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lunes, octubre 01, 2012

Sinaloa: la costumbre de la violencia. Entrevista con Magali Tercero


 
Sinaloa: la costumbre de la violencia

Entrevista con Magali Tercero*

Por Ariel Ruiz Mondragón

 En la República Mexicana hay entidades en las que tradicionalmente se presume de sus altos niveles de violencia, la que se habría acrecentado en las décadas más recientes con el auge del tráfico de estupefacientes y con el combate que a las bandas criminales que se dedican a tal actividad ha librado el gobierno federal, lo que ha tenido como más nefasto resultado el de miles de personas muertas.

Sin embargo, la violencia tiene en muchos estados también orígenes históricos (la disputa por la tierra), sociales (la pobreza), políticos (autoritarismo y corrupción) y culturales (como el racismo), entre otros elementos que han integrado un coctel que ha llevado a estados enteros a situaciones críticas que ya forman parte de su cotidianidad. Entre éstos, uno de los casos más destacados es el de Sinaloa, cuya sociedad ha tenido que adaptarse a la violencia hasta asumirla como una costumbre.

Magali Tercero nos presenta en su libro más reciente, Cuando llegaron los bárbaros… Vida cotidiana y narcotráfico (México, Temas de hoy, 2011), un gran mosaico de la forma en que la sociedad sinaloense ha padecido la violencia desde los conflictos sociales derivados del reparto agrario cardenista hasta los graves problemas derivados de los enfrentamientos entre bandas del narcotráfico. Su recorrido por la historia (en el cual la memoria familiar y personal acerca su abuelo tiene un papel central) y los caminos de Sinaloa derivan en un gran reportaje que nos muestra las diversas facetas que presenta la violencia en el día a día sinaloense y los puntos de vista que sobre ella existen desde diferentes ángulos.

Sobre ese volumen conversamos con la autora, quien es cronista y periodista cultural; entre otras publicaciones, ha colaborado en Replicante, Letras Libres, Arquine, La Tempestad, los suplementos culturales Laberinto (de Milenio), Confabulario (de El Universal) y Cultura Urbana. Además, ha ganado los premios Nacional de Crónica Urbana Manuel Gutiérrez Nájera, otorgado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, en 2005, y Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez en 2010, así como el de Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa, en 2007. Autora de tres libros, también formó parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte entre 2007 y 2010.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy este libro, por qué el tema de la violencia en Sinaloa?

Magali Tercero (MT): Porque en septiembre de 2009 me pidieron un reportaje sobre Culiacán, Sinaloa; en esos momentos se estaba dando a conocer toda la violencia extrema que estaba asolando al estado. Esto es el por qué de este libro.

¿Por qué Sinaloa? El destino me condujo a Sinaloa, que es la tierra de mi familia materna (mi madre y mi abuelo nacieron allá). Mi abuelo se convierte aquí en un entrevistado post mortem porque cito un testimonio suyo, una carta de defensa contra acusaciones falsas y calumnias; pero realmente él sólo está presente en seis páginas del libro. Lo demás son crónicas de mis diversas visitas a diversos lugares del estado: a Culiacán, Los Mochis, Navolato, Topolobampo, Mazatlán...

 
AR: Ya que hablas de tu abuelo, el mayor Alfonso Leyzaola (que ocupa una parte muy especial en el libro), un militar que tuvo una intensa actividad política en los años treinta y cuarenta del siglo pasado…

MT: Fíjate que ese es uno de los errores que sobre él se han publicado constantemente ahora con esta moda del tema del narcotráfico: él no tuvo una actividad política intensa sino que fue un militar destacado cuando tenía 20 años, y a los 21 fue teniente coronel; por ello cuando era muy joven lo llamaron en determinados momentos de su vida a realizar comisiones especiales para destruir campos de amapola y de mariguana en Badiraguato.

Pero en realidad él sólo tuvo dos puestos públicos: fue presidente municipal cuando tenía 27 años, y luego tuvo otro puesto cuando tenía 37 o 38 años. Cuando lo asesinaron a traición él estaba realizando una comisión especial. Era empresario, tenía un rancho con cabezas de ganado y explotaba una mina. De eso vivió siempre.
 

AR: En ese sentido, creo que el libro también tiene una intención reivindicadora de tu abuelo…

MT: Sobre todo porque cito su carta de defensa contra las calumnias que han seguido manejándose cada año en el aniversario de su muerte en los periódicos sinaloenses.
 

AR: En el libro hay una parte muy íntima, que es el significado de la vida y muerte de tu abuelo para tu madre y tu familia. Pero ¿qué significado tiene la actuación de tu abuelo en la historia sinaloense?

MT: Preferiría que el lector interesado encuentre respuestas. Mi abuelo, te digo, sólo tuvo dos puestos públicos, y realmente se trata de una “grilla” de la época.

Pero sí hay un significado: él denunció a los terratenientes por cultivar amapola y mariguana; pero no sólo eso sino también los acusó (y esto es lo más grave) de la matanza de campesinos en aquella época. Fue una verdadera guerra civil la que hubo a finales de los años treinta: cuando Lázaro Cárdenas hizo su reforma agraria, mi abuelo participó en el combate a los ejércitos paramilitares armados por los terratenientes, y fue cuando hubo tres mil muertos civiles. Era la lucha por la tierra a raíz del reparto agrario.

Ese es el significado histórico, y tiene mucho que ver con la violencia actual. Esa reforma agraria de Lázaro Cárdenas y la lucha intestina en el estado tienen mucha relación con la gestación de la violencia actual. Esto comenzó como una lucha por la tierra y lo sigue siendo. Hay quien ha hablado de una “revolución sin ideales”.
 

AR: ¿Qué dificultades tuviste para realizar tu trabajo de campo? ¿En algún momento te llegaste a sentir amenazada?

MT: Mi ángulo es el de la crónica, que es un género intermedio entre el periodismo y la literatura; es el género que mejor retrata en el periodismo la intimidad de los hechos. Desde ese ángulo íntimo la pregunta que hice a la gente fue: ¿cómo cambió su vida cotidiana a partir de la llamada “guerra del narcotráfico” en 2008, con el rompimiento entre los cárteles del Chapo Guzmán y de los Beltrán Leyva? Es decir, a partir del nacimiento de la violencia abierta (aunque ya había violencia, desde luego).

