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lunes, noviembre 27, 2017

En Estados Unidos no hay capos del narco. Entrevista con J. Jesús Esquivel






En Estados Unidos no hay capos del narco

Entrevista con J. Jesús Esquivel*

Ariel Ruiz Mondragón

 


El principal mercado ilegal de las drogas se encuentra en Estados Unidos, el que es abastecido desde diversas partes del mundo, especialmente desde los países al sur de sus fronteras. En éstos se han formado grandes y poderosos cárteles que se ocupan de la producción, distribución y venta de drogas en enorme cantidades.

Hasta ahora se ha documentado la operación de estas bandas criminales, pero faltaba una investigación acerca de los grupos que al interior de la Unión Americana se ocupan del trasiego de las drogas ilegales. Esa tarea fue emprendida por J. Jesús Esquivel en su libro Los narcos gringos. Una radiografía inédita del tráfico de drogas en Estados Unidos (México, Grijalbo, 2016).

Fruto de su indagación periodística, el autor explica que “los narcos gringos están muy lejos de emular a los mexicanos y a los colombianos, constituyen sólo pequeñas células o franquicias que nunca dejarán de depender del narcotráfico de México o de Sudamérica, aunque operan de manera independiente. No tienen lealtad ni compromiso de negocios con ningún cártel, aunque en la actualidad la DEA asegura que el de Sinaloa es prácticamente el amo y señor de todo el mercado estadounidense”.

Acerca de ese libro conversamos con Esquivel, quien es licenciado en periodismo por la Escuela Carlos Septién. Ha colaborado en medios como El Sol de México, Voices of Mexico, CNN, Univisión, Telesur, Notimex, Televisa, TV Azteca y el Instituto Mexicano de la Radio. Es corresponsal de Proceso en Washington.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir un libro acerca de este aspecto tan poco conocido del narcotráfico internacional, al que llama “el eslabón perdido”?

J. Jesús Esquivel (JJE): Para poder entender la complejidad del trasiego de drogas a nivel mundial, sobre todo en la relación que tiene México con este problema tan grave de seguridad y salud pública, principalmente con Estados Unidos.

A nivel internacional se considera a Estados Unidos como la clave para poder entender cómo acabar con esta situación porque, sin duda, por el tamaño de su población y territorialmente hablando, es el mercado más grande de consumo y demanda de narcóticos. Había que tratar de explicar quiénes participan en ese país en el movimiento de las drogas, porque no sólo son los productores y los traficantes latinoamericanos, mexicanos, asiáticos y también rusos, los que participan en ese tan complejo sistema de distribución y venta de narcóticos.

 

AR: En los capítulos finales del libro hace un señalamiento muy interesante: el último gran capo en Estados Unidos fue Al Capone, allá por los años cuarenta del siglo pasado. Afirma que sólo hay “capitos” que son muy menores junto a los líderes mexicanos e incluso los rusos y asiáticos. ¿A qué se debe este fenómeno?

JJE: Son dos cosas. Primero, en Estados Unidos culturalmente la población de ese país está acostumbrada a temerle a la justicia porque tarde o temprano se aplica. Pongo un ejemplo: las personas, aunque tengan un auto deportivo muy veloz, en las carreteras muy rara ocasión aceleran más de la velocidad permitida porque saben que las pueden ver con radares y cámaras.

En Estados Unidos, aunque no necesariamente de manera imparcial o justa, siempre todo criminal llega ser hostigado; otros se salen con la suya, pero finalmente vuelven a caer. El caso de O. J. Simpson lo ilustra: él pensó que con su dinero se iba a librar, y está en la cárcel.

Por eso es que no existen capos de la talla de mandos medios (para hacer una comparación) como los que hay en México y en América Latina. Es imposible que exista un Pablo Escobar, un Mayo Zambada o un Chapo en Estados Unidos porque además hay demasiada policía. En todos los estados están divididas las policías: están la del condado, la del estado, la federal, la antinarcóticos, de aduanas, etcétera. Hay policías de todo, hasta de parques y jardines. Todas tienen que participar en el combate al narcotráfico, y súmales las agencias federales. Esto evita que haya capos de esa talla.

Además, todos los estadounidenses que participan en el negocio de las drogas tarde o temprano terminan tras las rejas. Cumplen una sentencia y, lo más grave (que es lo que no ocurre en México), les quitan absolutamente todo lo que han ganado en el trasiego de drogas, porque un juez federal ordena que hay que decomisarles todo, hasta los zapatos de la mamá porque piensan que se los compró con el dinero de las drogas.

Esa es esencialmente la razón por la cual no existen capos. Mencionabas a Al Capone, pero estamos hablando de hace muchísimos años. Desde entonces a la fecha no los ha habido, y mira cómo terminó Capone, y no era un capo internacional: era dueño, básicamente, de una ciudad y de algunas otras en otros estados. Por eso es que tampoco existen plazas ni cárteles en Estados Unidos.

Digamos que la manera más organizada de los estadounidenses que participan en el trasiego de las drogas son las pandillas porque tienen distintas representaciones en diferentes estados, pero no son los mismos. Además puede existir el club de motociclistas de los Mongoles, por ejemplo, en cuya fracción de California pueden ser asiáticos, pero te vas a un estado como Georgia y son negros. Esa es la situación.

Allá siempre han señalado a los mexicanos como los malos. Recuerdo que  cuando presenté mi libro La DEA en México hubo una persona que me dijo “estás defendiendo a los gringos”. ¿Dónde están los cárteles gringos? Pues no hay. Había que hacer este trabajo.

Creo que también era una espina que yo tenía clavada, y escribí esto porque sí me sentí incluso hasta un poco agredido porque cuando hablaba de la DEA me decían “es que nos quieres presentar a la DEA como los más fregones”. Pero quien lea el libro se dará cuenta de que lo único que hago es decir cómo se visten, qué comen, cómo trabajan y nada más.

 

AR: En el libro relata la historia en Chicago de Dana Bostic, Bird, líder  negro de una banda. Al principio también está la historia de otro traficante, don Henry Ford Jr., una especie de cowboy, por ejemplo. ¿Qué tan emblemáticos del narco gringo son esos dos personajes?

