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lunes, agosto 07, 2017

Jenkins, el gringo filántropo y corruptor. Entrevista con Andrew Paxman



Jenkins, el gringo filántropo y corruptor

Entrevista con Andrew Paxman

Ariel Ruiz Mondragón

Uno de los personajes más fascinantes del siglo XX en México lo es un norteamericano: William Oscar Jenkins, un empresario que arribó al país en los últimos años del Porfiriato y que logró amasar una gran fortuna merced a su empeño innovador pero también por sus relaciones políticas. Con ello mostró dos caras del capitalismo mexicano: la innovación económica y la conveniencia política.

Objeto de un intento de fusilamiento y de un polémico secuestro, prosperó con su empresa de bonetería durante la Revolución mexicana. Asentado en Puebla, hizo múltiples y exitosos negocios, que fueron desde el azúcar hasta la industria del cine, lo que hizo que fuera uno de los hombres más ricos del país. Los nacionalistas ejemplificaron con su figura al empresario estadounidense rapaz y explotador de los mexicanos, uno de los mejores emblemas de la gringofobia.

Lo cierto es que creó empresas exitosas que contribuyeron al desarrollo del país y realizó obras filantrópicas para procurar el bienestar de sus trabajadores y de las comunidades donde tuvo influencia. Pero, por otra parte, para prosperar también incurrió en corruptelas, abusos e ilegalidades tramadas con encumbrados políticos mexicanos.

Sobre este complejo personaje Andrew Paxman publicó recientemente En busca del señor Jenkins. Dinero, poder y gringofobia en México (México, CIDE, Debate, 2016), con quien charlamos al respecto.

Paxman (Londres, 1967) es doctor en Historia por la Universidad de Texas. Profesor-investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas, ha colaborado en publicaciones como The News, Mexico Insight y Variety.

 

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hacer una investigación tan exhaustiva, escribir y publicar un libro sobre William O. Jenkins? Al final del volumen usted dice que este personaje ha estado entre la leyenda negra y la blanca, que es un hombre que ha desaparecido del imaginario colectivo. Además recuerda que él mismo decía: “Mi vida no le importa a nadie. Además nadie debe saberla”.

Andrew Paxman (AP): Primero por mi interés. Hay un hilo conductor en mi trabajo tanto sobre Emilio Azcárraga Milmo como sobre Jenkins, y tengo ganas de hacer en el futuro un libro sobre Carlos Slim. Sería la relación (tan cómoda en este país) entre el capital y el poder, entre las élites empresariales y las élites políticas. Me interesa mucho el tema de la interdependencia de élites, lo que a veces es llamado el “capitalismo de cuates” —aunque a mi juicio éste es un término algo nebuloso, que a veces usamos para tachar de manera negativa a cualquier cercanía entre empresarios y políticos que no nos parece adecuada o ética.

Lo que argumento en el libro es que tras la Revolución mexicana esas élites se necesitaban la una a la otra, y fue una necesidad más altruista, menos egoísta. A lo que me refiero es que en el año 1920 el país se encontraba en la bancarrota no sólo a nivel federal sino estatal. Puebla fue uno de los estados más afectados, donde se había radicado Jenkins desde 1905. Entonces lo que necesitaba el gobierno era el apoyo del empresariado para la reconstrucción de la economía, para la generación de empleo y de impuestos, dinero con el que el gobierno pudiera empezar a cumplir con las promesas de la Revolución, como la construcción de escuelas, de carreteras, infraestructura en general.

Para que se reparta la riqueza hay que tenerla. Desde el punto de vista de los empresarios, ellos necesitaban al gobierno para que se suavizaran las cláusulas más radicales de la Revolución. Estaban renuentes a invertir en la construcción de nuevas fábricas, en la resucitación del campo —en muchos casos destruido por los zapatistas, como, por ejemplo, las haciendas azucareras de Puebla—, y necesitaban garantías para recuperar la confianza.

Entonces un lado necesitaba al otro, por lo que se puede hablar de lo que yo llamo “una simbiosis imperativa”, con ganas mutuas de construir un México fuerte. Pero lo que pasó es que durante los años fue cada vez más notable una simbiosis no tanto imperativa sino conveniente. Yo me refiero a esas relaciones más bien interpersonales entre políticos y empresarios específicos cuyos motivos no fueron tanto de necesidad mutua sino de conveniencia.

Para dar un ejemplo concreto, en 1936 Maximino Ávila Camacho hizo campaña para el gobierno del estado de Puebla, y el que donó más dinero a ella tras bambalinas fue Jenkins. Fue, por supuesto, un donativo completamente ilegal, en contra de la Constitución porque los extranjeros no pueden involucrarse en la política mexicana. Una vez elegido Maximino devolvió el favor al dar protección al ingenio Atencingo, de Jenkins, que el presidente Cárdenas quiso expropiar; pero se llegó a un compromiso por el que sí fueron expropiados los terrenos pero no el ingenio, y por lo tanto Jenkins salió ganando. Esto, que desde un punto de vista de relaciones públicas es lo que a veces llamo “el teatro político”, se vio como una gran ocasión para cumplir las promesas de la Revolución. Y textual se dijo en el periódico del día siguiente: “Cumpliéronse ayer las promesas de la Revolución en Atencingo”.

 

AR: Y muy parecido ocurrió después con el gobierno de Adolfo López Mateos y el cine.

AP: Sí, fue otra ocasión de teatro político. Pero en Atencingo Jenkins salió ganando porque bajo el acuerdo de la expropiación los campesinos tuvieron que surtir su caña sólo a Jenkins, quien podía fijar el precio y, por lo tanto, él salió ganando a pesar de las apariencias.

Entre Jenkins y Maximino hubo varios intercambios de favores que permitieron al primero seguir lucrando de una manera desenfrenada, primero con el azúcar y luego con un monopolio de cines en la ciudad de Puebla, y que en épocas posteriores se extendería a todo México. Maximino recibió varios beneficios en términos de préstamos para hacer acciones en la compañía de Atencingo. Esta simbiosis conveniente luego se notó a nivel federal con la relación entre Jenkins y Manuel Ávila Camacho.

Entonces lo que examino, sobre todo en las décadas cruciales de los treinta y cuarenta, es el establecimiento de los fundamentos de la economía mexicana que ha existido desde entonces, que tiende a favorecer a los monopolios, a extender a ciertos empresarios bien conectados una carta blanca para prácticas monopólicas, evasión de impuestos, control de sindicatos y otras prácticas que contribuyen a la concentración de la riqueza en las manos de unos pocos. Ésta se dio en los casos de Jenkins y de los Azcárraga, por ejemplo. Es un tema que todavía está con nosotros y lo vemos de nuevo en el caso de Enrique Peña Nieto y Juan Armando Hinojosa, de Grupo Higa.

 

AR: ¿Cuál fue la ética del trabajo y de los negocios de Jenkins? Se relata que desde muy joven y hasta sus últimos días fue muy madrugador, que no fumaba ni bebía, hacía deporte, que fue un estudiante brillante y muy bueno para los números. Llega usted a citar La ética protestante y el espíritu del capitalismo, de Max Weber. Esa era una cara, pero había otra de la cultura norteamericana: la de los barones ladrones.

AP: Como dices, la ética protestante de trabajo es una que se ha aplicado a esa cultura de finales del siglo XIX y principios del XX en Estados Unidos, que animó a muchos norteamericanos a dedicarse a la creación de grandes fortunas. Era una forma de pensar algo relacionada con el darwinismo social, que decía que las élites ocurren naturalmente, por lo que quienes tienen el talento de hacer riqueza deben hacer tanta como puedan, porque a final de cuentas será su responsabilidad repartirla de manera filantrópica entre los más necesitados.

Jenkins estuvo en la Universidad Vanderbilt, que es un ejemplo de esa tendencia. Fue una escuela fundada, en parte, por Cornelius Vanderbilt, uno de los barones ladrones. Jenkins vivió en una época en que los estudiantes fueron animados a respetar y seguir el ejemplo de Vanderbilt, de Rockefeller, de Carnegie, de J. P. Morgan. Por 1900 estos barones ladrones ya habían repartido su riqueza.

