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lunes, diciembre 19, 2016

Cuando el futbol levantó la cabeza de Argentina. Entrevista con Andrés Burgo


Cuando el futbol levantó la cabeza de Argentina
Entrevista con Andrés Burgo*
Ariel Ruiz Mondragón
En 1982 el litigio entre Argentina y el Reino Unido de la Gran Bretaña por la soberanía de las Islas Malvinas llegó a su punto más alto: a inicios de abril las fuerzas argentinas desembarcaron en ellas y los británicos las recuperaron a sangre y fuego en un conflicto que duró dos meses y que costó cientos de vidas, la mayoría de ellas de jóvenes del país sudamericano. Las heridas abiertas por la guerra quedaron allí.
Apenas cuatro años después, durante la Copa Mundial de Futbol realizada en México, en los cuartos de final se enfrentarían Argentina e Inglaterra, partido que entre no pocos despertó la pasión hasta el punto del morbo. Parecía una oportunidad de revancha histórica. Al final, el resultado de aquel choque del 22 de junio de 1986 en el estado Azteca fue una victoria épica de los argentinos merced a dos anotaciones geniales de su estrella, Diego Armando Maradona, jugadas conocidas como La mano de Dios y El gol del siglo.
Aquel día “es el paraíso del futbol argentino. Hubo cientos, miles de tardes y noches con más goles y con mayor belleza colectiva, pero ninguna con esa carga simbólica. Ese partido es un aleph del futbol que lo tuvo todo, y todo lo que tuvo nos favoreció. El macho alfa de los goles y el más ilegítimo, la deificación de un futbolista en un puñado de minutos, el trasfondo de las llagas de una guerra todavía abiertas, y el contexto deportivo perfecto: los cuartos de final de una Copa del Mundo”.
Quien escribe lo anterior es el periodista argentino Andrés Burgo (1975) en su libro El partido. Argentina-Inglaterra 1986 (México, Tusquets, 2016), volumen en el que relata a detalle lo ocurrido antes, durante y después de aquel legendario encuentro que adquirió dimensiones de epopeya por el contexto político y social.
Sobre ese volumen conversamos con el autor, quien es periodista especializado en deportes. Ha cubierto juegos olímpicos y diversos campeonatos internacionales de futbol, como mundiales y Copa América. Ha sido coautor de otro par de libros dedicados a Maradona, además del volumen titulado Ser de River en las buenas y en las malas. Ha trabajado en TyC Sports y Vorterix, además de que ha colaborado en medios como El Expreso, Clarín, El Gráfico y El País, entre otros.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro acerca de un partido de futbol ocurrido hace 30 años, del que usted escribe que quizá fue el único milagro del siglo XX, pero del que también Jorge Valdano dijo que fue un partido mal jugado, el peor que jugó Argentina en el Mundial de 1986?
Andrés Burgo (AB): Está la cuestión de que soy, ante todo, periodista, y escribir un libro es una de las obras más nobles que puede hacer un periodista. También está la relevancia del tema elegido, ya que es el gran partido de la historia del futbol argentino, y calculo que es uno de los cinco grandes partidos de la historia del futbol mundial.
Es cierto que hay pocos libros sobre partidos: en Colombia hay uno sobre el 5-0 de Colombia sobre Argentina, otro sobre el Chile-Unión Soviética de las eliminatorias para el Mundial de 1974, cuando los soviéticos no se presentaron en medio del golpe de Estado de Pinochet. Hay también un libro en Perú sobre una tragedia ocurrida en un partido Perú-Argentina, el día que hubo más muertos en un estadio de futbol.
Yo me preguntaba por qué no había un libro sobre este partido. A veces las ideas más sencillas terminan siendo buenas, y hace tres años empecé a pensar en hacer un libro sobre el Mundial de México en 1986. Era como volver un poco a mi infancia, porque entonces tenía yo 11 años, lo que era una cuestión muy noble para mí, porque es una cuestión como de que quería volver a mi infancia.
Así que hubo distintos motivos que me llevaron a escribir este libro. Es cierto lo que dice Valdano: fue un partido mal jugado, pero también es un partido que, a medida que pasa el tiempo, se va agigantando en la memoria: es en el que, al menos a ojos argentinos, Diego Armando Maradona se consagró como la versión deportiva del Che Guevara, de Evita, de San Martín. Esto ocurrió el 21 de junio de 1986. Es cierto que a Maradona y a la selección argentina aún les faltaba ganar la final (que después lo hicieron), pero sin este partido de cuartos de final lo otro no habría tenido la misma fuerza.

AR: ¿Cuáles fueron los principales problemas que tuvo para hacer esta gran crónica? Por ejemplo, menciona que le quisieron cobrar entrevistas Maradona, el árbitro y hasta Peter Shilton.
AB: Hacer un libro es, básicamente, un rompecabezas inagotable. Hay una frase que dice que el libro no se termina ni se abandona. La gran dificultad no creo que sea esa que señalás sino las propias limitaciones de uno mismo, el tiempo. El resto es sencillo; es cierto que no pude tener el testimonio de Maradona y del árbitro, pero ellos hablaron hace 30 años, en el caso del primero un montón de veces y en del árbitro un par de ocasiones. Yo conseguí la declaración oficial de la última charla que él tuvo con un periodista francés.
Lo más difícil de un libro es la parte de la escritura; es maravilloso investigar y llegar a pequeñas historias, pero para escribirlas tuve la ayuda de una gran maestra en la edición que es Laila Guerriero, que es la editora de la colección. Fue maravilloso haber trabajado con ella.
Hubo una parte difícil en la construcción del libro: cuando oyes una o varias verdades. ¿A qué me refiero? A que muchos protagonistas hablaban de un único hecho con diferentes versiones. Por ejemplo, a la camiseta que Argentina usó ese día contra Inglaterra. Argentina jugaba con una camiseta blanca antialtura, antiverano, para decirlo de alguna manera, con una especie de agujeritos (“panal de abeja” le decían). Era un modelo que Bilardo había pedido para que la camiseta no acumulara el sudor y se convirtiera en otro rival. El problema fue que esa camiseta sólo era blanca, y Argentina la había usado contra Uruguay; la otra era muy pesada porque no tenía esta previsión antialtura que sí tenía la camiseta celeste y blanca. Pero tenían que jugar con una camiseta azul contra Inglaterra, por lo que salieron unos enviados de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) a comprar camisetas azules genéricas. Ninguno de ellos recuerda en qué local las compraron porque pasaron por 4 o 5 locales para buscar este tipo de chamarras; al día siguiente, a falta de un día para el partido, pegaron los números y el escudo de una forma muy artesanal. Los dos empleados de la AFA que fueron a buscar estas chamarras por distintos locales de ropa deportiva no mencionan una versión de los jugadores; por ejemplo, Burruchaga cuenta que Héctor Miguel Zelada, el tercer arquero del plantel y que jugaba y vivía en México, tenía una casa deportiva, y fue a buscar esas chamarras. Yo hablé con Zelada, y dice que sí es cierto, “yo les di esas chamarras, que salieron de mi local de ropa deportiva”. Pero ninguna de las dos personas que fueron a buscar las chamarras dicen que las hayan comprado en el local de Zelada. Así, hay varias versiones sobre un mismo hecho.
Eso era una complicación para escribir el libro porque las distintas versiones son igual de felices y tautológicas, y no sé si exista una gran verdad sobre los hechos. Creo que cada uno tiene su recuerdo de lo que realmente pasó.

AR: El suyo es un libro muy detallado sobre aquel día. ¿Qué nos dicen esos detalles, algunos de los cuales nos pueden parecer inocuos, del partido? Por ejemplo, desde la tan complicada elaboración de la camiseta que usó aquel día Argentina, hasta el destino de los balones usados en el partido.
AB: Con los pequeños detalles se cuentan las grandes historias. Yo sabía que no iba a tener a Maradona, que es el gran protagonista de este partido, pero que iba a contar con el testimonio del resto de los protagonistas. Maradona sería una especie de Sol, y había que hacer una pintura de la galaxia que fue este partido, por lo que había que rodearlo con el resto de los testimonios. Éstos cuentan pequeñas historias de la grandeza de ese día.

