderón. Eso lo impide el Estado mexicano, pero de verdad a rajatabla.
Pero resulta que el himno, como lo hizo un catalán, Jaime Nunó, es una sardana, que es el baile nacional de Cataluña. En el libro viene un muy bonito blog del Consulado mexicano en Cataluña, donde los mexicanos ponen sus comentarios de un 15 de septiembre, cuando se fueron a celebrar en un pueblo: estaban azorados de ver cómo, en cuanto empezó a sonar el himno, ellos se pararon firmes, con el brazo en el corazón y a hacer los honores; pero se pararon los catalanes y se pusieron a bailar, ya que es un ritmo bailable. Hay que aprender sardana; la bronca que no sabemos bailarla.

AR: También hay otra bonita historia que se cuenta: la de la banda del automóvil gris, que defines como “agrupamiento formal policiaco destinado a robar”. ¿Crees que hizo escuela? ¿Fundó una tradición?
AG: Yo creo que fue la primera vez que, formalmente, una institución policiaca fue creada para ir a robar casas; creo que antes lo hacían, pero de manera soterrada, informal. A la banda del automóvil gris la hizo la revolución, con todos los saqueos la volvió institucional. En una locura esa historia, cuya película fue el primer gran éxito de taquilla del cine nacional; fue como un reality show, ya que fue hecha con los mismos protagonistas, y el mismo policía encargado de la investigación actuó haciendo el papel de sí mismo, en una saga real de muchos episodios. La verdad, ya que conoces esa historia, es una locura: no hay guionista que pueda hacer lo que realmente les pasó a estos delincuentes, y aún hoy que tenemos grandes sagas de delincuentes que han hecho cosas descomunales, se las sigue llevando la banda del automóvil gris. Es de risa loca la tragedia que les pasó a estos cuates, que fueron ojetísimos y que además fueron usados por el maldito sistema.

AR: Otra metáfora del país que a mí me gusta la del blanqueamiento de Porfirio Díaz.
AG: Hubo una época, incluso, en que fue una política de Estado blanquear a los mexicanos. Juárez tenía la intención de que se promoviera la emigración de pobladores del norte de Europa, que los eslavos vinieran de Rusia y se asentaran en lugares como Oaxaca o Chiapas, porque decía que el gran problema de todos esos pueblos indígenas era que no se instalaban en la vida nacional moderna justamente porque les faltaba ese componente europeo. Entonces la onda era blanquearlos; su teoría era: “Vamos a poner unos rusos al lado de unos tojolabales, los dejamos unos años y a fuerza se van a mezclar y ya con eso vamos a sacar al país del subdesarrollo”. La bronca es que nadie quiso venir a México; ahí les falló, pero la idea era la de la raza cósmica de José Vasconcelos.

AR: Ya para concluir: ¿crees que algunas de las que tú llamas “(p)utopías mexicanas” podrá alumbrar el futuro de este país?
AG: Somos un país de (p)utopistas. Todos los mexicanos tenemos nuestro gran proyecto, aunque sea de la colonia. El problema no es que nos falten sino que las hacemos, y todo queda bastante más gacho de como lo habíamos encontrado. De cualquier manera, ya una vez que la estableces te genera la intención de hacer otra (p)utopía para acabar con la que hiciste. En todo caso, creo que es más humano que mexicano.


*Entrevista publicada en mayo de 2012 en Replicante.

lunes, diciembre 19, 2011

La risa como demostración de libertad. Entrevista con Armando Fuentes Aguirre, Catón


La risa como demostración de libertad


Entrevista con Armando Fuentes Aguirre, Catón*

Por Ariel Ruiz Mondragón

Un bálsamo para el duro trajín cotidiano, que suele rebosar de problemas, malas noticias y complicaciones de todo tipo, lo es el humor, el que muchas veces se obtiene a través de breves y jocosas historias que mueven a risa hasta desternillarnos. A éstas generalmente las llamamos chistes.

Quien más ha practicado en la prensa mexicana el humor en forma de chistes escritos lo es Armando Fuentes Aguirre (Saltillo, Coahuila, 1938), mejor conocido como Catón, quien lleva alrededor de 35 años publicando diariamente y sin descanso su columna “De política y cosas peores”, en la que mezcla sus cuentos y comentarios políticos. Su columna, que es publicada en Reforma y en más de 100 medios de la República, es una de las más leídas del país.

