lunes, noviembre 27, 2017

En Estados Unidos no hay capos del narco. Entrevista con J. Jesús Esquivel






En Estados Unidos no hay capos del narco

Entrevista con J. Jesús Esquivel*

Ariel Ruiz Mondragón

 


El principal mercado ilegal de las drogas se encuentra en Estados Unidos, el que es abastecido desde diversas partes del mundo, especialmente desde los países al sur de sus fronteras. En éstos se han formado grandes y poderosos cárteles que se ocupan de la producción, distribución y venta de drogas en enorme cantidades.

Hasta ahora se ha documentado la operación de estas bandas criminales, pero faltaba una investigación acerca de los grupos que al interior de la Unión Americana se ocupan del trasiego de las drogas ilegales. Esa tarea fue emprendida por J. Jesús Esquivel en su libro Los narcos gringos. Una radiografía inédita del tráfico de drogas en Estados Unidos (México, Grijalbo, 2016).

Fruto de su indagación periodística, el autor explica que “los narcos gringos están muy lejos de emular a los mexicanos y a los colombianos, constituyen sólo pequeñas células o franquicias que nunca dejarán de depender del narcotráfico de México o de Sudamérica, aunque operan de manera independiente. No tienen lealtad ni compromiso de negocios con ningún cártel, aunque en la actualidad la DEA asegura que el de Sinaloa es prácticamente el amo y señor de todo el mercado estadounidense”.

Acerca de ese libro conversamos con Esquivel, quien es licenciado en periodismo por la Escuela Carlos Septién. Ha colaborado en medios como El Sol de México, Voices of Mexico, CNN, Univisión, Telesur, Notimex, Televisa, TV Azteca y el Instituto Mexicano de la Radio. Es corresponsal de Proceso en Washington.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro acerca de este aspecto tan poco conocido del narcotráfico internacional, al que llama “el eslabón perdido”?

J. Jesús Esquivel (JJE): Para poder entender la complejidad del trasiego de drogas a nivel mundial, sobre todo en la relación que tiene México con este problema tan grave de seguridad y salud pública, principalmente con Estados Unidos.

A nivel internacional se considera a Estados Unidos como la clave para poder entender cómo acabar con esta situación porque, sin duda, por el tamaño de su población y territorialmente hablando, es el mercado más grande de consumo y demanda de narcóticos. Había que tratar de explicar quiénes participan en ese país en el movimiento de las drogas, porque no sólo son los productores y los traficantes latinoamericanos, mexicanos, asiáticos y también rusos, los que participan en ese tan complejo sistema de distribución y venta de narcóticos.

 

AR: En los capítulos finales del libro hace un señalamiento muy interesante: el último gran capo en Estados Unidos fue Al Capone, allá por los años cuarenta del siglo pasado. Afirma que sólo hay “capitos” que son muy menores junto a los líderes mexicanos e incluso los rusos y asiáticos. ¿A qué se debe este fenómeno?

JJE: Son dos cosas. Primero, en Estados Unidos culturalmente la población de ese país está acostumbrada a temerle a la justicia porque tarde o temprano se aplica. Pongo un ejemplo: las personas, aunque tengan un auto deportivo muy veloz, en las carreteras muy rara ocasión aceleran más de la velocidad permitida porque saben que las pueden ver con radares y cámaras.

En Estados Unidos, aunque no necesariamente de manera imparcial o justa, siempre todo criminal llega ser hostigado; otros se salen con la suya, pero finalmente vuelven a caer. El caso de O. J. Simpson lo ilustra: él pensó que con su dinero se iba a librar, y está en la cárcel.

Por eso es que no existen capos de la talla de mandos medios (para hacer una comparación) como los que hay en México y en América Latina. Es imposible que exista un Pablo Escobar, un Mayo Zambada o un Chapo en Estados Unidos porque además hay demasiada policía. En todos los estados están divididas las policías: están la del condado, la del estado, la federal, la antinarcóticos, de aduanas, etcétera. Hay policías de todo, hasta de parques y jardines. Todas tienen que participar en el combate al narcotráfico, y súmales las agencias federales. Esto evita que haya capos de esa talla.

Además, todos los estadounidenses que participan en el negocio de las drogas tarde o temprano terminan tras las rejas. Cumplen una sentencia y, lo más grave (que es lo que no ocurre en México), les quitan absolutamente todo lo que han ganado en el trasiego de drogas, porque un juez federal ordena que hay que decomisarles todo, hasta los zapatos de la mamá porque piensan que se los compró con el dinero de las drogas.

Esa es esencialmente la razón por la cual no existen capos. Mencionabas a Al Capone, pero estamos hablando de hace muchísimos años. Desde entonces a la fecha no los ha habido, y mira cómo terminó Capone, y no era un capo internacional: era dueño, básicamente, de una ciudad y de algunas otras en otros estados. Por eso es que tampoco existen plazas ni cárteles en Estados Unidos.

Digamos que la manera más organizada de los estadounidenses que participan en el trasiego de las drogas son las pandillas porque tienen distintas representaciones en diferentes estados, pero no son los mismos. Además puede existir el club de motociclistas de los Mongoles, por ejemplo, en cuya fracción de California pueden ser asiáticos, pero te vas a un estado como Georgia y son negros. Esa es la situación.

Allá siempre han señalado a los mexicanos como los malos. Recuerdo que  cuando presenté mi libro La DEA en México hubo una persona que me dijo “estás defendiendo a los gringos”. ¿Dónde están los cárteles gringos? Pues no hay. Había que hacer este trabajo.

Creo que también era una espina que yo tenía clavada, y escribí esto porque sí me sentí incluso hasta un poco agredido porque cuando hablaba de la DEA me decían “es que nos quieres presentar a la DEA como los más fregones”. Pero quien lea el libro se dará cuenta de que lo único que hago es decir cómo se visten, qué comen, cómo trabajan y nada más.

 

AR: En el libro relata la historia en Chicago de Dana Bostic, Bird, líder  negro de una banda. Al principio también está la historia de otro traficante, don Henry Ford Jr., una especie de cowboy, por ejemplo. ¿Qué tan emblemáticos del narco gringo son esos dos personajes?

JJE: Revisé miles de encausamientos judiciales de cortes federales y estatales porque quería hacer una representación de lo máximo a lo que se puede aspirar en el tráfico de drogas en Estados Unidos. No encontré a ningún capo en ellos. A Bird lo encontré gracias a las preguntas que le hice a Jack Riley, el jefe de operaciones de inteligencia de la DEA, que durante muchos años fue el jefe de esta agencia en Chicago. Para que te des una idea de cómo no hay un gran capo, estábamos en su oficina y le dije “dame nada más un nombre que consideres”. “No, pues no hay”; y lo pensó hasta que sus asesores le dijeron: “Sería Bird”. Más que destacar su papel, creo que la razón por la cual está mencionado es para que la gente lea y entienda cómo funciona el movimiento de las drogas, contrario a lo que se ve ahora en telenovelas, películas y las grandes historias sobre esto. Parece que en México hacemos héroes a criminales, lo que me parece a mí muy lamentable. Es un comentario personal, nada en contra de mis colegas que han escrito esas cosas.