AR: Me parece que un motor de esta historia son los conflictos que había al interior de la selección argentina: desde la confrontación entre Menotti y Bilardo, hasta aquellos rumores sobre la enfermedad de Daniel Pasarella para que no estorbara el liderazgo de Maradona. ¿Esto cohesionó al equipo?
AB: Era una selección que llegó muy conflictuada a México. El rol de Maradona todavía no era el de líder auténtico del plantel, porque había otro: Pasarella, que era como el representante del extécnico de la selección, César Luis Menotti. Maradona era el representante del nuevo técnico, Bilardo.
Pero Maradona le fue ganando a Pasarella el liderazgo del plantel ya en México, por supuesto con sus actuaciones dentro de la cancha, y también por una serie de reuniones muy tensas que hubo. Entonces Pasarella entró en una espiral de desgracias que lo marginaron del Mundial al punto de que en este partido contra Inglaterra estaba en el sexto piso del hospital Español, entubado y tras haber perdido seis kilos víctima de una diarrea por el “mal de Moctezuma”. Hubo quienes acusaron al cuerpo técnico de haberle provocado adrede una intoxicación; pero la explicación que dio el médico fue que Pasarella cometió un error al haber tomado whisky con hielo de agua de grifo, de donde vino la intoxicación.

AR: ¿Cuál fue la intervención de los políticos en este Mundial, y en este partido? Se vio claramente en el caso de Argentina: antes del Mundial Raúl Alfonsín pedía la cabeza de Bilardo, y cuando iba a ser el partido contra Inglaterra varios políticos en el Congreso argentino llegaron a solicitar que su selección no se presentara a jugar.
AB: En Argentina hubo senadores del Partido de la Transición —que era el partido oficialista en ese momento— que pidieron en el Congreso que Argentina no jugara ese partido, que la selección se volviera porque no se podía tener ningún tipo de relación con Inglaterra. La guerra había terminado cuatro años antes.
Por supuesto que creo que hubo algo de aprovechamiento de la oposición, pero también es cierto que el propio gobierno dos años antes había hecho lo mismo: el primer partido oficial entre clubes argentinos e ingleses fue un Independiente-Liverpool, en 1984, dos años después de la guerra, y era la final del mundo entre clubes. El presidente Raúl Alfonsín y su gobierno, a través de la Secretaría de Deportes, estaba a favor de que Independiente no jugara ese partido porque no había ningún tipo de relaciones con los ingleses, ni deportivas. Finalmente los jugadores le pidieron personalmente al gobierno de Alfonsín: “Queremos jugar ese partido, es una cuestión deportiva, no política ni bélica”. Los dejaron jugar, y dos años después, cuando Argentina jugó contra Inglaterra en el Mundial de México, pues como que al gobierno le convenía que la selección jugara. El gobierno ya empezaba a entrar en la espiral de desgracias que terminaría con su derrota electoral en el año siguiente. Pero entonces diputados y senadores opositores pidieron que Argentina no jugara ese partido, y presionaron en la semana previa al partido. Pero hubo telegramas de excombatientes argentinos pidiendo a los jugadores un gran esfuerzo y que no les fallaran en ese partido tan especial.
Cuentan también que el ministro de Deportes de Inglaterra llamó a los jugadores para decirles que, básicamente, no se metieran en problemas, que tuvieran un comportamiento ejemplar, que era un partido muy sensible.

AR: ¿Cuál fue la relevancia política que tuvo este encuentro? Podemos ir de un contexto con la guerra de las Malvinas hasta cuando Maradona, cuando empezó a fallar deportivamente, rescató la historia de que habían honrado a los jóvenes argentinos caídos en ese conflicto.
AB: Políticamente no creo que haya tenido relevancia. Este partido fue visto como una revancha poética por las Malvinas, y es la frase que podemos decir. Repercusiones políticas después del partido yo creo que no hubo; eran épocas en que en Argentina no había Embajada inglesa, y en el Reino Unido no había Embajada argentina. Para reconstruir las relaciones entre los dos países, para empezar una situación no sé si de amistad pero sí de kilómetro cero, sería mejor referirnos a 1990, cuando la selección de rugby de Inglaterra vino a Argentina a jugar unos partidos contra los Pumas (la selección argentina de rugby). A partir de allí empezaron los vínculos políticos y diplomáticos.
Pero yo no sé si este partido tuvo una relevancia política, aunque sí la tuvo social y deportiva.

AR: A partir de esta experiencia, ¿cómo se puede trazar la diferencia entre política y deporte? Usted rescata una declaración de Valdano, quien dijo que era un partido ideal para que se confundieran los imbéciles, que las Malvinas son argentinas era tan cierto como que los militares los habían embarcado en una guerra absurda. También recupera una declaración de Maradona en la que él se reclama ciudadano y hace una distinción con la guerra. ¿Cuál es la separación entre la política y el deporte que, a grandes rasgos, trazaban Valdano y Maradona?
AB: La verdad es que era un mundo ideal donde nada más había que hacer un partido de futbol, pero era en un marco social: la guerra recientemente había terminado, y había sido absurda pero causó muchas muertes precisamente del lado argentino, y la gente estaba muy sensibilizada. Como que a los jugadores argentinos les quedó un inspirado papel de “vengadores” (así, entre comillas).
El propio Valdano, después del partido, y en referencia al gol con la mano, dijo: “Es cierto que el gol fue con la mano, pero también es cierto que los ingleses habían metido un montón de manos en la guerra”.
La guerra fue como un ruido sordo, como un efecto contaminante que tuvo el partido durante toda la previa y que ayuda después a la épica del partido. La verdad es que el partido en sí fue muy limpio, quizá de los más limpios que tuvo Argentina en el Mundial; los dos equipos se portaron muy bien, pero es innegable que, especialmente en 1986, un Argentina-Inglaterra no era lo mismo que un Argentina-Etiopía o un Argentina-España. Había una cuestión contaminante, de la cual los jugadores trataron de aislarse antes del partido, pero era imposible. Hubo un titular de un diario muy bueno que decía que el de las Malvinas era como todos los fantasmas: no existen pero están allí.

AR: En varias partes del libro se aborda la reacción de los ingleses, a la que usted llama de “dulce resignación”, de “grandes en la derrota”, sin ocupar el papel de víctimas de conspiraciones. Al final del libro se puede leer que ellos sacaron varios libros en los que sus jugadores demuestran, en general, bastante admiración por los argentinos, especialmente por Maradona. ¿Por qué fue esta reacción tan caballerosa de los ingleses?
AB: A mí me gustó reivindicar la reacción de los ingleses. La verdad es que un gol con la mano para mí no dice mucho de quién lo hace porque casi todos que tienen la posibilidad de hacer un gol con la mano lo van a hacer; es una cuestión casi instintiva, no es una cuestión premeditada, no es que saliese a hacer trampa. Cierto que Maradona hizo el gol con la mano, pero también hay muchos ingleses recuerdan que Inglaterra ganó un Mundial con un gol que no fue. No hay ninguna diferencia entre hacer un gol con la mano y un gol dudoso.
Para mí hacer un gol o festejar un gol ilícito no habla mucho de nadie porque la gente lo hace. Para mí fue reivindicar cómo los ingleses metabolizaron la injusticia, porque cuatro años más adelante los argentinos, ante un error de un árbitro mexicano, hablamos de “mano negra”, de que había un complot y nos entregamos al victimismo.
Los ingleses, la verdad, asumieron que había sido una injusticia, pero que formaba parte del futbol. Salvo un par de jugadores, que continuaron enojados con Maradona no por la mano sino porque no se disculpó, el resto metabolizó muy bien la derrota y la injusticia. Para mí eso es para destacar.

AR: Vamos sobre la carga simbólica, que es múltiple y muy diversa; al respecto me gustó mucho el testimonio de Héctor Rebasti, este jugador de futbol que tuvo que ir a la guerra de las Malvinas. A partir de ese y otros testimonios que usted haya conocido, ¿qué les dijo este partido a los hijos de esa guerra?
AB: Es muy peligroso hablar de lo que puede significar un partido de futbol cuando hay excombatientes relacionados, y no hay nadie más involucrado que un excombatiente que vio morir a sus compañeros, alguien que por el resto de su vida va a seguir pensando en esa guerra. Y esa persona dice “ese partido fue oxígeno, fue como un volver a vivir, fue como demostrar que los argentinos le podíamos ganar a los ingleses; fue volver a levantar la cabeza, fue sacarse un peso de encima, sacarse una culpa”, todo eso es lo que dice Rebasti, exfutbolista, excombatiente de Malvinas.
La verdad, qué otra cosa podemos decir que aceptarlo y entender que el futbol, entre muchas cosas, por supuesto no es algo trascendente, pero sí es un vehículo para empezar a entender otro tipo de asuntos, y en este caso fue un vehículo para sacarse un peso de encima, al menos para algunos de los excombatientes. Para mí, en ese sentido, allí está la grandeza de este partido, el que, como hace 30 años y en cierta forma, lo seguimos jugando.