Recientemente Catón reunió buena parte de su trabajo en el libro Los mil mejores chistes que conozco (y otros cien más buenos aún). De Amantes a Mujeres (y sexo, sexo, sexo) (México, Diana, 2011), a propósito del cual charlamos con el autor acerca del humor, su significado, la creación de chistes, los tabúes, los héroes, políticos y literatos y el humor, así como de la ampliación de las libertades humorísticas en las últimas décadas.

Fuentes Aguirre es abogado por la Universidad Autónoma de Coahuila, así como maestro en Letras Españolas y Pedagogía por la Escuela Normal Superior de Coahuila. Desde 1978 es cronista de Saltillo, y en 2003 recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es autor de al menos una docena de libros.

ARIEL RUIZ (AR): ¿Por qué publicar hoy un libro como el suyo, en esta época de violencia, de crisis? Al principio del libro dice que usted aspira a poner amor y humor en el prójimo, e incluso hay algunos chistes sobre la crisis.

Armando Fuentes Aguirre (AFA): Precisamente porque estamos en este momento crítico; esa sería la mejor razón, el mejor motivo para publicar un libro de humor. Cuando más sombrío es el tiempo, más necesidad tenemos de ese don precioso que es la risa. Y los mexicanos sabemos conjurar los malos tiempos con esa magia, que es la de reír. Ante una tragedia, los argentinos hacen un tango, y nosotros los mexicanos hacemos un chiste, sea un ciclón, una inundación, un terremoto o un mal presidente. Todos esos desastres los conjuramos con la risa, que es una flor de inteligencia. Saber reír es mostrar inteligencia, y saber reír de uno mismo es demostrar más inteligencia aún.

AR: ¿Cuándo empezó usted a manejar el humor en su columna “De política y cosas peores”?

AFA: Esta columna de humor data de 1975, más o menos. Ya hacía una década que yo escribía y publicaba la columna que acompaña a ésta y que se llama “Mirador”, que es de reflexión sobre temas del mundo y de la vida. Esa columna tenía mucho éxito.
Pero yo hice un diagnóstico y me di cuenta de que había vastos sectores de público que no me leía, a saber, las mujeres y los jóvenes. A ese vastísimo conglomerado —al que los políticos han dado el nombre de “pueblo”, una palabra de la que se ha abusado tanto, y que yo prefiero llamar “gente”, la común, la que es como nosotros— sentí que yo le estaba fallando como comunicador, porque mi público era de adultos, masculino y con una educación —vamos a decir— de preparatoria hacia arriba, si es que cabe esa denominación en los temas de la cultura.
Entonces me propuse un ejercicio de pensamiento: ¿qué es lo que puede agradar a todos? Y creo haber dado en el clavo: lo que nos gusta a todos es reír. Y entonces empecé a publicar esta columna que desde el mismísimo primer día de su aparición tuvo éxito. Ahora me dicen que, según encuestas, es la columna más leída del país. No quiero alardear de eso, porque leo a muchos colegas cuyas columnas pienso que deberían ser más leídas que la mía.
Eso me demostró que el mejor vehículo para comunicarnos con nuestro prójimo es la sonrisa, y ésta se obtiene a través del humor.

AR: Mantener durante 36 años una columna con un sentido humorístico es una hazaña. En este sentido, ¿cuáles son sus fuentes?, ¿cómo logra crear y recrear tantos chistes?

AFA: Entre mis principales fuentes está Fuentes, es decir yo mismo. Muchos de los cuentos que narro son de propia creación, porque no hay libros sobre esto, y es imposible derivar de una conversación tantos cuentos como los que yo uso. Mi columna aparece 365 días al año, con una sola excepción: cuando es año bisiesto, cuando entonces sale 366 días; aparece los siete días de la semana y también los martes.
Entonces sería imposible que me contaran tantos cuentos o que los hallara en alguna fuente. Suelo narrar cinco o seis chistes diarios, a veces hasta una docena, por ejemplo los domingos, que por ser día del Señor y por respetarlo no hablo de política, y entonces ese día son puros cuentos. Muchos de ellos de creación propia, aunque reconozco que los mejores son los que me cuentan.

AR: Algo que me llamó la atención de su libro es que hay referencias a figuras del espectáculo, de la religión y de la vida cotidiana, y hay muy pocas al personaje del político. ¿A qué se debe esto?


