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lunes, junio 06, 2011

La concentración de los medios, contra la democracia. Entrevista con Raúl Trejo Delarbre

 
 

La concentración de los medios, contra la democracia 
Entrevista con Raúl Trejo Delarbre*
 Ariel Ruiz Mondragón
 Sobre el tratamiento que los medios de comunicación dieron a partidos y candidatos durante las polémicas elecciones presidenciales de 2006 se ha escrito mucho, generalmente desde posiciones tan enfrentadas política e ideológicamente como remisas a aportar bases empíricas para sostener sus argumentos: muchos juicios y pocos datos.
El año pasado apareció un libro que, en ese sentido, va a contracorriente: Simpatía por el rating. La política deslumbrada por los medios (México, Cal y arena, 2010), de Raúl Trejo Delarbre, volumen que es producto de una investigación y ordenamiento de los datos referentes a la cobertura que los medios electrónicos dieron a las campañas electorales de 2006. De él se pueden desprender varias conclusiones, como el derrumbe de los mitos del maltrato exagerado a uno de los candidatos o que con una gran inversión en medios se tiene garantizada la victoria. También, que la disputa por el rating, la subordinación a los designios de los grupos que concentran la propiedad de los medios de comunicación y la preponderancia del marketing sobre la discusión racional son algunos de los pendientes de nuestra democracia.
Sobre varios de esos temas sostuvimos una conversación conversó con el autor, quien es doctor en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la misma universidad y presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información. Autor de 17 libros, ha recibido, entre otros, los siguientes reconocimientos: en 1990 la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos, en 1994 el Premio Nacional de Periodismo y en 1996 el Premio Fundesco de Ensayo.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué escribir y publicar un libro como el suyo, sobre todo tomando en cuenta los antecedentes de libros suyos como Así se calló el sistema, que hizo con varios autores, y Mediocracia sin mediaciones?
Raúl Trejo Delarbre (RTD): Primero, porque uno tiene obsesiones de las que es difícil librarse, y a veces, desde el campo de la academia o del comentario en los medios, sin quererlo o de manera deliberada, uno cultiva cierta especialización. Le confieso que hace cuatro o cinco años esperaba no dedicarme más a revisar monitoreos de medios de comunicación; yo he dejado a un lado el tema, pero a veces la realidad y las oportunidades de trabajo se imponen a uno mismo.
Tuve ocasión de que la Fundación Friedrich Ebert, a fines de 2006, me invitara a elaborar un documento muy acotado, que fue, de alguna manera, una versión muy inicial de este libro. Me pidieron una evaluación de las elecciones que acababan de ocurrir, y a partir de ese documento, preocupado por la discusión poselectoral, acicateado por la publicación de distintos acercamientos al tema, así como de la oportunidad que tuve para hurgar en internet y encontrar nuevos datos, entendí que valía la pena seguir interesado en el tema, actualizar reflexiones que yo ya había publicado acerca de partidos y medios, y preparar una investigación que creo que tiene una dosis suficiente de novedad para justificarse.
En los para qué, se puede preguntar: “¿Para qué un libro más sobre 2006, cuando hay docenas?”. A la mejor por eso: porque se han dicho y publicado muchas cosas acerca de esas elecciones, pero creo que falta una revisión más puntual, con algo de distancia crítica y analítica. Este libro se beneficia de la existencia de otros anteriores que hicieron colegas académicos y periodistas, tomo aportaciones de todos ellos, a los que menciono; sin esas contribuciones, este libro no sería lo que es. Además, creo que ya estamos en condiciones de hacer, en el campo de los medios, un balance más completo, y no sé si más sereno, pero espero que más sensato, de lo que fue la relación entre medios y partidos en aquellas elecciones.
No es este un libro que agote su mirada en 2006, ni un libro de historia política reciente, sino que abreva en ésta para mirar hacia adelante, y para, espero, ofrecer algunas lecciones
importantes rumbo a las fechas próximas en el futuro político mexicano.

AR: Como señala en el libro, partidos y candidatos tienen una gran obsesión por el spot. ¿Pero usted considera que los medios electrónicos realmente pueden servir para la deliberación democrática, para la discusión racional? Hoy vemos que en ellos el predominio es del entretenimiento, el marketing, el mensaje corto y contundente. Ahora recuerdo alguna respuesta crítica que usted dio a una convocatoria de Letras Libres al respecto.
RTD: Quisiera decirle que sí, pero tengo que decirle que no. En este sentido reconozco que tengo una opinión muy impopular, porque durante muchas décadas —en el caso mexicano, muchos años— quienes han estado preocupados por la televisión (voy a hablar solamente de este medio, porque la radio tiene su especificidad) han querido suponer que se le puede reformar. Yo creo que, en efecto, hay muchas maneras de hacer una televisión de mejor (o menos peor) calidad que la que tenemos en México, en donde la calidad está realmente muy abatida por la falta de competencia, de exigencia, por la complacencia de los anunciantes y por la búsqueda del menor esfuerzo por parte de los productores. Tenemos una pésima televisión, y eso lo sabemos todos, comenzando por los productores, quienes tienen tan mala conciencia que a cada rato invitan a intelectuales y académicos a sus programas para que se diga que ya hay pluralidad.
Pero voy a lo sustantivo: después de darle vueltas mucho tiempo, de atestiguar y a veces formar parte muy modesta de algunos esfuerzos para tener una televisión diferente, he llegado a la conclusión —que no es nueva, ya que es la misma a la que han llegado otros estudiosos de otros lugares del mundo— de que la televisión es fundamental para informar a los ciudadanos y es utilísima para entretener a las personas, pero tiene tales formatos que es muy difícil (quizá imposible) modificar, y me parece que es refractaria a un auténtico debate de los asuntos públicos.
Cal y arena publicó hace un año un libro casi clandestino, cuyos 10 mil ejemplares los compró la Secretaría de Educación Pública para maestros de secundaria. Para hacer ese libro me puse a revisar qué han dicho muchos especialistas en el mundo acerca de la televisión, y a estudiar su teoría, de sus usos y los esquemas de comunicación. Allí entendí una obviedad: la televisión no sirve para discutir algunos asuntos. ¿Cómo se pueden discutir en televisión la reforma política, los modelos de preservación del agua o la política para prevenir el sida? Hay muchos especialistas que saben mucho de cada tema, y para que uno de ellos explique un asunto hace falta tiempo y densidad, sin la dictadura del spot. Yo no creo que en una televisora haya condiciones para una conversación como ésta. En primer lugar, ningún productor la aceptaría; hace rato hablé para un periodista de la televisión durante 15 minutos, y de ellos la reportera va a tener que editar y dejar sólo dos, si bien nos va, y sólo lo más estridente.
La televisión tiene un formato hecho para el espectáculo, por eso es formidable para entretener, y también para la condensación de los acontecimientos, por lo que es muy útil para informar. Nos informa que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas, pero, ¿quién nos explica ese acontecimiento? No es la televisión, sino los medios impresos, un poco la radio y ahora internet.
La televisión no es para el debate político, pero no por eso debiéramos de dejar de exigirle más densidad, más espacio y menos frivolidad en la cobertura de los temas. De tal manera, hay que demandarle a la televisión que haga bien lo que puede hacer. ¿Qué es esto? Comunicarnos qué ocurre con los hechos públicos y, en el caso de las elecciones, decirnos lo elemental: quiénes compiten, por qué lo hacen, qué dicen y qué no dicen, etcétera. Pero incluso en estas asignaturas la televisión mexicana también nos queda a deber mucho a los electores y a los ciudadanos.

AR: A partir de las anotaciones que usted hace acerca de los candidatos Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón Hinojosa, ¿cómo entendieron éstos a los medios, cómo quisieron utilizarlos? Por ejemplo, usted señala que ambos coincidieron en considerar como gran analista a Brozo; pero también que el primero quiso imponer su visión política como única, mientras que el panista llegó a mencionar que la política era un reality show.
RTD: Creo que la política de comunicación de ambos candidatos hacia la televisión estuvo inicialmente definida por la idea de la espectacularidad, del show antes que otra cosa, pero también por la exigencia que ellos —particularmente Calderón— leyeron en las encuestas. En este libro se relata cómo al comenzar 2006, enero y parte de febrero, las campañas arrancaban con una enorme desventaja para Calderón, y los spots de ambas campañas eran, en términos generales, propositivos, y es más, muy bonitos. Los spots de la campañas de la Coalición por el Bien de Todos, de López Obrador eran de muy buena factura: blanco y negro, con contrastes, no sé si decirles artísticos, plásticamente bien hechos. Mostraban cosas terribles, y eran muy maniqueos, porque en 15 ó 60 segundos no se pueden decir grandes peroratas académicas; pero eran spots bien hechos, de buen gusto, y no concitaban el rechazo del adversario, sino más bien la invitación a votar por el candidato que podía remediar la situación reflejada en esos anuncios, como en el caso de la migración.
Lo mismo en el caso, aunque con menos fortuna plástica, de la campaña de Calderón, que eran spots por el asunto del empleo, del “yo sí puedo”, etcétera. Esto cambió cuando Acción Nacional decidió, ante la evidencia de las encuestas, que su campaña no repuntaba, y decidió arremeter contra el que dibujaron como el adversario principal, que era López Obrador, al cual calificaron como “peligro” para la nación mexicana.
Yo no sé si era o no “peligro” para la nación, en gustos se rompen géneros; a mí me hubiera parecido un riesgo que ganara este candidato, pero tampoco me gusta cómo ha gobernado el otro, pero esa es una apreciación personal. Ante esta campaña, que muchos se escandalizaron y la denunciaron como “negativa” —y que no era, por cierto, más negativa que muchas campañas en el mundo—, el PRD y la coalición respondieron con una campaña de difamación que terminó en aquella versión de que Calderón tenía un cuñado que hacía negocios ilícitos. Esto nunca se comprobó, por cierto, pero eso se dijo en spots, y mentira dicha, ni Dios ni la Contraloría de la Federación la quitan.
Hubo campañas agresivas y sucias, y todo esto fue parte de una elección muy cambiante, que no tuvo un script, una línea argumental unificada y coherente. Aquellas fueron modificadas de acuerdo a las necesidades políticas, y estuvieron definidas por la idea de los candidatos, sobre todo de Calderón, de que en los medios había que pelear y descalificar al adversario, más que a convencer; había que atemorizar más que persuadir, y a este esfuerzo por crear un clima de intimidación contribuyeron tanto uno como el otro candidato.

