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sábado, julio 10, 2021

Los Zetas, el terror como modelo de negocio. Entrevista con Juan Alberto Cedillo*

 


Los Zetas, el terror como modelo de negocio

Entrevista con Juan Alberto Cedillo*

Ariel Ruiz Mondragón

 

Una de las más terribles bandas delictivas que han actuado en el país es la de Los Zetas, los militares del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales que fueron reclutados por el Cártel del Golfo para que fueran su brazo armado y que terminaron por convertirse en otra poderosa organización criminal.

Un esfuerzo por relatar los orígenes, el ascenso, el auge y la caída de ese grupo se encuentra en el libro Las guerras ocultas del narco (México, Grijalbo, 2018), de Juan Alberto Cedillo, quien, a partir de los testimonios que varios integrantes de Los Zetas rindieron en cortes de Estados Unidos, así como de archivos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), documentos en WikiLeaks y de su propia experiencia como reportero en el norte de México, hila la historia de la banda criminal que impuso un modelo de negocio y pretende documentar lo que el autor llama “el fenómeno de la narcoinsurgencia”, que sigue vigente en varias partes del país, entre ellas Ciudad de México.

Cedillo (Ciudad de México, 1954) estudió Historia en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Corresponsal de Proceso y de la agencia EFE, es autor de cinco libros, con uno de los cuales, Los nazis en México (Debate, 2007), obtuvo el primer Premio Debate de Libro Reportaje.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué relatar el surgimiento, apogeo y caída de Los Zetas?

Juan Alberto Cedillo (JAC): Es una historia que se ha contado desde varios ángulos; uno de ellos es que en México la principal información para conocer el narcotráfico proviene de la perspectiva del oficialismo. El gobierno es el que crea la narrativa y la captura; pero a mí esa visión es la que menos me interesó para escribir el libro.

Para este libro tuve la suerte de estar en Texas en por lo menos cuatro juicios, donde pude oír a los capos que estuvieron directamente implicados, quienes fueron capturados en México, extraditados a Estados Unidos y que participaron como testigos de la Fiscalía para contar sobre algún otro capo. Narraron sus historias de cómo operaron, cómo se pelearon, cómo traficaban la droga, de qué forma capturaron las ciudades, detalles de cuánto ganaban, en qué  gastaban, etcétera. Es la historia contada por ellos mismos, lo cual le da un valor diferente porque no es lo mismo que ellos te la relaten a escucharla de otros.

Cabe una pregunta: ¿cómo se podría saber si mienten ante un jurado cuando ellos son testigos del gobierno de Estados Unidos, con la promesa de reducción de condenas si dicen ciertas cosas? Porque entre nosotros ese asunto de jurar por la verdad como que no nos lo creemos.

¿Cuáles fueron los filtros para saber si era verdad? Primero, lo más importante es que yo cubrí estos asuntos durante 10 años, por lo que tenía la visión de qué y cómo habían ocurrido, y así podía darme cuenta si estaban mintiendo. La otra es que la investigación está respaldada en documentos de WikiLeaks, que son todo lo que el gobierno de Estados Unidos dejó allí, y en declaraciones ministeriales.

Las versiones oficiales son las que menos me interesan porque siempre están inclinadas a favor de un cártel por complicidad o por incapacidad. Entonces me metí al archivo histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional, y de allí saqué los perfiles de cada uno de los capos. Así pude saber que, en general, los testimonios son creíbles en un 90 por ciento; se equivocan en direcciones y fechas, pero cuentan muchos otros detalles.

 

AR: Hablas de las raíces socioeconómicas de lo que llamas la narcoinsurgencia de Los Zetas, y mencionas, por ejemplo, el Tratado de Libre Comercio (TLC). ¿Cuáles son los grandes factores que desataron la delincuencia y la violencia de esa banda?

JAC: Fíjate que es un asunto muy complejo para poderlo evaluar en toda su dimensión. Es más, no creo que haya una sola persona que pueda analizar las condiciones que provocaron que de repente México se viera en donde está. Si queremos simplificar le quitaríamos la riqueza a este fenómeno social.

Lo que te puedo decir es que se cocinó en los últimos 30 años; influyeron factores económicos, por ejemplo el cambio de modelo económico, por el que el Estado abandonó el sentido social que tuvo durante muchos años y le quiso dejar al mercado la atención a sectores sociales desfavorecidos.

El TLC es fundamental porque nos impuso el criterio de que íbamos a ser mano de obra barata para las empresas que se quisieran establecer aquí; entonces ahora México es el país de América Latina con el peor salario del continente, solamente arriba de Haití, porque hasta en Guatemala se gana mejor que aquí, lo cual es un factor que agudiza la injusticia social.

Así también podemos encontrar factores como la cultura: a los sinaloenses les gusta la adrenalina, las botas, las camionetas de doble cabina, a los buchones les encanta el whisky. Hay elementos familiares, como que la crisis económica obligó a ambos padres a trabajar, por lo que los niños ya no son educados por ellos sino por la televisión y la calle.

Hay factores como la democracia…

 

AR: Mencionas a alcaldes timoratos que no tenían el know how de los corruptos priistas…

JAC: De cómo esos corruptos priistas podían tener bajo control al crimen organizado porque formaban parte de él o porque sabían cómo manejarlo: por ejemplo, tenían un policía corruptazo que decía que devolvieran un camión robado porque se lo habían quitado al superrico, y a ese no se le podía tocar. Siempre había controles.

Cuando llegaron los alcaldes timoratos del PAN, que no tenían ni la menor experiencia, el crimen organizado se les montó e impuso la agenda. Incluso hay municipios, en Tamaulipas y en otras partes, a los que les quitan el 10 por ciento del presupuesto.

Para concluir: son muchos los elementos de este fenómeno social que cambió el rostro del país y que va a tener que ser investigado desde perspectivas sociológicas, económicas, políticas y culturales.

 

AR: Otro cambio que hubo fue la llegada de los militares a la Policía Federal…

JAC: El inicio de todo…

AR: … que dices que cambió el rostro del país, el comienzo de una edad oscura. ¿Qué pasó entonces con el combate a la delincuencia organizada? ¿Había otra salida? Porque lo que existía eran, como dices, policías corrompidas.

JAC: Durante muchos años el combate al narcotráfico era campo de la Procuraduría General de la República (PGR), que en un momento dado desapareció y entraron el Ejército y la Marina. ¿Por qué desapareció? Porque todo mundo sabía que la PGR era parte del crimen organizado. Hablamos de principios de los años 2000.

