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lunes, mayo 01, 2017

El PRI, ese instrumento del poder. Entrevista con Rogelio Hernández Rodríguez



El PRI, ese instrumento del poder

Entrevista con Rogelio Hernández Rodríguez*

Ariel Ruiz Mondragón

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha sido la organización política más importante de México: ninguna otra ha dominado durante tanto tiempo el poder en sus distintos niveles, con los beneficios y las desventajas que de ello deriva, lo que ha generado que se le alabe o se le denueste casi sin matices.

Uno de los esfuerzos más completos por comprender de forma integral la compleja trayectoria y desarrollo de esa organización es el publicado por Rogelio Hernández Rodríguez en su libro Historia mínima del PRI (El Colegio de México, 2016).

Etcétera conversó con Hernández Rodríguez, quien es doctor en Ciencia Política por la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México. Es autor de cinco libros y ha colaborado en publicaciones como Foro Internacional y Mexican Studies/Estudios mexicanos.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy investigar, escribir y publicar un libro que resume la historia del partido de Estado mexicano, esta, como dice usted, explicación integral de la organización?

Rogelio Hernández Rodríguez (RHR): El PRI como tal, el partido que nació en 1947, no ha tenido estudios que expliquen su desarrollo, su evolución, su funcionamiento, etcétera. Lo que tenemos son explicaciones parciales sobre eventos, circunstancias específicas que, dependiendo de la coyuntura, dan una idea de cómo funcionaba el partido en ese momento, en esa circunstancia, pero no tenemos una explicación cabal de cuál era ese procedimiento.

Es importante porque ese partido tiene dos antecedentes: el Partido Nacional Revolucionario (PNR) y el Partido de la Revolución Mexicana (PRM), que sí han sido bastante bien explicados. Entonces, mientras tenemos una clara historia de los orígenes del partido, no tenemos una explicación de qué pasó después. Creo que en términos académicos es necesario que sepamos qué es lo que ha ocurrido para poder entender el funcionamiento de ese partido.

Esa es la razón principal para haberlo hecho, junto con la iniciativa que en su momento tuvo el entonces presidente de El Colegio de México, Javier Garciadiego, para promover las historias de los tres partidos más grandes. Este es el primero en salir y esperemos que pronto salgan los otros dos.

 

AR: Usted anota que no ha habido historias puntuales, con profundidad, minuciosidad y rigor analítico, principalmente del sector académico. ¿Cómo se explica esto? Yo recuerdo algunos estudios parciales, como los de Robert Furtak, Luis Javier Garrido, José Antonio Crespo y el libro compilado por Miguel González Compeán, por ejemplo. ¿Por qué siendo tan importante el PRI no fue estudiado ampliamente desde la academia?

RHR: Considero que hay al menos dos razones: la primera tiene que ver con una tendencia equivocada de suponer que estudiar al PRI significa un compromiso o una defensa de él, y este temor ideológico ha hecho que muchas veces no se haga. Junto con él va de la mano el hecho de que el PRI supone siempre una posición política: o se le estudia para defenderlo o para criticarlo, y eso tiene que ver más con una posición de orden electoral y partidario que con un interés académico.

Del lado de la academia como tal, pienso que ha habido un error en términos de suponer que el partido ha hecho lo mismo desde que nació y hasta el día de hoy. Entonces creo que la academia ha pecado de subestimar al partido.

No es el único caso: la academia ha subestimado muchos aspectos de la política nacional, y eso ha hecho que tengamos muchos huecos en su historia que en algún momento debemos llenar. Tenemos muchos prejuicios y lugares comunes en la explicación; creo que el PRI ha sido observado desde una perspectiva muy electoral y política, o desde el lugar común en el que ya no hay nada que explicar: todos son priistas, el PRI es el PRI y no hay nada que explicar.

Esas son las sorpresas que siempre tienen la academia y la política cuando se habla del PRI.

 

AR: Sobre el nacimiento del PRI: desde el principio menciona una característica que destaca usted: la de que el PNR, a diferencia de la gran mayoría de los partidos en el mundo, no buscaba alcanzar el poder sino retenerlo. ¿Cómo marcó esto la historia del partido de la Revolución?

RHR: La marcó decisivamente porque el partido en su más antigua versión, que es el PNR, tenía el propósito muy claro de controlar a los diferentes grupos y caudillos de la época. En 1929 el país no tenía —contra muchas de las versiones que se tienen— una autoridad central, no contaba con un procedimiento civilizado para poder acercarse al poder. Lo que había eran grupos, caudillos, muchas fuerzas políticas, militares, etcétera, que competían por el poder porque no había una lógica de participación. Eso no quiere decir que no hubiera muchos partidos; la verdad es que la historia nacional muestra que había más de mil partidos en aquella época. Pero todos los partidos eran efímeros o eran dirigidos por un interés muy inmediato del caudillo que lo estaba conduciendo.

En 1929 la idea de Calles simplemente fue tratar de encontrar un canal civilizado que reuniera a los caudillos y diera paso a la competencia; pero en la medida en que la iniciativa procedió del entonces presidente, por lo tanto utilizando toda la autoridad del Estado, fue hacer desde el principio un partido que condujera los procesos y no que compitiera por el poder.

Esto marcó al partido desde el inicio: desde entonces y hasta que empezó a tener conflictos en los años ochenta, siempre fue un partido sometido a la figura presidencial (todavía lo vemos ahora). El partido tiene como principal debilidad el no tener un liderazgo propio, una dirección propia, sino estar siempre sujeto a las decisiones de la autoridad presidencial. Sus principales problemas ocurrieron precisamente cuando esto se debilitó a partir de los años ochenta y noventa del siglo pasado, aunque ahora ha tenido alguna recuperación.

Pero el partido siempre fue un instrumento del Estado para controlar el poder, y esto debilitó naturalmente su capacidad de respuesta política: no fue una entidad que respondiera políticamente a las circunstancias, a las organizaciones, etcétera, sino que se conducía por el interés presidencial. Esto fue diferente en los años ochenta y noventa, lo que lo hizo demasiado estático frente a las coyunturas políticas, lo que es un elemento que explica en buena medida su derrota en el año 2000.

 

AR: Usted dice que el que inició esto fue Calles; sin embargo, él lo utilizó para su poder personal. ¿Cuál es la variación que hubo con Lázaro Cárdenas, que llegó a someter al partido a la institución presidencial?

RHR: A pesar de que realmente fue el constructor de una gran cantidad de instituciones políticas del país (muchas de ellas sobreviven), Calles utilizó al partido y muchos de esos instrumentos para consolidar su propia influencia política. Esto, naturalmente, rompía con su propio propósito institucional.

Cárdenas advirtió no sólo el peligro de este poder no institucionalizado, personalizado, que en mucho recordaba los problemas del siglo anterior con el Porfiriato, sino también que ya el poder de los caudillos estaba declinando. Él enfrentó la última rebelión de los caudillos, que fue la de Saturnino Cedillo, expulsó a Calles del poder y entendió muy bien que lo que ya estaba presente eran las instituciones, entre ellas las organizaciones sociales.

Cárdenas no tenía nada de ingenuo, y aunque ha pasado a la historia como el bien portado de la política nacional, no tenía nada de esto. De lo que se dio cuenta es de que las corporaciones eran muy fuertes, decisivas en la política y que no se podía dejarlas libres. Por eso es el que creó el concepto real, en la práctica, de las corporaciones, y las llevó al terreno del propio partido. El partido siguió siendo instrumental: de la misma manera que Calles, Cárdenas lo ratificó instrumental, con una diferencia: que no ya no eran caudillos sino las organizaciones las que fueron incorporadas al partido. A éstas no les iba a permitir que se quedaran libres y que participaran políticamente donde quisieran: se les llevó al partido del Estado. A las organizaciones obreras que ya existían pues simplemente las ordenó, pero él se encargó de crear la organización campesina y de la burocracia (él produjo la Ley de Administración Pública, de Responsabilidades, y también los sindicatos al servicio del Estado). Toda esa estructura era para no dejarlas libres. Esto es algo que quienes adoran a Cárdenas ocultan o le perdonan; pero no tiene nada de perdonable: fue un procedimiento de incorporación de los trabajadores de las organizaciones al servicio del Estado.