AR: También fue importante el papel de los medios en aquel partido. Usted reproduce algunas cabezas de periódicos argentinos e ingleses. Tendieron a exacerbar el nacionalismo y el conflicto, me parece. Después de su revisión hemerográfica, ¿qué nos dice al respecto?
AB: Hubo un tratamiento grave, pero hubo diarios que lo trataron con seriedad. El diario Crónica, de Argentina, toda esa semana habló de piratas, de recuperar las Malvinas a goles. Entonces hubo una cuestión de patrioterismo alrededor de este partido en parte de la prensa.
Pero también nos podemos referir a un diario serio como El País, de Madrid, que aquel día tituló: “Argentina-Inglaterra juegan la versión deportiva de las Malvinas”. Evidentemente los diarios tampoco podían o querían tapar lo que todo el mundo estaba hablando.

AR: Usted llama a aquel partido “milagro”, la ascensión de Maradona como un genio a la altura de Pelé con aquellos goles contra Inglaterra. Pero, 30 años después, ¿qué le dice hoy aquella gesta a Argentina?
AB: Son dos jugadas que se siguen reivindicando cada vez más, pero también pueden convertirse en una especie de yunque en el sentido de que muchos argentinos le piden a Messi que haga este tipo de jugadas. A veces quedarse preso en el pasado es un problema porque te perdés de lo que está ocurriendo ahora. Puede ser que este partido, de manera involuntaria, esté también apoyando esa cuestión de enamorarse del pasado, lo cual no deja de ser ficticio porque en el pasado también hubo problemas como ahora. Pero, volviendo a tu pregunta, claramente esos goles, a medida que pasa el tiempo son más mitificados y se engrandecen con el paso del tiempo en el recuerdo de los argentinos.



*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 191, octubre de 2016.

martes, febrero 16, 2016

América, en ruta hacia la narcosociedad. Entrevista con Dromómanos


América, en ruta hacia la narcosociedad
Entrevista con Dromómanos*
Ariel Ruiz Mondragón
Las organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico han encontrado en América su principal bastión: aquí se encuentran desde los dos países que son los máximos consumidores de cocaína del planeta (Estados Unidos y Brasil) hasta el país más violento del mundo (Honduras), así como los grupos delictivos más poderosos dedicados a ese giro, entre los que descuellan los mexicanos y los colombianos.
Ante ese panorama, Alejandra Sánchez Inzunza (Ciudad de México, 1986), José Luis Pardo Veiras (La Coruña, 1985) y Pablo Ferri Tórtola (Valencia, 1985), tres jóvenes periodistas que han denominado a su proyecto Dromómanos, decidieron emprender un viaje a través del continente para seguir la huella de la cocaína desde Estados Unidos hasta Chile y Argentina.
Ese periplo inició en diciembre de 2011, para el cual utilizaron como transporte, hospedaje y sala de redacción un Volkswagen Pointer. El trajín concluyó un poco más de dos años después.
Durante el viaje encontraron, contaron y publicaron diversas historias relacionadas con el narcotráfico en el continente, lo cual ha dado como producto un libro: Narcoamérica. De los Andes a Manhattan, 55 mil kilómetros tras el rastro de la cocaína (México, Tusquets, 2015).
En ese volumen los autores destacan que el crimen organizado, omnipotente, “llega a todo lados y todo lo abrasa. Destruye y a la vez transforma”. Y rematan de manera contundente: “A lo largo de nuestra travesía constatamos el avance inexorable de la gangrena: el continente entero deriva hacia una narcosociedad, en donde lo atroz se vuelve cotidiano”.
Acerca de ese título Replicante conversó con los autores, quienes han colaborado en publicaciones como Domingo de El Universal, El País, Gatopardo, Esquire, Etiqueta Negra, Emeequis y Vice, entre otras. Han ganado los premios Nacional de Periodismo (2013) y Ortega y Gasset de Periodismo Impreso (2014).

Ariel Ruiz (AR): Dicen en su libro que les han preguntado por qué no reportean a la América Latina bonita, hospitalaria, solidaria. En ese sentido, ¿por qué cubrir, escribir y publicar un libro como el suyo, sobre el tráfico de drogas (que rebasa, por mucho, la pura cocaína), que, como ustedes dicen, es un fenómeno que cohesiona el continente?
Pablo Ferri (PF): Cohesionar tiene un matiz positivo, y al final el narcotráfico sí vincula a los países del continente americano pero como un cáncer, como una metástasis. Hoy en día es un fenómeno a través del cual puedes explicar muy bien el continente no sólo en el tráfico de drogas sino también en la corrupción, la pobreza, la desigualdad. A través del narcotráfico todo eso se ve muy bien, y al final es de lo que va Narcoamérica, que no sólo es un compendio de historias de gente relacionada con el tráfico de drogas sino de sus realidades, y muchas veces tiene más que ver con las necesidades, con la supervivencia, que con un fardo de cocaína.

AR: En el párrafo donde mencionan este elemento si no cohesionador sí común al continente, afirman que otro elemento de ese tipo era la religión. ¿Cómo está vinculado el fenómeno religioso con el narcotráfico? ¿Cómo se perdió el respeto a la cruz, como mencionan? En su libro describen casos como el de Dione dos Santos, narcotraficante que se volvió pastor evangélico, el culto a Jesús Malverde y la mujer que en un ayuntamiento pone a todos a orar para que baje la violencia, por ejemplo.
José Luis Pardo (JLP): La frase de la religión es de José Mujica, quien dijo en una entrevista que había dos cosas que unían el continente: la religión y el idioma —porque si hablas lento el portugués se entiende.
Pero la reflexión sobre la cruz es que América Latina es un continente profundamente católico en general, y la religión ha servido muchas veces como foco de resistencia. Lo que se cuenta allí es que los curas eran intocables, y en muchos lugares donde el narco opera son como un escape a esa realidad.
Otra vinculación que se da es también toda esta religión de Malverde, el santo de los narcos, o de la Santa Muerte con los sicarios; en Colombia también hay vírgenes a las que se adora porque, al fin y al cabo, también son latinoamericanos y son católicos.
Al final, la religión históricamente ha vertebrado el continente. Queríamos ver al narco no como un nuevo Dios ni como una nueva religión, pero sí con ese paralelismo entre estos dos fenómenos vertebradores que a veces se cruzan.
Creo que era interesante cómo estos dos fenómenos, uno más histórico que el otro, se van cruzando, a veces en caminos paralelos, pero ambos vertebran el continente de una manera u otra.

AR: Quiero ir sobre la perspectiva que tomaron para tratar el narcotráfico: los reportajes no son sobre los grandes jefes del narcotráfico sino sobre la gente de abajo, las comunidades, las colonias, los barrios que viven el fenómeno. ¿Por qué adoptaron este enfoque?
Alejandra Sánchez Inzunza (ASI): Pues justo queríamos quitar prejuicios y etiquetas sobre el tema, de que “estos son los buenos y estos los malos”, que todos los narcotraficantes van en camionetas, oyen narcocorridos y tienen muchísimo dinero. Ni siquiera es que esa fuera la intención sino, más bien, al irnos adentrando vimos que el narcotráfico está nutrido de gente supercomún que, probablemente, si uno estuviera en su circunstancia haría lo mismo. Es gente que, ya sea por pobreza, por necesidad, por geografía o por coacción —porque en muchos lugares te obligan a participar o te secuestran, plata o plomo— pues están en esa dinámica.
Quisimos mostrar un mundo más amplio de lo que es el narcotráfico, quitarle las etiquetas, que la gente reflexione al respecto y que entienda que es una cadena mucho más compleja y que no es solamente el padrino. Hay muchos intermediarios, mucha gente que no sabe ni para qué lo está haciendo, hay muchas víctimas… hay de todo.
Entonces fueron las historias con las que nos fuimos encontrando, más que nada.