Don Henry Ford Jr. es un superpersonaje para poder entender cómo piensan los estadounidenses metidos en las drogas, porque es ranchero, texano, galán y blanco, que quería hablar español para mejorar en el negocio de las drogas. Se fugó de la cárcel, lo volvieron a detener, se vino a vivir a México para eludir a la justicia, y finalmente se fue para allá para que lo agarraran de una vez. Ya que salió de la cárcel se quedó sin nada, y te dice que terminó más pobre que cuando empezó en el negocio de las drogas. Por eso fue elegido, tan es así que es la portada del libro.

 

AR: También me llamó mucho la atención la figura del bróker, que usted dice que es las más importante en el narco en Estados Unidos. Comenta que son personajes independientes, que no trabajan con un solo cártel. ¿Cómo funcionan?, ¿cómo los cárteles permiten que esto ocurra?

JJE: Los brókers son, sin duda, narcos independientes. Ellos, básicamente, ni venden la droga; son los intermediarios que contratan las narcobodegas, las casas, el transporte, que buscan, entre las pandillas de las ciudades, quiénes pueden trabajar, aunque no las van a ver directamente sino que buscan otro intermediario. Es decir, el bróker es un contratista subcontratista inteligente, que no está ligado a nadie y, además, es el único que tiene contacto directo con las grandes corporaciones del crimen organizado mexicano y latinoamericano.

Pero la pregunta me parece muy importante: ¿por qué los cárteles no los obligan a trabajar para ellos? Porque son muy inteligentes. La razón es que siempre tratan de evitar que quede todo rastro de su negocio, y más en Estados Unidos. Saben lo que yo te menciono: que, tarde o temprano, los brókers van a caer.

Si un bróker tuviera ya una relación más arraigada con cualquier cártel, cuando lo capturaran, obviamente, hablaría, sobre todo porque la mayoría de este tipo de personajes negocian con las autoridades para que les disminuyan las sentencias y los hacen testigos protegidos. Por librar el pellejo empiezan a hablar. Los narcotraficantes mexicanos tanto evitan dejar huella como facilitar el movimiento de las drogas para ver qué brókers pueden trabajar con ellos y con otros al mismo tiempo. No existe una alianza corporativa.

 

AR: También es muy interesante el aspecto de los camioneros.

JJE: Que tiene que ver mucho con la infraestructura fronteriza. Yo siempre he dicho que nosotros, que nacimos lejos de la frontera norte de México, desconocemos muchos aspectos que se dan todos los días, a cada hora y en todo momento. Creo que el simple hecho geográfico de que compartamos más de 3 mil 500 kilómetros de frontera con Estados Unidos, y que sea la puerta más importante para el comercio y movimiento de personas legales (olvídate de las cuestiones ilegales), es un panorama muy complejo para poderlo entender.

Es lógico que las drogas que van a Estados Unidos no se van a ir en un viaje de American Airlines, y es allí donde el transporte terrestre juega un papel fundamental, porque tanto pueden llevar naranjas y aguacate como drogas hasta Maine o Dakota del Norte.

Es allí donde otra vez el bróker es muy importante, porque él se pone en contacto con los camioneros y, además, aprovecha también para hacer otros negocios ilícitos porque tiene conocimiento del mercado libre y la infraestructura que hay en la frontera.

 

AR: Otros personajes clave son los pandilleros. ¿Cómo han incidido las bandas mexicanas en la formación, organización y funciones de ellas? Menciona, por ejemplo, la relación de Vicente Carrillo con el Barrio Azteca, quienes tuvieron una vinculación directa.

JJE: No tanto en la organización porque todas las pandillas estadounidenses tienen mucho que ver con las prisiones y los barrios. Siempre nos han enseñado más de las pandillas de Los Ángeles por estar cerca, pero las hay de negros, rusos, irlandeses e italianos.

La ventaja en el caso que me mencionabas de los cárteles mexicanos y las pandillas de origen hispano es que comulgamos con el mismo idioma, aunque a la mejor muchos pandilleros hispanos no lo hablan tan bien, pero de alguna manera tienen esa cultura porque vienen de mexicanos o de latinoamericanos y nos entendemos mejor. Esto lo aprovechan los cárteles mexicanos porque aquellos son de Estados Unidos y, como son criminales, pues de alguna manera podrían contactarse con otros blancos, asiáticos y europeos. Es allí donde la ramificación de ese movimiento criminal se extiende por todo Estados Unidos, pero sin pertenecer a nadie, que es la gran diferencia.

Hay un tronco, obviamente, pero está en México, que son los narcos que tanto pasan las drogas como los que ponen los precios; los de allá facilitan y dicen: “A mí solo me entregas tanto, y el resto, como tú lo quieras vender y a cuántos quieras contratar, es asunto plenamente tuyo”. Y como en Estados Unidos, reitero, existen tantas policías, si el narco es inteligente dice: “Pues yo le vendo a Pancho, que vive en San Luis; a Casimiro, que está en Chicago; al otro que vive en Nueva York”, etcétera, y se pulveriza ese gran paquete, que se distribuye y al final las ganancias son exactamente iguales. Se oye feo, pero esto genera empleo ilegal en el otro lado, aunque sabes que no va a durar mucho tiempo.

 

AR: Otro asunto son los sectores sociales que participan en el negocio de una u otra forma. Hay dos ejemplos: las familias que rentan sus casas como narcobodegas, y los rancheros de Arizona, quienes facilitan el paso por sus terrenos y cobran.

JJE: Para las narcobodegas, específicamente la renta de casas, hay familias que se prestan, y también hay gente de la industria de los bienes raíces que, con dinero en efectivo, puede rentar una casa por un mes o semanas, lo cual está fuera de lo tradicional en la industria de la vivienda en Estados Unidos, donde firmas un contrato de mínimo un año de renta de una casa. En este caso no, porque puedes llamar la atención y porque al narcotraficante sólo le interesa tener la droga ciertos días y luego la mueve. Si reincides o repites, pues levantas sospechas tanto de los vecinos como de las autoridades, y alguien te puede poner el dedo porque al vecino de enfrente no le gusta que sólo en la noche ve la luz prendida o cualquier tarugada que se te ocurra.

Pero las familias fronterizas, sobre todo de origen hispano y mexicano, que están allí por razones económicas, y si se ganan una lanita por prestar el garaje de su casa dos días nada más y no ves ni mueves nada, lo hacen. No hay que olvidar que una vez que la droga cruza la frontera se tiene que distribuir, aunque se tiene que almacenar en un lugar oculto.

Esa es la gran razón por la cual yo siempre he considerado a El Paso la narcobodega más grande que existe en Estados Unidos, y de allí las drogas se mueven para todos lados.

Lo mismo ocurre con Arizona, que comparte una frontera muy porosa con Sonora, que es desértica. Si recorres la zona entre Douglas, Arizona, y Nogales, la frontera es puro desierto, pero extrañamente dice ranchos ganaderos, y sí hay vacas, pero lo extraño es que por allí entran las drogas. ¿Cómo es posible entender que haya rancheros que hasta se quieren convertir en patrulleros fronterizos que quieren matar migrantes, y que esos rancheros, que a lo mejor no están vendiendo vacas todos los días, tengan dinero, siendo Arizona uno de los estados más pobres de la Unión Americana? Pues permiten que los narcotraficantes usen sus terrenos para pasar la drogas. Esa es la única razón.