AFA: No se pueden usar personas concretas porque entonces el chiste se expone a perder actualidad. Por ejemplo, si ahora contamos un cuento sobre algún político de los años setenta u ochenta, ese cuento ahora no tendría ningún interés ni ninguna vigencia. Entonces, si el humor tiene alguna característica es su intemporalidad; el valor de un cuento es que pueda relatarse lo mismo hoy que dentro de 10, 20 o 30 años.
Voy a contar aquí rápidamente un cuento: la partera llamada a atender a una mujer que está dando a luz, se sorprende al verla acostada en el suelo, sufriendo allí las penalidades del parto, y le pregunta: “¿Por qué estás en el suelo?, ¿por qué no estás en la cama?”. Y la adolorida parturienta, que está sufriendo, gimiendo y llorando el parto, le dice: “No voy a la cama porque no quiero volver al mismo sitio donde mis males comenzaron”. Ese cuento tiene dos mil 500 años de edad; es, quizá, uno de los primeros cuentos picantes que se narraron, y viene de Grecia. Pero es un cuento actual, puede contarse ahora y hace reír.
Entonces, si se usan personajes así de nuestro tiempo, el chiste va a quedar prontamente obsoleto.

AR: En algunos chistes aparecen santos, hasta Tomás Moro. ¿Usted tiene muchas referencias clásicas de chistes? También de alguna manera recordé El nombre de la rosa, en el que se busca el libro de Aristóteles sobre la comedia.

AFA: Claro, hay muchas referencias allí al humor, precisamente porque el libro habla de la maldad del hombre que no se abre al amor ni a la risa. A veces, de la lectura de los libros llamados sagrados se pueden obtener conclusiones erróneas; por ejemplo, se dice que en ninguna parte de los Evangelios se deriva que Cristo haya reído alguna vez: sí se dice que lloró, pero nunca que rió. Es imposible pensar que alguien como él, que era todo amor, no haya reído. Yo lo imagino contando cuentos con los apóstoles —seguramente el que contaba los mejores era san Pedro, porque era el más pícaro, el más humano; los de san Juan deben haber sido algo aburridos, pero los de Nuestro Señor también deben haber sido muy buenos porque es imposible pensar que en todos esos años de su vida no haya sonreído, no haya reído.
El nombre de la rosa se basa, precisamente, en ese concepto equivocado; allí se dice que la risa es algo malo, peligroso, y es el error más funesto que se puede cometer. Lo más peligroso es precisamente no reír.

AR: En el libro hay chistes históricos, sobre personajes como Cristóbal Colón o Eric el Rojo. Ya que usted también ha hecho historia: los héroes que generalmente nos pintan son de rostro duro, como Benito Juárez, al que usted ha estudiado. Pero hay algunos de los que se dice que eran muy buenos para el chiste, como Álvaro Obregón.

AFA: Claro que sí, de un ingenio extraordinario; él tenía entre sus amigos o ayudantes a un gran escritor michoacano, el poeta José Rubén Romero, autor de La vida inútil de Pito Pérez, uno de los mejores libros mexicanos y de los más leídos, ciertamente. A Romero alguna vez le dio por cultivar el bello género poético que José Juan Tablada cultivó también, que es el haikú, que decía en unas cuantas líneas un concepto de belleza. Romero escribió uno muy lindo que dice: “Buscando huevos en el gallinero un día/ me topé con los senos de mi prima”. Y Obregón decía: “Romero tiene libros muy buenos, pero lo mejor de él son los senos de su prima”.
Pero es uno de los pocos políticos de quienes se sabe que han cultivado el humor; a todos les da por la solemnidad, que es una de las mayores idioteces en que puede incurrir un ser humano: no saber reír, y sobre todo no saber reír de sí mismo.
Entonces, por eso se nos presentan esos héroes hieráticos, con perfiles de estatua, inconmovibles, a la manera, precisamente, del Benemérito de las Américas y de algunos de nuestros presidentes, que pensaban que sonreír era degradar su investidura, y entonces tenían la seriedad de un monolito.

AR: ¿Y usted cómo ve, a grandes rasgos, el humor entre los literatos mexicanos? Ya que mencionaba a Romero, me hizo recordar aquél poema de Juan de Dios Peza “Reír llorando”, sobre el actor Garrick.

AFA: En el caso de Peza, pienso que el humor le pesaba, porque él cargaba un peso muy grande, que además era bien sabido: el de la infidelidad de su mujer. Y entonces a él le dio un poco más por la vena trágica, por el reír llorando, por ese tipo de cosas.

Pero hay mil escritores que han cultivado muy bien la vena del humor, de la ironía...

AR: A alguien que me hace recordar es a Efraín Huerta con sus poemínimos; pero ¿quiénes son sus favoritos?