A Estados Unidos siempre le ha preocupado que las drogas lleguen a su nación: quieren resolver su problema de drogadicción mediante el freno a las drogas fuera de su país, por lo que intentan imponer los criterios del combate al narcotráfico en otros países. Sabían que la Policía Judicial Federal (la más responsable del asunto y que dependía de la PGR) estaba infiltrada, por lo que decidieron experimentar. Entonces le pidieron a México que ese cuerpo corrupto fuera renovado con jóvenes, militares altamente disciplinados y capacitados, para que fueran militares los que combatieran al crimen organizado. Fue un acuerdo con Estados Unidos.

La Sedena lo promovió e hizo el experimento de mandar tres grupos de militares a Reynosa en 1997. Se les asignó una clave de identificación porque llegaron como civiles; fueron los grupos X, Y y Z. El más destacado fue el que encabezaba Arturo Guzmán Decena, quien fue quien traicionó.

En los expedientes de la Sedena se puede observar un interés de venganza contra Guzmán Decena, aunque se presenta a varios más: al Hummer, a Lazcano y a varios más que se dieron de baja, mientras que otros desertaron, como Guzmán Decena quien se fue al bando contrario. Los documentos se van sobre él y dicen “lo queremos”, “la fiscalía debe traerlo”, “búsquenlo”. Estos tipos fueron reclutados por El June, no por Osiel Cárdenas, en 1997. A partir de esa traición la Sedena se endureció.

Finalmente fue un cambio de modelo en el narcotráfico, de la manera de operar de los cárteles, que antes eran discretos y corrompían en pequeño. Los que metieron el desorden en esto fueron Los Zetas, son quienes le cambiaron el rostro al país para mal.

 

AR: Explícanos a muy grandes rasgos ese cambio en el modelo de negocios, que va desde una mayor crueldad hasta la ampliación de las actividades delictivas.

JAC: Los Zetas pusieron el modelo de cómo matar a los enemigos: antes eran asesinatos con una pistola, pero llegaron ellos y mataron con un cañón, por decirlo de forma simple.

Desde que México empezó el narcotráfico a principios de los años veinte en Sinaloa, los cárteles siempre habían sido pocos grupos pequeños que corrompían al Ejército y a la PGR, y estaban involucrados con muy pocos sectores del Estado que los combatían. No eran las grandes organizaciones sino más bien asociaciones de varios tipos. Como las drogas no se quedaban en México sino que esas bandas eran un trampolín para que llegaran a la alberca de Estados Unidos, aquí el narcotráfico no se vio como problema sino como un mal menor. Cada vez más los estadounidenses presionaban para que cambiáramos las leyes y lo combatiéramos, pero a no hubo preocupación sino hasta los años sesenta.

Después en México ya hubo narcotraficantes en gran escala; al principio metieron mucha mariguana, y crecieron cuando entró más cocaína, cuando ya hubo mayor corrupción. Pero seguía siendo un asunto de pocos y que iba encaminado hacia Estados Unidos.

Entonces Los Zetas vinieron a meter el desorden al disputar las plazas: iban a Choix, a Concordia, y se las peleaban a Sinaloa, se quisieron apropiar del territorio de La Familia Michoacana, y desplazaron a los grupos pequeños que había (como Los Texas, Los Chachos y otros): los fueron integrando, y a los que no lo hacían los mataban.

Los Zetas generaron nuevos negocios: por ejemplo, en un momento dado tuvieron una empresa que traficaba en pipas gasolina a Estados Unidos, y se la vendían a empresas privadas establecidas. Hay cinco grandes ejecutivos presos en ese país entra en este negocio.

Ellos ampliaron los negocios y la estructura creció. En otro momento la droga se empezó a quedar en México, lo que implicó que las narcotienditas debían tener protección para ellas, por lo que se integró a los policías municipales, los alcaldes, los señores que venden alcohol localmente, y entonces se hizo un monstruo.

Además, como querían imponerse con terror, fueron los que introdujeron los métodos de colgar, descuartizar, incinerar y matar cruelmente para asustar a la contra, como le decían.

 

AR: Había otros negocios: el “fiscal” (por llamarlo así), por el que comenzaron a extorsionar a la gente, a acaparar la venta de productos pirata, el tráfico de inmigrantes…

JAC: Se quisieron quedar con todo el negocio donde reinara la corrupción. Fue un modelo que crearon ellos y que después copió toda la delincuencia: cooptar a los funcionarios, aterrorizar a los enemigos, controlar el narcomenudeo, la piratería, los giros negros, los secuestros exprés, etcétera, y, sobre todo, que no se denunciara: a sus víctimas les quitaban el celular, las golpeaban para que proporcionaran la contraseña de sus redes sociales, las revisaban para saber de hijos, parientes, amigos, trabajo y escuelas, y cuando los soltaban les decían que ya sabían todos sus datos. “Denuncias y vamos por ti”, les decían.

Eso provocó una cifra inmensa de secuestros que no están en las cifras oficiales porque también bajaron las cantidades exigidas (entre 30 y 50 mil pesos) para que fueran rápidos.

 

AR: Un asunto muy interesante es que Los Zetas no podían existir de forma totalmente independiente del poder político. ¿Cómo fue su relación con los gobernadores? Allí se mencionan desde Enrique Hernández Hernández hasta Humberto Moreira.

JAC: Hay una conexión siempre, incluso del presidente, con el bajo mundo (aunque esto no quiere decir que el titular del Ejecutivo sea el jefe de los cárteles, como muchos quisieran que fuera. En esta historia te puedes ir hasta Miguel Alemán, luego con José López Portillo y posteriormente con Miguel de la Madrid. El primero tuvo a Carlos I. Serrano, pistolero y jefe de la Policía Judicial Federal; López Portillo tuvo a Arturo El Negro Durazo, y Carlos Salinas a Guillermo González Calderoni. Estos policías amigos del presidente controlaban el bajo mundo y tienen relación con el narcotráfico, por lo que hay una conexión directa, lo que puede hacer creer que los mandatarios lo controlaban y se beneficiaban.

En el caso de Alemán, fue una época en que el presidente manejaba el presupuesto a su antojo, por lo que podía tener todo el dinero que quisiera. Entonces el dinero del narcotráfico era apenas una cajita, pero dejó de serlo desde López Portillo.