AR: Me gustó la mención a la complejidad del asunto. En ese sentido, me llama la atención que hay una suerte de difuminación de las realidades, de los límites: señalan ustedes varias veces que no se sabe dónde acaba el Estado y empieza el crimen organizado, dónde están las fronteras, qué divide la culpabilidad de la inocencia, la confusión entre los “buenos” y los “malos”, la civilización y la barbarie. En un contexto periodístico que suele dividir la realidad entre “buenos” y “malos”, ¿cómo reportearon este asunto tan complejo?
JLP: El narco no lo puedes enfocar como un ente independiente: ya está en la sociedad latinoamericana. Por eso el narco nos abre las puertas a entender otra realidad. Entonces creo que esa es la clave: el narco es causa y es consecuencia de la pobreza, de la desigualdad, de lo que Pablo decía antes. Creo que eso es fundamental: entender que el narco está muy enraizado en muchas cosas, entre ellas la corrupción de las autoridades. Es una tragedia que el que te debe cuidar muchas veces es el que aprieta el gatillo, el que hace que el narcotraficante pueda tener una plaza tranquila y operar allí. Eso es lo que pasa.
Entonces por eso el enfoque del libro es no tanto hacer una radiografía del narco como hacer una radiografía de la sociedad latinoamericana a través del narco.

AR: Ustedes afirman que la mayor parte del daño del narcotráfico ocurre por debajo de la atención mediática. En su opinión ¿en general cómo han cubierto los medios de comunicación del continente el asunto del narcotráfico?
PF: En general hay dos discursos que se entrelazan: por un lado está el discurso del periodista judicial, que lo que hace es, básicamente, contar lo que las autoridades hacen —lo que está bien, por otro lado—. La intención que nosotros tenemos es la de arrebatarles el discurso e ir más abajo de lo que se ve, que es el gran narco o el narquito que agarran y al que presentan como el gran logro, cuando en realidad muchas veces ni siquiera saben bien qué rol tenía el tipo en tal o cual organización.
Si vamos al fondo es que hay una serie de gente que no es mito, y que podemos saber qué pasa con ella. Cuando vas y conoces al pescador que ha tenido “la buena suerte” de encontrarse un fardo de cocaína, de venderlo y comprar un motor para su barca, ves el problema de otra forma. Aportas muchos matices que en el discurso tradicional del periódico del día siguiente no cabe.
ASI: Y también con eso nos referimos a lo oculto: Roberto Saviano, que prologa el libro, se refiere al narcocapitalismo. De esto sabemos poquísimo, a qué nivel de juego está todo esto, quiénes están involucrados, cuántas empresas, cuántos lavan dinero, cuántos políticos están detrás. El narcotráfico se mueve como una empresa trasnacional. Esa parte es la que es muy difícil de rastrear, seguir el dinero es lo más difícil. Yo creo que muchos lo han intentado y pocos lo han conseguido.
También nos referimos a que eso está completamente debajo de la atención mediática y de todo. Es como si fuera un mundo paralelo que no vemos.

AR: Ustedes afirman que el narcotráfico ha sido muy funcional para el capitalismo y que ha aprovechado las ventajas que éste le da, incluyendo los bonos de Estado. ¿Por qué el libre mercado sí funciona, incluso con bandas como las mexicanas, que luchan por plazas, en las que uno diría que no hay libre competencia?
PF: Es un negocio superlucrativo. Saviano comparaba qué supondría comprar una acción de Apple y comprar un kilo de coca, y cuánto rendiría en un año. Es muy superior el capitalismo para la cocaína…
ASI: Exacto. Es un producto que se produce muy barato. El cálculo que sacábamos es que llega, mínimo, a rentabilizarse en un 10 mil por ciento, y no es una exageración: si en Colombia un kilo cuesta mil dólares, en Australia puede costar 200 mil, esto sin contar en cuánto se vende cada gramo.
Sí es un producto que encaja a la perfección en el sistema y que mete a muchas personas. Eso es algo que Saviano mismo ha visto y que nosotros también descubrimos a lo largo del continente. Sí es verdad, pasa muchísimo. La hoja de coca en sí, que es el producto con los alcaloides, cuesta unos centavos nada más.

MUNDOS DIFERENTES
AR: Otro asunto interesante es que desde Estados Unidos hasta Argentina hay una gran diversidad de regímenes políticos: va desde la democracia imperial de Estados Unidos hasta el socialismo del siglo XXI en Venezuela. ¿Cómo ha logrado traspasar todos ellos el narcotráfico?
ASI: Creo que el sistema político no influye. Incluso hay gobiernos de países de izquierda que en muchos casos están más relacionados con el narcotráfico, como en los casos de Venezuela (allí hablamos de narcomilitarismo) y Nicaragua. Las rutas del tráfico de drogas son las del tráfico de armas durante la guerrilla.
Incluso hay países que presumen de mayor institucionalidad, y que uno cree que son un poco más europeos, como Argentina, donde se dice que la mafia no llegó porque ya tenían a la policía…
PF: Pero no porque la policía fuera a dispararse en los pies sino porque ella misma era la mafia.
ASI: Y ningún país se salva de eso. Estados Unidos, que también presume de otro tipo de democracia, es el mayor consumidor. Evidentemente esto era algo que nos parecía indispensable incluir en el libro: hay autoridades estadounidenses corrompidas y que permiten el tráfico.
Simplemente, lo que hemos visto y que hemos hablado con expertos en el caso de Estados Unidos es que protege más a sus instituciones, saca a la manzana podrida; aquí, en México y en otros países latinoamericanos pues vemos como que toda la institución está corrompida. Ellos son más inteligentes en eso.
JLP: El narco no tiene ideologías sino que funciona como gran negocio. No importan izquierda ni derecha ni centro, sea el gobernante que sea. Por eso es un negocio tan exitoso y tan multinacional.

AR: Ustedes ponen el reporte de la zona tex mex, donde la policía estadounidense está muy metida en el narcotráfico. Además está la anotación de que en México puede estar una de las ciudades más violentas del mundo, y tiene como vecina una ciudad que es la más pacífica de Estados Unidos. ¿Qué encontraron allí?
JLP: Es muy interesante moverte en la frontera porque son dos mundos completamente diferentes. Pero la lógica es que la cocaína sigue su camino. Lo que pasa es que en Estados Unidos la institucionalidad es más fuerte, eso es innegable, pero también hay muchísima corrupción. Pero es un poco la lógica de lo que decía Alex: allí sí hay mucha corrupción, pero hay menos impunidad. Si cometes un delito, es probable que te vayan a agarrar. Lo que pasa es que la institución sobrevive.
La realidad estadounidense es muy diferente porque no hay muertos, y eso es clave.
AR: O los traen para acá.
JLP: Sí, es una práctica muy común: si alguien tiene que ajustar cuentas, agarran al tipo en El Paso, por ejemplo, se lo llevan a Juárez y allí lo matan porque allí sale muy barato porque México es un país con el noventa y tantos por ciento de impunidad. Sale casi gratis.
La realidad estadounidense es esa: sigue el negocio pero no hay muertos. Hay varias teorías: primero, se teme más a un país con el poder policial y de seguridad de Estados Unidos y, segundo, que también es una lógica de negocios. El narco no es sinónimo de muertes; el narco provoca muertos porque es una solución plausible dentro de su negocio, pero si no los hay no te van a molestar. Para el negocio es mejor mantener la zona tranquila.
Otra cosa es que por mucho que llegue el narcotráfico mexicano a invadir Estados Unidos es complicado porque su seguridad es tremenda. Pero aun así la frontera es una coladera.
Estás con los gringos y te dicen: “¿Ves a ese tipo que está en la lanchita? Seguro tiene droga, pero yo no puedo hacer nada porque está del lado mexicano. Sé que cuando me vaya va a pasar, pero ¿qué hago?”. Y además no tienen mucho interés.
Además, la cuestión es sistémica: por todo el recorrido que hicimos por la frontera texana vimos que no son dos o tres casos. Obviamente hay corrupción, pero lo que no hay es violencia. Al final lo que hay que ver es que el narco es un gran negocio: llega a Estados Unidos, el dinero vuelve para abajo, las armas vienen para acá y las drogas suben para allá. Ese ciclo virtuoso a nivel económico y ese círculo maléfico a nivel social continúa.