AR: En una parte del libro dice que tanto los candidatos como los partidos han asumido a los ciudadanos no como partícipes de la contienda, sino más que nada como espectadores. Y un problema también es que los propios ciudadanos se ven a sí mismo como tales. ¿Hay alguna forma de cambiar esta situación?
RTD: Una cosa es que los partidos asuman a los ciudadanos como individuos pasivos, y otra es que realmente lo sean. Ante la falta de exigencia ciudadana a los medios, uno está tentado a decir: “Tenemos una sociedad acrítica, resignada, conformista, cómplice de los malos contenidos”, y todo esto es cierto. Pero también hay que reconocer que, paulatinamente y de manera cada vez más reconocible, hay ciudadanos que se inconforman ante los medios, igual que hubo quienes en su momento lo hicieron ante los partidos.
Nos hace falta una ciudadanía con tal capacidad de exigencia respecto de los medios, como la que desde hace 20 ó 25 años tenemos respecto de los partidos políticos. ¿Cómo se logra esto? Bueno, esto ya está en marcha, aunque no de la mejor manera posible: hoy en día tenemos ciudadanos muy inconformes con los medios, los que supongo que no son mayoría, pero que muestran su disgusto de manera muy estridente. Tenemos ciudadanos que, al mimetizarse con esa estridencia que crearon ellos mismos y los políticos, se han contagiado de la “impolítica” de la descalificación. Basta asomarnos a los foros de discusión de cualquier periódico en línea, los que le dan a la gente una posibilidad —que antes no había— para que dé a conocer sus opiniones y sus disgustos, y están repletos de imprecaciones y de descalificaciones de lo más soeces, en una competencia por la vulgaridad en el sentido más estricto de este término, lo que habla muy mal de nuestra cultura política. Esos no representan a todos los ciudadanos, sino que son un segmento de los más disgustados, tan enojados que invierten tiempo y ocio en descalificar a los que no están de acuerdo con ellos en internet.
Esto nos habla de una ciudadanía de muy baja intensidad, muy primitiva, pero que se queja; la cultura de la queja ya está arraigada, y falta un proceso de civilización, que haya reglas, espacios y formas de responsabilidad. La gente dice muchas tonterías en internet, entre otras cosas porque lo hace de manera anónima; si no se pudiera, quizá como cuando uno conversa, cuando se sabe quien soy, cara a cara, o cuando uno dice su nombre, pues uno se hace responsable de lo que dice.
Hay muchas maneras; a mí me parece que parte del desarrollo del talante crítico respecto a los medios es que tiene que ser informado y que va a pasar por la mayor diversidad de los medios, pero, antes que nada, por la creación de espacios de escrutinio de los medios, sobre todo en internet, y eso es la creación de observatorios. No estoy inventando nada: en otros países de América Latina y del mundo ha sido un paso fundamental para que la gente tenga información y opinión de cómo se comportan los medios.
Si usted se fija, este libro tiene algo, o mucho, de observación de los medios. ¿Qué hice? Tome datos que estaban dispersos de la cobertura de medios en México. ¿Quién lee los informes del Instituto Federal Electoral (IFE)? Casi nadie, en parte porque el IFE no se ha preocupado por difundirlos todo lo que podría. Entonces lo que hice fue agarrar esos informes, recalcularlos —lo que fue un trabajo muy minucioso—, y al final llegué a integrar cuadros. Bueno, el día que en internet dispongamos, no cuatro años después, como en esta investigación, sino al día siguiente de evaluaciones de qué espacio le dieron los medios a cada partido político, anunciante, equipo de futbol, a cada punto de vista en los asuntos más diversos, tendremos observatorios del comportamiento de los medios que nutrirán la discusión de los ciudadanos. Eso espero.

AR: ¿Cómo conciben los grandes medios, los dueños de las dos grandes televisoras, a los partidos, a los candidatos y a los ciudadanos? Da la impresión de que sólo los consideran clientes y consumidores. ¿Y, sobre todo, cómo actuaron en el proceso de 2006? Sus números muestran que no fue una campaña despiadada contra uno de los candidatos.
RTD: Para los medios, los partidos son clientes, y este clientelismo se deriva de las reglas que teníamos hasta hace tres años, en las elecciones de 2006, que les permitían a los partidos gastar mucho dinero —dinero fiscal, dinero nuestro— en la contratación de espacios en radio y televisión. Este clientelismo forzado e inevitable está hoy acotado por la nueva legislación, que no ha cambiado del todo la costumbre de los candidatos de los diversos partidos para buscar exponerse a toda costa en los medios electrónicos, pero ha cambiado en algo fundamental: hoy en día es ilegal que un partido compre espacios en la televisión. Algunos lo hacen: hay que ver los spots de Enrique Peña Nieto y de Marcelo Ebrard, gobernador del Estado de México y Jefe de Gobierno del Distrito Federal, respectivamente, en los noticieros de Televisa. El espectador está viendo el anuncio de una automotriz, y de repente aparece un corte y viene una nota que dice que el funcionario tal inauguró una carretera o un hospital.
Falta mucho por caminar en este sentido, y esta compulsión de los medios para buscar clientes se mantiene gracias a este deslumbramiento de la clase política por los medios electrónicos. Hoy estas cuestiones son ilegales, pero falta reglamentar esa legislación para que la autoridad electoral o cualquier otra pueda imponer sanciones.
¿Cómo más ven los medios a los políticos? Como personajes inevitables, como interlocutores para realizar, cada vez más, la defensa de privilegios privados. Los medios, como cualquier otra empresa, hacen cabildeo, buscan crear leyes que les favorezcan, que se deroguen las que no les gustan y que el gobierno haga contrataciones que les resulten atractivas. Lo que no hemos tenido es una decisión de la clase política para tratar a las empresas mediáticas como cualesquiera otras, ya que igual hacen cabildeo las empresas tabacaleras, alcoholeras, los vendedores de computadoras y todo el mundo. Pero ninguna empresa en México hace el cabildeo y presiona a la clase política con la impunidad que hay en el caso de los medios de comunicación. Eso empieza a cambiar, pero a nuestros políticos les cuesta mucho esfuerzo enfrentarse a los medios; ya lo hicieron cuando la reforma constitucional de 2007, y hace falta que lo hagan una vez más para terminar la reforma legal de los medios de comunicación.