Jenkins siempre tuvo esa idea, por lo que cuando en los años cincuenta creó la Fundación Jenkins estaba cumpliendo con una expectativa: implantar su forma de pensar cuando era muy joven. Por lo tanto a mi juicio es incorrecto decir que Jenkins decidió donar su fortuna para limpiar su imagen, la cual le valía madres.

Por supuesto la filantropía es un tema complejo; no creo que nadie done su dinero por un solo motivo sino siempre hay una convergencia de motivos. Para él fue esa ideología y también una conciencia culpable por no haber cumplido sus promesas a su esposa Mary, como la de que, una vez hecha su fortuna, iban a regresar a Estados Unidos, lo que nunca hizo. También, quizá en una manera más cortoplacista, el poder sostener y respaldar a políticos a la derecha del PRI, como Rafael Ávila Camacho, quien recibió apoyos a su plan de gobierno en el estado de Puebla.

Pero la ética protestante del trabajo también dice que hay que trabajar y que la generación de la riqueza es algo moralmente bueno. Entonces él vino a México con este incentivo y también con el de haber sentido el rechazo de su familia política, la que le vio como un arribista, un tipo de clase modesta que no merecía estar en una relación con Mary, que era bisnieta de unos hacendados muy ricos de Tennessee, que tenían esclavos y plantaciones. Entonces vino con el enorme deseo de probarse a sí mismo y a su familia política que podía generar la suficiente riqueza que le pudiera dar a Mary la forma de vida lujosa que, según él, ella merecía por ser una reina.

Entonces hubo una combinación de factores que le motivaron en la vida.

 

AR: Lázaro Cárdenas llegó a decir en los años sesenta que Jenkins era una reliquia del pasado. Vale la pena recordar que llegó al país antes de la Revolución mexicana, y durante ésta hizo gran fortuna con su bonetería La Corona, que fue un gran éxito pese al conflicto armado y que le permitió hacer su millón de dólares. Entonces parece que por allí no pasó la Revolución y le fue muy bien.

AP: Lo que marcó las primeras décadas de la vida empresarial de Jenkins en Puebla, desde la última década del Porfiriato hasta principios de los años cuarenta, fue el emprendedurismo. Fue el primero en importar máquinas de coser para la fabricación de medias y calcetines, un sector que producía a mano en la mayoría de las fábricas en el México de entonces. Él fue de los primeros en el país y en Puebla en importar máquinas, lo que le ayudó a obtener una posición dominante en ese sector.

Luego, en los años veinte, junto con su gran agrónomo, el español Manuel Pérez, logró no sólo resucitar el ingenio de Atencingo y sus terrenos sino obtener economías de escala por aunar otras haciendas al mismo sistema y experimentar diferentes tipos de azúcar llevados de distintos países y hacer grandes obras de riego. A pesar de que gozó de una protección política, el éxito de Atencingo se explica en gran parte por obras innovadoras en el cultivo y el proceso del azúcar. Luego, a inicios de los años cuarenta, cuando entró en la industria del cine, él y sus manos derechas (Manuel Espinosa y Gabriel Alarcón) estaba innovando en ella; pero a partir de esos años, cuando Jenkins ya tenía más de 60 años de edad, se notó cada vez más una visión menos emprendedora y más rentista: cada vez dependía más de sus relaciones políticas para mantener sus márgenes de utilidad.

Te doy el ejemplo concreto de las fábricas de Atlixco, El León y La Concha: a principios de los años cincuenta Jenkins llegó a un arreglo con el entonces gobernador de Puebla, Carlos Betancourt, para que esas fábricas pudieran quedarse técnicamente en la bancarrota y obtener permiso para despedir a quien quisiera y así mantener márgenes de utilidad en vez de invertir en nuevas máquinas. Él tenía el dinero para seguir invirtiendo y seguir innovando, pero decidió escoger el camino más fácil para perpetuar sus ganancias.

Eso es como una metáfora para lo que pasa en la economía mexicana con muchos innovadores: siempre los ha habido, pero lo que tiende a pasar en el largo plazo es que los hijos o los nietos de la familia dependen cada vez más de relaciones políticas y menos de la innovación. Se nota esa tendencia también en la familia de Emilio Azcárraga Vidaurreta, quien fue un gran innovador, mientras que Milmo innovó algo pero también dependió mucho de las relaciones políticas que protegían su monopolio. Se nota eso en otras familias de la industria textil en Puebla. Se puede decir que es la maldición o el hechizo de la economía mexicana: que esta tradición tan marcada de relaciones de apoyo mutuo, de conveniencia entre elites políticas y empresariales tiende a socavar los instintos emprendedores a largo plazo.

Es muy difícil para los innovadores lograr penetrar en sectores ya establecidos, porque los grandes, con la complicidad de los políticos, tienden a poner barreras que dificultan la entrada de nuevos emprendedores en un sector establecido. Las ocasiones en que éstos han podido entrar han tendido a ser épocas de gran disturbio, como en la década de la Revolución mexicana, cuando no sólo Jenkins sino varios libaneses y otros inmigrantes aprovecharon el caos para avanzar. De nuevo lo notamos en los años ochenta, cuando Carlos Slim se aprovechó del caos de esa década para comprar barato y, utilizando su visión empresarial, revivir varias empresas caídas en malos tiempos.

A veces suceden esas épocas, que son propicias para el emprendedurismo, pero son contadas. Por lo tanto, lo que tiende a persistir en México es el dominio de unas cuantas familias bien conectadas y cada vez menos emprendedoras.

 

AR: En el libro se pueden apreciar algunos cambios de Jenkins: cuando fue cónsul casi fue fusilado, y después vino su secuestro. Dejó de ser cónsul y, por decirlo así, se independizó de Estados Unidos y se centró en sus relaciones mexicanas. ¿Por qué y cómo fue este cambio? Uno podría pensar que iba a tener un apoyo de su gobierno, pero terminó por tejer y depender casi únicamente de sus vínculos mexicanos.

AP: Pienso que en parte fue por su propia personalidad. Era una persona que, dado su origen en Tennessee y de una familia modesta, siempre resentía a la gente de una élite establecida. Cuando vino a México no se asoció mucho con la élite local norteamericana; a finales del Porfiriato miles de estadounidenses vivían en México, pero la mayoría de los ricos vivían en la capital, y Jenkins guardó su distancia.

También fue una cuestión de geografía: él se radicó en Puebla, donde la comunidad norteamericana era muy pequeña. Entonces tuvo que depender más de relaciones con mexicanos, y felizmente se vinculó con algunos, a quienes escogió cuidadosamente: no le cayó nada bien la vieja guardia mexicana porque la encontraba igual de esnob que las élites locales en Tennessee.

Otro factor en cuanto a su relación con el cuerpo diplomático norteamericano es que hubo roces personales entre él y varios de los embajadores. El diplomático más importante de esa época fue Josephus Daniels, quien estuvo hasta principios de los años cuarenta y que era de centro izquierda, demócrata, mientras que Jenkins era de la derecha. Daniels se hizo muy amigo de Cárdenas, y éste despreció mucho a Jenkins, lo que afectó mucho la imagen que de este tenía el embajador.

También vio que las relaciones políticas que más le convenían eran las cercanas, como el gobernador de Puebla, luego el arzobispo y después el jefe militar, así como los caciques locales en el suroeste del estado, en los terrenos del azúcar. Esas eran las relaciones que más le servían.

 

AR: ¿Qué aprendió Jenkins de sus experiencias mexicanas? Algunas fueron traumáticas, como el intento de fusilamiento por parte de los carrancistas, estuvo en un par de ocasiones en la cárcel, padeció el escándalo de su secuestro —que algunos tildaron de autosecuestro—, le expropiaron las tierras de Atencingo y parte de los cines que tuvo. Parecen vivencias que bastaban para irse del país.