 

AR: En el libro hay una parte donde pone mucho acento en que el PRI se volvía una maquinaria electoral. ¿Qué pasó con las corporaciones, que tuvieron una participación más intensa en el cardenismo, que ya después vino a menos con Manuel Ávila Camacho?, ¿cómo se incorporaron a esta maquinaria electoral?

RHR: Es un procedimiento muy complejo, pero para tratar de sintetizar se encamina a dos asuntos: el primero es que no solamente era controlar a las organizaciones sino darles espacios políticos de representación directa, que es lo que después se conoció como “cuotas” en los puestos de elección popular. Pero si esto satisfacía los intereses de los líderes sindicales, ¿cómo le hizo para satisfacer las necesidades de los trabajadores? Esto lo desarrolló el propio Estado mediante sus políticas sociales.

A partir de los años cuarenta, cuando ya políticamente el país estaba tranquilo y empezaba a caminar por la estabilidad política, comenzó a desarrollar los programas económicos que le fueron bastante exitosos entre los años cuarenta y sesenta. Lo que hizo el Estado era que tenía los recursos suficientes para desarrollar una política social lo suficientemente amplia y satisfactoria para que no sólo los trabajadores sino la población mexicana se viera sin necesidad de demandar otras cosas en el terreno político.

Eso fue lo que hizo que desde los años cuarenta hasta los sesenta México transitara por una gran estabilidad política pero también por un significativo desarrollo económico y social.

Entonces fueron dos vías: una, la satisfacción social claramente desarrollada por los gobiernos mexicanos en aquella época, y el reparto de beneficios electorales y políticos a las corporaciones. De esa manera solucionó el conflicto político.

 

AR: Otro aspecto importante es que hay una idea monolítica del PRI y cómo ha manejado el poder nacional, pero el libro deja ver los poderes locales, de los estados, de las regiones, que van desde los caudillos hasta la sobrevivencia del PRI después del 2000 con el poder de los gobernadores. ¿Cuál ha sido la influencia de estos poderes locales en la historia del PRI?

RHR: La explicación tiene que ver con que el PRI más bien se adaptó a una situación histórica clara; en realidad, así como usted dice de que tenemos una idea muy equivocada de que el PRI era monolítico y vertical, también hemos tenido la idea de que las entidades de la República han sido las víctimas permanentes de la centralización política, que el Estado nacional, la Federación, el centro ha victimizado a los estados.

La verdad es que no es así: los estados han sido enormemente autónomos en términos políticos, y han desarrollado liderazgos políticos que son muy fuertes. La centralización que se desarrolló en México en realidad fue una respuesta para controlar ese enorme poder y capacidad de autonomía de las entidades de la República. Los líderes políticos, los gobernadores o los caudillos, como lo quiera ver en su versión menos institucionalizada, fueron realmente actores muy importantes que controlaron a su arbitrio los estados. No es que ahora veamos demasiadas arbitrariedades de esos personajes y parece que el país simplemente se nos está desmoronando; la verdad es que en el pasado también los hubo, tan violentos e ignorantes como los podemos encontrar ahora. La diferencia es que la centralización era lo suficientemente fuerte como para controlarlos y, en su caso, quitarlos del puesto cuando la barbarie era excesiva. Eso fue lo que hizo el priismo: delegó el control político a los mandatarios, y que fue lo que hizo que el PRI en realidad no fuera tan nacional como lo hemos visto, sino que operara como maquinarias estatales dirigidas por los gobernadores.

Este fue un acuerdo —por decirlo de alguna manera— que en el fondo lo que representaba era delegación de funciones. El Estado mexicano jamás ha sido tan fuerte como para controlar todas las entidades de la República, y esto no se debe tanto a una debilidad intrínseca como a las enormes diferencias económicas, sociales y culturales que tienen los estados y la enorme distancia que tiene con éstos.

Esto simplemente llevó a que el gobierno federal delegara en los estados la función política a cambio de que los gobernadores no tuvieran ni intervención en la sucesión propia ni tuvieran manejo económico de los recursos para poder hacer una obra personalizada. Esta fue la centralización que durante tanto tiempo hubo en México.

¿A qué nos llevó? Bueno, esa fue la época (hablando de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo pasado) en la que el gobierno federal era el que diseñaba la obra social, la obra pública, y lo hacía con un carácter nacional. Tenemos la muy mala costumbre de pensar que lo hacía con criterios nacionales, pero la verdad es que no: la obra pública se desarrollaba no por intereses de gobernadores y de estados sino en términos de interés nacional. Es así como se hacían las presas, las carreteras, etcétera.

A cambio los gobernadores se encargaban, fundamentalmente, de la estabilidad política. ¿Cómo lo corregía el gobierno federal en aquellos años de priismo dominante? Pues por la vía de la informalidad: a un gobernador que no era capaz de gobernar, de mantener la estabilidad, se le retiraba del cargo y punto. No quiero decir que esto haya sido bueno sino que era la manera de corregirlo.

Ahora lo que tenemos es exactamente lo contrario: los gobernadores tienen recursos, no tenemos un sistema de vigilancia adecuado, la obra pública se hace a criterio personal, estrictamente para promoverse y por eso es que ahora los vemos muy bien.

Esto nos ha llevado a que ahora todos los gobernadores, sean del PRI, del PRD o del PAN, tengan una enorme discrecionalidad para utilizar los recursos públicos en interés de su futuro político, de su grupo y, sobre todo, personal. Esto en el pasado no ocurría; ahora lo que tenemos son gobernadores arbitrarios, sin un mecanismo de control legal o informal.

Lo que el PRI hacía es que delegaba, lo que, a final de cuentas, al partido lo que le ha significado es que sus maquinarias sobreviven, a diferencia de otros partidos. Depende de la habilidad y capacidad del gobernador encontrar a los grupos para que las cosas funcionen adecuadamente, y ya no tanto del partido como tal.

 

AR: Otro tema que está presente en todo el libro es la vinculación del desarrollo del partido, de su vida interna y electoral, con la economía nacional. Usted traza algunas líneas que van desde la revolución hacendaria hecha por Iturriaga hasta el neoliberalismo impuesto por los tecnócratas, pasando por la sustitución de importaciones, el desarrollo estabilizador y las políticas económicas de Luis Echeverría y José López Portillo. ¿Cómo se ha vinculado la vida interna del PRI, su éxito y sus debilidades justamente con la economía nacional?

RHR: Ese es un excelente punto porque quizá esta sea la mejor demostración del carácter instrumental del PRI durante toda su vida. El PRI en realidad pudo manejar política y electoralmente las cosas, socialmente a los grupos y a sus agremiados, precisamente porque el Estado mexicano desarrolló una política económica y social exitosa en términos generales.

Evidentemente hubo desequilibrios en el reparto de los beneficios, pero el Estado se preocupó durante mucho tiempo por cubrir esas cosas. Hoy estamos acostumbrados a culparlo de todo, pero en realidad la obra social y económica del país la ha desarrollado el Estado mexicano: las políticas educativa, de atención médica, de vivienda, de crédito, etcétera. Hubo momentos en que lo hizo mejor, indudablemente, cuando hubo un desarrollo económico sostenido, y ahora tiene dificultades, pero muchas de esas instituciones han sobrevivido gracias al Estado mexicano.

Naturalmente el PRI se benefició de eso: el apoyo electoral que recibía el priismo se debía a la obra social y económica del Estado, no a la suya. Esta es una de las maneras más claras de demostrar su carácter instrumental: en realidad no hizo nada, sino que recibía los beneficios electorales que la política social y económica le daba a la sociedad mexicana.

Entonces el PRI se volvió el beneficiario instrumental, y esta es la vinculación que se hizo durante mucho tiempo. Una de las características de México es que desde el Porfiriato y después en la Revolución con el nuevo régimen nunca han desaparecido las elecciones; sabemos que en el pasado se hacían con un sistema electoral diseñado para que no perdiera el PRI, pero lo interesante del asunto es que siempre se hicieron elecciones, y el PRI competía con alguien formalmente, y ganaba abrumadoramente. Esto habituó a los ciudadanos mexicanos a que las elecciones no eran nada extraño, y por más que supiéramos que los que no quisieran estar con el PRI iban a perder, de todas maneras se participaba. El PRI simplemente se sentía el beneficiario natural de la obra del Estado mexicano.