Nunca hay que perder de vista que el narcotráfico existe porque genera dinero, y este les gusta a todos, sobre todo a los estadounidenses.

 

AR: También está la utilización de las mujeres y de los viejos, las narcogringas y los narcoviejitos, para el traslado de drogas. ¿Se ha endurecido la persecución sobre ellos?

JJE: Te repito: precisamente creo que el objetivo de los narcos gringos es que se entienda, antes que nada y más con casos específicos, que el suyo es un país muy grande y que, aunque nos duela reconocerlo a muchos mexicanos, allí sí se respetan los derechos de las personas, porque puedes demandar, y tengas dinero o no, ganas.

Entonces esta situación de los viejitos y de las mujeres forma parte de la estrategia de no generar atención de las autoridades. ¿Cuándo vas a sospechar que un viejito esté meneando dinero o hasta droga, sobre todo si es blanco? Pero no hay tanta persecución porque ya las autoridades tengan esos perfiles, porque imagínate que un agente federal se equivoque y que del susto le provoque un paro cardiaco al viejito, pues no se la va a acabar la agencia federal con la demanda que le van a meter los familiares del viejito o hasta el propio viejito. Ese es el problema, esa es la dificultad, porque puedes llegar a la orilla de la legalidad para aplicar la ley, y el gran riesgo es ese.

Ahora están más atentos, utilizan más los sistemas de inteligencia, aunque allí no se aplica porque un viejito no se va a estar comunicando con un radio con números codificados con alguien. A él le dicen: “Oiga, abuelito, ¿se quiere ganar esta lana para que le ayude a comprar su chocolate y su churrito?”. Pues sí, y lo hace, pero sin tanto riesgo.

 

AR: Señala que las del libro también son historias de racismo y de clasismo. Da algunos números de las personas que caen en la cárcel, y la mayoría siguen siendo negros, latinos, mexicanos. ¿Cómo se expresa eso en el ámbito del narcotráfico?

JJE: Con el simple número de prisioneros que hay en las cárceles federales por delitos relacionados con las drogas: la mayoría son negros, y luego vienen los hispanos y los asiáticos. También hay anglosajones, lo que no es descubrir nada nuevo, pero Estados Unidos es un país racista hasta la fecha. El ejemplo más claro es Barack Obama: llegó siendo negro a la presidencia, pero los blancos del Partido Republicano le hicieron hecho la vida pesada.

Es muy interesante el tema de las sentencias, que son más notorias para los delitos federales, como el tráfico de drogas. Si revisas los encausamientos judiciales sin conocer de qué color tiene la piel el encausado, extraña al comparar y revisar los documentos cuando ves que a uno lo sentencian a 7 años en la cárcel y a otro a tres por la misma cantidad de droga. Si te pones a investigar, resulta que el primero es negro y el segundo blanco.

Yo menciono también mucho el caso de las narcogringas: un policía no va a detener a una rubia de ojos azules porque físicamente tiene ese perfil, pero si ve a una señora latina o negra en una camioneta la detiene simplemente por inercia.

¿Cuántos casos hay en Estados Unidos que no tienen que ver con el narcotráfico, de afroamericanos que se han superado educativamente, que son abogados o gente que mueve dinero en Wall Street, y como tienen para comprarse un auto más caro, fuera de lo común, salen a comprar cualquier cosa, y los detienen porque son negros? Son sospechosos.

Los perfiles raciales siguen siendo uno de los graves problemas que existen en Estados Unidos, y no lo reconocen: si tú les dices que son racistas dicen que no. Si le preguntas a Donald Trump si lo es, te va a decir que no; sin embargo está diciendo que todos los mexicanos somos violadores y narcos. Eso es racismo.

Por eso insisto en que el problema del narcotráfico en Estados Unidos es un tema de salud pública pero también de educación.

 

AR: Un agente de la DEA le comentó que sin el narcotráfico American Express o City Bank irían a la quiebra. ¿Cómo el narcotráfico ha hecho funcional a la economía estadounidense?

JJE: No tanto como en México. Es una exageración decir que es una parte fundamental de la economía de Estados Unidos porque sigue siendo una potencia económica, aunque tal vez ya no la primera (tengo mis dudas porque creo que China los ha superado). El porcentaje de dinero proveniente de las drogas que se queda en Estados Unidos es muy pequeño en comparación al que llega a México. Pero los que trabajan tienen que comprar ropa, tienen  que pagar la vivienda, compran autos, compran casas.

Hay que ver nuevamente la inteligencia de los narcos mexicanos, que contratan un ejército de personas para hacer transferencias bancarias al límite de lo que permite la ley en Estados Unidos: nunca superan los 10 mil dólares para evitar la investigación o la aclaración de dónde proviene el dinero. Esto lo saben las autoridades, los departamentos del Tesoro y de Justicia. ¿Por qué no modifican las leyes para evitar que las empresas permitan ese movimiento de dinero tan fácil, al que uno de los entrevistados llama “movimiento de droga embudo”? Efectivamente es como un embudo: son cantidades en pequeño, pero a final de cuentas todo sale por allí. Imagínate que vas a mover 20 millones de dólares, pero de ellos tienes que pagar un millón para que la gente lo mueva. ¡Pues es una ganancia increíble! A cualquier gente con necesidad económica le dicen: “Me haces esta transferencia de 9 mil dólares y te doy 200”. Pues sí lo hacen porque no les cuesta nada y no están haciendo nada ilegal.

 

AR: En los capítulos finales habla de que hay algunos estados que han legalizado la mariguana para usos médicos y otros también para usos recreativos, pero la ley federal sigue siendo restrictiva. ¿Qué problemas ha generado que haya estos dos esquemas?

JJE: Está empezando a crecer esta tendencia a legalizar las drogas, sobre todo la mariguana. Se han dado cuenta de que en términos de educación y de consumo sí está funcionando. Hay gente que sigue fumando mariguana por uso recreativo en estados que no son tan liberales como Colorado, por ejemplo, y los que producen la mariguana pues tampoco son tontos. Entonces lo que está empezando a surgir es el tráfico interestatal de mariguana: si en Arizona, estado vecino de Colorado, no se permite, y yo vivo en la orilla de Colorado y tengo la licencia para producir mariguana, como no vigilan tanto ¿qué me cuesta llevarme en mi carro un kilo y se lo vendo a un cuate de Arizona y que él se encargue de distribuirla? Está empezando a crecer ese problema; todavía no es muy grande, pero cuando esto se generalice, yo creo que va a causar un conflicto para promulgar leyes a favor de la despenalización de la mariguana.

 

AR: También habla de las series sobre el narco. Cita The Wire y Breaking Bad. Hay quejas de que la primera da tips para los delincuentes, ¿qué hay sobre esto? Por otra parte, ¿los medios estadounidenses cómo han reflejado el narcotráfico?