AP: Las experiencias de la Revolución con el pelotón de fusilamiento, el secuestro y posiblemente otros enfrentamientos y espantos de los que no tenemos evidencias, hablan en parte de su valentía: se le puede criticar por muchas cosas pero era un hombre valiente. Creo que él vio esos episodios como algo quizá inevitable porque estaba viviendo en una guerra, pero lo que lo motivó a seguir en México, a continuar invirtiendo y prestando fue la enorme oportunidad que representó la Revolución, durante la cual quintuplicó su fortuna.

Entonces las oportunidades eran tan atractivas para él que pudo aguantar esos episodios incómodos. Creo que era un tipo algo necio, obstinado, el tipo de persona que no le temía a nadie y no iba a ser detenido porque alguien le dijera que alguna cosa no se podía hacer. Considero que tuvo un fuerte sentido de su propio destino, que iba a ser un hombre exitoso; de nuevo podemos referirnos a la ética protestante del trabajo: el que trabaja fuerte, duro y tiene el talento, va a lograr grandes cosas.

Hay que recordar que la mayoría de los barones ladrones no nacieron en sábanas de seda: eran de clase modesta, como Rockefeller, Carnegie dejó su casa a los 14 años en Escocia y emigró a Estados Unidos. Y aunque Morgan fue un caso distinto, la mayoría de los barones ladrones habían escalado las jerarquías socioeconómicas, y creo que él tenía una visión de sí mismo muy parecida. Para él los episodios incómodos eran retos para sobrevivir o para vencer.

 

AR: En Puebla le tocó vivir una época particularmente violenta en los años veinte: los sindicatos, la lucha agraria, elecciones, etcétera. ¿Cómo se sirvió Jenkins de la violencia para consolidar su poder económico? En el libro se habla de varios asesinatos, aunque no queda tan claro que haya estado tan directamente ligado con ellos.

AP: Es muy notable en una carta que cito: después de su experiencia frente al pelotón de fusilamiento, lo que él sacó de la Revolución es que México es un país violento, los indígenas especialmente, y entonces la manera de proceder era equiparse para enfrentar la violencia, armar a sus propios empleados porque la ley formal no existía o era muy arbitraria. No se podía depender de las instituciones y tuvo que crear sus propias redes de protección.

Una vez un nieto de Jenkins me dijo: “Atencingo fue como the Wild West”. Todo mundo andaba armado, y los enfrentamientos que hubo no sólo involucraron a la gente de Jenkins frente a los agraristas sino peleas entre éstos, que seguían a distintos caciques; también disputas entre sindicatos de la CROM y la CROC, y otras que tenían sus raíces en controversias y resentimientos locales.

Cuando fui a Atencingo a entrevistar a los que habían trabajado en el ingenio en la época de Jenkins, llevé unas notas conmigo sobre distintas personas que habían sido asesinadas, y resultó que por lo menos en par de casos no debían nada a cuestiones políticas o al rol de Jenkins o de su mayordomo Manuel Pérez sino a asuntos de faldas.

Pero en ese ambiente la presencia de Jenkins fue tan dominante que era muy fácil que los cronistas pusieran toda la violencia a su cuenta. Yo creo que sí, que empleó la fuerza de las armas para proteger sus terrenos; incluso considero que le dio mucha libertad de operación a Manuel Pérez. Pienso que en términos de su visión ética, dar rienda a Pérez fue una forma de darse a él mismo un sentido de libertad ética, libre de cualquier conciencia culpable. Primero su justificación era que los mexicanos eran gente violenta, y que siempre se iban a matar unos a otros. El segundo aspecto es que a Pérez le dio permiso de tratar con los agraristas de la manera en que éste creyera más conveniente.

En la historia, y no sólo de México, ha habido gente blanca que ha controlado grandes extensiones de tierra trabajadas por indígenas o negros, y que ha intentado separarse de cualquier sentido de culpabilidad. Por eso es que la figura del mayordomo es tan importante: no sólo fue el gerente sino que funcionó como una especie de barrera moral entre el dueño y su fuerza laboral. Entonces el dueño podía seguir libre de cualquier sentido de culpa porque el mayordomo era el responsable de manera directa de controlar la mano de obra y ejercer la violencia cuando, a su juicio, fuera necesaria.

Así el dueño podía llegar a la hacienda y tratar de forma directa con sus empleados como si fuera noble y ético, que daba las gracias, la bendición en bodas y bautizos, que se podía preservar en su círculo con sus buenas costumbres.

Entonces la culpabilidad de Jenkins en cuanto a la violencia en Atencingo existió pero fue indirecta: permitió que su mano derecha en ese entonces, Manuel Pérez, la ejerciera, pero él no quería saber de ella.

Esa es mi deducción porque no tenemos sus agendas y hay muy pocas cartas que sobreviven de esa época.

Otro aspecto que le dio un sentido justificado por su manera de comportarse como dueño de Atencingo fue la cuestión de los donativos que hacía. Seguramente pensó: “Mientras doy empleo, utilizo parte de lo que gano para la construcción de escuelas, pago días feriados y festejos religiosos como el Día de Guadalupe, etcétera, estoy cumpliendo con mi deber. Si hay derramamiento de sangre en los cañaverales, seguramente es algo inevitable que va a suceder porque así son los indígenas en México, gente que se pelea entre sí y a veces no reconocen el beneficio que yo, como capitalista, les estoy dando”.

 

AR: Es interesante la combinación de los dos aspectos: sí fue un empresario innovador, dio empleos, hizo mucho por la beneficencia pública (patrocinó la construcción de escuelas y hospitales) mediante su Fundación, hasta más allá de su muerte. Esa es su leyenda blanca, como dice al final, mientras que la negra es la de la corrupción, como su inversión en campañas electorales, la ilegalidad en la compra de terrenos cerca de la frontera, la evasión fiscal (llega usted a llamarlo “evasor serial”). ¿Cómo combinaba Jenkins esas dos facetas, que uno puede ver contradictorias?

AP: El comportamiento filantrópico se relaciona con lo que decía apenas sobre la manera en que los empresarios han tendido a ver a sus empleados. Yo recuerdo, por ejemplo, que cuando investigaba al Tigre Azcárraga entrevisté a una guionista de telenovelas, Yolanda Vargas Dulché, cuyo esposo había sido encarcelado por evasión de impuestos. Fue uno de varios empresarios encarcelados en el gobierno de Carlos Salinas como una muestra de que ya no estábamos viviendo en tiempos de impunidad. Ella me indicó que no entendían, que no fue justo que lo encarcelaran porque en su hacienda habían construido 37 casas para sus empleados. Esta actitud de las elites, que data de la época de Jenkins y aun antes, aún está vigente hoy; como que ellas saben mejor lo que es un buen uso de su dinero y, por ello, deben formar sus propias reglas. Si no le pagan bien a sus empleados, si no les dan seguro social o no pagan sus impuestos, no importa; lo que sí importa es que ellas saben mejor cómo manejar la cuestión del dinero, mientras que los pobres no saben gastar bien porque se emborrachan o gastan su sueldo en frivolidades.

Es una arrogancia elitista muy arraigada en este país, y Jenkins fue uno de varios en ese sentido; su forma de pensar era muy común para su época, que aún está con nosotros.

Cómo conciliar la filantropía con la explotación es parte de la misma mentalidad, aunque hay una distinción con Jenkins: su obra filantrópica son dos asuntos: primero, no hacía alarde de ella. Se ausentó de la inauguración de muchas obras que había financiado, lo que delegó en un empleado, una hija o un miembro del patronato de la Fundación Jenkins.

Esta manera de practicar la filantropía es muy distinta de la de, por ejemplo, Manuel Espinosa Iglesias, quien siempre quiso estar presente, recibir los aplausos y dar un discurso.

Yo creo que la tendencia filantrópica en México oscila entre esos dos extremos, pero hay pocos que, como Jenkins, nunca quieren salir en pantalla.