Esto, curiosamente, no solamente el PRI lo ha reproducido sino que lo hacen todos los competidores: los gobernadores panistas hacen promoción de la obra pública para beneficio del PAN; el PRD hace promoción todos los días de la obra de gobierno para beneficio del partido. Esto es algo que se ha reproducido naturalmente: los partidos parecen ser los beneficiarios naturales de la obra que no es suya sino del gobierno, en concreto, y del Estado en general.

 

AR: Hace usted en el libro un comentario interesante: cuando salieron del PRI Cuauhtémoc Cárdenas y la Corriente Democrática, formaron el Frente Democrático Nacional y luego el Partido de la Revolución Democrática (PRD), y llega usted a decir que se trató de un PRI tradicional que enfrentaba al PRI tecnocrático. ¿Cómo fue este paso de la izquierda que se convirtió al priismo?

RHR: Eso es, particularmente para el PRI, uno de los eventos más importantes de la política mexicana. Fue en 1987, en la sucesión presidencial, y ocurrió precisamente durante el primer gobierno conocido como tecnocrático, el de Miguel de la Madrid. El proyecto económico se convirtió en el principal motivo de la disputa y de la salida del partido de lo que en ese momento fue la Corriente Democrática; la selección del candidato presidencial era un asunto secundario. Para este grupo lo que realmente debía discutirse era el modelo económico, porque evidentemente estaba conduciéndose hacia otro terreno que no era el que el nacionalismo revolucionario había mantenido: el Estado interventor, las políticas sociales, etcétera.

La tecnocracia se caracteriza, entre otras muchas cosas, por un estricto control de las finanzas públicas y del gasto, y, por lo tanto, de todos los beneficios sociales que no estén justificados por un equilibrio macroeconómico. Esto es lo que llevó a que Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo encabezaran la separación. La discusión, entonces, tenía que ver con el modelo económico.

Ya sabemos cómo terminó el asunto en 1987-1988 y cómo terminaron las elecciones presidenciales. Lo que ocurrió es que Cárdenas y Muñoz Ledo se quedaron con un proyecto que es estrictamente el del viejo priismo, del nacionalismo revolucionario. Ellos, después de las elecciones de 1988, se propusieron crear un partido propio: tenían el capital, la estructura, los apoyos suficientes para hacerlo. Fue la izquierda, el Partido Mexicano Socialista, la que le ofreció el registro. El hecho es que la izquierda le pidió al viejo priismo que se ocupara de ella, y lo que tuvimos es el desastre de la izquierda mexicana. ¿Por qué? Pues porque en estricto sentido, desde 1989, cuando se fundó el PRD, es un partido que no encuentra una identidad ideológica. En realidad se convirtió en el partido que recibía todo lo que el priismo ya no quería física e ideológicamente.

El PRI desdeñaba el nacionalismo revolucionario y el PRD lo asumía; el PRI desdeñaba la intervención del Estado en la economía, y el PRD la reivindicaba, etcétera. El PRD recibía toda la herencia revolucionaria del PRI. Mientras que éste ha tenido la capacidad de mantenerse a la mitad de todo: es un partido que se mantiene, en algunos casos, muy semejante a la derecha, sobre todo, por ejemplo, en el manejo de la economía nacional, y en otras cosas se maneja en un terreno muy social cuando le conviene. Eso es lo que hace que el PRI se mantenga en esta especie de centrismo que capta votos de la derecha pero también de la izquierda, mientras que el PRD se mantiene siempre en un discurso la verdad muy viejo, que sigue hablando de la intervención del Estado, del gasto social, de los pobres, etcétera, lo que la hace no ser una izquierda auténticamente liberal, como en otros países.

La izquierda mexicana sigue teniendo como principal limitación ser muy medieval en muchos de sus planteamientos.

 

AR: Una de las partes más interesantes del libro es la dedicada a uno de los grandes éxitos sociales del Estado mexicano: el crecimiento de las clases medias. Usted habla de un periodo de letargo del PRI, que va de los años cincuenta a los setenta, en el que no pudo incorporarlas, abrir espacios políticos para ellas. ¿Qué ocurrió?, ¿por qué no supo capitalizar ese éxito social notable del Estado mexicano?

RHR: Son varias las razones. Una de ellas, para regresar a lo que habíamos platicado, tiene que ver con el carácter instrumental del partido y con su definición desde los años cuarenta como maquinaria electoral que básicamente dejaba de hacer política. El partido nunca se dio cuenta, como organización, de que en la sociedad mexicana había transformaciones políticas y sociales muy importantes; no lo sabía, entre otras cosas, porque no le interesaba y porque nunca desarrolló un cuerpo analítico para poderlo hacer. Aquel viejo instituto que tenía, el Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales, era más ficción que realidad porque no tenía la capacidad de analizar ni de adelantarse, sobre todo porque el gobierno mexicano no se lo permitía: en estricto sentido y para decirlo rápidamente, el PRI no estaba para pensar sino para actuar, y por ello no tenía que analizar muchas cosas.

Lo que el PRI siempre recibía era la alimentación de la intelectualidad mexicana, la que analizaba social y políticamente al país, y de eso se aprovechaba el priísmo para medio actualizarse.

El problema es que ni el PRI ni la academia mexicana estuvieron lo suficientemente alertas como para entender que había cambios sociales y políticos muy importantes en México en los años sesenta, y que estaban vinculados a la obra del gobierno mexicano en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, que fueron los de mayor expansión económica y social de México. Unas de las principales beneficiarias, indudablemente, fueron las clases medias, que recibieron los provechos de la educación, de la salud pública, de la vivienda, del ingreso, lo que les permitió un enorme crecimiento. Las clases medias son enormemente activas, o más bien diría reactivas, y enormemente pasivas cuando reciben los beneficios. Esa es una característica de las clases medias: guardan silencio cuando les va muy bien, y critican mucho cuando empiezan a no estar bien.

Durante los años cuarenta y cincuenta a las clases medias les fue enormemente bien, recibieron todos los beneficios, pero estaban dependiendo, básicamente, del desarrollo económico. Cuando, a finales de los años sesenta, éste empezó a hacer agua en México, las principales perjudicadas fueron las clases medias, y su manera de expresarlo fue la inconformidad, una que no estuvo ni organizada ni tuvo un proyecto propio. Como buenas clases medias, que son fragmentadas, con multiplicidad de intereses y de grupos, fue imposible organizarlas en México y en el mundo. No tienen un solo canal de expresión, y tampoco están interesadas en organizarse.

Entonces el priismo no solamente no entendió qué pasaba sino que tampoco tuvo la capacidad para incorporarlas, y por eso lo que vemos en los años sesenta no es la acción del partido sino la del gobierno —o del Estado mexicano si se quiere ver en un sentido más amplio— para enfrentar las movilizaciones de las clases medias. Lo sabemos muy bien: en los años sesenta no fueron los trabajadores los que se movilizaron sino básicamente las clases medias, cuyas movilizaciones no tenían un solo interés o un solo proyecto —es más, no tienen proyecto. Ahora que está muy de moda decir cuándo empezó la democracia en México, pues hay quienes dicen que allí inició.

La verdad es que si somos muy exigentes y buscamos dónde estaban las propuestas, no las hay: los médicos tenían demandas económicas, de organización propia; los maestros siguen teniendo un interés particular, su ingreso y su organización, y los movimientos más conocidos, que tienen que ver con los estudiantiles, tienen multiplicidad de demandas, incluido el histórico de 1968.

Entonces no hay un proyecto de las clases medias, lo que quiere decir que hay una rigidez social que logran capitalizar y expresar simplemente porque ellas fueron las principales beneficiarias del desarrollo. El caso fundamental tiene que ver con la educación, que es, aquí y en todas partes del mundo, la principal causa de movilidad social. En los años sesenta esto se cerró, y naturalmente impactó a las universidades, a la juventud.

Naturalmente los jóvenes son los principales exponentes de lo anterior, los que están más sensibilizados para poder entender las demandas sociales aunque no las puedan expresar claramente, como lo vemos todos los días en cualquier circunstancia.