AFA: Renato Leduc, un espléndido humorista, con una gran finura y con una gracia para decir las cosas; el mismísimo don Alfonso Reyes, quien, con toda su erudición a cuestas, era capaz del humor: tiene sonetos deliciosos que hacen sonreír porque llevan esa levísima carga que es el humor.

AR: Uno más venenoso: Salvador Novo.

AFA: Bueno, en Novo se daba el humor mordaz; esto quiere decir “el humor que muerde”, y ése es otro tipo de humor, que cae muchas veces en el sarcasmo, en la sátira.
Mi tipo de humor, sin desdeñar a ése por temible, es el que no hiere, que no lastima, que no agrede, sino el que une. Casi todo el humor de Novo era un humor controversial, polémico, de agresión a veces motivada por la defensa; él tenía que defenderse, y entonces lastimaba, como en sus terribles sonetos dedicados a Diego Rivera, o como en sus epigramas, capaces de destruir de por vida el prestigio y el buen nombre de una persona.
Pero ese humor corrosivo, vitriólico, mordente, que es el humor de Novo, no figura entre mis tipos de humor preferidos.

AR: ¿Cómo hizo la selección de chistes que aparecen en este libro? No sé cuántos tendrá usted en su colección, pero ¿cómo escogió estos cuentos?

AFA: Los hice, en parte, con un criterio liberador; por eso en la portada dice “De amantes a mujeres (y sexo, sexo, sexo)”. ¿Por qué? Porque en un país como el nuestro, de raíces religiosas muy profundas, el sexo ha sido visto tradicionalmente con recelo, con sospecha, como algo tabú, de lo que no se puede hablar, siendo que la sexualidad es un don divino: gracias a la sexualidad es que perpetuamos nuestra especie.
El sexo es algo puesto en nosotros, para el creyente, por la divinidad, y cubrirlo de telarañas atenta contra ese regalo. La mejor manera de quitarle a algo las telarañas es a través de la risa. La política se desolemniza con la risa, y la mejor manera de quitarle lo hierático a un político es hacer un chiste acerca de él: lo desarma, no tiene nada que oponer a él, porque el chiste es inteligencia, y para contestarlo se necesita también de ésta. Los chistes son “picositos”, llevan esa sazón, pero llevan también una intención liberadora.
Vamos a hablar del sexo como algo natural porque lo es, no es que inventemos: va en nosotros, es un apetito natural, está en nuestro cuerpo, sea cual sea la forma que escojamos de ejercerlo. Para hacer frente a esos tabúes, a esas prohibiciones, a esos recelos que muchas veces por desgracia tienen una raíz religiosa, por eso van allí esos chistes.

AR: Como usted dice, el sexo ha sido visto mucho como tabú, aunque creo que ahora mucho menos que cuando usted inició su columna. En este sentido ¿usted ha tenido problemas con sus chistes, por un lado con grupos moralistas, conservadores, y por otro lado con grupos políticamente correctos? Por ejemplo, muchos son chistes sobre sexo, pero tratan sobre circunstancias de infidelidad y hay referencias a la religión, y por el otro hay uno sobre caníbales y derechos humanos.

AFA: Al principio sí, ahora ya no. Por eso inventé esos personajes que se oponen a que salga tal o cual cuento; por ejemplo, doña Tebaida Trigua, que es presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y que cae desvanecida al leer algunos de los chistes, o el reverendo Rocko Fages, que es el pastor de la Iglesia de la Tercera Venida, y que también protesta por estos cuentos. Allí hay dos extremos: uno, el de la prohibición católica, y el otro es la prohibición protestante, calvinista, etcétera, ambos unidos por el mismo recelo hacia la sexualidad.
Al principio sí había ese tipo de problemas. Cuando esta columna empezó a aparecer en un principio en Hermosillo (cito concretamente la ciudad), un comité de damas se propuso levantar firmas para pedir a los editores del periódico que no la publicaran. Se les ocurrió pedirle su firma al señor Obispo, porque pensaban que si él encabezaba la lista pues todos los demás firmarían, porque el prelado tenía una gran influencia moral en su comunidad. Fueron le pidieron su firma, y les dijo el obispo, que era don Carlos Quintero Arce: “Si yo firmara esa petición sería un gran hipócrita, porque ésa es la primera columna que yo leo todos los días”. Y les hizo ver la función liberadora y la alegría del humor, y que muchas veces las telarañas no están en el cuento, sino en quien lo lee, a la manera de aquella señorita madura que llamó a la policía para quejarse de que unos estudiantes tomaban desnudos el sol en el jardín al otro lado de su casa; llegó la policía y le dijo: “Oiga, pero desde aquí no se ve el jardín de sus vecinos”; “¿Qué no?”, dice la señorita, “Mire, ponga esta mesa, arriba el buró y luego una silla; súbase y verá si no se ve el jardín”.
Entonces, muchas veces el morbo —“morbo” quiere decir enfermedad— está no en quien cuenta, sino en quien oye o lee.