Otra tema fue la forma de establecer la Fundación: él fue el primero en México en establecer una según el modelo sajón, que data desde la Inglaterra del siglo XVII. Así estableció una cuyo propósito era invertir en actividades rentables y usar las utilidades para hacer los donativos, modelo muy distinto al típico entonces en México, que era establecerla para repartir la riqueza en unos pocos años.

Lo interesante del modelo que introdujo Jenkins en 1954 es que los demás filántropos mexicanos lo siguieron y hoy es el modelo dominante en el país.

 

AR: Sobre la Fundación señala que tenía un papel secundario: ser un mecanismo político aliado al PRI. Habla de que había dos grupos en el PRI: el del proyecto alemanista y el del general Cárdenas. Por supuesto, Jenkins apoyaba al alemanismo, y la Fundación apoyó a las universidades en contra de la UNAM y de la BUAP (la de las Américas, por ejemplo). Entonces ¿cuál fue el papel político que desempeñó Jenkins? Vemos que intervino incluso en la vida interna del PRI, financiaba campañas electorales, tenía amigos como los presidentes Ávila Camacho y Alemán.

AP: Su papel político fue apoyar a los políticos a favor de la empresa. Se notó que desde finales de la Revolución, concretamente desde 1920 —aunque sospecho que aun antes él daba subsidios a los gobiernos de Puebla— dio donativos de campaña a los políticos de la derecha, a los que iban a favorecer a los industriales en vez de los agraristas o los sindicalistas.

Él hizo donativos desde la época de la Revolución, pero la cantidad de dinero que daba aumentó notablemente a partir de mediados de los cuarenta, cuando murió su esposa. En esa época el PRI ya estaba muy bien arraigado, era el partido dominante. Entonces el motivo de sus obras filantrópicas —aunque siguió apoyando a políticos de la derecha, como Rafael Ávila Camacho—, era más que nada el sentido de la ética protestante del trabajo, que dice que cuando repartes tu dinero la prioridad debe ser la educación. Él apoyó la educación pública, principalmente, aunque también al Colegio Americano de Puebla, fundado por su hermana. La gran mayoría de las instituciones que recibieron el apoyo financiero de Jenkins a partir de principios de los años cincuenta fueron escuelas públicas, así como centros deportivos dirigidos a gente de clase media.

Cuando murió Jenkins y Espinosa Iglesias tomó el timón de la Fundación, inicialmente siguió con el mismo modelo: dio mucho dinero a la BUAP para la construcción de su ciudad universitaria, pero a partir de 1967 apoyó cada vez más a la educación privada.

Allí entramos a una cuestión abiertamente política, porque se vivía en la época de la Guerra Fría “calentada”; sé que es un oxímoron pero, a partir de la Revolución cubana, los campus de México se convirtieron en campos de batalla entre estudiantes de la izquierda y de la derecha, cada vez más polarizados. Resulta que en la BUAP fueron los izquierdistas quienes tenían ascendencia y lograron controlarla; la respuesta de Espinosa Iglesias (y no fue el único en la iniciativa privada) fue apoyar directamente y con más recursos la educación privada, una apuesta para que universidades como las de las Américas y la Anáhuac pudieran funcionar como contrapeso a las públicas, que eran abiertamente de izquierda.

Entonces se quiso cultivar una educación de derecha, que produjera los empresarios del futuro. Esta es la filosofía que ha predominado en la Fundación Jenkins desde entonces.

Es una visión muy distinta de la de Jenkins, porque cuando él estableció la Fundación puso una cláusula: en 1954 dijo que su dinero debería ser canalizado principalmente al estado de Puebla (no dice exclusivamente) y a los más necesitados. Entonces yo creo que a Jenkins no le gustaría tanto cómo se ha manejado su dinero en los últimos 50 años.

En algunas cosas estaría feliz, creo yo: ver que hay cuatro centros deportivos, los clubes Alfa, en Puebla, apoyados por la Fundación Jenkins. Pero el apoyo a la educación pública ha sido escaso en los últimos 50 años.

 

AR: ¿Por qué Jenkins amó a México hasta el grado de dejar a su familia? Su esposa, Mary, el gran amor de su vida, estuvo en Estados Unidos y murió allá sin que él regresara a su casa de Los Ángeles; no vio las bodas de sus hijas, y trajo los restos de su esposa a Puebla, y los suyos propios también reposan acá.

AP: Creo que amaba mucho a México porque significó para él una tierra de oportunidades. Desde su llegada y hasta sus últimos días encontró actividades en las que podía invertir, como en el campo. Le gustaba considerarse un granjero, más que nada un agricultor, a lo que dedicó gran parte de su vida a partir de 1920. Vendió Atencingo en 1946, y de allí fueron 26 años de trabajo muy dedicados al campo, a cultivar el azúcar. Y en los años que le quedaron siguió cultivando caña, melón y jitomate en varias partes de Puebla en terrenos menores, lo que siguió siendo su pasión.

Luego, a finales de los años cincuenta empezó una nueva aventura en Michoacán, en tierra caliente: el cultivo de algodón y melón. Le encantaba cultivar. Entonces en parte es eso: la oportunidad que le dieron Puebla y México.

Creo que le gustó mucho también estar en una situación en donde podía cultivar a otros, fomentar, educar y respaldar a los que mostraban talento. En ese sentido fue muy demócrata: sí dio dinero a los hijos de sus amigos de la élite de Puebla para que fundaran sus negocios, pero también aportó dinero a gente de procedencia humilde del Valle de Matamoros.

Creo que esto es lo más importante. También le encantó Acapulco en los años cuarenta y cincuenta, y le encantó estar en el campo, con el sol en su espalda, sentir el suelo bajo sus botas y ver crecer los cultivos.

En cuanto al pueblo mexicano, hizo algunas amistades fuertes, pero no muchas. Sintió que México le había dado chance de probarse en la vida, de cumplir con los talentos con los que nació.

Esto es inferencia porque Jenkins no dejó mucho escrito en las últimas décadas de su vida. Lo que sobrevive son cartas que hacía a su familia: escribía con cinco copias, y las mandaba a distintas hijas y familias en distintos lugares. En esas cartas lo que más se nota es su placer.

Estamos hablando de cartas que empezó a escribir a finales de los años cuarenta y hasta finales de 1963, cuando murió. Casi no habla del cine; de lo que más hablaba era de sus proyectos agrícolas, de los cultivos de melón, caña y algodón en Michoacán. El segundo tema más común eran sus viajes de pesca en Acapulco.

Entonces, aunque dedicaba más tiempo a cuestiones financieras, lo que le gustaba describir eran sus momentos en el campo y en el mar. También habla algo de la mujer que trabajó más con él, Amelia García, Mía, quien fue su cocinera (decían las malas lenguas que eran amantes, pero creo que era una broma, más que nada). Ella era indígena, chaparrita, gordita, con una cara linda, y quizá fue su mejor amiga, más después de la muerte de Mary porque la llevaba por todos lados. Eso es una cosa fascinante de Jenkins porque ella lo acompañaba, comían en la misma mesa y él no se portaba como un típico elitista mexicano en ese sentido.

En cuanto a su trato con gente de otra clase social y de otra tez, fue muy demócrata, muy sencillo.

Eran misterios en la vida de Jenkins; lo que realmente sentía sobre México es algo que debemos inferir porque no lo dice textualmente, pero por la manera en que él le dio su tiempo y lo que dicen sus cartas, expresa esa tendencia sajona de no hablar mucho de sus sentimientos.

 

AR: Aunque él fue una de las víctimas de la gringofobia.

AP: El tema principal es la gringofobia. Yo diría que la cuestión de la persistencia de relaciones tan cómodas entre élites políticas y empresariales es un asunto, y otro es la persistencia de sentimientos muy encontrados entre la población mexicana y los estadounidenses. Yo indico varias veces las ocasiones en que en momentos de cierta sospecha colectiva sobre Estados Unidos, Jenkins entró al discurso político como una herramienta retórica para dar ejemplo de las maniobras maquiavélicas y explotadoras de los norteamericanos.