Te puedo decir que desde el momento en que estás cubriendo la crónica desde un ángulo de intimidad y de vida cotidiana, realmente no tienes peligro; más bien, tienes que convivir con la gente, lo que se me facilitó por la enorme cantidad de parientes que tengo por allá del lado materno, por lo que no me sentí en peligro nunca.

Tuve miedo en dos momentos: uno muy sutil que allí cuento, en un Oxxo, cuando una mujer fue agresiva y se quiso imponer con la impunidad de los llamados “buchones”, quienes son los narcos venidos de la sierra, que no tiene mayor lugar en la jerarquía del crimen organizado y que son de la infantería del narco.

El otro momento fue cuando viajamos con el hermano de un periodista de allá que accedió a llevarme hasta la sierra de Badiraguato: hubo momentos de mucha tensión cuando nos perdimos allí. Aunque la gente piensa que todo ese lugar está sembrado de violencia, a mí me tocó otra experiencia, como lo digo en un capítulo: me tocó vivir el Badiraguato bucólico y campirano.
 

AR: En el libro dices que en el Distrito Federal sufriste un secuestro exprés…

MT: Pero eso fue en 2007. Lo que yo quise relatar en esa crónica fue mi única experiencia violenta (porque sí lo fue); no me golpearon, pero la violencia psicológica fue intensa, aunque eran muy simpáticos (qué raro, ¿verdad?). Hubo un momento en que estábamos haciendo chistes en el taxi, riéndonos, como cualquier grupo de amigos.
 

AR: Pero debe ser traumático.

MT: Claro. Durante siete meses, cuando caminaba por las calles cada vez que escuchaba pasos, sobre todo si era de noche, gritaba; pero yo creo que era inconscientemente para decirle a quienes estaban cerca “vete”, era para correrlos, ahuyentarlos. Tuve que pedir muchas disculpas en esa época.

Esas son las experiencias que te permiten ponerte en los zapatos de otros.
 

AR: Una lástima que no hayas podido ir al Centro de Estudios Justo Sierra, que está en la zona de Badiraguato.

MT: Sí, y ese reportaje está pendiente. Parece que es una gran cosa la labor que allí se ha hecho a partir de los años setenta, con Antonio Malecón. Me han platicado de estudiantes que salen muy preparados de allí, donde se mantiene a jovencitos que empiezan a coquetear con el tráfico de drogas. En la escuela se les da internado, comida y alimento, y se les educa para que tomen otros caminos. Es un gran trabajo.
 

EL NARCO, CUESTIÓN ASPIRACIONAL

AR: Recuperas una frase que dijo Geney Beltrán y que mencionas en un par de ocasiones: “La violencia ya tocó el lenguaje, y cuando algo toca el lenguaje ya lo tocó todo”. ¿Cómo se manifiesta la irrupción de la violencia en el lenguaje?

MT: Por un lado se expresa en la exaltación terrible en el habla cotidiana que encontré en el primer viaje. Esto apareció casi cuando yo estaba en el avión rumbo a la Ciudad de México, cuando apareció el primer colgado en un puente de Culiacán, lo que marca el inicio de una etapa de violencia intensa. Era noviembre de 2009, y la violencia se manifestaba en la exaltación: todo mundo te contaba historias en tono exaltado, de indignación, de terror. Había un tono emocional muy intenso.

Después, ese tono disminuyó porque había mucha esperanza en las elecciones del cuatro de julio de 2010. Es entonces cuando realmente la gente ya no te contaba historias violentas, ya no te dice “me pasó esto”, “me quisieron robar la camioneta”, “cuando fui a denunciar vi a los que me habían robado la camioneta recargados afuera del Ministerio” o cosas de esas.
 

AR: En varios de los testimonios que recoges hay hasta una valoración positiva de los narcotraficantes: varios dicen que son personas buenas y amables, y que mientras uno no se meta con ellos, no hay ningún problema. ¿Qué significa esto?

MT: La persona que me dijo que tienen un gran corazón pero que se vuelven gélidos a la hora de hacer su trabajo, ha trabajado toda su vida en el campo, en una empresa familiar, y los conoce muy bien. Él no tiene problemas con ellos porque se conocen desde niños. Es un hombre de 37 años.

Pero hubo otras personas que me comentaron: “Ya no es cierto eso de que si no te metes con ellos no pasa nada”. Otras personas me dijeron: llegan y asaltan cuando no tienen trabajo; cuando los capos andan en huida por Canadá, ellos bajan a asaltar desde la sierra.

Hay una diferencia: la gente de clase media tiene bienes que se antojan, y es la que te dice “no es cierto que si no te metes con ellos no pasa nada”. Pero la gente del pueblo que los conoce y que trata con ellos cotidianamente (como el chofer de un empresario, el taxista que me llevó a muchos lugares o el que tratado con la gente del campo toda su vida) considera que no pasa nada; pero es porque tiene con ellos una relación de confianza y amistad de toda la vida.
 

AR: Además, los narcotraficantes también le ayudan, que es también de donde viene esa idea.

MT: Sí, de allí viene, aunque cada vez es más diluida. Pero en los años setenta adoraban a los narcos.
 

AR: Y aún los ponen como ejemplo…

MT: Sí, ya se volvió una cuestión aspiracional, como se diría en Estados Unidos; ya los valores se trastocaron y entonces para ser muy valiente no importa si estás del lado del Bien o del Mal, por decirlo en estos términos y con mayúsculas.
 

AR: ¿Hasta qué punto influye todavía la pobreza, la miseria, en que los jóvenes se integren a las bandas criminales? Hay una parte del libro en la que un personaje dice que también mucha gente de clase media y alta lo está haciendo, y pone esa decisión, sobre todo, como una cuestión ética. En este sentido, ¿cuenta mucho la pobreza al entrar a esas bandas?

