sábado, marzo 07, 2020

Las aguas negras de los feminicidios Entrevista con Lydiette Carrión*




Las aguas negras de los feminicidios
Entrevista con Lydiette Carrión*
Ariel Ruiz Mondragón
“México está sumido en la desmemoria. ¿Seremos capaces de hallar lo que necesitamos recordar?”, escribe Lydiette Carrión en su libro La fosa de agua. Desapariciones y feminicidios en el Río de los Remedios (Debate, 2018), un vasto reportaje en el que relata una decena de casos, ocurridos entre 2012 y 2014, de adolescentes que fueron desaparecidas y asesinadas en la zona de Los Héroes Tecámac y Ecatepec, Estado de México.
En el texto la periodista no sólo relata los crímenes cometidos, especial pero no únicamente, por una banda de adolescentes encabezada por un joven de 20 años, sino toda una geografía del terror en la que casi se han normalizado diversos abusos contra las mujeres, especialmente el más grave: el feminicidio. Esto ocurre en un marco social muy desfavorable y en un contexto institucional que favorece la indolencia, la injusticia e incluso la complicidad de las autoridades con los delincuentes (si no es que ellas mismas lo son).
Lo anterior ha obligado a los padres de las víctimas a desesperantes, angustiosas, largas y exasperantes luchas por aclarar las desapariciones y los homicidios de sus hijas, lo cual en varios casos han obtenido gracias, en buena medida, a sus propias investigaciones en un trajín dramático y peligroso.
Sobre este trabajo periodístico conversamos con la autora, quien es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y con estudios en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México, de la que ha sido profesora. Ha colaborado en diversos medios, como Newsweek en español, El Universal, Replicante, El Gráfico, Pie de Página, Milenio, M Semanal y Día Siete. Ganó el Premio Género y Justicia, que otorga la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en la categoría de reportaje escrito.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué un libro como el tuyo?
Lydiette Carrión (LC): Es una historia a la que le di seguimiento durante varios años, hasta que necesité ponerle un final. Traté de entender qué es lo que estaba pasando, porque no es nada más el rollo de contar historias desarticuladas, sino que es la historia de un horizonte temporal y geográfico, y hay indicios de que los casos pudieran estar conectados. Así es que las historias no son aleatorias ni mucho menos.
La idea era tratar de explorar qué es lo que estaba pasando allí.

AR: ¿Por qué ese lugar? En México hay otros donde hay muchos feminicidios, como Ciudad Juárez. ¿Por qué abordar esta zona de Ecatepec, Los Héroes Tecámac y Jardines de Morelos?
LC: Porque durante seis años estuve cubriendo historias de violencia de género, tanto de desapariciones como de feminicidios, y esa zona brincó más que ninguna otra en el área metropolitana. No fue porque no ocurrieran en otros lados, sino porque allí había una concentración muy grande de casos y había indicios de estaban conectados.
Lo que quise fue tratar de buscar, indagar y comprender un poco qué es lo que estaba pasando allí.
Es exactamente una frontera: por un lado está el Río de los Remedios y por el otro el cerro de Chiconautla, y serpentea los límites entre Ecatepec y Tecámac. En el primer municipio hay alerta de género y, si no mal recuerdo, es el más poblado del país. Es muy complejo: tiene altos niveles de marginación y de violencia, con problemas estructurales muy específicos vinculados con el área conurbada de Ciudad de México.
Tecámac, hasta los años noventa, tenía una imagen más cercana a lo rural que a lo que era Ecatepec. La zona de Los Héroes Tecámac alguna vez perteneció a este municipio, lo que pocos saben. Desde los años ochenta hubo una discusión de en qué municipio se iba a quedar. Tras hablar con varias personas, me dio la impresión de que esto tiene que ver la construcción: si pertenecía a Tecámac era más fácil sortear algunos requisitos para crear fraccionamientos de mucha densidad poblacional, de materiales muy baratos, etcétera.
Entonces Los Héroes Tecámac es una zona donde se construyó y se pobló de una manera voraz en 10 años.
Por el otro lado, en Ecatepec, Jardines de Morelos fue una especie de conjuntos de fraccionamientos que se planearon para una capa media, pero que se fue yendo hacia abajo porque está rodeado por lugares de alta marginación: el cerro de Chiconautla, que está lleno de paracaidistas y que, además, es puerta de entrada para un tercer municipio. Eso lo vuelve un lugar muy interesante.
A esto se suma una serie de problemas de la Ciudad de México como zona conurbada: falta de coordinación administrativa, por ejemplo. Otro asunto que la hace de interés: es cruzada por carreteras: la libre a Pachuca, donde se vuelve un corredor industrial importante; por otro lado está la de Texcoco, una zona donde se han registrado varios casos de secuestro, de desapariciones e incluso trata de personas.
Todo eso se suma para hacerlo un lugar muy complejo.

AR: ¿Quiénes viven allí? En el libro refieres que son migrantes provenientes de barrios bravos de la Ciudad de México, policías municipales…
LC: Por alguna razón Tecámac tiene mucha población de policías. Pero vive el sector urbano popular, capas medias bajas; aunque no todos son pobres, la geografía de la zona hace que tengan poco acceso a una vida de buena calidad porque no hay ningún acceso a la justicia ni a la cultura ni a nada de eso.
Por alguna razón policías compraron en Los Héroes Tecámac, y Jardines de Morelos fue un fraccionamiento que se fue llenando de pequeñas vecindades.
Además, toda el área conurbada del oriente rumbo al norte también tiene influencia del crimen organizado, de los cárteles.