AR: Desde su perspectiva, ¿cuáles son las principales lesiones que el narcotráfico le ha causado a la sociedad? Vemos en el libro a “las mulas”, los pandilleros, los pescadores que se sumergen 40 metros bajo el agua, entre otras víctimas, por ejemplo.
PF: Pues hay muchas. Por ejemplo, hay la sensación de que todo se puede comprar, incluso voluntades y gobiernos. Sobre todo, y esa es la parte más negativa y más triste por la necesidad del que se deja vender, está el caso de “las mulas”. En el libro hablamos de varias mulas, burreros bolivianos que están presos en Chile porque llevaban cocaína en su estómago.
Ves cómo funciona el fenómeno, y te das cuenta de que en Chile hay incluso abogados que ofrecen a los narquitos un poco más importantes que están en la cárcel el servicio de que sus subordinados contraten a mulas sólo para que les delaten y así ganar ante las autoridades un punto y hacer su condena más corta.
Es eso: todo se vende, lo cual es horrible, como en el caso que te digo.
ASI: Lo más triste es que va contaminando comunidades. Tú mismo lo dijiste: ya sean pescadores, cultivadores, sicarios de 13 años, finalmente se genera una cultura de violencia, de hacer dinero fácil y se pierde todo lo que tiene que ver con democracia, derechos humanos y demás. Todo esto queda relegado.

AR: ¿Qué ha pasado con los que ustedes identifican como “buenos”? Hay dos caso que quiero destacar: los jueces Odilon de Oliveira, de Brasil, y Mildred Camero, de Venezuela.
ASI: También son gente que vive en peligro: son buenos pero en cualquier momento los podrían matar. Es gente que ha sacrificado su vida por esa lucha, como aquí Alejandro Solalinde…
JLP: Esos son casos extraordinarios. Es gente que es increíble y aparte muy valorables, como los casos de De Oliveira y Solalinde, porque están dando una lucha que no van a poder ganar. Pero lo hacen porque creen que, como ciudadanos, es su obligación luchar contra el hampa. Odilón tiene una experiencia de encarcelamiento tremenda y de amenazas también. Pero el narcotráfico sigue operando con otros nombres y bajo otras formas.
Pero es admirable porque esto es como Sísifo: agarran la piedra, la suben, y al día siguiente baja, y la tienes que volver a subir. No acaba porque el fenómeno no es una cuestión de encarcelar o no a un capo. Hacen un trabajo encomiable. Soy su admirador.
Bajo este clima de violencia y de terror es normal que haya poca gente que se convierta en estos héroes, esta gente estoica que, de verdad, sacrifica su vida. Es muy humano no hacer, por eso toda nuestra admiración para la gente como ellos.

AR: ¿Cuáles iniciativas positivas de autoorganización de la sociedad han encontrado? Destaco un par de ejemplos: en Vraem, en Perú, y, por supuesto, el caso mexicano de las autodefensas. Pero también ustedes señalan que estas pueden caer en el abuso…
ASI: Ese es un poco el final del libro.
AR: ¿Qué experiencias rescatarían en ese sentido?
ASI: Hay mucha gente moviéndose en el tema de política de drogas para cambiarla. Esto es indispensable porque está claro que esta política ha caducado: no está funcionando, hay más muertos y más consumidores. En el libro se ponen los ejemplos de cuando se declaró la prohibición de las drogas cuánta había entonces y cuánta hay ahora.
Hay muy buenas propuestas que provienen desde los expresidentes hasta muchos activistas de México, organizaciones que están trabajando de cerca con gobiernos y con autoridades para buscar un cambio en la política de drogas para que se despenalice el consumo, para empezar con regulaciones pequeñas para atacar el narcomenudeo, las que pueden ir generando un cambio. No se va a legalizar de la noche a la mañana, ni esto tampoco va a ser la solución porque el crimen organizado siempre va a encontrar mercados negros en los cuales seguir, pero el punto es empezar a debatir.
En cuanto a lo social, están las autodefensas en el Cauca, en Colombia, que son una guardia indígena que se pone en medio del fuego cruzado entre las FARC, los paramilitares y el Ejército, lo cual es superarriesgado, y luego mucha gente las crítica porque llegan a plantar hoja de coca. Yo sinceramente no los considero cultivadores o narcotraficantes: ellos plantan coca como plantar café o naranja.
JLP: Al final las comunidades lo que buscan es su conservación, y las autodefensas son expresión de eso, de resistencia. Tú sigues siendo igual de pobre, miserable y marginado por el Estado, pero tomas un arma porque nadie te da ese amparo social que debería dar el Estado. Entonces la gente reacciona así.
La política de las drogas no ha funcionado, seguimos muriendo y entonces tenemos que hacer algo nuevo. Al final son respuestas sociales porque nos queremos conservar como sociedad, y el narco nos está comiendo mucho terreno respecto a ello.
Por eso la gente se arma y es entendible. Es lo que intenta decir el libro. Nosotros no juzgamos, intentamos que sea entendible por qué un sicario puede empezar a matar muy joven, porque alguien va a cultivar hoja de coca y no otra cosa, etcétera. Ese es el objetivo del libro: que hagamos una reflexión compleja sobre el tema.

EL LADO B
AR: Al final del libro ustedes advierten que vamos hacia una narcosociedad. ¿Esto qué significa?, ¿cuáles serían las principales características de ésta?
ASI: Hasta con el titular del libro teníamos un poco de peleas porque ya todo es narco: “narcocultura”, “narcoavionetas”, “narcocultivo”, “narcoperiodismo”, etcétera. Entonces, por un lado no queríamos ponerle este título porque nos parecía un cliché, pero por otro lado nos parecía que es verdad, que es Narcoamérica, el lado B del continente.
Creemos que simplemente es eso: el narcotráfico se ha infiltrado demasiado en nosotros: en la tele, en la forma de vestir, etcétera. En ciertos lugares, como Sinaloa, Medellín e incluso en Guatemala, por ejemplo, muchos se hacen pasar por narcos y no lo son, pero dicen que son de Los Zetas para dar miedo.
Sí está muy impregnado socialmente eso. Narcosociedad es también un lado B. No es que toda la sociedad sea así, pero sí está muy metido el narcotráfico. El narco es extremo: produce demasiada muerte, demasiada corrupción, demasiada miseria. Por eso lo escogimos y no otra cosa.
JLP: Se habló de narcosociedad de muchos países, y cada uno presenta una incidencia del tráfico de drogas distinto en cuanto a la intensidad y a las consecuencias. Me explico: en Paraguay, por ejemplo, tienes una ciudad como Pedro Juan Caballero, que es como la capital de la producción de mariguana de Sudamérica, y es un ejemplo en el cual el narcotráfico es el amo y señor de esta historia. Allí, en los últimos años han matado a cantidad de periodistas a un lado y otro de la frontera de Paraguay y Brasil.
Uno de los corresponsales que vive en esa ciudad, quien además tiene muy buena mano y capacidad de entrevistar a bastantes narcos, vive en un búnker y tiene escolta armada, para que te des una idea. También han atentado, a golpe de AK-47, contra un senador paraguayo que es de allí por criticar esta deriva hacia la narcosociedad.
Así, hablamos de un pueblo donde los narcos mandan y donde ellos son los que imponen lo que se puede hacer y decir.
Por otro lado tienes el ejemplo de Nicaragua, donde sí es verdad que se registran episodios violentos por tumbes de droga, pero en donde la sociedad está acostumbrada a trabajar al servicio del narco como si fuera una estación de servicio: la población local lo que hace es recoger las cargas de coca que los narcos tiran por la borda cuando las lanchas con las que van hacia el norte son perseguidas por la policía, les dan alojamiento cuando lo necesitan, les proveen de combustible, etcétera. Entonces la relación entre ambas y la forma en que se entrelazan es distinta en un sitio y otro.

AR: Al respecto también está el caso de Honduras, que es la sociedad más violenta. ¿Es el reflejo más extremo de una narcosociedad?
AI: En Honduras no sabes de dónde viene el tiro, para empezar. Eso pasa también aquí, pero allá las dos personas que iban a ser jefes antidrogas los mataron por hablar. Tal vez llega a un punto de cinismo exagerado.
JLP: Honduras es una especie de lupa de aumento de los problemas. En el libro se le dedica una parte porque el triángulo norte es la región más violenta del mundo, ya que Guatemala y El Salvador tienen el mismo problema de violencia. Cuando hablan de Honduras, como se indica en el libro, es como un tuerto hablando de un ciego: encuentran consuelo porque está peor.
Creo que Honduras es el caso extremo, como se dice en el libro, donde incluso la vida ha perdido valor y se ha acostumbrado demasiado al horror, a la violencia, porque es un país absolutamente desestructurado. Eso es: al final te acostumbras a todo, como en la crónica de San Pedro Sula: matan a seis personas al día, y al final dices “okey”. Si se muere tu hijo de siete años no te produce muchas emociones porque te lo esperabas, porque andaba en malos pasos. Es la resignación ante lo inevitable.
Entonces sí creo que Honduras es una lupa de aumento. Comparte problemas, pero los suyos son exponencialmente mayores. Ves a la clase política de San Pedro completamente desbordada y rezando por los muertos porque ya no saben qué más pueden hacer. Eso es Honduras.