AR: Hay opiniones que manifiestan que las empresas que manejan los informativos pueden publicar lo que quieran y ocultar lo que no les guste. A partir de la experiencia de 2006, ¿es válido que las empresas privadas que manejan los medios puedan sesgar la información, orientar la opinión favorable o negativa acerca de un candidato?
RDT: La validez de esta conducta no está sancionada por la ley; es decir, en México no es ilegal que un medio de comunicación tenga sesgos en su información. Sí es ilegal que difame, y en algunos casos puede ser ilegal que diga mentiras. Si un medio de comunicación dice: “Beber solamente Coca Cola no hace daño”, pues está diciendo mentiras y puede haber una consecuencia legal. En el caso de la información política ocurriría lo mismo; es decir, legalmente se vale, ¿pero se vale en términos políticos, éticos? Aquí ya la discusión es muy difícil de asir. Cada vez que va a haber una elección federal, los partidos políticos representados en el IFE hacen una exhortación a los medios, y les dicen: “Señores de la radio y la televisión: Por favor, sean equitativos, trátennos parejo a todos, no digan mentiras ni distorsionen, hay que ser objetivos.” La verdad es que es una exhortación que ni los partidos ni los medios se creen; no tiene validez legal, es un llamado de buenas intenciones, un llamado a misa como los que hacen los párrocos, y van los que quieren y no van los que no quieren.
Pero hay quienes dicen que los medios deberían tener obligación de tratar igual a todos los candidatos. Esto en algunos países está legislado y en otros es una costumbre que vale casi como la ley, pero yo diría: ¿se vale tratar igual a los que son desiguales? Si yo fuera jefe de información o productor de un noticiero, ¿le daría el mismo espacio al PRI o al PAN, que ganan la tercera parte de los votos del país, que al PANAL, que gana el tres por ciento? Yo creo que no se vale darle lo mismo a quienes no son lo mismo.
Y más allá de eso, ¿tienen derecho los medios a tener preferencias claras? Hay quienes dicen que no, y yo digo que sí porque es parte de la libertad de expresión, de quienes comentan en los medios, de quienes informan puesto que son periodistas, y de los dueños de los medios. Yo sé que ésta es una posición discutible; a mí me parece que cualquier medio tiene ese derecho; es más, yo diría que un medio privado tiene derecho a no incorporar las noticias del PAN, del PRD o del PRI, del partido que le caiga mal, porque me parece que la pluralidad siempre es un valor impostado en una sociedad donde hay muchas tensiones, y que la objetividad es un asunto que no existe.
Sé que es una posición impopular porque muchos están muy acostumbrados a un esquema de información anglosajón, el que dice que todos los medios tienen que ser objetivos y plurales, y no es cierto. El NewYork Times no es objetivo; se le exige que diga la verdad, pero si coloca en primera plana una crítica al gobierno de Bush, y en la página 44 una crítica a un gobierno demócrata, está siendo no objetivo. Y ningún periódico es plural: el New York Times no publica exhortaciones a favor de la discriminación ni de los nazis. No hay pluralidad absoluta ni debe haberla: todo medio de comunicación ofrece un menú de contenidos que está matizado por las prioridades políticas, el contexto e incluso la idea de gusto cultural que tiene el editor de cada medio. Por eso no me parecería extravagante que hubiera medios que dijeran: “Aquí no informamos acerca del PAN, del PRI o del PRD”. No lo van a hacer, porque incluso en los medios está muy permeada esta idea de que hay que simular que son objetivos y plurales, aunque no lo sean.
Un paréntesis: quienes sí están obligados a informar parejo de acuerdo con la relevancia social de cada formación política, son los medios de financiamiento público. Aquí me llamó la atención cuando hice las cuentas de cómo informaron, particularmente el IMER, dieron la misma información, los mismos minutos. Yo lo conversé al aire con el conductor de Antena Radio, Mario Campos: “Oiga, Mario, parece que tuvieran un cronómetro”; me dijo: “Sí, nos colgaron un cronómetro para no hablar más tiempo del PAN que del PRI y del PRD”. Son recursos extremos.

AR: También hubo un caso de una empresa privada...
RTD: Mire, a mí me sorprendió: yo creía que algunos conductores habían sido más perredistas de lo que resultaron. Yo llegué a escribir que Carmen Aristegui, en 2006, tenía demasiado sesgo a favor del PRD, y aquí me encuentro con que, cuando ella estaba en W Radio, le dio casi 38 por ciento de su espacio electoral a López Obrador, 27 a Calderón y casi 27 también al PRI. No es un obradorismo excesivo; para mi sorpresa, Joaquín López Dóriga le dio más: 47 por ciento de espacio a López Obrador. Hubo conductores de noticieros que dieron una información más equilibrada a pesar de que todos estaban muy interesados en informar acerca de lo que decía López Obrador, aunque fuera para cuestionarlo.
Para mi sorpresa, o no tanto, hice el contraste entre los medios de carácter estatal o público, y vi que Radio UNAM fue muy obradorista, con 40 por ciento de su tiempo, mientras que sólo le dio 18 por ciento al candidato del PRI.
Pero para eso sirven estos ejercicios, en los que se ve que la pluralidad siempre está matizada y que hay un sesgo editorial que los conductores o los productores le imponen a sus programas.

AR: ¿Qué efecto tiene sobre nuestra democracia la concentración de canales de televisión abierta en unas cuantas empresas, las que también tienen radiodifusoras? ¿Cuál fue el que ese fenómeno tuvo sobre la elección de 2006?
RTD: Devastador. El gran problema de los medios mexicanos radica en que tenemos muchos medios, particularmente la televisión, en muy pocas manos, en cuatro: las de Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego, que concentran 94 por ciento de todas las concesiones de televisión comercial. No hay competencia en la televisión mexicana, y cuando Salinas Pliego y Azcárraga se ponen de acuerdo —como lo hicieron para sabotear la información electoral con los spots a comienzos de la campaña electoral de 2009— pues dominan el panorama mediático, y hacen un ejercicio oligopólico de recursos que no son de ellos, porque las concesiones para difundir por televisión todavía son propiedad de la nación. Ese es el gran problema que tenemos en los medios mexicanos: el de la concentración.
Por eso necesitamos nuevas reglas: no tanto para quitarles lo mucho que ya tienen a los que ya tienen mucho, sino para que haya nuevos actores, nuevas reglas para que haya nuevas cadenas de televisión nacional, y no tengamos un efecto tan devastador sobre la información que reciben los ciudadanos cuando las dos cadenas se ponen de acuerdo para impulsar o para soslayar un hecho público.

AR: Una de las grandes conclusiones del libro es que más spots, mayor cobertura, más gasto en televisión y en radio no garantizan, de ninguna forma, más votos. ¿Qué es lo que pueden hacer los partidos al respecto?, ¿cómo pueden reformular sus campañas?
RTD: Hay elementos del proselitismo electoral que no van a desaparecer, y quienes lo saben son los que han ganado más recientemente, que son los señores del PRI. Los priistas no han abandonado la campaña casa por casa, tienen una red muy eficaz. Claro, uno puede discrepar —y yo lo hago— de la política que impuso el PRI, de su falta de programa, del clientelismo y todo eso, pero justamente porque son clientelistas hacen una política que va casa por casa a regalar, ofrecer, promover, intercambiar votos por bienes –o a comprar votos, si se quiere ver así. Eso no va a cambiar, y quizá el único antídoto para eso es una política moderna que pasa por los medios de comunicación. En las sociedades de masas contemporáneas no hay proselitismo político que sea eficaz si no es a través de los medios, y hay distintas maneras de aprovecharlos; la más elemental es abrumar a los ciudadanos con una catarata de spots que, a la manera de quienes venden jabones o dentífricos, le dicen a la gente: “Compra, compra y compra”, igual que “vota, vota, vota”, sin reparar en el hecho de que los ciudadanos cada vez disciernen más y que cada vez más tienen, aparte de la televisión, otras fuentes de información sobre asuntos públicos: la radio misma, a veces los periódicos, internet —aunque tengamos una brecha digital que no abatimos como debería de ser pertinente.
La otra manera es tratar de llevar a la televisión no la deliberación en extenso —porque la gente le cambia de canal, ya que está habituada a la televisión-espectáculo—, pero sí mensajes con algo más de densidad que no se construyen en 20 ó 30 segundos de un spot, que proponen el problema, le ofrecen una explicación y, desde luego, inviten a votar por el partido en cuestión.
Hay muchas maneras: debates entre candidatos, deliberación sobre un tema específico y foros tv, que no es lo que hace Televisa en su canal nuevo de noticias, sino que es como se le ha llamado en otros países al desarrollo de discusiones en estudio, ejercicios en los que acude al estudio una muestra bien hecha —estadísticamente representativa— de la sociedad, y esas personas van y discuten con los candidatos.
Entonces hay muchas maneras, incluso para hacer espectáculo de carácter político, y que nuestros políticos apenas están comenzando a aprovechar, y que no van a poder poner en práctica si no desmitifican a la televisión.

AR: ¿Qué experiencias internacionales podemos recuperar para realizar campañas electorales?
RTD: Pues casi cualquiera. Muchas veces nuestros políticos se comportan como si estuviéramos aislados del mundo. E incluso muchas veces, la mayor parte de ellas, los empresarios de los medios pretenden que México sea una isla, cuando en todo el mundo hay reglas que limitan la concentración monopólica, que estimulan la propiedad, que obligan a la discusión de asuntos públicos en los medios, y sobre todo hay reglas que crean contrapesos delante de los medios.
¿Qué experiencias? En Estados Unidos hay una auténtica televisión pública, cuyo noticiero durante muchos años fue el más prestigiado entre la clase política de Estados Unidos; el noticiero que todos los políticos veían no era el de la CBS o el de la NBC, sino el de la PBS, con dos conductores que eran sensacionales y que discutían en unos cuantos segmentos.
También allá hay reglas, hay dos canales de televisión del Congreso, que son interesantes, con muchos más recursos que los que tiene el pobrísimo canal del Congreso de nuestro país, y hay una gran red de medios comunitarios. Hay muchas cosas.
Si vemos hacia el sur, hoy en día hay una auténtica rebelión de la sociedad y de los gobiernos frente a los medios en la zona de los Andes: Perú, Ecuador, Bolivia y antes Venezuela con otros rasgos. Tienen nuevas reglas para cortar el poder de los grandes medios, a veces reglas un tanto abusivas, diría yo, pero que responden a la soberbia de los medios durante muchos años.
En Argentina está a prueba una nueva legislación que a mí no me gusta del todo, pero que tiene cambios fundamentales; en Brasil hay una discusión muy intensa desde hace unos años, con cambios reales; en Chile hay un sistema de medios muy diverso, etcétera. En todos lados hay reglas que toman en cuenta tres o cuatro asuntos: 1) que haya diversidad de medios; 2) que se propicie la calidad, aunque sea difícil, especialmente a través de espacios de difusión pública que no tienen que estar sujetos al imperativo del rating; 3) respeto a las audiencias, que haya derecho de réplica, al derecho de los niños y los jóvenes a que haya televisión adecuada para sus edades y no cualquier televisión, y 4) regulación de contenidos, no para censurar, sino para evitar que en los espacios de televisión estén repletos de charlatanes que anuncian productos supuestamente medicinales y que no lo son, o iglesias supuestamente milagrosas, que tampoco lo son.
* Una versión un poco más breve de esta entrevista apareció en M Semanal, núm. 691, 31 de enero de 2011. Reproducida con permiso de la directora.

lunes, agosto 16, 2010

La cara oscura de la izquierda. Entrevista con José Woldenberg


La cara oscura de la izquierda.