 

AR: En el libro se reseña brevemente cómo evolucionó el sistema electoral mexicano, con los diputados de partido de 1964 y la reforma política de 1977, por ejemplo. En todo este proceso democratizador, ¿cuál fue el papel del PRI? Se tiende a pensar que fue el de tratar de detenerlo.

RHR: De nuevo: su carácter instrumental fue el que lo limitó enormemente para poder participar, tener capacidad y un papel ya no digo protagónico sino simplemente determinante, y esto tiene que ver con el proceso mismo de los cambios políticos. Las reformas electorales en México datan, si nos vamos muy para atrás, de la primera y más importante en los años cuarenta, y la segunda, la de López Mateos en 1964, con los diputados de partido.

Si uno ve la historia de las reformas electorales en México hay dos periodos: uno demasiado largo en el que hay tres o cuatros reformas, que va desde los años cuarenta hasta los setenta, y un periodo casi frenético de reformas electorales que ocupa toda la década de los ochenta. No solamente hay una distinción en términos de la cantidad de reformas sino también de quién las promovió: las primeras reformas, de los años cuarenta hasta finales de los setenta, incluidas las de 1973 y 1976 (ésta histórica) no las promovió la oposición sino el gobierno mexicano, y lo hizo porque el PRI se estaba quedando solo en la discusión y necesitaba tener más participantes. Las reformas estaban encaminadas a ampliar la participación de los ciudadanos, de los partidos y a ampliar la representación de los partidos en las instituciones del país. Esta fue la primera etapa.

La segunda etapa de las reformas es la de los años ochenta, con un cambio notable: ya no era el gobierno el que necesariamente las promovía sino que se vio obligado a aceptarlas, y lo único que le quedó es tratar de conducirlas. En este terreno quien llevaba la discusión no era el PRI sino el gobierno mexicano, y por eso de nuevo el PRI fue espectador en este proceso de reformas. Esto le impactó, naturalmente, en los procesos internos, no en su participación externa. Reaccionó y entró en conflictos permanentes: había grupos que lo tratan de conducir de una manera, otros lo tratan de detener, etcétera. En fin, el PRI no fue un protagonista fuera sino interno, y eso es lo que lo llevó a que hacia los años ochenta el PRI se viera contra su presidente.

 

AR: El proceso democratizador se puede engarzar con la llegada de los tecnócratas al partido, quienes prácticamente se ponen contra él; el que más lo hizo fue Ernesto Zedillo, que es con quien se rompe el vínculo con la Presidencia de la República. ¿Cómo impactó el proceso democratizador al partido, y cómo lo afectó la llegada de la tecnocracia?

RHR: Cambió de manera radical. Los tecnócratas han tenido no solamente un papel delicado en la economía nacional y en nuestro futuro sino también tuvieron un impacto real en el partido. A los tecnócratas nunca, hasta hace muy poco tiempo, les ha llevado mucho tiempo entenderlo: son poco afectos a la política, no la entienden y no saben para qué sirve, y creen que todo tiene que ser aceptado por la sociedad mexicana. Para ellos el modelo económico es racional y por lo tanto tiene que ser aceptado sin discusión. Ya están las consecuencias en México y en el mundo de lo que en términos generales se conoce como neoliberalismo, esta racionalidad excesiva en la que no se quieren aceptar discusiones ni que se cometen errores.

Esto lo llevaron los tecnócratas mexicanos al terreno de la política de manera muy obvia, y lo llevaron hasta a tratar de entender que el PRI debía ser, de nuevo, sometido y no actor, con una diferencia enorme: para ese entonces el partido estaba perdiendo elecciones, por lo que más de un priísta tuvo que darse cuenta de que había que componer las cosas. Ya había antecedentes: como lo muestro en el libro, Carlos Madrazo fue de los pocos que se dio cuenta de que se debían reformar las cosas, y la respuesta que le dieron fue la expulsión. Esto es una repetición constante en la historia del priísmo: cuando hay estos intentos de modificación, la respuesta es la expulsión, como les ocurrió a Madrazo y después a la Corriente Democrática.

Los tecnócratas no entienden la política, por lo que empezó a haber demasiados conflictos; el caso de Salinas es el más importante de todos. Él supuso que debía haber una reforma para destruir ese viejo PRI, y trató de hacer modificaciones que no logró materializar. Invirtió cuatro años de su sexenio en un conflicto permanente contra los priístas, y lo único que consiguió es que le dio espacio a los líderes reales del priísmo, que son los gobernadores, en la estructura. Esto terminó, como ya lo sabemos, en una situación crítica no solamente para el priísmo sino para la política mexicana en 1994; entonces llegó Zedillo por una desgracia política y personal para Luis Donaldo Colosio y compañía.

Lo que ocurrió es que Zedillo era el menos capacitado para entender la política nacional; entonces hubo un desencuentro en toda la política mexicana. Fue claro que, con todos los conflictos que ya conocemos, la política se volvió un problema para el Presidente de la República, y también se volvió un problema su relación con el partido. Zedillo malinterpretó personalmente lo que quería decir la relación con el partido, y fue cuando inventó su idea de “la sana distancia”, que en realidad era una conveniencia porque se acercaba o distanciaba del partido cuando le convenía, lo que llevó a que el partido asumiera que ya no tenía a su líder natural, que era el Presidente de la República.

Los peores problemas que tuvo el priísmo con el Ejecutivo fueron exactamente en el periodo de Zedillo, quien intentó imponer condiciones y no lo logró.

 

AR: Recuerdo especialmente el choque con Roberto Madrazo en Tabasco.

RHR: Ese fue el principal problema. Zedillo supuso que bastaba su decisión para remover gobernadores como en el pasado, con la única diferencia de que antes era posible porque en el priismo había un líder y porque había una homogeneidad política enorme en el país. Lo pudieron hacer Echeverría, Díaz Ordaz e incluso todavía Salinas, pero Zedillo evidentemente ya no. En 1994 el pluralismo político era enorme, afortunadamente, y ya los gobernadores no respondían al mismo criterio, ni panistas ni perredistas ni priístas, por lo que el presidente perdió autoridad política. La Presidencia de la República se deterioró, se debilitó enormemente, no tuvo los instrumentos para seguir manejando la política nacional, y no tuvo el talento ni la experiencia.

Ya para entonces la élite política había perdido una enorme calidad en su experiencia y en su capacidad para manejar las cosas. El gabinete del que se rodeó Zedillo es uno de los que han tenido menor capacidad y habilidad política, lo que vimos también los que siguieron, que no por ser panistas fueron mejores sino creo que todo lo contrario. Entonces hubo una pérdida neta de la capacidad para manejar la política.

Lo que hizo Zedillo fue abonar el camino para que el Presidente de la República, que históricamente era el líder natural del priísmo, se separara de él. Por eso, hacia el final lo que encontramos fue que Zedillo se enfrentó no a la oposición sino al PRI. Tuvo que inventar un mecanismo, que fueron sus elecciones primarias, y manipularlas para sacar adelante a un candidato, Francisco Labastida, que no era el mejor capacitado para enfrentar ya a una oposición muy avanzada y con un desprestigio social del priísmo, con un convencimiento de la sociedad de que podía participar y de que podía aprovechar las circunstancias para cambiar el régimen, y lo hizo.

 

AR: ¿Qué pasó después con el PRI? En el 2000 perdió la Presidencia de la República, en 2006 le fue muy mal, pero en 2012 regresó y ganó. ¿Qué hizo bien el PRI, qué aprovechó para regresar al poder? ¿Qué hicieron mal el PAN y el PRD?

RHR: Varias cosas importantes. Usted ya mencionó un dato revelador: lo que podríamos llamar “el fracaso de la alternancia”. En el 2000 sacamos al PRI de Los Pinos pensando que el que llegaría iba a hacer un gobierno mejor, que lo que nos estaba ofreciendo era mejor en términos políticos, económicos y sociales; es más, me atrevería a decir que más de uno —y allí la academia tuvo una fuerte responsabilidad— le dijo a la gente que éticamente los partidos de oposición eran superiores al PRI. Bueno, creo que el resultado es un enorme fracaso. La alternancia, en ese sentido, ha sido decepcionante. Los partidos que siguieron al PRI —incluido el PRD, aunque no ha llegado a la Presidencia pero sí a otros espacios— han demostrado que éticamente no son superiores, ni políticamente tampoco, ni han sido capaces de mostrarnos que hay una mejor opción económica. En ese sentido el fracaso es enorme.