Pero esa gringofobia ha alternado con una gringofilia en este país, como en momentos en que ciertos presidentes (Obregón, que siguió a Carranza, es un ejemplo) han proyectado una política de puertas más abiertas a Estados Unidos, sobre todo en plan retórico.

Yo digo al final del libro que la gringofobia ha tendido a disminuir en décadas recientes, sobre todo desde mediados de los noventa, porque muchos millones de mexicanos ha ido a Estados Unidos y han conocido al Tío Sam, y han visto que no es el gran Satanás.

Los politólogos que manejan el estudio de encuestas públicas han notado que en las últimas dos décadas la percepción de Estados Unidos ha tenido sus altibajos, positivos bajo Obama y negativos bajo Bush. En el año 2006, según un estudio del CIDE, un 46 por ciento de los mexicanos tuvieron una impresión negativa de Estados Unidos; 10 años después, según Latinobarómetro, esa percepción negativa ha caído al 15 por ciento.

Entonces, aunque la gringofobia ha disminuido, hay cierta cantidad de la población mexicana, hasta la mitad —lo que depende de quién está en la Casa Blanca y de cómo es la política exterior de Estados Unidos—, que está dispuesta a sospechar y tener opiniones negativas hacia ese país. Esa tendencia puede ser manipulada: hubo intentos de hacerlo durante los debates sobre el Tratado de Libre Comercio y de nuevo ahora que Donald Trump está en la Casa Blanca.

Aunque no menciono textualmente a Trump en mi libro, sí digo que en un futuro es posible que algún político populista en México aproveche la persistencia de un cierto grado de gringofobia para hacer política, para hacer declaraciones que animan a la gente con fines de fortalecer sus propias bases, lo que es posible que vuelva a suceder en las elecciones de 2018.

 

*Entrevista publicada en Etcétera, núm. 197, abril de 2017.

miércoles, abril 16, 2014

Emilio Azcárraga Milmo: vida y empresa. Entrevista con Claudia Fernández y Andrew Paxman




Emilio Azcárraga Milmo: vida y empresa
Entrevista con Claudia Fernández y Andrew Paxman*

Por Ariel Ruiz Mondragón

Sin duda, durante la segunda mitad del siglo XX en México la televisión, floreciente industria de la época, tuvo una influencia innegable en diversos ámbitos de la vida nacional, desde la estrictamente cultural hasta la política. Dentro de ese ámbito descolló una empresa que fue prácticamente un monopolio: Televisa. En ella se generaron desde prejuiciadas concepciones culturales en sus programas de diversión, hasta la defensa de su poder económico y político a través del periodismo que en esa empresa se ha ejercido.
El segundo y más significativo líder de la dinastía que ha manejado esa empresa lo fue Emilio Azcárraga Milmo, heredero del gran imperio mediático levantado por su padre. Su poder en tan variados ámbitos del país han hecho que un par de autores se pregunten y respondan lo siguiente: “¿Tuvo algún otro mexicano mayor influencia en la sociedad, la política y la cultura de su país en la segunda mitad del siglo XX? Hasta ahora la evidencia muestra que no”.
Ellos son la periodista Claudia Fernández y el historiador Andrew Paxman, quienes dedicaron años de esfuerzo a desentrañar los misterios de la vida y la empresa del gran patrón de Televisa. Sus hallazgos los dieron a conocer en El Tigre. Emilio Azcárraga y su imperio Televisa (México, Grijalbo, 2013), publicado originalmente en 2000 y cuya tercera edición, revisada y actualizada, circula actualmente.
Sobre ese texto que vincula la biografía de Azcárraga y la historia de Televisa conversamos con los autores. Claudia Fernández (Distrito Federal, 1969) es maestra en Periodismo Internacional por la Universidad del Sur de California; fue reportera de El Financiero y El Universal. Ganadora de los premios Penny Lernoux y Unifem, actualmente es encargada de la comunicación de investigación en la Universidad de Canberra.
Por su parte, Paxman (Londres, 1967) es doctor en Historia por la Universidad Texas en Austin. Fue reportero de The News, México Insight y Variety. También ha sido profesor de Historia en el Colegio Millsaps.
La entrevista consta de dos partes: la primera fue presencial con los dos autores y publicada en Replicante; la segunda fue un intercambio vía correo electrónico con Paxman.

Ariel Ruiz (AR): ¿Cuál es la relevancia de reeditar este libro que apareció en 2000? En las primeras páginas dicen que Emilio Azcárraga Milmo tal vez fue el personaje más influyente en la política, la cultura y la comunicación en México.
Andrew Paxman (AP): En cuanto a la primera edición, escribimos el libro por varias preocupaciones que teníamos por la influencia de Emilio Azcárraga Milmo en la vida nacional, no sólo en la televisión sino en el deporte, en cuestiones de religión, del arte y más.
Nos parecía el empresario más influyente de la segunda mitad del siglo XX en México, en parte por el alcance de sus cuatro canales de televisión, y en parte por su cuasi monopolio sobre las noticias en este país en el sentido de que durante algunos años el 90 por ciento o más de los mexicanos recibían su información por 24 horas con Jacobo Zabludovsky y otros noticieros de Televisa, los que, como bien sabemos, eran el equivalente a voceros del PRI.
También teníamos una preocupación por la calidad de la programación de entretenimiento, la marginación que se dio en las telenovelas al grueso de la población mexicana que es de tez morena, y la manera de construir y representar relaciones entre hombre y mujer, muy machistas y muy sexistas. El darwinismo social era la ideología fundamental de esas telenovelas en las que los pobres deberían conocer su lugar y no aspirar a la movilidad socioeconómica.
Todas esas cosas y hasta la manera en que Televisa metía sus dedos en el futbol eran de gran preocupación. Sabíamos que ya había varios libros, y muy buenos, que trataban la influencia de Televisa, como El quinto poder, coordinado por Raúl Trejo Delarbre. Pero, a nuestro juicio, casi todos los libros ya vigentes, escritos en los setenta, ochenta y noventa, predicaban, hasta cierto punto, a coro. Tenían una perspectiva aceptable pero muy crítica que era al gusto de gente de convicción izquierdista, de los estudiantes de la UNAM, de los lectores de Proceso y La Jornada.
Pero ¿qué pasó con la mayoría de los mexicanos que no cabía en esos sectores? Queríamos dirigirnos a las amas de casa a las que les gustaban las telenovelas, a la afición del futbol, a la gente que se consideraba apolítica. Deseábamos alcanzar a esta gente por contar la vida, muy interesante, de un empresario sumamente controvertido; además, que esa gente, al leer el libro atraída por la salsa del carisma y los amoríos del Tigre, pensará también estos temas personales con los asuntos analíticos antes mencionados, los mismos que tocaban Raúl Trejo y los demás comunicólogos en su volumen.
De esa forma quisimos ampliar el terreno del debate, la conversación nacional sobre la televisión para que aún más personas, cuando prenden la televisión, lo hagan con conciencias más abiertas, con un cuestionamiento de lo que están viendo.