Entrevista con José Woldenberg*

Ariel Ruiz Mondragón

En las cuatro décadas más recientes la izquierda mexicana ha experimentado un crecimiento notable que la ha hecho protagonista destacada de la política mexicana, en la que ya ha ocupado importantes espacios de poder. Es un periodo fundamental en el que ha pasado prácticamente de las catacumbas de la lucha guerrillera hasta casi alcanzar la Presidencia de la República, pasando por su intensa actividad en el sindicalismo independiente, las organizaciones sociales y la compleja construcción partidista.

El desarrollo de la izquierda mexicana ha tenido muchos claroscuros. En el periodo mencionado ha tenido también acciones, políticas y conductas más que discutibles, las que, paradójica y contradictoriamente, no pocas veces han ido contra sus propios logros: por ejemplo, la defensa de privilegios, la intransigencia política, el atavismo revolucionario y el ataque a las instituciones electorales.

Sobre los desatinos de la siniestra política José Woldenberg publicó a fines del año pasado El desencanto (México, Cal y Arena), una ficción en la que, a través de un personaje llamado Manuel, pasa revisión crítica a cuatro oscuros momentos de la izquierda mexicana en el periodo mencionado, además de hacer una valoración de obras de siete escritores en las que manifestaron su decepción por el comunismo.

Sobre ese libro sostuvimos una charla con el autor, en la que abordamos temas como la literatura y la memoria, la reivindicación del reformismo, los momentos luminosos de la izquierda, la ética y la política, así como la necesidad de una izquierda democrática, entre otros.

Woldenberg es Maestro en Estudios Latinoamericanos por la UNAM, institución en la cual es profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Fue Consejero Presidente del Instituto Federal Electoral, director de Nexos y del Instituto de Estudios para la Transición Democrática. Ha colaborado en publicaciones como Unomásuno, La Jornada, Punto, Etcétera y actualmente Reforma. Ha sido autor de al menos una decena de libros, y coautor y coordinador de otros tantos.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué publicar un libro como El desencanto, sobre todo tomando en cuenta sus antecedentes memoriosos e históricos en libros como Memoria de la izquierda o la Historia documental del SPAUNAM?

José Woldenberg (JW): Por varias razones. Primero, hay un intento por recuperar la memoria, y en ese sentido se emparenta con Memoria de la izquierda y con la Historia documental del SPAUNAM. Pero, a diferencia de aquellos textos, esta es una visión más crítica. Aquellos, de una u otra manera, eran textos muy festivos, en buena medida apologéticos, de los que no me arrepiento porque ofrecen una cara de esos acontecimientos que vale la pena retener.

Pero ahora lo que me interesaba era mostrar la otra cara y tener un acercamiento crítico a algunos de los episodios de la izquierda mexicana en los últimos 35 años que, creo yo, desde mi subjetividad, la marcaron para mal.

En ese sentido, crear un personaje de ficción que transcurre por una serie de acontecimientos que realmente sucedieron fue una fórmula que a mí me pareció adecuada para realizar esa crítica.

AR: ¿Cómo ha sido su tránsito de la ciencia política a la literatura en este libro?

JW: Yo le llamo relato cargado de ensayo. Creo que la creación de este personaje a mí me permitió ver los acontecimientos desde fuera, y me dio libertades que quizá desde el ensayo o desde la autobiografía no hubiera podido desplegar. Por ejemplo, el personaje es, quizá, mucho más empático y más categórico de lo que yo soy; pero yo quería subrayar las tintas de asuntos que a mí me preocupan y que me desalientan, como son los que se narran en este relato.

Entonces fue por eso por lo que opté por esta ficción cargada de realidad, aunque conciente, y así empieza el libro, de lo que dice un epígrafe de Doris Lessing que utilizo, quien asume la incapacidad de escribir la única clase de novela que le interesa: un libro dotado de una pasión intelectual o moral tan fuerte que pueda crear un orden, una nueva manera de ver la vida.

Asumiendo esa incapacidad, de todas maneras me puse a escribir este libro.

AR: También está la posibilidad que usted señala en la cita que hace de Alain Finkielkraut: “El pasado debe ser tomado por la manga como alguien que se ahoga”.

JW: En efecto. Incluso ese fue un posible nombre para el libro: “Como alguien que se ahoga”. Esto, retomado de la frase de Finkielkraut que tomo de Jankélévitch, donde dice que al pasado hay que agarrarlo de la manga como a alguien que se ahoga. Porque me parece una reflexión muy pertinente: el pasado está condenado a desaparecer, la inercia de las cosas hace que el pasado se evapore, se diluya. Entonces se requiere de un esfuerzo para tratar de mantenerlo vivo, que es recuperar la memoria.

Ya sabemos: la memoria siempre es subjetiva e individual, y yo no dudo ni por un instante que quienes vivieron, por ejemplo, esos mismos episodios del sindicalismo, del proceso de unificación de la izquierda, el levantamiento del EZLN y el conflicto poselectoral de 2006, tengan otras visiones y otras versiones, seguramente legítimas. Pero yo aquí lo que quiero es recrear esta.

AR: Una parte del libro es el ejercicio mnemotécnico, y otra es la compuesta por los ensayos dedicados a siete escritores que fueron muy críticos del comunismo. ¿Por qué escogió a estos siete? Habría varios más que podríamos sumar.

JW: Por supuesto que se podría aumentar la lista, pero ¿qué tienen estos siete escritores? Uno, que son muy buenos escritores, desde mi muy particular punto de vista. Dos, seis de ellos estuvieron fascinados, en un momento, por el experimento soviético, en que depositaron sus ilusiones en él y que, al final, quedaron profundamente desencantados.

Tercero, porque son de siete nacionalidades distintas; cuarto, porque los motivos del desencanto son distintos en cada uno de ellos; y quinto, que quizá sea lo más elemental, porque todos dejaron, ya sea en novelas o en testimonios, una reflexión sobre lo que les había pasado. Por ejemplo, en el caso de Arthur Koestler, él hizo una novela, una ficción, pero en los casos de Howard Fast y André Gide éstos dejaron sus testimonios.

Lo que yo creo que da al final el conjunto de reflexiones de los siete son las diferentes vetas del desencanto. Por ejemplo, Fast se desencantó después del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, cuando se conoció el llamado “Informe secreto” de Jrúschov, y cuando se pusieron sobre la mesa todas las aberraciones de Stalin.

En el caso de Gide, él desde antes había viajado a la Unión Soviética. Vio que aquello en materia cultural era un páramo en el que se estaba tratando de homogeneizar lo que debe ser diverso, y dijo: “Esto está mal.” Koestler se desencantó por los juicios de Moscú, y Victor Serge lo hizo por la burocratización y la insensibilidad; George Orwell, quien a final de cuentas fue el único que no fue comunista, se decepcionó por la matriz misma del sistema que se estaba construyendo, un Estado todopoderoso incapaz de respetar las libertades de los individuos, y entonces generó esa antiutopía que es 1984.

Por su parte, Ignazio Silone, quien muy temprano, como delegado a la Internacional por parte del Partido Comunista Italiano, vio las maneras de “discutir”, y dijo: “Esto no”, no a estar alineado acríticamente a una posición, y no a que le pidieran que condenara a alguien sin conocer el documento de quien está siendo sometido a juicio. Eso no.

Cada uno es muy expresivo, cada uno tiene razones muy fuertes, pero los siete juntos hacen el mural más complejo, más abigarrado y más elocuente.

AR: Pero el otro escritor que usted trata, José Revueltas, fue muy radical, ya que no sólo fustigó a los comunistas, sino llegó casi a condenar la condición humana.

JW: Eso es lo que yo leo en Los días terrenales. Creo que en el caso de Revueltas su libro es terrible en el mejor sentido de la palabra; es decir, hace a sus personajes muy introspectivos, y tengo la impresión de que casi llega a la conclusión de que el género humano es irreformable. Eso dice en este texto, no digo en su vida política, porque el atractivo de Revueltas en su vida política es que, al mismo tiempo que escribía este libro, siguió militando. En 1949, cuando lo escribió, todavía ni siquiera rompía con el partido; yo digo que en el libro sí, pero en su militancia no. Ya cuando escribió Los errores entonces sí, ya era un antiestalinista convencido.

Es un fenómeno que me resulta muy interesante. Creo que la literatura de Revueltas iba por delante de sus propios textos políticos, y creo que, por lo menos hasta hoy, no tiene fecha de caducidad, y quizá algunos de sus textos políticos sí.

AR: Me parece que su libro es una reivindicación del reformismo que va desde la creación de un sindicato universitario hasta la defensa de las instituciones electorales. ¿Por qué en muy buena parte de la izquierda ha sido tan mal vista la vía reformista? En el libro están contados episodios que van desde aquella izquierda guerrillera radical que asesinaba incluso a líderes reformistas de la izquierda, hasta el golpeo a la democracia.