Entonces así ha sido con gobernadores y alcaldes: siempre tienen un pistolero que les hace el trabajo sucio, quien tiene la conexión con el bajo mundo, con los jefes de los cárteles. Siempre hay una conexión directa hacia el poder.

 

AR: A partir de reportes de Estados Unidos, comentas que en México ha habido una “narcoinsurgencia”. ¿Qué quiere decir esto?

JAC: Yo lo veo así: cuando en el noreste (Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila) los cárteles se quedaron acéfalos por capturas y por divisiones, muchas de las células se quedaron sin control pero ya con el modelo establecido por Los Zetas: manejar delitos del fuero común bajo la dinámica de la delincuencia organizada, lo que les facilitó la impunidad.

En un momento dado en Nuevo León la procuraduría empezó a hablar de Zetas pirata, de tipos que para extorsionar se hacían pasar por miembros de esa banda. Esto creció con la gran cantidad de jóvenes desempleados y pandilleros de todo tipo, que querían tomar la parte de la riqueza nacional que el Estado no les da, por lo que decidieron tomarla al amparo de la marca Zeta, además con el armamento que en la guerra de todos estos años empezó a circular a pasto desde Centroamérica. Así, en un momento dado en el mercado negro del sur podías conseguir un AK47 en 500 pesos; entonces el armamento les hizo sentirse más poderosos e impunes y vino una insurgencia de gente que, sin banderas políticas, quería vivir bien.

 

AR: Quiero vincular esto con otra parte muy interesante del libro, que es la intervención benigna de Estados Unidos en este conflicto: la ayuda social proporcionada por la Agencia para el Desarrollo Internacional. Señalas que hubo muy buenos resultados de esa política.

JAC: Cuando a Calderón le impusieron la lucha contra el narcotráfico, el gobierno de Estados Unidos vio el desmadre de la guerra contra los cárteles, sobre todo en la frontera. Por ello decidió que iban ayudar porque son parte del problema; quisieron replicar en México el Plan Colombia, nada más le llamaron Iniciativa Mérida. Le impuso a nuestro país el modelo de combate al narcotráfico y creó, con Genaro García Luna al frente, la Policía Federal, que se convirtió en un tercer ejército. Metió aviones, helicópteros, tecnología y capacitación. En Monterrey se brincó a la Federación y se puso a modificar las policías estatales e hizo directamente la fuerza civil. Nuevo León le interesaba muy particularmente.

Después vino la captura de capos y el desmadre de que las bandas se quedaron acéfalas y divididas, que se crearon otros grupos, por lo que los estadounidenses se dieron cuenta de que ya no debería ser un combate al estilo tradicional. Entonces cambiaron la orientación de la Iniciativa Mérida para que en lugar de que los fondos se dedicaran a más armamento y capacitación, fuera a programas sociales porque se dieron cuenta de que las bandas estaban reclutando a los jóvenes. En Nuevo León Los Zetas estaban al tanto de las pandillas y de que Monterrey tiene unas favelas que no le piden nada a Brasil. De allí estaban sacando a muchos jóvenes a los que se les hizo fácil integrarse porque no tenían nada que perder. Eso fue lo que les dio mucho poder.

Eso mismo se había replicado en Ciudad Juárez, en una zona de Tijuana y en Nuevo Laredo. Los norteamericanos hicieron una investigación de campo con chavos mexicanos: los contrataron (sobre todo mujeres) y los mandaron subrepticiamente a que fueran a indagar subrepticiamente para a sacar de cómo estaban operando. A partir de eso diseñaron una estrategia para quitarle a esos grupos la capacidad de jalar a las pandillas.

Se dieron cuenta de ello, mientras que en México no lo sabían o no lo estaban operando. Entonces lo que los estadounidenses hicieron fue cambiar la orientación hacia esos proyectos.

 

AR: ¿Hubo intervención del Estado mexicano?

JAC: Se lo brincaron. Incluso a mí me utilizaron para mandar un mensaje al gobierno mexicano, pero que El Universal no captó. Me buscó el jefe de la Iniciativa Mérida, el consulado de Estados Unidos, y un funcionario me habló de varios asuntos; en un momento dado hizo una pausa e hizo énfasis: “Estamos trabajando esto porque el Estado mexicano lo ignora; nos vamos a ir a los municipios, a los estados, aunque de gobierno a gobierno solamente podemos trabajar con la Federación”. Así mandaron el mensaje, pero creo que la nota no la publicó El Universal.

 

AR: En otra parte hablas de la desintegración de Los Zetas y de que mucha de su violencia se ha cebado no nada más sobre las capas altas sino también bajas de la sociedad, incluso taxistas. ¿Cómo ha sido el ataque a estos sectores sociales?

JAC: Ellos se fueron sobre los delitos comunes; por ejemplo, en Monterrey quisieron secuestrar a hijos de empresarios, pero cuando tocas a uno de estos entonces el Estado sí se pone las pilas. Secuestraron a una niña que era familiar de un miembro de la Secretaría de Seguridad, y a los dos días ya los tenían ubicados.

Cuando los cuerpos de seguridad se ponen las pilas, con tantas cámaras, con GPS y otras tecnologías, no hay manera de no encontrar a un tipo importante. Pero si es un pobre diablo, un ratero… Bueno, Los Zetas se dieron cuenta de que era más fácil, rápido y seguro irse sobre gente de menor nivel con menos dinero. Es como el capitalismo gringo: ganar por volumen y no por venta de unidad.

Ese modelo no se ve: está en Iztapalapa y en Ecatepec, por ejemplo, donde hay cientos de secuestros y desaparecidos, y al Estado no le importa porque tiene la visión racista de que la violencia en ciertas partes del cuerpo social es natural.

 

AR: ¿Qué nos dice la violencia desmedida de Los Zetas en lugares como San Fernando y Allende, así como las omisiones, descuidos e incluso complicidad de los gobiernos?

JAC: Allende, pese a ser la peor masacre en el país con 250 personas afectadas entre desaparecidas, muertas e incineradas, además de la destrucción de 40 residencias, estuvo sin conocerse un año y medio. Y no fue solamente en un pueblito como Allende: también destruyeron 27 residencias en Piedras Negras, una ciudad fronteriza importante.

¿Cómo pudo ocurrir que de Monclova, Piedras Negras, Allende y Sabinas, se llevaron gente, y que allí hayan llegado en convoyes de 15 o 20 camionetas? ¿Cómo pudo pasar eso a la luz del día y que hubiera incendios, desaparecidos, llamadas a la procuraduría, que pasara más de un año y nadie supiera nada? Solamente se explica como complicidad de la familia Moreira y del gobierno.