AR: ¿Cuáles son los riesgos que enfrentaron al hacer este trabajo?
JLP: El nivel de riesgo es como una escala, y el que tuvimos es muy poco. Corrimos el peligro de estar hablando con gente que se dedica a este negocio, con gente armada en lugares donde suceden cosas. Pero nosotros nos íbamos de esos lugares, y al final los que realmente tienen una amenaza constante son los periodistas locales, los que reportean y publican allí, y al día siguiente allí siguen con sus familias, y los narcotraficantes saben dónde están. Ese es el riesgo, y por eso el libro está dedicado a ellos, porque son los que nos han guiado por todo este viaje para intentar entender esta otra América, esta Narcoamérica.
Entonces por eso no tenemos ninguna experiencia —y ojalá sigamos así— que en verdad haya puesto nuestra vida en peligro. De repente te puede seguir la policía o alguien, pero eso es mínimo en comparación con colegas que mueren o que están amenazados. Y ponerle una mordaza de miedo a los periodistas sucede mucho. Por eso nuestro libro está dedicado a ellos: dentro de la cobertura de estos temas, hasta ahora nos sentimos unos afortunados. Creemos que no nos la hemos jugado tanto como sí se la juegan diariamente muchos de los periodistas de este continente.

AR: Al final del libro ustedes dicen que no tienen soluciones, pero se pronuncian por el cambio. Desde la sociedad, ¿qué se puede hacer para cambiar esta situación? De los casos que reportearon, ¿dónde encuentran esperanza?
ASI: Creo que es lo que te mencionaba antes: el libro sirve, para empezar, como información para quien no sabe del tema, como un ama de casa, un universitario, etcétera, y después como reflexión, para que la gente le dé más importancia al tema de política de drogas porque está causando demasiado daño a nivel mundial.
Pues creo que los casos esperanzadores tienen que ver con estos activistas, la gente que está haciendo cosas para intentar cambiar esta política a nivel mundial, porque no es únicamente en América Latina. Esperemos que en la reunión extraordinaria de la ONU de 2016, al menos le puedan dar una vuelta de tuerca.
JLP: El cambio más evidente ha sido el uruguayo, donde el propio Estado, con el presidente Pepe Mujica, ha cambiado la política de drogas hasta regularizar la mariguana.
Pero de lo que hay que tener cuidado es que lo que funciona en Uruguay es sólo para ese país. Cada país tiene un contexto y unos problemas a veces comunes, pero diferentes. Uruguay es un país de tres millones de habitantes, con unos índices de desigualdad, pobreza y violencia menores. Además, allí había una cultura de autocultivo bastante fuerte. Había bases para que Mujica tomara esa decisión.
Pero sí decimos que el prohibicionismo no funciona. Esto no es porque lo digamos nosotros sino porque si lo miras en cifras es un fracaso: desde que se inició la guerra contra las drogas muere más gente y se consumen más. Se han creado mercados internos, no tan potentes, aunque los grandes consumidores siguen siendo Estados Unidos y Europa.
Pero mientras no cambiemos esto seguirán las consecuencias trágicas del narco. No nos pronunciamos más allá porque no tenemos la solución ni es nuestro papel ofrecerla, sino crear un documento como este, que sirva para la reflexión de un tema que nos parece importante y urgente.


*Entrevista publicada en Replicante, enero de 2016.

martes, febrero 03, 2015

La modernidad del antisemitismo. Entrevista con Jean Meyer




La modernidad del antisemitismo
Entrevista con Jean Meyer*
Ariel Ruiz Mondragón

En el siglo XII apareció por primera vez un mito que dio sustento religioso al odio, la persecución, la exclusión, la discriminación y el asesinato de miles y miles de judíos: el del crimen ritual, por el cual se aseguraba que los judíos debían sacrificar a un niño cristiano en la Pascua judía y con su sangre preparar el pan ácimo para sus rituales.
Tal creencia fue ganando popularidad con el transcurrir de los siglos, pero fue hasta los siglos XVIII y XIX que terminó por convertirse en una amenaza muy real en contra de los judíos, pese a la carencia de pruebas que permitieran sostener tal acusación.
Curiosamente, fue la modernidad traída por la Revolución Francesa y las grandes transformaciones políticas y económicas que sufrió Europa en aquella época la que terminó por radicalizar las tendencias antijudías para dar forma a un antisemitismo que derivó en acciones criminales incluso por parte de Estados.
A esa tendencia no se pudo sustraer completamente el catolicismo: desde finales del siglo XIX no pocos de sus integrantes, por diversas causas políticas, terminaron por abrazar y promover el antisemitismo basándose en el mito del crimen ritual, pese a los numerosos y categóricos desmentidos que varios Papas habían realizado.
Sobre esto trata el libro de Jean Meyer (Niza, Francia, 1942) La fábula del crimen ritual. El antisemitismo europeo 1880-1914 (México, Tusquets, 2012), en el que el historiador rastrea algunos de los orígenes de esta perversa doctrina entre los católicos, investigación en la que pone especial atención en una revista publicada por los jesuitas, Civiltà Cattolica.
Sobre ese estudio conversamos con el autor, quien es doctor en Historia por la Universidad de París X Nanterre, profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), director de Istor. Revista de historia internacional e investigador emérito en el Sistema Nacional de Investigadores.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué publicar hoy un libro como el suyo? Sobre el tema tiene algunos recuerdos de su infancia y su juventud.
Jean Meyer (JM): Hay una doble motivación en el libro: la primera es de tipo estrictamente intelectual, profesional, histórica, y es que hace unos 20 años, preparando una clase para estudiantes de licenciatura sobre la historia del fascismo europeo, estaba leyendo el libro de Hannah Arendt que se llama Los orígenes del totalitarismo, y en su capítulo sobre el antisemitismo encontré una nota de pie de página que decía: “En esos años álgidos, cuando nace el antisemitismo a fines del siglo XIX, entre sus campeones están los jesuitas de una revista italiana que se llama Civiltà Cattolica, y citaba uno o dos artículos, de los que nada más dio las fechas.
En ese momento me quedé impresionado; se me grabó la cita y dije: “Algún día tendré que averiguar si es cierto lo que dice la señora”. A fines de los años setenta y a principios de los ochenta me costaba trabajo imaginar a los jesuitas, cuya historia no conocía bien (conocía a la fundación y a los jesuitas mexicanos actuales, que en ese momento estaban a fondo en la teología de la liberación, en el campamento Tierra y Libertad; algunos muchachos seminaristas se habían ido a la guerrilla, habían cerrado sus colegios Patria porque ya no querían tener nada que ver con las elites), y entonces me costaba trabajo encontrarlos en el bando, para mí reaccionario, del antisemitismo.
Se me quedó grabado pero no tenía acceso a la revista Civiltà Cattolica, y no pensaba pasar un tiempo en Italia exclusivamente para verla. Pero, muchos años después, comentándola con el historiador sacerdote católico Manuel Olimón, me dijo: “La colección completa la tenemos aquí, en la Universidad Pontificia” (que era el Antiguo Seminario Mayor). Fui a ver, y hallé los artículos y encontré que Hannah Arendt tenía razón.
Entonces fue cuando decidí contratar a unos ayudantes para que me fotocopiaran todos los artículos con tema judío desde la fundación de la revista (1850) hasta la Segunda Guerra Mundial. Y resulta que encontramos que había muchos artículos antisemitas, pero que había dos bloques cronológicos: en los primeros 30 años de la revista el tema no aparece; lo hace justamente en 1880, cuando nació el antisemitismo de manera masiva y populista en Europa. Pero este es un antisemitismo católico, pero ya también estaban el darwinista, el biológico-racista que, digamos, no tiene nada que ver con el antijudaísmo cristiano, que tiene sus fundamentos religiosos.
Y el otro bloque de artículos antisemitas se dio entre las dos guerras mundiales, 20 años después, concretamente entre 1920 y 1938; terminó en este año, que es cuando Mussolini, ya como aliado y alumno de Hitler, instauró las leyes racistas contra los judíos en Italia, las que entonces el Papa rechazó: Pío XI dijo: “Eso no se puede”. Entonces obligó a los jesuitas a abandonar su discurso antisemita y a protestar contra las leyes racistas que afectaban no solamente a los judíos religiosos sino a los judíos católicos, a las parejas mixtas y a los hijos de esas parejas, que ya no podían ir a la escuela, además de que esas personas no podían trabajar en la función pública. Esto Roma lo condenó.
Esa es la vertiente o la motivación profesional, histórica que me llevó a esto.
Ya con todo el material reunido empecé a trabajar el tema para hacer un libro, y fue entonces cuando entró mi dimensión personal, biográfica, y recuperé una memoria: recuerdo que mis padres habían militado en un movimiento que nació después de la Segunda Guerra Mundial precisamente, para que no volvieran a existir ni el genocidio ni el antisemitismo cristiano.
Mis padres, católicos, maestros (mi papá de Historia, mi mamá de alemán) militaron en ese movimiento que se llamó Amistad Judeo Cristiana, bajo la batuta de un gran historiador francés judío, Jules Isaac, quien había perdido a su esposa y a una de sus hijas en campos de concentración, en campos de la muerte; por esa tragedia, este señor dedicó el final de su vida a una labor que está totalmente ausente de su obra histórica anterior, en la que nunca se preocupó por la cuestión judía. Entonces empezó a hacer una serie de libros que tituló ¿Tiene el antisemitismo raíces cristianas?, Jesús e Israel y La enseñanza del desprecio. Entonces él fundó esa Amistad Judeo Cristiana para que hubiera un diálogo para limpiar las mentes y la enseñanza, y también para lograr un conocimiento recíproco: que los judíos conozcan a los cristianos y los cristianos a los judíos.
Ese movimiento incluso ha llegado a México: hay una confraternidad judeocristiana presidida por monseñor Carlos Aguiar, y del lado judío el rabino Marcelo Rittner.
Esa es la dimensión personal que hizo que cuando me traje a México la biblioteca de mi padre la regalé al CIDE; allí están como dos mil libros, entre ellos los de Jules Isaac dedicados a mis papás con mucha amistad, con mucho cariño: dicen “A mis jóvenes amigos”.
Esa es la dimensión biográfica que se suma con la dimensión profesional, y que explica que haya sentido, en un momento dado, la obligación moral de escribir este libro.