MT: Sí, eso es muy importante. Hay que ir despejando mitos: ni es verdad el mito de que toda la gente que vive en la miseria se mete a esta actividad ilegal, ni es verdad tampoco que esa elección sea sólo una cuestión ética. Porque por un lado está la gente, los campesinos muy pobres como los que encontré en Badiraguato, que si les pagan tres pesos por sembrar y vender maíz, y les van a pagar 10 pesos por hacerlo con la mariguana, hacen esto último por necesidad porque viven en la miseria. Pero ellos nunca serán los favorecidos del crimen organizado; van a ganar relativamente bien para sobrevivir, y hasta allí. Pero les puede ir muy bien gracias a los hijos migrantes que empiezan a ganar dinero en Estados Unidos, y que regresan y les hacen su casita de concreto, con piso de cemento y ventanas de aluminio.

Francisco Cuamea, un periodista que ahora está en el noroeste de Mazatlán (pero que estaba en Culiacán cuando yo fui), me decía: “Es que yo sí creo que tú eliges tu camino aunque seas muy pobre”. El hermano de Javier Valdez Cárdenas, la persona que me llevó a Badiraguato, quien se dedica a toda clase de cosas, como servicios domésticos, me decía: “Bueno, nosotros fuimos criados humildemente, pero nuestra educación nos hizo rechazar esto del narcotráfico desde muy pequeños”.

También ocurre lo siguiente: está sucediendo que, como en la leva en la época de la Revolución, ahora los traficantes se disfrazan de policías y van y detienen a los muchachos jóvenes pobres de los pueblos, muchachos de 12 a 17 años; se los llevan y los obligan a trabajar. Entonces, ellos están entrando obligados por la leva y también obligados por situaciones económicas; pero también lo hacen por su adicción a las drogas: muchos jóvenes de clase media se hacen adictos, empiezan a deber mucho dinero e ingresan a las bandas para poder pagar porque es muy peligroso deberle a los narcotraficantes.

Entonces hay que tener mucho cuidado con las generalizaciones, porque éstas no sólo llevan a los periodistas a mentir sino que nos lleva a la paranoia; si tú dices “todos los de Sinaloa son narcos”, mientes, te pones paranoico y afirmas cosas inexistentes.
 

AR: Económicamente ¿qué ha llevado el narcotráfico a Sinaloa? Hay algunos testimonios que recoges que dicen que ha llevado empleo, dinero, un poco de bonanza. Pero también está la declaración del director de la Facultad de Economía de la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS) que dice que han aumentado la pobreza y la inseguridad, por ejemplo.

MT: El director de Economía de la UAS trataba de desarmar también ese mito. Sin embargo, hay mucha gente y muchos académicos que piensan que el narcotráfico trajo una gran bonanza; está muy extendido este mito.

En Badiraguato, que es inmenso, yo estuve en una ranchería que actualmente tiene, cuando mucho, 90 casas, donde la mayoría de los habitantes tienen lazos familiares y que viven en la pobreza. La abuela de mi anfitriona vivía en una casita construida con las propias manos del abuelo (ya fallecido) cuando se casaron hace 70 u 80 años, y claro, había llegado un poco de bonanza a través de los hijos y nietos migrantes, que llegan y les construyen su casa, los ayudan, les mandan dólares, etcétera.
 

AR: También se dice que los narcotraficantes son los que ofrecen los mejores trabajos en Culiacán, que han fundado empresas…

MT: Han dado trabajo, han generado empleo. Una muchacha de 24 años, diseñadora, me dijo: “Yo no sé si en el futuro voy a lavar dinero”. No lo decía porque ella tuviera problemas éticos, porque ella no quiere lavar dinero, sino que me explicó: “Muy probablemente en algún momento yo esté en alguna empresa y no tenga la menor idea de dónde salga su dinero y su éxito; entonces yo estaré recibiendo dinero del narco, porque se sabe, y todos los días nos lo dicen los periódicos, que tanto los empresarios como los políticos son la cabeza de todo esto”.

Entonces, claro que sí se generó mucho empleo, que hay mucha gente que está trabajando y que no sabe que es pagada con dinero del tráfico de drogas, que es lavado de dinero en restaurantes, cafeterías, centros nocturnos, bares y empresas de todo tipo.

Hay otro entrevistado que me habló de que la agricultura está ya infiltrada por el narco en un 20 por ciento.
 

VIEJA Y NUEVA VIOLENCIA

AR: Gilberto López Alanís, director del Archivos Histórico del Estados de Sinaloa, dice que la violencia en Sinaloa es histórica, pero agrega que ahora es mayor porque hay dinero. Hay declaraciones tremendas, como la de Claudia Lavista, quien dice que “la violencia no es por el narco… proviene de la comunidad”. Pero ¿qué ha traído de novedad el narcotráfico en términos de violencia, especialmente con el conflicto entre las dos bandas más fuertes en el estado?

MT: No hay comparación entre la violencia de la lucha a favor de los agraristas en la que participó mi abuelo a fines de los años treinta, y la violencia actual. En aquella época era la lucha por la tierra, que se estaba repartiendo por órdenes gubernamentales y quitándosela a los terratenientes. Había un problema muy complejo porque muchos habían llegado, con una mano atrás y otra adelante, a hacer la América. Está el caso de la empresaria Podesta, cuyo padre llegó así y logró fundar una empresa legal y digna para exportar tomate; bueno, pues esa gente se quedó sin sus tierras. Esta empresaria, que ahora ya tiene 83 años, lo recuerda muchísimo, y fue una marca en su vida cuando su padre se quedó sin sus negocios, sin su tierra, sin lo que había logrado. Entonces, es muy complejo el problema.

La diferencia ahora sería, muy visiblemente, la crueldad, la saña, los decapitados, los mensajes tipo mafia ya que son enviados dedos, cabezas o pies con botas, por ejemplo. (Esto lo cuenta con magnífico humor el grupo de La Locha, caricaturistas y cartonistas muy inteligentes que hacen esta revista con un humor negro y una indignación formidables).

También creo que es muy importante el hecho de que ahora en las filas de los narcotraficantes se consuma mucha droga, y antes no era así. La cocaína, las drogas de diseño y otras, llevan a las personas a perder la mente y se van sólo al instinto. Esto te lo digo basada en la investigación que hice sobre los narcosatánicos para El libro rojo que está editando Gerardo Villa del Ángel. En esta investigación encontré que éstos torturaban y desollaban a la gente, y despedazaban los cuerpos. Vivían en la coca, hasta “arriba”, e incluso creían que eran invisibles. En ello te das cuenta de que el consumo de drogas condujo a eso. Entonces por eso es que yo ato todo el tiempo este tipo de crímenes de la violencia actual con el consumo indiscriminado de drogas.