JJE: Hasta la fecha sigo pensando que The Wire es la mejor serie para reflejar el problema, que es a nivel micro, que es la venta de drogas en una ciudad, que se concentra en este caso en Baltimore. Pero imagínate si hicieran series por ciudad: no nos alcanzaría la vida para verlas todas.

Breaking Bad, aparte de sus tintes cómicos, también te demuestra que los estadounidenses, con esa ansiedad que tienen por la falta de una estrategia federal de salud pública, son capaces de producir sus drogas aunque sean mortales.

Los medios: cuando se habla del narcotráfico en Estados Unidos los mexicanos nos quedamos acostumbrados a que la noticia se publique en The New York Times o Washington Post, de otra manera no es nota; pero los periódicos locales en Estados Unidos tienen su sección policiaca, y de verdad, revísalos: todos los días tienen que reportar en la comunidad local a cuántos ciudadanos detuvieron, y la gran mayoría de ellos son por narcotráfico, pero que no son nota para un medio nacional. Si metieron a un muchacho a la cárcel por dos bolsitas de metanfetaminas no es nota, pero es un narco gringo, un pequeño distribuidor de drogas que es parte del rompecabezas.

Esa es la intención de Los narcos gringos: no dejar fuera esas piezas porque si no el rompecabezas no te queda completo, sin importar que los grandes medios nunca asuman un tema como este, y nunca lo van a abordar porque saben que estarían escupiendo para arriba y les va a caer en la cara.

 

AR: ¿Cuáles han sido los efectos del movimiento del mercado, que se ha ido más hacia la heroína y hacia las metanfetaminas mexicanas?

JJE: Eso tiene que ver mucho con lo que cuestan las drogas. Los narcos mexicanos son muy inteligentes y tienen perspicacia para proveer un mercado que les exige. ¿Qué ocurrió? Que de repente en Estados Unidos las nuevas generaciones no podían conseguir cocaína o mariguana de buena calidad por el precio, y cayeron en el consumo de las medicinas controladas, que se venden con receta. Cuando el gobierno de Estados Unidos se dio cuenta de que se estaban consumiendo mucho el antigripal Contact, lo que hizo fue modificar la ley a nivel federal y se regularon todas esas medicinas. Allí fue donde surgieron los breaking bads. ¿Te acuerdas del Cártel de Jalisco, que empezó a producir mucha metanfetamina hace 10 o 15 años? Pues esa era una cuestión química que también en Estados Unidos se empezó a desarrollar, y, por ejemplo, los grandes laboratorios de metanfetamina en Florida son una cosa caótica.

¿Los mexicanos cómo iban a competir con eso? Pues abaratando. Producen una heroína tan mala como la negrita, la cafecita que se produce en la Sierra del Terrero o en la Sierra Madre en Durango, en Coahuila, y llenaron el mercado de heroína. Entonces a un chavo sin lana y drogadicto le venden heroína más barata que la metanfetamina.

Lo que ocurre es, aparte de una crisis de consumo de heroína, que hay clases sociales: en la parte Este de Estados Unidos tienen un nivel de vida más alto y distinto nivel educativo que los que viven en la Costa Oeste o en el sur de Estados Unidos. Como tienen más dinero pues consumen otro tipo de heroína, la asiática, la blanca; pero ahora ya hasta el Cártel de Sinaloa, con un ejército de narcos y químicos colombianos, está haciendo la cafecita o negrita como blanca.

 

AR: Dice usted que el problema de las drogas es de educación y salud pública. Al principio hace un recordatorio interesante: que Ronald Reagan fue el único mandatario que hizo una campaña para prevenir el consumo de drogas y para rehabilitar a los adictos. ¿Por qué lo hizo?, ¿por qué Estados Unidos abandonó esa estrategia?

JJE: Tienes que acordarte que cuando Reagan fue presidente hubo muchas ejecuciones en Florida por el tema de la cocaína, lo que tenía mucho que ver con Colombia. Miami era una ciudad fea, nadie quería ir porque, además de que estaban jodidos económicamente, se andaban matando en las calles los cubanos, los colombianos, lo que generó miedo.

Para evitar ese desprestigio y el miedo Reagan, a través de su esposa Nancy —se supone que la figura de la primera dama en Estados Unidos tiene que ver con temas sociales, de salud—, se encargó de promover la campaña de decir no a las drogas, pero ha sido la última. Después nacieron dependencias federales dedicadas a esto, como el zar antidrogas, que ha sido un fracaso, primero porque, insisto, se necesita un programa de salud pública a nivel nacional pero con dinero. Sin presupuesto no se puede hacer.

Después han ocurrido otros contextos de política nacional e internacional que han desviado totalmente la atención del Poder Ejecutivo y Legislativo del tema de las drogas. Hubiera sido ilógico y estúpido que en 2001, con los ataques terroristas, Bush se hubiera dedicado a combatir al narco cuando tenía que combatir a los terroristas. Yo me acuerdo de que en la DEA han dicho que lo peor que puede haber ocurrido para sus objetivos fueron los ataques terroristas porque les quitaron presupuesto para dedicarlo al combate internacional contra el terrorismo.

 

AR: Operan de manera conjunta y eficaz las bandas mexicanas con los brókers y las pandillas. ¿Así ha sido la cooperación entre los gobiernos de México y Estados Unidos para combatir el narcotráfico?

JJE: Se ha modificado. No vamos tan lejos: Felipe Calderón no supo ni cómo le entró al tema de las drogas, y en Estados Unidos estaban encantados con él porque con las estupideces que estaba cometiendo la DEA se metió hasta la cama con la procuradora Marisela Morales.

Lo que hizo Peña Nieto fue precisamente acabar con esa injerencia tan fuerte, lo que yo creo que se tenía que hacer, y la cooperación se modificó al intercambio de información e inteligencia de manera más ordenada. No estoy diciendo que Peña Nieto lo esté haciendo bien porque estamos igual que con Calderón. Lo que pasa es que ahora los medios se han alineado y ya no se publica tanto del narco, pero eso tan no funciona que Estados Unidos sigue siendo el mercado más importante para el Cártel de Sinaloa. Eso quiere decir que ni allá ni acá han tenido éxito.

La cooperación bilateral a veces se deja llevar por la frivolidad: el Chapo, todo el mundo hablando de él y desde hace años dejó de ser la gran figura del Cártel de Sinaloa. ¿Cuántos años se escondió y estuvo en prisión? En Estados Unidos decían que el Cártel de Sinaloa no es el Chapo. Hasta en la frivolidad hemos caído.

 

*Entrevista publicada en Horizontum, 5 de junio de 2017.

lunes, octubre 30, 2017

La manipulación de las fuerzas armadas. Entrevista con Ana Lilia Pérez





La manipulación de las fuerzas armadas

Entrevista con Ana Lilia Pérez*

Ariel Ruiz Mondragón


Muy discutido ha sido el papel que se le ha otorgado al Ejército mexicano en la lucha contra la delincuencia organizada, fundamentalmente en la guerra contra las drogas. En efecto, han menudeado las polémicas sobre aspectos tan diversos que van desde su escasa preparación para asumir tareas de seguridad pública hasta la constitucionalidad de su intervención.