AR: Yendo sobre el contenido del libro: como usted expone, muchos católicos vinculaban lo que ellos llamaban “las amenazas al antiguo régimen”, a la monarquía, al clero, justamente con la emancipación de los judíos. ¿Cuál es la vinculación que se estableció entre los judíos y la modernidad que trajo consigo la Revolución Francesa?
JM: Los judíos no tienen nada que ver con la Revolución Francesa, pero ésta si tiene que ver con aquellos por esa idea de aplanadora de que todos los hombres son iguales y son ciudadanos, que ya no existen las corporaciones y que cada individuo es como un átomo autónomo, pero que debe obedecer las leyes del Estado y de la sociedad. Entonces eso emancipó a los judíos: a donde llegaron los ejércitos revolucionarios en toda Europa, y después los de Napoleón, que llegaron hasta Rusia, lo primero que hicieron fue proclamar que los judíos son ciudadanos; tumbaron las murallas del gueto y les dieron derechos, y eso asustó mucho a los líderes religiosos tradicionales y a los ancianos de la comunidad judía porque dijeron: “Estábamos protegidos adentro del gueto y ahora todos los vientos del mundo exterior van a entrar y nuestra religión va a estar amenazada”.
La Revolución Francesa era antirreligiosa, y de cierta manera los ancianos tenían razón porque muchos jóvenes recibieron con gusto la desaparición de las murallas y de la tradición. Muchos se hicieron bautizar para fundirse en la masa y fueron grandes actores en esa modernidad que explotó en el siglo XIX, y los encontramos, efectivamente, en todos los sectores, hasta en la política: un judío inglés, Benjamin Disraeli, llegó a ser amigo de la reina Victoria y brillantísimo primer ministro durante muchos años.
Podemos decir que en Londres también estuvo Karl Marx, el fundador del comunismo, protagonista y promotor de la revolución que triunfaría en Rusia 40 años después de su muerte; al mismo tiempo estaba, como símbolo del capitalismo, el banquero Rothschild.
Entonces tenemos ese fenómeno de una juventud que aprovechó las posibilidades que de repente se le ofrecieron en un mundo que sufría un sinfín de cambios revolucionarios, políticos, económicos, sociales, de comunicaciones (el ferrocarril, la prensa de masas, y y luego vinieron el teléfono y el telégrafo).
Finalmente las masas entraron en la vida política con el sufragio universal, y eso es lo que permitió el éxito del antisemitismo: en éste hay una dimensión de masas, de populismo, y a la hora de las elecciones era un producto que permitía ganar votos. Esto complica sobremanera el problema de las raíces del antisemitismo porque tiene muchas, y el antisemitismo cristiano es solamente un hilo en esa gruesa trenza, porque hay varios antisemitismos: revolucionario, de izquierda, de derecha, religioso, antirreligioso...

AR: Usted menciona que incluso la Iglesia quiso ganarse adeptos sumándose, a través de su prensa, a la campaña antisemitista...
JM: Así es.

AR: Un problema que atraviesa el libro y que creo es fundamental, es la integración, la adaptación o la asimilación de los judíos a las sociedades cristianas europeas. ¿Cómo fue esta integración?
JM: El problema otra vez surge con la Revolución Francesa: con ésta nace el nacionalismo moderno. Los mismos revolucionarios franceses bautizaron a Francia como “la gran nación”, y allí está todo dicho. En su conquista de Europa provocaron resistencias que siguieron el ejemplo francés y se volvieron resistencias nacionales. Entonces el nacionalismo creció de una manera formidable hasta llegar a su apogeo provocando la Primera Guerra Mundial, la cual generó la segunda. Esa catástrofe fue, de cierta manera, el suicidio de Europa.
El problema es que esa Revolución Francesa, que emancipó a los judíos, al engendrar el nacionalismo los amenazó, por más deseosos que estos hayan estado de que ya no les pudieran decir nada. Por eso buscaban el bautizo (por ejemplo, Karl Marx fue bautizado por sus padres), no eran religiosos, comían como todo el mundo, se casaban con mujeres cristianas y, además, eran patriotas, como el judío francés en la Primera Guerra Mundial (está el caso del propio Jules Isaac: condecorado con la Cruz de Guerra); en el ejército alemán los judíos peleaban como alemanes, con la misma bravura y el mismo patriotismo, y, sin embargo, los nacionalistas los miraban con sospecha y decían: “Un judío es un traidor, porque hay judíos por todos lados”.

AR: Como en el caso Dreyffus...
JM: Es el caso del pobre capitán Dreyffus, que era de una familia alsaciana judía tan patriota, que cuando Alemania anexó Alsacia, prefirió dejar todo y optó por la nacionalidad francesa y se fueron a Francia. Sin embargo, 20 años después de esa decisión de sus padres, dijeron que era el sospechoso ideal porque era judío.
Yo creo que el nacionalismo es la clave del éxito del antisemitismo; sin el nacionalismo hubiera sido el antijudaísmo tradicional, que no era mortífero (no digo que haya sido bonito, pero no se trataba de matar). Pero el nacionalismo vuelve la situación potencialmente terrible.

AR: Eso es en el caso francés, ¿pero no fue un poco distinto y más extraño el caso de Alemania con Bismarck y su política anticlerical, que promovió incluso una integración de los judíos?
JM: En Alemania, especialmente, la comunidad judía se volvió masivamente moderna: la presencia de judíos en la élite científica, intelectual y artística alemana (y pasó lo mismo en Austria) era absolutamente impresionante, y precisamente como eran nacionalistas les encantaba Bismarck, y cuando éste atacó a la Iglesia católica en el famoso “combate por la cultura” (así lo llamó Bismarck) sintieron que era contra la barbarie y el oscurantismo católicos.
Entonces los judíos apoyaron a Bismarck en esa lucha contra la Iglesia católica y, claro, los católicos alemanes se molestaron muchísimo, y pensaron: “Si sus antepasados mataron a nuestro Señor... No es Bismarck el que manipula a los judíos, sino estos los que manipulan a Bismarck para destruir a la Iglesia católica”.
Eso le dio fuerza, otra vez, al antijudaísmo católico tradicional, que era por motivos religiosos.