JJE: Revisé miles de encausamientos judiciales de cortes federales y estatales porque quería hacer una representación de lo máximo a lo que se puede aspirar en el tráfico de drogas en Estados Unidos. No encontré a ningún capo en ellos. A Bird lo encontré gracias a las preguntas que le hice a Jack Riley, el jefe de operaciones de inteligencia de la DEA, que durante muchos años fue el jefe de esta agencia en Chicago. Para que te des una idea de cómo no hay un gran capo, estábamos en su oficina y le dije “dame nada más un nombre que consideres”. “No, pues no hay”; y lo pensó hasta que sus asesores le dijeron: “Sería Bird”. Más que destacar su papel, creo que la razón por la cual está mencionado es para que la gente lea y entienda cómo funciona el movimiento de las drogas, contrario a lo que se ve ahora en telenovelas, películas y las grandes historias sobre esto. Parece que en México hacemos héroes a criminales, lo que me parece a mí muy lamentable. Es un comentario personal, nada en contra de mis colegas que han escrito esas cosas.

Don Henry Ford Jr. es un superpersonaje para poder entender cómo piensan los estadounidenses metidos en las drogas, porque es ranchero, texano, galán y blanco, que quería hablar español para mejorar en el negocio de las drogas. Se fugó de la cárcel, lo volvieron a detener, se vino a vivir a México para eludir a la justicia, y finalmente se fue para allá para que lo agarraran de una vez. Ya que salió de la cárcel se quedó sin nada, y te dice que terminó más pobre que cuando empezó en el negocio de las drogas. Por eso fue elegido, tan es así que es la portada del libro.

 

AR: También me llamó mucho la atención la figura del bróker, que usted dice que es las más importante en el narco en Estados Unidos. Comenta que son personajes independientes, que no trabajan con un solo cártel. ¿Cómo funcionan?, ¿cómo los cárteles permiten que esto ocurra?

JJE: Los brókers son, sin duda, narcos independientes. Ellos, básicamente, ni venden la droga; son los intermediarios que contratan las narcobodegas, las casas, el transporte, que buscan, entre las pandillas de las ciudades, quiénes pueden trabajar, aunque no las van a ver directamente sino que buscan otro intermediario. Es decir, el bróker es un contratista subcontratista inteligente, que no está ligado a nadie y, además, es el único que tiene contacto directo con las grandes corporaciones del crimen organizado mexicano y latinoamericano.

Pero la pregunta me parece muy importante: ¿por qué los cárteles no los obligan a trabajar para ellos? Porque son muy inteligentes. La razón es que siempre tratan de evitar que quede todo rastro de su negocio, y más en Estados Unidos. Saben lo que yo te menciono: que, tarde o temprano, los brókers van a caer.

Si un bróker tuviera ya una relación más arraigada con cualquier cártel, cuando lo capturaran, obviamente, hablaría, sobre todo porque la mayoría de este tipo de personajes negocian con las autoridades para que les disminuyan las sentencias y los hacen testigos protegidos. Por librar el pellejo empiezan a hablar. Los narcotraficantes mexicanos tanto evitan dejar huella como facilitar el movimiento de las drogas para ver qué brókers pueden trabajar con ellos y con otros al mismo tiempo. No existe una alianza corporativa.

 

AR: También es muy interesante el aspecto de los camioneros.

JJE: Que tiene que ver mucho con la infraestructura fronteriza. Yo siempre he dicho que nosotros, que nacimos lejos de la frontera norte de México, desconocemos muchos aspectos que se dan todos los días, a cada hora y en todo momento. Creo que el simple hecho geográfico de que compartamos más de 3 mil 500 kilómetros de frontera con Estados Unidos, y que sea la puerta más importante para el comercio y movimiento de personas legales (olvídate de las cuestiones ilegales), es un panorama muy complejo para poderlo entender.

Es lógico que las drogas que van a Estados Unidos no se van a ir en un viaje de American Airlines, y es allí donde el transporte terrestre juega un papel fundamental, porque tanto pueden llevar naranjas y aguacate como drogas hasta Maine o Dakota del Norte.

Es allí donde otra vez el bróker es muy importante, porque él se pone en contacto con los camioneros y, además, aprovecha también para hacer otros negocios ilícitos porque tiene conocimiento del mercado libre y la infraestructura que hay en la frontera.

 

AR: Otros personajes clave son los pandilleros. ¿Cómo han incidido las bandas mexicanas en la formación, organización y funciones de ellas? Menciona, por ejemplo, la relación de Vicente Carrillo con el Barrio Azteca, quienes tuvieron una vinculación directa.

JJE: No tanto en la organización porque todas las pandillas estadounidenses tienen mucho que ver con las prisiones y los barrios. Siempre nos han enseñado más de las pandillas de Los Ángeles por estar cerca, pero las hay de negros, rusos, irlandeses e italianos.

La ventaja en el caso que me mencionabas de los cárteles mexicanos y las pandillas de origen hispano es que comulgamos con el mismo idioma, aunque a la mejor muchos pandilleros hispanos no lo hablan tan bien, pero de alguna manera tienen esa cultura porque vienen de mexicanos o de latinoamericanos y nos entendemos mejor. Esto lo aprovechan los cárteles mexicanos porque aquellos son de Estados Unidos y, como son criminales, pues de alguna manera podrían contactarse con otros blancos, asiáticos y europeos. Es allí donde la ramificación de ese movimiento criminal se extiende por todo Estados Unidos, pero sin pertenecer a nadie, que es la gran diferencia.

Hay un tronco, obviamente, pero está en México, que son los narcos que tanto pasan las drogas como los que ponen los precios; los de allá facilitan y dicen: “A mí solo me entregas tanto, y el resto, como tú lo quieras vender y a cuántos quieras contratar, es asunto plenamente tuyo”. Y como en Estados Unidos, reitero, existen tantas policías, si el narco es inteligente dice: “Pues yo le vendo a Pancho, que vive en San Luis; a Casimiro, que está en Chicago; al otro que vive en Nueva York”, etcétera, y se pulveriza ese gran paquete, que se distribuye y al final las ganancias son exactamente iguales. Se oye feo, pero esto genera empleo ilegal en el otro lado, aunque sabes que no va a durar mucho tiempo.