 

AR: ¿Cuál es la herencia de Los Zetas? Al final del libro dices que su modelo delincuencial ha llegado al Estado de México y a Ciudad de México.

JAC: Ellos crearon un mecanismo de corrupción hacia las autoridades, y también de cómo manejar ciertas plazas, meterse a los negocios ilegales y cómo controlarlos, pero sobre todo el terror para someter a quienes querían controlar, ya sean autoridades o sectores de la sociedad.

Ahora, por ejemplo, ya se está cobrando derecho de piso hasta a negocios de Polanco. ¿Qué hago cuando llega un tipo, un pobre diablo, a un negocio y dice: “A partir de ahora tienes que darme 20 mil pesos mensuales?”. Pero cuando matan al tipo que era gerente del negocio, ¿no te va a pasar lo mismo? Entonces se trata del sistema de terror que ellos crearon para someter. Si no pagas, te matamos, y todos los de alrededor van a pagar.

El terror es la mecánica que ellos utilizaron para someter, y eso es lo que han heredado. Estamos hablando de que incluso descuartizaron a personas mientras aún estaban vivas, a lo que no estábamos acostumbrados en México. Eso podía ocurrir en África, en zonas de Centroamérica, en las guerras; pero ¿qué tiraran una cabeza en México?

 

AR: ¿Cómo fue la internacionalización de Los Zetas? Hablas, por ejemplo, de que Herfiberto Lazcano anduvo en Centroamérica…

JAC: Empezaron a hacer alianzas en Italia, con la mafia rusa… pudo ser con uno y con otros grupo. Las mafias internacionales se asocian con quien tenga el poder en un momento dado, y en cierta etapa los que tuvieron el control del tráfico de cocaína fueron Los Zetas. Pero eso fue variando porque eso nunca es permanente, siempre fueron mutando.

 

AR: ¿Cuál fue la respuesta social a Los Zetas? En el libro cuentas que hubo un empresario de San Pedro que decía a sus vecinos que se quedaran a luchar.

JAC: Ha sido muy pobre. En Tamaulipas hay un grupo de autodefensa promovido por otro grupo que peleó contra Los Zetas. Más bien la sociedad fue sometida; ha habido más respuesta social en Guerrero o en Michoacán con las autodefensas (que no eran las que controlaban los narcos, aunque también estos tenían las suyas).

En general lo que tenemos en la sociedad mexicana es que estamos muy acostumbrados a que el gobierno nos resuelva todo, incluso con el asistencialismo que es criticado por El Bronco. Hay sociedades que están acostumbradas a que el gobierno vaya y les limpie el terreno que está enfrente de su casa, y eso es un problema porque la sociedad no se organiza realmente para denunciar y combatir. Por eso el gobierno de Estados Unidos intervino más.

 

AR: ¿Cuáles fueron las grandes causas de la caída de Los Zetas?

JAC: Las traiciones, las divisiones. La guerra los debilitó y las divisiones empezaron a fraccionarlos: el grupo central se quedó en el Cártel del Noreste, pero se formaron bandas como Zetas Vieja Escuela, Zetas por acá y por allá.

Pero lo fundamental fue la traición de Miguel Ángel Treviño, que siempre vio a los militares (que en un momento controlaron e hicieron poderosa a la organización) como los que tenían mayores posibilidades de ascender. Él los fue denunciando, siempre con la Policía Federal.

Si revisas a los capos que capturó la Policía Federal en los años 2006-2007, 2009-2010, siempre que fueron Zetas fue por una delación de él. Así lo hizo: los iba quitando para subir él, porque tenía el problema de que no era militar. Treviño y su hermano los comenzaron a traicionar, y se quedaron con la organización, pero cada vez más debilitada y menos capacitada, más salvaje. No es por defenderlos, pero al principio los militares tuvieron otra mística de cómo querían operar y no se querían meter con la población; sólo lo hicieron cuando perdieron ingresos.

 

AR: La Marina sale bien librada en tu historia; tenían incluso la confianza de Estados Unidos.

JAC: No sale bien librada; lo que pasa es que fueron los más efectivos porque trabajaban con Estados Unidos. Yo he escrito que se llevaron a mucha gente inocente. Estoy en un caso de 22 personas que detuvieron y no aparecieron.

 

AR: ¿Qué riesgos corriste al hacer este libro?

JAC: Los normales. En un momento me amenazaron, me retracté y dejé de escribir. Siempre el que te amenaza es un capo al que le molestó cierto asunto. Pero los capos no son permanentes, como tampoco las amenazas; van mutando, lo que depende de que llegue uno u otro.

Entonces hay riesgos, pero yo decidí jugármelos al escribir porque no estaba a gusto con que estos tipos impusieran su ley. Había que contarlo.

El principal factor fue que yo me divorcié de la familia; convivo con ella y todo, pero me separé para no ponerla en riesgo, lo que decidí asumir. Claro, gran parte es historia, y me cuido al no contar lo más delicado, porque tampoco quiero ser mártir.

 

AR: ¿En dónde ves la esperanza de que esta situación de la delincuencia cambié?

JAC: Será a largo plazo porque en el corto no hay esperanza, ni siquiera con López Obrador, quien tiene un discurso que no es acorde con lo que ocurre aquí. Este asunto de reconciliación, perdón y amnistía sería para Colombia y las FARC, pero no para México.

Por eso le va muy mal en los foros, porque no le puede pedir a las víctimas de criminales que les mataron a sus familiares que los perdonen. Estás hablando de guerra no sólo de un grupo armado al que tienes que darle amnistía, sino de miles de banditas.

 

AR: Al principio del libro afirmas que sobre el tema del narcotráfico hay periodistas de Ciudad de México que han contribuido a crear muchos mitos. ¿Qué ha pasado con este periodismo?

JAC: El de Los Zetas fue un tema muy difícil de cubrir, más desde Ciudad de México, donde la narrativa es la que el gobierno te proporciona. Por eso un libro reciente dice que no existen los cárteles, lo que causó polémica: allí el colega estaba tratando de decir que lo que existe es la narrativa del gobierno sobre la violencia y sobre los cárteles, y que era muy difícil poder captar la dimensión del asunto desde  Ciudad de México.