AR: Para mí el libro es mucho más que una biografía: la crónica apasionante del desarrollo de una empresa y una industria. En ese sentido quisiera ver estas dos variables: por una parte la empresa y por otra la vida personal de Azcárraga Milmo. ¿Cómo se mezcló su vida personal con la empresarial?
CF: No imaginamos otra manera de contar la historia de una persona. Tú sabes que la formación temprana de un individuo determina, en gran medida, su adultez. Cuando decidimos acercarnos a este personaje bajo el género de la biografía teníamos muy claro que tendríamos que indagar sobre su vida personal, la cual era muy privada. Todo mundo sabía que se había casado cuatro veces, que tenía amantes y amoríos, pero nadie sabía realmente qué había detrás de esas historias, y a Andrew y a mí nos interesaba mucho conocer esos pilares de su vida, esos andamios que nos iban a explicar el por qué como empresario actuaba de tal o cual manera.
La relación con su padre definitivamente determinó en gran medida su carácter; su padre, yo creo que como muchos otros en esa época, trató de usar mano dura para sacar el varón en su hijo; era su único hijo varón y quería hacerlo fuerte y duro. Enviarlo a una academia militar también es indicativo de ello, y pueden leerse los efectos que tuvo en su vida posterior. Además, en la escuela militar, en Culver, Indiana, conoció a uno de sus mejores amigos, lo cual también te habla de esta soledad como familiar y de que encontró sus fuertes relaciones personales con amigos en un mundo aislado en ese tipo de colegio.
Sus primeras relaciones amorosas, o la primera, tuvo un gran efecto no sólo en cómo se comportó en todos sus amores posteriores sino también creo que en gran medida en algunos de los rasgos empresariales que tuvo, sus caprichos, su impulsividad. Creo que la muerte de su primera esposa, a los ochos meses de haberse casado y siendo él muy joven, lo marcó; ella, Gina Shondube, fue realmente el amor de su vida: estaba profundamente enamorado de ella cuando murió.
Cuando ella falleció él se fue a Europa a una megaborrachera con todos sus amigos, y allí también descubrió que no era infalible. Entonces hay muchos episodios en su vida que lo marcaron en el cómo iba a comportarse después. Tienes que entender el impacto de esos eventos, en cómo se manifiestan en su vida posterior.
Hay varios ejemplos: el que haya perdido a su gran amor y que esto le haya parecido tan injusto creo que también determinó el cómo vivía: como si después no hubiera tiempo. Todo lo que quería hacer lo hacía porque no sabía cuánto tiempo iba a durarle la vida; entonces, era muy impulsivo en sus decisiones. ¿Por qué no vamos a comprar un yate, vamos a hacer esto o vamos a hacer aquello? Y sin estudios de mercado.
Creo que el crecer de esta manera le desarrolló una visión principesca de él mismo, de ser el heredero natural de la empresa de su padre; no se imaginaba de otra manera. Y todo lo que él pensara tenía que hacerse, que todas las decisiones que tomara tenían que seguirse porque él era el príncipe.

AR: Se ha pensado mucho, sobre todo en los tiempos de la transición democrática, que había una relación de romance, una historia rosa entre los Azcárraga y el PRI. Pero leyendo su libro veo que es una historia muy compleja, con muchos enfrentamientos prácticamente desde que nos les da la primera concesión Miguel Alemán, los problemas por el 12.5 por ciento con Gustavo Díaz Ordaz, los amagos de nacionalización de Luis Echeverría y el desprecio por Miguel de la Madrid. ¿Cómo fue esta relación? No es una historia fácil.
CF: Muy interesante tu apreciación porque es exactamente lo que nosotros tratábamos de plantear en este libro. La primera apreciación de la relación, como de romance, entre el PRI y Televisa, es que nunca fue así. Entre ambos, tanto la empresa como el partido y por ende el gobierno, tuvieron una relación simbiótica que servía a sus intereses; no había una comunión ideológica de ambas partes, sino más bien era “¿cómo puedo hacerle para que tú sigas protegiendo mis intereses monopólicos? Qué necesitas, yo te lo doy”, y al mismo tiempo “¿qué me puedes dar tú como vocero de mis mensajes para que pueda seguir persistiendo?”.
Entonces era como un pacto para mantener el statu quo. Las declaraciones iniciales Azcárraga Milmo, de “soy un soldado del PRI, soy un soldado del presidente” exhiben un pragmatismo político de un empresario muy inteligente, que públicamente no quería esconder su apoyo porque eso le beneficiaba con favores del gobierno cuando tuviera necesidad de concesiones, de la renovación de éstas, de leyes que favorecieran su negocio, etcétera.
Pero considero que hubo roces, desde diferencias de personalidad hasta divergencia de intereses o de ideología política. Luis Echeverría, a los ojos de Emilio Azcárraga, era un socialista que iba en contra de sus intereses, por ejemplo. El caso es que desde entonces veíamos estas diferencias ideológicas o roces por ciertas circunstancias, pero que a final de cuentas servían a los intereses de la empresa que apoya a ese partido.
¿Qué vemos en el presente? Emilio Azcárraga Jean ha actuado de manera distinta en su forma pública de hacer este tipo de declaraciones: desde el principio manifestó “vamos por México”, que le apostaba al país, no a un partido o a un gobierno. Eso le ha permitido moverse en aguas pantanosas en términos ideológicos: por ejemplo, en la campaña del 2000, cuando Francisco Labastida era el candidato presidencial del PRI y Vicente Fox el del PAN, se dio cuenta de que este último llevaba la delantera y era más seguro que fuera a ganar; entonces desvió su apoyo de Labastida hacia Fox. Empezó a darse una equidad en términos de tiempo hacia los otros partidos, había más presiones externas para ser más objetivos e imparciales en su cobertura noticiosa. Pero vemos una clara tendencia a apoyar al ganador o al que vaya a beneficiar sus intereses; lo mismo pasó con Felipe Calderón y recientemente con Enrique Peña Nieto.

AR: Otro tema fascinante que aparece varias veces en el libro es que Azcárraga Milmo sostenía un nacionalismo, pero al mismo tiempo tenía una gran admiración por Estados Unidos. ¿Cómo compatibilizó ambas posturas?
AP: Creo que viene de la procedencia geográfica de su familia, que era norteña, y sabemos que Azcárraga mismo nació en Estados Unidos, cosa que escondió durante toda su vida. Sabemos que su padre. Emilio Azcárraga Vidaurreta, había asistido a un colegio en Austin, Texas; que su abuelo, Mariano (si mal no recuerdo), era agente de la aduana. Entonces pasaba mucho tiempo en la frontera. Su madre venía de una familia irlandesa- norteamericana. Entonces yo creo que por las circunstancias de su niñez, y también, como mencionaste antes, por haber asistido a la escuela Culver, en Indiana, no tenía los mismos prejuicios hacia los estadounidenses que tienen muchos mexicanos que nunca los han conocido.
A la vez tenía un gran patriotismo; pero hay diferentes escuelas de patriotismo en este país. Hay una escuela que surge de la guerra mexicano-estadounidense de los años cuarenta del siglo XIX, y por supuesto lo vemos en las letras del himno nacional: estamos listos para la guerra y el contrincante va a ser, probablemente, Estados Unidos.
Una de las definiciones de la mexicanidad es no ser gringo, como en mi caso: en Inglaterra, la definición de ser inglés es no ser francés. Pero no todos los nacionalismos son de confrontación; también en este país hay un nacionalismo muy fuerte que viene desde la Revolución (aunque hay huellas de este nacionalismo desde el Porfiriato), de adorar o poner en un pedestal lo indígena. Entonces, toda la onda indigenista que surgió bajo José Vasconcelos después de la Revolución es otra faceta del nacionalismo mexicano.
Otra cosa de Emilio Azcárraga Milmo es que no hacía caso a este tipo de nacionalismo; el suyo estuvo más radicado en cuestiones como la lengua española, a la que siempre favorecía: no permitía a los cantantes que interpretaran en inglés en Siempre en domingo y hasta en Telehit: todo mundo tenía que cantar en español.
También se notaba en sus relaciones con la Iglesia: el guadalupanismo casi oficial de la empresa, el transmitir “Las mañanitas” cada 12 de diciembre y su trato con la Iglesia por lo general. En las telenovelas, como en las Marías de Thalía, todos rezaban a la Virgencita...
CF: Su influencia para traer al papa Juan Pablo II, en sus viajes y organizar toda la logística...
AP: El llevar todos los programas de Televisa hasta Estados Unidos, su lanzamiento del canal de noticias Eco. Hubo varias maneras en que quiso proyectar el país. Era un nacionalismo comercial porque beneficiaba a la empresa, y a la vez estaba tratando de elevar la reputación de México en el mundo tanto por la exportación de telenovelas como por el canal Eco, por patrocinar México, esplendores de 30 siglos en tres ciudades de Estados Unidos, así como con los mundiales de futbol.
Entonces, era un gran promotor de México; pero el México que promovía era uno sin peros ni polvo, sin gente morena, principalmente. Un México casi hecho Disneylandia...
CF: Prefabricado.