 

AR: Otro asunto son los sectores sociales que participan en el negocio de una u otra forma. Hay dos ejemplos: las familias que rentan sus casas como narcobodegas, y los rancheros de Arizona, quienes facilitan el paso por sus terrenos y cobran.

JJE: Para las narcobodegas, específicamente la renta de casas, hay familias que se prestan, y también hay gente de la industria de los bienes raíces que, con dinero en efectivo, puede rentar una casa por un mes o semanas, lo cual está fuera de lo tradicional en la industria de la vivienda en Estados Unidos, donde firmas un contrato de mínimo un año de renta de una casa. En este caso no, porque puedes llamar la atención y porque al narcotraficante sólo le interesa tener la droga ciertos días y luego la mueve. Si reincides o repites, pues levantas sospechas tanto de los vecinos como de las autoridades, y alguien te puede poner el dedo porque al vecino de enfrente no le gusta que sólo en la noche ve la luz prendida o cualquier tarugada que se te ocurra.

Pero las familias fronterizas, sobre todo de origen hispano y mexicano, que están allí por razones económicas, y si se ganan una lanita por prestar el garaje de su casa dos días nada más y no ves ni mueves nada, lo hacen. No hay que olvidar que una vez que la droga cruza la frontera se tiene que distribuir, aunque se tiene que almacenar en un lugar oculto.

Esa es la gran razón por la cual yo siempre he considerado a El Paso la narcobodega más grande que existe en Estados Unidos, y de allí las drogas se mueven para todos lados.

Lo mismo ocurre con Arizona, que comparte una frontera muy porosa con Sonora, que es desértica. Si recorres la zona entre Douglas, Arizona, y Nogales, la frontera es puro desierto, pero extrañamente dice ranchos ganaderos, y sí hay vacas, pero lo extraño es que por allí entran las drogas. ¿Cómo es posible entender que haya rancheros que hasta se quieren convertir en patrulleros fronterizos que quieren matar migrantes, y que esos rancheros, que a lo mejor no están vendiendo vacas todos los días, tengan dinero, siendo Arizona uno de los estados más pobres de la Unión Americana? Pues permiten que los narcotraficantes usen sus terrenos para pasar la drogas. Esa es la única razón.

Nunca hay que perder de vista que el narcotráfico existe porque genera dinero, y este les gusta a todos, sobre todo a los estadounidenses.

 

AR: También está la utilización de las mujeres y de los viejos, las narcogringas y los narcoviejitos, para el traslado de drogas. ¿Se ha endurecido la persecución sobre ellos?

JJE: Te repito: precisamente creo que el objetivo de los narcos gringos es que se entienda, antes que nada y más con casos específicos, que el suyo es un país muy grande y que, aunque nos duela reconocerlo a muchos mexicanos, allí sí se respetan los derechos de las personas, porque puedes demandar, y tengas dinero o no, ganas.

Entonces esta situación de los viejitos y de las mujeres forma parte de la estrategia de no generar atención de las autoridades. ¿Cuándo vas a sospechar que un viejito esté meneando dinero o hasta droga, sobre todo si es blanco? Pero no hay tanta persecución porque ya las autoridades tengan esos perfiles, porque imagínate que un agente federal se equivoque y que del susto le provoque un paro cardiaco al viejito, pues no se la va a acabar la agencia federal con la demanda que le van a meter los familiares del viejito o hasta el propio viejito. Ese es el problema, esa es la dificultad, porque puedes llegar a la orilla de la legalidad para aplicar la ley, y el gran riesgo es ese.

Ahora están más atentos, utilizan más los sistemas de inteligencia, aunque allí no se aplica porque un viejito no se va a estar comunicando con un radio con números codificados con alguien. A él le dicen: “Oiga, abuelito, ¿se quiere ganar esta lana para que le ayude a comprar su chocolate y su churrito?”. Pues sí, y lo hace, pero sin tanto riesgo.

 

AR: Señala que las del libro también son historias de racismo y de clasismo. Da algunos números de las personas que caen en la cárcel, y la mayoría siguen siendo negros, latinos, mexicanos. ¿Cómo se expresa eso en el ámbito del narcotráfico?

JJE: Con el simple número de prisioneros que hay en las cárceles federales por delitos relacionados con las drogas: la mayoría son negros, y luego vienen los hispanos y los asiáticos. También hay anglosajones, lo que no es descubrir nada nuevo, pero Estados Unidos es un país racista hasta la fecha. El ejemplo más claro es Barack Obama: llegó siendo negro a la presidencia, pero los blancos del Partido Republicano le hicieron hecho la vida pesada.

Es muy interesante el tema de las sentencias, que son más notorias para los delitos federales, como el tráfico de drogas. Si revisas los encausamientos judiciales sin conocer de qué color tiene la piel el encausado, extraña al comparar y revisar los documentos cuando ves que a uno lo sentencian a 7 años en la cárcel y a otro a tres por la misma cantidad de droga. Si te pones a investigar, resulta que el primero es negro y el segundo blanco.

Yo menciono también mucho el caso de las narcogringas: un policía no va a detener a una rubia de ojos azules porque físicamente tiene ese perfil, pero si ve a una señora latina o negra en una camioneta la detiene simplemente por inercia.

¿Cuántos casos hay en Estados Unidos que no tienen que ver con el narcotráfico, de afroamericanos que se han superado educativamente, que son abogados o gente que mueve dinero en Wall Street, y como tienen para comprarse un auto más caro, fuera de lo común, salen a comprar cualquier cosa, y los detienen porque son negros? Son sospechosos.

Los perfiles raciales siguen siendo uno de los graves problemas que existen en Estados Unidos, y no lo reconocen: si tú les dices que son racistas dicen que no. Si le preguntas a Donald Trump si lo es, te va a decir que no; sin embargo está diciendo que todos los mexicanos somos violadores y narcos. Eso es racismo.

Por eso insisto en que el problema del narcotráfico en Estados Unidos es un tema de salud pública pero también de educación.