Yo escribo desde la provincia, pero no por estar allí te da ventaja, y no porque un reportero de Ciudad de México vaya y haga una buena investigación lo vas a descalificar, sino al contrario: cuando llegan desde fuera pueden tener una mayor visión porque los de adentro ya se acostumbraron a ciertos asuntos. Pero en este caso era una situación muy difícil indagar, captar, entender, porque el periodismo de investigación sobre el narco estaba proscrito en zonas como Chihuahua, Tijuana, Ciudad Juárez, Michoacán, Guerrero, Tamaulipas, Coahuila, etcétera.

Cuando se vino la oleada de que están matando periodistas (estamos hablando de hace unos tres o cuatro años), cuando llegaron apoyos internacionales, del Pen Club, entonces hubo quienes quisieron empezar a dar la apariencia de grandes reporteros que estaban descubriendo el hilo negro. Pero eso, para nosotros y por las zonas en que estamos, son leyendas urbanas que no tomaríamos en cuenta.

 

AR: Hay varias partes del libro en las que dices “esto no salió en los medios nacionales”. ¿A qué se debió esto, porque en muchos casos eran asuntos escandalosos?

JAC: Pues era un poco censura del mismo crimen organizado, y otro asunto es la incapacidad de los editores de la capital del país para entender la provincia. Desde la capital ésta se ve muy nebulosa; hay una incapacidad para entender su dimensión: al principio se minimizó y luego se exageró lo que estaba pasando. Hubo historias y circunstancias que no fueron entendidas; por ejemplo, nosotros tuvimos en San Fernando, en Monterrey y en Allende hechos más terroríficos que lo de Ayotzinapa, y no tuvieron ni siquiera la mitad del eco que este último caso. San Fernando fue peor: hay mil personas desaparecidas, otras dos mil muertas, mil huérfanos; en las fosas fueron hallados más de 300 cadáveres, aunque oficialmente la cifra quedó en 193, con los 72 migrantes, entre otros asuntos. No se entendía qué estaba pasando: por qué, a qué se debía, cómo fue que el pueblo estuvo tomado.

 

AR: En el libro hablas de cómo la banda comenzó a silenciar a los periodistas, desde El Mañana (a cuyo director asesinaron en 2004) y llegas hasta cuando Alejandro Junco de la Vega tuvo que irse a Texas porque habían lanzado granadas en sus oficinas. ¿Qué ha pasado con la prensa en las zonas dominadas por Los Zetas?

JAC: El mejor ejemplo es Tamaulipas porque recibió la presión del crimen organizado porque amenazaron a los reporteros, y la presión de los gobiernos de Tomás Yarrington y de Eugenio Hernández para que la violencia no saliera hacia la capital del país. A los grandes dueños los compraron con publicidad para que se dijera que en Tamaulipas no estaba pasando nada.

Entonces realmente tenemos un problema muy serio: mientras los medios dependan de la publicidad gubernamental, el periodismo de investigación bien hecho tiene sus límites.

 

*Entrevista publicada en Zenzontle 400 en septiembre de 2019.

 

domingo, enero 07, 2018

La violencia criminal, lógica neoliberal. Entrevista con Sayak Valencia



La violencia criminal, lógica neoliberal

Entrevista con Sayak Valencia*

Ariel Ruiz Mondragón

La violencia exacerbada que trajo aparejado el florecimiento de las actividades criminales —especial, aunque no únicamente, el narcotráfico— y la persecución que de ellas hacen los agentes estatales han sido motivo de gran preocupación por las decenas de miles de muertos y la zozobra social que han provocado.

Debido a lo anterior son importantes las reflexiones acerca de los factores que han originado esa situación en el país. Una de ellas es la propuesta que hace Sayak Valencia en su libro Capitalismo gore (México, Paidós, 2016), término que, como ella misma explica en el volumen, se refiere “al derramamiento de sangre explícito e injustificado (como el precio que paga el Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo cada vez más exigentes), al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos frecuentemente mezclados con el crimen organizado, el género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento”.

Acerca de ese trabajo conversamos con Valencia (Tijuana, 1980), quien es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Profesora-investigadora de El Colegio de la Frontera Norte, es miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel 1.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy escribir un libro sobre un fenómeno más o menos reciente pero muy presente, como es el que usted llama “capitalismo gore”, que, dice, ha estado invisibilizado pese a que se ha infiltrado en nuestra vida y que ya es nuestra realidad?

Sayak Valencia (SV): Porque la perspectiva es muy distinta a la que se ha manejado en otros momentos. No es un libro que repita las fórmulas de análisis más convencionales donde todo se vincula, como que el problema de la violencia y el narcotráfico tienen que ver solamente con cuestiones económicas y casi moralizantes sobre el papel de los criminales en México. Este libro tiene una perspectiva que necesitábamos, que es la del análisis cultural sobre el problema de la violencia en México, vinculado con el capitalismo y la férrea demanda de las poblaciones, e incluso de los Estados, para que progresemos, nos desarrollemos y que implantemos el neoliberalismo a cualquier precio en nuestros países.

Por un lado queríamos este sueño de progreso y primermundización, pero estas lógicas, encabezadas por el exitismo neoliberal, también se vinculan con el problema del narcotráfico: una de las demandas más importantes del nuevo capitalismo posfordista y neoliberal que se implanta en Estados Unidos con Ronald Reagan y en Inglaterra con Margaret Thatcher en los años ochenta, es que sí vamos a progresar, a tener todo, muchísimo dinero y todos seremos yuppies. Todo el mundo va a poder consumir en este sueño en el que vivimos (aunque hablo de los años ochenta porque quiero poner un referente más o menos inmediato); sin embargo, no nos dicen que para poder lograrlo hay que desestabilizar y deshacer el Estado de bienestar, con los sistemas de salud pública y de educación, que hay que flexibilizar el trabajo, subcontratar y desposeer a todas las poblaciones de sus territorios. Todas estas cuestiones son el lado B del proyecto neoliberal global, y están en muchas poblaciones y en nuestro país también.

De repente se considera que el problema del narcotráfico es solamente un problema de personas malas que se ponen a vender drogas, que es una cuestión casi voluntarista y que no tiene que ver con las dinámicas económicas de explotación excesiva de las poblaciones, de desplazamiento y también de crear un ideal aspiracional hiperconsumista en poblaciones que no tenemos la capacidad de consumir de esa manera: queremos tener un Corvette, un Mercedes Benz, casa en Miami o una casa blanca en México.