AR: Respecto a Estados Unidos, me llamó la atención que Azcárraga Milmo fracasara allí tantas veces. ¿Por qué ocurrió esto? Un asunto que encontré es que a él le gustaba ese país por el imperio de la ley y la libertad. ¿No fueron estas características las que no le permitieron triunfar allá?
AP: No, yo creo que tenía que ver más con su prepotencia...
CF: Con su desconocimiento de los mercados estadounidenses.
AP: Sí; decía, cuando iba a lanzar The National, un periódico deportivo en Estados Unidos, “no necesito ningún pinche estudio de mercado”. Y así era; tenía un concepto de cinismo tan elevado, principesco, casi como caudillesco, que pensaba que, como era de la realeza, como si su sangre fuera azul, “no necesito hacer lo que los demás empresarios más pequeños hacen”.
CF: Desdeñaba todo ese proceso.
AP: Tenía un olfato empresarial bueno, pero no excelente; entonces, a veces la falló.
CF: Y la ejecución le fallaba por esa arrogancia de no estudiar realmente las necesidades y las condiciones del mercado. Entonces, proyectos como The National, su contrato con Univisión (que era muy benéfico para ésta, pero no tanto para Televisa, y que duró 25 años, con cláusulas bastante malas para él), la cadena de noticias Eco, etcétera.
Tenía estas visiones y proyectos, pero no los ejecutaba como un empresario profesional, diría yo; era un empresario casi de sangre azul y pensaba que eso le daba las credenciales para lograr éxitos en el mundo de los negocios.
AP: Y también creo que viene de la falta de competencia: no estaba acostumbrado a competir, o muy poco. Tuvo que hacerlo un poco a finales de los años sesenta y principios de los setenta, frente al canal 8 de Monterrey; después, a partir de 1989, en el mercado de cable con Multivisión. Y en estos momentos a veces no le fue tan bien: perdió audiencia y suscriptores porque los demás eran menos prepotentes. Multivisión, por ejemplo, siempre tenía un manejo de mercadotecnia y de servicio a clientes mucho más eficiente y menos déspota que Televisa.
Entonces, saliendo de México y entrando a Estados Unidos, Chile, Perú, España u otros países donde lanzaba o tenía acciones en canales abiertos o donde lanzó televisión de paga, no estaba preparado para competir porque no era su experiencia.

AR: Me refería también a lo de la legalidad y la libertad por dos casos que mencionan: primero, que en Estados Unidos le aplicaron la ley antimonopolio, y por el rechazo de los periodistas de SIN en Miami cuando les quisieron imponer a Jacobo Zabludovsky de jefe.
AP: ¡Bienvenido a Miami, Jacobo! (risas).
CF: ¡Adiós, Jacobo! (risas).
AR: Y aquí en México no se le aplicaron las leyes al respecto...
CF: Es una ley antimonopolios de 1934 que seguimos esperando que se cumpla. También ese desconocimiento del mercado y de la operación de las leyes en Estados Unidos lo que contribuía a este tipo de fracasos, en cierta medida. Esa arrogancia por el no conocer, el no saber cómo se tenían que hacer los procedimientos, ese desconocimiento de un mercado de competencia, en términos de pensar que él podía determinar que podía traer a Jacobo de México y ponerlo en un entorno bastante hostil en donde no tenía ninguna credibilidad... Bueno, tenía credibilidad como periodista, supongo, pero no como vocero del sistema.
Entonces él pensaba que podía manejar todos estos hilos, como lo hacía en su propia empresa, y fue muy duro darse cuenta de que esto no era posible.

AR: En el libro también encontramos la discusión acerca del modelo de televisión (pública o privada), que se quería para el país, y que llegó incluso al discurso de Miguel Sabido sobre la responsabilidad social de Televisa, pronunciado frente al presidente Echeverría, en los años setenta. Finalmente ¿cómo entendió Azcárraga Milmo ese compromiso?
AP: No creo que la palabra “responsabilidad” haya estado en su vocabulario; bueno, responsabilidad hacia sus empleados sí porque era un hacendado, y responsabilidad en el sentido de la relación simbiótica en el PRI. Pero responsabilidad social...
CF: Yo tengo una acotación: creo que en la forma en la que él pensaba su responsabilidad social era proporcionar entretenimiento para la clase jodida que no tenía otra manera de recibirlo; su responsabilidad social estaba en decirle a Miguel Sabido “órale, échate otra telenovela cultural, histórica o educativa”; era llevar México, esplendores de 30 siglos a Estados Unidos porque que estaba promoviendo a México.
Tenía una percepción muy particular de la responsabilidad social, pero pienso que creía en eso.
AP: Sí, tienes razón.

AR: Una de las cosas que más me llamó la atención es la participación que tuvo, por ejemplo, en el Museo Tamayo, la revista Saber ver, y en buscar masificar la cultura. ¿Qué hay de esta otra vertiente de difusión cultural de Azcárraga?
CF: Creo que a lo largo de la historia de Televisa ha habido intentos, más de empleados que de la empresa como tal, para utilizarla como difusora de la cultura y de la educación, como Miguel Sabido y Ricardo Rocha, entre otros ejemplos.
Pienso que en ciertos momentos lo han logrado, y más recientemente con Fundación Televisa. O sea, hay intentos por cumplir con esa responsabilidad social; sin embargo, son aislados, no son parte de una estrategia o de una planeación consistente, sino es por iniciativas propias que se dan este tipo de programas o de eventos, que se terminan y hay otro paréntesis en los esfuerzos por cumplir con la responsabilidad social.

AR: Bueno, hasta tuvo un canal cultural.
CF: Sí, el canal 8, que fue el 9 después.
AP: La actitud de Azcárraga Milmo hacia la filantropía era caprichosa; en los años ochenta el canal 9 se dedicó a una programación puramente cultural, sin anuncios. Después le dijo a Miguel Sabido (quien, si no mal recuerdo, estaba encargado de ese canal), cuando decidió regresarlo a ser un canal con anuncios: “Se acabó tu canal pendejo”.
AR: “Ni es pendejo ni es mío”, le respondió Sabido.
AP: Así es. Lo que veo en esta cuestión es la diferencia entre Azcárraga Milmo y Azcárraga Jean, porque éste ha hecho varias declaraciones sobre su rol filantrópico, que suenan más convincentes porque hay un afán de Fundación Televisa que trata cosas más allá de la cultura, porque bajo Milmo fue cultural nada más.
Hay aspectos sociales de la fundación vigente, como Bécalos, la construcción de escuelas, de vivienda; también hay apertura. Se puede ir a la página de internet de la Fundación Televisa y se puede ver exactamente cómo están utilizando los donativos, cuántas escuelas, cuántos niños se están beneficiando. Eso no sucedía en la época del Tigre, mucho más por el hecho de que su esposa (amante por muchos años) Paula Cussi era aficionada del arte contemporáneo. Entonces, yo creo que es mucho más sano lo que está haciendo Azcárraga Jean en cuanto a sus iniciativas filantrópicas porque hay más cuidado y más transparencia, y además un sentido de responsabilidad social más amplio, más bien pensado, que se nota igualmente en su iniciativa de telenovelas con causa, en las que ha hecho algunos ligeros toques para desarrollar temas de importancia social en las subtramas.

AR: Para finalizar: hay una parte en la que dicen que este hombre, uno de los más ricos del mundo, terminó siendo el hombre más pobre de México. ¿Cómo se explica este fenómeno?
AP: Fue una combinación de circunstancias: el crack de 1995 y el apalancamiento de su empresa, porque había hecho fuertes inversiones, una serie de compras entre 1991, cuando salió a la bolsa, y 1994. Entonces la empresa tenía muchísimas deudas, y, además, él tenía mucha deuda personal. Esa referencia es a su deuda personal, porque había llevado prestado muchísimo dinero para poder comprar las acciones de su hermana Laura. Se debe a eso.