JW: Creo que usted atina: ese es, quizá, uno de los hilos fuertes del libro. Pero yo iría incluso más allá, porque hay una enorme paradoja: la mayor parte de la izquierda mexicana, la que está en los partidos, en los sindicatos, en las organizaciones agrarias, la que tiene publicaciones, etcétera, es reformista de facto. Sin embargo, hay una especie de mala conciencia: quiere pensarse como revolucionaria. En el caso del Partido de la Revolución Democrática (PRD), creo que en su propio nombre está ese aliento.

Sin embargo, también quiero decir lo siguiente: la propia mecánica del cambio político y lo que la izquierda ha logrado en los últimos años, ha hecho, desde mi punto de vista, que las corrientes revolucionarias vayan a la baja, y que, a querer o no, el reformismo se haya abierto paso, muchas veces sin reconocer su propio nombre.

¿A qué me refiero con reformismo? A una política de cambios graduales que van en el sentido que uno piensa correcto, y que pueden desplegarse por una vía participativa y pacífica, y hoy en México incluso institucional.

Entonces, creo que el gran reto de la izquierda mexicana para crecer aún más es asumir que la democracia es una vía, pero también es un fin en sí misma. Lo dice el personaje del libro, y yo creo que esa es una de las cosas que no están del todo resueltas, ya que sigue habiendo una mala conciencia que, cada vez que aparece la posibilidad de saltar etapas, de la vía revolucionaria, vuelve a activar una serie de expectativas que, la verdad, no creo que puedan conducir a nada.

Ese fue el caso del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. La crítica que se hace, más que al propio EZLN, es a la incapacidad de una constelación de grupos de izquierda muy diversos para condenar de manera clara la vía armada, sobre todo en un momento —1994— en el que había un proceso de transición en marcha, cuando las cosas estaban cambiando en un sentido democratizador.

Entonces, hay una dificultad para comprometerse sin dobleces con una vía pacífica e institucional de cambio social.

AR: El libro es muy crítico, y en él señala cuatro momentos negativos de la izquierda mexicana: el conservadurismo del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) en 1986-87, la intransigencia del PRD a principios de la década de los 90, la violencia del EZLN y las mentiras sobre las elecciones de 2006. ¿Pero qué aspectos luminosos ha tenido?

JW: Muchos. Qué bueno que lo menciona. El libro se llama como se llama, en buena medida, porque quiero abordar la cara oscura de la izquierda —desde mi perspectiva, por supuesto—, y en él no hay hechos luminosos, pero hay muchos que realmente sucedieron. Por ejemplo, creo que el proceso de unificación de la izquierda —el proceso, no el momento— debe ser visto como un proceso venturoso y muy importante.

Dos, el compromiso de la izquierda con la vía electoral es una gran cosa y es un gran capital político. Las elecciones de 1988 fueron un momento de crecimiento excepcional de la izquierda mexicana, como también las de 2006. También las reformas político-electorales de 1994 y 1996, a las que concurrió el PRD, fueron rediseños normativos e institucionales que permitieron lo que hoy vemos: competencia electoral como nunca antes.

Los triunfos de Cuauhtémoc Cárdenas, y luego los de Andrés Manuel López Obrador y de Marcelo Ebrard en la capital del país, así como la victoria de Amalia García en Zacatecas son momentos luminosos. La despenalización del aborto la veo con muy buenos ojos.

Momentos luminosos hay muchísimos, pero este es un relato que no es equilibrado ni quiere serlo, porque cuando uno entra por esa ruta, entonces lo que uno quiere subrayar y poner en el foco de atención acaba perdiéndose.

Yo lo que quería hacer concientemente es un relato de una persona que se va desencantando por una serie de actitudes, y sobre las que ojalá —a mí me gustaría— hubiera un debate, una discusión y una rectificación.

Por eso el texto es acerca del lado oscuro de las cosas, lo cual no niega que en la realidad haya muchos momentos venturosos. Es más, se me han olvidado muchísimos.

AR: A principios de los años setenta, como se muestra en el libro, uno de los grandes temas de la izquierda, y que creo que con la transición se ha venido perdiendo de alguna manera, lo era la desigualdad social. Parece que fue más afortunado el tránsito político, pero ¿qué ha pasado con la desigualdad social?

JW: Usted lo ve bien: hubo una transición democrática que nos hizo pasar de un sistema de partido hegemónico a uno equilibrado; de elecciones sin competencia a procesos competidos; de un mundo de la representación monocolor a uno plural; de una presidencia desbordada a una acotada; de un Congreso subordinado a uno vivo y plural. Fue un cambio político muy importante.

Pero lo que al parecer no cambia, y eso desde Humboldt, es que este es un país absolutamente contrahecho, cruzado por una desigualdad que, a veces y como la propia CEPAL lo dice, impide pensar en construir un “nosotros“ inclusivo, porque México es tantos Méxicos marcados por la desigualdad, que el sentido de pertenencia a una comunidad nacional se hace complicado.

Yo creo que ese es el problema fundamental de México, y quizá se esté agudizando. Creo, además, que en ese problema es en donde la izquierda puede tener sus raíces y su crecimiento mejor.

Pero insisto no se trata de optar sólo por la equidad, que es la que tiene que ser la bandera singular de la izquierda, sino conjugarla con la otra gran conquista civilizatoria que son las libertades individuales.

En esa conjunción que, creo yo, ha intentado y logrado hacer la socialdemocracia en el mundo, puede haber una vía para el desarrollo de una izquierda fuerte y capaz de revertir esa falla estructural de la sociedad mexicana que es su profundísima desigualdad.

El tema está en el código genético de la izquierda. Pero yo digo que debería ser preocupante hasta para las derechas, porque uno no puede estar apostando solamente al despliegue de las libertades en un mundo de desigualdades tan marcadas como el mexicano. No lo digo yo: el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha alertado que buena parte del desencanto con la democracia en América Latina tiene que ver con la pobreza y la desigualdad, porque la gente percibe que sus condiciones materiales de vida en democracia no mejoran y su percepción entonces es: “¡Bonita democracia!”.

Entonces, por supuesto que es una de las preocupaciones centrales de la izquierda, pero debería ser de todas las fuerzas políticas. No es un asunto menor.

AR: Otro gran tema que traviesa el libro es la discusión sobre la ética política. ¿Hay alguna ética política específica para la izquierda?

JW: No sé si pueda haber una ética de izquierda y otra de derecha. Lo que yo sí creo, a diferencia de los cínicos y de los pragmáticos, es que política y ética deben tener puentes comunicantes.

Hay una política pragmática que es, quizá, hegemónica, que puede prescindir, sin dificultad, de la ética. Es la política que diría, en suma, que el fin justifica los medios.

AR: Y como usted dice en el libro, los medios van modelando los fines.

JW: Los medios suelen ser más importantes que los fines, porque van modelando al actor: la manera en que actúo, hablo, digo y despliego, me va haciendo a mí. Entonces, los medios no son anodinos, sino todo lo contrario: suelen ser más importantes que los fines.

No es casual que las revoluciones armadas normalmente acaben en momentos de terror. Porque quien ha ejercido esa fórmula de quehacer político la siente legítima, y la puede extender por un lapso más.

Vuelvo a la idea de la ética y la política. El personaje, por supuesto, repele ese pragmatismo amoral, pero también el otro extremo, en el que la ética no se hace cargo de las necesidades de la política, lo que sería como un asunto enclaustrado en sí mismo, y por eso las citas —cuando menos hay dos— del maestro Adolfo Sánchez Vázquez, que es quien ha pensado, desde la izquierda, los nexos entre política y ética de manera, creo yo, más sofisticada.

AR: ¿No le parece que, en no pocas ocasiones, la izquierda ha parecido atentar contra sus propias conquistas?

JW: En efecto, la izquierda ha sido acicate y usufructuaria del cambio político. Es decir, el cambio democratizador en México no se entendería sin el aporte de la izquierda mexicana; pero al mismo tiempo ha sido usufructuaria. Es decir, dado que hay fórmulas democráticas de elegir a los gobernantes, hoy el PRD tiene cinco gobernadores y el jefe de gobierno del Distrito Federal. O sea, al mismo tiempo que ha sido motor del cambio, ha sido beneficiaria de él.

Sin embargo, en momentos determinados da la impresión de que la izquierda atenta contra las propias conquistas que le han servido para desplegarse y crecer. Es el caso de la conducta después de las elecciones de 2006.

Antes de las elecciones de 2009 se podía especular qué tanto le iba a afectar el comportamiento poselectoral de 2006; pero lo que pasó en ellas, en las que, sumando los votos del PRD por un lado y la alianza Convergencia-PT por otro, son algo así como la mitad de los que había obtenido la Coalición por el Bien de Todos, debería ser un llamado de atención para rectificar, creo yo.

Pero lo más difícil en política es rectificar, porque en la propia dinámica del PRD es muy fácil que las corrientes moderadas acusen a los más radicales de los resultados, y también es muy fácil que, a su vez, los radicales acusen a los moderados de ellos. Más fuerte que la realidad es la lente con la que se la mira.

Entonces, la realidad puede cambiar, pero si uno sigue con su misma lente, va a seguir sacando las mismas conclusiones. Ese es el problema más fuerte para cualquier organización política.