AR: Comentas que ha entrado La Familia Michoacana, que las pandillas del lugar se sofisticaron aún más con la llegada del crimen organizado, e incluso en uno de los casos que narras una chica llegó a vender droga.
LC: En México tenemos la idea de que cuando hablamos de crimen organizado sólo se trata de narcotráfico o que es su fuente principal de ingresos; sin embargo, creo que su principal entrada es el derecho de piso: cuando una zona es dominada por la delincuencia organizada, el que vende tortillas tiene que pagar una lana y los chavitos de la secundaria ya son gobernados por otro tipo de fuerzas, por ejemplo. No sólo es narcotráfico, sino secuestro, extorsión, cobro de derecho de piso, trata de personas y toda una serie de asuntos.
Hay crimen organizado en la zona, y además no hay procuración de justicia: la población está a expensas de los delincuentes porque las autoridades han estado trabajando para ambos lados desde hace mucho tiempo. A esto se añaden cuestiones como las carreteras, la falta de ley y los asentamientos irregulares.
Lo que trato de aclarar en el caso de Bianca (el primero que presento en el libro) es que llevaba un mes vendiendo mariguana, y yo no la pondría dentro del crimen. Una parte de la intención del libro es limpiarla un poco porque, además, sus asesinos fueron los que dijeron todo lo malo de ella; en un contexto patriarcal y misógino, pesa más lo que dijeron ellos que lo que dijeron sus amigas, como una de ellas (de quien tuve que guardar su nombre porque los asesinos de Bianca la conocen) que me decía que era una chavita muy buena onda, con problemas (como muchas adolescentes) que accedió a vender mariguana. Lo hizo un mes y la mataron. Cuando interrogaron a los chavos de la banda, también dijeron que había sido la novia de uno de ellos.
Lo que estoy tratando de decir es que nos quedamos con lo que dicen sus asesinos. Por eso, antes de escuchar todo lo que le hicieron a Bianca, insisto en poner la versión de su amiga. Si uno va escarbándole más, resulta que uno de los asesinos había estado insistiendo en salir con ella desde años atrás, y es el mismo que dice que era una puta, que vendía droga, que se acostaba con todos.
Entonces también es un intento de entender cómo funcionan estas prácticas patriarcales, incluso cuando sus asesinos eran chavos de 15 años cuando lo hicieron…
AR: Uno de ellos, el Mili, era un poco mayor…
LC: Tenía 20 años cuando mataron a Bianca. Otro asunto que trato de narrar es que ellos mencionan a varios policías, quienes eran los personajes que estaban más vinculados al crimen organizado, pero las investigaciones jamás llegan por allí. Se quedan los menores como la banda de feminicidas seriales y no se logra explorar qué hay detrás.



AR: ¿Por qué se ceban sobre estas chicas adolescentes? Los casos que abordas son de edades de 13 a 18 años (aunque citas por allí el caso de una de 26).
LC: Hay varias teorías que van más del lado sociológico, antropológico. Blanche Petrich (quien me hizo el prólogo) cita a Rita Laura Segato acerca de cómo, al cometer un crimen contra una mujer, estos ritos de iniciación de la delincuencia organizada son una forma de sellar pactos. Esto me recuerda un tema muy viejo: en Los demonios, Dostoievski narra cómo, al cometer un crimen en grupo, se sellan pactos de complicidad. No es algo nuevo sino que se sabe desde hace mucho tiempo (por eso me encanta el escritor ruso: conoce muy bien el alma humana).
En este caso, esos pactos de impunidad y de complicidad para el crimen organizado se ceban en un grupo de mujeres muy jóvenes, niñas y adolescentes que esta sociedad ha considerado desechables. No son niñas con grandes recursos económicos y son el eslabón más frágil de esta construcción social.

AR: Dice uno de los policías: “No quiero entrar a destapar la cloaca porque nos podemos caer allí”. Es el caso de varios policías relacionados con estos crímenes, como se aprecia en el libro. Otra vertiente es que el joven jefe de la pequeña banda de feminicidas es un militar en activo. ¿Qué pasa con la policía? Se aprecia un desdén y hasta complicidad, por lo que los padres de las víctimas son quienes tienen que investigar.
LC: No logro establecer dónde termina la ineptitud, la indiferencia, la negligencia y la falta de capacitación, y dónde empieza la corrupción. Lo que está claro es que quienes investigan son los padres.
En el primer caso, a partir de Francisco Matadamas queda claro que su madre, al conocer a todos los policías del lugar, protege a su hijo. Tiene conexiones con varios de ellos que tenían que ver con las autoridades locales municipales e incluso con la Judicial estatal. No se puede explicar que haya este nivel de impunidad si un sector de la policía no está corrompido y coludido con el crimen organizado.

AR: Para volver a los jóvenes que participaron en los hechos: el líder tenía 20 años, y los demás alrededor de 15. ¿Por qué cometieron estos delitos? En el libro citas a alguien que te dijo que se trata de la cultura misógina, del patriarcado, de una reivindicación de la masculinidad. ¿Qué explicación le das tú?
LC: En otros texto que hice para Entre las cenizas, de 2012, fui a Monterrey a platicar con varios personajes que trataban de rescatar a adolescentes y a niños del crimen organizado. Uno de los que me pareció más lúcido es un personaje que se llama Rodrigo Montelongo, que vivía en Saltillo, un ser de luz que entonces llevaba 15 años trabajando con jóvenes de los sectores urbanos populares. Él me contó asuntos terribles: cómo los jóvenes hacían su transición al crimen organizado y sus vínculos con los cárteles como los Zetas. Me platicaba cómo uno de los chavos le contó que iba a ser sicario, cómo iba a tener lana y chavas. Y para ellos, que no tienen nada en la vida, que están castrados no nada más desde el punto de vista económico sino de que no hay esperanzas, sueños ni posibilidad de hacerse de un proyecto de vida porque toda la sociedad les está diciendo que son basura, lo más atractivo es traer un arma, un poquito de lana y de droga en la bolsa para poder ser alguien en su comunidad.
En aquel entonces este chavo le contó a Rodrigo cómo él y otros levantaron a un tipo al que tenían que matar, y cómo le tocó ver que lo asesinaran y lo fueran a tirar en una zanja; el jefe, que había sido militar, le abrió la entrañas al muerto, y le dijo al chavo que metiera sus manos y se las llenara de sangre. Tuvo que introducirlas en el cuerpo caliente del recién asesinado, y una vez llenas de sangre, el jefe le dijo: “No te puedes limpiar”. Se subieron en la camioneta y llegaron a un dinner sobre la carretera, y le ordenó: “Ahora vamos a comer, y no te puedes limpiar las manos”. Se lo permitió hasta después de comer.
Hay todo un proceso de desensibilización en el reclutamiento de adolescentes y jóvenes. Por eso insisto en qué pasa con los que están atrás de ello. Estos chavos sí son unos asesinos, pero hay toda una cultura que forma a estos chavos y que los atrae para otro tipo de fines.



AR: Hablemos del impacto en las familias. De ellas cuentas que se han tenido que ir de sus casas y buscar refugio en otros lugares, de luchar solas con la desesperación de no encontrar a sus familiares ni vivas ni muertas, y cuando las encuentran las tienen que reconocer hechas pedazos.
LC: Los crímenes les dejan un hoyo negro, y no sólo a los padres, que son quienes más lo resienten, sino también a la gente que las quería, estimaba o se vinculada con la joven desaparecida o muerta.
Cada desaparición y cada asesinato contribuyen a desgarrar el tejido social. Son heridas muy grandes y profundas, y no hay un momento en que regresen a la normalidad.