 

AR: Un agente de la DEA le comentó que sin el narcotráfico American Express o City Bank irían a la quiebra. ¿Cómo el narcotráfico ha hecho funcional a la economía estadounidense?

JJE: No tanto como en México. Es una exageración decir que es una parte fundamental de la economía de Estados Unidos porque sigue siendo una potencia económica, aunque tal vez ya no la primera (tengo mis dudas porque creo que China los ha superado). El porcentaje de dinero proveniente de las drogas que se queda en Estados Unidos es muy pequeño en comparación al que llega a México. Pero los que trabajan tienen que comprar ropa, tienen  que pagar la vivienda, compran autos, compran casas.

Hay que ver nuevamente la inteligencia de los narcos mexicanos, que contratan un ejército de personas para hacer transferencias bancarias al límite de lo que permite la ley en Estados Unidos: nunca superan los 10 mil dólares para evitar la investigación o la aclaración de dónde proviene el dinero. Esto lo saben las autoridades, los departamentos del Tesoro y de Justicia. ¿Por qué no modifican las leyes para evitar que las empresas permitan ese movimiento de dinero tan fácil, al que uno de los entrevistados llama “movimiento de droga embudo”? Efectivamente es como un embudo: son cantidades en pequeño, pero a final de cuentas todo sale por allí. Imagínate que vas a mover 20 millones de dólares, pero de ellos tienes que pagar un millón para que la gente lo mueva. ¡Pues es una ganancia increíble! A cualquier gente con necesidad económica le dicen: “Me haces esta transferencia de 9 mil dólares y te doy 200”. Pues sí lo hacen porque no les cuesta nada y no están haciendo nada ilegal.

 

AR: En los capítulos finales habla de que hay algunos estados que han legalizado la mariguana para usos médicos y otros también para usos recreativos, pero la ley federal sigue siendo restrictiva. ¿Qué problemas ha generado que haya estos dos esquemas?

JJE: Está empezando a crecer esta tendencia a legalizar las drogas, sobre todo la mariguana. Se han dado cuenta de que en términos de educación y de consumo sí está funcionando. Hay gente que sigue fumando mariguana por uso recreativo en estados que no son tan liberales como Colorado, por ejemplo, y los que producen la mariguana pues tampoco son tontos. Entonces lo que está empezando a surgir es el tráfico interestatal de mariguana: si en Arizona, estado vecino de Colorado, no se permite, y yo vivo en la orilla de Colorado y tengo la licencia para producir mariguana, como no vigilan tanto ¿qué me cuesta llevarme en mi carro un kilo y se lo vendo a un cuate de Arizona y que él se encargue de distribuirla? Está empezando a crecer ese problema; todavía no es muy grande, pero cuando esto se generalice, yo creo que va a causar un conflicto para promulgar leyes a favor de la despenalización de la mariguana.

 

AR: También habla de las series sobre el narco. Cita The Wire y Breaking Bad. Hay quejas de que la primera da tips para los delincuentes, ¿qué hay sobre esto? Por otra parte, ¿los medios estadounidenses cómo han reflejado el narcotráfico?

JJE: Hasta la fecha sigo pensando que The Wire es la mejor serie para reflejar el problema, que es a nivel micro, que es la venta de drogas en una ciudad, que se concentra en este caso en Baltimore. Pero imagínate si hicieran series por ciudad: no nos alcanzaría la vida para verlas todas.

Breaking Bad, aparte de sus tintes cómicos, también te demuestra que los estadounidenses, con esa ansiedad que tienen por la falta de una estrategia federal de salud pública, son capaces de producir sus drogas aunque sean mortales.

Los medios: cuando se habla del narcotráfico en Estados Unidos los mexicanos nos quedamos acostumbrados a que la noticia se publique en The New York Times o Washington Post, de otra manera no es nota; pero los periódicos locales en Estados Unidos tienen su sección policiaca, y de verdad, revísalos: todos los días tienen que reportar en la comunidad local a cuántos ciudadanos detuvieron, y la gran mayoría de ellos son por narcotráfico, pero que no son nota para un medio nacional. Si metieron a un muchacho a la cárcel por dos bolsitas de metanfetaminas no es nota, pero es un narco gringo, un pequeño distribuidor de drogas que es parte del rompecabezas.

Esa es la intención de Los narcos gringos: no dejar fuera esas piezas porque si no el rompecabezas no te queda completo, sin importar que los grandes medios nunca asuman un tema como este, y nunca lo van a abordar porque saben que estarían escupiendo para arriba y les va a caer en la cara.

 

AR: ¿Cuáles han sido los efectos del movimiento del mercado, que se ha ido más hacia la heroína y hacia las metanfetaminas mexicanas?

JJE: Eso tiene que ver mucho con lo que cuestan las drogas. Los narcos mexicanos son muy inteligentes y tienen perspicacia para proveer un mercado que les exige. ¿Qué ocurrió? Que de repente en Estados Unidos las nuevas generaciones no podían conseguir cocaína o mariguana de buena calidad por el precio, y cayeron en el consumo de las medicinas controladas, que se venden con receta. Cuando el gobierno de Estados Unidos se dio cuenta de que se estaban consumiendo mucho el antigripal Contact, lo que hizo fue modificar la ley a nivel federal y se regularon todas esas medicinas. Allí fue donde surgieron los breaking bads. ¿Te acuerdas del Cártel de Jalisco, que empezó a producir mucha metanfetamina hace 10 o 15 años? Pues esa era una cuestión química que también en Estados Unidos se empezó a desarrollar, y, por ejemplo, los grandes laboratorios de metanfetamina en Florida son una cosa caótica.

¿Los mexicanos cómo iban a competir con eso? Pues abaratando. Producen una heroína tan mala como la negrita, la cafecita que se produce en la Sierra del Terrero o en la Sierra Madre en Durango, en Coahuila, y llenaron el mercado de heroína. Entonces a un chavo sin lana y drogadicto le venden heroína más barata que la metanfetamina.