AR: Otro asunto que atrae de sus chistes son los nombres que usted ha creado: Nalgarina Grandchichier, Bustolina Grandnalguier, Himenea Camafría, Astatrasio Garrajarra, etcétera. ¿Cómo ha creado estos nombres?

AFA: Al principio yo usaba nombres raros pero existentes, y nunca faltaba alguien que protestara por el uso de ese nombre. Una vez hice un cuento de un tipo que le pregunta a otro: “Oye ¿y fulanita de tal realmente es tan ligera como dicen?”, y contesta el tipo: “Mira cómo será de ligera. ¿Cuántos tipos conoces tú que se llamen Homobono?”. Dice el otro: “Ah, caray, pues creo que alguna vez oí hablar de alguien que se llamaba así”; “Bueno, pues ella ya lleva tres Homobonos”. Pues si ya llevaba tres Homobonos, ¿cuántos Pedros, Juanes y Antonios llevaría?
Bueno, pues recibí tres mensajes, dos de hombres que se llamaban Homobono, y otro que decía que su padre se había llamado así, y protestaban por el uso de este nombre.
Usaba también Belarmino, que es un nombre raro pero existente. Y una sobrina mía, que vive en Torreón, donde fui a dar una conferencia, estaba entre el público y al final me fue a saludar. Y me dijo: “Tío, yo vine por tres razones: la primera, pues para saludarte y tener el gusto de verte; luego, pues para oír tu conferencia, y luego para pedirte un favor”; “Sí, hijita, cómo no, dime”, “No uses en tus chistes el nombre de Belarmino; así se llama mi marido, y en la oficina se lo acaban con bromas y todo eso”.
Entonces eso me llevo a pensar el no usar nombres reales para no lastimar a nadie, porque uno de mis propósitos como escritor es no herir, no lastimar, no hacer daño a nadie, y entonces opté por inventar mis propios nombres, y esa acción de bien —si es que así se le puede decir— resultó fructífera porque ahora la gente se ríe más de los nombres que del mismo cuento.

AR: ¿Qué otras características tiene su humor? Usted, por ejemplo, maneja un estilo elegante y culto, con referencias clásicas e históricas.

AFA: Es que escribir un chiste es considerablemente más difícil que decirlo. Al decir un cuento, quien lo hace se apoya en muchos elementos: en el matiz de la voz, el ademán, la expresión del rostro, todo eso ayuda. Escribirlo es muy difícil porque puede caerse en el simplismo, y entonces hay que vestir el cuento, y a mí me gusta adornarlo con una serie de referencias a veces ocultas que sólo un lector perceptivo puede descubrir. Aunque la verdad es que procuro escribir para que todo mundo pueda recibir el cuento y disfrutarlo, y de allí deriva ese ropaje que creo que enriquece y embellece el cuento.
Me gustó la expresión que usó de que lo hace elegante. El humor, que es gracia, tiene que presentarse con gracia.

AR: Uno de los chistes menciona justamente a Catón: ocurre un asalto, y en el recuento de de las cosas que le robaron a una víctima dice: “Entregó una columna de Catón, que siempre llevaba consigo con una mica para que le sirviera de orientación en la existencia diaria”. Por los mensajes que usted recibe, ¿cómo ha incidido Catón con su humor en la vida diaria de sus lectores?