AR: A ti te tocó la coyuntura de la elección de gobernador de Sinaloa, cuando se enfrentaron Jesús Vizcarra y Mario López Valdez (Malova). En este sentido, ¿cómo es la política allá? Porque en tus entrevistados se aprecia un tono de desencanto muy fuerte con la política.

MT: Después de aquel primer viaje para hacer el reportaje original, me di cuenta de que tenía muchísimo material. También concebí el libro como una crónica de la transición en las costumbres cotidianas, de cómo el miedo y la decepción que mencionas las transformaron completamente, lo que incluye la manera de relacionarse entre las personas.

Llegué a Sinaloa un poquito antes del cuatro de julio de 2010. Vi una sociedad muy esperanzada, pese a todo, con la alegría de que las cosas iban a cambiar porque había muchos ciudadanos querían creer en Malova. Sin embargo, te dabas cuenta de que había una serie de campañas en todas las empresas (y te lo contaba la gente) con amenazas de “te voy a quitar tu pago mensual o tu bono, o te pongo tache simplemente si no participas en la campaña a favor de Vizcarra y del PRI”.

Lo que fue muy interesante es que la mayor parte de la gente decidió desobedecer esa convención; hay que pensar que si aquí en el Distrito Federal hay mucha gente que trabaja en determinados lugares que se siente obligada a votar como quiere el dueño de la empresa o el jefe, imagínate en Sinaloa con toda esa violencia.

Sin embargo, se dio un fenómeno muy interesante y es que los ciudadanos desobedecieron la consigna general. Empezaron a indignarse por esa intromisión en su derecho al voto, y es muy interesante cómo desobedecieron y ganó Malova; Vizcarra fue a dar a San Diego… ¡Hizo un corajote, para acabar pronto!

Pero lo que me encuentro en otro viaje, en octubre de 2010, es a la gente decepcionada, porque ya había personas que decían: “No, no va a servir de nada porque a Malova lo apoya un político muy importante, no va a pasar nada”. Había incluso periodistas jóvenes, que son gente más informada, que te lo decían.

Me encontré a la gente decepcionada porque lo que habían previsto los más escépticos, los más lúcidos era cierto (a veces, ser escéptico es un pecado; por ejemplo, hace algunos meses mostrar el más ligero escepticismo sobre Javier Sicilia era casi pecado mortal; mostrarte ligeramente crítico es como quitarle a los demás la esperanza de que alguien pueda terminar con este desastre). Entonces, en octubre me encontré que los optimistas estaban diciendo lo mismo que me dijeron los escépticos en julio.
 

AR: Por allí mencionas que había un poquito de esperanza.

MT: Sí, hubo un momento, pero finalmente Manuel Clouthier Carrillo no se lanzó como candidato y pues ya no había nada qué hacer allí. Pero había mucha gente a favor de él.
 

ENTRE LA SUBVERSIÓN Y LA ESPERANZA

AR: En el libro están mencionados términos como “bandidismo” o “bandolerismo social”, “rebeldía social”, “rebeldes primitivos”, “revolución sin ideales”. ¿El fenómeno del narcotráfico tiene un cariz subversivo? Lo que veo es que los narcotraficantes están tan entreverados con el poder que parecería que tienden a ser una fuerza conservadora.

MT: Es muy interesante lo que dices. Mira, por un lado está muy entreverado con el poder, pero porque ellos corrompen al poder y lo dominan. Como lo decía ayer Javier Valdez en la entrevista que le hiciste, no hay Estado y el narco es el poder.

Manejé esta teoría de Eric Hobsbawm porque sí hay un matiz subversivo en ciertos medios, como en el campesino, por ejemplo. A mí hay una cosa que me impactó muchísimo cuando la vi en YouTube: la entrevista que le hizo a Rafael Caro Quintero Guillermo Pérez Verduzco, del noticiero de Zabludovsky. Fue muy curioso porque yo estaba por entregar el libro cuando me encontré con este material, y me di cuenta de que todo lo que yo teóricamente manejé en el libro sobre bandolerismo social lo encarnaba, de cierta manera, Caro Quintero. Era muy evidente su ira por la pobreza que vivió desde niño.

En una plática con mi anfitriona en Badiraguato, la abuela a la que hice referencia antes, quien está muy lúcida y aún puedes hablar con ella muy bien, mientras cenábamos en una ocasión me dijo: “Es que, bueno, ¿qué quiere el gobierno? Le hemos pedido mil veces que traiga trabajo. Yo ya tengo 94 años, y no he visto que traigan empleo”. Entonces, la gente va a seguir sembrando mariguana (claro, no me lo decía con estas palabras con las que te lo estoy diciendo yo). Pero te das cuenta de una indignación y de una rebeldía en esta anciana de 94 años, que además supo educar a sus hijos y a su prole de tal manera que todos han progresado en Estados Unidos, donde han puesto negocios de flores, de imprenta, por ejemplo.

Entonces, sí hay un matiz subversivo no consciente, como lo que dice Hobsbawm en su libro: es no consciente porque no es gente con mentalidad política. Él habla de mentalidades prepolíticas, primitivas; entonces no hay una consciencia ni un razonamiento político, de ninguna manera, sino una respuesta emocional ante la injusticia y la carencia.

Esto es complejísimo.
 

AR: Hay una parte muy interesante: el de la gente de la sierra que baja a trabajar a la ciudad, y que equiparas un poco con el planteamiento de Hobsbawm sobre el paso del ámbito popular al campesino. ¿Qué consecuencias ha traído esta transición de los serranos hacia la ciudad?

MT: Ahora se volteó todo. En los años setenta, el 70 por ciento de Culiacán era urbano, y el 30 por ciento era población rural; ahora es al revés. En lugar de urbanizarse, Culiacán se ruralizó. Por allí dice una persona (que no me permite citar su nombre; muchos entrevistados no me lo permiten porque es muy peligroso), un profesor muy brillante: “Bueno, ahora lo que está sucediendo en las calles de Culiacán es que estamos viviendo una convivencia civil completamente pedestre, salvaje; todos estos pobladores rurales, sus hijos, andan en las camionetas ganando el paso, pasándose los altos, y dándote un disparo si les ganas o si te das vuelta antes que ellos en la calle”.