AR: Hubo organizaciones civiles que intervinieron en estos asuntos. ¿Cómo han funcionado en estos casos?
LC: Casi todas lo que tratan es de gestionar y de agilizar partes de la investigación. Funcionan al reclamar mesas de trabajo para que las autoridades hagan caso a las familias de desaparecidos. La Asociación Mexicana de Niños Robados y Desaparecidos A. C. (AMNRDAC) hace lo mismo.
Pero de inicio esto no tendría que ocurrir: las víctimas no tendrían que unirse a una asociación para que les hicieran caso. Desde allí, está mal. La AMNRDAC ha ayudado en muchos casos; como todas las asociaciones, tiene la realiza gestiones, hace lobby. Pero, insisto, no tendría que ser así.
Eso no es culpa de las asociaciones sino de un sistema totalmente ineficaz; ellas entran al quite, a rellenar la brecha entre lo que pasa y las autoridades, lo que da lugar a una serie de enrarecimientos muy difíciles de brincar.

AR: ¿Cuál ha sido la reacción social a estos repetidos crímenes? Por ejemplo, citas un intento de linchamiento, o que en Argentina por un solo caso similar a los que reportas hubo grandes manifestaciones.
LC: De repente hay indignación, en otro momento hay adormecimiento e incluso hay una especie de terapia de shock. Como el país está en un conflicto muy grave, en una crisis de derechos humanos y de violencia, jamás reconocida por ninguna autoridad, la población pasa del adormecimiento al shock y al “vamos a protegernos todos”.
Hace poco fui a Los Héroes Tecámac, y es increíble la cantidad de lonas que se han puesto: “Rata, si te agarramos te vamos a linchar”. Hay muchísimos departamentos en venta, lo cual muestra una situación de zozobra y de abandono.
La población navega entre esta necesidad de protegerse, hasta de querer tomar justicia por propia mano y de defenderse activamente con armas, a un adormecimiento aterrador.

AR: ¿Y la reacción política? Cuentas, por ejemplo, el caso de un diputado del PRD que llegó a abordar el asunto. ¿Ha habido propuestas de candidatos, de partidos, sobre leyes y políticas públicas?
LC: Del lado del PRI siempre se dice que es golpeteo político, y del lado de la oposición se habla de que a los priistas les vale, lo que es realidad. Hasta donde me quedé, en 2014 no había ningún plan municipal para atajar este problema, y sólo había un discurso político pero no en verdadero análisis y diagnóstico.
Desde Toluca y desde instancias federales ven a la zona como espacio de población que sobra. Entonces nadie va a acercarse a resolver el problema. Además, no creo que ni siquiera se trate de meter más policías, aunque obviamente se requiere sanear y eliminar su corrupción y su colusión. Pero la solución pasa por resarcir el tejido social, que está totalmente rasgado.

AR: Para realizar este trabajo tuviste que hablar con familiares y amigos de las chicas desaparecidas y asesinadas, con policías, con abogados. ¿Cuáles fueron los principales problemas que tuviste al hacer esta investigación?
LC: Lo que más me costó trabajo fue conciliar las distintas versiones en un discurso coherente. No es que tuviera que acomodar la realidad porque no se trata de esto, pero sí había intereses contrarios. Yo no me he encontrado (a lo mejor me equivoco) con muchos reportajes que entrevisten a las distintas partes, y para mí fue muy difícil conciliarlas. Mi postura y mi compromiso fue siempre con las víctimas, pero aun entre ellas hay distintos puntos de vista que no siempre coinciden.
Yo no puedo tomar partido porque en estos años he aprendido que cuando uno está trabajando estos temas, cualquier pequeña crisis se vuelve un asunto insalvable. Me ha tocado ver cómo madres que han trabajado juntas durante años, que empezaron en el camino de búsqueda y del activismo, de repente se rompen y se van para otro lado. Un pequeño detalle puede destruir completamente la confianza. Por supuesto, a mí me ha tocado que he publicado algo, y que una persona que me dio entrevista lea algo que no le gustó y corta conmigo para siempre.
Ese mismo fenómeno ocurre en todos estos grupos, no porque una madre sea mala y otra la buena, sino porque son temas muy difíciles de digerir, en los que tu corazón está siempre a flor de piel. Es impresionante cómo un detalle puede herir la susceptibilidad de alguien de manera tan brutal, pero es porque es un tema terrible, porque son mujeres que han tenido que enterrar a sus hijas, luchar por rescatar su honor (en este sentido patriarcal), que han tenido que ver las fotografías de los restos, saber de qué manera las agredieron, las violaron… Entonces cualquier asunto se vuelve muy difícil.
Tratar de narrar estas historias en conjunto fue muy complicado. Es de lo más difícil que me ha tocado hacer en el periodismo. Al final estaba hasta (no sé si sea la palabra) arrepentida… Superfácil contar historias, irte con la única versión de alguien, y entonces, claro, eres el héroe de todos (risas). Acá no: por ejemplo, dije: “¿Para qué entrevisto al abogado del Mili?”. Pues porque es periodismo, es una investigación.
Para mí una decisión que me atormentó mucho fue entrevistar o no al abogado del Mili, porque hay temas que dices “híjole”. Me dijo: “Estamos denunciando por tortura y hay pruebas sembradas”. Cuando llegué a ese punto lo platiqué con varias amigas periodistas, que me dijeron: “Estás en todo el derecho de narrar esto, y ponerlo muy claro desde la voz de las madres, eliminar esa entrevista y sin broncas”. Pero dentro de cinco o 10 años, cuando se haga una investigación, yo sé desde ahorita ese tipo es culpable.
Sería muy fácil también ponerme de parte del abogado y decir este discurso de los derechos humanos que se hizo, por ejemplo, con el caso de Florence Cassez y en otros. Yo leí completo el expediente de Cassez, y dije: “Esta mujer es culpable”. Al segundo día la mamá del niño dijo: “Me violaron”. Empiezas a leer las notas al inicio, cuando los propios papás de Florence dijeron de ella y su novio: “Creímos que iba a haber boda, se amaban y se adoraban”, y cinco años después ya estaban diciendo “no, ya habían terminado”. Pero alguien como yo, que tiene una compulsión por leer todo lo que me llama la atención, necesita poner todas las piezas del rompecabezas, y con tantitas ganas sabría que claro que esta mujer, que tal vez no era la que cortaba los dedos, conocía a qué se dedicaba su pareja, y claro que no habían terminado.
Entonces, es muy fácil retomar un caso cinco años después y decir: violaron sus derechos. Eso es lo que más trabajo me costó: saber por lo que pasó la mamá, la manera en que torturaron y mataron a su niña de 14 años, cómo investigó, y cómo dentro del proceso, justo cuando está en la fiscalía, hay elementos que afectan terriblemente la investigación, como para que, tal vez en un par de años, un juez o la Suprema Corte digan “se violaron los derechos de este señor”.