II

AR: Un aspecto interesante es que Emilio Azcárraga Milmo no terminó siquiera la escuela secundaria militarizada en Culver, Indiana, Estados Unidos. ¿Cómo influyó esta no muy amplia preparación académica en la concepción que tenía sobre la televisión y su utilización?
AP: En casi nada. Azcárraga provenía de una cultura que creía en el darwinismo social, según el cual las élites nacen y emergen naturalmente sin tener que prepararse. Aún existe esta forma de pensar hoy en día: los grandes empresarios tienden a mandar a sus hijos a prepas y universidades donde la educación no es la más rigurosa, sino donde asisten muchos niños bien. Estos lugares son aptos para la formación de amistades que les van a convenir a estos hijos en sus futuras profesiones. Las cosas han cambiado un poco, pero México sigue siendo un país donde a quién conoces es más importante que qué conoces.

AR: En varias partes del libro se menciona el acendrado nacionalismo de Azcárraga Milmo; sin embargo, también tenía una gran admiración por Estados Unidos y produjo innumerables telenovelas racistas y clasistas que poco tenían que ver con la realidad de la sociedad mexicana. ¿Cuál era la idea que tenía de México y de sus habitantes? ¿Qué aspectos le parecían defendibles de la cultura mexicana?
AP: Es buena pregunta. Azcárraga defendió a los pobres siempre y cuando reconocieran la supuesta honradez de su propia pobreza. Defendió a los indígenas por exaltar la cultura de los mayas y los aztecas, sin hacer ningún caso a la vida indígena actual. Por otro lado, se enojaba cada vez que algún norteamericano despreciaba a los mexicanos, y el orgullo nacional fue uno de los motivos que le condujo a lanzar el canal de noticias ECO y el diario deportivo The National, y a patrocinar la exposición México: Esplendores de 30 Siglos.

AR: ¿Cuáles eran las ideas acerca de la televisión de los principales creadores en Televisa? Podríamos destacar, por ejemplo, a Valentín Pimstein, Ernesto Alonso y Luis de Llano Palmer, por ejemplo.
AP: Entretener, no ofender, mantener jerarquías sociales y de género, así como fortalecer las buenas costumbres —definidas en términos sumamente conservadores, por supuesto—. Además, permitir que los televidentes escaparan regularmente de lo que describió Azcárraga como “su triste realidad y de su futuro difícil.” Para Pimstein y los demás, esto significó un servicio social. El entretenimiento en sí mismo sí es importante, pero sólo es una parte de una dieta televisiva saludable. Dieron de comer puro postre, no hubo ni carne ni fibra.

AR: Un personaje por demás interesante en esta historia de Televisa es Miguel Sabido, quien propugnaba por el uso de la televisión con responsabilidad social. ¿Cuál fue su relevancia?
AP: Fue y es relevante por dos motivos. Primero, porque sus telenovelas —entre 1975 y 1982— hicieron una contribución cuantificable a la planificación familiar y la alfabetización adulta en este país. Segundo, porque probó que aun en el reino de El Tigre hubo espacio para idealistas —para productores que no se doblegaron frente al Dios Rating— y que apostaron en trabajar adentro del sistema, uno con un alcance inigualable.
Es una buena lección para el presente, a mi juicio: todavía hay posibilidad de usar los canales, aun los de Televisa y TV Azteca, para difundir ideas progresistas. Pero como productor o periodista, hay que saber cómo aprovechar los espacios, cómo defenderse frente a la oposición de ciertos ejecutivos, y cómo resistir la tentación de la autocensura cotidiana. Hay que ser listo y valiente, como era Miguel Sabido.

AR: Se menciona que Azcárraga Milmo no era un gran lector, y que de Tiempo nublado, de Octavio Paz, dijo: “Daría cualquier cosa por entender ese libro”. En este sentido ¿cómo fue posible que se atrajera a algunos intelectuales, empezando por el propio poeta, quien incluso fue comentarista en Televisa?
AP: Hasta cierto punto, fue posible por el innegable encanto de Azcárraga. Pero también por la misma razón que acabo de mencionar: algunos intelectuales reconocieron el poder de la televisión como medio de difusión para sus ideas, no importa quien la controlara. Dicho eso, siempre tuvieron que evitar la tentación de autocensurarse con fines de no ofender a Azcárraga o al PRI. Aun hoy en día, si un intelectual que participa en Televisa se encuentra con la censura o la autocensura, se tiene que preguntar si vale la pena seguir apareciendo en los programas. No creo en absolutismos —a veces, retener comentarios en el corto plazo sirve la posibilidad de tener impacto en el largo plazo—. Se debe tratar de un proceso de evaluación constante. Me imagino que algunos intelectuales y periodistas han entrado en la televisión pensando que no se van a rendir a la autocensura, pero poco a poco suavizan sus comentarios, hasta que sus opiniones son casi indistinguibles de las del oficialismo o de las élites empresariales.

AR: En el volumen se mencionan las opiniones de dos escritores tras la muerte de Azcárraga Milmo: primera, la de Octavio Paz: “Fue un combatiente en el dominio de la comunicación moderna y murió como un combatiente”; segunda, la de José Agustín: “Su manera de hacer televisión... fue devastadora”. ¿Cuánta razón otorga a cada una de ellas?
AP: La cita de Paz es lamentable; dudo que un Paz más joven lo hubiera dicho. Ya muy avanzado de edad, llegó a confundir su amistad hacia la persona con su deber como pensador de defender el bien del país. Aquí se nota, por contraste, la sabiduría de José Agustín, quien también dijo que Azcárraga “se esforzó por manipular al público para que fuera menor de edad”. Y por “menor de edad” se puede decir una nación menos democrática, menos igualitaria y menos capaz de pensar por sí misma de lo que habría sido con una televisión abierta, retadora, abierta a distintos puntos de vista y socialmente responsable. Mucha gente decía que Televisa “estupidecía” a los televidentes. No diría eso, sino que los trataba como si fueran niños y mantenía a muchos en la ignorancia. Aunque a menor nivel, esas prácticas siguen hoy, como se nota especialmente en el lenguaje televisivo de las telenovelas y de la información poco analítica de López Dóriga.

AR: Hay muchos apuntes críticos sobre el periodismo que desarrolló Televisa, especialmente en su noticiario 24 horas. ¿Fracasó su modelo de divulgar información? Lo pondría términos éticos, profesionales y económicos: allí están los casos de Jacobo Zabludovsky, el diario Summa y Eco.
AP: El caso de Zabludovsky marcó la pauta para todo lo demás. Su modelo de divulgar información fue muy exitoso en términos oficialistas y económicos —si por económicos nos referimos a los intereses corporativos de Televisa y de los anunciantes— pero muy lamentable en términos éticos y profesionales. Hay una tendencia suya que todavía se nota en el noticiero de López Dóriga, que es dar cantidades de información sin incluir el contexto y el análisis que un televidente necesitaría para entender el significado del acontecimiento. Por ejemplo, reportar una matanza hecha por un cartel narcotraficante sin proveer contexto y análisis convierte la nota en un mero cortometraje de acción.
Otro problema del noticiero de Televisa es su tradición de emplear sólo gente blanca como locutores, que es una manera más en la que esta empresa ha mantenido la jerarquía socio-racial, una maldición que ha sufrido México desde la colonia. Recién asistí al evento México Siglo XXI, de la Fundación Telmex, que empleó como maestros de ceremonias a media docena de locutores del canal en línea UnoTV, y me agradó ver que la mayoría de estos no eran gente blanca, sino que mostraron una variedad de tonalidades de piel y así un reflejo más fiel de la población mexicana. Era una probadita alentadora de cómo existen otras formas de hacer televisión en este país.

*La primera parte de esta entrevista fue publicada en Replicante, octubre de 2013.