Él ve muy poco urbana en esta actitud, de poco respeto a la convivencia con los demás. Considera la ruralización como la causa de este tipo de problemas.
 

AR: Como en todos lados, hay racismo en México. ¿Ese racismo contra los serranos tiene algún papel en esta violencia? En el libro hay una declaración de una señora que señala como una suerte que en Sinaloa no hay sangre indígena.

MT: Pienso que sí tienes razón, porque estoy pensando ahora en los terratenientes de los años cuarenta: era gente de clase muy alta en general, no necesariamente de orígenes altos (por lo que hablábamos de todos estos inmigrantes griegos, vascos, italianos, alemanes y chinos que llegaron sin nada). Pero sí hubo racismo en aquellas épocas en contra de los chinos.

De los terratenientes, muchos eran lo que en el narco se llama “criollos”: es real que en el norte del país había muy pocas tribus indígenas, entonces se pobló con mucha gente que llegó de España o de otros lugares.

Yo sí creo que en México somos muy racistas y nos fijamos hasta en matices como ¿quién es café con leche y quién es un poquito más blanquito? ¿Quién es güero, quién es negro? En el norte esto es mucho más evidente, por eso lo que dice esta mujer de clase media alta; bueno, esto es horrible, es espantoso.

Yo sí creo que en la violencia de los terratenientes pudo haber un componente racista no solamente porque Cárdenas les estaba quitando tierras, sino también porque todo lo demás era el pueblo, eran los despreciados sierreños sin educación. Probablemente hubo un componente racista en ello; esto lo planteo como una reflexión, como una hipótesis.

La visibilidad del racismo en el norte es muy alta. Para muchos es un gran orgullo ser muy blanco, ser muy bello, tener otras facciones que no son las indígenas.
 

AR: Quiero terminar con dos preguntas. Los casos de periodistas que viste y trataste, como Luis Fernando Nájera, un buen reportero de nota roja, y de Emiliano Ávila (nombre ficticio), un periodista metido en el narco. ¿Qué lecciones extraes de esos dos casos del periodismo sinaloense?

MT: A lo largo de este reportaje por supuesto que conocí periodistas. Mira, yo realmente yo he hecho reportajes de una noche de putas, irme a meter a bares y estar hasta las seis de la mañana con las prostitutas, chicas muy jóvenes, y te puedo decir que realmente un cronista no está en peligro; sería mentir inventar que estuve en peligro. Pero conocí periodistas que sí están en peligro, como los de Ríodoce, que tienen que cuidarse de muchas maneras.

Tuve una experiencia, aparte de las conversaciones, los tips y todo eso, y fue que una vez comenté con un compañero: “Oye, le hable a fulana, a quien me recomendaron en el DF”; “No, qué bárbara, le soltaste la sopa de que vienes a hacer el reportaje para Letras Libres. No lo hubieras hecho porque ahorita todos ya han de estar enterados de lo que estás haciendo”. Yo le dije: “Bueno, yo fui muy clara en que yo le iba a preguntar a la gente cómo había cambiado la vida cotidiana, y eso es todo”.

Pero fue una reacción de temor instantánea en otro colega que me hizo ver cómo está la cosa por allá, de esto que platicabas con Javier Valdez Cárdenas de cómo está infiltrado el narco también en las redacciones. Hubo otro momento en que yo dije a Javier: “Oye, me dicen que puedo entrevistar a la exmujer de un hombre que tuvo un vínculo cercano con un narcotraficante; me dicen que la puedo entrevistar, y me cita en su clínica”; me dijo: “No, mejor cítate en un lugar público”. Pero en esa ocasión obedecí a mi intuición y dije “aquí no va a haber problema”, y me fui al negocio, estuve sola con esta mujer cerca de dos horas, y no tuve miedo. Pero ese tipo de consejos te hacen ver que ellos realmente viven en peligro.

Entonces, entre las lecciones que hay creo que está, evidentemente, la de incrementar la solidaridad al máximo ante los asesinatos de periodistas; también, aunque no son mis fuentes ni la política ni la nota roja, que sí hay que hacer protocolos de seguridad para quienes cubren esos temas.

En cuanto a la corrupción, bueno, pues el caso de Emiliano Ávila es muy especial por lo que me señalaban las personas que me contaron que él no se corrompió por adicción a la cocaína o a la droga de diseño, sino que en su caso fue por pura ambición. Por eso su caso es especialmente interesante.
 

AR: Me quedo con una imagen oscura y desesperanzada de Sinaloa. En este sentido te quiero preguntar: ¿hay alguna esperanza para Sinaloa?

MT: Va a parecer eslogan de político, pero debo decir que la esperanza está en su gente. A largo plazo yo creo que todos sabemos que no hay solución, y que, al contrario, el problema del narcotráfico se está extendiendo como una lepra; por ejemplo, ya aparecen cadáveres constantemente en el Estado de México. Son cadáveres que ya aparecían, no es nuevo; lo que pasa es que ya se está diciendo en los periódicos.

Entonces, a corto plazo no hay ninguna solución. Lo único: la esperanza está en su gente porque se está dando cuenta del problema. En mis visitas a Sinaloa me di cuenta de que hay mayor conciencia; es un proceso lento, pero ya hay mucha gente que se avergüenza de estarse acostumbrando a la violencia, aunque te lo explican: “Bueno, nos acostumbramos porque es sobrevivencia”.

Pero hay cada vez más gente que participa; no te puedo decir que haya muchas manifestaciones ni muchísima actividad política de activistas. Se vuelven activistas personas como Natividad Herrera, al que le mataron un hijo de 16 años en un cruce de fuego; el muchacho era estudiante de calificaciones de 10 y le ayudaba en su despacho de Contaduría por las tardes, y era un joven bondadoso, querido por los amigos, etcétera. Lo mataron en un cruce de fuego en un taller mecánico (se sabe que en los talleres mecánicos generalmente están muy involucrados en el crimen).