Pero hay otra parte importante, y es que el PRI efectivamente perdió a su líder natural: el Presidente de la República, su dirigente propio, natural, del priísmo. Por eso es que de 2000 a 2006 literalmente el PRI perdió la brújula: no encontraba un camino, un dirigente, y sus respuestas fueron muy parcializadas: ganó en los estados, ganó algunas elecciones y perdió otras, y su fracaso de 2006 en términos de la Presidencia fue enorme: se fue a un lejano tercer lugar mientras la elección se concentraba en las opciones de izquierda y de derecha, con el resultado que ya conocemos.

Pero hubo una diferencia enorme: el PRI mantuvo sus maquinarias estatales. Incluso si uno compara 2003 con 2006, la diferencia es enorme: en el 2003 el PRI había recuperado enormemente su presencia política. ¿Dónde estuvo su error? En el candidato presidencial: Madrazo nunca debió haberlo sido. Fracturó al partido, a la maquinaria electoral: el PRI no apoyó a su candidato presidencial sino, dependiendo del lugar y de sus afinidades, a la derecha o a la izquierda.

Como lo dije antes, el PRI tiene la capacidad de moverse entre la derecha y la izquierda con mucha soltura; entonces, como lo demostró en 2006, fue capaz de apoyar a López Obrador o a Calderón dependiendo del gobernador. Esta es una ventaja para el PRI.

Otro asunto es que el PRI aprendió a competir. Ya sabemos que es un partido instrumental que se beneficiaba de la acción del Estado mexicano, y no tenía que saber competir, simplemente tenía que manejar una maquinaria. Pero si somos un poquito más exigentes, desde 1997 y básicamente en el 2000, con la pérdida de la Presidencia, el PRI aprendió a competir en nuevas condiciones de competencia y equidad abiertas. Ahora ya no podemos hablar de que el partido recibe beneficios indebidos, o por lo menos no nacionalmente, o por lo menos no de manera decisiva (todos los partidos lo hacen), y tenemos un sistema electoral suficientemente abierto, transparente y equitativo como para que nadie pueda acusar de fraude en las elecciones. En esas condiciones el PRI gana, lo que nos demuestra varios asuntos: uno, que es un partido que tiene una maquinaria electoral importante; dos, que sigue teniendo unos fuertes liderazgos que pueden movilizarlo, y tres, algo que la oposición no aprende: tiene apoyo electoral de la ciudadanía. Las elecciones de 2015 lo muestran con toda claridad: es el partido que tiene el mayor voto duro, que no le sirve en sí mismo para ganar ninguna elección, pero es el que tiene la mayor cantidad de simpatizantes y de seguidores.

Toda esta combinación de factores lo llevó a una cuarta característica: encontró un liderazgo fuerte (el caso de Enrique Peña Nieto lo demuestra) que fue importante dentro del priismo porque fue capaz de volverlo a unificar. Lo pongo de otra manera: la diferencia entre 2006 y 2012 tiene que ver con quién fue el candidato: Madrazó no concitó la unidad del partido, mientras que Peña Nieto sí, desde dos o tres años antes de la elección presidencial. El priísmo sabía que tenía un candidato muy fuerte, unificador y capaz, y así lo llevó. La combinación de factores llevó a su victoria, a lo que hay que agregar los errores de dos gobiernos panistas, el terrible problema de la seguridad, etcétera, y complementariamente, el enésimo fracaso de la izquierda para construir una auténtica opción. Todo esto llevó a que en 2012 el PRI lograra ganar la Presidencia de la República.

 


*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 192, noviembre de 2016.

domingo, abril 03, 2016

Neoliberalismo: éxito ideológico, fracaso real. Entrevista con Fernando Escalante


Neoliberalismo: éxito ideológico, fracaso real
Entrevista con Fernando Escalante Gonzalbo*
Ariel Ruiz Mondragón
Pese a que el ascenso y auge del neoliberalismo ocurrió en los años ochenta del siglo pasado, su elaboración intelectual procedía cuando menos de medio siglo antes, cuando en 1938 se realizó el Congreso Lippman, que dio origen a la Sociedad Mont Pélerin, en la que se agruparon varios pensadores que dieron origen a esa doctrina, que ya planteaba una nueva relación entre Estado y mercado, la política y la economía.
La crisis económica de los años setenta, el declive del Estado de bienestar y la inestabilidad política y social que se vivió en amplias regiones del mundo son, entre otros, los factores que le abrieron la puerta al neoliberalismo. Así, “en menos de diez años, el mundo cambia por completo”.
Quien afirma lo anterior es Fernando Escalante Gonzalbo, autor de Historia mínima del neoliberalismo (México, El Colegio de México, 2015), quien realiza en este libro una descripción de la trayectoria de este, como él lo llama, programa intelectual y político, movimiento cultural que ha engendrado “la ideología más exitosa de la segunda mitad del siglo XX, y de los años que van del XXI”.
Etcétera conversó con Escalante Gonzalbo (Ciudad de México, 1962), quien es doctor en Sociología por El Colegio de México. Ha sido profesor en el Centro de Estudios Internacionales de esa institución, así como en la UNAM, el CIDE, la FLACSO, el ITAM, la Universidad de Chicago, el Instituto de Estudios Políticos de París y el Instituto Universitario Ortega y Gasset, de Madrid.
Autor de una decena de libros, ha colaborado en publicaciones como Vuelta, Nexos, Nueva Sociedad, Public Culture, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, Estudios Sociológicos e Istor, así como en los diarios El Universal, Milenio Diario, La Crónica de hoy y La Razón.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy escribir una historia de lo que usted llama “programa intelectual y político”, “movimiento cultural”, “la ideología más exitosa del siglo XX”, que ha transformado el mundo en los últimos 40 años?
Fernando Escalante Gonzalbo (FEG): El primer motivo, desde luego, es que el tema es importante. El neoliberalismo, al ser un programa intelectual y político muy ambicioso, muy extenso, normalmente ha tenido en los últimos tiempos una imagen muy borrosa porque la palabra “neoliberal” se nos ha convertido en un adjetivo para descalificar cualquier cosa, y entonces parece que no tiene contenido real.
El propósito del libro es, en primer lugar, restaurar la comprensión del fenómeno del neoliberalismo y mostrar la amplitud de su programa, porque hay algunas políticas económicas inspiradas en su modelo, pero hay también una sociología, una idea del derecho, una antropología, una idea del Estado neoliberales, que son las ideas dominantes en todo el mundo.
Por eso es importante ver de dónde vienen y cómo se estructuran intelectualmente las instituciones, leyes, planes y políticas que están vigentes hoy en casi todo el mundo.

AR: Podemos empezar con la idea antropológica del neoliberalismo: usted menciona que Hayek le quiso dar un fundamento biológico, lo cual llega hasta la psicología evolucionista, y creo que también atraviesa el posmodernismo. ¿Cuál es la concepción neoliberal de la naturaleza humana?
FEG: Ciertamente, como dice usted, es Friedrich Hayek quien lleva el programa neoliberal a un mayor alcance y amplitud. Tiene una visión de la evolución de la humanidad que articula y que trata de engarzar en un mismo programa intelectual, fallido en algunos asuntos pero enormemente interesante por su ambición.
Puesto en términos muy simples, la antropología neoliberal supone, por decirlo con la expresión de Margaret Thatcher, que la sociedad no existe sino sólo los individuos, que estos son libres y racionales, y que todo lo que sucede en el orden social es producto de las decisiones de individuos racionales que eligen y prefieren. De allí se deriva una enorme cantidad de asuntos: si uno admite esto, se da origen a un tipo de instituciones, políticas, leyes y demás, algunas recomendables y otras no, y hay determinadas cosas que desaparecen, y eso también es importante.
Si sólo hay individuos racionales que optan libremente, entonces la existencia de un interés público resulta, por lo menos, dudosa. Lo público resulta, de inmediato, sospechoso, porque sólo hay individuos.
Desde luego hay muchas otras derivaciones de la antropología neoliberal, pero la matriz básica es esa: la idea de que lo único que existe, lo único que tiene entidad son los individuos, libres y racionales, y que tienen el propósito, por lo tanto, de siempre maximizar su utilidad.