AFA: Yo pienso que ha tenido un efecto positivo porque muchos me ven un poco como parte de su vida. Recibo decenas y decenas de correos diariamente, y se pueden encontrar de todo tipo, por ejemplo personas que me hacen preguntas sobre tal o cual duda que tienen. Aquí tengo uno que dice que cuál es la forma que tengo para escribir mis cuentos, y mire la primera frase que me dice: “Un santo laico”. Me apena ver mensajes como éste, porque quizá los lectores esperan de mí más de lo que les puedo dar. Ésto es algo hermoso, pero también es algo que compromete y que preocupa. Pero procuro siempre dar lo mejor.
Yo quiero mucho a la gente. Una de las cosas que más me gustó de este libro es lo que dice aquí y que pusieron mis editores: “el columnista más leído y querido de México”. Entonces, yo quiero corresponder a ese afecto de la gente y entregarle cada día un motivo para disipar justamente lo que usted mencionaba al principio: vivimos tiempos muy sombríos.
Yo tengo 73 años de edad y no recuerdo haber vivido antes esta preocupación, esta inquietud que nos hace salir de nuestra casa con zozobra, con preocupación. Ustedes aquí, en el Distrito Federal, no lo sienten tanto porque, paradójicamente, la ciudad que los provincianos considerábamos más peligrosa y más insegura, es ahora la más segura y menos peligrosa del país. Ustedes viven sin esa preocupación que a nosotros nos da por salir a la calle o a la carretera, con miedo de posiblemente no regresar porque a la mejor nos toca la desgracia de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada, en que hay una balacera y una bala perdida nos puede dar en la cabeza, como le ha pasado a tanta pobre gente.
Entonces mucha gente me agradece el hecho de que en la mañana ya recibieron un poquito de humor, de alegría, de sonrisa que quizá les haga más llevadera la jornada, que les permitirá comunicarse con otros contándoles lo que leyeron.
Ése es un quehacer bonito del cual no me canso de darle gracias a Dios —porque yo soy creyente. Esto que voy a decir ojalá no sea publicado, o si es publicado, ojalá mis editores no lo lean: aunque no me pagaran yo seguiría escribiendo, porque yo escribo no para, sino escribo por; como dice la gente, “porque me nace”. Eso es algo muy bonito; cuando uno dice “porque me nace” es porque estoy respondiendo a un llamado, a una vocación. El hecho de hacer esto, y que encima de todo me paguen por hacerlo, es un milagro.
Yo de niño y de joven era lector voraz, pero jamás llegué a pensar que alguna vez viviría de escribir; no hago otra cosa. Ya no doy clases, aunque, claro, doy conferencias, pero hacerlo es escribir hablando. Escribo libros de historia, de reflexión, de cuentos, y entonces vivo de escribir, lo que en México es una hazaña. Pienso que no somos muchos los que vivimos exclusivamente de esto; hay quienes escriben y dan clases, tienen una agencia de publicidad, un puesto público, son abogados, etcétera. Yo escribo y escribo.

AR: Lleva más de un tercio de siglo escribiendo una columna de humor. En este sentido ¿cómo ha cambiado el humor en ese periodo?

AFA: El campo se ha abierto considerablemente. Antes, por ejemplo, era peligroso hacer un chiste sobre el Presidente; recuerdo que una vez me entrevistaron en una estación de Estados Unidos porque yo estaba estudiando allá. En ese tiempo el Presidente de la República era Gustavo Díaz Ordaz, y en el panel de discusión alguien, un norteamericano, habló de que en México no había libertad de expresión. Y dijo: “Por ejemplo, aquí, en Estados Unidos, yo puedo decir que el presidente Johnson es un idiota, y no me va a pasar absolutamente nada”. Yo dije: “Bueno, en ese caso también en México hay libertad de expresión: yo también en México puedo decir que el presidente Johnson es un idiota y no me va a pasar absolutamente nada”.
Con eso yo quería decir que no podía decir algo así del presidente mexicano, porque entonces sí me pasaba algo.
Ahora el Presidente pues es objeto de toda suerte de expresiones; si bien la va, una expresión va a ser humorística, pero si le va como siempre le va, va a ser una crítica feroz, a veces insultos —cosa que no debe ser. A veces se pasa un límite que el propio escritor se debe fijar: no incurrir en calumnia, en difamación, en injuria, etcétera.
Entonces, en ese sentido el campo se ha abierto, aunque yo no digo que demasiado. Es preferible tolerar un poco los excesos antes que pensar en poner cualquier límite a la capacidad que tiene el ciudadano de decir.
En la cuestión sexual igual; me resulta imposible pensar que hace 10 años yo no podía usar en mis columnas la palabra “condón”, ni siquiera poner “preservativo”. Y no digamos esas que se llaman “malas palabras”, que son a veces las mejores. Ahora yo las busco, e incluso los periódicos más conservadores respetan el uso de esas palabras, porque saben que son necesarias, y que si se quitan o se cambian pierde sentido y gracia el texto.
Entonces, se ha abierto el campo, somos más libres, y la prueba es que podemos reír más y mejor. La risa es una demostración de libertad; los esclavos son, generalmente, tristes; el hombre libre es alegre, o debe serlo.



*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 130, septiembre de 2011. Reproducida con permiso del director.