 
*Entrevista publicada en Replicante en marzo de 2012.

martes, enero 24, 2012

El narco desde abajo. Entrevista con Javier Valdez Cárdenas



El narco desde abajo

Entrevista con Javier Valdez Cárdenas*

por Ariel Ruiz Mondragón

Las actividades de los narcotraficantes han logrado penetrar a lo más hondo de vastos sectores sociales en ciertas regiones del país, por lo que ya no sólo constituyen un modus operandi y un modus vivendi, sino toda una cultura que se ha interiorizado e incluso arraigado entre los ciudadanos. Ese es un proceso que inicia prácticamente desde la infancia, debido a las graves ausencias del Estado en materia de bienestar, lo que abre amplias puertas para una forma de vida basada en la delincuencia.

Una de esas zonas es la de Sinaloa, específicamente Culiacán, una ciudad donde "los narcos están en todos lados", a decir de Javier Valdez Cárdenas, periodista y escritor culichi que en el libro Malayerba (México, Jus, 2010, con prólogo de Carlos Monsiváis) ha reunido una serie de crónicas de su autoría publicadas en el semanario Ríodoce, en las que ha registrado de manera cruda y con buen estilo los usos y costumbres de una sociedad enferma de narco. En esos relatos están retratados desde los violentos juegos y distracciones de los niños, hasta una exposición que en Europa da cuenta del estilo de vida bajo la delincuencia organizada. Aquí una charla que sostuvimos con él.

AR: ¿Por qué escribir este tipo de relatos y publicarlos en un libro?

JVC: Por qué no. En ciudades como Culiacán y una parte del país todos los caminos conducen al narco. El narcotráfico dejó de ser en estas regiones un problema policiaco, de operativos y recuento de muertos, de decomisos y enfrentamientos, de buenos y malos: ahora es una forma de vida. Esto significa que salpica, determina, influye e inunda otros aspectos de la vida cotidiana: uno decide a dónde ir, con quién, a qué horas, en función de balaceras y ejecuciones, sólo por dar un ejemplo. Y creo que eso no se retrata en los medios: los niños, sus juegos, las jóvenes madres solteras que casi ponen un anuncio en la prensa local, en la sección de clasificados, con el encabezado "Busco narco", los agentes que quieren aplicar la ley y que son sancionados por sus superiores y cacheteados —en el mejor de los caso— por los capos, los jóvenes matones, y el resto de la población, que dice no querer nada con el narco o no tener nada qué ver, pero que se convierten en cómplices, que meten al narco bajo la sábana o estiran la mano para recibir sus dólares, aunque condenen, momentos antes, la muerte de una mujer embarazada en un atentado a balazos.

Eso es lo que me propongo contar: el narco desde abajo, de la banqueta, a la altura de la calle, como lo dijo alguna vez Federico Campbell al referirse a mis textos. Más allá del recuento diario y pueril y en ocasiones irresponsable de los muertos y detenidos, del escandaloso "ejecutómetro", yo prefiero contar el saldo cotidiano del miedo: el terror como forma de vida. Y creo que este tratamiento no se da en el país y la gente de otras regiones debe saber cómo el narco nos encierra o determina o condiciona: la enfermedad, el padecimiento del narcotráfico, la llamada guerra, los operativos, en la piel de chapopote y tierra de nuestras ciudades y pueblos.

AR: Usted ha publicado estos textos en Ríodoce, un semanario sinaloense. ¿Cuál ha sido la respuesta que ha tenido de los lectores?, ¿ha recibido alguna amenaza o se ha sentido en peligro en alguna ocasión?

JVC: Los lectores siguen a Ríodoce porque es un periódico que no quiere conformarse con contar los muertos diarios, sino ir más allá, investigar. Y eso es bueno porque nos da cobija y refugio para seguir circulando y que la empresa, cuya mayoría de acciones está en manos de cuatro reporteros —Ismael Bojórquez, director; Alejandro Sicairos, subdirector; Cayetano Osuna, periodista en el sur de Sinaloa, y un servidor, presunto coordinador de la zona norte— se mantenga en pie. Eso nos ha permitido respirar, porque el periódico circula y la gente lo compra, aunque no hemos dejado la sobreviviencia, es decir no hemos podido crecer y consolidarnos. Pero ya mantenernos, sobrevivir, es un éxito en estos tiempos aciagos.

No he recibido amenazas directas, y puedo contar solamente una granada de fragmentación que nos lanzaron en septiembre de 2009, a las instalaciones del semanario, en Culiacán, que sólo provocó daños materiales y un susto colectivo y apretones de esfínteres (al menos en mi caso). Pero creo que otros periodistas y medios que están en medio de dos o tres fuegos —de cárteles, de operativos del Ejército y la policía— corren más riesgos. Nosotros estamos en una zona todavía controlada por el cártel de Sinaloa, y aunque hay pugnas, no padecemos los riesgos de otros comunicadores que están en Tamaulipas, Coahuila, Nuevo León, etcétera. Sin embargo debo decir que vivir aquí, en Culiacán o Los Mochis o Mazatlán, es en sí un riesgo y no hace falta que uno sea periodista o policía para sufrirlo: es, como escribió alguna vez el cronista Alejandro Almazán, el peligro de estar vivo.

Además, en estas regiones aquella máxima de que "el que nada debe nada teme", no tiene vigencia: aquí todos tememos, aunque no tengamos deudas, y uno puede morir mientras espera el autobús, detrás del mostrador de un negocio en un centro comercial o asando carne en el patio o cochera de una casa. Y puede ser por balas disparadas por el ejército o la policía, o bien por sicarios al servicio del crimen organizado. Y un simple cambio de luces, un malentendido vial, un saludo o una simple mirada, puede costarle a uno la vida. Sobran casos. Entonces todos estamos amenazados y en ocasiones la situación es tan tensa que es como si siempre te estuviera apuntando un matón, listo para jalar el gatillo.

AR: En el libro hay relatos que dan cuenta de la forma en que el narcotráfico ha establecido sus prácticas ya como una cultura que se adquiere desde los juegos de los niños que simulan ser sicarios, hasta los adultos que se hacen pasar por narcos, lo mismo en las ciudades que en el campo. A su parecer, ¿hasta qué grado se ha interiorizado en la sociedad sinaloense la cultura del narco?