AR: El neoliberalismo ha presumido de su cientificidad; en ese sentido, tiene una suerte de epistemología propia que, como usted señala, obedece a un modelo de la física del siglo XIX. Así, como usted comenta en el libro, el mercado ofrece una forma singular de conocimiento. ¿Cuáles son las consecuencias de estas concepciones?
FEG: El programa neoliberal se apoya y se monta en una idea de la ciencia que es la que domina en nuestro sentido común, una muy estrecha de lo que es la ciencia, basada, además, en ciencia del siglo XIX, no en la del XX. Esta última es, en todas las disciplinas (físicas, biológicas o sociales), un conocimiento de lo complejo y de la indeterminación, que incluye la consideración del tiempo, y es una ciencia mucho más sofisticada que la del XIX, cuando se pensaban procesos mecánicos (hoy sabemos que todos los procesos son orgánicos; que todos están relacionados entre sí; que acontecen en el tiempo y que, por lo tanto, tienen un decurso catastrófico; que no son reversibles, etcétera).
Pero hay una idea de la ciencia que supone que modelos matemáticos relativamente simples pueden representar adecuadamente la realidad. El programa neoliberal —que se define originalmente en 1938— adopta esta idea de la ciencia, y eso tiene consecuencias sobre el modo en que se aproxima a la realidad, porque su intención es elaborar proposiciones cada vez más abstractas y porque la idea es que el conocimiento científico debe aspirar a establecer leyes de validez universal. Esto, insisto, es la ciencia del siglo XIX, que no tiene nada que ver con la ciencia de hoy.
Pero para establecer leyes de validez universal tenemos que elevarnos a un nivel de abstracción enorme: si la ley que descubro sobre el comportamiento humano debe tener una vigencia igual en Noruega y en Nigeria, tengo que hacer abstracción de muchas cosas para poder poner qué es lo que tienen en común los noruegos y los nigerianos, y además los chinos y los mexicanos. Es algo tan abstracto que difícilmente es relevante hoy para un científico social.
Para la mayor parte de las ciencias sociales de hoy es evidente, por ejemplo, que no es irrelevante que un acontecimiento haya sucedido antes o después de la Segunda Guerra Mundial, antes o después de la Revolución Mexicana. Tampoco es lo mismo si algo sucede en Acapulco o en la Ciudad de México, en el desierto de Sonora o en la tierra caliente de Michoacán.
Las ciencias sociales modernas van incorporando cada vez más datos de contexto para hacer un conocimiento cada vez más complejo. Por lo tanto, el nivel de abstracción en el que se mueven las ciencias sociales de hoy es mucho más bajo porque tenemos que dar cuenta de fenómenos históricos, cultural y geográficamente situados.
El programa neoliberal, en cambio, lo que pretende es liberarse de todas esas características concretas para plantear leyes idealmente universales y, por lo tanto, abstractas. Esa es su epistemología y tiene muchas consecuencias, porque tiene que hablar de individuos racionales sin hacerse cargo de que ese individuo vive en México, tiene tal nivel de ingresos, tiene cierta educación y vive en el contexto de este sistema político. Hay un costo de esta ambición de cientificidad a través de la abstracción, por llamarle de algún modo, y es que se pierde mucha capacidad explicativa.

AR: ¿Cuál es la relación del neoliberalismo con la democracia? En términos teóricos usted repasa, por ejemplo, las tesis de la democracia económica, y hace una declaración fuerte: las decisiones básicas de la economía están fuera del círculo democrático. Y no está de más mencionar la visita de Hayek al Chile de Augusto Pinochet, cuando planteó que la dictadura podía autolimitarse para que hubiera libertad económica.
FEG: Es una relación problemática desde un principio. La verdad es que para el programa neoliberal la democracia no es necesaria. Esto es así desde un principio, desde las primeras discusiones en que se definió el programa neoliberal en el Coloquio Lippman, realizado en París en 1938.
La idea es que los liberales clásicos del siglo XIX habían dado prioridad a las libertades políticas: de expresión, de asociación, de manifestación, de voto, etcétera. El problema es que si uno privilegia las libertades políticas, tarde o temprano termina por demandar algo así como el Estado de bienestar; es decir, para que la gente pueda participar en política y expresarse, para que su opción de votar sea real, debe tener un mínimo de educación, de seguridad económica, de salubridad para hacerlo. Por lo tanto, si nos importa mucho la libertad política tendremos que sacrificar algunas libertades económicas: que el Estados intervenga, que regule la economía, que establezca la educación y la salud públicas, etcétera.
Entonces, dicen los neoliberales, si privilegiamos las libertades políticas terminamos subordinando las libertades económicas y lo que hay, a la distancia, es el totalitarismo. Lo hay que hacer es privilegiar las libertades económicas, la de mercado concretamente, y ponerla fuera del alcance de la democracia porque, dicen, si uno le pregunta a la gente, ésta siempre va a querer que le den más dinero y vivir sin trabajar. Por lo tanto, la tendencia natural de la democracia es a destruir la economía porque la gente siempre le demandará irracionalmente más de lo que puede darle. Así, lo que hay que hacer es situar las decisiones básicas de la economía fuera del alcance de las decisiones democráticas, mayoritarias.
A los neoliberales no les importa demasiado la democracia, y pueden vivir muy bien con regímenes dictatoriales. Lo que les preocupa es que las libertades económicas queden fuera del juego democrático porque, según ellos, es el único modo de garantizar que el mercado funcione, y porque las libertades económicas son la garantía de todas las demás.

AR: También hay una distinción que usted hace con el liberalismo clásico: el asunto del Estado. Como usted explica, para los neoliberales es básica la intervención del Estado. ¿Hasta dónde ha llegado la dicotomía que planteaba Hayek entre el Estado y el mercado, cuestión en la que, como él mismo reconocía, no se podía llegar a los extremos? Usted cita aquella pregunta que le hizo Keynes de dónde está la línea entre uno y otro. En términos reales, ¿cuál ha sido la frontera entre Estado y mercado en el mundo neoliberal?
FEG: En esto es normalmente fácil confundirse porque la retórica neoliberal es muy antiestatista; en la práctica, los neoliberales no son enemigos del Estado, no quieren desaparecerlo y no quieren debilitarlo. Lo que quieren es reducir lo público, no el Estado, lo cual es diferente. Son muy conscientes de que necesitan el Estado para crear, defender, preservar, mantener y expandir el mercado, y lo usan, sistemáticamente, para expandirlo y defenderlo.
¿Por qué? El argumento está muy claramente expuesto por Karl Polanyi en su clásico La gran transformación: las relaciones de mercado, sobre todo con esas dos mercancías ficticias que son la tierra y el trabajo, destruyen los vínculos sociales porque la lógica del mercado es absolutamente implacable. Si dejamos actuar solo al mercado termina destruyendo la naturaleza, las relaciones sociales, y, por lo tanto, las sociedades se defienden del mercado y crean formas de colaboración, cooperativas, de intervención pública; crean, por ejemplo, sindicatos para defenderse del libre mercado, y hace falta (esta es la postura neoliberal) que activamente el Estado rompa esas formas colectivas de defensa. Es decir, quien está indefenso y necesita ser protegido por el Estado es el mercado, y hace falta que éste intervenga para extenderlo, incluso en zonas en las que sería muy difícil que existiera. Al Estado le corresponde crear aunque sea simulacros de mercado, que todo sea como si fuese un mercado.
Entonces los neoliberales necesitan siempre al Estado para producir mercados y para defenderlos.