AR: Eso es muy interesante: la fiscalía actúa mal, el abogado dice que va a alegar el debido proceso y las madres dicen que esto de los derechos humanos es para defender a los delincuentes. ¿Cómo ves este asunto?
LC: Yo soy proderechos humanos, pero también sé que un tipo es un asesino. Por eso creo que el tema es que las autoridades hicieron una investigación con las patas. A mí me llama mucho la atención que no investigan ni detienen a varios policías involucrados y que están perfectamente identificados.
Eso es un drama y es la parte más complicada; sería muy fácil hacer el discurso de los derechohumaneros que celebraron la liberación de Cassez. Pues claro que está bien que se hable de los derechos, pero si no se sanea la procuración de justicia no es posible hacer investigaciones robustas y objetivas. Hay un sistema de incompetencia digno de Kafka: cómo traen a las mamás de una fiscalía a otra, para arriba y para abajo, y ahora nos vamos a nivel federal, luego al local, con cambios de mesa, y todo es una carpeta, hojas, folios, oficios… Es horrible.
Cuando las madres (porque no son las autoridades) encuentran un hilo conductor y se dan cuenta de qué pasó, finalmente les dicen: “Es que violaron sus derechos humanos”. Para ellas es como para decir “no frieguen”.

AR: ¿Hoy cómo están estos casos? Mencionas, por ejemplo, que el Mili estaba alegando el debido proceso para su liberación, que hay un chico que está prófugo…
LC: Ahora ya salieron otros dos, y nada más queda uno preso.
AR: Pero hablas de otras bandas. Dices que después de que encerraron a la banda del Mili siguió el fenómeno de los feminicidios.
LC: Por lo que está ocurriendo allí, hay elementos para desarticular una banda más, pero honestamente no creo que las autoridades lo hagan. Esto es muy triste porque va a seguir desapareciendo muchachas.

AR: La respuesta social tan débil que ha habido para casos como los que relatas en el libro, ¿qué dice de nosotros como sociedad?
LC: Pues que, por un lado, estamos con que esto no se puede cambiar. Pero sí se puede cambiar. Lo que yo creo es que hay es desesperanza e, insisto, como este estado de shock permanente y cierto regodeo por lo que en lo que nos hemos convertido. Esto es muy grave, pero yo siempre apuesto porque sí se pueden transformar las cosas.

AR: ¿Qué riesgos enfrentaste al hacer este trabajo?
LC: Siempre me sentí buceando en un canal de aguas negras, en el Río de los Remedios, donde nunca sabes muy bien qué estás viendo de frente y qué estás pisando. También entendí que no podía publicar todo lo que encontré porque no sabía en qué momento podía poner en riesgo a una familia, a una muchacha (cuando menos cinco adolescentes desaparecieron y pueden estar vivas) o a mí misma.
Esa parte también fue difícil y entré en mucha paranoia. Pero traté de ser lo más profesional posible.

AR: Usas una frase de Juan Gelman como epígrafe: “Lo contrario del olvido no es la memoria sino la verdad”. ¿Cómo te ha afectado personalmente la búsqueda de la verdad?
LC: Dejé mi salud mental en el camino. Me entró una depresión muy grande, y por eso también quise renunciar. Es algo muy difícil, muy duro, muy doloroso, que te deja llena de paranoia. Y fue la necesidad de tener la investigación y la cobertura de estos temas.

AR: ¿En dónde ves la esperanza de que la situación que describes cambie?
LC: En las mamás y en la comunidad. En ellas por su valor, su persistencia, por el amor que muestran. Su valor va asido del amor: a sus hijas, a sus familias, a la vida. Representan lo contrario a los asesinos; son esplendorosas, aun en los momentos en que ellas irremediablemente caen en la depresión y en las ganas de tirarlo todo, pero continúan.
Si ellas no se rinden y no se han rendido, ¿por qué nos vamos a rendir nosotros? La sociedad lo puede hacer.

*Entrevista publicada en Replicante, 27 de abril de 2019.

domingo, diciembre 15, 2019

Las maravillas de las historias perdidas. Entrevista a Aníbal Santiago







Las maravillas de las historias perdidas
Entrevista a Aníbal Santiago*
Ariel Ruiz Mondragón

México cuenta con muy diversas facetas que terminan por mostrarnos un conjunto por demás variopinto, con realidades muy contrastantes, fragmentadas, contradictorias, desiguales, enfrentadas, complementarias. Un país complejo y multiforme en el que los procesos de vida de sus habitantes parecen no sólo no tocarse sino ignorarse.
El periodismo es una herramienta muy útil para el reconocimiento que los mexicanos pueden y deben hacer de sí mismos. Por ello resulta muy pertinente la lectura del libro México, tierra inaudita. Relatos de un país inimaginable (segunda edición, México, Los libros del lince, 2018), de Aníbal Santiago, en el que se reúnen 19 historias muy diferentes entre sí que dan buena cuenta de la gran complejidad y extraordinaria diversidad de la sociedad mexicana. Así, aparecen desde un sabio dueño de una refaccionaria, Los Ángeles Azules, Octavio Paz y los placeres de Acapulco, hasta una chica víctima de la trata de personas, un niño suicida y mujeres que enfrentan día a día el hambre de su comunidad, entre otros personajes fascinantes.
Sobre esas historias conversamos con Santiago (La Plata, Argentina), quien ha colaborado en medios como Este País, Reforma, Chilango, Gatopardo, Esquire, Más por Más, Newsweek en español, Emeequis e Imagen Televisión. Por su trabajo periodístico ha obtenido premios como el Nacional de Periodismo y Rostros de la Discriminación.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué publicar hoy un libro como el tuyo, que reúne 19 historias muy variadas?
Aníbal Santiago (AS): Hace unos tres años yo había integrado muchas investigaciones. Originalmente eran 34, de las que se sacaron 15, Y que tratan problemas muy disímbolos, historias que yo sentía que pintaban bien a México. No eran estrictamente noticiosas, sino que hablan de una época, de un país, y se pueden leer ahora o dentro de 15 años. Valía la pena integrarlas.
Sentí que la diversidad podía enriquecer al libro: hay historias que tienen mucho que ver con la violencia, con el sufrimiento general del país, con el hambre, con la delincuencia, pero también otras que son más agradables, más digeribles, más felices. Quien lo lea se va a llevar una visión de un México de muchos contrastes.