JVC: Es triste decirlo, pero el narcotráfico como fenómeno social y cultural está en nuestros occipucios, nuestras actas de defunción y de nacimiento. Es algo así como el ADN del culichi. Antes uno podía decir que eran pleitos entre ellos y que entre ellos se mataban, que vivían en tal sector y ya. Como que había cierta separación física, de convivencia. Ya no. Si uno se pregunta a dónde ir a vivir en Culiacán que no haya narcos, va a responderse: ninguno, se han multiplicado, están en todos lados. Igual pasa con la llamada cultura del narco: se ha interiorizado tanto que es rutina y enfermedad. Cuando escribo sobre niños en las escuelas, morros —como decimos acá— de ocho años que traen en el teléfono celular un video de una ejecución, y lo enseñan y presumen, y al final dicen "Estos, los matones, son mis amigos", es que estamos jodidos, es que esto, la sociedad, se echó a perder. Y es cuando uno se anima a decir, a pesar de esta carga de pesimismo, que estas son sociedades enfermas. Y que el narcotráfico como fenómeno se metió —o lo metimos— a la cocina, al baño, a nuestra recámara.


AR: Hay relatos en los que los niños ven a los narcos como héroes, por lo que desde muy jóvenes piensan en enrolarse alguna banda. ¿Cuáles son las cualidades que encuentran en ellos para tomarlos como modelos?

JVC: Es en gran medida un ejercicio del poder. Los jóvenes ven a los narcos poderosos e intocables. La policía no los persigue ni investiga y mucho menos los detiene, sino que está a su servicio, y en gran medida lo mismo pasa con el Ejército y otras autoridades. Eso es mucho, es muy atractivo para este sector. Agrégale la mujer a un lado, la pistola fajada, los billetes rebosando en la bolsa del pantalón, las joyas, la camioneta de lujo y el temor que vas generando y que evita que otros se crucen en el camino. Y no es el camino fácil, no es cierto. Pero sí es la vía rápida para alcanzar dinero, fama y poder. Ellos, los jóvenes, asumen que van a vivir poco, que los van a matar, por eso se apuran a gastarlo todo y no tienen miramientos para que se sepa que están dentro, que son narcos, para ser temidos por unos y sirva de atractivo para otros muchos privilegios. Es el narco empresario, el narco en el gobierno, el narco galán, intocable, lo que hace que los jóvenes sean fácilmente seducidos, porque no hay una formación alternativa, una realidad que compita contra esto, ni educación ni trabajo, ni valores ni leyes. Entonces el narco termina embistiendo, apabullándonos a todos.


AR: En el relato titulado “Carrilla mortal” uno de los personajes hace a otro una serie de consejos para sobrevivir en Culiacán, mucho de ellos sobre soportar diversos abusos. ¿En realidad usted la recomendaría?

JVC: Sí, creo que esa frase de "si vas a Culiacán no voltees, no reclames, no pites" es aplicable. Y por supuesto lo recomendaría. Son rutas para el escape y la sobreviviencia en una ciudad violenta como la nuestra. En ocasiones mis textos son eso: recetas para convivir con unos y otros, sin meterse en problemas, o guía para evadir las balas o guaridas para evitar orificios adicionales a los que ya traemos de nacimiento. La violencia es esa forma de vida a la que me he referido en mis textos, la tensión tiene olor, se respira, el pavor se siente, pesa y cae, y uno debe ser prudente y al mismo tiempo funámbulo, para seguir viviendo, que en mi caso es escribiendo.


AR: Uno de los grandes problemas en el combate al crimen organizado son las policías. En sus relatos encontramos que los policías municipales y estatales se encuentran desde sumidos en la impotencia hasta coludidos con las bandas, pasando por el abuso y el cambio de bando. ¿Qué se puede hacer con esas policías?

JVC: No veo muchas opciones si no se lleva a cabo una política integral: más presupuesto a política social, combate a la pobreza, mayores oportunidades a los jóvenes, etcétera. Pero creo que sería bueno que los agentes tuvieran condiciones dignas para realizar su trabajo, que no están expuestos a jefes prepotentes y corruptos, y que tengan mayores ingresos y mejores prestaciones. También creo que se les puede profesionalizar y capacitar, en primer lugar en materia de respeto a las personas, y en segundo en investigación, con recursos tecnológicos y equipo. Pero es una pequeña parte frente al todo que representa este fenómeno, que, repito, no es sólo policiaco, y que no se va a resolver, nunca, con más policías, ni Ejército ni armas.

AR: Hay dos relatos sobre políticos: “Diputado”, en el que un político regresa a su pueblo e intenta procurar su desarrollo, pero la comunidad prefiere seguir sembrando “mota”; “Alcalde”, en el que un presidente municipal brinda protección y dota de bastimentos a cultivadores de droga. En ese sentido, ¿los políticos locales (especialmente diputados y presidentes municipales) tienen la opción de no entrar en componendas con las bandas?

JVC: Creo que es difícil, pero posible, no entrar en arreglos con el narco. Ahora todo mundo lo ve pero nosotros tenemos años percibiéndolo y comprobándolo: políticos, candidatos, servidores públicos de todos los partidos, hacen cola en cuartos de hotel, casas de seguridad, oficinas de los capos, para recibir dinero para sí mismos, campañas electorales, etcétera. Pero es posible pintar la raya, ser digno, honesto y valiente. Creo que si no fuera así no estaría ahora escribiendo esto ni habría parido mis historias; sólo que hay que saber moverse, con quién convivir o trabajar, qué publicar y qué no, y aprender a capear el temporal.

Hay que anotar que no hay una línea clara, fácilmente visible, entre el narco y lo intocado por el crimen. Cada vez es más difícil ubicarla, pero esto ha contaminado y salpicado casi todo. Pero hay que ser sensible, inteligente, observador, sobre todo frente al vendaval y la borrasca.

AR: Uno de los relatos expresa que muchos de los crímenes que se cometen no encuentran eco en las páginas de la prensa local. ¿Cuál es hoy la situación al respecto en Sinaloa?