En su libro Verdugos. Asesinatos brutales y otras historias secretas de militares (México, Grijalbo, 2016) Ana Lilia Pérez toma el asesinato de dos migrantes centroamericanos a manos de un soldado mexicano para desarrollar críticamente algunos aspectos de la actuación de las fuerzas armadas en los últimos años. Pero no se limita a esto, sino que recupera desde las escuelas donde son formadas, hasta su utilización por los últimos titulares del Poder Ejecutivo, así como importantes antecedentes de algunos militares con el narcotráfico.

Sobre ese libro conversamos con la autora, quien es licenciada en Periodismo por la UNAM, además de que ha realizado diplomados en la Academia Mexicana de la Historia, la Universidad José Martí, de La Habana, y el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Ha colaborado en medios como Esquire, CNN, El Financiero, La Jornada, Milenio, Excélsior, Contralínea, Cambio, Variopinto y Newsweek en español. Autora de cuatro libros, ha obtenido premios como el Nacional de Periodismo del Consejo Ciudadano, Leipziger Medienpreis y Golden Victoria.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro tan crítico como el suyo sobre el Ejército en la guerra contra el crimen, especialmente el narcotráfico?

Ana Lilia Pérez (ALP): Primero quiero comentar que este libro es un proyecto de bastantes años que comencé a partir de la investigación que hacía sobre el asesinato de dos migrantes centroamericanos, que está narrado en el último capítulo. A partir de que tuve conocimiento del crimen de un militar que asesinó a sangre fría a dos menores de edad centroamericanos comencé a investigar el caso; era el año 2003, y el director de una organización internacional que da protección a niños en situación de calle en diversos países buscaba llevar al Estado mexicano ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos para que se juzgara en instancias internacionales la actuación de estos militares, tanto del soldado que asesinó a estos migrantes como de quienes llevaron una parte del proceso judicial y que al final quedó en impunidad.

Entonces comencé a investigar este caso y a reconstruir cómo había ocurrido el crimen; fue un amplio trabajo de campo, labor que me llevó lo mismo a Centroamérica que a diversas áreas de México, incluida la zona donde fueron asesinados estos migrantes. Así reconstruí desde distintas perspectivas este caso y los diversos ángulos que hay en torno a este crimen.

Pero me di cuenta de que hay un ángulo que merece mucha atención, que es la situación mental del militar que los había asesinado, un cabo que tenía un nivel bajo dentro del Ejército, y que, sin embargo, tenía encomendada la vigilancia de los pertrechos de todo el batallón. Él podía disponer, como lo hizo, de las armas y de las municiones con las cuales asesinó a estos migrantes; él estaba en servicio cuando lo hizo, lo que pude comprobar a pesar de que en aquellos tiempos el Departamento de Estado de Estados Unidos le envió un documento al entonces presidente Vicente Fox, en el que pedía información sobre este caso. El gobierno mexicano respondió que el militar no estaba en funciones; sin embargo la investigación periodística que realicé demuestra todo lo contrario: el propio militar manifestó que había escuchado la orden de salir a ejecutar una misión, que consistía en matar personas, y que él a quien iba a matar en esos momentos era a su familia, que vivía en una zona muy cercana al campo militar.

Reconstruir esta historia me hizo pensar mucho en el destino, porque por diversas circunstancias aquella madrugada estos migrantes, que iban rumbo a Estados Unidos, habían sido bajados del tren presionados por los vigilantes. Tuvieron muchas circunstancias adversas esa noche, que los llevaron precisamente a dormir en ese descampado donde se encontraron con el militar. Algo muy importante: cuando este los estaba asesinando a sangre fría, a quienes estaba mirando no era a un grupo de migrantes o de personas extrañas que dormían, sino a los compañeros del batallón, quienes constantemente lo humillaban y lo maltrataban. Fue un momento en el que él supuso que estaba atacando a quienes lo habían agredido a él de manera reiterada. A mí me hace pensar entonces en este ángulo de la situación mental de los militares y qué tan frecuente era este tipo de casos.

Eso me llevó a una investigación mucho más amplia y a considerar un dato duro que se incluye en el libro: cada año más de 400 militares en México son atendidos por afectaciones mentales. Después escruto cómo estas afectaciones mentales tienen que ver con la propia estructura militar.

Me planteé el libro como un compromiso con aquellos menores que fueron asesinados impunemente. Yo quería contar la historia de su vida y la tragedia de su muerte porque no obtuvieron justicia, para que se haga conciencia de que este tipo de casos no pueden continuar.

Invito a los lectores a revisar este libro donde yo cuento información que, espero, contribuya también a que pensemos cómo vamos a recomponer las instituciones en este país.

 

AR: ¿Cuál es la lógica con la cual se ha educado a estos militares que han participado en esta guerra contra el narcotráfico desde los años setenta? Menciona usted desde el Colegio Militar hasta la escuela kaibil, pasando por la Escuela de las Américas.

ALP: Hablamos de modelos de milicia que tienen, incluso, influencia de las fuerzas armadas estadounidenses; por ejemplo, de grupos especializados en contrainsurgencia y antimovimientos sociales. Son fuerzas que se crearon a partir de la llamada Escuela de las Américas, que desde los años cincuenta hasta los setenta fue una de las escuelas militares más polémicas a nivel mundial, y que se encontraba en Ciudad de Panamá.

Para esta investigación conocí lo que fue la vieja Escuela de las Américas, pero ya convertida en un área distinta; pero sí tiene todavía influencia en el modelo de milicia que se enseña a nivel internacional. ¿Dónde se aplica? En años más recientes se ha trasladado a las escuelas de las propias bases estadounidenses, a donde se envía a militares de todo el mundo, incluidos mexicanos, a recibir este tipo de adiestramiento.

Otra de las escuelas donde más se aplica este tipo de directrices es la llamada escuela de kaibiles, o Centro de Entrenamiento Kaibil, en el Petén, en Guatemala. A nivel internacional los propios militares le llaman “el Infierno”, por las condiciones físicas de la zona donde se ubica este plantel, un trecho muy amplio del municipio del Petén, fronterizo con la zona sureste de México. Está enclavado en una selva agreste que tiene ríos llenos de cocodrilos y animales propios de ese tipo de ambiente natural, en la cual se entrena a los militares para las pruebas de fortaleza y sobrevivencia. Entre las pruebas de este curso de especialización, que dura más en promedio 60 días, están cruzar ríos llenos de cocodrilo y preparar a los militares para que puedan “dominar la noche”, como le llaman ellos. ¿Qué significa esto? Que ellos van a poder perseguir todo lo que se mueve y todo lo que hay a su alrededor en una oscuridad completa, sin que el enemigo o que la persona a la que están vigilando y que van a atacar pueda percibir que ellos están allí.

Este modelo de entrenamiento es, más de la mitad, una cuestión psicológica. La manera en que se impone este tipo de entrenamiento es algo sobrehumano, porque se ponen pruebas extremas, y no todos los que están entrenándose en estos centros son capaces de soportarlas. De ellos se deriva el reducido número de militares que cada año pueden graduarse como kaibiles.