AR: Sobre esa variedad y esa diversidad: ¿cómo llegaste a estos temas? ¿Te los sugirieron, los encontraste?, ¿cómo diste con el sabio de la refaccionaria, cómo llegaste a la Baby’O y con Jaime Camil, cómo conociste a las cocineras del hambre, por ejemplo?
AS: En general son ideas que a mí se me ocurren. Estoy muy pendiente de las noticias no tanto como un consumidor obsesivo, sino porque las notas duras dejan cabos sueltos y yo tengo que ir tras ellos. Salió, por ejemplo, una lista de los pueblos con más hambre del país. Vi que había uno en el Estado de México, muy cerca de la Ciudad de México, y fui allí a ver qué pasaba con las mujeres, que generalmente son las responsables de dar de comer a sus hijos, y cómo resuelven el problema del hambre: qué ocurre y cómo, con mínimos recursos, alimentan de una manera más o menos regular a sus familias.
Sobre lo de la discoteca Baby’O: en esa época empezaron a aparecer, por primera vez, cabezas humanas cortadas. Eso llamó mi atención porque me impresionaba que Acapulco tuviera ese contraste: seguía siendo el lugar de los poderosos y, por otro lado, el México sanguinario, atroz, descarnado.
Me llevaba bien con las editoras de la revista Quién, a las que les dije que necesitaba el teléfono de Jaime Camil. Así empecé a ubicar a los personajes emblemáticos del jet set acapulqueño, y al mismo tiempo me trasladé al otro Acapulco. Así presento un relato en el que vemos cómo conviven ambas partes.
Es escalofriante que a unos cuantos metros tengamos esos dos México tan distintos: el del placer, la ostentación, el lujo y el sexo, catapultados a la n potencia, y el del México real, terrible, tristísimo.
Así son mis historias: como ocurrencias y apuestas mías, y cuando tengo la idea, voy a los lugares.

AR: Del que yo no sabía nada es del señor que vende refacciones de coches de todas las épocas, y que conoce muy bien su historia. ¿Cómo llegaste a ese personaje? No sale en el periódico, por ejemplo.
AS: La revista Life & Style, de Grupo Expansión, me envío a Cancún a hacer una crónica de un museo del automóvil antiguo. Hice una crónica aspiracional, en la que hablaba de los modelos de autos, de su historia y de la riqueza del museo. Para hacerla pedí ir a la parte del taller para entrevistar a los mecánicos del museo. Al platicar con uno de ellos me dio unas bujías originales de un Ford de 1920 que no se habían abierto desde aquellos años. Le pregunté cómo las había conseguido, y me dijo que había un genio de las autopartes en Bucareli, un señor de casi 90 años que sabía toda la historia del automóvil. Me dijo: “Te puede contar la historia de México a través de los coches. Ha tenido contacto con personajes famosos y su conocimiento es absolutamente enciclopédico. Es un personaje maravilloso”.
Le pregunté dónde estaba, y me dio la dirección. Cuando volví a Ciudad de México tras escribir el reportaje del museo el siguiente paso fue acercarme a la esquina de Bucareli en la que me habían indicado buscar a este personaje. Es casi de ficción: es increíble que un hombre así, con ese brillo y con esa cultura, con tanta vida, exista en Ciudad de México.
Siento que eso es lo que intenta mi trabajo: buscar a los personajes que los otros medios no van a buscar bajo ninguna circunstancia, y encontrar la maravilla en esas historias perdidas.

AR: ¿Cuál es el hilo conductor de las historias que presentas?
AS: Esa fue una dificultad del libro: encontrarle nombre a algo tan raro. Había historias como la de Iguala, donde los profesores hablan de la violencia, de fosas y de los niños que conviven alrededor de ellas, o como la de un personaje que vende autopartes. Era muy difícil encontrar un título; el que se me ocurrió tenía que ser muy genérico. No había manera de concentrarlo, de dar algo muy preciso porque desvirtuaba el resto del libro.
Hablo de la violencia, pero la mitad del libro no la trata. Son historias que sacuden, conmueven, sorprenden, que hacen que la gente viaje a escenarios muy extraños, con personajes muy raros pero que en general son entrañables. Originalmente era “México insólito”, pero ya existía un libro con ese título; después sería “México inaudito”, pero había salido unas semanas antes México bizarro, de Julio Patán y Alejandro Rosas, y le dije a la editorial que le cambiáramos el nombre porque parecería su secuela. Finalmente, por los personajes que pueblan mis historias, fue México, tierra inaudita.

AR: Me llaman la atención las historias que relatas sobre emprendedores, como la de Jorge Mondragón, representante de artistas, y la de Súper Tarín, un señor que sale de la droga, es luchador y dirigente de comerciantes informales. ¿Qué nos dicen de México este par de relatos?
AS: Son historias muy escabrosas. Son emprendedores pero en terrenos muy originales, muy raros. Súper Tarín es rarísimo: hasta hoy me sorprende este hombre, luchador justiciero, líder de ambulantes, que se infiltra en las cárceles para hacer justicia y, al mismo tiempo, negocios.
Pienso que un país con un sistema de justicia y carcelario tan deficiente permite que surjan este tipo de personajes. Si tuviéramos una justicia que realmente reeduque, forme y readapte a los presos para que sean buenos ciudadanos, no tendrían que surgir líderes sociales de esas características, que resuelven, por ejemplo, las golpizas y las torturas adentro de las cárceles, o que acelera las audiencias cuando son demasiado largas, etcétera.
En México existe tal vacío en este ámbito que la realidad va empujando al surgimiento de gente que haga la labor que el Estado no cumple. México tiene personajes que en otros países muy probablemente serían más planos, pero Súper Tarín es un asunto de locos por todo lo que hace, dice, piensa, mueve, por sus características físicas.

AR: Para hacer tus historias compartes diversas experiencias con los personajes que tratas.
AS: En mis relatos no intento acercarme tanto a los personajes, a las fuentes, como un entrevistador plano. Me gusta provocar: a Súper Tarín le lanzaba buscapiés para que me contestara chistoso, para vivir cosas. Me gusta acompañar a los personajes en sus rutinas; casi siempre en mis historias les digo: “Te voy a entrevistar largo dos o tres veces, pero al mismo tiempo quiero vivir un poco contigo”. A muchos los acompaño porque de otra forma no puedo narrar.
Para estas historias largas tengo que vivir un poco con ellos; por ejemplo, con el reportero de Ecatepec fueron muchos días en que hablamos mañana, tarde y noche; viajé con Los Ángeles Azules, fui a sus ensayos, sesiones de fotos y a un concierto.
Por supuesto no vivo lo que viven ellos, pero ser un testigo de esas vidas permite que los relatos vayan en varios niveles: por momentos hay entrevista, en otros hay narración, y de pronto me voy al pasado y vuelvo al presente. Me gusta mezclar, y así logro desestructurar un poco la realidad.