AR: Al inicio del libro el personaje central dice: “Somos la generación del desencanto. Hemos hecho mucho ruido y nuestras nueces están podridas”.

JW: Bueno, el personaje puede ser mucho más enfático de lo que soy yo. Creo que la visión de Manuel es de alto contraste, y esa es la que creo que puede ser la intención. A lo mejor en mi visión hay muchos más grises, pero la idea era poner a través del personaje una serie de temas que creo merecen ser discutidos.

AR: En los escritores que se comentan en el libro, tras el desencanto con el comunismo hubo varias posiciones, desde quien siguió insistiendo en el cambio social hasta el que observó de manera pesimista a la propia condición humana. ¿Usted sigue siendo de izquierda?

JW: Yo creo que este es un alegato desde las posiciones de izquierda democrática hacia las izquierdas. Es decir, todavía quiero creer que una izquierda democrática en México no solamente es posible, sino necesaria, porque es muy difícil que desde otros idearios políticos se puedan poner en el centro los temas de la desigualdad. Por eso digo una izquierda democrática, que sea capaz de conjugar la pulsión por la equidad con la pulsión por la libertad.

* Una versión un poco más breve de esta entrevista apareció en Milenio semanal, núm. 664, 19 de julio de 2010. Reproducida con permiso de la directora.

miércoles, abril 01, 2009

Crítica de la cultura mediocre. Entrevista con Enrique Serna


Crítica de la cultura mediocre.
Entrevista con Enrique Serna*


Ariel Ruiz Mondragón

La vida de la cultura mexicana tiene en todos sus niveles —desde la academia hasta el medio del espectáculo, del burlesque a la literatura— vericuetos opacos en los que ha sido necesario penetrar para poder apreciar sus miserias y sus riquezas, sus cambios y sus permanencias.

Varios de esos aspectos han sido descritos y analizados, con buen humor, por Enrique Serna en muchos artículos que han visto la luz en diversas publicaciones culturales del país, y que han sido recopilados en su libro Giros negros (México, Cal y Arena), en el que realiza una disección crítica de algunos aspectos oscuros de la vida cultural, política, social y literaria de México.

Sobre ese libro reciente sostuvimos una charla con el autor, con el que abordamos, entre otros, los siguientes temas: los cambios en la disipada vida nocturna de la ciudad de México, los cambios en materia de sexualidad en los años recientes, la condición cultural del mexicano, las transformaciones y continuidades culturales generadas por la democratización y el papel de la literatura en el cambio cultural.

Además, tratamos el papel de la academia en la formación de literatos, los aspectos conservadores de ciertas prácticas transgresoras, los excesos y el dolor en la creación literaria, así como el valor de la contracultura.

Serna estudió Letras Hispánicas en la UNAM, y ha colaborado en diversos medios: Nexos, Letras libres, Crítica y Confabulario, entre otros. Es autor de 6 novelas, dos libros de relatos y uno de ensayos. Ha sido ganador de los premios Mazatlán de Literatura y de Narrativa Colima.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué recopilar los ensayos aquí reunidos y publicarlos en este libro?

Enrique Serna (ES): Porque el periodismo literario aspira a perdurar en la mente del lector, pero es muy difícil desenterrar crónicas y artículos de la hemeroteca. Entonces, precisamente para facilitar esa tarea mis editores y yo pensamos que podía ser interesante para algunas personas publicar este libro; eso ocurrió cuando yo estaba agrupando este material para hacer una selección de las mejores crónicas de lo que he publicado en los últimos 10 años en distintos medios. Me di cuenta que en muchos de ellos había ideas que iban evolucionando de un texto a otro, que las enfocaba con un ángulo distinto, y entonces decidí agruparlas temáticamente para que el lector percibiera esta línea de continuidad.

AR: Al principio del primero capítulo usted dedica algunos artículos al tema de los antros, del paso del antiguo cabaret burlesque a los table dance. Los últimos no le agradan mucho, pero ¿no también es un cambio cultural natural, como usted menciona que ocurre en la lengua, aunque también sea una degeneración?

ES: Desde luego que es un cambio, pero los cambios se pueden hacer hacia delante o hacia atrás, y yo creo que esto es un retroceso en el sentido de que se ha deshumanizado el ambiente; el consumidor de esos antros sale desplumado la mayoría de las veces, y creo que también el trato hacia las chavas es bastante inhumano. Los tugurios de antaño permitían un trato más cercano, más conversación, se podían hacer amistades, y eso lo extraño mucho. Yo creo que además ese tipo de amistades propició, por ejemplo, el surgimiento del bolero en los años treinta y cuarenta. Pensemos, por ejemplo, en Agustín Lara, quien se enamoraba mucho de las prostitutas de los antros donde él tocaba.

Entonces, creo que toda esa tradición es la que yo veo que se ha perdido, lo que realmente me duele; siento nostalgia por eso.

AR: ¿Tendría algún sentido intentar revivir hoy estos espectáculos, el cabaret burlesque?

ES: Sí lo tendría, pero no sé si se pudiera realmente, pues generalmente la mayoría de la clientela de estos antros es de jóvenes. Los que ya pasamos de los 40 nos vamos retirando un poco de la vida nocturna generalmente por motivos de salud, y los jóvenes, que no conocieron nunca esto, tienen otros gustos, entre ellos los musicales (como el reggaetón y horrores parecidos), y además seguramente sienten que los tratan bien en los tugurios actuales, allá ellos.

AR: Otra parte del libro recoge un conjunto de impresiones acerca de la evolución de la sexualidad: la belleza andrógina, la feliz vida en separación de las parejas o la “virginidad relativa”. ¿Cuáles son los principales cambios que encuentra en materia de sexualidad en el periodo en que escribió los artículos?

ES: Bueno, es un periodo de liberalización de las costumbres, que va acompañada, paradójicamente, de una etapa de terror por el SIDA. Éste me tiene realmente muy inquieto últimamente, porque acabo de ver un video en Internet que está circulando mucho, que se llama El mito del SIDA, en el que varios premios Nobel y científicos importantes sostienen que el virus del Sida es una invención, que no existe, que nadie ha logrado aislarlo, que no está comprobada científicamente su existencia, que la prueba del VIH no sirve absolutamente para nada (de hecho, ya en países como Inglaterra no la hacen), y que el tratamiento de los seropositivos sólo contribuye a destruir más su salud. Realmente creo que es algo que debería ventilarse muchísimo más en la opinión pública porque, de acuerdo a la opinión de todos estos científicos, es probable que todo esto haya sido una campaña para beneficiar a las grandes compañías que han patentado las pruebas del VIH, y sobre todo para una ofensiva represiva tremenda, que es la que hemos tenido en los últimos cinco años.

AR: Algo que recorre el libro, que encontré en varios ensayos y especialmente en los últimos, es el de la condición del mexicano: oprimido y dominado, hace suyos el racismo y la discriminación que le son impuestos. ¿Esa condición cultural se puede revertir?

ES: Sí, eso tiene que ver con una opresión histórica. Finalmente hay un trauma y unas heridas que no hemos podido cicatrizar porque creo que las condiciones de marginación y de exclusión permanecen. No puede haber una recuperación de la autoestima mientras esto ocurra.

Yo no pretendo que el mexicano tenga un orgullo patriotero, de sentirse superior a los demás; de hecho, creo que este orgullo enmascara un complejo de inferioridad (y esto no sólo lo he dicho yo, sino mucha gente). Pero lo que quisiera es que los mexicanos no nos sintiéramos inferiores ni superiores a nadie, sino que realmente nos sintiéramos iguales a cualquiera, porque creo que eso es lo que puede contrarrestar esta cultura del autodesprecio, que, por otra parte, le sirve a mucho a las mafias que controlan el poder político y económico en México.

AR: Usted hace en el capítulo “Poderdumbre” una crítica cultural muy severa, la que también alcanza a la misma sociedad en el artículo “Sociolatría”, y hay algún otro donde se muestra decepcionado de que la ciudadanía no haya dado el salto a la mayoría de edad en 2000. ¿Cuáles son los aspectos más críticos que encuentra usted en la sociedad mexicana en términos culturales?, ¿la democratización del país cambió en algo la cultura?

ES: Creo que justamente a partir de la transición a la democracia en 2000 -que muchos creímos que iba a traer un cambio mucho más sustancial en la vida política y social de México- hemos descubierto que un cambio de partido en el poder realmente no significa gran cosa. Pienso que se ha significado, sobre todo, porque ni el gobierno de Fox ni este gobierno se han atrevido a -ni han querido- desmantelar las estructuras corporativas del viejo régimen.

Pero además hay algo peor, y que es algo que ya estamos viendo en todos los campos de la vida social: el priismo no es solamente la ideología de un partido, sino que es una cultura de la cual está impregnada toda la sociedad mexicana: la cultura de la tranza, de que las cosas se tienen que conseguir a través de influencias, de la ilegalidad, que no priva el Estado de derecho en México, de los privilegios de algunas corporaciones sindicales, empresariales, etcétera.

Entonces, esta es una cultura que se ha extendido a los demás partidos; o sea, hay priismo en el PRD, hay priismo panista, de manera que nos estamos enfrentando a un problema que está metido dentro de la propia sociedad. Es un problema educativo y un problema cultural.