Lo que ocurre es, aparte de una crisis de consumo de heroína, que hay clases sociales: en la parte Este de Estados Unidos tienen un nivel de vida más alto y distinto nivel educativo que los que viven en la Costa Oeste o en el sur de Estados Unidos. Como tienen más dinero pues consumen otro tipo de heroína, la asiática, la blanca; pero ahora ya hasta el Cártel de Sinaloa, con un ejército de narcos y químicos colombianos, está haciendo la cafecita o negrita como blanca.

 

AR: Dice usted que el problema de las drogas es de educación y salud pública. Al principio hace un recordatorio interesante: que Ronald Reagan fue el único mandatario que hizo una campaña para prevenir el consumo de drogas y para rehabilitar a los adictos. ¿Por qué lo hizo?, ¿por qué Estados Unidos abandonó esa estrategia?

JJE: Tienes que acordarte que cuando Reagan fue presidente hubo muchas ejecuciones en Florida por el tema de la cocaína, lo que tenía mucho que ver con Colombia. Miami era una ciudad fea, nadie quería ir porque, además de que estaban jodidos económicamente, se andaban matando en las calles los cubanos, los colombianos, lo que generó miedo.

Para evitar ese desprestigio y el miedo Reagan, a través de su esposa Nancy —se supone que la figura de la primera dama en Estados Unidos tiene que ver con temas sociales, de salud—, se encargó de promover la campaña de decir no a las drogas, pero ha sido la última. Después nacieron dependencias federales dedicadas a esto, como el zar antidrogas, que ha sido un fracaso, primero porque, insisto, se necesita un programa de salud pública a nivel nacional pero con dinero. Sin presupuesto no se puede hacer.

Después han ocurrido otros contextos de política nacional e internacional que han desviado totalmente la atención del Poder Ejecutivo y Legislativo del tema de las drogas. Hubiera sido ilógico y estúpido que en 2001, con los ataques terroristas, Bush se hubiera dedicado a combatir al narco cuando tenía que combatir a los terroristas. Yo me acuerdo de que en la DEA han dicho que lo peor que puede haber ocurrido para sus objetivos fueron los ataques terroristas porque les quitaron presupuesto para dedicarlo al combate internacional contra el terrorismo.

 

AR: Operan de manera conjunta y eficaz las bandas mexicanas con los brókers y las pandillas. ¿Así ha sido la cooperación entre los gobiernos de México y Estados Unidos para combatir el narcotráfico?

JJE: Se ha modificado. No vamos tan lejos: Felipe Calderón no supo ni cómo le entró al tema de las drogas, y en Estados Unidos estaban encantados con él porque con las estupideces que estaba cometiendo la DEA se metió hasta la cama con la procuradora Marisela Morales.

Lo que hizo Peña Nieto fue precisamente acabar con esa injerencia tan fuerte, lo que yo creo que se tenía que hacer, y la cooperación se modificó al intercambio de información e inteligencia de manera más ordenada. No estoy diciendo que Peña Nieto lo esté haciendo bien porque estamos igual que con Calderón. Lo que pasa es que ahora los medios se han alineado y ya no se publica tanto del narco, pero eso tan no funciona que Estados Unidos sigue siendo el mercado más importante para el Cártel de Sinaloa. Eso quiere decir que ni allá ni acá han tenido éxito.

La cooperación bilateral a veces se deja llevar por la frivolidad: el Chapo, todo el mundo hablando de él y desde hace años dejó de ser la gran figura del Cártel de Sinaloa. ¿Cuántos años se escondió y estuvo en prisión? En Estados Unidos decían que el Cártel de Sinaloa no es el Chapo. Hasta en la frivolidad hemos caído.

 

*Entrevista publicada en Horizontum, 5 de junio de 2017.

domingo, mayo 21, 2017

Estados Unidos, la locura y la ruptura. Entrevista con Andy Robinson



Estados Unidos, la locura y la ruptura

Entrevista con Andy Robinson*

Ariel Ruiz Mondragón

Estados Unidos es un país extremadamente complejo, diverso y desigual en el que conviven múltiples realidades: una gran riqueza que se encuentra enormemente concentrada, lo que encuentra en la pobreza su otro rostro; una mezcla extraordinaria de grupos étnicos que también está acompañada por el racismo y la discriminación; una democracia que cuenta con fuertes rasgos oligárquicos (una “dolarocracia”); el auge y predominio de grandes lobbies corporativos al lado de luchas sociales por mejores condiciones de vida; el goce de las libertades al lado de fuertes tendencias represivas (y no sólo de los gobiernos), etcétera.

Los anteriores son algunos de los aspectos que el periodista Andy Robinson ha encontrado y relatado durante varios años, tras amplias estadías y recorridos por diversos lugares de Estados Unidos: ha visitado desde Las Vegas hasta Vermont, de Arizona a Nueva York, de Miami a San Francisco, de Phoenix a Detroit.

El reportero británico ha reunido en su libro Off the Road. Miedo asco y esperanza en EE. UU. (México, Ariel, 2016) una serie de crónicas, una “road movie con tintes apocalípticos” (como señala el autor en el libro) que deja ver los desastres que ha dejado la “dolarocracia” estadunidense, ahora muy lejana de la democracia que tanto alabó Alexis de Tocqueville. En tiempos de la elección y presidencia de Donald Trump es pertinente leer estas historias.

Conversamos con Robinson (Liverpool, Inglaterra, 1960), quien es licenciado en Ciencias Económicas y Sociología por la London School of Economics y en Periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid-El País. Ha sido corresponsal de La Vanguardia en Nueva York, y ha colaborado en medios como Business Week, The Guardian, The New Statesman, Ajo Blanco, The Nation, Cinco Días, Blue Print, Vogue y El Món.

 

Ariel Ruiz Mondragón (ARM): ¿Por qué reunir y publicar estas crónicas de viaje por Estados Unidos, de San Francisco a Vermont, esta “road movie con tintes apocalípticos” (como le llama usted)?

Andy Robinson (AR): En realidad son muchos viajes. Estuve viviendo muchos años en Nueva York, de 2001 a 2009, trabajando de corresponsal para La Vanguardia. Desde entonces hice un trabajo itinerante; he pasado bastante tiempo en Estados Unidos y también he hecho viajes muy frecuentes. La última serie de viajes la hice en 2014 a Detroit, Las Vegas, San Francisco y otros lugares, pero no es que sea un libro sobre los seis meses en los que viajé a todos estos sitios, sino uno sobre una relación que he tenido durante muchos años con Estados Unidos.