Algo que debe llamar la atención es que, después de Guatemala, el país que tiene el mayor número de kaibiles es México.

¿Qué ha pasado con estos militares? En el caso de México hay muchos militares de estos grupos de élite que, en vez de servir al propio Ejército, como es su función y para lo cual se les prepara, están reclutándose con el crimen organizado.

 

AR: La historia que hace en el libro comienza con el general Humberto Mariles, en 1972, aunque hay menciones desde tiempos de Díaz Ordaz y, por supuesto, llega hasta el gobierno de Enrique Peña Nieto. En este periodo ha habido en el país un proceso de democratización. ¿Qué ha ocurrido con este y el Ejército?, ¿qué papel tuvo éste en la democratización y cómo ha cambiado?

ALP: No entiendo a qué le llamas este proceso de democratización…

AR: Por ejemplo, a gobiernos de varios partidos, a gobiernos divididos…

ALP: Ese es un planteamiento interesante porque suponemos que en el cambio de la democracia mexicana, en las transformaciones que ha habido con el cambio de estafeta hacia gobiernos de oposición, con Vicente Fox, después con Felipe Calderón y ahora con el regreso del PRI, algo debía pasar con las fuerzas armadas. Sin embargo éstas han sido utilizadas a modo del gobierno en turno. Para ellas no han impactado los cambios que ha habido en los colores del partido en el gobierno, porque las fuerzas armadas, para la mala fortuna de ellas mismas y en detrimento de la propia institución, han sido utilizadas en México a criterio del Ejecutivo federal.

En el papel de la estructura formal, el Ejecutivo federal tiene la función de comandante supremo de las fuerzas armadas. Sin embargo, en México hemos visto cómo se ha utilizado al Ejército en algunos casos para amedrentar disidentes, para hacer el trabajo sucio en algunas ocasiones. Eso lo vimos desde Tlatelolco en 1968 y se ha visto de manera reiterada en entidades como Guerrero, que han estado prácticamente militarizados desde aquellos años sesenta y setenta, y se sigue viendo a partir de la llamada guerra contra las drogas, que no fue más que la estrategia fallida de un presidente que sacó a los militares a las calles sin que previamente se hiciera un análisis de la situación que tenían las fuerzas armadas en esos momentos, ni tampoco el papel que desempeñarían en estas funciones que competen a las fuerzas de seguridad pública y no al Ejército. Es decir, sigue la manipulación que se ha hecho de las fuerzas armadas.

A esta manipulación la identificó como uno de los factores que han impactado de mala manera a las fuerzas armadas, porque este manejo se ha hecho de manera discrecional por parte de los altos mandos.

Creo que ni siquiera el presidente ha respetado el papel que deben tener las fuerzas armadas en la sociedad, y esto ha ido en detrimento de la propia institución pero también de la ciudadanía, porque hemos vistos casos de violencia extrema en la cual se ha vinculado a los militares con afectaciones a sectores de la sociedad civil sin que se aplique la justicia de manera transparente. Las fuerzas armadas siguen teniendo una especie de fuero en el país.

 

AR: Relata en su libro muchos casos de abusos de militares, que van desde el robo hasta asesinatos pasando por secuestros y extorsiones. Al respecto, ¿qué tan eficiente ha sido la propia justicia militar? Por allí recupera algunos casos que sí fueron juzgados; por ejemplo, se anota que de 1990 al 2011 alrededor de 500 militares han sido dados de baja por mala conducta.

ALP: No ha habido mucha transparencia en este tema. La historia central del libro, que es la del crimen de Delmer y José David, es un ejemplo de cómo la justicia militar protege a sus propios integrantes y se maneja con criterios muy distintos de los de las autoridades civiles. En este caso, por ejemplo, la autoridad militar decía que el soldado estaba trastocado mentalmente; las autoridades civiles decían que no, que tenía perfecta conciencia del crimen que había cometido, que lo había hecho con todas las agravantes y que tenía que ser sujeto a purgar una condena que le impuso un juez civil. Pero hubo criterios encontrados, como ocurrió recientemente en otros casos como el de Tlatlaya, en el que la autoridad civil llegó a una determinación, y la militar a otra totalmente opuesta.

Entonces en el caso de cómo se han tratado los crímenes militares no ha habido claridad, sino una aplicación discrecional de la ley, a criterio de la autoridad militar únicamente, sin que se rindan cuentas a la ciudadanía. Esto lo vimos durante muchos años, hasta que se habló de esta reforma en la que se trató de eliminar el fuero militar. Se supone que esto cambió en años recientes; sin embargo, ya en la aplicación efectiva vemos que continúa de la misma manera.

Creo que esto ha provocado y fomentado también la impunidad que alienta que miembros de las fuerzas armadas sigan incurriendo en actos ilegales, puesto que suponen que no se les va a aplicar la ley por este fuero del cual gozan los militares.

Pienso que este es otro de los factores que ha hecho que la propia institución se vea afectada.

 

AR: Otra historia que está en el libro es el de las torturas que se practican al interior del Ejército. ¿Cómo ha ocurrido esto? Parece ser muy grave.

ALP: Así es. A partir de la guerra contra las drogas la Comisión Nacional de los Derechos Humanos comenzó a recibir muchas quejas y denuncias, algunas de las cuales generaron recomendaciones en contra de las fuerzas armadas mexicanas, en las que se denunciaba la tortura como una mecánica para la obtención de confesiones de civiles. Pero encontramos también casos de militares que denuncian haber sido objeto de torturas por parte de sus propios mandos y compañeros. Se ve como una práctica común dentro de las fuerzas armadas.

También documento cómo hay otro tipo de prácticas de acoso y de tortura sistemática que se aplican con el pretexto de que son parte del entrenamiento militar, y que se practican en las instalaciones castrenses. Son prácticas muy asociadas a la dinámica de la vida militar y se ven como algo común; sin embargo, ¿qué ocurre cuando incluso se llega hasta el crimen contra las personas de quiénes están obteniendo una confesión? Esto ha ocurrido y en casos muy graves.

Hace poco se ha difundido un video en el que se ve a militares que torturan a una mujer para sacarle una confesión; es una práctica que se ha denunciado y que ocurre dentro de las propias instalaciones militares, lo que merecería la mayor atención no solo del secretario de la Defensa sino de los miembros de la sociedad civil. Debe plantearse, si esa es la mecánica que usan los militares, qué tanto habrá afectado a personas que hoy están en prisión acusadas por la Secretaría de la Defensa Nacional.

 

AR: Otro tema que no es tan tocado en el libro pero que creo importante son las condiciones laborales de los soldados.

ALP: Ese es otro elemento en el que también se debe poner cuidado porque los militares tienen salarios muy bajos en México; incluso con los incrementos que se les hicieron durante el gobierno de Felipe Calderón aún son muy bajos, y es precisamente este factor el que, según dicen los militares, los lleva a reclutarse con el crimen organizado. Esto pasó, por ejemplo, con muchos miembros del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales que fueron reclutados por los Zetas; esto ha pasado también con los kaibiles, quienes regresan a sus tropas a percibir salarios muy bajos. Entonces siempre lo que perciben debe cuidarse, porque esto puede generar que se recluten con el crimen organizado, como lo han hecho.