JVC: Es una pena porque además de que es peligroso manejar tal información, es doblemente riesgoso si como medio o como periodista te quedas solo: es una soledad como páramo, que te expone y te arriesga todavía más. Hace poco —y disculpa que haga referencia a un trabajo mío— hice un reportaje sobre siete sicarios que golpearon y violaron a cuatro jóvenes de secundaria, de 12 a 15 años. Es una historia terrible, una pesadilla. Y nadie siguió el tema, ningún articulista, analista político, comentarista de radio o televisión, retomó la historia. Es la desolación. Y esto tiene qué ver con la falta de sensibilidad de los periodistas, pero también con la mediocridad y la falta de profesionalismo. Está también nuestra cobertura de los comicios locales de julio pasado. Todo mundo habló de los posibles nexos de Jesús Vizcarra, candidato a gobernador por los partidos Revolucionario Institucional (PRI), Nueva Alianza (Panal) y Verde Ecologista de México (PVEM), con el cártel de Sinaloa. Pero a la hora de los comicios, de la operación, esta organización delictiva trabajó para Mario López Valdez, Malova, abanderado de la alianza opositora que integraron los partidos de la Revolución Democrática (PRD), Acción Nacional (PAN), del Trabajo (PT) y Convergencia. Nosotros lo confirmamos y lo dijimos, y no una vez. Nadie más. Este silencio es, como dije, desolador.

La prensa local, toda, está metida en contar los muertos y los casquillos y la droga decomisada. Y en ocasiones, hay que decirlo, nosotros, en Ríodoce, hemos caído en ese juego. Pero nos damos cuenta, revisamos, autocriticamos, y logramos rescatarnos, emerger. Y es cierto, contamos una parte de lo que pasa, un 10 por ciento del total de lo que sabemos y tenemos muchas veces documentado, pero es mejor eso al silencio, que es sinónimo de complicidad y muerte.

Me gustaría invitar a otros reporteros a contar las historias de las personas, no de los números, en torno al narco. Que abran oídos, manos, nariz, a las historias que en la calle nos atropellan pero que, como estamos metidos en la rutina y hemos burocratizado nuestra labor diaria, no las vemos. Convoco a que dejemos de cubrir oficinas, edificios, siglas, y que nos acordemos de la gente, de la calle, la noche, y contemos lo que pasa alrededor nuestro. Y creo que para nuevas formas de contar todo esto, de escribir historias, no hay como un poco de sensibilidad y de lecturas: periódicos y revistas, sí, pero sobre todo novela, poesía, cuento, para enriquecer el lenguaje y retratar tibiezas, fluidos y arrugas en el papel gris o blanco, manchar los periódicos, las pantallas, las trompas de Eustaquio, de quienes leen, ven o escuchan, y que están interesados en saber lo que está pasando allá, en la calle, la terracería, el asfalto.


AR: Por allí hay una mención a la “fama negra de la capital sinaloense”. ¿Qué costo ha tenido que pagar el estado por ella?

JVC: Es muy alto el costo que ha pagado y sigue pagando. Es cierto que hay muchas cosas buenas, importantes, positivas, pero el narco lo aplasta todo, atropella y determina. Cuando saben de nosotros, como ciudadanos sinaloenses, nos ponen las cruces o nos bloquean. Eso también impacta negativamente en las inversiones, la generación de empleo y la atención a la mejoría en las condiciones de vida de la gente. Pero uno debe dejar de preocuparse por la fama —sobre todo la autoridad y los empresarios— y ocuparse más por combatir, desterrar lo que genera esa mala fama. Y creo que a la hora que hablan mal de nosotros o de que gobiernos de otros estados o países recomiendan no viajar a Sinaloa ante la violencia, las autoridades y los del poder económico, se molestan y “defienden” al estado, pero poco hacen, o nada, para enfrentar todo este fenómeno, más allá de las balas y las bajas humanas.


AR: El narco parece ser una promesa de futuro mejor, por breve que sea en realidad. ¿Qué otros futuros se le pueden oponer con éxito?

JVC: Bueno, el narcotráfico es la industria más poderosa que hay en México y en el mundo, y las organizaciones criminales de nuestro país ya tienen operaciones importantes en el resto del continente, en Europa y África. Es difícil oponerse, pero todavía hay espacio para la resistencia. Y creo que la convivencia, el hecho de que recuperemos la cochera, el patio de nuestras casas, la banqueta, la calle, la esquina, la plazuela, el centro comercial, es bueno. No guardar silencio es algo, resistir. Todavía se les puede educar a los niños en el respeto a los demás, la tolerancia, la solidaridad. A pesar de que todo está descompuesto, es mejor apostarle a que nosotros no, a que todavía hay resquicios para respirar aire fresco y puro, y soñar, porque lo otro sería que nos cercenen eso, las ilusiones, y yo prefiero no pensar en eso, y seguir apedreando estrellas, aunque las tumbe.


AR: Para terminar, ¿cuál es tu opinión acerca de la literatura que ha aparecido sobre el fenómeno del narcotráfico?

JVC: Creo que está bien que se escriba sobre el narco; yo hago periodismo, por ejemplo, y podrán decir que me estoy colgando de esta corriente y del fenómeno en sí, pero, como lo dije antes, es mejor hablar, escribir, en lugar de guardar silencio. En el caso de Élmer Mendoza, por ejemplo, creo que es un excelente escritor y me parece bien que aborde el tema, claro que desde el tratamiento que te permite la ficción. Y esta obra de él, Luis Humberto Crostwaithe, Federico Campbell y otros nuevos autores —como Orfa Alarcón y su intensísima novela Perra Brava—, contribuyen también a entenderlo. Yo me preocuparía más si no hubiera nada, a pesar de este apocalipsis galopante. Sin embargo, creo que todavía no se ha contado todo: ni el periodismo ni la narrativa han sido capaces de retratar todo lo que está pasando, y, como dijo alguna vez Paco Ignacio Taibo II, ni juntando todas las partes de lo que se ha publicado es posible tener la historia completa, porque las piezas no cuadran y la realidad es tan cambiante como lacerante, y ha sido imposible contarlo todo.


*Entrevista publicada en M Semanal, núm. 700, 4 de abril de 2011.