Hay muchos flashbacks: tienes escenas en Arizona con la gente en una feria comercial, en un lobby industrial de seguridad fronteriza, con ese nuevo muro tecnológico, cuando estuvieron los minutemen, para tratar de crear un contexto para entender un poco, y que tiene que ver con el fenómeno Donald Trump.

Así que hice una especie de selección de cuáles viajes me iban a permitir plantear una narrativa sobre este momento muy extraño en Estados Unidos, que creo que es de ruptura. Lo que trato de hacer es un retrato de un país en un momento de extrema desigualdad, ante el reto del cambio climático en una parte del sureste de Arizona, Nuevo México y California, de una política fragmentada y, en cierta medida, un poco desquiciada. Hay una frase allí de Mike Taibbi que fue importante para que yo entendiera qué es eso de que llevamos tanto tiempo comprando productos que ahora hasta nos hemos convertido en un pueblo que compra su propia realidad.

Creo que esto empieza a permitirnos entender lo que es el fenómeno de Trump, y pensar cómo puede ser que en el siglo XXI haya gente que está dispuesta a escuchar a una persona que dice que el cambio climático no existe, que Barack Obama no es norteamericano, que quiere prohibir la entrada de musulmanes a Estados Unidos porque son malas personas, etcétera. Creo que hay segmentos de la sociedad estadounidense que están en comunidades creadas también por las redes sociales, y que se convierten en cajas de resonancia de ideas cada vez más extremas.

Lo anterior es difícil de entender, y por eso estos viajes son pinceladas que quizá ayuden a comprenderlo, o por lo menos a plantear más preguntas para tratar de entender algo tan complejo como Estados Unidos.

 

ARM: Desde el título y en varias partes, especialmente al principio, están citados Jack Kerouac y Hunter S. Thompson, de quienes se reconoce que les tocó otro Estados Unidos, que parecía que iba a ser más próspero. Kerouac era muy contracultural, Thompson muy rebelde. Por allí se pregunta usted: ¿ahora quién quiere ser periodista gonzo? Al respecto, ¿cómo se expresan en su libro esas dos influencias y qué tan aplicables son ahora? Usted expresa ciertas reticencias porque ahora hay otra realidad.

AR: Creo que en el subtítulo la referencia al periodismo gonzo es obvia a Miedo y asco en Las Vegas, de Thompson. Soy partidario de esta idea de que la realidad es mucho más compleja de lo que parece, y por lo tanto es mejor tener una reflexión más subjetiva para reconocer esa subjetividad a la hora de tratar de describir la realidad porque si no llevas al engaño. Esto está en un ensayo de Thompson que vale la pena leer en el contexto de la última campaña presidencial estadounidense, que se llama Fear and Loathing: On the Campaign Trail ‘72, con Nixon, y que creo que no se ha publicado en español. Se trata de momentos parecidos de crispación social, en aquel entonces con la guerra de Vietnam y la estrategia del sur racista del Partido Republicano.

Thompson dijo: “Para mí el periodismo objetivo es una pretenciosa contradicción de términos”. Hizo un comentario interesante al decir que había perseguido un objetivo principal cuando estuvo viendo una cámara para detectar ladrones en un supermercado; decía que toda la gente sólo miraba la pantalla, y cuando entró uno que era obviamente un ladrón, al ver la cámara decidió comprar, en vez de robar, un paquete de tabaco. Con su estilo, Thompson estaba diciendo que la presencia de la cámara alteró el comportamiento del ladrón. Entonces el periodismo es un poco lo mismo: son nuestros dilemas a la hora de acercarnos a la realidad cuando formamos parte de ella. Creo que en el libro existo como sujeto, y trato de describir, de una manera bastante subjetiva, lo que estoy viendo, igual que Thompson.

Considero que un componente del humor gamberro y la ironía de Thompson permite describir un momento político y social de Estados Unidos que parece de ficción. Thompson podría ser un personaje de una novela de Thomas Wolfe, otro representante del nuevo periodismo.

Todo esto es un periodismo un poco desquiciado, que quizá es bueno para reflejar un momento en el cual la locura se está convirtiendo en lo más normal en la sociedad estadounidense.

Así que Off the Road es también una referencia a On the Road, al viaje. Tuve una larga discusión con los editores en España sobre ese título, que es en inglés para un libro en castellano. Yo pensaba que Off the Road, aparte de ser comprensible para un lector y que, quizá, tenga cierta gracia que sea en inglés (yo soy inglés), también da una idea de cómo muchos de los viajes me han alejado de lo que es el circuito típico de los medios de comunicación. Gracias a la libertad que me ha dado La Vanguardia he ido a sitios muy remotos, como el Northeast Kingdom, Vermont, y evidentemente también hay un poco de significado metafórico en Off the Road acerca de una sociedad descarrilada y de que no sabemos dónde parará el tren. Pero el libro de Kerouac es menos relevante para mí, lo que creo que es útil.

Aunque el mío no es un libro gonzo, me gustaba pensar en ese estilo de hacer periodismo cuando escribía, porque yo creo que es importante tratar la realidad con sátira: ser satírico en estos momentos es una buena forma de hacer crítica.

 

ARM: En el libro dice que en Estados Unidos hay una dolarocracia con tres elementos fundamentales: los lobbies empresariales, los políticos y los medios de comunicación. ¿Qué papel han tenido estos en ese sistema? En el libro hay un capítulo muy curioso en el que incluso se habla de la posibilidad de que los robots lleguen a sustituir a los periodistas, y hay una visión muy crítica de la prensa norteamericana y de su, como dice usted, “circo mediático”: su tendencia al sensacionalismo, textos cortos, refritos de otros periódicos, ideas banales, lenguaje infantil, textos sin sentido.