AR: En el libro hay dos o tres historias de pequeños pueblos, como las de los 15 años de Rubí, las cocineras del hambre y la fábrica de mezcal, que se desarrollan en comunidades de 250 o 300 habitantes. Preguntaste a sus pobladores “¿aquí qué ha pasado?”, y te responden “aquí no ha pasado nada nunca”. ¿Por qué reportear en estos pueblos?
AS: Cuando fue lo de los 15 años de Rubí yo sabía que todos los medios iban a ir en masa a cubrir la fiesta. Hay cronistas buenos, malos, medianos, pero finalmente todos iban a hacer la crónica de la fiesta. Estuve machacando la idea: ¿cómo la cubro de manera diferente? Y dije: voy a llegar a la cruda.
Entonces fui cuando ya había acabado; no tuve oportunidad de ver nada de la fiesta, pero sí el basurero, la mendicidad, la pobreza. Vi donde iba a ser el concierto, y vi que en realidad el pueblo era Laguna Seca, y me lancé allí para ver qué había ocurrido. Después de una gigantesca fiesta, la más famosa que ha tenido México en los últimos años, algo iba a pasar, habría personajes, y yo lo iba a contar.
Me la jugué con un fotógrafo: nos fuimos, y llegamos a la mañana siguiente a ese pueblito de San Luis Potosí. Descubrí que ni siquiera podía guglear mucho Laguna Seca porque no había nada. Pues allí me metí a entrevistar a quienes me iba encontrando en la calle, tocaba la puertas de las casas, salían sus habitantes y unos me decían que sí y otros que no. Fuimos a dar a la fábrica de mezcal, y fui a hablar con el patrón. Estuve allí mucho tiempo y obtuve muchos testimonios. Así empecé a enriquecer mi idea. Y cuando llegué a México ya tenía un crisol de personajes y de retazos de la realidad como para escribir algo que fuera suficientemente complejo e interesante.
A mí eso me gusta y me maravilla de ese México silencioso, que no aparece, que aparentemente no tiene nada que decir y que encierra historias de película.

AR: Hay historias que son luminosas, de lucha, de esfuerzo, de resistir a muchas condiciones adversas. Por ejemplo, las de Los Ángeles Azules y la marchista Lupita González.
AS: También es un México con historias de personajes que saltaron a la fama. Hay un país que oprime, aplasta, que cierra puertas, que dice tu música no vale, pero la capacidad humana se refuerza y hay gente que lucha contra viento y marea para salir adelante y encontrarle la alegría a la vida en medio de ambientes de desolación, como los de Iztapalapa y el Estado de México.
También hay muchas personas solidarias que creen en la gente; en el caso de Lupita fue el entrenador que le decía “sigue, sigue, inténtalo”. Aunque estaba lesionada vio que tenía una capacidad, apostó y continuó.
En el caso de Los Ángeles Azules, hubo algunos empresarios que confiaron en ellos e intentaron que la cumbia resurgiera pese a que la onda grupera era lo que dominaba la radio. Y resurgió.
Es un caso interesante porque con Los Ángeles Azules la cumbia se metió al mundo del pop; así ocurrió en el Vive Latino, donde se iba a ver qué pasaba con ellos, que se habían visto marginados por una ola musical diferente. Fue un fenómeno increíble al punto de que ese fue el momento en que el grupo despegó en el sentido de su presencia pública.
Por supuesto, su trabajo valía desde mucho antes, pero en aquel momento su fama se catapultó, y gente que no estaba acostumbrada a escuchar cumbia se dio cuenta de su valor y empezó a bailarla, al mismo tiempo que bailaban a Cerati o a Ximena Sariñana.

AR: ¿Qué idea de la violencia te quedó después de relatar historias tan complicadas y duras como la del niño suicida, del propio Acapulco donde matan todo tipo de gente, de los profesores de Iguala que son amenazados, del reportero de Ecatepec que registra asesinatos?
AS: Sentí una responsabilidad de que el libro también tuviera esa parte porque es un México que no se puede hacer de lado. Está el de las comodidades y de una clase media consolidada, en la que normalmente vivimos, pero es una ínfima parte de la realidad nacional. La mayor parte de la vida transcurre del otro lado, con lo que pasa en Ecatepec, en Iguala.
Entonces sentí un compromiso con mi país, por lo que me tenía que acercar a esto. Tuve la sensación de mucho desasosiego, de desesperanza. Después de leer esto te queda poca esperanza de que las cosas cambien, o por lo menos de que a mí me toque verlas cambiar; siento que van a ser procesos larguísimos para ver un México distinto.
Vemos ahora el índice de homicidios y de violencia, y está disparado en el primer mes de Andrés Manuel; uno diría que entró con otro ánimo y con otra voluntad, y pese a ello tuvimos el enero más violento desde hace muchos años. No me puedo abstraer de eso, y vivo con la tristeza de ver a ese México terrible en el que se vive con feminicidios, pero al mismo tiempo sorprendido de cómo hay gente que sí logra hacer sus pequeñas islas de alegría, de compromiso y de lucha para que la vida tenga sentido.
Está el caso de Iván Montaño, el reportero de Ecatepec: cómo se compromete con su trabajo, sin horarios, y cómo encuentra la magia en el riesgo, lo cual la mayoría no haríamos, y lo realiza convencido de que eso quiere en su vida. Eso me parece increíble: él quiere seguir así, ver eso, de lo cual informa y con lo que sacude a la gente. Así que son emociones muy encontradas.