Superarlos es la principal campaña que debe enfrentar la sociedad en un proceso de autoregeneración; por supuesto, tiene que empezar por ser mucho más exigente en la rendición de cuentas con los gobernantes, y tratar de construir partidos que verdaderamente representen nuestros intereses y no busquen el poder por el poder, como ocurre actualmente.

AR: En ese proceso de cambio político y cultural, ¿qué papel puede desempeñar la literatura?

ES: La literatura puede despertar inquietudes e inconformidades en algunos individuos. Realmente no creo que pueda provocar un cambio social; pero, al despertar inconformidades, contribuye un poco a que probablemente esos individuos empiecen a movilizarse, a exigir sus derechos, y en ese sentido a lo mejor puede colaborar un poco, pero a largo plazo, no son cambios que se perciban de la noche a la mañana.

AR: Hay un artículo que se llama “La tesis introvertida”, en el que se señala que los trabajos académicos de grado en literatura están más preocupados en metodologías y parámetros que en realidad producir algo de calidad. En ese sentido, ¿cuál es el papel de la academia en la formación de literatos?, ¿qué literatos nos está dando la academia?

ES: Bueno, a pesar de que el mundo académico es una meritocracia en donde generalmente los más pacientes y los más macheteros llegan a terminar sus doctorados, siempre ha habido gente valiosa y creativa en la academia. A mi me tocó verlo cuando era estudiante de Letras; tuve maestros espléndidos que al mismo tiempo eran bueno escritores y ensayistas, como Ernesto Mejía Sánchez, Gonzalo Celorio, César Rodríguez Chicharro y José Pascual Buxó.

Pero también es cierto, desgraciadamente, que el mundo académico es un mundo que tolera y solapa mucho la mediocridad, y una manera de solaparla es darle tanta importancia a la metodología, en lugar de fijarse más en las aportaciones y en las ideas.

Creo que esto no es algo nada más del medio académico nacional. En otro de los artículos de este libro hablo de los estudios de género en las universidades de Estados Unidos y de Europa, los que obviamente también creo que son una gran fábrica de chatarra, porque parten de ideas preconcebidas que tratan de convertir el mérito cívico en un mérito académico, y creo que esto es una prevaricación.

AR: En varios de los artículos también hay una crítica a ciertas actitudes y conductas que podemos pasar por transgresoras, como lo son los swingers, el satanismo, las perforaciones del cuerpo. Pero, ¿cuál es la veta conservadora que finalmente está detrás de estas conductas “transgresoras”?

ES: Creo que es algo curioso de ver: cómo, a veces, la gente que quiere liberarse, subvertir el orden, acaba cayendo en algo más represivo, o se acaba convirtiendo y siguiendo el juego moral que pretendía impugnar.

Esto pasa mucho en el campo de la subversión, de las transgresiones con las drogas, por ejemplo. Hablo mucho de la gente que, al llegar a un punto de su dependencia, empieza a ver su adicción como una penitencia más que como un placer, y a partir de allí esto se convierte en un autoflagelo parecido al que practicaban los santos.

Esto es algo que tiene que ver en parte con mi propia experiencia personal, y también con las experiencias literarias que he tratado de mezclar en este tipo de artículos.

AR: Me llamó la atención lo que anota sobre el autoritarismo que destila el feminismo. ¿Cómo se manifiesta en causas supuestamente progresistas dicho autoritarismo?

ES: La tiene, sin duda alguna, solamente hay que ver lo que han hecho en el ámbito de la Academia: se han apoderado de muchos departamentos, de muchas universidades. Creo que esto es un principio de corrupción dentro de su movimiento. Pero eso no quiere decir que yo sea realmente antifeminista; prefiero mil veces a una mujer inteligente, que trabaja, que una ama de casa sumisa y empalagosa.

Entonces, en ese sentido yo me siento feminista. La crítica que estoy haciendo es a ciertas aberraciones, ciertas desviaciones del feminismo, que creo que redundan en su propio perjuicio.

AR: Usted también hace una reivindicación del dolor, de la pena, de los excesos para los procesos creativos. ¿Cuál es el papel de ello en la literatura?

ES: También comento en otra sección del libro, que se llama “Transgresiones de oficio”, que yo realmente no creo en el mito del artista bohemio. Creo, por supuesto, que la vida hay que disfrutarla –he tenido épocas de ser un parrandero bastante fuertes-, pero para hacer literatura hay que tener la mente lúcida. Entonces, esa idea que pasa mucho en los medios de la contracultura, de creer que el simple hecho de asumir una posición transgresora tiene un valor estético, creo que es falsa. Lo vemos a cada rato; cito ejemplos como el grupo Molotov, que hacen una canción donde dicen “Puto, puto, puto…”, y eso lo tratan de vender como una innovación interesante.

Yo creo que hay que tener dentro de la contracultura la misma autocrítica que se pone a sí misma la alta cultura.

AR: En esa dirección, ¿qué valor le otorga usted a la contracultura en el panorama cultural del país? En el libro hay algunos señalamientos.

ES: Creo que ha tenido el valor de remover las aguas estancadas, de poner en tela de juicio las distancias entre la cultura popular y la alta cultura. En México ha sido muy nefasto que haya este abismo que en otros países de Latinoamérica, como Brasil, se ha borrado: algunos de los mejores poetas brasileños han sido compositores de música popular, como Vinicius de Moraes, Caetano Veloso o Chico Buarque. Eso es algo que beneficia mucho a la canción.

En México no pasa eso; yo creo que le haría mucha más falta que hubiera buenos novelistas que fueran pianistas, buenos poetas que fueran compositores de música popular, etcétera, que se dieran más esos vasos comunicantes. Y eso es algo que ha propuesto en México, sobre todo, la contracultura, porque la alta cultura se pone de mamona y de establishment cultural que no quiere mezclarse nunca con el pueblo; esto lo tenemos por haber tenido esta cultura de élite, de cenáculo, que auspiciaron mucho intelectuales que tuvieron una conciencia de liderazgo cultural y de vivir en minoría.

Entonces, en ese sentido la contracultura sí ha aportado cosas muy interesantes, por ejemplo en la narrativa, como en la novela de José Agustín; varias de sus obras abrieron una enorme avenida para todos los escritores que vinimos después. Basta comparar eso con la forma en que escribían los escritores de la generación de la llamada Casa del Lago, a quienes les daba como pena decir que salieron a la calle de Insurgentes, o que tomaron un taxi en avenida Obregón. Como que tenían el temor de que iban a parecer provincianos si hacían un retrato fiel de su circunstancia, y esto creo que era una situación muy absurda.

Con esto rompió –creo que muy acertadamente- José Agustín, quien además liberalizó el uso del lenguaje coloquial. Pero también he notado, por ejemplo, que el público lector mexicano es mayoritariamente muy conservador: la novela histórica es un género mucho más leído que cualquier otra novela. Yo comparo, por ejemplo, entre mis novelas El seductor de la patria y Fruta verde; la primera es una novela histórica que mucha gente va a leer porque siente que al mismo tiempo se está educando, mientras que la otra es una novela intimista que aborda el tema de la homosexualidad, y de la que yo sabía desde el momento de publicarla que iba a tener muchos menos lectores.

Pero creo que hay que insistir en esos temas, aunque uno quede confinado en público minoritario, porque son los que le pueden abrir ventanas a la gente.

AR: Por otro lado, ¿qué excesos encuentra en la contracultura?

ES: El de ser demasiado indulgente consigo misma, y el caer en la ramplonería.


* Una versión más breve de esta entrevista fue publicada en Milenio semanal, núm. 594, marzo 9 de 2009. Reproducida con permiso de la directora.

jueves, enero 24, 2008

Una izquierda convertida al priísmo. Entrevista con Luis González de Alba


Una izquierda convertida al priísmo
Entrevista con Luis González de Alba

Ariel Ruiz Mondragón

Como nunca en su ya larga existencia, en 2006 la izquierda estuvo muy cerca de conquistar la presidencia de la República, además de contar con una considerable fuerza en el Congreso de la Unión. Fue encabezada por un hombre carismático que le dio un liderazgo muy controvertido, por decir lo menos: al lado de un discurso y ciertas acciones que procuraban el bienestar social desde el gobierno del Distrito Federal, también mantuvo usos y costumbres provenientes del antiguo régimen priista.

A lo largo de los años recientes uno de los críticos más acerbos de las ideas y prácticas de Andrés Manuel López Obrador y de la izquierda conjuntada a su alrededor lo ha sido Luis González de Alba, quien en sus artículos periodísticos semanales ha dado fe de las erratas, errores y trastupijes de aquella, resultados de la mezcla de las tradiciones priista y comunista.

Una buena selección de esos artículos ha sido publicada recientemente en libro bajo el título de AMLO. La construcción de un liderazgo fascinante (México, Cal y Arena, 2007), sobre el que mantuvimos una charla virtual con el autor.

González de Alba estudió Psicología en la UNAM; se ha dedicado al periodismo y a la literatura. Ha colaborado en diversas publicaciones y es autor de más de diez libros. Además ganó el Premio Nacional de Periodismo por su trabajo como divulgador de la ciencia.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué publicar hoy un libro como el suyo?