AR: Llamó mi atención que los neoliberales hayan sido tan críticos de las burocracias, pero siempre y cuando fueran estatales. En el libro recuerda que Hayek nunca consiguió una plaza permanente en la Universidad de Chicago, y él sí peleaba por tener su puesto protegido, fuera de la presión exterior. En este sentido, ¿cómo funciona la burocracia en el neoliberalismo?
FEG: Desde luego que hay burocracia en el neoliberalismo. De hecho, hay una burocratización neoliberal del mundo, e incluso hay varios libros dedicados a estudiar el fenómeno. Lo que sucede es que se cambian los criterios de su funcionamiento: se ponen estándares de rendimiento, criterios de evaluación, sistemas de contraloría, etcétera. En general, el propósito detrás de esa transformación es que la burocracia funcione en todo lo posible como si fuese un mercado, lo cual transforma su naturaleza: en lugar del sistema tradicional en el que los puestos de funcionarios son inamovibles, tienen una plaza que es definitiva y una serie de criterios políticos para actuar, se prefiere que sus ingresos dependan de incentivos asociados con la productividad, que nunca tengan seguro su nivel de ingreso, que compitan entre sí las diferentes dependencias, por ejemplo. Es crear mercados dentro de la burocracia.
En eso cambia mucho el funcionamiento: como la burocracia, por mucho que uno quiera, no puede ser un mercado, lo que se hace es crear mecanismos de supervisión y de auditoría para que pueda funcionar como si lo fuera, que sea eficiente. Hay una hipertrofia de los sistemas de auditoría y una tendencia a recurrir a subcontrataciones, licitaciones, contratación de empresas externas, etcétera. Se trata de que la burocracia ya no se enfrente a la tarea de resolver los problemas sino de que contrate a alguien que los resuelva: simular, entonces, un mercado.
Entonces, por ejemplo, en lugar de que el transporte público esté a cargo de funcionarios de una empresa pública, se saca a licitación y a concurso. Se simula un mercado, pero no lo es: para los clientes reales del transporte público o de la recolección de basura, la relación es con un único proveedor, viven un monopolio. Lo que pasa es que quienes simulan que existe un mercado son los funcionarios que contratan a las empresas, y teóricamente las empresas compiten entre sí para ofrecer un mejor servicio. En la práctica lo que se hace es crear un mercado político.

AR: Allí hay un asunto interesante: muchos teóricos neoliberales no rechazan el monopolio. Usted dice que para ellos el libre mercado funciona incluso cuando no es libre. ¿Cómo explican este asunto del monopolio?
FEG: Dentro de la tradición neoliberal hay corrientes, concepciones y programas distintos. Hay, en particular, una rama derivada de la obra de Milton Friedman y de Richard Posner, para quienes los monopolios no son un problema. El argumento es el siguiente: si el mercado produce un monopolio será porque éste es la solución más eficiente, y lo que nos debe preocupar es la eficiencia. Eso siempre será mejor que intentar regular contra los monopolios. Entonces el enemigo no es el monopolio sino la regulación antimonopólica, porque ésta sí interfiere el mercado.
Es un argumento bastante problemático, esa vertiente del neoliberalismo sostiene que hay que dejar que el mercado funcione, y que si produce resultados monopólicos no hay problema.

AR: Uno de los asuntos más interesantes es que donde inicialmente se adoptó el neoliberalismo como una política general no fue en ningún país central, de donde eran sus grandes pensadores, sino en un país de la periferia: en Chile, en 1975. ¿Por qué ocurrió esto?
FEG: En realidad el triunfo de las ideas neoliberales se produjo a lo largo de la década de los setenta. Era un programa que había estado desarrollando sus posibilidades conceptuales y prácticas en los 30 años anteriores, y en los años setenta fue cuando en el espacio público internacional comenzó a ganar la batalla.
Es un poco engañosa la historia porque identificamos el neoliberalismo en el momento de su auge, en los años ochenta, cuando en Estados Unidos gobernaba Ronald Reagan y en Inglaterra Margaret Thatcher. Para ese momento ya había triunfado, pero la década importante para la historia del neoliberalismo es la anterior, cuando el primer gran ejemplo de políticas neoliberales que funcionan fue Chile.
La dictadura de Pinochet no era en principio neoliberal sino un gobierno autoritario que no tenía un programa económico claramente neoliberal. Fue solamente unos años después cuando dentro de su gabinete gana el ala neoliberal. Según es fama (difícil saber si sea cierto o no), hubo una reunión de 45 minutos entre Milton Friedman y Pinochet, en la cual el economista persuadió al general de que sus recetas eran las que Chile necesitaba. Sea verdad o no, el hecho es que se envió a un equipo de economistas de Chicago a trabajar con sus colegas chilenos formados en la Universidad de Chicago en los años anteriores, y que tenían ya una presencia consolidada en Chile.
Entonces desarrollaron un esquema neoliberal, que tuvo altibajos: hubo algunos momentos en que, efectivamente, las recetas neoliberales produjeron un auge de la economía chilena, lo cual fue utilizado como ejemplo. Desde entonces hemos vivido en buena parte de la periferia bajo la constante presencia del modelo chileno. Eso es, por supuesto, especialmente engañoso: ha sido exitoso a ratos y en otros un fracaso, ha tenido auges y recesiones, como todos los modelos, pero siempre la idea es que es el modelo de una política neoliberal exitosa —que lo ha sido en algunos temas, sin duda.
Es importante porque la inmensa mayoría del mundo vive en la periferia, y porque el modelo de los países centrales con economías desarrolladas que funcionan bien no dice gran cosa. La idea de que hay un país que era subdesarrollado y que se ha desarrollado gracias al neoliberalismo es enormemente atractiva. No vende mucho en el espacio internacional decir que Alemania es exitosa y que adoptó políticas neoliberales. Esa es la importancia del modelo chileno.

AR: Pero ¿cuál es la medida del fracaso neoliberal en la periferia? Usted es muy crítico con, por ejemplo, los Tigres asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán). ¿Qué pasó en ellos?
FEG: Sucede algo con las políticas neoliberales de manera más o menos sistemática: en cuanto se liberaliza un mercado, se permite el ingreso de nuevos capitales, se desregula y se permite el movimiento de empresas diferentes, normalmente hay un primer periodo de auge. Eso es absolutamente lógico y natural, pero lo que sucede después no está tan claro.
Siempre que se produce una liberalización rápida también se produce un crecimiento económico rápido, engañoso pero real; entonces esas economías, las que sean, se pueden proponer como modelo. Allí están los ejemplos de Lituania, Letonia y Estonia, que eran socialistas, se liberalizaron, abrieron su bolsa de valores, desregularon, liberalizaron su mercado financiero y entraron en auge. Es verdad, pero lo que no se dice es que unos cuantos años después ese auge se convirtió en una burbuja, ésta pinchó y esos países entraron en recesión. Normalmente eso sucede.
Entonces, el éxito de las políticas neoliberales, como el de cualquier política económica, nunca es constante, pero como siempre hay algún país al que le está yendo bien es usado como ejemplo.
Hubo un tiempo en que el gran modelo eran los Tigres asiáticos, pero hoy nadie se acuerda de ellos porque sus resultados fueron catastróficos: en todos los casos hubo especulación financiera, caída del producto, endeudamiento, aumento del desempleo, crecimiento de la pobreza, etcétera.
Esos países hoy no son modelo, lo fueron en los años noventa, y a finales de esa década nos olvidamos de ellos y los países bálticos y de Europa oriental ocuparon su lugar. También ahora ya nos olvidamos de que están en una recesión profundísima, de que los países bálticos, por ejemplo, han expulsado al 10 por ciento de su población en los últimos seis años porque no tienen modo de emplearla.
Entonces los auges son temporales, igual que los de otros modelos económicos, pero es indudable que los del neoliberalismo son transitorios, como lo ha explicado muy bien Hyman Minsky con su hipótesis de inestabilidad de los mercados financieros: cuando comienza a crecer un mercado financiero con expectativas de crecimiento de la economía, inevitablemente se tiende a lo que los legos llamamos burbujas financieras, y ese es un esquema que a mediano plazo produce inestabilidad y termina, tarde o temprano, pinchando la burbuja y provocando una recesión.