AR: Esa del reportero Iván Montaño es una historia fascinante: un chico que empieza en el reparto de periódicos, se vuelve cobrador y después toma una cámara y comienza a fotografiar y a reportear. Consigue incluso primeras planas en su medio, la Extra de Ecatepec. Ese pequeño universo, ¿que nos muestra de los problemas y posibilidades del periodismo nacional? Por ejemplo, hay mucho entusiasmo, pero mucha improvisación y condiciones de trabajo muy complicadas que acompañan el deseo de superación.
AS: Veo que los que viven bien son los privilegiados, los grandes opinadores, los presentadores de noticias que son famosos, y después está la inmensa mayoría, a la que veo empobrecida: periodistas que ganan muy mal. Para este libro viajé mucho a provincia, donde los reporteros cobran tres mil o cuatro mil pesos mensuales, que son dos sueldos mínimos para mantener a una familia. Justamente en una columna que saqué en el portal de Este País inicio hablando de los zapatos de los reporteros: rotos, desgastados, con lengüetas dañadas… No tienen ni siquiera para comprar calzado. Me imagino lo que será sostener una familia como reportero de un periódico en provincia.
A esa pauperización, que me parece atroz y dolorosísima, se suma la violencia; son gente que por vocación pone su vida en riesgo. ¿Qué tanto vas a investigar si, aparte de que vives de una manera tan jodida, corren riesgo tu vida y la de tu familia? ¿Para qué?
Veo una profesión que está en el filo de la navaja: ¿hasta dónde informo?, ¿cuándo ya no debo hacerlo?, ¿cuándo me la juego?, ¿esto puede molestar o no? Es como si el periodista estuviera siempre ante el abismo: camino hasta acá y no doy un paso más. Me acuerdo mucho de un libro que leí cuando empecé a ejercer de periodista en 1995: Territorio comanche, de Arturo Pérez-Reverte, en el que hablaba de que entre los reporteros de guerra que cubrían los Balcanes, había que darse cuenta, intuir y advertir las señales físicas de que ya no se podía avanzar porque si daban cinco pasos más los agarraba el fuego cruzado o explotaría un puente. Allí tu responsabilidad como periodista es decir “hasta aquí. No avanzo más aunque podría tener la nota, porque si no pierdo la vida”. Me parece que México se volvió un gran territorio comanche donde todo es riesgoso.

AR: En nuestro territorio comanche aún hay agresiones contra los periodistas. Al hacer estos reportajes, ¿qué riesgos y dificultades has enfrentado? Por ejemplo, cuando conversaste con un empresario en Acapulco y uno de sus ayudantes te empezó a tomar fotos. ¿Qué límites te pusiste para investigar estas historias?
AS: Por ejemplo, en la historia de los profesores de Iguala muchos de ellos me daban nombres de personajes que, según ellos, son los ejecutores de la violencia en ese lugar. Pero yo me ponía en riesgo porque sería señalar con el dedo, y también los pondría en riesgo a ellos, además de que no tenía pruebas ni acceso a esos personajes acusados de la violencia en Iguala: podía ser que sí, podía ser que no. ¿Lo informo? Pues no. Aunque citara su declaración, la vida de estas personas está en juego. Entonces dije: hasta aquí.
En Iguala me metí en territorios delicados y fue reportear más rápido, con miedo; tu piel no es igual, el ritmo de tu corazón es distinto. Maestros me habían advertido: “Puedes estar allí nada más un ratito y te sales rápido”. Esa zona está devastada por la violencia, es muy brava.
Respecto a lo de la cámara, no entendía qué estaba pasando cuando entrevisté a Igor Petit, director de una revista, y vi que alguien, escondiéndose, me estaba sacando fotos. ¿Por qué lo estaban haciendo? Creo que él lo hacía por protección, no era algo contra mí. No pasó absolutamente nada.
Pero es muy difícil establecer, no hay un manual al respecto.
La única vez que vi a Javier Valdez fue en un evento sobre el periodismo en condiciones de violencia, en el que él era uno de los ponentes sobre cómo reportear sin ponernos en riesgo, o por lo menos reducirlo. Y mira lo que le pasó.
Entonces es como una intuición particular, no hacer acusaciones sin base, no meterte más de la cuenta en ciertos asuntos, no dar nombres si no tienes pruebas. La labor del periodista también es saber decir “hasta aquí”.

AR: ¿Cómo llegaste a todos los lugares que cuentas?, ¿cómo entraste en contacto con los profesores de Guerrero, con las cocineras del hambre, con la chica que cae en una red de prostitución?
AS: No hay ningún secreto. Yo siempre llego y digo: ¨Soy Aníbal Santiago, vengo de tal publicación. Estoy haciendo un reportaje sobre esto y me gustaría entrevistarlo, robarle unos minutos”. Algunos me dicen que sí, otros que no; si me contestan negativamente, no insisto ni molesto porque la gente tiene derecho a no querer hablar.
Reporteo obsesivamente. Si voy a cubrir una historia, me llevo también muchísimas otras de personajes y vuelvo a Ciudad de México para estar en calma. Me meto mucho: dedico horas y horas a trabajar bajo el sol, reporteo con abundancia y pasión. A veces veo a reporteros que escuchan poco a sus fuentes, pero hay que escuchar y ver dónde hay algo. Tengo un ejercicio: pongo atención cuando hay un adjetivo; si alguien de un pueblo me dice “aquí está terrible la situación”, hay que preguntarse por qué. En general los adjetivos esconden historias, por lo que estoy a su caza.
Si hay un adjetivo, pregunto para que me lo cuenten: si me comentan “la estamos pasando muy mal”, entonces no preguntes otra cosa: ¿por qué la están pasando mal? Estoy muy alerta a las respuestas para ver dónde hay nuevos caminos que pueda explotar y que puedan traer asuntos interesantes.
Se trata de que no se me escape nada, y por eso soy muy de grabadora: me gusta mucho grabar porque me gusta reproducir cómo se dijeron las cosas. Muchos periodistas dicen que está mal porque la gente se condiciona con la grabadora, pero siento que soy mucho más justo, preciso y riguroso. Hay más respeto a la fuente si se plasman exactamente sus palabras. Tampoco es que le encaje la grabadora a las fuentes, pero siempre la tengo y la ven.
Me gano la confianza al decir la verdad, y como que la gente te agradece. “Oye, estoy haciendo un reportaje de tal asunto. Me gustaría saber tu opinión”, y en general recibo síes. La gente en México tiene muchas ganas de contar lo que le pasa; casi nadie (políticos, funcionarios y poderosos no lo hacen) escucha a los desamparados. Cuando estos ven que alguien los mira a los ojos, que es honesto y que quiere saber sus historias, en general dicen sí en un 90 por ciento.

AR: En el caso de Iguala uno de los maestros te dijo “yo sí quiero contar”…
AS: Incluso allí las puertas se abrían, al contrario de lo que uno pensaría de Iguala por la desaparición de los chicos de Ayotzinapa. Todo mundo quería hablar.

AR: Otra vertiente de tus historias: las autoridades casi no están. Esto me parece muy interesante. ¿Es deliberado?
AS: Considero que en nuestro periodismo eso es un problema grave desde hace muchos años. Los periodistas son, muchas veces, personajes que estiran el brazo para grabar lo que sea de un poderoso; eso es lo que se llevan a la redacción, eso es lo que quiere el jefe y con eso viven. Transcribo declaraciones de poderosos y le cambió las atribuciones: aseveró, manifestó, dijo, sostuvo, indicó, señaló… Es el único país que hace eso; es como para disimular una labor periodística que es vergonzosa.
Observo que si abres los periódicos, aún hoy 70 por ciento son declaraciones de funcionarios aburridos diciendo cosas aburridas, la mayoría de las veces mentiras con su lenguaje retorcido, falso. ¿Cómo a la gente le puede interesar leer eso? Eso es un problema de nuestro periodismo, pero hay que alejarlo y darnos cuenta de que la riqueza y la maravilla está en otros asuntos, no en la transcripción de declaraciones de la gente que tiene el poder.