AR: Eso es muy interesante, y no sólo se trata de Estados Unidos porque en muchos comentarios que hago sobre periodismo me refiero también a España y a Inglaterra. Es una tendencia a la cual es muy difícil frenar. Evidentemente tiene que ver con el poder del dinero, de los grandes grupos mediáticos; creo que la televisión por cable fue una influencia muy nefasta en general en las comunicaciones: cuando nos vimos obligados todos a seguir a Anderson Cooper, de la CNN, porque hay un Breaking News y todos tenemos que ir como corderos siguiendo ese circo mediático. Es un fenómeno que yo he vivido en diversos momentos.

Hay un caso que ejemplifica: las protestas en respuesta al asesinato de Michael Brown por la policía y el importante asunto del Black Lives Matter, que en su momento llamaron mucho la atención en agosto de 2014, cuando cientos de periodistas estaban acampados en un shopping mall de las afueras de San Luis, todos con sus uniformes de guerra, con cascos y cámaras, con policías y mil manifestantes dando vueltas. Tenías allí a los medios, que eran el motivo por el cual se mantenía la manifestación. Pero ¿qué tipo de información dábamos sobre aquello? Era repetida, un poco superficial, sin entender la realidad de ese conflicto. Esto pasa de mil formas.

Luego hay otras referencias al periodismo en el capítulo sobre Nueva York; yo había vivido allí durante los años de Bush, y la ciudad es como la pantalla en la cual casi todo el mundo proyecta sus fantasías. Vayas a donde vayas, actualmente todo mundo piensa que Nueva York es una ciudad fantástica porque es una fábrica cultural, entre otras cosas.

Pero estando en allí siempre maldecía eso porque cada día me pedían temas sobre estilo de vida, un género periodístico que trata como qué tipo de yoga hacen los neoyorquinos, a qué tipo de restaurante de fusión mexicana-asiática van. Me resultaba frustrante porque pasaban muchas más cosas, y por eso hice el capítulo de Nueva York, que aborda las luchas del alcalde Bill de Blasio y de los trabajadores de fast food por mejorar sus salarios, y pensé: si Nueva York puede convertirse en punto de referencia para una nueva izquierda, pues entonces estaríamos por el buen camino porque es mucho más fácil hablar de ella como ejemplo que, por ejemplo, de Caracas.

Pero es cuestión de utilizar de alguna manera las formas de un nuevo mundo de entretenimiento para decir cosas serias. No nos podemos permitir el lujo de simplemente pasar de largo a esa tendencia de frivolidades, de estilo de vida, etcétera, sino que tienes que buscar manera de utilizarla para comunicar algo que consideres importante. Ese capítulo de Nueva York es un artículo sobre la hamburguesa y sobre la gastronomía…

 

ARM: Que deja ver una desigualdad enorme…

AR: Sí. A veces tienes que buscar el formato y escribir un artículo con un componente crítico y serio en un artículo sobre gastronomía o moda, porque es algo que difícilmente vamos a poder cambiar.

ARM: O incluso el arte, en el caso de Miami…

AR: Sí, el caso del street art de Miami, que es un poco preocupante porque hay grandes promotores inmobiliarios que utilizan a grafiteros para dar valor a sus promociones en colaboración con grandes marcas de lujo, como Prada y Louis Vuitton. En Barcelona y Madrid pasa lo mismo: el arte aparentemente reivindicativo y crítico formas alianzas con grandes negocios inmobiliarios. Uno dice: ¿cómo pueden hacer esto cuando el objetivo inmobiliario es expulsar a la comunidad de toda la vida, de gente de bajos ingresos? No sé si se puede ser cómplice de eso sin que te provoque ciertos dilemas éticos.

 

ARM: Sigamos con la dolarocracia. ¿Cuáles son las consecuencias de esta democracia gobernada por una oligarquía (un choque clásico de términos), con lobbies empresariales que financian campañas de políticos (como hacen Sheldon Adelson y los hermanos Koch)? ¿Cómo funciona ese sistema y cuáles son sus efectos sociales? Porque la concentración de la riqueza parece verse también en la concentración del poder. Al final del libro hace usted una anotación sobre Clinton y Trump, de quien dice que es la dolarocracia llevada hasta sus últimas consecuencias.

AR: En la sociedad produce un rechazo, que es cada vez más radical porque la gente piensa que el sistema está amañado, y lo está. Trump utiliza ese término en inglés que es fired, de manera constante y de manera muy inteligente; todo mundo dice que es un ignorante pero no lo es: es que su forma de hablar es muy directa. La percepción que la gente tiene del sistema en el que vive es un poco como lo que tenéis en México desde hace mucho tiempo: que no es una democracia, y que uno forma parte de ello. Es terrible ser excluido del reparto del poder. Quizá para entender lo que está pasando en Estados Unidos es muy interesante estudiar México porque se acerca a una especie de relación endogámica entre la oligarquía y la clase política, totalmente a espaldas de lo que es la voluntad de los votantes.

Diría yo que esto está saltando por los aires ahora mismo, que la gente ya está buscando alternativas; Trump es una de ellas y Sanders también. La idea de que Hillary Clinton era la alternativa es totalmente falsa; es la raíz del problema, porque es la personificación de ese sistema de intercambio de favores, un sistema político que sólo respondía a los intereses de las grandes corporaciones, que van a Davos cada año, hacen sus planes y sus intercambios de favores, y abrían las puertas giratorias que pasaban del sector corporativo a la política. Así los bancos de Wall Street, con sus poderosos lobbies, han podido crear una situación en la cual ellos, después de haber hundido la economía mundial, negociaron grandes rescates con dinero público y siguen allí. Encima tratan de desmantelar la legislación creada para tratar de prevenir otra crisis financiera.

Yo creo que la gente no es tan ignorante sino que lo que ve es un sistema que le ha engañado y sometido a una estructura económica que ha creado un estancamiento del poder adquisitivo del trabajador medio desde hace 25 años, y está buscando soluciones.

La gente está reaccionando contra eso, y desafortunadamente una parte de ese rechazo al modelo está canalizándose a través de la xenofobia y críticas muy fuertes a la inmigración, por ejemplo.