AR: ¿Cómo trataron los Estados este problema? En el libro está resumido un poco cómo fue en cada país, y me llamaron la atención dos casos: el de Hungría, con Masaryk, que incluso fue abogado de una persona juzgada por un crimen ritual, y en el que parece que sí se protegía a la comunidad judía; del otro lado estaba Rusia con el zar, y que fue donde se sucedieron los pogromos, en donde incluso el Estado fue acusado de promover esos actos.
JM: A grandes trazos, con dos excepciones (el gran Imperio Ruso y la pequeña Rumania), todos los gobiernos defendieron y protegieron a los judíos. El caso del emperador Francisco José, el hermano de Maximiliano, quien reinó más de 50 años hasta su muerte en 1916, protegió siempre a los judíos y su gobierno también. Por ejemplo, cuando hubo acusaciones de crimen ritual contra los judíos, la justicia del imperio siempre las frenó cuando pudo; no abría el proceso, no había caso, no había causa.
Sólo hubo proceso en un solo caso, que fue precisamente en el que Tomás Masaryk intervino como abogado; pero, con excepción de un solo caso, los judíos jamás fueron condenados y siempre fueron limpiados de la acusación.

AR: Se podía observar una mayor pluralidad al interior de la Iglesia católica. ¿Qué hay del conflicto generado por las diversas posiciones existentes al interior de ella respecto al mito del crimen ritual y de los judíos? Como usted dice, durante siglos la Iglesia católica condenó esa mentira, pero en este periodo que usted trabajó esto fue ocultado e incluso el Vaticano tenía muchas reservas para declararlo.
JM: En ese momento el problema era, precisamente, el Vaticano, y no fue casualidad que Civiltà Cattolica, que era una revista italiana de Roma, en contacto permanente con la Curia romana, tomara esa posición. El papado, el gobierno de la Iglesia en ese momento acababa de sufrir un trauma del cual tardó muchísimo en reponerse: el Papa y los cardenales no imaginaban cómo podría sobrevivir la Iglesia sin tener un gran territorio.
El Papa tuvo territorios llamados los Estados Pontificios hasta 1870, y en ese sentido era un soberano temporal, como un rey o como un emperador; en ese año terminó la unidad italiana al anexarse esos Estados y Roma se volvió la capital del joven reino de Italia, y el Papa, que no entendía y no aceptaba eso, se proclamó “el preso del Vaticano”.
Entonces hay que entender su antisemitismo como, yo diría, una psicopatología de una persona que ha sufrido un trauma, y para entender lo que está pasando busca un culpable, y lo encontró en el judío, cosa que a los jesuitas franceses, a los ingleses, norteamericanos, no se les ocurrió; estos eran jesuitas, igual que los de Civiltà Cattolica, pero dijeron: “No es cierto; el crimen ritual es una patraña”. Incluso los católicos ingleses le pidieron al Papa declarar nuevamente que esa acusación era una patraña, pero, por primera vez en la historia, el Papa se negó a hacerlo, cuando los pontifices anteriores lo habían hecho siempre.
La única explicación es el trauma, porque después Pío XI, cuando ya había pasado el trauma, en 1937 diría: “Espiritualmente los católicos somos semitas”; Juan XXIII quitó de la liturgia de Semana Santa algunos rezos ofensivos para los judíos, y con Juan Pablo II ya se acabaron todas las confusiones posibles cuando pidió perdón y que todas las Iglesias hicieran su autocrítica, además de que fue a rezar al Muro de las Lamentaciones en Jerusalén, y proclamó: “Los judíos son nuestros hermanos mayores”.
Pero hay un agujero negro de 1880 a 1914, y por eso estudié este tema.

AR: Hay una partes muy ambiguas, donde la Iglesia católica no acababa por declarar la falsedad del crimen ritual, y Civiltà Cattolica lo ocultó, prácticamente. ¿Por qué ocurrió eso?
JM: El crimen ritual es una creencia popular que nace en el siglo XII, después de las Cruzadas; es el mito de que, supuestamente, los judíos tienen la obligación religiosa de sacrificar un niño cristiano en la Pascua judía, que coincide con la Semana Santa cristiana, para preparar el pan ácimo con sangre de ese niño. A lo largo de los siglos, desde el XII en adelante, periódicamente los Papas, cuando había procesos y acusaciones, declaraban que es una fábula, una patraña.
El momento en el que realmente hay una investigación podríamos decir de tipo científico, intelectual, es en el siglo XVIII, cuando hubo una ola de acusaciones y de procesos de crimen ritual en Polonia, cuando los jefes de la comunidad judía de Polonia escribieron al Papa pidiéndole su intervención y su protección. Entonces el Papa le pide al cardenal Ganganelli (que después iba a ser Papa) hacer una investigación en todos los archivos de la Iglesia. Ganganelli recopiló todas las declaraciones de Papas, de cardenales, de teólogos, de superiores de órdenes religiosas desde el siglo XII hasta el XVIII, y concluyó: “Es una patraña; no existe el crimen ritual, y los católicos deben, absolutamente, renunciar a fomentarla, porque es criminal, mortífera: provoca sufrimiento y muerte entre los judíos.”
El Papa ratificó el informe de Ganganelli, lo mandó al rey de Polonia, al arzobispo de Varsovia (que era el primado de la Iglesia polaca) y las dos autoridades, secular y religiosa, mandaron copia de ese texto a todas las autoridades.
Con eso ya debería haber terminado el debate intelectual; pero, curiosamente, los jesuitas de Civiltà Cattolica no tomaron en cuenta el informe, nunca lo publicaron ni lo citaron, y cuando en procesos o en pleitos en la prensa de esa época algún rabino citaba otros textos del Papa, ellos tergiversaron y dijeron: “No, el Papa no dijo eso”, o llegaron a decir que era un apócrifo; cuando tuvieron que reconocer que no lo era, dijeron: “No, el Papa dijo que los judíos no sacrificaron esa niña para comer su corazón, no dijo que no había sacrificio ritual”. ¡Por favor!
Es la prueba de que contra una convicción irracional, los discursos racionales no pueden nada.

AR: Usted dice que ojalá pueda darle continuidad a esta investigación, aunque en algunas partes del libro ya están expuestas algunas posiciones del nazismo, cómo retomaron los nazis algunos de los libros que usted menciona. ¿Qué papel tuvo el antisemitismo de estos años en las prácticas de gobiernos del siglo XX? Menciona un caso en Estados Unidos, donde hubo un linchamiento por un caso de antisemitismo. ¿Cómo influyeron estos años en la conformación de esas doctrinas y en las prácticas de sus gobiernos?
JM: Eso es difícil de decir; en el caso de la Unión Soviética lo interesante es que una revolución internacionalista, que precisamente pretendía borrar (como la Revolución Francesa) todas las diferencias entre los hombres, que es el programa glorioso del comunismo, en tiempo de Stalin, digamos 20 años después del triunfo de la revolución, volvió a resurgir el viejo antisemitismo del tiempo de los zares, pero ahora bajo un régimen que, teóricamente, no debería admitir eso.
Entonces esto confirma lo que estaba diciendo, a saber: que la dimensión irracional hace que el bicho siga; es como si tenemos amibas que no logramos eliminar, y de repente otra vez tenemos amibiasis.
Yo creo que en el cuerpo social basta ver hoy en internet que en México, por ejemplo, hay una corriente antisemita brutal y grosera, de un nivel bajísimo, en la que el potencial de odio es muy fuerte.

AR: ¿Cómo se ha vivido ese problema en México? Usted menciona, por ejemplo, los casos desde Justo Sierra hasta Salvador Abascal.
JM: México fue un país sin judíos prácticamente hasta los años veinte del siglo XX; en tiempos de Obregón y Calles empezaron a llegar judíos de Alemania, de Polonia, de Europa Central, pero nunca fue una inmigración masiva, como en Estados Unidos o en Argentina. De tal manera que en México, podemos decir de manera un poco provocadora, el antisemitismo es uno sin judíos; es decir, es puramente ideológico, no descansa sobre una base. No es como en Estados Unidos o en otros países, donde a tu lado hay un barrio de judíos ortodoxos extraños, barbudos, que no entiendes y que tienen un ritual, que son numerosísimos. Entonces, el miedo al otro, que es diferente, allí se explica sociológicamente.
En México no es el caso, porque con excepción de algunas calles de Polanco, la comunidad judía mexicana no es visible. Pero hay un caso como el de España, donde el antisemitismo es fuertísimo y bárbaro, que es el más fuerte de toda Europa, y en ese país no hay judíos.

*Entrevista publicada en Replicante, diciembre de 2013.