AR: En muchos medios el reportero tiene que estar con la nota del día y cubrir las actividades del político, lo cual debe entregar muy rápido. Ninguno de los textos de tu libro fue hecho en un día. ¿Qué recursos has tenido para hacer este tipo de textos, que van desde que te concedan tiempo hasta los gastos que implican?
AS: En general he tenido suerte. Cuando he apostado por una historia, los medios en que he trabajado, como Chilango, Emeequis, Newsweek en español, y Gatopardo, en general, han apoyado aunque no con mucha lana. Si hay un hotelito de 300 pesos en Iguala, me voy, y que la comida no me salga en más de 180. Me voy en camión y con lo mínimo. Tenemos que acostumbrarnos a vivir con austeridad; hay gente que lo puede soportar y hay otra que no. A mí no me importa un pepino si estoy hospedado en una suite o si me transporto en primera clase. Mis valores y mis intereses en la vida no están en eso.
A veces me dicen: “Aníbal, no puedes irte tantos días. Intenta hacerlo en dos o tres”. Y hay que ajustarse. Pero la realidad es que nuestro periodismo está limitadísimo en el presupuesto.

AR: Pediste al reportero de Ecatepec que te contara la experiencia periodística que le marcó. Quiero planteártela a ti: de las historias que presentas en el libro, ¿cuál fue la que te marcó más?
AS: La historia del niño de 10 años que se suicidó. En esa lloré; no me había pasado. Cuando estaba escribiendo se me hacía un nudo en la garganta; pensaba: “Puta madre, en México los niños se suicidan por el hambre, por las acusaciones contra su padre por un crimen en el que al parecer no tuvo nada que ver, porque una mamá se quedó sola, desamparada, sin su esposo y teniendo que cuidar a varios niños prácticamente sin trabajo, en un pueblo perdido de Tlaxcala…”.
Esa historia dibuja al país; creo que se me va a quedar para siempre en la sangre. Dios mío, qué México están recibiendo los niños.
Fue la que más me dolió. La reporteé días y días: iba a Tlaxcala y volvía una y otra vez. Faltaba esto y aquello, e iba encontrando una historia en la que todo es sórdido: los personajes, la realidad… Fue mucho dolor de ver que esto puede llegar a ser México.

AR: Es una visión oscura, ominosa, trágica del país. Ahora dime un personaje o una situación contada en el libro que te dé la esperanza de que esto cambie.
AS: Es una pregunta difícil, pero probablemente las cocineras del hambre. Si vieras lo que es su pueblo: desolación en un cerrito del Estado de México, donde sus habitantes están aislados y no tienen nada, ni agua.
Me parece que esas mujeres tienen la genialidad, la lucha y el esfuerzo dentro de ellas… Te das cuenta de que ninguna se queja del hambre. Ese pueblo es uno de los más hambreados del país, y no hay una queja de alguna mujer que te diga “pasamos hambre”. Te comentan: “Nos las arreglamos, y con esta semillita hacemos tal, con esta plantita hacemos esto otro, reusamos tal cosa, y aprovechamos las sardinas y las enriquecemos con tal cosa para que sea un platillo delicioso”. No hay autoconmiseración ni lamentación de lo que les tocó vivir.
Eso me da esperanza: que en esas condiciones de vida ellas, con una dignidad enorme, empujan la realidad para que sea algo mucho menos oscuro.

AR: Las tuyas son historias muy bien relatadas. En el sentido narrativo, ¿quiénes han sido tus principales influencias?
AS: Julio Scherer. Creo que el libro que me impulsó a ser periodista fue La piel y la entraña, la entrevista que le hizo a David Alfaro Siqueiros en Lecumberri. ¡Guau, qué increíble! Cómo hizo esta entrevista, cómo lo describe, cómo habla de él y cómo lo confronta, cómo lo enoja y cómo creó ese texto maravilloso.
Después, por el estilo de la crónica, de no dar pausa y que el lector esté permanentemente en un alucinante viaje lleno de emociones, que no haya aburrimiento, que estés con el alma agarrada y quieras seguir y seguir leyendo, Henry Miller. No podía dejar de leerlo y de sorprenderme; su literatura era como una explosión, fuegos artificiales, el lenguaje más rico del mundo: sacaba palabras y palabras. Me marcó mucho.
Actualmente, alguien que se partió la madre, que luchó, que hizo historias de todo tipo, que narraba, siempre yendo con los que no tenían voz y asoleándose: Marcela Turati. En México, como mujer meterte en lugares donde los riesgos son tan graves es aún más meritorio. Cada vez que la leía en Proceso siempre me maravillaba… ¡Dios mío, qué guerrera! Y siempre con un esfuerzo por ser original estilísticamente. Su labor es importantísima y ha marcado el periodismo mexicano contemporáneo.
Hay otros de quienes me gusta mucho el estilo y de quienes he agarrado cosas; por ejemplo, Guy Talese me parece alucinante, con historias increíbles y originales.

AR: ¿Qué te parece el panorama del periodismo narrativo en el país?
AS: Pienso que estamos en un momento rico de inteligencias, de plumas, pero en uno desastroso en los espacios: cerró Emeequis, que era de los pocos que había, aunque quedan Newsweek en español y Animal Político, que es virtual y donde se pueden hacer este tipo de textos. Proceso nunca quiso o logró meterse al periodismo narrativo sino que siguió siendo periodismo de denuncia, importante pero con un formato más bien clásico.
Me gustaría seguir haciendo estas historias, pero yo mismo me pregunto: ¿dónde las publico? No hay medios para hacerlo, no existen ya. Es terrible. El futuro es oscuro porque se vive en la inmediatez de la noticia pequeñita, cortita.
El reto también está allí. Por ejemplo, cuando estuve en Imagen Televisión tenía una sección todos los domingos, Deporte inaudito, historias deportivas insólitas de México que presentaba en tres minutos.
Otro reto es cómo construir historias que sean atractivas y que al mismo tiempo tengan trasfondo, que sean interesantes sin ser frívolas, en formatos mucho más sintetizados.




*Una versión más corta de esta entrevista apareció en Este País, 23 de julio de 2019.