Luis González de Alba (LGA): En principio, porque la editorial Cal y Arena me lo pidió. No acostumbro reunir en libro mis artículos sobre política. Los de divulgación científica e historia sí los amplío y doy forma de ensayos. Una vez que Cal y Arena me lo propuso creí que sería buena idea ver el ascenso, semana a semana, de ese que llamé "liderazgo fascinante" en el sentido de hipnótico, pues fuimos muy pocos los que no caímos en el hechizo de ver el maravilloso traje de un emperador que, ahora se ha encargado él mismo de comprobarlo, siempre caminó desnudo, hizo su carrera a base de mentiras y de presupuesto desviado.

AR: El libro es muy crítico con la izquierda mexicana, o cuando menos en la encarnada en el PRD, y con sus taras y déficit democráticos. Pero, ¿qué papel le reconoce a la izquierda mexicana, al PRD en el tránsito democrático mexicano?

LGA: Un papel decisivo: grupos de ciudadanos con muy diversa militancia partidaria crearon las condiciones para que esta "revolución de terciopelo" mexicana, esta salida de nuestra "dictadura perfecta" se produjera de forma casi indolora y sin sangre. Hubo gente del PRI y del PAN, del antiguo PSUM y otros partidos que abrió la brecha por donde se desbordó el viejo sistema electoral en manos del gobierno y se construyó el actual, con más participación del PRI y el PAN que del PRD, recordemos, pues como ya es típico en esa organización, se opusieron activa y luego pasivamente a las reformas de 1996, con las que tuvimos elecciones en manos ciudadanas, y los votos se respetaron, contaron y se contaron.

AR: A lo largo del libro usted señala la continuidad existente entre el PRI de los años setenta y la izquierda del PRD, a la que incluso llega a llamar PRI 1 y PRID. Pero, ¿cuáles diferencias y novedades encuentra usted entre aquel PRI y el PRD obradorista?

LGA: No exactamente el conjunto del PRD, sino a la corriente lopezobradorista, que acabó imponiéndose en todo el partido es a lo que llamo PRID. Lo digo porque no encuentro diferencias entre las tesis de López Obrador y las del viejo PRI, el anterior a Salinas, aquel PRI de Bartlett, de Echeverría y López Portillo. Si alguna diferencia existe es que el PRD o PRID es aún más escandalosamente autoritario y está más íntimamente convencido de ser el Camino y la Vida. Más que el viejo PRI y muchísimo más que el actual.

AR: Por supuesto, usted es muy duramente crítico con Andrés Manuel López Obrador. Al contrario, quisiera preguntarle: ¿qué aspecto luminoso le encuentra al personaje –si es que le encuentra alguno, por supuesto-?

LGA: Encuentro un aspecto que no llamaría luminoso, pero sí atractivo, y es su enorme capacidad para repetir mil veces una mentira sin titubear jamás, sin parecer ablandado. Ahora dice ante "mítines" de 50 personas que él sí le cree al chino, cuando éste ya se desdijo de aquella trama increíble hasta el ridículo. Y lo dice sin sonrojo. Eso hace siempre. De ahí su enorme poder de convencimiento, su penetración como la Voz que Clama en el Desierto.

AR: ¿Cómo ha cambiado la izquierda con el proceso democratizador en nuestro país? Tras leer su libro, me parece que la nueva izquierda perredista no es más que un viejo PRI, ¿es así?

LGA: Por desgracia, la izquierda no parece haber cambiado. Ha permitido que todo trepador y trapecista político se escude en ese término, "izquierda", hasta volverlo por completo indefinido. ¿Son de izquierda Bejarano con su extorsión a empresarios, Flavio Sosa que hizo campaña por Fox, luego fue gente del siniestro Murat en Oaxaca y resultó al final que siempre había pertenecido a la dirección del PRD? Bien aquí está un buen sinónimo: siniestro significa izquierdo. Lo que usted llama "nueva izquierda perredista" con generosidad sin límites, está presidida por un señor Cota que hizo toda su carrera política dentro del PRI y tiene senadores como aquel José Guadarrama a quien el PRD acusó de mandar asesinar campesinos perredistas y de ser el autor de los más obvios fraudes contra el PRD. Bien, ese siniestro (izquierdo) personaje es hoy compañero en el Senado de la señora Ibarra de Piedra. Eso lo dice todo.

AR: Los expriistas hoy perredistas, como usted bien dice, crecieron y reprodujeron los hábitos, valores y marrullerías de su antiguo partido. En ese sentido, indudablemente uno de los aspectos más fascinantes del fenómeno AMLO es la forma en que intelectuales y académicos críticos e independientes fueron seducidos por López Obrador, y han sido tan complacientes y hasta defensores (algo vergonzantes) de los usos y costumbres del viejo PRI practicados desde el gobierno del Distrito Federal. Igual ha ocurrido con muchos políticos (Alejandro Encinas es uno de los ejemplos más claros que usted menciona). Hoy más que nunca parece ser cierto aquel viejo poema de José Emilio Pacheco: "Ya somos todo aquello/ Contra lo que luchamos a los veinte años". ¿A qué se debió este viraje?

LGA: Es verdad: ése es el aspecto más fascinante del fenómeno AMLO: la enorme complacencia de los intelectuales para con él. No los entiendo y no he logrado descifrar en este par de años cómo se convirtieron en "todo aquello contra lo que lucharon a los veinte años", comenzando por el propio José Emilio Pacheco, que, asombrosamente, no pudo ver el proyecto de tirano que siempre hubo en López Obrador. No los entiendo.

AR: Usted menciona algunas de las causas de la vieja izquierda: la defensa del ciudadano contra los abusos de poder (a favor del amparo y contra el fuero, la rendición de cuentas. entre otras cosas), el fomento del transporte público sobre el automóvil particular, rechazo a las obras de relumbrón, limitar las funciones y atribuciones económicas del presidencialismo, entre otras. ¿Qué sobrevive de aquella vieja izquierda que luchó por una ampliación de las libertades ciudadanas, por la democracia, por la justicia y la igualdad?

LGA: Sobrevive... el recuerdo. Ahora defienden el endeudamiento de la ciudad, los abusos del poder que lleva etiqueta de izquierda, impiden la rendición de cuentas cuando se le exigen a uno de sus gobernantes, aplauden actos de prepotencia y de soberbia cuando los cometen gobiernos del PRD, como aquel "los jueces me hacen lo que el viento a Juárez" con el que López Obrador se negó a respetar amparos ciudadanos elevados contra su despotismo. Ahora Ebrard expropia lugares donde se refugia el hampa. Bien. Enfrentar la delincuencia es correcto, pero comienza a no serlo tanto un método que abre el camino a la corrupción: ya Bejarano y Padierna se frotan las manos a la vista de los terrenos urbanos expropiados y en el futuro vendidos.

AR: Otro fenómeno extraordinario que usted señala es que los priistas, aunque sea vergonzante y tácitamente, aceptaban su corrupción. A su viejo priismo, el perredismo ha agregado un elemento: las ínfulas de autoridad moral, la certeza de "tener la razón histórica", y quien no la comparta es de "derecha". De esa forma "izquierda" parece ser, en ciertos ámbitos, patente de corso. ¿De dónde proviene esto?, ¿qué consecuencias tiene?

LGA: Esa soberbia proviene de que la izquierda siempre se sintió libre de pecado. Y lo estaba... porque sin poder alguno le era imposible corromperse. Ahora tiene gobiernos y puestos en el Congreso, y "ante el arca abierta, el justo peca". Tenemos a un justo convencido de su superioridad moral. Por eso el PRD se ha convertido en una especie de río Jordán: priista que allí se bautiza, priista que emerge perredista libre de pecado. Las consecuencias las vemos en la desaparición del PRD en las elecciones de Baja California, en su naufragio al lado de la APPO y el EPR en las de Oaxaca, en los mítines con 100, con 50 asistentes en torno a López Obrador. El PRD va en camino a los números que le eran propios al PSUM, al PMT, al PC: a la soledad de perros de donde parecía haber escapado.

AR: La suya es una visión sumamente desencantada de la izquierda, o más bien, como prefiero llamarla, de la izquierda dominante. También tomando en cuenta las experiencias no exitosas de, por ejemplo, Democracia Social, México Posible y Alternativa Socialdemócrata y Campesina, ¿qué posibilidades de desarrollo tienen otras izquierdas en el momento actual?

LGA: El país tiene urgencia de una izquierda democrática, liberal, abierta a todas las inversiones en todas las áreas de la economía, una izquierda como la de Lula en Brasil, Zapatero en España, Bachelet en Chile. Pero creo que no está en el PRD, sino en franjas del PAN, del PRI, de Alternativa y hasta del PRD, franjas horizontales que recorren todos los partidos y que poseen como denominador común el impulso democrático en la política y liberal en la economía, liberal como lo fueron Juárez y los hombres de la Reforma hace un siglo y medio.

AR: Por último: ¿usted se considera actualmente de izquierda?

LGA: Siempre pido que me definan primero qué es eso. Luego respondo. Por ejemplo: si Bejarano, Ebrard, López Obrador, Camacho, Guadarrama y otros por los que llamó a votar Manuel Bartlett son de izquierda, yo no lo soy de ninguna manera. Si Felipe González, Lagos, son la izquierda, yo lo soy porque me siento afín a ellos.

* Entrevista publicada en Replicante, Núm. 13, noviembre 2007- enero-2008. Reproducida con permiso del editor.