 

AR: Algo que llamó mi atención es que, cuando menos desde la Guerra sucia, muchos militares más bien están entrenados para la guerra contrainsurgente; sin embargo, se han ido a la guerra contra el narcotráfico. Una figura emblemática es Miguel Arturo Acosta Chaparro. ¿Cómo ha enfrentado el Ejército ese paso de la lucha contrainsurgente a la lucha contra las drogas?

ALP: Creo que las fuerzas armadas mexicanas no estaban preparadas para que se les sacara a las calles para las tareas de combate al narcotráfico, porque desde el momento en que eso se hizo el crimen organizado ya había infiltrado las estructuras del Ejército. No es algo nuevo: en México lo padecemos cuando se supo de los Zetas, exmilitares y militares que habían pedido su baja temporal y que desertaron de las fuerzas armadas para reclutarse como guardaespaldas del Cártel del Golfo, de Osiel Cárdenas Guillén. Al poco tiempo crearon su propia organización criminal que hoy, a solo unos cuantos años, es uno de los cárteles más violentos y mejor organizados a nivel internacional.

Considero que cuando el gobierno decidió que los militares se iban a hacer cargo de las tareas de combate al narcotráfico se ignoró esa parte tan delicada que era si militares se estaban reclutando con el crimen organizado, como ya lo estaban haciendo. Entonces esto sí tiene que ver con una parte económica: a los soldados les resultaba mucho más redituable reclutarse con el crimen organizado, pero también con el desencanto que muchos tenían de las propias estructuras de las fuerzas armadas, donde se habla de un código militar y de una ética que a veces no se cumple. Estos son elementos que no consideró el presidente Calderón cuando llevó a los militares a estas tareas contra las drogas, además de que no se capacitó a los militares para la vinculación que tendrían con la sociedad civil en estas nuevas tareas que se les estaban encomendando, lo cual explica también el fracaso de la llamada guerra contra las drogas.

Lo podemos ver con números duros: la Procuraduría General de la República (PGR) tiene una lista de los cárteles y organizaciones criminales que operaban antes de que se diera la guerra contra las drogas, antes de que se sacara a los militares a las calles; si la comparas con la lista actual de la propia PGR, son exactamente los mismos cárteles con sus escisiones más nuevos grupos que han surgido. Con esto podemos medir el fracaso, aunado también al poder que en la actualidad han alcanzado a nivel internacional las organizaciones criminales mexicanas —que pude documentar muy bien en mi libro Mares de cocaína—, y también lo podemos percibir en el nivel de violencia que vive el país. A pesar de que hay estados donde los militares han permanecido años, esto no ha bajado el nivel de violencia ni la inseguridad ni la criminalidad ni el tráfico de drogas.

 

AR: Un asunto muy interesante es el papel de algunos militares en los cárteles. Menciona varios casos: el Metro con Amado Carrillo, Jesús Gutiérrez Rebollo, los Zetas. ¿Cómo ha sido infiltrado el Ejército por las bandas, especialmente por narcotraficantes que llegan a hacer su propio grupo? ¿Cómo han ayudado los militares a los cárteles?

ALP: Un grave problema que tenemos es el gran nivel corruptor de las organizaciones criminales, y que la sociedad misma es proclive a esa corrupción. En este país es mucho más fácil caer en prácticas corruptas que negarte a ellas; es decir, es un sistema que está corrompido, donde las estructuras del crimen han logrado permear fácilmente por el factor económico. Esto ha pasado con las fuerzas armadas también: los traficantes han logrado corromper sus estructuras al atraer a los propios militares, que no sólo les ayudan a reclutar a otros miembros sino a operar la propia criminalidad al interior de las fuerzas armadas. El caso más visible lo tenemos en los Zetas.

Cuando yo hablé con expertos en temas de delincuencia organizada a nivel internacional, yo les comentaba el caso de los Zetas; personas que, por ejemplo, durante años combatieron a organizaciones como la Cosa Nostra, en Italia, me decían que esa historia de los Zetas era la más increíble que pudieran haberse imaginado: ¿cómo era posible que un grupo de élite de un Ejército de pronto se convirtiera en un cártel? Esto habla del nivel de deterioro que hay en las propias instituciones mexicanas.

Ese es el caso más visible y el que mejor ejemplifica hasta dónde se puede llegar en el nivel corruptor dentro de las fuerzas armadas. Pero me di a la tarea de buscar los antecedentes que había de militares implicados en el tráfico de drogas, y me encontré el caso del general Humberto Mariles, quien fue una gran figura a nivel internacional porque fue el primer medallista olímpico para México, un caballista muy afamado. Fue detenido en París con maletas cargadas con heroína, que se procesaba en Marsella y que traía para México aprovechándose de su fama. Autoridades del propio gobierno que eran sus amigos personales le habían facilitado documentos diplomáticos para viajar. Él iba por el mundo como representante de la diplomacia mexicana, como un enviado del presidente. ¿Qué le garantizaba viajar de esta manera? Por ejemplo, que su equipaje no era revisado y tenía prácticamente paso libre en los aeropuertos, y él mismo decía que gracias a eso podía pasar sus cargamentos. Hice esta investigación, una parte en París y otra en la Ciudad de México, y me encontré los expedientes que integró la Policía francesa sobre este caso cuando lo detuvieron y lo metieron a una cárcel, donde murió, y encontré también el expediente que armó la Dirección Federal de Seguridad en México, donde documentaban las relaciones no sólo del general Mariles en la élite política mexicana sino en redes de tráfico de drogas y de tratantes de blancas.

El caso de Mariles reúne todos los elementos de por qué se fomenta la criminalidad en el país. Era protegido del propio sistema y aprovechaba esa protección que tenía para su beneficio personal con estos negocios. Creo que es un antecedente muy notorio de este tipo de vinculación de militares de alto rango en el crimen organizado.

 

AR: Hay una cifra en el libro: de 1990 a 2011 hubo 345 mil bajas del Ejército, entre las que hay un número grande de desertores. ¿Qué pasa con estos?, ¿a dónde van a dar?, ¿por qué no se les da algún tipo de seguimiento?

ALP: El por qué es lo que nos tendrían que explicar el secretario de la Defensa o los altos mandos de las fuerzas armadas porque el planteamiento que yo hago es que hay una falta de atención a lo que está ocurriendo con los desertores, qué es lo que los lleva a dejar las fuerzas armadas. En el libro planteo cómo esa falta de cuidado ha llevado a saber el destino de esos militares hasta que se encuentran implicados en acciones criminales. Algunos casos los relato en el libro, pero creo que este es otro punto débil de la autoridad: no llevar un seguimiento de las personas a las que preparó tan bien en cuanto a estrategias, de uso de armas, por ejemplo, y que no se sabe al final dónde las van a aplicar. Debería tenerse mucho cuidado porque en este país hemos visto cómo hay desertores preparados como grupos de élite que se están vinculando con el crimen organizado.