Pero no todo el mundo tiene el acceso a los recursos sino sólo una minoría muy influyente a nivel político, y todo este ideario de consumo, de glamur, de blanqueamiento de la atención social. Pero esto está muy instaurado y nadie lo cuestiona, sino solamente se cuestiona el hecho de que hay malos que venden droga.

Yo quiero que observemos que la relación entre el narcotráfico y la violencia en México también tiene que ver con esta idea aspiracional de ascenso social desenfrenada, y que, por supuesto, para cumplir este sueño de progreso y globalización nos estamos llevando entre los pies a mucha población.

El narcotráfico y el crimen organizado obedecen de una manera muy férrea, literal, a las lógicas del neoliberalismo, como los emprendurismos y las cuestiones exitistas que nos ponen todos los días en los libros de autoayuda y que dicen que puedes ser poderoso y fuerte. Pero lo hacen de una manera distópica, desde un lugar en el cual la violencia se vuelve la herramienta, la mercancía, el lugar de trabajo y de autoafirmación, de comunidad, giro social y de cultura para ciertas poblaciones. Por supuesto, nos resultan espeluznantes porque los resultados son catastróficos en nuestro país, pero no están desvinculados de las otras lógicas.

También quiero hacer esta revisión donde un Estado se echa las manos a la cabeza por un problema desenfrenado de violencia que también se ha alimentado mediante lógicas en las que la masculinidad más desafiante, más violenta y más sangrienta es el modelo cultural de los hombres en México. No digo que todos los hombres sean así, la mayoría no lo son, pero sí es el modelo cultural: el despliegue de violencia del macho mexicano para reafirmarse virilmente, aunado a una cuestión de atención social, de precarización del campo y de los territorios en general, y también con una demanda de que los varones sean proveedores en esta sociedad porque un macho es aquel que se respeta porque mantiene a su familia.

Entonces son cuestiones que resultan muy cotidianas, que incluso pueden parecer banales, pero que son configuraciones culturales muy enraizadas en la identidad nacional, que hacen un caldo de cultivo que nos explota en la cara y que, desafortunadamente, vemos todos los días en los televisores y en las calles: cuerpos muertos, destazados, mucha violencia, mucha sangre, mucho miedo de la población.

Esto tiene que ver también con un trazado que es muy complejo, y que no solamente es un problema económico y moral sino que también es cultural, basado en el género y en las relaciones.

Esta propuesta no tiene un ánimo aleccionador, no es para decir lo que está bien y lo que está mal, sino que es un análisis cultural sobre este fenómeno. Yo soy cientista social y me dedico a investigar estos temas, y creo que también es responsabilidad de las academias transmitir este conocimiento que hacemos, dialogar con la gente y escuchar lo que tiene que decir. Lo hago desde una perspectiva transfeminista, lo cual quiere decir que llevo los supuestos del feminismo por la igualdad y por el respeto no solo hacia las mujeres sino a todas las poblaciones que devienen minoritarias, como las racializadas, indígenas, precarizadas y los varones sin trabajo, por ejemplo, personas que son, en verdad, quienes construyen este país, y con quienes estamos tratando de que vuelva a ser un país digno de ser vivido.

 

AR: Usted encuentra un nuevo sujeto, central en el libro: el endriago, que saca de un monstruo de Amadís de Gaula, en el cual se mezclan, como usted dice, el emprendedor económico, el emprendedor político y, sobre todo, el especialista en la violencia. ¿Cómo se conjuntan estos tres elementos?

SV: No es porque yo considere que estos sujetos son monstruos per se sino que tienen que ver con una narrativa muy resistente, con una perspectiva casi colonialista sobre el otro, que es diferente, que desobedece, que se porta mal, que rompe las lógicas. Es el otro, el que durante la Colonia era el monstruo. Me refiero a nosotros, las personas mestizas, racializadas frente a un modelo hegemónico europeizante y de blanquitud. ¿Cómo vincular estas cuestiones? Pues porque seguimos en este colonialismo permanente que coarta nuestros cuerpos, nuestras luchas, nuestra fuerza de trabajo, y nos mete estas ideas de ser, por supuesto, racializados.

Pero hay unos deberes que cumplir, y el emprendedor económico, el político y el especialista en violencia se cristalizan en un sujeto que podríamos conocer, en este caso, como los sujetos del crimen organizado y también del desorganizado (porque existen también variables de las que hablo en el libro), que se creen todas estas lógicas exitistas, de masculinidad hegemónica y de tecnificación de la violencia.

Pero ¿qué pasa cuando este discurso del emprendurismo, de que hay que ser exitoso, rico y poderoso, se confunde con las lógicas del político, de que hay que gobernar a las poblaciones, y la del especialista en violencia? Pues hay una bomba molotov, como lo que nos está pasando en este momento en México.

Los Zetas son un ejemplo muy exacto de lo que podría ser un sujeto endriago, que capitaliza o que rentabiliza estas tres funciones y que hace del miedo un mercado.

Entonces el endriago resultaría como la cristalización de estas lógicas coloniales que nos siguen persiguiendo, pero también de la aceptación acrítica por parte de cierta población (regularmente masculina, aunque no digo que toda la población del crimen organizado lo sea) que considera que su modelo de autoafirmación no sólo económico sino existencial está vinculado con esta cristalización, con esta personificación del monstruo en su propia carne para poder lograr alcanzar estas demandas económicas y esta legitimidad social dentro de los círculos que a ellos les interesan, que no son los círculos sociales en general sino los del poder político, económico e intimidatorio.

 

AR: Otro capítulo que me parece muy interesante es que el capitalismo gore ha trastornado el mundo tanto del trabajo como de las clases sociales, e incluso se habla de una nueva clase criminal, de la extinción de las clases medias, del campesinado. ¿Cómo se han transformado las clases sociales y el trabajo en el capitalismo gore?

SV: Es una cuestión que me parece muy importante. De alguna forma esta lógica exitista se implanta en nuestras cabezas todos los días mediante desde el comercial bienintencionado de una organización de líderes emprendedores, hasta la lógica del consumo cultural de las series televisivas, las telenovelas, la música y las tiendas departamentales. Todas estas cuestiones tienen que ver con la idea de que consumir es ser (te afirmas a través del consumo) y cómo esto tiene una repercusión en la degradación de la aceptación de que uno pertenece a cierta clase social.