AR: El mejor ejemplo es la crisis de 2008, que parecería una refutación del neoliberalismo. ¿Cómo sobrevivió entonces esta doctrina?
FEG: Yo creo que el neoliberalismo salió fortalecido luego de la crisis de 2008, contra lo que quisiéramos pensar, por varias razones: la primera es que el predominio de las ideas neoliberales en el espacio académico en el mundo es tal que, cuando vino esa crisis, realmente no había alternativas.
Por otro lado, el predominio de los intereses del capital financiero es de tal magnitud que es muy difícil modificar el conjunto básico de reglas en las que se apoya el modelo neoliberal. Hay una regla básica para el funcionamiento de todo el esquema, que hizo evidentes sus problemas con la crisis de 2008, pero que no va a cambiar: la libertad irrestricta de circulación de capitales. Si se permite que el capital se mueva a donde quiera, entre todos los países, y que haya un sistema de paraísos fiscales que permita evadir impuestos y esconder el dinero en el momento que sea, el capital financiero tiene autoridad sobre el conjunto de la economía. Entonces, si se crean las condiciones legislativas, fiscales y regulatorias para que sean atractivas para los inversionistas, el capital llega; pero, por ejemplo, en cuanto eso cambia y se quieren cobrar más impuestos, se pone una legislación de protección ecológica más estricta o se pide que haya una responsabilidad social de las empresas, el capital se va.
Esa libertad absoluta del movimiento de capitales es la pieza básica para que todos los Estados tengan que disciplinarse y seguir las mismas políticas favorables a las empresas. Nadie puede salirse porque la amenaza absolutamente real es la fuga de capitales. Esa regla no va a cambiar, por lo cual el poder del capital financiero sobre el conjunto de la economía tampoco.

AR: Parece que se hace realidad aquello que decía Margaret Thatcher: “No hay alternativa”. Usted comenta que no hay otros programas políticos y ni siquiera una crítica articulada del modelo neoliberal. ¿A qué se debe esto?
FEG: En el periodo de auge del neoliberalismo éste era un programa enormemente atractivo. Esto lo trato de describir en el libro: parecía explicar y tener respuesta para muchas cosas, por lo que se empezó a desarrollar en las escuelas de economía, sociología, filosofía, etcétera.
Parecía que estaba resolviendo todo y que ofrecía, finalmente, una ciencia, algo que, definitivamente, era la ciencia de lo social. Ese fue el atractivo del neoliberalismo.
Entonces en todos los centros de investigación comenzó a predominar el modelo neoliberal con todas sus variantes y peculiaridades. Siguen existiendo otras tradiciones de pensamiento pero que fueron, durante muchos años, relativamente marginales. Además, el espacio que ocupó de manera muy eficiente el programa neoliberal fue el de las consultorías, las empresas de asesoría, lo que los norteamericanos llaman think thanks (tanques de pensamiento), que producen un conocimiento prêt á porter, para cualquier problema. Lo pueden hacer de una manera que otros programas intelectuales no, porque en el nivel de abstracción en el que se mueven todos los problemas se plantean de la misma manera: pueden entenderse en términos de mercado y la solución más eficiente será la libre competencia. En el libro muestro casos extremos, desde la tolerancia religiosa hasta el orden familiar, las relaciones de parentesco, todo se puede imaginar como si fuese un mercado y siempre se puede ofrecer como solución la libre competencia.
Esas empresas de consultoría ofrecen recetas para resolver cualquier problema mediante el mercado. Aportan algo que los políticos agradecen mucho, y que la mayor parte de los académicos no estamos en condiciones de ofrecer: respuestas prácticas y rápidas. Si le preguntan a un grupo de investigadores serios cómo resolver el problema de la educación en México, van a decir: “Hay toda esta investigación acumulada, hay una enorme complejidad, y vamos a necesitar seguramente años de discusión, análisis, prueba, etcétera”. Mientras, una empresa neoliberal dice: “Tu problema es que el sindicato está monopolizando la educación. Lo que necesitas es libertad de mercado, competencia en la educación”. Es una respuesta fantasiosa, que no tiene mucho sentido, pero que se ha dado y que se ha adoptado en algunas partes.
Entonces ese espacio entre la academia y la política, que ocupan las asesorías y las consultorías, esta abrumadoramente dominado por el programa neoliberal.
Esa es una de las razones por las cuales en 2008 y cuando nos hizo falta, no había alternativa.

AR: Al final del libro usted aporta algunos parámetros para construir una opción al neoliberalismo. ¿Hoy cómo estamos al respecto?
FEG: Cuando sometí mi libro a dictamen en El Colegio de México, uno de los dictaminadores me pidió que agregara algunas páginas mirando al futuro precisamente para decir si se puede pensar una alternativa. A eso corresponden las últimas páginas, donde intento plantear los parámetros para una opción.
No tenemos una solución, no está claro cuál va a ser la alternativa, pero sí sabemos algunas cosas y a partir de allí hay que empezar a pensar.
Lo primero es que la aplicación estricta del modelo neoliberal ha fracasado. Hay que reconocerlo sin ambages, lo cual no significa que uno quiera volver a un modelo del pasado. Es un dato: el modelo neoliberal produjo, en el mundo, menos crecimiento que el desarrollista e intervencionista de los 30 años anteriores, una peor distribución del ingreso, mayor concentración del ingreso, mayor desigualdad, y no produjo el desarrollo de ninguno de los países de la periferia. Es decir: fracasó, no cumplió las promesas que había hecho.
Si tomamos como punto de partida el dato de que fracasó no nos queda más remedio que pensar una alternativa, y entonces, en lugar de insistir en desarrollar más el modelo, debemos dedicarnos a pensar en las fallas y en cómo corregirlas.
Segundo punto importante para pensar una alternativa: la modificación de ese esquema mental, esa epistemología que quiere soluciones abstractas y universales, y hacernos cargo de que el conocimiento de lo social es complejo y que, por lo tanto, tiene que desarrollarse con plena conciencia de la historia, de la geografía y de la cultura, y producir, entonces, un conocimiento mucho más local, apropiado para cada una de las situaciones.
Finalmente, dado que culturalmente el neoliberalismo básicamente es un gran movimiento de reducción de lo público en beneficio de lo privado, sabemos que la alternativa será el desarrollo de lo público nuevamente, lo cual no quiere decir lo estatal sino reconocer que hay intereses públicos (la ecología, la salud, la educación, el transporte), que hay responsabilidades y problemas públicos que deben resolverse de manera pública, es decir, deliberativa, dialogante, en espacios públicos, considerando que todos tenemos intereses compartidos que no va a resolver el mercado.
Ese es el punto de partida, que creo que ya está bastante generalizado: sabemos que el modelo fracasó, que debemos tener un pensamiento más complejo y que tenemos que recuperar la dimensión pública de la vida social.

AR: En el libro hay algunas menciones a México. Pero ¿cómo ha evolucionado en nuestro país el neoliberalismo?
FEG: El caso mexicano es absolutamente típico: se ha producido el desarrollo igual que en el resto del mundo. Tiene su inicio en la década de los treinta, y los años oscuros para el neoliberalismo son los del predominio del modelo desarrollista que entró en crisis en los setenta, y por lo tanto las soluciones neoliberales comenzaron a adoptarse en los años ochenta, como en todo el mundo. Produce auges y caídas, crecimiento y crisis de la economía en 1995, en 2000, como en todo el mundo, y ha fracasado, en general, en crecimiento, en reducir la desigualdad, en promover la distribución de la riqueza, como en todas partes.
Se publicará próximamente en el Fondo de Cultura Económica un libro de una profesora de la Facultad de Economía de la UNAM, María Eugenia Romero, que es una historia del neoliberalismo en México, que comienza con quien fuera el ministro de Hacienda de Pascual Ortiz Rubio, Luis Montes de Oca, quien entabló correspondencia con Ludwig von Mises, y lo invitó a México y vino en 1942. Hubo un grupo de empresarios, banqueros casi todos, que se articuló alrededor de Montes de Oca, y que comenzó a ensayar soluciones, a crear instituciones educativas y a pensar en la alternativa neoliberal desde el momento cardenista, cuando había la broma de que la Escuela austriaca de economía la formaban Von Hayek, Von Mises y Von Montes de Oca.
Desde entonces ya había una presencia mexicana en el neoliberalismo, cuya historia en nuestro país es ejemplar de lo que sucede en todo el mundo.



*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 181, diciembre de 2015.