Pero creo que todo puede definirse como un rechazo a la globalización, tal y como se ha definido en torno a la idea de que cada país tiene que desmantelar sus estructuras de protección comercial y también sus fronteras, y todo eso se junta: la inmigración, el TLC, etc. Por eso la idea de Trump es una amenaza para ese establishment y que en su discurso sobre China y México los principales amenazados sean los inmigrantes mexicanos. Eso también amenaza, en cierta medida, a las empresas que están fabricando en México; cuando Trump critica el déficit comercial que tiene Estados Unidos con México no suele decir que las beneficiarias son empresas estadounidenses. Y lo mismo pasa con China.

Yo tengo dos formas esquizofrénicas de ver esto: por un lado Trump me da auténtico pavor, pero por otro veo que representa a quien está agrietando una ideología que se pretende indestructible, esa especie de ideología Davos, de que esto va a ser para siempre y que la gente, mientras le están robando, además tiene que decir que es buena.

Algo ha cambiado y la cuestión es tratar de girar ese discurso; es bueno que la gente esté rechazando el TLC en Estados Unidos. Espero que en México la izquierda no acabe defendiéndolo porque Trump está en contra de él; esa sería, para mí, una respuesta muy equivocada. El TLC, tal y como está diseñado, es malo para la gran mayoría de los mexicanos y de los estadounidenses. Es un poco la forma de hacer una respuesta a Trump.

 

ARM: Me llamó la atención lo que menciona un especialista en el libro: que hay un Estado policial, que la guerra en Oriente Próximo se vino a la frontera, que en Ferguson el problema fue militarizado, y dice que la inversión para la Policía y el Ejército significa el decremento de recursos para el bienestar social. También está el caso de las cárceles, que son grandes negocios privados. ¿Cómo interpreta usted ese Estado policiaco, que no es tanto de seguridad como de negocio, como se apunta en el libro?

AR: Creo que el capítulo sobre la frontera puede significarlo porque es el microcosmos de tendencias más federales. Se ve nítidamente y es interesante. En Phoenix estuve en una feria comercial de esa nueva industria que se dedica a la seguridad fronteriza, que es tan delicada con sus sistemas de vigilancia, muchos de ellos con contenidos importantes de tecnología. Son grandes empresas, las sospechosas habituales de la Guerra Fría: Lockheed Martin y Grumman, entre otras. Se pone uno a pensar qué extraño.

Pasa lo mismo con las cárceles; las estuve viendo desde fuera en Arizona y parecen campos de concentración metidos en el desierto, sin aire acondicionado, donde obligan a cientos de miles de indocumentados en vías de deportación a quedarse meses y hasta años. Esos centros pertenecen a grandes empresas que cotizan en la bolsa de Nueva York y que cobran al Estado por cama ocupada. No es una teoría de la conspiración y no es que esto se hace únicamente por beneficiar a esas empresas; es más complejo que eso. No cabe duda de que esas compañías se ven beneficiadas por ese Estado penitenciario, por la guerra contra las drogas (por la que hay que encarcelar a tanta gente), etcétera.

Evidentemente Estados Unidos no es un Estado policial: cualquiera que haya estado en Chile en los años setenta sabe lo que sí lo es. Pero digamos que hay elementos de él que se ven en esas operaciones de la policía de migración que aparecen y detienen a cientos de trabajadores de una fábrica y los deportan directamente, sin que siquiera puedan ver a sus hijos.

 

ARM: Allí cuenta que los niños se quedan solos.

AR: Ahora está pasando menos por Obama, quien al inicio estaba llevando esas políticas que había empezado Bush, pero desde hace tres años eso no ocurre tanto. Pero con Trump esto podría ser espeluznante.

Quizá es interesante resaltar que todo lo que dice Trump ya existe: el muro, ya militarizado, lo cual es un perfecto ejemplo de cómo el sistema político genera negocio para esas empresas, que se ven beneficiadas mediante leyes por las que se dedican miles de millones de dólares a la militarización de la frontera. Ellas presionan, mediante el financiamiento de las campañas de políticos, para que se gaste más en el muro. Es muy parecido a lo que pasaba en el complejo militar-industrial.

Siempre hay diferencias y matices, y hay que evitar ser demasiado esquemático, pero creo que eso te da una perspectiva distinta respecto al muro y la nación. Es muy relevante eso para México, y por eso lo último que quieren todas esas empresas de tecnología es que Trump obligue a los mexicanos a pagar el muro, porque si pagan los mexicanos igual dan contratos a otras empresas.

 

ARM: Quiero concluir con la parte de la esperanza. Usted habla del trabajador mexicano de la empresa de pizzas que organiza a los empleados, de los ciudadanos de Vermont, está el alcalde De Blasio, algunos jóvenes que piden socialismo. ¿Dónde encuentra usted la esperanza de que pueda cambiar el orden de cosas tan injusto que usted describe?

AR: En ese mexicano, José Sánchez, quien trabaja de repartidor de pizzas de la empresa Domino’s, en Washington Heights, en Nueva York, y en cierta medida, al alcalde De Blasio y a la campaña Fast Food Forward. Sánchez se convirtió en un activista a favor de subir el salario mínimo, después de haber sido un inmigrante sin papeles, de Guerrero, sin ninguna experiencia de organización sindical ni nada.

Había irregularidades en la franquicia de Domino’s, y a Sánchez lo intentaron despedir porque había protestado contra el hecho de que los empleados estuvieran obligados a trabajar horas extra sin cobrar. Le echaron, pero todos sus compañeros —la mayoría de Oaxaca y Guerrero— salieron a la calle con él. Luego buscaron el apoyo de aquel sindicato y la campaña contaba con el apoyo de De Blasio. Se convirtió en una campaña importante, y tuvo final feliz porque consiguieron que subiera su salario mínimo hasta el doble —cuando yo comencé a escribir ese capítulo cobraban a 8 dólares la hora.

Ese es motivo de esperanza, y eso demuestra que, por mucho que diga Trump que la mano de obra mexicana es desleal y está compitiendo contra trabajadores sindicalizados blancos, no es verdad; es que los sindicatos en este momento son hispanos, los que están organizándose son los trabajadores mexicanos.

Es importante tener esto en cuenta; en realidad, el futuro tiene que ver con una organización que existe dentro de la comunidad hispana. Esto es esperanzador.

 


*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 196, marzo de 2017.