No hablamos de clase social porque mucha gente piensa que es una cuestión de la que no deberíamos hablar; sin embargo, por supuesto que siguen existiendo las clases sociales, y la pobre cada vez está más empobrecida, más precarizada y peor vista socialmente. Mucha de la población en México pertenece a esta clase social que gana un salario mínimo con el que es imposible vivir. Entonces hay una negación de la clase porque es una vergüenza ser pobre, como si la responsabilidad de esto fuera solamente del individuo y no de las lógicas predatorias que desregulan el trabajo, que hacen reformas laborales por las que se paga a siete pesos la hora. Esto se relaciona con una desproporción entre los ingresos que necesitamos para sobrevivir en este país, y los deseos de poder pertenecer socialmente a la lógica fascinante y maravillosa del consumo. Lo que está muy implantado en las poblaciones es que parece que a través del consumo podemos exorcizar la pertenencia a cierta clase.

Existe una esquizofrenia entre una población cada vez más empobrecida y una población con cada vez más ganas de consumir. ¿Cuáles son las opciones? Negar que existen clases sociales, para no decir que somos pobres y que la pobreza no es una responsabilidad individual sino que es una de las consecuencias de una mala gestión estructural de la economía en esta nación. No es que uno sea pobre porque no trabaja: uno es pobre porque aunque trabaje 25 horas al día va a seguir ganando siete pesos por hora.

La cuestión es que se nos ha responsabilizado y culpabilizado por ser pobres, cuando en realidad esa condición es una consecuencia de la estructura y de la mala gestión económica en este país. No hay un diseño económico que pueda sostener a las poblaciones porque tendría que haber una distribución mucho más equitativa, y eso perjudicaría a las clases más pudientes de este país.

Entonces hay una desestructuración de las clases: la gente pobre no quiere vincularse con la pobreza, pero también hay una invisibilización de las estrategias de la gente empobrecida para sobrevivir, de las solidaridades y de las comunidades que se pueden gestar a través de la supervivencia económica en una población empobrecida. Mucha gente quiere salir de esa condición y no hay que ser un genio para saber por qué: no hay belleza en la pobreza y no es fácil ser pobre, es una cuestión de vida o muerte. En este país muere mucha gente porque está empobrecida y muere de hambre.

Hay una dimensión cultural del desclasamiento, y luego está la dimensión económica, así como la cuestión de querer exorcizar la figura de la pobreza mediante un capital económico para ascender social y culturalmente. Esto es lo que representa la nueva clase criminal. Es muy significativo, por ejemplo, que en la última encuesta del INEGI sobre ingreso y consumo ya no se estaba preguntando de dónde se obtenía el dinero sino cuánto gastaba una familia. Esto está invisibilizando una serie de cuestiones en un país en el que la desregulación laboral es cada vez más creciente y el crimen organizado se vuelve un nicho de producción muy importante que sostiene a muchas familias en este país. Entonces volvemos opacas estas vías y aceptamos estos recursos para subsanar cosas que no deberían ser resueltas por estas organizaciones ilegales sino por las instituciones gubernamentales destinadas para ello. Entonces desresponsabilizamos, con ese desplazamiento, al gobierno de su verdadera función y de sus prerrogativas.

Hay casi un escarnio social cuando la gente es pobre, por lo que muchas personas van a querer unirse al único lugar en el que les van a dar trabajo, que son las empresas criminales, que no sólo las van a explotar sino que al final las van a hacer pagar con su vida. Pero es una inversión volátil, casi como la de la Bolsa o de las finanzas, pero a un nivel mucho más triste y más desconcertante porque estamos hablando de vidas humanas.

 

AR: Hay una relación que usted establece entre lo que es la violencia, la delincuencia y el capitalismo, para lo cual se remonta hasta el siglo XVIII. ¿Cómo se combinan en el capitalismo gore la violencia con la economía? La delincuencia y la violencia parecen ser muy funcionales para el capitalismo con esta mezcla tan rara, muy difusa, entre la economía legal y la ilegal.

SV: La violencia en el capitalismo gore es casi el elemento fundamental para que funcione. No es solamente el ejercicio de violentar o dañar a otro, sino que en sí mismo va a abrir varios nichos de mercado: va a ser rentable para el capitalismo regional y también trasnacional a muchos niveles. El dinero que tienen los grandes señores de la droga en este país no es invertido en México, sino que, por supuesto, está en otros países donde pasa por legal (la lavandería del mundo está en Suiza, por ejemplo). Pero la cuestión es cómo se rentabiliza la violencia en estos lugares: por un lado ejercer violencia intimidatoria hace que, por supuesto, las poblaciones acepten, con argumentos de seguridad, la limitación de sus derechos. A las personas se les dice que por su seguridad las filman, graban sus conversaciones, que no se les va a dar cierto servicio y que se les va a pagar menos. Bajo el argumento de la seguridad se quitan muchos derechos y se expropian muchas causas laborales, sociales, políticas y económicas que ya teníamos ganadas.

Hay un avasallamiento constante del cuerpo de las poblaciones por una exposición de la violencia, como un asesinato, no sólo en los medios sino también a nivel tangible en la realidad social donde uno vive. Cuando uno se encuentra con un muerto, cuando ve que efectivamente el problema de la violencia no es solo que exista sino que puede caer sobre cualquiera de nosotros, pues por supuesto que tiene un efecto de adoctrinamiento y atemorización de la población. El miedo es muy efectivo, por lo que la violencia es la acción que desemboca en otra consecuencia indirecta que es la securitización. Esta es una estrategia muy rentable: afirmar que algo puede pasarnos, y entonces la gente atemorizada va a ceder sus derechos, sus propiedades, sus espacios, sus territorios, y va a hacer cualquier cosa para no ser víctima de la violencia.

No es solamente la violencia como la entendemos, como secuestro, tráfico de órganos, trata de personas, la desaparición de personas, etcétera, que son muy tangibles. Estas cuestiones no tienen que ver solamente con la delincuencia organizada porque también hay falsos criminales que hacen uso de estas herramientas de la violencia que ya consideramos propias de estas organizaciones, y que son como piratas del crimen organizado que llevan a cabo diversos delitos como rentabilización de la violencia intimidatoria.

A lo que me refiero es a que el crimen organizado es un nodo del cual podemos hacer análisis en muchos sentidos, pero tenemos que verlo en sus conexiones con la economía financiera y legal porque no están separados. La violencia es una de las prerrogativas del capitalismo, ya que abona y brinda plusvalor al capitalismo gore, y no sólo a éste.