Los mandos de las fuerzas armadas deberían analizar por qué están ocurriendo las deserciones y a dónde va a parar cada desertor.

 

AR: ¿Ha visto algún aspecto positivo de la intervención del Ejército en la guerra contra el crimen? Hay algunas crónicas de comunidades que efectivamente se han sentido seguras, y ha participado en detenciones de narcotraficantes, por ejemplo.

ALP: Yo no lo veo como algo positivo, y no me refiero sólo al Ejército. ¿De qué sirve invertir tanto dinero público en hacer fuerzas especiales, en crear la gendarmería, si sus elementos no están trabajando con la finalidad de acabar con la criminalidad sino que también caen en la corrupción? Considero que se deberían revisar los niveles de confianza de los miembros de las fuerzas armadas y de las policías. Es un criterio que se debe aplicar parejo.

Supongo que habrá comunidades que digan que para ellas el Ejército les ha garantizado seguridad, lo cual me alegraría mucho, pero creo que si hablamos en términos generales con datos duros, no sabes de un resultado positivo, y no es algo que yo esté suponiendo. Incluso se han escuchado voces de militares que en estos años han dicho que el Ejército no está hecho para estas tareas contra las drogas.

Es evidente que no ha impactado de manera positiva este combate al crimen organizado. Lo vemos también frente al indicador internacional de que los cárteles mexicanos han tenido ahora un papel relevante a nivel internacional que hace años no poseían y que hace unos años tenían los grupos colombianos.

Entonces tenemos a los militares en las calles en estas tareas antidroga, pero resulta que los cárteles tienen mayor poderío y fuerza a nivel internacional. Esto quiere decir que algo está fallando.

 

AR: Hay otra parte del libro en la que usted recuerda cuando en Tamaulipas dos agentes norteamericanos, de la DEA y del FBI, y un periodista, José Luis, fueron a buscar a Osiel Cárdenas, al que enfrentaron. Había quien le decía al reportero que agarrara el billete del narco, “todos lo están agarrando”. ¿Qué ha pasado con la prensa en estos casos de vinculación con el narcotráfico?

ALP: Con el nivel de corrupción de los cárteles y de criminalidad que impera en muchas regiones de México, los periodistas tenemos una labor de muy alto riesgo. Querer documentar lo que ocurre en algún lugar, sobre todo lo que tiene que ver con el crimen organizado y a quién beneficia, quién está detrás de las redes de criminalidad, los agentes del Estado que participan en esas redes de corrupción, es el mayor riesgo para el periodista. Eso es algo del trabajo que yo he hecho durante varios años.

Creo que en este país tiene un costo muy alto contar ese tipo de verdades. Por eso tenemos periodistas que han sido acosados, asesinados o que han tenido que salir del país. Por mi propia experiencia puedo decirte que en este país es más peligroso ser un periodista honesto que un periodista corrupto, y eso es lo que te coloca en una situación de riesgo. Cuando escribes sobre dinero criminal recibes muchas presiones de todo tipo, y el periodistas que se niega a aceptar cualquier tipo de soborno se vuelve más peligroso, y también está poniendo en un riesgo permanente su vida.

Yo no podría decir que alguien, para garantizar su tranquilidad, deba aceptar o no dinero del narcotráfico, porque esa es una cuestión personal. Yo no lo haría y me he rebelado a caer en malas prácticas, pero para mí ha tenido un costo muy alto.

Yo entiendo muy bien ese caso que relato en el libro porque el periodista empezó a tener presión cuando se negó a caer en este tipo de actividades criminales, porque el periodista que acepta un soborno de un narcotraficante es cómplice también de esas redes criminales y se convierte en parte del problema. Los periodistas debemos decir no a cualquier intención, por mínima que sea, de corrompernos, porque si los periodistas defendemos la verdad también debemos defender la ética como un principio básico del periodismo.

Pero, desgraciadamente, cuando en este país defiendes la ética o los principios periodísticos y el derecho de la sociedad a estar informada con la verdad, te colocas en una situación de riesgo. Entonces son posiciones personales y riesgos que tomamos los periodistas cada día.

 

AR: Pese a todo, el Ejército aún es una institución muy respetada y hasta temida. A grandes rasgos, de los casos que ha visto, como el de Ricardo Olvera, Tlatlaya y los hechos de Iguala, ¿en general, cómo ha cubierto la prensa estos hechos del Ejército?

ALP: En algunos medios este tipo de coberturas todavía es visto como tabú, lo cual considero un error porque hacemos figuras intocables. Pienso que, en un afán por defender la verdad, los medios de comunicación deben abordar este tipo de temas, impliquen a quien impliquen, porque al final quien está siendo afectada es la sociedad, y ellos son parte de esta, así como los militares.

Creo que el que no se cubran estos temas amparándose en esa figura de intocables no es una cuestión de respeto sino de solapar asuntos que a todas luces son ilegales, y los medios de comunicación tienen un papel muy relevante para también tratar que las instituciones de este país se recompongan. Ocultar la verdad no es una manera de contribuir a esto.

 

AR: ¿Cuál es el futuro del Ejército, especialmente el deseable? Esto si tomamos en cuenta que, efectivamente, no está preparado para hacer tareas de Policía, y también que las policías tampoco están preparadas para hacer su trabajo. No va a ser fácil sacar a los militares de las calles.

ALP: Es cierto que es muy dramática la situación que tenemos en México porque si un ciudadano se encuentra con que es víctima de una acción criminal en las calles y ve a un policía y a un militar, yo no sé en quién confiaría; yo, en ninguno por las malas experiencias que he tenido con ambos.

Pienso que el gran drama para la sociedad mexicana es que la mayoría no creemos en los representantes del Estado: se ha perdido la credibilidad en la clase política y en los funcionarios.

Es un panorama muy dramático pero real. No podemos cerrar los ojos a esta realidad porque cuando lo hacemos sigue ahí, pero nosotros la ignoramos y eso es lo que hace que la situación se deteriore aún más.

Yo estoy convencida de que la situación en este país se recompondría si cada uno hiciera el trabajo que nos toca desde nuestro ámbito: los militares el trabajo que les corresponde como parte de una milicia; los policías, el que les toca sin caer en las corruptelas; el ciudadano, el que le toca hacer cada día; los periodistas, realizando nuestra labor de manera ética, y que cada uno de esos elementos de la sociedad diga no a las prácticas corruptas.

Estoy convencida de que el principal problema que tenemos en México es la corrupción en todos los niveles. El día que cada uno de nosotros digamos “No” a las prácticas corruptas, al tráfico de influencias, y que cumplamos con nuestra labor de manera ética, responsable, consciente, y que además nos preocupemos del otro como parte de la sociedad, ese día tendremos un país mejor.

Yo no veo que haya una recomposición de otra manera. Esperar que los cambios provengan de las esferas de gobierno es un error que los ciudadanos ya no podemos repetir, porque la clase política mexicana, que está muy deteriorada y que no hace bien su trabajo, no está a la altura de las necesidades de la sociedad.

 

*Entrevista publicada en Horizontum, 9 de junio de 2017.