 

AR: Los años de crecimiento del neoliberalismo, del aumento de la violencia y de la delincuencia coincidieron con la democratización del país. Usted anota que en México el narcotráfico y la criminalidad desempeñan un rol que beneficia al Estado e incluso habla de una narconación y de necropolítica. ¿Cuál ha sido su papel de ésta en la democratización del país?

SV: El problema no es la democratización sino que pensamos que tiene que ver con el sentido económico de distintas reformas laborales. Tenemos varios problemas: creo que democratizar un estado o un país es favorable, pero cuando se utilizan las figuras de democracia y de derechos humanos, su ampliación y ensanchamiento sociojurídico para implementar lógicas de desposesión y de acumulación por despojo, entonces estamos hablando de otra cosa. La cuestión es que no se llevó a cabo un proceso de democratización; se le utilizó para meter caballos de Troya que significan otras cuestiones e introdujeran en el imaginario que estábamos siendo más democráticos, que ampliábamos derechos, que estábamos en la lógica del avance del progreso.

Sin embargo el problema no es la democracia sino que lo es de pantalla. Es la inserción de las lógicas neoliberales que se apropian y fagocitan el discurso de lo democrático para implantar lógicas antidemocráticas, predatorias y de desposesión en las que nos encontramos.

 

AR: En esta cultura del hiperconsumismo los medios de comunicación, como se señala en el libro, tienen un sitio muy importante en la espectacularización del derramamiento de sangre. Usted llega a llamarlos “cómplices del crimen organizado”, engranajes para la propagación y popularización del capitalismo gore, lavadores de noticias. ¿Cuál ha sido su papel en el beneficio que se obtiene de la violencia?

SV: Debemos tener cuidado: no generalizo porque tengo un respeto profundo por los periodistas que están arriesgándose en pos de la noticia, pero sí hablo de ciertos medios cooptados por los Estados necropolíticos, que difaman, que espectacularizan la violencia y que buscan el titular más sangriento, más truculento, más morboso para tener grandes audiencias. No digo que todos los medios hagan este trabajo porque hay algunos que se preocupan mucho por sus noticias, que intentan acompañar a la población y darle información que de verdad es necesario que conozcamos. Pero sí hay medios que espectacularizan estas lógicas, que “lavan” las noticias porque las vacían de contenido y sólo muestran el cuerpo muerto y ponen etiquetas que ya están demasiado manidas.

Pienso, por ejemplo, cuando en el norte de México hay una persona acribillada y muerta, lo primero que el medio dice es “seguramente tenía nexos con el narcotráfico”. Puede ser que esa persona no haya tenido jamás una vinculación con éste y que realmente le hayan asesinado por otro motivo, pero está tan instaurada la mentalidad que difunden los medios que se cree que la víctima fue parte del crimen organizado.

Esa sí es una conciencia que se ha implantado mediante una repetición constante, por parte de los medios, de las imágenes violentas y de las lógicas del exterminio del crimen organizado. Así, parece que hay una homogenización de todos los casos, lo que no nos ayuda a comprender el fenómeno, lo cual también invisibiliza muchos asesinatos de víctimas de otros tipos de violencia, como la feminicida, económica y la desposesión de territorios de muchos lugares de México.

Entonces hay muchas formas de violencia que estamos descuidando porque el 90 por ciento de las noticias tienen que ver con crimen organizado, y no siempre es así.

 

AR: Al final del libro usted relata su experiencia en una vía rápida de Tijuana: iba usted con su hermana cuando de un vehículo cayó el pedazo de un hombre. Usted llega a decir que se siente responsable de su desmembramiento. En el capitalismo gore, ¿cuál es la responsabilidad de los ciudadanos en esta situación?, ¿cómo pueden ayudar a revertirla?

SV: La responsabilidad social que todos tenemos tiene que ver, primero (y va a sonar un poco contradictorio) con, justamente, no tener una perspectiva crítica sobre lo que está pasando en nuestro país y pensar que todo tiene que ver sólo con el crimen organizado.

Nuestra responsabilidad también no implicarnos activamente en las cuestiones de nuestras comunidades; por ejemplo, pensar en el argumento manídisimo de que los delincuentes “se matan entre ellos”, pero llega el día que nos toca a nosotros y decimos “no éramos parte de eso, y de repente nos convertimos en víctimas colaterales de un conflicto”. Eso no es así: nosotros vivimos en la misma sociedad que esas personas y participamos de esas lógicas de avasallamiento cuando dejamos que la gasolina y los impuestos sean cada vez más altos, cuando despreciamos a la gente, cuando somos racistas, homófobos, clasistas, cuando pensamos que porque nosotros estamos bien todo el mundo va a estarlo, por ejemplo.

Esa lógica de individualismo neoliberal nos ha llevado a que el tejido social esté descompuesto porque no estamos articulándonos en una fuerza crítica para hacer que el Estado cumpla sus potestades. Mientras nosotros pensemos que porque tenemos un trabajo fijo, que atendemos un negocio o que no nos morimos de hambre no nos debe importar la gente, caeremos en una lógica que contribuye a esa violencia.

Yo me sentí responsable de lo que mencionas porque yo vivo en esa ciudad, y nunca había visto un cuerpo descuartizado. Sabía que existían, pero no había pensado cuál era su implicación, y me sentí responsable porque era un joven y tiene que ver con el problema del juvenicidio en México. Se trata de poblaciones jóvenes y desprotegidas que no tienen un trabajo, que no tienen un horizonte y que además están criminalizadas porque parece que no hacen nada (los mentados ninis). Entonces se unen a estas filas de la delincuencia como una forma de salvar las cuestiones de clase, de la vergüenza de no tener un trabajo, de no poder participar socialmente.

Nuestra responsabilidad tiene que ver también con educarnos y educar a la gente que está a nuestro cargo, con la que vivimos, para no reproducir las violencias sexistas, machistas, homofóbicas y racistas, y para poder reconfigurar el tejido social y ser una colectividad crítica.

También hay que visibilizar diversas luchas, como las que hay por los territorios, de los padres de los normalistas desaparecidos, de las madres de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, de las mujeres que hacen campañas antiacoso en la Ciudad de México, las personas de la comunidad LGBTTTI que salen a luchar por sus derechos para ser verdaderamente ciudadanos, frente a las marchas a favor de la familia natural.

Tenemos que plantearnos ese tipo de cuestiones para que no nos coma la violencia y el tejido social vuelva a restructurarse con una lógica que no repita la del capitalismo gore.

 


*Entrevista publicada en El Búho, núm. 194, año 18, junio de 2017.